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Ideas y Valores

Print version ISSN 0120-0062

Ideas y Valores vol.54 no.130 Bogotá Apr. 2006

 

Granés S., José. (2005). Isaac Newton: Obra y Contexto; Una introducción. Universidad Nacional de Colombia, XVI, 298 p. Índice, bibliografía. Apéndice: La investigación científica según Boyle, 31 p. Cárdenas José Luis

Granés, J.: ISAAC NEWTON. WORK AND CONTEXT

Tomás Barrero

Universidad Nacional de Colombia

atomas@lycos.com


En el monumental fresco histórico del siglo XVII una de las figuras centrales es la del científico puritano y alquimista Sir Isaac Newton, fundador de la física moderna y presidente por largos años de la Royal Society inglesa. Personalidad paradójica, reservada y profundamente religiosa, el autor de los Philosophiae Naturalis Principia Mathemática (obra sólo comparable a los Elementos de Euclides en la Antigüedad, o a la publicación de los trabajos de Einstein sobre relatividad en el siglo XX) constituye un enigma tan fascinante como su obra para el historiador de la ciencia y el epistemólogo, como lo atestigua buena parte de la producción académica del profesor Granés. En éste, su más reciente libro, presenta una visión panorámica de las principales ideas y logros de Newton, y del contexto histórico y las disputas científicas que las motivaron. Completa el volumen una presentación del método científico de Boyle a cargo de José Luis Cárdenas. El objetivo del texto es servir como “introducción documentada a temas sobresalientes” (XIV) y realizar una evaluación epistemológica de la obra de Newton a la luz de su importancia histórica. Se trata, entonces, de un texto de divulgación en el mejor sentido del término.
La primera parte, fundamentalmente histórica, introduce la obra de Galileo como precursora de la de Newton, realiza una breve reconstrucción cultural de Cambridge en sus años estudiantiles, y resalta la importancia del empirismo imperante en la cultura científica inglesa de la época. En un lenguaje sencillo y directo, el primer capítulo presenta la figura y las ideas de Galileo, fundamentalmente su propuesta de matematización de la ciencia natural basada en una concepción -de raigambre platónica- de una naturaleza legible o representable en términos de figuras geométricas. Con este objetivo se presentan tres aspectos de la obra del astrónomo italiano: su defensa del sistema copernicano, su teoría sobre la inercia y el uso de la geometría para la teoría sobre “la caída de los graves”. Estos tres ejemplos le permiten al profesor Granés llamar la atención sobre algunos puntos de vista compartidos por la propuesta de Newton, como por ejemplo el diseño matemático de un experimento que pretenda validar una teoría física, el carácter formal y muchas veces empíricamente imperceptible de las leyes naturales, y la representación geométrica de los problemas físicos. El segundo capítulo describe el medio científico y cultural de la obra de Newton, comparándolo con el Renacimiento italiano (marco de la obra galileana), y enfatizando el peso que la Reforma tuvo en las convicciones puritanas, de origen calvinista, del científico inglés. De particular importancia resulta la breve biografía estudiantil, la descripción de las presiones sociales y la falta de afecto que forjaron su carácter desconfiado y retraído, su pasión por los temas religiosos y aun místicos, en abierto contraste con la atmósfera de practicidad y creación colectiva que gobernaba la Royal Society.
El tercer capítulo se ocupa del empirismo científico inglés, de sus motivaciones filosóficas y de su ideal de ciencia como reacción a la especulación árida y libresca de los escolásticos. Orientado por estos objetivos, el profesor Granés presenta las contribuciones fundamentales de Francis Bacon como ideólogo del nuevo tipo de ciencia en la Inglaterra del siglo XVII, articulando cuatro elementos de su propuesta: la idea de separar claramente el ámbito religioso de la revelación del propiamente científico, a pesar de las propuestas sintéticas del aristotelismo tardío; la idea de que el mundo tiene de suyo una estructura legaliforme y ordenada que el hombre de ciencia debe descubrir superando las barreras y prejuicios de su educación; el método radicalmente empírico de la ciencia, donde la dudosa generalización no puede reemplazar la observación directa y la cuidadosa recolección de datos que permitan descubrir las causas inherentes de los cambios en los objetos; y, por último, la concepción profundamente práctica de la ciencia que persigue una utilidad ostensible: el dominio técnico sobre el mundo natural. Como parte de la producción de la época, el autor nos presenta la Micrographia de Robert Hooke -corresponsal de Newton en varias disputas científicas-, resaltando el proyecto de una historia natural como herencia de Bacon y la necesidad de la construcción de los instrumentos adecuados para la observación de animales, plantas y para el estudio de los colores, es decir, de una superación de la simple percepción a favor de una verdadera observación científica. Completa el capítulo una minuciosa reconstrucción de los experimentos de Robert Boyle sobre neumática -uno de los cuales permitió formular la famosa ley que lleva su nombre- en la cual dos elementos parecen fundamentales: el anecdótico estilo literario de Boyle, y su refutación de la antigua y arraigada idea del horror vacui a través de una más racional explicación del peso del aire en función del volumen de líquido desplazado.
La segunda parte, más extensa, aborda cuatro áreas del trabajo científico de Newton: la teoría de los colores, la naturaleza del tiempo y el espacio, la gravitación y la alquimia. En el primer capítulo el autor expone tres explicaciones mecanicistas para experimentos de refracción con prisma -la de Descartes, la de Grimaldi y la de Hooke-, contrastándolas metodológicamente con la de Newton. Cada una de ellas, a partir de suposiciones diferentes sobre la luz (ya sea como un conjunto de “bolas”, como un fluido muy sutil o como un pulso simple), llega a una conclusión análoga: el color surge como una modificación de la luz en contacto con el prisma. Lo que incomoda a Newton en todas estas teorías es que no responden a un modelo explicativo unívoco, pues se originan en la disposición de un determinado experimento -de una cierta imagen o relato-, y por esa misma razón parecen tan evidentes. Además, son meramente cualitativas, inconmensurables matemáticamente. La propuesta de Newton parte de una contradicción en la ley de refracción de Descartes -la forma oblonga y no circular de los colores proyectados sobre la superficie blanca-, pretende corregir cualquier margen de error proveniente del experimento, e idea una disposición de la entrada de la luz y de su paso a través de dos prismas con el único objetivo de presentar de la manera más inapelable su propia teoría. Su experimento es producto de una cuidadosa reflexión, que dista mucho del carácter aleatorio de la comprobación mecanicista; su conclusión es clara, elegante y simple: los colores hacen parte de la luz blanca y se refractan en el prisma, pero cada uno con un índice de refrangibilidad diferente, lo que explica la forma del espectro en la pared; la forma en que se hila es deductiva, rigurosa y geométrica; la evidencia ha sido cuidadosamente seleccionada y parece tener la certeza de una proposición apodíctica. El capítulo concluye con una reconstrucción de la teoría de Newton desde las estudiantiles Quaestiones quaedam Philosophicae, y del agrio intercambio epistolar que, por su concepción del color, mantuvo con Hooke y con un grupo de jesuitas.
El segundo capítulo aborda uno de los puntos más relevantes y discutidos de la propuesta newtoniana: la concepción absoluta del tiempo y el espacio. Usando a Galileo como referencia obligada, el autor aborda la representación matemática del tiempo y el espacio como continuos, y señala la pretensión de describir el movimiento planetario, que lleva a Newton, inspirado en Galileo y Kepler, a concebir el espacio como una realidad inmóvil que contiene todos los entes y el tiempo como un permanente fluir denominado duración. Ambos conceptos pueden ser abordados con relación al movimiento de los cuerpos y a la relación entre instantes respectivamente, pero esta ejemplificación no puede ser considerada una definición precisa. El tiempo usado por los astrónomos, por ejemplo, pretende más acercarse a una noción absoluta que a una cotidiana y relativa de duración, de igual forma sucede con el espacio; sin embargo, muchas definiciones de Newton -como la del movimiento inercial-, y no pocos de sus experimentos -como el de los cambios en la superficie de agua en un balde que rota- sólo adquieren sentido cuando suponemos tales conceptos no sólo como realidades, sino como principios lógicos e instrumentos a través de los cuales Dios inunda todas las cosas con su presencia. Necesidad ontológica, lógica y cosmológico-teológica se encuentran así imbricadas en estas ideas de espacio y tiempo.
El profesor Granés rastrea los orígenes de la madura definición de los Principia hasta la influencia de More y las propuestas seminales de algunos escritos del propio Newton anteriores a la publicación de su obra magna. Cierra el capítulo una breve reseña de la propuesta relativista de Leibniz y de su disputa con Clarke, de la cual es importante resaltar el principio de razón suficiente que aquél usa para refutar la concepción absolutista de éste.
El tercer capítulo presenta la teoría de la gravitación a la luz de los Principia. El autor parte de la comparación entre las diferentes imágenes del mundo, desde el geocentrismo aristotélico hasta la multiplicidad cartesiana de mundos, pasando por el heliocentrismo copernicano, y reconstruye históricamente la propuesta de Newton desde el De gravitatione, los cálculos sobre la gravedad de la luna y la correspondencia con Hooke sobre la fuerza de atracción entre los planetas. Vale la pena resaltar la necesidad de universalidad que Newton reclama para su propuesta, extendiendo y corrigiendo la propuesta de Galileo para la Tierra a todos los planetas. El profesor Granés presenta con claridad las tres leyes de Kepler para el movimiento planetario, señalando la superación del paradigma científico del círculo por el de las órbitas elípticas y las minuciosas observaciones y sofisticados modelos geométricos que le dieron la solución al astrónomo alemán. A continuación entra en escena la obra fundamental de Newton y el recorrido que le permite proponer la ley de gravitación universal. Muestra la estructura deductiva de la obra, comenta la definición de los tres tipos de fuerza -ínsita, impresa y centrípeta- y los tres axiomas del movimiento, llamando la atención sobre la profunda cohesión matemática y la coherencia que gobiernan el tratado. Su reflexión sobre el método de Newton en el libro primero destaca la preocupación por la universalidad de la explicación ideal, que puede descender fácilmente hasta el caso concreto y dar cuenta de él sólo con algunas precisiones. Este orden se percibe en los casos que le sirven a Newton para llegar a demostrar en su sistema las leyes de Kepler: la fuerza centrípeta impresa en una partícula, la atracción mutua entre partículas, la atracción mutua de varias partículas y, por último, las fuerzas de atracción entre los cuerpos esféricos. Señala también las “reglas para filosofar” del libro tercero, caracterizadas por la economía de explicación, la reducción de las propiedades de un cuerpo a sus mínimos componentes, y el carácter provisional de las leyes naturales, para presentar luego la ley de gravitación universal como una generalización gradual de la ley aplicada a la tierra, la luna, los planetas y, por último, a cada cuerpo en el universo. Discute a continuación el Escolio General que cierra los Principia, en el contexto de la imagen de mundo que se deduce de la obra: regido por la ley universal de la gravitación, ordenado en órbitas elípticas y aparentemente regulares, pero sin justificación física o mecánica de la causa de tal ley. El origen divino que se le otorga y la necesidad demostrativa de que exista para explicar todos los fenómenos, constituyen para muchos lectores un motivo de extrañeza, comenzando por los mecanicistas cartesianos que, pese a reconocer la destreza matemática de Newton, criticaron esa indebida intervención divina, ese asomo de irracionalidad en el mundo mecánico dominado hasta entonces por el éter.
El cuarto capítulo descubre la faceta oculta del sabio inglés: su pasión por la alquimia. Intentando no eliminar de un tajo la importancia de tal práctica en la obra de Newton, pero sin exagerarla hasta el punto de convertirlo en un ocultista, Granés emprende la descripción del alquimista típico: su simbolismo cosmológico y sexuado, su interés por la transmutación e integración en la Obra cósmica, su vitalismo y animismo y, por supuesto, su carácter resueltamente anticientífico, sin preocupaciones por la objetividad o la evidencia. En un segundo momento describe el papel de Dios en la física de Newton: un gran ser todopoderoso que puede intervenir a voluntad en el mundo y modificar sus leyes, que debe impulsar la materia presa de la fuerza de inercia y fermentar las sustancias químicas, totalmente ajeno al relojero despreocupado de Leibniz, y en abierta oposición al deísmo de Descartes: “Este [Dios] rige todas las cosas, no como alma del mundo, sino como dueño de los universos. Y debido a esa dominación suele llamársele señor Dios, pantokrator o amo universal” (266). Dios voluntarista, arcano y de designios insondables, al que debemos acercarnos no sólo a través de la comprensión empírico-racional de su obra, sino de los secretos caminos de la iniciación mística. La alquimia de Newton, aunque pretende reconocer la racionalidad que gobierna los procesos de transformación de la materia, la explicación matemática de la fermentación en términos de la forma de las partículas involucradas, y la lógica de la corrupción, pierde su caparazón estrictamente científica cuando se acerca a los procesos vitales, donde la vegetación es descrita como producto de un “espíritu latente”. El vocabulario vitalista termina reduciendo el elemento científico de la explicación a la fuerza que reúne las partículas, es decir, a la fuerza de gravedad, que no tiene una causa propiamente física.
El Newton del profesor Granés, como lo señala él mismo en el epílogo, conserva la complejidad de las personalidades geniales: sobrio científico y sincero creyente, enemigo de las explicaciones hilemórficas en física, pero vitalista convencido, personalidad retraída y poco amiga de la disputa directa, “el primero de los sabios y el último de los brujos”, como lo describió Keynes al descubrir sus manuscritos sobre alquimia. Tal vez valdría la pena añadir una posible clave en la comprensión de esta dualidad, tan presente en los filósofos y científicos de su siglo: como ya lo notó Deleuze, la expresión fundamenta la preocupación epistemológica y el lugar del hombre en el mundo, expresión de la sustancia en sus infinitos atributos, expresión de las propiedades esenciales de la mónada en su movimiento, expresión de Dios en su “sensorio” espacial y en el tiempo de su obra. Spinoza, Leibniz y Newton, entonces, parecerían recoger, cada uno a su manera, la preocupación por la forma en que la naturaleza se desarrolla a través de leyes expresivas que, en ninguno de los tres casos, son humanas.
El apéndice de Jorge Luis Cárdenas sobre el método científico en Boyle aborda cuatro cuestiones fundamentales: la crítica radical al aristotelismo y su cimentación en principios auto-evidentes que permiten deducir el resto de las proposiciones, así como a la perspectiva cerrada y sistemática, reemplazándola por un sistema hipotético más débil, pero más acorde con los experimentos e impresiones particulares. En segundo lugar, la concepción limitada del conocimiento humano, la posibilidad explícita de que encontremos problemas “incomprensibles, inexplicables o intratables”, bien por falta de desarrollo científico, bien por falta de herramientas adecuadas, bien, en fin, por voluntad divina. A esta modestia intelectual humana corresponde, en tercer lugar, una idea del mundo como una automaton, creado y mantenido por Dios, pero que, en sí mismo, encierra la respuesta a los interrogantes del científico: ontología mecánica sujeta al arbitrio divino, y al mismo tiempo legaliforme y claramente perceptible, que exige un Dios demiurgo, artesano. Por su sabiduría, pero sobre todo por su poder, Él está en capacidad de modificar en cualquier momento el mundo, como en Newton, y de crear fenómenos cuya finalidad escapa a nuestra inteligencia. El científico debe desconfiar sistemáticamente de los análisis que pospongan los fenómenos a favor de la especulación puramente lógica; su labor consiste en reconocer la naturaleza particular de los objetos, y la naturaleza general de las leyes de origen divino que los gobiernan. Por último, el autor reflexiona sobre los aspectos más importantes de la filosofía experimental desde el punto de vista metodológico: la necesidad de un avance lento y seguro en la comprensión del mundo -que incluye siempre un desarrollo tecnológico- sobre bases experimentales, y la desconfianza en las matemáticas como lenguaje adecuado para la ciencia natural.
Un libro bien escrito y muy bien documentado, al que, sin embargo, pueden hacérsele algunos reparos más de forma que de contenido: el sistema de referencias bibliográficas es redundante y pesado, pues el mismo título se repite una y otra vez a lo largo de la obra. Un lunar más perceptible son los múltiples errores de digitación, presentes también en el apéndice (por ejemplo, la repetida confusión entre cómo y como), que sólo en dos casos producen incomodidad en el lector: en la página XV se lee Berkely por Berkeley y en el cuadro de la página 164 se lee tenciona por tensiona o tensa.

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