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Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura

Print version ISSN 0120-2456

Anu. colomb. hist. soc. cult. vol.40 no.1 Bogotá Jan./June 2013

 

Rafael Rojas.
Las repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la revolución de Hispanoamérica.
México, Taurus, 2009. 424 páginas.

La historia intelectual latinoamericana de principios del siglo XIX se inscribió en el republicanismo: un sistema de pensamiento inscrito en las ideas ilustradas que difiere del liberalismo y del conservadurismo como ideologías que hicieron posible el nacionalismo en los países del continente. Por otra parte, el republicanismo hizo de la identidad americana un proyecto posible en el contexto del proceso de emancipación de las colonias americanas. Para el estudio de este momento específico del pensamiento hispanoamericano, el autor del libro Las repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la revolución de Hispanoamérica plantea tres ejes centrales: exilio y traducción; revolución y república; utopía y desencanto, a través del estudio particular de un grupo de líderes, entre los cuales se encuentran Simón Bolívar y Andrés Bello, de Venezuela; Fray Servando Teresa de Mier y Lorenzo de Zavala, de México; Félix Varela y José María Heredia, de Cuba; Manuel Lorenzo de Vidaurre, de Perú, y Vicente Rocaforte, de Ecuador. El republicanismo constituyó un momento específico de la historia americana durante la formación del Estado nacional a partir de la Independencia (1810-1830) que prolongó su influencia hasta 1848, aproximadamente. Tuvo como elementos principales el recurso a una nueva dimensión simbólica que, en el proceso de construcción de la nación, apeló a un modelo de ciudadanía definida en términos de virtud cívica, moral y patriotismo, según las ideas de la Ilustración, y que en términos políticos debía expresarse a través de los principios de la soberanía popular respecto del poder español, la elección democrática de las autoridades por medio del voto y la división de poderes. Por otra parte, ello supuso evidenciar las relaciones de poder heredadas de la Colonia, expresadas en la división en castas, la lucha entre intereses regionales por la hegemonía y la vigencia de la esclavitud, así como en la idea de americanidad como identidad superior de un nuevo continente vinculado a la historia mundial. Así, logró superponerse en ese periodo a las identidades nacionales, gracias al poder de los caudillos militares, intelectuales y políticos que lideraron la Independencia, que se expresó en iniciativas de integración americana de los nuevos países. Al final de este periodo, al comprobarse el agotamiento y fracaso de la utopía americana, el desencanto y el destierro de esta generación abrió el paso a nuevos líderes que iniciaron, como tal, el proceso de formación de los Estados nacionales latinoamericanos con la creciente influencia de las potencias extranjeras en nuestros territorios.

Los antecedentes del republicanismo americano se encuentran en el pensamiento de la Ilustración y en el proceso de acercamiento, traducción y adaptación de sus postulados a la realidad colonial latinoamericana. Desde fines del siglo XVIII y durante el siglo XIX, los integrantes de las nuevas elites criollas vivieron experiencias de viaje y de exilio en Francia, Inglaterra y los Estados Unidos, que los nutrieron ideológicamente para emprender el proceso de emancipación. En este sentido, el conocimiento de los autores ilustrados, su traducción al español y su circulación en forma clandestina, además de una prensa de propaganda política, fueron formando una primera comunidad de experiencias y pensamientos que fue decisiva en la orientación de los procesos de Independencia en América Latina. Estas experiencias fueron aprovechadas para contactar los respaldos políticos, económicos, militares y diplomáticos necesarios a la causa independentista, tanto en Europa como en Norteamérica, para lo cual fueron puntos estratégicos Londres, París, Nueva York, Filadelfia, Nueva Orleans y Boston, entre otras ciudades. En este contexto, se destacaron, entre otras, las experiencias de intelectuales y militares como las de Francisco de Miranda, José María Heredia, Lorenzo de Zavala, Rocaforte y Vidaurre, Fray Servando Teresa de Mier, Andrés Bello y Simón Bolívar, quienes, al provenir de la jurisprudencia, el clero o el ejército, pudieron influir de manera directa en los procesos de formación de la nueva América.

Con el congreso gaditano se dio la tensión entre autonomía e independencia, que fue el centro de debate intelectual de la generación emancipadora. Ante la crisis del imperio español y ante el fracaso de las Cortes de Cádiz por la desigual representación de las colonias americanas, el discurso de la autonomía da paso al de la Independencia, y en este tránsito, la discusión del modelo de organización republicano entre la tendencia federalista y la centralista, que constituyeron los esquemas de administración de los recién independizados territorios americanos, inspirados en los modelos europeos y norteamericanos herederos de la Ilustración, con las excepciones de las Antillas y de Brasil. El republicanismo americano de nuestros países hizo un diagnóstico utópico de las posibilidades y alcances de su discurso y de su acción. Utópico, por cuanto se propuso el desarrollo de la idea republicana de gobierno en territorios exvirreinales donde existían soberanías regionales en pugna por imponerse como hegemónicas, lo que implicó un vacío de poder nacional -incluso en la dimensión simbólica-. Al no poder ser llenado satisfactoriamente, hizo posible el recurso a la idea de americanidad como elemento cohesionador apoyado en las ideas provenientes de la herencia cultural hispánica: esto se hizo particularmente evidente en las iniciativas que condujeron a la creación de los congresos de Tacubaya y de Panamá, entendidos como escenarios de integración americana de Estados confederados que permitiera una perspectiva geopolítica de pensamiento y de acción internacional. También contribuyó a este proceso la la proposición de una Asamblea General de Estados Americanos, en lo que coincidieron los planteamientos de Simón Bolívar y de Fray Servando Teresa de Mier, en el contexto de la Reconquista española, de aseguramiento militar y político de la Independencia y del establecimiento de las relaciones internacionales con Europa y Estados Unidos. En segundo lugar, fue utópico porque quiso que la idea republicana se realizara al amparo del caudillo, es decir que, a pesar del constitucionalismo democrático, el poder estuvo en gran medida ligado al personalismo del líder militar o civil más representativo de su territorio -Bolívar, San Martín, Itúrbide, Artigas, O'Higgins, etc.-. Tercero, fue utópico porque ante las herencias coloniales en todos los campos, pero especialmente en la cultura, pensó que podía regenerar estas sociedades según los ideales de la Ilustración, pretendiendo civilizar a las castas en la búsqueda del gobierno perfecto y el impulso a la inmigración extranjera, como ocurrió en los Estados Unidos.

Ante la imposibilidad de realizar plenamente el ideal republicano, los líderes enfrentaron el desencanto y el exilio. Los factores que contribuyeron a ese fracaso y desencanto fueron varias: en primer lugar, las crisis internas de los nuevos Estados americanos -como las ocurridas en México y en la Gran Colombia-, que llevaron a un escenario de mutua desconfianza que sirvió también para establecer las primeras diferencias limítrofes y organizar los actuales Estados nacionales; en segundo lugar, el cesarismo político de los líderes independentistas, que derivó al autoritarismo, cuyo caso más representativo fue Simón Bolívar; también, el creciente caudillismo regional y nacional que disputó el poder con el caudillismo de los líderes independentistas, lo que se agudizó por las luchas en cuanto al modelo republicano de administración del Estado entre centralistas y federalistas, y dificultó el desarrollo económico buscado; adicionalmente, la intervención, poder e intrigas de las potencias europeas -especialmente Inglaterra- y de Estados Unidos, cuyos viajeros y diplomáticos tuvieron una participación insidiosa en el proceso, en especial los representantes norteamericanos a partir de la Doctrina Monroe; y finalmente, en el campo de la cultura, el hecho de comprobar que, pese a los diseños constitucionales republicanos, las herencias coloniales siguieron vigentes en las relaciones sociales, especialmente en la cuestión religiosa y en la dificultad -en ese momento histórico- para fomentar la inmigración extranjera.

Sin embargo, hay que notar que este republicanismo no se deja pensar teleológicamente por las historiografías liberales y conservadoras propias de la segunda mitad del siglo XIX que formaron propiamente los Estados nacionales. Esto debido a que el republicanismo americano corresponde a un momento anterior al Estado nación en nuestro continente, al postular la idea de lo americano como referente identitario, tomado del modelo europeo y estadounidense, que convocaban la unidad apoyada, a su vez, en la uniformidad de la herencia colonial española: una lengua, una religión, un pasado común -prehispánico- y la proyección a un futuro compartido: la libertad de América, por encima de las diferencias particulares geográficas, demográficas e históricas de los antiguos virreinatos. Este republicanismo no pensaba esa identidad como nacionalismo, y tenía una valoración centrada de la herencia española, que le permitió no caer en la exaltación ni en la diatriba al respecto, uno de cuyos casos más representativos son el pensamiento y obra de Andrés Bello. Pero es evidente que luego de esta generación republicana, las generaciones siguientes lo apropiaron de manera selectiva y útil para sus propósitos, especialmente para construir la dimensión simbólica de los nuevos Estados nacionales a través de múltiples recursos de la visión patriótica de la historia.

Diego Fernando Buitrago Suárez
Secretaría de Educación Distrital, Bogotá, Colombia
macondo83@hotmail.com