Han pasado varios años desde que Dürkheim introdujo el término Anomia en la sociología a fin de representar la ausencia de ley propia de los periodos de transición social donde los modelos económicos políticos y normativos son abandonados sin que uno nuevo haya logrado sustituirlo de manera significativa1. En el momento actual, la definición del término puede ser extendida hacia la alienación y conducta antisocial a través de las cuales los sujetos se niegan a integrarse al conjunto de normas, modelos y acuerdos para el logro de una convivencia saludable2. A Colombia históricamente se le ha reconocido su como un ejemplo catastrófico y extremo de anomia3.
Independiente de la discusión teórica respecto a las particularidades de alcance del término, este se encuentra inexorablemente relacionado con la salud por cuanto, desde la perspectiva de lo público, esta se relaciona estrechamente con las formas de organización social4. De este modo, el reconocimiento del impacto de los diferentes determinantes sociales, incluidas circunstancias socioeconómicas, de exclusión y apoyo social, productivas y de condiciones ambientales, sobre la salud de los diversos grupos poblacionales, debe también hacer mención la forma como la salud es afectada por la suma de las acciones individuales de aquellos que niegan o se rehúsan a acatar las normas convenidas.
Más allá del rompimiento de la percepción de solidaridad o el deterioro de los lazos sociales, la aparición de fenómenos anómicos ocurre en la medida que se crean nuevos lazos de parentesco entre distintos actores sociales, basados en el acuerdo común del rompimiento de las leyes en favor de la supervivencia o la practicidad. Así, la definición de lo que es correcto o incorrecto difiere entre sociedades o subgrupos de ellas1. En consecuencia, personas infractoras, modelos de producción ilegales, compra, venta y distribución de artículos prohibidos, entre muchas otras acciones, constituyen la negación agremiada de grupos de sujetos en favor a la norma establecida. Su efecto en salud es evidente.
La división del trabajo y el ingreso, la exclusión de grupos, la migración y el acaparamiento de oportunidades en medios altamente competitivos de ingreso y desarrollo pueden ser solo unas de las causas por los que la sociedad logra beneficios segmentados en sus individuos y fundamenta el sentimiento de desprecio y desacatamiento de las normas por parte de los menos favorecidos5. Tomando en cuenta que todo hecho social implica la participación de al menos dos individuos que se identifican de manera común, la mirada desde la salud pública al fenómeno anómico es prioritaria por cuanto su objeto de estudio es el colectivo humano y no los sujetos individuales6. Desde esta perspectiva, ante el panorama de autodeterminación y enfrentamiento al que se ven sometidos muchos grupos de individuos en sociedades de marcadas desigualdades e inequidad, así como a la velocidad con la que avanzan los fenómenos sociales y comunicaciones, es obligatorio considerar la anomia como un desafío para los procesos integrativos de intervención en Salud Pública. Desafíos como la promoción y prevención encaminadas a favorecer factores de integración social, la participación y comprensión ciudadana y el desarrollo de normas y reglas funcionales y comprensibles, tendrán sentido solo si se consideran al mismo tiempo las condiciones materiales de vida a los que los infractores anómicos se ven sometidos. De nuevo, el marco de acción basado en determinantes sociales se ve urgido a considerar la necesidad de mantener su continuo proceso de actualización, esta vez asumiendo el desacato como una prioridad en el reconocimiento de las raíces que subyacen al deterioro de la salud de los grupos poblacionales.














