INTRODUCCIÓN
La pobreza ha acompañado históricamente a la humanidad, manifestándose de maneras diversas y siendo objeto de múltiples interpretaciones. Se estudia, se define y se padece, llegando incluso a ser mortal para muchos. Aunque a nivel global parece haber disminuido, surge la pregunta sobre qué tipo de pobreza es la que realmente se está reduciendo. Esta variedad de concepciones dificulta los esfuerzos por un abordaje unificado; sin embargo, desde perspectivas humanistas existe cierto consenso en rechazarla.
Se trata de un fenómeno complejo cuyas causas han sido atribuidas tanto al azar como a las estructuras sociales o a las decisiones individuales (Dakduk et al., 2010). Para algunos, la pobreza es consecuencia de la desigualdad estructural sostenida por sistemas políticos y económicos (Royce, 2022), lo que implicaría la necesidad de transformaciones profundas. Otros, en cambio, la entienden como el resultado de elecciones personales, lo que orienta las intervenciones hacia la superación individual (Bayón, 2012). También existen posturas intermedias que articulan factores estructurales y responsabilidades individuales, considerando influencias históricas, culturales y educativas. Esta diversidad de enfoques complica tanto el diagnóstico como la definición de soluciones (Brady, 2019).
En este contexto, Amartya Sen (2000) advierte que la pobreza trasciende lo económico. Desde esta perspectiva, el pensamiento de Heidegger, Nietzsche y Dussel permite ampliar su comprensión al integrar nociones de estructura, azar y agencia. Diferenciar pobreza de miseria y eliminar la carga peyorativa que históricamente se le ha atribuido puede, entonces, abrir caminos hacia nuevas formas de entenderla, incluso como un modo de ser.
Las entidades financieras también influyen en este fenómeno, no solo al facilitar el flujo de capital, sino también al representar un modelo de éxito asociado a la riqueza y al consumo ostensible. Aunque la relación entre inflación, vulnerabilidad y pobreza ya había sido señalada por autores clásicos del pensamiento económico, como Hayek (1960; 1978), los estudios recientes confirman empíricamente este vínculo y muestran cómo las decisiones de política monetaria y financiera pueden incidir directamente en los niveles de pobreza. En particular, se ha documentado que los procesos inflacionarios y las expansiones crediticias sin regulación adecuada aumentan la vulnerabilidad de los hogares y erosionan su poder adquisitivo (Mosquera, 2023; Moreno Calva y Cruz Marcelo, 2024). Aunque se ha promovido la inclusión financiera como motor de crecimiento y reducción de la pobreza (Raza et al., 2019), la literatura actual advierte también sobre sus efectos adversos, en especial el incremento de la desigualdad y el sobreendeudamiento en contextos de baja educación financiera (Le & Nguyen, 2020). La pobreza no puede reducirse a una única definición. Como plantean diversas corrientes epistemológicas, su comprensión requiere un enfoque plural que incluya dimensiones espirituales, las cuales se estructuran desde lo material y configuran horizontes de vida que orientan la acción humana.
MARCO TEÓRICO
La pobreza económica
La pobreza constituye un fenómeno complejo que puede abordarse desde diversos enfoques: monetario, multidimensional y de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI), cada uno con fundamentos conceptuales y metodológicos específicos. Desde la perspectiva monetaria, el Banco Mundial define la pobreza extrema como la condición de vivir con menos de 2,15 dólares al día (PPA) en países de bajos ingresos; este umbral se eleva a 6,85 dólares en países de ingresos medios-altos, afectando al 44 % de la población mundial, y alcanza 25 dólares en países de altos ingresos (Lakner et al., 2024).
En el caso del método NBI, desarrollado por la Cepal, se utilizan datos censales para identificar privaciones en aspectos como condiciones de vivienda, educación y situación laboral del jefe de hogar (Feres & Mancero, 2001). No obstante, si bien esta herramienta resulta pertinente para captar carencias estructurales, presenta limitaciones derivadas de su dependencia de variables censales y de la definición restrictiva de las necesidades consideradas básicas (Cortés, 2023).
A su vez, desde un enfoque relacional, Townsend (1979) introduce el concepto de pobreza relativa, entendido como la incapacidad de alcanzar los estándares de vida socialmente aceptables en un contexto determinado. Este planteamiento evidencia la necesidad de articular mediciones absolutas y relativas para obtener una comprensión integral del fenómeno de la pobreza (Dunn, 2023).
En esta misma línea, el enfoque multidimensional, sustentado en el método Alkire-Foster (AF), permite evaluar de forma integrada privaciones en salud, educación y condiciones de vida, mediante el establecimiento de umbrales e indicadores ponderados ( Jiao, 2020). Dicho enfoque, inspirado en la perspectiva de capacidades de Sen (2000), conceptualiza la pobreza como una privación de capacidades fundamentales (Santos, 2023) y ha sido implementado tanto en países desarrollados como en aquellos en vías de desarrollo (Balasubramanian et al., 2023).
Más allá de la pobreza material
La teoría de la escasez, de base cognitivo-psicológica, explica cómo la carencia percibida impacta de manera directa las decisiones y comportamientos cotidianos (Mullainathan & Shafir, 2013; Zhao & Tomm, 2018). Esta perspectiva introduce dos conceptos fundamentales. Por un lado, el túnel cognitivo, que concentra la atención en las necesidades inmediatas y reduce la visión del largo plazo (van der Veer et al., 2024); por otro, la carga cognitiva, que disminuye la capacidad de procesar información y favorece decisiones impulsivas (Nagpaul et al., 2021). Ambos mecanismos interactúan y configuran un ciclo que puede reforzar la condición de escasez, dificultando la adopción de comportamientos orientados a romperla, como ocurre en casos de sobreendeudamiento (Achtziger, 2022).
De esta manera, la pobreza no se limita a una dimensión material, sino que adquiere también un carácter cognitivo, al afectar los procesos de decisión y la percepción de oportunidades (De Brui-jn & Antonides, 2022). Incluso en sectores de clase media pueden emerger formas de "pobreza percibida" asociadas a imaginarios e ideologías dominantes (Nandori, 2023). En sociedades marcadas por el consumismo (Bauman, 2002) y la capitalización afectiva (Beltrán Virguez, 2024), la definición de lo "necesario" se desplaza constantemente, ampliando así los límites de la pobreza y generando nuevas formas de carencia.
Un ejemplo ilustrativo es la pobreza energética, que evidencia cómo la falta de acceso a servicios energéticos adecuados restringe las posibilidades de llevar una vida digna (Sy & Mokaddem, 2022). Frente a estos retos, superar la pobreza no implica únicamente mejorar los ingresos o el acceso a bienes, sino también cuestionar y redefinir colectivamente qué se considera esencial y digno, de modo que las políticas y prácticas sociales respondan a necesidades reales y no solo a expectativas impuestas.
METODOLOGÍA
Este estudio emplea un enfoque de métodos mixtos que combina técnicas cuantitativas y cualitativas (Greene et al., 1989). Sin embargo, para superar la mera descripción y lograr una comprensión integral del fenómeno, se adoptó un diseño de investigación de tipo explicativo secuencial (Creswell & Plano Clark, 2018). En este diseño, la recolección y el análisis de datos cuantitativos precede y sienta las bases para una posterior fase cualitativa, cuyo propósito es explicar, contextualizar y dar profundidad a los patrones identificados en la primera fase. La integración de ambas fases se planificó bajo el principio de complementariedad (Greene et al., 1989), en el que los hallazgos cualitativos iluminan y ayudan a interpretar los resultados cuantitativos.
Primero, se realizó un análisis comparativo entre América Latina y Europa utilizando datos sobre tasas de interés, coeficientes de Gini y pobreza multidimensional. Estos datos se obtuvieron de fuentes confiables, como bancos centrales, Cepal y Eurostat, siguiendo metodologías estandarizadas para la recolección y comparación de indicadores económicos. Para evaluar las relaciones entre variables, se aplicó el coeficiente de correlación de Pearson, técnica estadística ampliamente utilizada en estudios económicos para medir la fuerza y dirección de las asociaciones entre variables (Field, 2024). El objetivo de esta fase fue establecer un panorama empírico robusto de las relaciones estructurales entre el sistema financiero, la desigualdad y la pobreza, creando así el punto de partida para la investigación cualitativa. En segundo lugar, con el objetivo expreso de interpretar los hallazgos cuantitativos, el análisis se complementó con métodos cualitativos de carácter interpretativo. Esta fase no buscó generar nuevos datos primarios, sino construir un marco de comprensión a partir de la teoría existente.
Hermenéutica fenomenológica: Se realizó un ejercicio de hermenéutica fenomenológica (Sloan & Bowe, 2014) para interpretar conceptos filosóficos clave de autores como Heidegger, Nietzsche y Dussel. El propósito fue explorar las dimensiones ontológicas y existenciales de la pobreza que exceden la medición económica, proporcionando un marco para entender la experiencia subjetiva detrás de los datos estadísticos.
Análisis interpretativo de teoría crítica: basándose en estudios académicos y documentos, se aplicó un análisis crítico-interpretativo para evaluar el papel de las instituciones financieras en la perpetuación de la pobreza. Este análisis, inspirado en la tradición de la teoría crítica, se centró en develar las estructuras de poder y los supuestos ideológicos que subyacen a las prácticas discursivas del sector financiero, tal como se manifiestan en la literatura académica y en informes institucionales.
Integración: la triangulación de los datos se realizó mediante un proceso de anidamiento (Bazeley, 2018), en el que los resultados cualitativos se utilizaron para elaborar, ilustrar y dar significado a los patrones cuantitativos. Específicamente, los marcos hermenéutico y crítico se emplean para proponer explicaciones sobre las razones subyacentes a las fuertes correlaciones estadísticas observadas en el contexto latinoamericano, respondiendo a la pregunta de por qué persisten estas estructuras. Finalmente, se integraron reflexiones filosóficas y sociológicas para proponer alternativas emancipatorias, empleando métodos interpretativos que permiten una comprensión profunda de fenómenos complejos (Creswell & Poth, 2018).
RESULTADOS
Las tasas de interés son centrales para entender las condiciones crediticias, especialmente en un contexto de expansión financiera que ha facilitado el acceso al crédito incluso para personas con bajos ingresos. Esto ha generado niveles históricos de endeudamiento familiar, como muestra el caso de Estados Unidos, donde la deuda por hogar se triplicó entre 1980-2019 (Harvey, 2020). Este fenómeno refleja no solo la dependencia del crédito para necesidades básicas, sino también el control financiero sobre oferta y demanda, exacerbando riesgos de sobreendeudamiento.
Según Harvey (2020), este sistema surge de la brecha entre ingresos y gastos, dando lugar a diversas formas de crédito (consumo, vehículos, tarjetas) que comparten un mismo principio: permitir comprar sin dinero disponible. Sin embargo, esto genera deudas que restan libertad y perpetúan ciclos de pobreza. Aunque se promueve la inclusión financiera como solución (Carrera-Silva et al., 2024), estudios muestran que el crédito rara vez mejora las condiciones de vida (Goldszmidt et al., 2022) y, por el contrario, aumenta la vulnerabilidad socioemocional debido a condiciones de pago rígidas y prácticas abusivas (Olayiwola, 2021). Así, el impacto real del crédito depende críticamente de las tasas de interés aplicadas.
En Latinoamérica, estas tasas son notablemente más altas que en Europa (tabla 1), lo que se relaciona con mayores niveles de desigualdad (Gini) y pobreza multidimensional. Este contexto cuestiona el discurso oficial que justifica las altas tasas por "riesgo económico", evidenciando su papel en la reproducción de desigualdades estructurales.
Tabla 1 Tasas de interés, coeficiente de Gini y pobreza multidimensional en América Latina (2013-2023)
| Año | Tasa promedio de interés (%) | Gini promedio | Pobreza multidimensional (%) |
|---|---|---|---|
| 2013 | 24.0 | 0.49 | 19.5 |
| 2014 | 23.8 | 0.48 | 19.0 |
| 2015 | 24.2 | 0.48 | 18.7 |
| 2016 | 25.5 | 0.49 | 19.3 |
| 2017 | 25.0 | 0.48 | 18.8 |
| 2018 | 24.6 | 0.48 | 18.3 |
| 2019 | 24.0 | 0.48 | 17.9 |
| 2020 | 22.5 | 0.48 | 18.6 |
| 2021 | 23.0 | 0.47 | 18.2 |
| 2022 | 24.8 | 0.48 | 18.9 |
| 2023 | 26.0 | 0.49 | 19.2 |
Fuente: elaboración propia. Los datos de tasas de interés se obtuvieron de reportes de bancos centrales, mientras que los valores del coeficiente de Gini y la pobreza multidimensional provienen de Cepal y el Banco Mundial.
La tabla 1 muestra tasas de interés elevadas para créditos de consumo (22-26 %), resultado de factores estructurales como alta inflación y riesgo crediticio (Harvey, 2020). Estas tasas limitan el acceso al crédito para poblaciones vulnerables, perpetuando la exclusión financiera. El alto coeficiente de Gini evidencia la desigualdad persistente en la región, mientras que los índices de pobreza multidimensional revelan carencias críticas en educación, salud y vivienda (Cepal, 2023). A pesar de políticas redistributivas, estos desafíos estructurales continúan afectando el desarrollo económico y social.
Contexto europeo
En contraste, Europa presenta tasas significativamente menores (4.6 -5.7 %), según la tabla 2, lo cual refleja economías más estables y políticas monetarias expansivas (Eurostat, 2023). Este entorno crediticio favorece el consumo y la inversión, contribuyendo al bienestar social. El menor coeficiente de Gini indica mejor distribución del ingreso, resultado de sólidos sistemas de protección social (Olayiwola, 2021). Sin embargo, persisten disparidades regionales, particularmente en el sur y este de Europa, donde los indicadores de pobreza multidimensional son más altos que en el resto del continente.
Tabla 2 Tasas de interés, coeficiente de Gini y pobreza multidimensional en Europa (2013-2023)
| Año | Tasa promedio de interés (%) | Gini promedio | Pobreza multidimensional (%) |
|---|---|---|---|
| 2013 | 5.7 | 0.30 | 2.5 |
| 2014 | 5.5 | 0.30 | 2.4 |
| 2015 | 5.3 | 0.30 | 2.3 |
| 2016 | 5.1 | 0.30 | 2.3 |
| 2017 | 5.0 | 0.30 | 2.2 |
| 2018 | 5.2 | 0.30 | 2.1 |
| 2019 | 5.3 | 0.30 | 2.0 |
| 2020 | 4.8 | 0.29 | 2.0 |
| 2021 | 4.6 | 0.29 | 1.9 |
| 2022 | 4.9 | 0.29 | 1.8 |
| 2023 | 5.1 | 0.29 | 1.8 |
Fuente: elaboración propia. Las tasas de interés se calcularon a partir de los reportes del Banco Central Europeo y estadísticas de Eurostat. Los valores del coeficiente de Gini y pobreza multidimensional se basan en datos de Eurostat.
La comparación regional revela patrones opuestos: en América Latina (tabla 1), las altas tasas de interés (22 -26 %) se asocian con mayor desigualdad (Gini 0.48-0.49) y pobreza multidimensional (~19%), mientras en Europa (tabla 2), las bajas tasas (4.6 -5.7 %) coinciden con menor Gini (~0.29-0.30) y pobreza (~2 %). Para analizar estas relaciones, se aplicó el coeficiente de Pearson a datos anuales (2013-2023), cuyos resultados (tablas 3-4) muestran: correlaciones fuertes en Latinoamérica (r = 0.65-0.78) entre tasas altas, desigualdad y pobreza, frente a relaciones débiles en Europa (r = 0.18-0.34), evidenciando cómo el contexto económico modera estos vínculos.
Tabla 3 Coeficiente de correlación para América Latina
| Relación análisis | Coef. correlación (r) | Interpretación |
|---|---|---|
| Tasas de interés y Gini | 0.65 | Moderada-positiva. Mayor desigualdad se asocia con tasas más altas. |
| Tasas de interés y pobreza multidimensional | 0.72 | Fuerte-positiva. Altas tasas coinciden con mayores niveles de pobreza. |
| Gini y pobreza multidimensional | 0.78 | Fuerte-positiva. La desigualdad se correlaciona con más pobreza. |
Nota. El coeficiente de correlación de Pearson mide la relación entre tasas de interés, coeficiente de Gini y pobreza multidimensional en América Latina, con promedios anuales (2013-2023).
Fuente: elaboración propia a partir de los datos provenientes de bancos centrales de la región, Cepal y PNUD.
Tabla 4 Coeficiente de correlación para Europa
| Relación análisis | Coef. correlación (r) | Interpretación |
|---|---|---|
| Tasas de interés y Gini | 0.22 | Débil-positiva. Relación tenue entre desigualdad y tasas. |
| Tasas de interés y pobreza multidimensional | 0.18 | Débil-positiva. La pobreza no parece vinculada significativamente a las tasas. |
| Gini y pobreza multidimensional | 0.34 | Moderada-positiva. Relación moderada entre desigualdad y pobreza. |
Nota. El coeficiente de correlación de Pearson mide la relación entre tasas de interés, coeficiente de Gini y pobreza multidimensional en Europa, con promedios anuales (2013-2023).
Fuente: elaboración propia con datos del Banco Central Europeo, Eurostat y PNUD.
La tabla 3 muestra que en Latinoamérica las altas tasas de interés se correlacionan claramente con mayor desigualdad y pobreza, lo cual sugiere que perpetúan disparidades económicas debido a sistemas financieros menos accesibles y estructuras sociales desiguales. En contraste, la tabla 4 revela relaciones más débiles en Europa, donde sistemas financieros estables y políticas redistributivas mitigan estos efectos. Esta diferencia evidencia que mientras en América Latina se requieren políticas para reducir tasas de interés y redistribuir ganancias bancarias para aliviar la pobreza, en Europa el reto es mantener los mecanismos redistributivos existentes.
Los resultados cuantitativos muestran una correlación sólida y persistente en América Latina entre altas tasas de interés, elevada desigualdad y pobreza multidimensional (tablas 1 y 3). Estos datos, si bien reveladores, plantean una pregunta más profunda: ¿cómo se sostiene y legitima discursivamente un sistema financiero que reproduce estas correlaciones estructurales? El análisis crítico-interpretativo aplicado a documentos institucionales clave, como el informe Inclusión Financiera en América Latina del Banco de Desarrollo de América Latina (CAF, 2022), revela que este mecanismo se legitima a través de un discurso hegemónico de inclusión financiera y meritocracia. Dicho informe, por ejemplo, enmarca el acceso al crédito, incluso bajo condiciones onerosas, fundamentalmente como una "oportunidad de autonomía económica" y un"motor de movilidad social" (CAF, 2022, p. 15), al tiempo que atribuye los riesgos de sobreendeudamiento a la "falta de educación financiera" o a "decisiones individuales subóptimas" (p. 34). Este discurso, al responsabilizar predominantemente al individuo por su condición financiera, opera una naturalización de las estructuras de poder subyacentes y encuentra un paralelo conceptual en la crítica de Nietzsche a la moral esclava: un sistema de valores en el que la víctima internaliza y reproduce la lógica que la oprime (Nietzsche, 2018).
Es en este punto donde la filosofía de Enrique Dussel proporciona la clave de horizonte de interpretación para una comprensión integral. La pobreza económica cuantificada en las tablas no es meramente una carencia de recursos; es, en términos dusselianos, la imposibilidad sistémica de poder dar, es decir, de ejercer una agencia económica auténtica y participar en relaciones de reciprocidad y donación que constituyen lo humano (Dussel, 1973). El sistema financiero, a través de la conjunción de altas tasas de interés y un discurso que enmascara la deuda como oportunidad, niega la posibilidad de una pobreza elegida como acto ético de desapego y libertad, e impone en su lugar una miseria involuntaria caracterizada por la dependencia y la servidumbre por deuda. De este modo, la integración metodológica se consuma: los datos cuantitativos exponen el qué (la correlación estructural), el análisis del discurso devela el cómo (los mecanismos de legitimación lingüística) y la hermenéutica filosófica desvela el por qué (la pérdida de la dignidad y la agencia como núcleo de la miseria moderna). Esta triangulación revela que la pobreza es, simultáneamente, un dato estadístico, un constructo discursivo y una experiencia existencial de despojo.
Entre pobreza y miseria: pensar desde los pobres
Enrique Dussel es reconocido por sus avances y perspectivas de aporte al pensamiento universal desde la perspectiva de su contexto, desde América Latina. En uno de sus primeros aportes en el análisis de la pobreza, titulado Pobreza y civilización, tomando como base el cristianismo, parte de aquel que es el άπαξ para señalar la alternativa del ser pobre como un anhelo, que implica el nacimiento, el trascurso de la vida y la muerte. Desde este punto de partida, se genera una clara distinción entre la pobreza y la miseria. Para Dussel (1973) hay una diferencia abismal entre un pobre generado socialmente y un pobre por decisión o aceptación. La determinación cristiana de ser pobre se separa de la miseria en tanto valor vital, en tanto completitud digna, en tanto decisión. Para evitar caer en una suerte de apología a la pobreza económica en sentido habitual y un tanto vulgar, es fundamental comprender el horizonte hermenéutico de la pobreza.
Dussel (1973) ejemplifica desde Abraham algunos elementos determinantes en la comprensión de la pobreza. El primer elemento que señala el pensador argentino, nacionalizado mexicano, es la ruptura como fundamento de cualquier pobreza de orden escatológico, pero más allá del principio escatológico esta la base sobre la cual se fundamenta: "El dejar todo es la condición de la conciencia de sí mismo; es el oponerse a las cosas y saber entregarlas; es el saber enfrentar la muerte; es el luchar contra la esclavitud de la instalación confortable" (Dussel, 1973, p. 146). Esta pobreza evita el estancamiento cultural al permitir una revisión crítica de los bienes y valores que pueden absolutizarse en una civilización. En este escenario, la pobreza resulta en un acto de civilización, en un acto de progreso entendido como una apropiación del ser del hombre. La pobreza así entendida resulta en un elevado acto de conciencia que resulta convergente en una trasformación del egoísmo en un principio rector del bien común (Rodríguez, 2017). La pobreza es una perspectiva ética de vida, que se cimienta en la riqueza interior, que se alimenta de la dignidad para levantar muros ante el vacío de la acumulación y el consumo. La "des-posesión de sí-mismo" es esencial para el progreso humano, tanto individual como colectivo. Sin esta posibilidad de distanciamiento, las civilizaciones corren el riesgo de estancarse o colapsar bajo dinámicas de dominio y exclusión. Este desapego permite un encuentro más profundo con la dignidad inalienable del otro, superando el egoísmo posesivo.
Es claro que la pobreza a la que se remite Dussel es una perspectiva existencial con implicaciones materiales evidentes, que no solo descansa en la noción tradicional de los modelos económicos liberales, y de sus perspectivas integradas, sino que implica un desarrollo acorde con las necesidades del bien común y el encuentro con los otros. La pobreza evangélica no implica un alejamiento del mundo (como en el brahmanismo o la contemplación greco-romana), sino un envío al mundo para transformarlo desde adentro, en relaciones interpersonales basadas en el amor (Hopkins, 2016). Este modelo se fundamenta en el servicio y el vínculo comunitario, más que en la acumulación de bienes o el poder material. Esta reflexión no conduce a una conversión o diversificación del cristianismo o cualquier otra perspectiva escatológica, sino a la comprensión del fenómeno de la pobreza como alternativa de vida pensada en el prójimo y en el desescalamiento del consumo desenfrenado. La pobreza no es una pobreza ciega, ni una pobreza sin sentido, es una con propósito y juicio.
Para los baremos generales de los modelos de economía global, en América Latina la preeminencia de la pobreza económica y multidimensional es una generalidad; es por ello que resulta relevante una determinación para pensar los pobres y la pobreza, para construir una posibilidad de vida que trasforme la pobreza, disminuya la miseria, y establezca alternativas de vida desde la exterioridad, fundar un horizonte de interpretación para una trasformación práctica. En este horizonte, la pobreza se convierte en una decisión de desaceleración humana, por ende, de reconocimiento de los otros, la pobreza puede implicar una contracción de la opulencia, del lujo y de lo sobrante, incluso de lo cómodamente innecesario. La pobreza implica, ante todo, una negación de posibilidad, el no poder dar, no tener que ofrecer, que ceder para tener menos, consumir menos, gastar menos, contribuir a los otros. "El hombre frío, cansado. agotado, disecado (por ejemplo, un docto), no puede recibir absolutamente nada de arte, porque no posee la fuerza primordial artística, la constricción de la riqueza: el que no puede dar, no recibe nada" (Nietzsche, 2018, p. 528).
En esta línea, la noción de pobreza como perspectiva ética y existencial, tal como la propone Dussel, encuentra resonancia con la crítica de Nietzsche a la constricción de la riqueza. En ambos casos, la riqueza material y la acumulación excesiva son vistas como obstáculos para el desarrollo de una verdadera riqueza interior, entendida como la capacidad de dar, de trascender el egoísmo y de abrirse al otro. Desde la óptica de Nietzsche (2018), quien no puede desprenderse de su riqueza (en sentido material o simbólico) se encuentra limitado en su capacidad de recibir, es decir, de experimentar la vida y el arte en toda su plenitud. De forma similar, Dussel (1973) argumenta que la pobreza evangélica, como decisión consciente de despojo y servicio, es un acto de apertura que transforma tanto al individuo como a la sociedad, orientándolos hacia el bien común y la justicia.
En este sentido, la pobreza no es simplemente una condición económica o una carencia de bienes, sino una elección ética que desafía las dinámicas del consumo desmedido y la acumulación opulenta que caracterizan a las economías globales. Al optar por una vida de menor consumo y mayor solidaridad, se establece un horizonte hermenéutico que redefine las relaciones humanas, basándolas en la interdependencia y la reciprocidad. Esto no significa idealizar la pobreza en términos materiales, sino reconocer su potencial transformador como crítica a los valores predominantes y como un llamado a construir sociedades más equitativas. La pobreza, en esta interpretación, deja de ser una limitación y se convierte en una posibilidad de regeneración cultural y espiritual, en una forma de dar que abre caminos para recibir algo más profundo y significativo.
La interpretación de la pobreza como una perspectiva ética y existencial también puede enriquecerse con la sentencia nietzscheana sobre el ideal esclavo y la moral de la abnegación en el parágrafo 355 de La voluntad de poder (Nietzsche, 2018). Nietzsche critica al "hombre bueno" que, incapaz de proponerse como un fin en sí mismo, se somete a la moral de la obediencia y la renuncia. En este contexto, la aplicación, la modestia, la benevolencia y la moderación no son virtudes emancipadoras, sino obstáculos para el desarrollo de un ser soberano, creativo y con fines heroicos. Este ideal esclavo, en lugar de buscar su realización en la soberanía individual, encuentra satisfacción en obedecer y en la seguridad que proporciona el rebaño (Gemes, 2024). Que se distancia de una noción consciente, por ejemplo, de comunidad, o de despojo para el encuentro consigo mismo. Quizá hay en la pobreza un encuentro real con la vida digna, una vida autentica que proporciona sentido concreto a las necesidades y las carencias. Pero esta pobreza está lejos de concebirse como una forma generalizada, dado que es un encuentro individual que conduce a la comunidad. Solo quien se encuentra a si desprovisto de avidez de riqueza innecesaria, le resulta posible recibir la comunidad, extenderse más allá de la comprensión generalizada.
Desde esta perspectiva, la pobreza entendida como renuncia absoluta o como mera abnegación se alinea con el ideal esclavo, perpetuando una visión de sacrificio y dependencia que limita la capacidad de transformación personal y social (Tomkins, 2021). Sin embargo, si la pobreza se comprende, como propone Dussel, no como una carencia impuesta, sino como una elección consciente de despojo en busca de un horizonte ético mayor, puede romper con esta dinámica esclavizante. En lugar de ser un obstáculo para la soberanía, se convierte en un medio para alcanzarla, pues permite al individuo ser-para-sí, es decir, encontrar en su interior la fuerza para trascender el egoísmo posesivo y conectarse con los otros de manera auténtica.
Así, la pobreza no es una simple negación de bienes materiales o una aceptación pasiva de la carencia, sino una transformación activa que redefine la relación del individuo con su entorno. En este acto de poder-ser-para-sí, para poder-ser-otro, como señala Nietzsche, la pobreza adquiere un sentido de emancipación y creatividad, que no niega el mundo, sino que lo enfrenta desde una posición crítica y renovadora. Este enfoque permite reconciliar la crítica nietzscheana al ideal esclavo con la propuesta de Dussel, generando una visión de la pobreza como una condición que, lejos de debilitar, fortalece al individuo y a la comunidad mediante una ética de la solidaridad y la dignidad. La salida a la pobreza está en comprender la pobreza en un sentido esencial y no comercial.
La pobreza como control social y emancipación
La bancarización en América Latina ha crecido exponencialmente tras la pandemia, presentándose como herramienta contra la pobreza (Lewis Zúñiga et al., 2023). Sin embargo, lejos de ser altruista, los créditos funcionan como mecanismos de control que vinculan a los pobres a obligaciones financieras. Las microfinanzas promueven la ilusión neoliberal de que el progreso depende del esfuerzo individual (Soederberg, 2016), transfiriendo la dependencia del Estado a instituciones privadas y normalizando la deuda como instrumento de dominación (Soederberg, 2014).
Este fenómeno adquiere rostro de género: programas dirigidos a mujeres pobres prometen empoderamiento, pero en realidad refuerzan su precariedad mediante el endeudamiento (Price, 2018). Al mercantilizar luchas sociales, convierten el feminismo en herramienta neoliberal que naturaliza la autoexplotación (Breilh Paz y Miño, 1991). Desde la teoría marxista, la bancarización opera como explotación secundaria (Marx, 1992). La deuda subordina a los vulnerables al capital financiero (Bernards, 2021), replicando dinámicas coloniales que externalizan costos sociales y ecológicos. Los datos son contundentes: en Colombia, el 98% de las microempresas fracasan (Confecámaras, 2022), mientras en la OCDE sobrevive el 40 % (Benavides Pupiales, 2023), lo cual evidencia cómo el crédito profundiza desigualdades estructurales (Bateman & Chang, 2012). Así, la financiarización de la pobreza enmascara una contradicción: promete emancipación, pero consolida la dependencia. En un contexto donde el capital controla energías, tecnologías y medios, la deuda se revela como dispositivo clave para perpetuar la dominación bajo el disfraz de inclusión.
La banca conservadora versus la banca liberal
En una economía en la que el consumo se ha convertido en el principal factor de diferenciación de clase y poder político (Pinheiro-Machado & Scalco, 2023), la configuración de la banca en diferentes países responde no solo a sus realidades económicas, sino también a principios éticos subyacentes. Cualquier análisis sobre el sector financiero debe considerar el marco ético en el que opera, así como los valores que guían sus acciones, dado que la ética define los límites de lo aceptable dentro de un determinado contexto económico (Dussel, 1994). Este marco ético no es un elemento accesorio, sino que constituye un factor determinante en la toma de decisiones de las instituciones financieras, influyendo en la forma en que se establecen políticas de crédito, regulación del riesgo y acceso a los servicios financieros.
Las nociones de banca conservadora y banca liberal pueden entenderse como manifestaciones de distintos marcos éticos con implicaciones prácticas en la regulación financiera. La banca conservadora no debe confundirse con una orientación política específica, ya que puede sostener políticas tanto progresistas como de corte más tradicional (Menuet et al., 2024). Esta tipología bancaria se distingue por establecer reglas más estrictas en cuanto a regulación crediticia, control del riesgo y protección del usuario financiero. Este modelo de banca fomenta un crecimiento económico más dinámico en el corto plazo, al facilitar el acceso al crédito tanto para individuos como para empresas, incentivando así el consumo y la inversión. Sin embargo, la menor regulación y supervisión pueden generar escenarios de crisis cuando los niveles de endeudamiento alcanzan umbrales insostenibles o cuando se presentan burbujas financieras. Ejemplos históricos han demostrado que la desregulación excesiva puede conducir a colapsos económicos con efectos adversos de gran magnitud, afectando tanto a los mercados financieros como a la estabilidad social (Krugman, 2009).
En contraste, la banca liberal se caracteriza por asumir mayores niveles de riesgo, permitir una mayor expansión de la deuda y ejercer un control menos comprometido sobre sus operaciones (Reinhart & Rogoff, 2009). Su característica central radica en una mayor prudencia en la gestión del crédito, estableciendo reglas estrictas para la concesión de préstamos y un control más riguroso del riesgo. Esto permite, en muchos casos, una mayor estabilidad del sistema financiero, evitando fenómenos como el sobreendeudamiento de los consumidores y la especulación descontrolada.
Sin embargo, la diferenciación entre banca conservadora y banca liberal no implica necesariamente que una sea la solución a los problemas económicos. Ambas operan dentro del mismo paradigma económico y comparten la misma lógica de acumulación y distribución de la riqueza. No obstante, es fundamental reconocer que un sistema bancario con regulación más estricta y criterios más prudentes en la asignación de crédito podría contribuir a una mayor estabilidad financiera y a evitar crisis derivadas de la especulación descontrolada (Krugman, 2009). Un sistema bancario con regulación más estricta y criterios prudentes en la asignación de crédito puede contribuir a una mayor estabilidad financiera, reduciendo la volatilidad del sistema y previniendo crisis derivadas de la especulación (Reinhart & Rogoff, 2009). Sin embargo, también es necesario que existan mecanismos que aseguren el acceso equitativo al crédito para evitar la exclusión financiera de los sectores más vulnerables (Pinheiro-Machado & Scalco, 2023), evidentemente cuidando que su incorporación en el sistema financiero no sea una perpetuación de su pobreza.
En este sentido, el reto radica en encontrar un equilibrio entre regulación y accesibilidad, de manera que el sistema financiero funcione como un facilitador del desarrollo económico sin comprometer la estabilidad (Menuet et al., 2024). La intervención de los Estados y de los organismos reguladores juega un papel fundamental en este proceso, estableciendo normas que protejan tanto a los consumidores como a la economía en su conjunto. Si bien la banca conservadora y la banca liberal representan dos modelos con enfoques distintos, su impacto depende en gran medida del contexto económico y social en el que operan, así como de la capacidad de los gobiernos para implementar políticas que mitiguen sus efectos negativos y potencien sus beneficios.
En suma, la banca agudiza las condiciones de dependencia del consumo y contribuye a la perpetuación de la pobreza económica, al mismo tiempo que distancia notablemente la posibilidad de una pobreza existencial, entendida como una elección consciente producto de un encuentro con uno mismo, que evita la carencia, desde una resistencia consciente ante el consumo innecesario para lo fundamental. Además, el sistema bancario fomenta un distanciamiento entre dos tipos de individuos: por un lado, aquel ser que es capaz de cuestionarse y reflexionar sobre su existencia y, por otro, aquel que se encuentra perturbado y atormentado por alcanzar ideales de riqueza y consumo que, lejos de liberarlo, lo esclavizan cada vez más. Este fenómeno no solo profundiza las desigualdades económicas, sino que también limita la capacidad de las personas para alcanzar una realización personal auténtica, al priorizar el bienestar material sobre el crecimiento interior y la libertad existencial. Así, el sistema financiero, en su configuración actual, no solo influye en la dinámica económica, sino que también tiene un impacto profundo en la estructura social y en las aspiraciones individuales, lo que plantea la necesidad de repensar su rol en la sociedad para lograr un desarrollo más equilibrado y humano
El delito de generar pobres y las alternativas de emancipación
La pobreza económica, indiscutiblemente, obedece a múltiples factores. No obstante, el análisis previo ha planteado algunos pilares que permiten pensar en alternativas de emancipación frente al flagelo actual de la pobreza en sus acepciones tradicionales. Una de las formas contemporáneas de generar y perpetuar la pobreza consiste en ofrecer tarjetas de crédito a trabajadores con ingresos limitados, con el propósito de sostener su supervivencia y aumentar su consumo de bienes como electrodomésticos, ropa y enseres, a tasas de interés que superan ampliamente sus posibilidades de pago responsable y controlado.
Esta práctica introduce una dinámica que involucra dos actores fundamentales: por un lado, quienes detentan el poder del capital; por otro, quienes, cegados por el ideal del consumo, caen en una trampa de difícil escape. En este escenario, madres cabeza de familia, trabajadores que ganan el salario mínimo y familias que apenas logran subsistir acceden a tarjetas de crédito con tasas cercanas al límite legal permitido, lo que reduce significativamente sus posibilidades de ascenso social (Bauman, 2007). Este círculo vicioso de endeudamiento perpetuo consume los recursos que podrían haberse destinado al ahorro o a la inversión productiva (Pressman & Scott, 2010).
Por ejemplo, una madre soltera que adquiere una licuadora a 36 cuotas termina pagando un valor total en el que los intereses representan entre un 30 y un 50 % del precio inicial del producto. Este esquema financiero funciona como un ancla, limitando su capacidad para superar la dependencia monetaria y dificultando que enfoque sus esfuerzos en construir un ahorro transformador. Ante esta realidad, la pregunta fundamental es: ¿quién es responsable de esta situación? ¿La persona que compra una licuadora a 36 cuotas o el sistema que le provee esa posibilidad sin advertir adecuadamente sobre las consecuencias de un endeudamiento desmedido? Desde una perspectiva neoliberal radical, la respuesta sería culpar al individuo por no esforzarse lo suficiente (Brown, 2015). Según esta visión, sostenida por la hegemonía neoliberal, las personas pobres no cambian sus hábitos porque no trabajan lo suficiente o carecen de disciplina (Giroux, 2018). Sin embargo, esta afirmación ignora que las poblaciones más vulnerables enfrentan múltiples carencias que van más allá de lo material, e incluyen también lo espiritual y lo afectivo.
Estas condiciones generan una desertificación de recursos y oportunidades que, a su vez, perpetúa la pobreza. En este contexto, la pobreza se convierte en un obstáculo que impide salir de sí misma. Desde una perspectiva ontológica, la pobreza no es simplemente una carencia material, sino una condición existencial que surge de la avidez (Heidegger, 2006). Según el pensador alemán, el ser humano moderno ha sido atrapado en un modo de existencia que valora la acumulación y el consumo como fines en sí mismos. El ser arrojado a la existencia contemporánea intenta llenar un vacío interior mediante bienes materiales que prometen plenitud, pero no la entregan. La pobreza, entonces, también puede entenderse como un estado de alienación, en el que se promueve el consumo desenfrenado como solución universal a los problemas humanos.
Las personas pobres son bombardeadas con mensajes que las llevan a desear otra vida, a despreciar lo que son y lo que tienen. Sin embargo, esos mismos mensajes les ofrecen vías ilusorias para alcanzar el ideal de éxito: zapatos de marca, mochilas exclusivas, celulares de última generación, que resultan contraproducentes incluso para la misma felicidad que se persigue (Xiao et al., 2021). Estos objetos operan como paliativos no solo materiales, sino también espirituales y afectivos, que permiten sentir una diferencia momentánea frente a sus pares.
Heidegger (2007) advierte que esta avidez no es meramente deseo de poseer, sino una forma de habitar en la no-necesidad: requerir de lo que no es necesario. Al buscar en lo exterior algo que complete su ser, el individuo queda atrapado en un ciclo de insatisfacción perpetua, una avidez insostenible. Así, la pobreza no es únicamente un fenómeno económico, sino una forma de existencia capturada por el olvido de lo cercano, lo propio, lo esencial. Por tanto, superar la pobreza requiere enfrentar dos frentes necesarios para una emancipación viable. El primero es la lucha contra la pobreza material, que exige políticas redistributivas, acceso a oportunidades económicas y regulación de prácticas financieras abusivas, como las altas tasas de interés que perpetúan el endeudamiento y la dependencia. El segundo frente debe abordar la pobreza espiritual, entendida como pérdida de sentido, alienación y avidez insaciable fomentada por el sistema actual.
Este segundo frente es crucial, ya que la concentración meramente económica ha dejado de lado dimensiones esenciales del ser humano, reduciendo su existencia a una lógica técnica y lineal que prioriza el beneficio inmediato sobre el bienestar integral. La misma mentalidad que justifica tasas de interés exorbitantes es la que concibe el mundo como un simple recurso para la explotación, despojando a las personas de su capacidad para valorar lo cercano, lo propio y lo esencial. Por ello, la emancipación frente a la pobreza no puede limitarse a una respuesta económica: debe reconstruir una comprensión del mundo que rescate la dimensión espiritual, comunitaria y existencial del ser humano. Solo así será posible liberarse de la trampa del consumo desenfrenado y encontrar plenitud en formas de vida más auténticas, sostenibles y dignas.
CONCLUSIONES
La pobreza es un fenómeno complejo que no puede ser abordado únicamente desde una perspectiva económica. Su erradicación requiere un enfoque multidimensional que combine políticas redistributivas, acceso a oportunidades y regulación de prácticas financieras abusivas, como las altas tasas de interés que perpetúan el endeudamiento. Además, es crucial reconocer la dimensión espiritual y existencial de la pobreza, que va más allá de la carencia material y se relaciona con la alienación y la avidez insaciable fomentada por el consumismo. La teoría de la escasez cognitiva y las reflexiones de pensadores como Dussel y Nietzsche subrayan la necesidad de una transformación cultural que promueva valores comunitarios y una vida auténtica, liberada de la lógica del consumo desenfrenado.
Las instituciones financieras tienen un papel dual en la perpetuación o superación de la pobreza. Mientras que la inclusión financiera puede ofrecer oportunidades, también puede generar dependencia y exclusión si no se regula adecuadamente. La comparación entre América Latina y Europa muestra que tasas de interés más bajas y políticas redistributivas efectivas están asociadas con menores niveles de pobreza y desigualdad. Por tanto, es esencial repensar el rol del sistema financiero, promoviendo un equilibrio entre regulación y accesibilidad, y fomentando una ética que priorice el bienestar integral sobre la acumulación de capital. Solo a través de un enfoque holístico que combine justicia económica, equidad social y transformación cultural será posible superar la pobreza en todas sus dimensiones.













