INTRODUCCIÓN
El 24 de febrero de 2025, la guerra en Ucrania superó los 36 meses de combates continuos, convirtiéndose en un enfrentamiento de mayor duración que la Guerra de Crimea (1853-1856) por al menos seis meses. Este conflicto ha tenido un impacto significativo en el orden internacional desde la segunda mitad del siglo XIX. El número exacto de víctimas mortales, heridos y prisioneros sigue siendo incierto, ya que los dos Estados directamente involucrados no han revelado cifras oficiales. Las estimaciones provienen principalmente de fuentes independientes, como el periódico estadounidense The Wall Street Journal, que el 17 de septiembre de 2024, cuando la guerra llevaba 30 meses, calculó que el total de víctimas, en las diferentes categorías, era aproximadamente de un millón, entre civiles y militares (Pancevski, 2024).
A la cifra de víctimas se suma el número de desplazados y refugiados en Ucrania desde el inicio de los combates, que ha variado entre quienes se han convertido en desplazados y refugiados permanentes, ubicados principalmente en países de la Unión Europea, y aquellos en situación de desplazamiento temporal. Según diversas estimaciones iniciales, el número de ucranianos en estas condiciones ha oscilado entre 5.5 y 9.5 millones de personas (Bubola y Specia, 2022). Un informe reciente del Wilson Center, publicado el 19 de febrero de 2025 y basado en datos de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, estima que aproximadamente 6.3 millones de ucranianos desplazados por la guerra se encuentran establecidos mayoritariamente fuera del país (Sergatskova, 2025).
Algo similar ocurre con el número de tropas desplegadas en el campo de batalla. Al inicio del conflicto, diversas fuentes estimaban que Rusia había involucrado alrededor de 190 000 soldados en la invasión, distribuidos en cinco frentes, incluido uno que avanzó desde Bielorrusia, con apoyo de diverso equipamiento militar. Por su parte, Ucrania enfrentó la ofensiva con aproximadamente 160 000 efectivos. Para el 25 de febrero de 2025, según información citada por el periódico ucraniano The Kyiv Independent, el presidente Volodímir Zelenski afirmó que Ucrania tenía más de 800 000 tropas comprometidas en su defensa, mientras que Rusia mantenía operaciones ofensivas en distintos puntos del país con cerca de 600 000 efectivos (The Kyiv Independent, 2025). A esta cifra se suman los refuerzos enviados por Corea del Norte, que diversos medios estiman en aproximadamente 11 000 soldados (Rankin, 2024).
Desde su inicio, esta guerra ha creado una singular tensión internacional, especialmente por la posibilidad del uso de armas nucleares por parte de las fuerzas militares rusas, una amenaza expresada abiertamente por el presidente Vladímir Putin, el canciller Serguéi Lavrov, otros altos funcionarios del gobierno ruso y miembros del parlamento estatal (Hockenos, 2024).
Además, el conflicto ha impulsado un significativo desarrollo de innovaciones tecnológicas aplicadas al ámbito militar, destacándose el uso de vehículos no tripulados aéreos, terrestres y marítimos. Estos dispositivos han sido empleados para misiones de reconocimiento en el campo de batalla, obtención de información en áreas urbanas estratégicas, así como para ataques directos mediante cargas explosivas dirigidas contra equipos militares, unidades de combate enemigas y vehículos acorazados, incluidos tanques y buques. Asimismo, han permitido la recopilación de inteligencia sobre la evolución de los frentes de combate (Gady, 2023).
Junto con los drones, la inteligencia artificial ha experimentado un evidente desarrollo en los escenarios de guerra en Ucrania, con el aporte de desarrollos tecnológicos provenientes de distintos países. En el caso de Rusia, destacan las contribuciones de China e Irán, mientras que Ucrania ha contado con el apoyo de Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Alemania (Mozur y Satariano, 2024).
Sin embargo, la guerra contra Ucrania posee tres aspectos que le otorgan una relevancia particular en el orden internacional contemporáneo. En primer lugar, es la primera guerra interestatal en sentido clásico que se desarrolla en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial.
En segundo lugar, es una de las pocas confrontaciones bélicas desde 1945, y posiblemente la primera desde 1989, que ha provocado un profundo realineamiento entre potencias y Estados, obligándolos a posicionarse a favor, en contra o en una postura de (dudosa) neutralidad frente al conflicto. Este fenómeno se ha reflejado en las votaciones de la Asamblea General y el Consejo de Seguridad de la ONU sobre la invasión ilegal de Ucrania y la consecuente guerra, donde hasta los abstencionistas están asumiendo una posición directa sobre el conflicto (Fassihi, 2025). Esto quiere decir que esta guerra en sí misma ha pasado a convertirse en una referencia obligada de la política internacional, al tiempo que ha generado uno de los mayores incrementos en el gasto global en defensa y en el desarrollo de tecnologías con impacto directo en el ámbito militar (McGerty, 2025).
El tercer aspecto es que ambos Estados beligerantes, en su necesidad de enfrentar al enemigo en un conflicto percibido como una amenaza existencial, especialmente para Ucrania, han expandido sus acciones bélicas hacia otros escenarios de tensión global. Para Ucrania, las condiciones de desventaja estratégica y operativa han dejado en claro que una derrota, ya sea mediante una pérdida militar directa o un tratado de paz desfavorable, podría significar el fin de su soberanía como Estado.
En este contexto, la guerra ha repercutido en otros conflictos activos, entre ellos diversas guerras en África, la guerra pospuesta en la península de Corea, la disputa sobre Taiwán y las amenazas geopolíticas relacionadas con Japón, entre otros frentes.
En cuanto a las alianzas internacionales, resulta pertinente rescatar la evaluación de Christopher Clark en su obra Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914 (Clark, 2014), donde analiza los eventos que llevaron a la transformación de los conflictos balcánicos —particularmente el irredentismo serbio respecto a Bosnia-Herzegovina— en un detonante de la Primera Guerra Mundial tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando. Clark plantea una pregunta fundamental: ¿qué hace que una guerra de alcance regional se convierta en un conflicto internacional no previsto?
Su respuesta es clara: la clave radica en el entramado de alianzas y conflictos que se configuran en torno a una guerra específica, el cual puede generar la articulación de bloques enemigos que ven en el enfrentamiento una oportunidad para redefinir acuerdos, normas y estructuras del orden internacional. Esto incluye la modificación del reconocimiento de Estados soberanos, la delimitación de fronteras y la formulación de nuevas políticas de seguridad.
De este modo, cuando la polarización geopolítica se va transformando en un conjunto de agravios, demandas y acciones difíciles de gestionar por vías diplomáticas, políticas o comerciales, las alianzas dejan de centrarse en la “gestión de relaciones adversas” entre sus miembros y adoptan una postura más agresiva, dirigida a enfrentar y neutralizar la amenaza planteada por una coalición rival (Clark, 2014, p. 165).
Una vez establecidas las alianzas con capacidad de confrontación, las dinámicas de la guerra pueden llevar a que los países involucrados traspasen los límites de la disputa diplomática y política, justificando una confrontación armada, desplegando tropas o librando batallas en escenarios alternos y paralelos. El objetivo principal es impedir que el enemigo obtenga una victoria, una de proporciones importantes, que pueda debilitar a la propia alianza.
En la guerra desatada por la invasión ilegal de Rusia a Ucrania, estas tres dinámicas están presentes, lo que, además, dificulta la posibilidad de encontrar un punto de terminación del conflicto que no sea simplemente un cese al fuego.
En atención a sus objetivos, este artículo se desarrolla en las siguientes secciones: la primera describe y analiza la guerra y sus dinámicas; la segunda parte sintetiza el impacto del conflicto en las distintas fuerzas involucradas y en la configuración del entramado global de conflictos; la tercera parte, a partir de los elementos anteriores, propone una aproximación analítica provisional, pero indispensable, sobre la guerra y su entorno global en una perspectiva prospectiva; y, finalmente, se presentan las conclusiones.
LA GUERRA
El 24 de febrero de 2022, la Federación de Rusia desplegó aproximadamente 190.000 tropas a través de cinco rutas principales para invadir Ucrania. El principal objetivo de las fuerzas militares rusas era tomar la capital, Kiev, presumiblemente para derrocar al gobierno de Volodímir Zelenski y ocupar la mayor extensión de territorio posible.
La operación comenzó la noche del 23 de febrero con los movimientos iniciales de las tropas rusas y fue anunciada oficialmente por el presidente ruso, Vladímir Putin, a través de un mensaje televisado. En su declaración, Putin afirmó que se llevaría a cabo una "Operación Militar Especial" en Ucrania con el propósito de "desnazificar" el país y proteger a las poblaciones prorrusas de la región del Donbás, alegando que eran víctimas de una limpieza étnica (Institute for the Study of War, 2022).
El Kremlin alegó que su acción en Ucrania se enmarcaba en una operación militar de autodefensa, que además implicaba combatir la amenaza potencial de la OTAN. Según esta narrativa, la alianza militar occidental representaba un peligro estratégico al arrastrar a Ucrania a su esfera de influencia y utilizar su territorio para establecer bases militares desde las cuales se podría atacar a Rusia. En consecuencia, el presidente Vladímir Putin calificó esta amenaza como existencial.
Putin fundamentó su decisión con el siguiente argumento:
[Para] los Estados Unidos y sus aliados, se trata de la llamada política de contención de Rusia y son evidentes sus dividendos geopolíticos. Pero para nuestro país, en última instancia, se trata de una cuestión de vida o muerte, de nuestro futuro histórico como pueblo. Y esto no es una exageración, es cierto. Esta es una amenaza real no solo para nuestros intereses, sino también para la existencia misma de nuestro Estado, para su soberanía. Esta es la línea muy roja de la que se ha hablado muchas veces. La han cruzado. En este sentido, sobre la situación en el Donbás, vemos que las fuerzas que perpetraron un golpe de Estado en Ucrania en 2014 tomaron el poder y lo mantienen con la ayuda de, de hecho, procedimientos electorales decorativos, renunciaron finalmente a la solución pacífica del conflicto. Durante ocho años, interminablemente largos ocho años, hemos hecho todo lo posible para resolver la situación por medios pacíficos y políticos. Todo ha sido en vano (Euronews, 2022).
Sin embargo, en la evaluación realizada por James A. Green, Christian Henderson y Tom Ruys sobre la justificación de autodefensa alegada por Rusia frente a la invasión y agresión contra Ucrania, publicada en la revista Journal on the Use of Force and International Law, en el artículo titulado “Russia’s Attack on Ukraine and the Ius ad Bellum”, los autores demuestran que las acusaciones rusas sobre una supuesta amenaza existencial —real o percibida— por parte de Ucrania y la OTAN eran abstractas e insostenibles desde la perspectiva del derecho internacional. Argumentan que tales afirmaciones carecían de evidencia suficiente basada en datos verificables y, por tanto, no era posible justificar la inminencia de un ataque contra Rusia.
Por el contrario, los autores destacan que esta narrativa resultaba contradictoria frente a la realidad de la acumulación de tropas rusas alrededor de las fronteras ucranianas, incluyendo el uso del territorio soberano de Bielorrusia para desplegar fuerzas militares. Además, señalan como antecedentes clave la anexión ilegal de la península de Crimea en 2014 y el apoyo sostenido de Rusia a grupos armados en las regiones ucranianas de Donetsk y Lugansk, en un intento por socavar el control territorial de Kiev.
Incluso desde la perspectiva rusa de invocar el derecho a una autodefensa preventiva, los analistas identifican otra debilidad en la argumentación de Moscú: al momento de la invasión, Ucrania no era miembro de la OTAN ni existía una fecha prevista para su posible adhesión. Además, la retórica sobre un supuesto incumplimiento de la promesa de la OTAN de no expandirse hacia el oriente de Europa, integrando a países que formaron parte de la URSS, no constituye en sí misma una amenaza militar, sino que pertenece al ámbito del debate político y diplomático.
Asimismo, Rusia no ha presentado pruebas documentales que respalden su afirmación de que los líderes occidentales acordaron impedir la expansión de la OTAN. Más allá de los debates políticos generados durante el proceso de reunificación alemana, los cambios en la política polaca y la reafirmación de sus fronteras nacionales al final de la Segunda Guerra Mundial, así como la independencia de los países bálticos, no existen registros formales que sustenten este reclamo (Sphor, 2021).
Lawrence Freedman (2023) distingue que esta guerra tiene dos dimensiones diferenciadas para cada uno de los Estados involucrados. Para la Federación de Rusia, se trata de un conflicto de reimperialización, orientado a la recuperación de territorios que considera parte de su herencia histórica, tanto del período zarista como del soviético. En el caso de Ucrania, la guerra se configura como un reclamo más agudo, tal y como Putin lo dejó entrever en su ensayo “Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos”, publicado en julio de 2021, en el que argumentaba que Ucrania no es ni puede ser una entidad política separada de Rusia.
Esta visión ha sido reafirmada a inicios de 2025 por altos funcionarios rusos, entre ellos el canciller Serguéi Lavrov, el principal negociador ruso en el conflicto, Serguéi Narishkin, y Nikolái Pátrushev, exsecretario del Consejo de Seguridad Nacional y asesor clave de Putin. Cada uno de ellos ha declarado que Ucrania es un país destinado a desaparecer, que no posee soberanía real o que, en el mejor de los casos, debería ver reducido su tamaño y alcance territorial, lo que supondría la pérdida de su independencia.
Con respecto a Ucrania, Freedman destaca que esta guerra representa un conflicto de independencia nacional. Los dirigentes políticos y la ciudadanía son conscientes de que una derrota significaría la consecuencia que la mayoría parece rechazar: volver a formar parte de la sociedad rusa, con la que han construido diferencias profundas, en muchos casos insalvables, comparables a las que existen entre un sistema autocrático y uno democrático (Gessen, 2018).
Esta dimensión de liberación nacional y la existencia de dos naciones claramente diferenciadas, con trayectorias históricas opuestas, ha sido ampliamente analizada por el historiador Serhii Plokhy en su obra La guerra ruso-ucraniana. El retorno de la historia (2023). En su estudio, Plokhy expone cómo los ucranianos han tenido que sobrevivir bajo dominio ruso para preservar su identidad como sociedad. Sin embargo, desde la perspectiva rusa, la guerra en Ucrania se justifica como una respuesta a lo que Moscú percibe como una amenaza existencial.
Una vez iniciada la guerra, es posible establecer una periodización de la dinámica militar entre el 24 de febrero de 2022 y el 24 de febrero de 2025 en cuatro fases.
Primer período: la defenestración
Este período abarca desde la invasión a gran escala de Ucrania por parte de las tropas rusas el 24 de febrero de 2022 hasta mediados de junio del mismo año, cuando la contraofensiva ucraniana logró recuperar una parte significativa del territorio ocupado por Rusia, tanto en el norte del país como en sus regiones orientales. Sin embargo, las fuerzas ucranianas no consiguieron avanzar en las zonas ocupadas de la península de Crimea ni en los territorios de las autoproclamadas repúblicas populares de Donetsk y Lugansk.
En cuanto a estos últimos territorios, que conforman la cuenca del Donbás, es importante señalar que Moscú los reconoció como repúblicas independientes el 21 de febrero de 2022, con el propósito de justificar la presencia de tropas regulares rusas en dichas regiones, que legalmente pertenecen a Ucrania. Desde 2014, el gobierno ucraniano ha reclamado estos territorios y ha librado combates contra las milicias prorrusas establecidas en la zona en un intento por recuperarlos (El País, 2022).
Durante este período, se inició la primera negociación directa entre los gobiernos de Rusia y Ucrania, facilitada en gran medida por la mediación del presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan. Desde la perspectiva ucraniana, el objetivo de las negociaciones era lograr una terminación rápida del conflicto, incluso considerando posibles acuerdos territoriales y la adopción de un estatuto de neutralidad similar al llamado “modelo finlandés de neutralidad”.
Dos años después de estas conversaciones, el periódico estadounidense The New York Times reveló los borradores de las negociaciones y las razones por las cuales terminaron abruptamente pocas semanas después de haber comenzado (Troianovski et al., 2024). Según la investigación, la ruptura se produjo tras el descubrimiento, por parte de las fuerzas ucranianas, de crímenes de guerra cometidos por las tropas rusas contra la población civil en localidades como Bucha e Izium (Gall, 2022).
Entre abril y la primera mitad de junio de 2022, las tropas ucranianas, organizadas para la defensa de la capital y de las principales ciudades del este, lograron reorganizarse y recapturar territorios en torno a Kiev, así como en ciudades estratégicas como Járkov y Járkiv. Sin embargo, cometieron errores en la contención de las fuerzas de infantería de marina rusa que avanzaban desde la península de Crimea. Paralelamente, las tropas ucranianas intentaron mantener el control en ciudades como Mariúpol y Melitópol, que fueron sometidas a intensas tácticas de guerra urbana (Watling, 2022).
Estas tácticas, conocidas popularmente como la doctrina Grozny, hacen referencia al método de destrucción sistemática de ciudades que Rusia utilizó durante los años 90 y principios de la década de 2000 en Chechenia (Grau y Thomas, 2023). Posteriormente, las fuerzas rusas perfeccionaron esta estrategia en Siria, durante su apoyo al gobierno de Bashar al-Ásad en la guerra interna de ese país.
A partir de estas acciones, se inició la contraofensiva ucraniana, marcada no solo por la capacidad de resistencia de sus fuerzas militares, sino también por su creciente voluntad y eficacia en el combate, lo que sorprendió tanto a los mandos rusos como a los aliados occidentales de Ucrania. Dos factores clave contribuyeron a elevar la moral de las tropas ucranianas.
El primero fue la decisión del presidente Volodímir Zelenski de permanecer en el país, a pesar de que varios gobiernos occidentales le sugirieron exiliarse y liderar una resistencia desde el exterior mediante una guerra de guerrillas. En lugar de huir, Zelenski se mantuvo en el palacio presidencial y, durante la primera noche de bombardeos, envió mensajes a través de diversas redes sociales reafirmando su compromiso de permanecer en Kiev y enfrentar la invasión rusa. El segundo factor, con un impacto militar significativo, fue la eliminación de varios comandantes rusos —incluidos generales y coroneles— a manos de francotiradores ucranianos durante los primeros meses de combates (Booth et al., 2022).
Segundo período: entre la primera derrota rusa en 2022 y la primera contraofensiva (exitosa) ucraniana
Durante el verano de 2022, las tropas ucranianas reaccionaron de forma contundente, gracias al cambio de doctrina y la modernización general que habían experimentado, una decisión que era necesaria después de la derrota sufrida a manos de las fuerzas militares rusas en 2014, en las maniobras por las que Kiev perdió el control sobre la península de Crimea, y debió iniciar una crítica acción militar de urgencia para tratar de mantener el control territorial sobre las regiones del Donbás (Sanders, 2023).
Gracias a la implementación de nuevas tácticas operativas, el acceso a armamento occidental moderno y la asistencia en inteligencia proporcionada por la Casa Blanca desde 2021, el mando militar ucraniano logró organizar una defensa efectiva que, además, le permitió ejecutar una contraofensiva a gran escala. Factores como la sorpresa táctica, las deficiencias en las cadenas logísticas de abastecimiento militar y la improvisación en lo que se convirtió en una guerra de ocupación prolongada y de alta intensidad, contribuyeron al éxito de la ofensiva ucraniana.
A lo largo de 2022, quedó en evidencia que el conflicto en Ucrania se había convertido en la guerra más importante en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Las amenazas del Kremlin sobre el posible uso de armas de destrucción masiva y las diversas posiciones que iban apareciendo en el plano internacional consolidaron la dimensión global del conflicto. Este impacto geopolítico se reflejó en la inmediata decisión de Suecia y Finlandia de abandonar su política de neutralidad y solicitar su adhesión a la OTAN (Chaterjee, 2023).
Entre agosto y septiembre de 2022, la infantería ucraniana logró desalojar a las fuerzas rusas de las regiones del norte, el centro y el suroriente del país, mientras que el mando militar del Kremlin inició un reagrupamiento en el Donbás. En este proceso, las tropas rusas evitaron presentar combate directo contra las fuerzas ucranianas, que en ese momento habían adquirido la capacidad de responder, perseguir y derrotar a las unidades enemigas.
A diferencia del ejército ruso, los ucranianos lograron conformar pequeñas unidades móviles equipadas con vehículos rápidos blindados, protegidos por tanques, además de un uso creciente de drones, tanto para misiones de reconocimiento como para ataques directos contra tanques y puestos de artillería rusos. La rapidez y contundencia de las fuerzas ucranianas en el segundo semestre de 2022, sumada a la intensidad de los combates, llevaron a que las tropas rusas abandonaran equipos militares en buen estado, incluidos tanques, cañones de largo alcance, municiones e incluso documentos con información estratégica sobre sus planes de guerra (Ioanes, 2022).
El reagrupamiento de las tropas rusas en la cuenca del Donbás tuvo, según lo declaró en su momento el entonces ministro de Defensa, Serguéi Shoigú, el objetivo de “liberar” esta región. No obstante, este planteamiento implicaba un reconocimiento tácito de que el Kremlin enfrentaba, hasta ese momento, la mayor derrota militar sufrida desde la Segunda Guerra Mundial (Hendrix et al., 2022). Paralelamente, el gobierno ruso ordenó el reclutamiento de 300.000 nuevos soldados para reforzar sus operaciones militares.
Las acciones emprendidas por Rusia en el oriente de Ucrania incluyeron la construcción de la mayor línea defensiva en Europa desde la Primera Guerra Mundial, con la edificación de trincheras, nidos de ametralladoras, barreras fortificadas, barricadas y puestos de combate diseñados para repeler las incursiones ucranianas (Palumbo y Rivault, 2023). Estas construcciones se proyectaron para estar listas en el primer semestre de 2023, con el fin de soportar la anunciada segunda contraofensiva de Ucrania, cuyo objetivo era expulsar a las fuerzas rusas de los territorios orientales y avanzar hacia la reconquista de la península de Crimea.
Sin embargo, el invierno de 2022 tuvo graves consecuencias para la población civil. La guerra urbana, caracterizada por el implacable sitio de las ciudades ucranianas y la destrucción de infraestructuras esenciales, agravó la crisis humanitaria. Hospitales, iglesias, refugios, centros médicos, centros comerciales y edificios residenciales fueron blanco de los bombardeos, forzando a gran parte de la población a huir de los centros urbanos, independientemente de su tamaño. Como resultado, muchas ciudades quedaron reducidas a escenarios de combate y destrucción, con Mariúpol y Bucha como símbolos de esta devastación (Nicastro, 2022).
A finales de 2022, se registró un marcado contraste entre los combates terrestres y los marítimos, pues los ucranianos, con el uso masivo de vehículos no tripulados acuáticos, lograron arrinconar la flota del Mar Negro de la marina rusa. Este proceso inició el 14 de abril de 2022 con el hundimiento del buque el Moskvá, considerado la insignia de la Armada. Este ataque marcó el inicio de una serie de ofensivas que obligaron a Rusia a reubicar sus bases marítimas hacia el oriente del Mar Negro e incluso a establecer un acuerdo con Abjasia. A pesar de que Ucrania no cuenta con una fuerza armada, estos ataques representaron una clara derrota para Moscú, que hasta entonces había utilizado su superioridad marítima para imponer un embargo a la exportación de cereales ucranianos. Esta restricción agravó la crisis alimentaria en vastas regiones de África, Medio Oriente y Asia. En este período, las tropas ucranianas también lograron interrumpir y poner en peligro las líneas de comunicación terrestres entre Rusia y la península de Crimea. Un hecho clave en esta estrategia fue el atentado con artefactos explosivos, ocurrido el 8 de octubre de 2022.
En el mes de septiembre de 2022, Rusia llevó a cabo votaciones en las regiones orientales de Ucrania, en las que reagrupó sus fuerzas terrestres y aéreas, con el objetivo de declarar la incorporación de Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón a la Federación Rusa, por lo cual, a partir de ese momento, tenía la obligación de defenderlas como parte integral de su territorio. De esta forma, a finales de 2022, Moscú estableció las que podrían considerarse sus conquistas territoriales mínimas, y que reclamará como victorias propias en un proceso de negociación de posguerra (Cuesta, 2022).
Además de la anexión ilegal de territorios, el Kremlin fue incorporando tropas provenientes de diversos territorios, como Chechenia, comandos trasladados desde Siria e incluso de regiones africanas. Posteriormente, dio entrada plena al Grupo Wagner, una organización de seguridad privada que actuaba como grupo mercenario profesional, a las órdenes de Yevgueni Prigozhin, caracterizada por la integración de exmilitares profesionales, así como de prisioneros, a quienes se les prometía la libertad si sobrevivían a los combates. La táctica del Grupo Wagner consistía en no retroceder y siempre presionar hasta que lograran desalojar a las unidades ucranianas de las posiciones de frontera y de combate (Lister, Pleitgen y Butenko, 2023). Es importante anotar que la batalla de Bajmut, librada entre finales de 2022 e inicios de 2023, se luchó de forma cerrada, calle por calle, y estuvo marcada por el uso masivo de artillería de las fuerzas rusas, el envío de oleadas de ataques protagonizados por grupos de infantes conscriptos y prisioneros reclutados para ser combatientes del Grupo Wagner, en una táctica informalmente conocida como la “picadora de carne”. Según diversas fuentes, el número de bajas en el Grupo Wagner osciló entre 35 000 y 40 000, mientras que las pérdidas en las tropas ucranianas pudieron ser aproximadamente la mitad de esas cifras (Kramer, 2023).
Este segundo período de la guerra terminó con dos hechos relevantes. Por un lado, se produjo la sublevación de Yevgueni Prigozhin, comandante y propietario del Grupo Wagner, en lo que parecía ser un alzamiento armado contra Putin. Sin embargo, el conflicto fue desactivado mediante la mediación del presidente de Bielorrusia, Aleksandr Lukashenko, lo que llevó a la desmovilización del grupo. Posteriormente, el 23 de agosto de 2023, Prigozhin murió en un confuso accidente aéreo, junto con otros altos mandos de Wagner. Por otro lado, el 17 de marzo de 2023, la Corte Penal Internacional emitió una orden de arresto contra Vladímir Putin por presuntos crímenes de guerra cometidos durante la invasión de Ucrania, señalándolo específicamente por el traslado ilegal de niños ucranianos desde las regiones invadidas hacia Rusia (Court, 2023).
Tercer período: la contraofensiva fallida de Ucrania en el verano de 2023
A mediados del segundo año de guerra, las fuerzas militares ucranianas, bajo el mando del general Valeri Zaluzhni, anunciaron públicamente el lanzamiento de una segunda campaña de contraofensiva. El objetivo era, una vez más, expulsar a las tropas rusas de los territorios ocupados en el oriente del país, los cuales Moscú había declarado parte integrante de la Federación de Rusia.
Sin embargo, esta ofensiva enfrentó dos problemas fundamentales. En primer lugar, al haber sido anunciada y ampliamente discutida en medios de comunicación ucranianos y occidentales, se perdió el factor sorpresa. Esto permitió a Rusia reorganizar sus tropas y acumular material bélico y munición suficiente.
En segundo lugar, las fuerzas ucranianas comenzaron a experimentar serias dificultades en el suministro de material de campaña, equipos militares y municiones por parte de sus aliados occidentales. La entrega de equipos avanzados de combate, como los lanzacohetes HIMARS y su respectiva munición, se vio ralentizada, mientras que la introducción de tanques de guerra, vehículos blindados para el transporte de tropas y nuevos sistemas de artillería también se produjo de manera tardía y en cantidades insuficientes.
En el frente oriental, durante la contraofensiva de 2023, se incluyeron tres ejes de ataque: Bajmut, Avdiivka-Donetsk y Svatove-Kreminna. En el frente sur, la acción militar se orientó hacia las líneas de combate en Oríjiv, Berdiansk y Melitópol. Una tercera línea de combate se estableció a lo largo del río Dnieper, con el fin de asegurar el lado oriental de la región de Jersón. Sin embargo, debido a que tanto las tropas rusas como la opinión pública conocían muchas de las líneas de acción ucranianas, el ejército ruso logró anticiparse a la ofensiva. Ante esta situación, las fuerzas ucranianas decidieron destruir la represa de Nova Kajovka (Hird et al., 2023), en la región de Jersón, lo que impidió la ejecución de las operaciones anfibias planificadas por Kiev. Estas maniobras habrían sido las primeras operaciones anfibias en territorio europeo desde la Segunda Guerra Mundial.
La destrucción de la represa generó grandes inundaciones, anegó zonas de cultivo y cría de animales, pero sobre todo impidió la acción de las tropas ucranianas, pues tuvo el efecto de remover una gran cantidad de minas antipersonas y anticarro que se encontraban en las orillas del río, convirtiéndolas en una red de explosivos que dio un margen de maniobra amplio a las tropas rusas.
Durante este período, se intensificaron los riesgos de combates alrededor de la planta nuclear de Zaporiyia, una situación que ya se había observado en la primera etapa de la guerra, cuando las tropas rusas incursionaron en la zona de Chernóbil, poniendo en peligro los restos de la planta nuclear y otras fuentes de energía. En el caso de Zaporiyia, las tropas rusas lograron tomar el control de la planta tras intensos combates en sus alrededores y forzaron a los empleados ucranianos a permanecer en sus puestos bajo su supervisión. El riesgo aumentó con la destrucción de la represa de Nova Kajovka, ya que era factible que alguna mina arrastrada por el río pudiera llegar hasta la zona de colecta de agua utilizada para el funcionamiento de la planta (Bailey et al., 2023).
En esta tercera fase, quedó nuevamente en evidencia que las fuerzas ucranianas obtenían mayores logros en el frente suroriental que en el oriental o nororiental. Su mayor éxito se observó en los ataques marítimos, particularmente en las ofensivas dirigidas contra el cuartel general de la Armada rusa en Sebastopol, así como contra los buques atracados en el puerto militar de la ciudad. Para ello, Ucrania empleó misiles de largo alcance y drones marítimos. Para 2023, también era evidente que Rusia mantenía un abastecimiento constante de drones y municiones de fabricación iraní. Con el fin de asegurar este aprovisionamiento, Teherán y Moscú consolidaron una alianza de defensa que preveía una cooperación en materia de seguridad y defensa. Esto llevó a Irán a involucrarse cada vez más en el esfuerzo bélico ruso.
Cuarto período: guerra de desgaste a largo plazo
Este período comenzó a inicios de 2024 y se ha prolongado más allá de febrero de 2025, caracterizándose por un estancamiento en la iniciativa operativa de las fuerzas militares ucranianas, aquejadas por diversos problemas, tales como la falta de nuevos reclutas para garantizar una rotación óptima de las unidades de combate. Además, persisten problemas en la obtención de municiones, especialmente de largo alcance, así como en la renovación de equipos militares clave, incluidos tanques, aviones y helicópteros de combate. Sin embargo, un ámbito en el que las fuerzas ucranianas han logrado avances significativos es en la producción de drones y dispositivos equipados con inteligencia artificial, destinados al combate.
En este contexto, las tropas rusas han llevado a las fuerzas ucranianas a un punto de desgaste máximo en varios frentes de combate. Su estrategia se ha basado en el uso intensivo de artillería y en el lanzamiento de oleadas de ataques de infantería, repitiendo el mismo patrón tantas veces como sea necesario hasta debilitar y finalmente superar las defensas ucranianas. Este enfoque, similar al aplicado en la batalla de Bajmut, ha sido replicado en diversas regiones, como Jersón y sus poblados, así como en la ciudad de Avdiivka, donde las fuerzas defensoras ucranianas, afectadas por la escasez de tropas, armamento y municiones, han sido eventualmente desalojadas.
Lo verdaderamente novedoso en este período fue el sorpresivo ataque de las fuerzas militares ucranianas, aparentemente con sus mejores unidades de combate, en la provincia rusa suroccidental de Kursk. A partir del 6 de agosto de 2024, las tropas ucranianas lograron avanzar y, para finales del mismo mes, retuvieron más de 1320 km² de territorio ruso. Este hecho resultó altamente significativo, ya que Rusia no había sufrido un ataque militar convencional directo en su territorio desde la Segunda Guerra Mundial, además de que esta región está marcada por una fuerte carga simbólica, pues fue escenario de una de las batallas más intensas entre la Alemania nazi y la Unión Soviética bajo el gobierno de José Stalin. La incursión ucraniana de territorio ruso, criticada por diferentes aliados occidentales de Kiev, parece estar diseñada como una maniobra táctica con la intención de ser utilizada en futuras negociaciones de paz. Su objetivo sería intercambiar este territorio con Moscú por los territorios ucranianos ocupados por las tropas rusas, independientemente del estatus político otorgado dentro de la política rusa (Barker et al., 2024).
Sin embargo, la situación planteada por Ucrania en Kursk marcó un punto de inflexión en la internacionalización plena de la guerra. Este territorio se convirtió en el escenario donde el Kremlin introdujo las tropas norcoreanas (Hird et al., 2024), luego de la firma de acuerdos de cooperación en defensa entre Vladímir Putin y Kim Jong-un, los cuales establecieron un pacto de asistencia mutua. Como parte de este acuerdo, Pyongyang amplió significativamente el suministro de municiones, misiles y otros dispositivos militares a Moscú. Según diversas fuentes, Corea del Norte habría recibido, a cambio, pagos por su apoyo militar —cifrado inicialmente en 11 000 tropas—, así como información tecnológica que pueda aplicar en sus sistemas de armamentos. Aún queda en incertidumbre si esta cooperación también tendrá incidencia sobre sus programas nucleares (Sang-Hun y Sonne, 2024).
Como consecuencia, Kiev se ha esforzado por retener una porción de territorio ruso que pueda ser utilizada como moneda de intercambio en las negociaciones previstas. Sin embargo, su extensión sigue siendo pequeña en comparación con los territorios ocupados por Rusia dentro de Ucrania. En este contexto, las tropas rusas han mantenido una presión constante sobre la línea del frente, avanzando de manera sostenida, aunque a un ritmo lento. Mientras tanto, las tropas ucranianas han centrado sus esfuerzos en contener el avance ruso, sin lograr expulsarlas ni forzar su repliegue. Este estancamiento del conflicto responde, en parte, a un factor político internacional: la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos en 2024, que desde el principio ha criticado el apoyo que el gobierno de Joe Biden otorgó a Ucrania y ha insistido en que la guerra no habría ocurrido si él hubiera estado en el poder.
A inicios de enero de 2025, las tropas ucranianas lanzaron nuevas acciones ofensivas sobre territorio ruso desde la región de Kursk, consolidando su control en la zona. Sin embargo, al mismo tiempo, las tropas rusas han continuado avanzando en distintos frentes, ejecutando ataques masivos, con drones, misiles e incursiones de su fuerza aérea, sobre las ciudades ucranianas, manteniendo la táctica de la guerra de desgaste, para minimizar e impedir las conquistas o las respuestas militares de los ucranianos.
INTERNACIONALIZACIÓN Y ENTRAMADO GLOBAL DE LA GUERRA
Desde antes del inicio de la invasión ilegal de Rusia a Ucrania en febrero de 2022, el conflicto ha estado marcado por una dinámica de agresión militar no justificada, cuyo primer antecedente se remonta a 2014 con la anexión ilegal de la península de Crimea. El desarrollo de la guerra ha trascendido el ámbito estrictamente militar para desplegarse en múltiples dimensiones, incluyendo la diplomacia, la política y la reinterpretación histórica del conflicto. En este proceso, se han construido y reconstruido narrativas sobre sus posibles desenlaces y consecuencias, tanto para los Estados directamente involucrados como para el orden internacional en su conjunto. Paralelamente, el conflicto ha generado efectos significativos en el sistema internacional y ha interactuado con otros conflictos clave que influyen en la estabilidad global.
Lo anterior implica, siguiendo la interpretación presentada por Clark, que los dos grupos de aliados han ido consolidándose a medida que la guerra en Ucrania se prolonga y se intensifican los combates. La profundidad del conflicto se refleja en sus efectos devastadores sobre la población civil y militar, así como en la destrucción de bienes e infraestructuras esenciales. Más allá del enfrentamiento militar, ambos bandos luchan por provocar transformaciones en el orden internacional, con posturas que van desde objetivos maximalistas—como la transformación de las reconocidas reglas básicas— hasta las formas en que cada Estado es reconocido y los derechos que se le otorgan, como el liderazgo en procesos de unificación territorial —por el mecanismo que consideren apropiado—, y la afirmación de esferas de influencia y liderazgo, de diferente naturaleza.
Reacciones en el sistema internacional
Las primeras noticias sobre el despliegue de tropas rusas en territorio ucraniano fueron recibidas con asombro por la opinión pública internacional, un sentimiento que quedó reflejado en la cobertura de los principales medios de comunicación. Sin embargo, más allá del asombro y la sensación de pesadumbre en diversas sociedades, en Europa se produjo una reflexión más profunda sobre la fragilidad de la paz en la región.
Hasta ese momento, predominaba la percepción de que el continente europeo se había convertido en un espacio donde la guerra ya no tenía cabida, considerándola un fenómeno propio de sociedades sin un ordenamiento social y político consolidado. Sin embargo, como señala Margaret MacMillan en su estudio sobre la guerra (MacMillan, 2021), esta visión resultó ser un espejismo. La invasión rusa dejó en claro que el conflicto bélico había regresado al corazón de Europa, impulsado por una potencia que históricamente ha sostenido una postura de confrontación con los Estados occidentales (Holstein, 2023).
Dicho lo anterior, es necesario indicar que, antes del despliegue de tropas, en febrero de 2022, y frente a las advertencias del gobierno de Joe Biden, basadas en información de las agencias de inteligencia de Estados Unidos, Vladimir Putin se reunió con Xi Jinping el 4 de febrero de 2022. En este encuentro, que fue la cumbre bilateral número 38 entre los dos gobernantes, se firmó un documento central para celebrar una alianza que se tornaría, al cabo de pocas semanas, en una coalición beligerante. El documento se denominó “Declaración conjunta de la Federación Rusa y la República Popular China sobre la entrada de las relaciones internacionales en una nueva era y el desarrollo global sostenible”. El texto presenta una evaluación del orden internacional vigente desde la perspectiva de Moscú y Beijing, y expone su visión sobre la necesidad de intervenir en él para defender sus intereses estratégicos. Ambas potencias manifestaron su desacuerdo con el liderazgo de Washington y gran parte de los países occidentales, lo que por extensión también implica a los demás países aliados de los occidentales. De esta forma, cuando Rusia desplegó sus tropas, tenía respaldo para sus acciones y cobertura diplomática, además de apoyo económico y tecnológico suficiente, para afrontar lo que eran las previsibles sanciones occidentales.
Desde el inicio de la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia, numerosos analistas y observadores en el terreno han señalado que el conflicto ha sido objeto de un seguimiento detallado por parte de las autoridades de Beijing. Esto se debe a que China mantiene desde hace décadas el objetivo de reunificación con Taiwán, y bajo el mandato de Xi Jinping, esta meta ha estado acompañada de amenazas explícitas de unificación por la fuerza. Desde hace varios años, las fuerzas militares chinas han implementado estrategias de presión y desgaste sobre las capacidades defensivas de la isla, en la que se asienta la República de China (Bailey y Kagan, 2024).
Por otro lado, desde el inicio de la guerra, Moscú obtuvo apoyo de Irán para suministro material militar, especialmente de drones, buscando forjar una alianza que tuviese un nivel más alto que el compartir información de inteligencia y análisis geopolítico, evolucionando hacia una alianza abierta basada en intereses estratégicos compartidos. Tanto Rusia como Irán han coincidido en posiciones importantes, como el respaldo al régimen de Bashar al-Ásad en Siria, la no interferencia rusa en el llamado “eje de la resistencia” liderado por Teherán y el establecimiento de buenas relaciones con Turquía, lo que demostraba que existían ámbitos diplomáticos en los que los Estados occidentales no podían interferir o influir.
Estas posiciones y acuerdos se evidenciaron durante la cumbre bilateral Moscú-Teherán, celebrada el 19 de julio de 2022 en Teherán, donde el presidente Vladímir Putin se reunió con Ebrahim Raisi, entonces presidente de Irán. Como resultado del encuentro, ambos líderes firmaron una serie de acuerdos de cooperación bilateral, destacándose aquellos relacionados con la defensa, el intercambio de información sensible de interés mutuo y el respaldo diplomático entre ambos gobiernos. Esta cumbre fue especialmente significativa, ya que, desde la Revolución Islámica de 1979, Moscú fue siempre muy cuidadoso de mostrarse demasiado cercano a Teherán y de dar la sensación de estar apoyando, en alguna forma, el islamismo. Durante los últimos años del período soviético, esta sensibilidad fue particularmente marcada y, en parte, explica la invasión de Afganistán en diciembre de 1979, el mismo año de la revolución (Troianovski y Fassihi, 2022). Los acuerdos alcanzados en esta cumbre se ampliaron en un segundo encuentro de igual importancia, en el que participaron Raisi, Putin y Recep Tayyip Erdoğan. En esta reunión, los líderes buscaron fortalecer la cooperación económica, comercial y financiera, con Turquía desempeñando un papel clave. Ankara mostró disposición para aprovechar las áreas grises de las sanciones económicas impuestas a Moscú, beneficiando tanto a su propia economía como a la del Kremlin (Cuesta, 2022).
Paralelamente a sus relaciones con la República Popular China e Irán, y ante las crecientes necesidades militares que se hicieron evidentes hacia finales de 2022, Rusia inició una estrecha cooperación en materia de seguridad y defensa con Corea del Norte. Desde el segundo semestre de 2022, Pyongyang comenzó a suministrar armas y municiones a Moscú, una relación que se fue profundizando en la medida en que, para las tropas del Kremlin, en los frentes de batalla, las luchas fueron convirtiéndose en duros enfrentamientos; la necesidad de mantener el abastecimiento de municiones y de bombas para la artillería era más evidente. El rol de Corea del Norte como proveedor militar de Rusia se volvió cada vez más relevante, lo que llevó a la formalización de esta alianza en un encuentro entre Kim Jong-un y Vladímir Putin, celebrado en Vladivostok el 4 de septiembre de 2023. En esta reunión, se estableció el aprovisionamiento de armamento norcoreano a las tropas rusas, al tiempo que Kim obtenía tanto ingresos monetarios como información tecnológica clave para su programa autónomo de armas (Wong y Barnes, 2023).
El acuerdo con Kim Jong-un se profundizó en junio de 2024, cuando Vladímir Putin viajó a Pyongyang para reunirse nuevamente con el líder norcoreano y firmar el denominado “Acuerdo Integral de Asociación Estratégica”. Según lo trascendido a la opinión pública, este tratado contempla una cláusula de “asistencia mutua en caso de agresión contra una de las partes”, permitiéndole a Corea del Norte renovar sus acuerdos más cercanos con Moscú, con el que no firmaba alianzas similares desde inicios de la década de 1960 (Lee y Dixon, 2024). En estas condiciones, el apoyo incondicional que Kim mostró desde el inicio a la invasión a Ucrania fue, por tanto, claramente recompensado. Pero adicionalmente, y en el marco de los acercamientos con Rusia, Kim anunció en los primeros días de octubre de 2024 la modificación de la constitución del país, eliminando la obligación legal de buscar la reunificación pacífica con Corea del Sur. En su lugar, la nueva redacción le otorga el derecho de elegir cualquier vía para la reunificación, incluyendo la opción de la fuerza. El cambio constitucional establece explícitamente que Corea del Norte puede “ocupar, subyugar y reclamar completamente” el territorio de Corea del Sur (abril, 2024). En este sentido, Corea del Norte vinculó su país y el de la península con el desarrollo de la guerra en Ucrania, convirtiéndose en uno de los ejemplos más claros de la internacionalización del conflicto. A su vez, la guerra en suelo ucraniano pasó a formar parte de un entramado geopolítico más amplio.
Dicho de forma directa, Rusia ha logrado consolidar una alianza de guerra cuyos integrantes, pese a sus diferencias internas, comparten un objetivo fundamental: revisar y modificar profundamente el sistema internacional existente y, a la vez, obtener el reconocimiento para la modificación. Dentro de esta coalición, Rusia aspira a redefinir el orden en el espacio postsoviético, Corea del Norte busca consolidar su influencia en la península de Corea y fortalecer su posición frente a Japón, China mantiene su interés en Taiwán, e Irán proyecta su hegemonía en Oriente Medio y dentro del islam. Incluso aquí es necesario indicar que Rusia ha contado en el apoyo y reconocimiento a su acción bélica de países como Bielorrusia —que de facto ha sido parte beligerante en la guerra—, Cuba, Venezuela, Nicaragua, Bolivia, Siria —hasta la caída de Al Assad a principios de diciembre de 2024—, Malí, Burkina Faso, República Centroafricana, Níger y otros más, que muestran su apoyo en circunstancias específicas, pero que de todas formas se abstienen de criticar las acciones de Moscú, o de brindar apoyo o reconocimiento alguno a Kiev.
Por otro lado, entre los Estados occidentales, se registraron dos acciones inmediatas a la invasión rusa de Ucrania el 24 de febrero de 2022: la primera, y más notoria, es que los Estados occidentales enmarcados tanto en la Unión Europea como en la OTAN. Esta asistencia incluyó ayuda directa a Ucrania, destinada a la defensa, a la recepción de los millones de desplazados/refugiados que la acción militar rusa ocasionó, y para el mantenimiento del Estado ucraniano en funcionamiento. En el ámbito militar, la OTAN convocó reuniones de emergencia desde el inicio del conflicto, ya que la invasión representaba la primera vez en la historia de la alianza en que debía asumir seriamente el propósito para el cual fue creada. Esto llevó a la activación de planes de defensa reales y a un despliegue de estrategias de apoyo concretas. En este contexto, las grandes potencias occidentales—Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Francia, Alemania e Italia—establecieron rápidamente líneas de entrega de armamento, municiones y ayudas financieras, tanto reembolsables como condonables. La alianza que apoyó a Ucrania creció hasta los 42 países, incluyendo entre ellos a Israel, Australia, Japón y Corea del Sur.
Uno de los efectos internacionales más significativos de la invasión rusa fue el cambio de postura de Suecia y Finlandia, que abandonaron su histórica neutralidad, mantenida desde la Segunda Guerra Mundial. En el caso de Finlandia, esta posición estaba profundamente influenciada por las guerras sostenidas con Moscú en la primera mitad del siglo XX, particularmente la Guerra de Invierno (1939-1940), durante la cual Helsinki comprendió que su inferioridad militar frente a la URSS la obligaba a evitar alianzas que el Kremlin considerara una amenaza para su estabilidad.
Sin embargo, en los primeros meses de 2022, ambos países nórdicos tomaron la decisión de abandonar su neutralidad y solicitar el ingreso acelerado a la OTAN, con el objetivo de garantizar su seguridad y apoyo para su protección, siendo claro que solos, sin alianzas defensivas, no se podrían enfrentar al proceso de reimperialización iniciado por Moscú. Paradójicamente, si el Kremlin buscaba espantar o deshacer la amenaza de la OTAN, uno de los primeros efectos fue fortalecer esta alianza, y darle pleno sentido frente al nuevo contexto de uso de la fuerza por parte de Moscú (Gady, 2024).
Al inicio de la invasión a gran escala, el entonces presidente de Estados Unidos, Joe Biden, enmarcó el conflicto como una confrontación entre democracias y autocracias, con lo que pretendía establecer una diferencia ideológica y de sistemas políticos, toda vez que tanto Rusia como Irán son considerados sistemas políticos autocráticos o de democracia iliberal, mientras que la República Popular China y Corea del Norte son regímenes de partido único, en la actualidad definidos como autocracias (Reiter y Stam, 2022). Sin embargo, este planteamiento en principio no respondía a los casos deliberadamente ambiguos de democracias reconocidas, que se han abstenido de criticar a Moscú, o de dar un apoyo abierto a Kiev. Entre ellos se encuentran India, Pakistán, Brasil, México, Sudáfrica y Colombia—especialmente desde la llegada de Gustavo Petro al gobierno—, Sudáfrica y otros más. Aquí es necesario indicar que, con el tercer aniversario del inicio de la invasión a plena escala y la consecuente guerra, las posiciones, discursos e ideas para llegar a un cese al fuego en esta confrontación por parte del presidente Donald Trump han dejado la duda amplia y abierta de si apoya abiertamente o no la defensa de Ucrania.
Entre los casos de ambigüedad deliberada, destacan los de India y Brasil. En el caso de India, es fundamental recordar que Nueva Delhi ha mantenido una estrecha relación con Moscú desde su independencia del Imperio Británico, tanto durante la era soviética como tras la disolución de la URSS y el surgimiento de la Federación Rusa. Esta relación se ha basado en convergencias políticas sobre el orden internacional, ya que India mantuvo políticas de desarrollo y crecimiento alineadas con las perspectivas soviéticas hasta el final de la Guerra Fría; adicionalmente, ha sido un comprador firme de armamento ruso. Para Nueva Delhi es clave mantener una posición de equilibrio entre Moscú, Beijing e Islamabad, pues entre las dos últimas capitales existe una relación muy estrecha desde el inicio de la Posguerra Fría. Pakistán es el enemigo existencial de India. Esta rivalidad, marcada por disputas territoriales y tensiones religiosas, ha derivado en guerras, atentados terroristas y asesinatos selectivos. En cuanto a China, India mantiene una relación que también se puede calificar de ambigua, pero que ocasionalmente ha derivado en confrontaciones, y en la que asuntos como el budismo, la suerte del Tíbet, o del Dalai Lama, son de suma importancia.
En el caso de Brasil, tanto gobernantes como líderes políticos de diversas tendencias ideológicas y políticas suelen ver a su país como una potencia que tiene la posibilidad de erigirse como contrahegemónica o, al menos, como una alternativa a la influencia de Estados Unidos en el continente. Además, han desarrollado una postura diferenciada frente a México, considerado otra potencia regional en América Latina. En el caso específico de Ucrania, es necesario recordar que unos días antes de la invasión, Jair Bolsonaro, por entonces presidente, visitó a Putin en Moscú, firmando una serie de acuerdos bilaterales. Una vez iniciada la invasión, el gobierno de Brasil optó por guardar silencio respecto a los acontecimientos, sin condenar abiertamente la agresión. Con la llegada al poder de Luiz Inácio Lula da Silva, la postura brasileña no ha implicado un reconocimiento explícito del supuesto derecho de Rusia a invadir Ucrania o anexar parte de su territorio. Sin embargo, Lula ha insistido en la necesidad de promover un proceso de paz, una iniciativa que en Kiev ha sido ampliamente descalificada por el presidente Volodímir Zelenski y otros altos funcionarios ucranianos. La crítica de Ucrania radica en que el gobierno brasileño parece asumir como realistas los puntos de vista del Kremlin.
En todas las votaciones realizadas en la ONU respecto a la invasión y la guerra en Ucrania, han estado presentes cada una de las dimensiones previamente señaladas. A diferencia de otros conflictos y problemáticas globales, lo que sucede en Ucrania ha dejado en evidencia que en este escenario se disputa no solo la estabilidad, sino también la posible destrucción o transformación del orden internacional.
Rusia y Ucrania: una guerra que se proyecta en otros conflictos
Como se ha mencionado previamente, el grado de implicación, respaldo, apoyo o reconocimiento en el conflicto entre Rusia y Ucrania, así como los distintos modelos de cese al fuego y tratados de paz propuestos, que deberían llevar a la finalización de la guerra sobre territorio ucraniano, indican cómo esta guerra ha llegado a establecer nexos con otros conflictos globales. En algunos casos, estas conexiones son evidentes; en otros, solo se perciben en contextos específicos, aunque no por ello dejan de ser relevantes y reales. Los ejemplos más evidentes de la implicación directa se establecen en dos dimensiones: la incidencia directa sobre la península de Corea y la situación de Taiwán.
En el caso de Corea del Norte, la evolución de la guerra en Ucrania ha sido un factor determinante en la posibilidad de una reactivación del conflicto intercoreano. Este país no solo ha abastecido de equipos y diversas municiones a Rusia, sino que además ha enviado un número sustancial de tropas a luchar contra los ucranianos. Hasta el momento, se han registrado dos despliegues militares: el primero, a finales de 2024, con el envío de 11 000 soldados (Sang-Hun, 2024), y el segundo, previsto para marzo de 2025, según fuentes de inteligencia surcoreanas (Segura, 2025). En esta misma línea se encuentra la suerte de Taiwán, aunque la República Popular China ha adoptado una postura más cautelosa en su apoyo directo a la guerra. Su respaldo se ha centrado en el ámbito económico, tecnológico y en la venta de equipos de uso dual—es decir, productos de uso tanto civil como militar —.
En África, la guerra entre Rusia y Ucrania ha tenido dos impactos directos. El primero ha sido la restricción del acceso a cereales y combustibles exportados por Ucrania, debido al bloqueo armado impuesto por Moscú sobre las rutas comerciales de este país. Es importante recordar que el conflicto estalló en un momento crítico: justo cuando las restricciones por la pandemia de COVID-19 llegaban a su fin, en un contexto de grave crisis económica y comercial global. Esta combinación de factores agravó las condiciones de pobreza y hambre por las que se atravesaba. En mayo del año 2022, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), publicó el informe “The Impact of the War in Ukraine on Sustainable Development in Africa”, en el que se explica cómo prácticamente todos los países del continente estaban atravesando por una crisis económica seria debido al aumento de los precios de los alimentos, los fertilizantes y los combustibles que eran importados de Ucrania y Rusia. Los aumentos de precios fueron especialmente altos en países como Nigeria (57 %), Egipto (60 %), Ghana (54 % ) y Camerún (42 %). Si bien los países productores y exportadores de petróleo en principio se beneficiaron por el aumento de los precios internacionales del combustible, su escasa capacidad para hacer que los mayores ingresos impacten positivamente la economía y la redistribución de los ingresos hizo imposible que se diera una mejoría real. Entre estos últimos casos de exportadores de petróleo se encontraban Angola, Nigeria, Sudán del Sur, Congo y Gabón.
Antes del inicio de la guerra, según el mismo informe del PNUD, Rusia y Ucrania abastecían el 30 % del trigo consumido en África y el 80 % del aceite de girasol. De esta forma, es apreciable que Egipto importaba de estos dos productores el 80 % del trigo que consume; y luego, en porcentajes cercanos a esta cifra, se encuentran países como Benín, Cabo Verde, Mauritania, Senegal, Guinea, Sierra Leona, Ghana, Nigeria, Camerún, Costa de Marfil, Malí y Liberia. El caso de Sudán del Sur es, quizá, uno de los más graves, pues a su vez depende de la importación de alimentos de Kenia y Uganda.
El impacto de la guerra en Ucrania ha sido aún más profundo en África, ya que Moscú ha recurrido a la llamada diplomacia de la memoria (McGlynn, 2021). A través de este enfoque, Rusia ha buscado restablecer recuerdos, discursos políticos y acciones de apoyo a los gobiernos de la región, apelando al anticolonialismo y rescatando las referencias a la asistencia que la antigua Unión Soviética brindó durante la Guerra Fría a diversos movimientos de independencia y rebelión contra las potencias imperiales occidentales.
Este enfoque de la diplomacia hacia África, practicado desde Moscú, permitió que, en 2019, los gobernantes de 43 Estados del continente asistieran a una cumbre especial con Vladimir Putin, en Sochi, Rusia (President of Russia, 2019). Durante esta reunión, Vladímir Putin otorgó ayudas militares, compromisos de seguridad gestionados a través de empresas privadas rusas, como el Grupo Wagner, y el desarrollo de proyectos de cooperación técnica y explotación de recursos mineros en distintos países. Un ejemplo de esta estrategia es la República Centroafricana, donde el Kremlin facilitó líneas de crédito para el abastecimiento de armamento de todo tipo.
Desde febrero de 2022, Rusia ha fortalecido su presencia en África, ampliando su influencia a través de misiones de observación electoral, apoyo en seguridad, asesoría en defensa y otros mecanismos de asistencia estratégica en países como la República Democrática del Congo, Zimbabue, Madagascar, Sudáfrica y Mozambique. Lo mismo ha sucedido en Libia, donde Putin ha dado la autorización para apoyar el retorno al poder de los hijos de Muammar Gadafi y, al mismo tiempo, apoyar las fuerzas del general Khalifa Haftar, quien desde Bengasi se enfrenta al gobierno reconocido en Trípoli. Igualmente, Rusia se ha involucrado en una serie de golpes de Estado y acciones de fuerza que han llevado, en los últimos años, a la expulsión de Francia de varios países de la región (France 24, 2025), y en algunos casos, a la reducción o eliminación de la presencia militar de Estados Unidos. Este realineamiento geopolítico ha estado estrechamente vinculado a las alianzas generadas en el contexto de la guerra en Ucrania. Ejemplo de este fenómeno se observa en Malí, Níger, Burkina Faso y Camerún.
Kiev ha estado muy activa tratando de establecer relaciones con la región, pero es indudable que Rusia lleva la delantera por su larga trayectoria histórica. Sin embargo, en un esfuerzo por contrarrestar la influencia rusa, Ucrania ha autorizado a unidades especiales de sus fuerzas militares a participar directamente en operaciones armadas contra las tropas rusas desplegadas en África.
Uno de los casos más notorios ocurrió en Sudán, donde, en agosto de 2023, las fuerzas especiales ucranianas llevaron a cabo una operación contra las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR), un grupo rebelde que busca derrocar al gobierno del general Abdelfatah al-Burhan. En esta operación, los ucranianos capturaron a soldados rusos, algunos pertenecientes al Grupo Wagner, mientras que otros parecían formar parte de fuerzas regulares rusas. Este operativo confirmó el apoyo de Kiev al gobierno sudanés, respaldo que fue negociado directamente entre Volodímir Zelenski y Burhan en una reunión celebrada en Irlanda en septiembre de 2023.
De manera similar, en Malí, grupos armados tuareg han recibido apoyo militar ucraniano para combatir y neutralizar a tropas rusas, un fenómeno que también ha tenido repercusiones en Níger y Burkina Faso. De esta forma, mientras Ucrania se involucra en conflictos armados contra los rusos en diferentes países africanos, Francia es expulsada de posiciones fuertes que tradicionalmente había mantenido.
En este contexto, el caso de Sudáfrica es especialmente importante, pues este país, que globalmente ha querido aparecer como un defensor neutral del derecho internacional, en realidad no ha ocultado su simpatía y apoyo por la causa rusa, algo que está enraizado en el apoyo que en su momento la desaparecida URSS otorgó a la lucha contra el apartheid. Esto se ha evidenciado en los buenos términos que el presidente Cyril Ramaphosa ha mantenido tanto en sus encuentros con Putin, como en las diversas instancias con funcionarios rusos, al tiempo que ha mantenido la distancia con Zelenski y la apariencia de neutralidad (Mark, 2024).
LA GUERRA RUSIA-UCRANIA Y EL ENTORNO GLOBAL: UN ANÁLISIS PROSPECTIVO
La guerra entre Rusia y Ucrania se ha configurado como un conflicto global que, además, ocurre en un contexto de probable transición de era en la modernidad, con consecuencias inéditas en el orden internacional. Este escenario no solo ha agudizado tensiones políticas y polarizado a los distintos actores involucrados, sino que también ha obligado a una reflexión incipiente sobre las posibles direcciones del conflicto y sus efectos estructurales a largo plazo.
Los acontecimientos, como se ha visto, son en sí mismos complejos y están en pleno desarrollo, por lo que no resulta fácil apreciarlos en sus justas dimensiones e incursionar en ello es como moverse en un territorio minado de sorpresas, pero, como si eso fuera poco, son todavía más difíciles de establecer con claridad las relaciones entre los acontecimientos y la configuración de un nuevo orden global. Es como si la guerra entre Rusia y Ucrania, junto con el entramado de conflictos en el que se inscribe, constituyera la matriz en la que se está gestando el nuevo orden global.
Si bien este orden en gestación no responde a un plan preestablecido ni a una conspiración, podría evolucionar rápidamente hacia un modelo estructurado, tal como ocurrió en anteriores etapas de la modernidad, cuando, una vez consolidadas sus características fundamentales y estructuras institucionales, estas tendieron a universalizarse. Ejemplos históricos de ello incluyen la economía de mercado, la formación de los Estados nacionales, la libre competencia y el comercio internacional. En este cruce de acontecimientos singulares, crisis geopolíticas inestables y tendencias inéditas en la modernidad, diversos actores —potencias, Estados nacionales, líderes políticos, servicios de inteligencia, intelectuales, academias y analistas de opinión— han empezado a reaccionar y tratar de entender el momento actual. Sin embargo, este proceso aún es lento y contradictorio, lo que refuerza la sensación de que un mundo está en agonía mientras otro está en proceso de gestación.
En efecto, así lo revelan las posiciones de los protagonistas iniciales. Por un lado, Vladímir Putin concibió en un principio la invasión como una simple “operación militar especial”, sustentada en un revisionismo histórico que reivindica la pertenencia ancestral de ciertas tierras y pueblos a Rusia. Este argumento se complementó con el reclamo del indispensable contrapeso de poderes frente a Europa y Occidente como seguridad de Rusia, con los cuales ha intentado legitimar su agresión a Ucrania, pero que de fondo hacen parte de su expansionismo neoimperialista.
Por otro lado, Volodímir Zelenski y Ucrania invocaron su condición de Estado independiente desde la implosión de la URSS en 1991, su voluntad de integrarse a Occidente y comportarse como un poder soberano similar al de sus pares europeos, pero todo ello sin tener plena consciencia de la crisis de perspectiva en la que el mundo Occidental se encontraba y que la guerra ha desvelado. Como resultado, el incipiente neonacionalismo ucraniano ha sido suficiente para resistir la agresión rusa, pero no para transformar las tendencias globales ni revertir la decadencia de Occidente como bloque geopolítico. En este contexto de ambigüedades y convicciones, ambas posturas han expresado dinámicas de signo contrario, pero profundamente interconectadas: el neoimperialismo ruso y el neonacionalismo ucraniano (Patiño y Almario, 2023).
Por su parte, las alianzas formadas alrededor de los dos bandos principales revelaron tendencias geopolíticas que, antes del conflicto, solo se insinuaban. Por un lado, la guerra evidenció la capacidad de Rusia para resurgir como potencia, sustentada en un régimen autoritario y un marcado culto a la personalidad de su líder. Además, logró comprometer, en distintos grados, a sus aliados clave: la incondicionalidad de Bielorrusia y Corea del Norte, el cauteloso respaldo de China, la supuesta "neutralidad" de India y la ambivalencia de Turquía, que osciló entre intervenir a favor de un bando, actuar como mediador o posicionarse como una potencia con intereses propios en la región euroasiática.
Por otro lado, el apoyo militar, tecnológico y financiero de Estados Unidos a Ucrania, bajo la administración de Joe Biden, fue justificado en nombre de la defensa de la democracia y las libertades. Sin embargo, Washington estableció líneas rojas para evitar que el conflicto escalara a nivel global, sin definir, a la vez, una estrategia clara para el futuro de la OTAN, cuyo liderazgo se ha vuelto obsoleto e inercial. En la práctica, esto significó subestimar y aplazar la crisis de Occidente, dejando todo el sacrificio en manos de los ucranianos. A esta incertidumbre estratégica se sumó la ambigua posición de la Unión Europea, que, aunque ha manifestado su apoyo a Ucrania en diversas instancias y acciones, enfrenta debilidades estructurales que han limitado su capacidad de actuación. Dependiente energéticamente de Rusia, vulnerable militarmente y con instituciones obsoletas para la toma de decisiones rápidas, la UE ha quedado atrapada en su propia crisis interna, agravada por el ascenso de fuerzas de derecha, en varios de los países que la componen. Así, su postura se ha reducido a declaraciones simbólicas en favor de los derechos y la democracia liberal, mientras continúa subordinada a Estados Unidos en materia de seguridad estratégica y sin definir su papel real en el nuevo escenario político global.
En resumen, todo el protagonismo lo han tenido hasta ahora dos expansionismos —el revitalizado de Rusia y el inercial de la OTAN—, los cuales expresan tanto sus propias crisis y contradicciones internas como un alto grado de irresponsabilidad política, por el evidente desprecio que muestran a trabajar en función de un orden regulador mínimo. En este contexto, Moscú calculó que era el momento oportuno para lanzar otro zarpazo contra Ucrania, Europa y Occidente en su conjunto.
En este contexto, diversas voces en escenarios diplomáticos, políticos, militares y mediáticos han expresado su preocupación por las posibles derivas del conflicto. En particular, existe un creciente temor sobre el riesgo de una guerra mundial o, en un primer nivel, sobre la posibilidad de que el conflicto escale a nivel continental europeo, lo que, de facto, podría ser una antesala de un enfrentamiento global.
A este panorama se suma un factor sin precedentes en la historia contemporánea: la eventual fractura de la OTAN y el deterioro de las relaciones entre Europa y Estados Unidos. Con la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, Washington ha intensificado la presión sobre Europa para que asuma su propio destino y los costos de su seguridad estratégica. Al mismo tiempo, Trump ha dado señales de querer negociar directamente con el Kremlin. Esto plantea una interrogante clave: ¿es demasiado tarde para Europa?1
Desde nuestro punto de vista, es urgente revertir esta crisis, cuyas consecuencias son imprevisibles y, hasta ahora, ha estado monopolizada por las potencias bajo lógicas de fuerza. Se requiere una solución que favorezca la estabilidad política de la región, un razonable equilibrio de poderes, la participación activa de las sociedades y, sobre todo, una paz justa y duradera en Ucrania que garantice tanto su seguridad como su independencia.
Así las cosas, el panorama analítico resulta intimidante, debido a la complejidad de los acontecimientos, el entramado de conflictos y la incertidumbre sobre el futuro. No obstante, de manera provisional, hemos querido esbozar algunos elementos de reflexión que, además de contribuir al debate, constituyen una invitación a la discusión académica.
Somos conscientes de los riesgos que conlleva establecer analogías simplistas entre la situación actual y los procesos históricos que marcaron las primeras décadas del siglo XX. Eventos como la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión, el ascenso del fascismo, la Segunda Guerra Mundial y el surgimiento de un orden global inestable, caracterizado por el papel de las Naciones Unidas, la bipolaridad política y la Guerra Fría, dan cuenta de la complejidad experimentada entonces, así como de ciertas similitudes con la crisis actual.
En esa dirección, nuestro primer recurso analítico consiste en la perspectiva comparativa y en particular aquella que se basa tanto en casos como en variables (Della Porta, 2013). Esto nos permite establecer paralelismos y diferencias entre el contexto actual y los períodos que siguieron a la Primera y Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, y aquí entra en juego nuestro segundo recurso analítico, animados por el propósito prospectivo e inspirados en las tesis de Karl Polanyi, derivadas del estudio de los fenómenos de la primera mitad del siglo XX, nos interesa enfatizar no solo los acontecimientos en sí, sino sus elementos estructurales y sus consecuencias estructurales.
Las distintas corrientes del pensamiento sociopolítico del siglo XX dan cuenta de los esfuerzos de comprensión de esos grandes acontecimientos y sus consecuencias estructurales en el mundo moderno. Diversas teorías, metodologías y enfoques se han desplegado ampliamente e iluminado distintos aspectos de un panorama tan intrincado (Ball y Bellamy, 2015). Entre esas corrientes, la figura de Karl Polanyi (1886-1964), austriaco de origen húngaro y exiliado en Inglaterra, Canadá y Estados Unidos a causa del fascismo, ha ido cobrando presencia y pertinencia en las últimas décadas, después de una injustificada marginalidad.2 Su pensamiento es amplio y complejo, moldeado por la influencia de diversas tradiciones intelectuales, entre ellas el marxismo, la socialdemocracia, el cristianismo social, la sociología fundacional alemana y francesa, la antropología británica, la economía clásica y el pensamiento social en Norteamérica, entre otras. Además de su formación académica, Polanyi participó intelectual y políticamente en el nacionalismo húngaro, los debates sobre la economía austriaca, la socialdemocracia europea, la crítica del fascismo y del socialismo, el cristianismo social en Inglaterra. Esta combinación de reflexión intelectual y compromiso político lo convirtió en un agudo observador de los tiempos turbulentos que le tocó vivir, y en el autor de una de las críticas más lúcidas e innovadoras sobre la sociedad moderna y sus encrucijadas.3
La tesis central de Karl Polanyi en La gran transformación. Crítica del liberalismo económico, publicada en inglés en 1944 en Nueva York, poco antes del final de la Segunda Guerra Mundial, plantea que la modernidad, impulsada por los principios del liberalismo económico, representa una nueva fase en la historia de la humanidad. Por primera vez, la sociedad no solo ha sido separada del mercado, sino que ha quedado completamente subordinada a él. El motor que había empujado las cosas hasta ese punto es el liberalismo económico, el cual postula en esencia que el mercado, definido como global y autorregulado, es quien debe hacerse cargo de la estructuración y cohesión de la sociedad y de la resolución de sus tensiones, con desprecio por sus tradiciones, culturas, horizontes religiosos, instituciones, valores y sentidos de vida. En otras palabras, la producción y el mercado escapan del control social y se transforman en el epicentro absoluto de lo social, que pierde así sus referentes trascendentes y de sentido colectivo. Esta transformación estructural es la base del análisis que Polanyi desarrolla sobre los impresionantes acontecimientos de la primera mitad del siglo XX, particularmente en dos conferencias que pronunció en la Universidad de Columbia, EE. UU.4
En opinión de Polanyi:
El acontecimiento fundamental de nuestra época es la caída simultánea de tres formas de sociedad universalistas que competían entre sí: el capitalismo liberal, el socialismo de la revolución mundial y el sistema de la dominación racial. Su fin súbito ha entrañado cambios radicales y desconocidos hasta ahora en los asuntos humanos y ha abierto una nueva era de la política internacional [… ] De estas grandes mutaciones, emergen diversas formas de existencia intrínsicamente limitadas, como nuevas formas de capitalismo, de socialismo, de capitalismo, de economía planificada o semiplanificada, que son todas, por naturaleza, regionales. (Polanyi, 2014, p. 302).
Su sólida formación histórico-antropológica le permitió entender que la situación analizada por él, guardaba una interesante simetría con los antecedentes mismos de la modernidad. En efecto, así como la sociedad universalista medieval religiosa fue sustituida por un sistema de Estados nacionales, que a su vez expresaban un proyecto universalista inspirado en la Ilustración, con la modernidad y el capitalismo, el colapso del sistema económico mundial del siglo XIX generó nuevas entidades económicas de alcance más limitado.
En este sentido, Polanyi sostiene que, entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, se produjo un acontecimiento único y trascendental: la muerte de la civilización del siglo XIX (Polanyi, 2014, pp. 302 y 313). Esta civilización había logrado preservar, dentro de sus fronteras nacionales, la democracia representativa, el régimen de libertades y el bienestar nacional bajo el amparo del capitalismo liberal, así como una paz duradera en términos de conflictos globales. Al mismo tiempo, el patrón oro había funcionado como el soporte de un sistema de intercambios globales. Sin embargo, ese “edificio incomparable” se derrumbó de repente. La explicación de Polanyi remite a su tesis central: la utopía del mercado global autorregulado proclamada por el credo liberal era insostenible. Cuando el sistema dejó de ser funcional debido a sus contradicciones estructurales, se desencadenó el infierno de las guerras, su consecuencia estructural.
A Karl Polanyi no le alcanzó la vida para presenciar lo que, a tono con la lógica de su tesis, podríamos considerar lícitamente como un intento de restauración de un proyecto universalista: la fase neoliberal de la modernidad, iniciada a finales del siglo XX. Sin embargo, la breve duración de este modelo —si tomamos la crisis económica de 2008 como hito de su declive (Piketty, 2014)— y el actual entramado global de conflictos y transformación del orden mundial, parecen confirmar la validez de las tesis de Polanyi, que pasan la prueba y se sostienen en sus pilares básicos:
a) La continuidad, en nuevas condiciones de poder, de la separación brutal entre sociedad y mercado, en un contexto capitalista decadente;
b) La ausencia de proyectos universalistas, y aún más, la falta de principios humanistas trascendentes capaces de conciliar lo individual y lo colectivo;
c) La posible configuración de un nuevo orden global estructurado por poderes “regionales” incapaces de hegemonías globales, entre ellos: el autoritarismo “socialista” chino, el autoritarismo neoimperialista ruso y el autoritarismo “tecnológico” norteamericano.
Como se mencionó anteriormente, este texto no pretende ser más que un intento inicial de abordar el desafío analítico que plantea el presente. Sin embargo, resulta imprescindible que esta discusión no se limite al ámbito académico, sino que invite a participar a las sociedades, que son las principales afectadas por las guerras, los conflictos y las irracionalidades del mercado. En última instancia, son ellas quienes tienen el derecho y la responsabilidad de intervenir en el diseño de su futuro y sus esperanzas.
CONCLUSIÓN
La guerra en Ucrania es un conflicto de alcance global, que desde su inicio ha sido impulsado por dos alianzas claramente delineadas, con objetivos diferenciados y contrapuestos. En consecuencia, no puede ser asumida como un conflicto de alcance regional, o que solo tiene consecuencias sobre los países directamente beligerantes. La participación de suministradores de armamento, el despliegue de tropas extranjeras y la existencia de países que permiten el uso de su territorio en favor de Estados beligerantes —explícitamente por el agresor, en el caso de Bielorrusia—, así como el hecho de que una parte de los aliados que da apoyo a uno de los Estados beligerantes —el agredido, Ucrania— advierta de las consecuencias que se derivan de que su aliado pierda la guerra, o quede en una posición que se parezca a tal condición, son elementos suficientes para tener claro que en esta guerra se lucha por algo más que territorios, y en una dimensión mucho más compleja que lo que el discurso del revisionismo histórico registra.
El hecho de que Corea del Norte haya decidido convertirse en parte beligerante, desplegando tropas sobre el terreno; que la República Popular China observe detenidamente la evolución del conflicto en Ucrania, con el fin de asumirlo como lección para actuar con respecto a Taiwán; que Japón considere oportuno rearmarse; que Europa esté considerando seriamente y contra el tiempo que es la hora de un rearme por su propia seguridad; que Irán, parte de la alianza, haya sido derrotado en su proyección geopolítica, por ahora, mientras el conflicto en Ucrania sigue adelante; o que tropas ucranianas y rusas luchen en guerras aparentemente ajenas a su dinámica, en el continente africano, demuestra que Kiev y Moscú están en el centro de un entramado global de conflictos. En ese sentido, cualquier decisión que se tome para un cese al fuego y un posible tratado de paz tendrá repercusión en los conflictos mencionados, pero principalmente afectará al orden internacional en la forma en que se le concibe, y en las reglas y capacidades que se le reconozcan.
Este artículo ha tomado las tesis de Karl Polanyi, formuladas a partir de los grandes acontecimientos de la primera mitad del siglo XX, como punto de referencia para un análisis prospectivo de la situación actual. En este sentido, se ha explorado, de manera provisional, la guerra entre Rusia y Ucrania en el contexto de un entramado global de conflictos, privilegiando para ello la perspectiva comparativa, así como el estudio de elementos estructurales y sus posibles consecuencias estructurales.













