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Cuadernos de Economía

Print version ISSN 0121-4772

Cuad. Econ. vol.33 no.62 Bogotá Jan./June 2014

http://dx.doi.org/10.15446/cuad.econ.v33n62.43663 

http://dx.doi.org/10.15446/cuad.econ.v33n62.43663

ALBERT O. HIRSCHMAN Y LA ECONOMÍA DEL DESARROLLO: LECCIONES PARA EL PRESENTE

ALBERT O. HIRSCHMAN AND DEVELOPMENT ECONOMICS: LESSONS FOR THE PRESENT DAY

ALBERT O. HIRSCHMAN ET L'ÉCONOMIE DU DÉVELOPPEMENT: LEÇONS POUR LE PRÉSENT

ALBERT O. HIRSCHMAN E A ECONOMIA DO DESENVOLVIMENTO: LIÇÕES PARA O PRESENTE

Jimena Hurtadoa

a Doctora en Ciencias Económicas, Profesora asociada, Facultad de Economía - CEDE, Universidad de los Andes. Bogotá, D.C., Colombia. Correo electrónico: jihurtad@uniandes.edu.co.


Resumen

Albert Hirschman vivió casi cinco años en Colombia, donde según él, adquirió un punto de vista. Este punto de vista le permitió formular una aproximación original al desarrollo, alejada de las grandes teorías y del mero empirismo; lo llamó una estrategia de desarrollo y, en ella, resaltaba los eslabonamientos entre sectores productivos pero, sobre todo, las habilidades, creencias y expectativas necesarias, y muchas veces inexplotadas, para hacer posible un proceso dinámico de toma de decisiones. Estaba convencido de que los individuos eran más que simples beneficiarios de las políticas de desarrollo y los veía como agentes activos de sus propios procesos. Este artículo, después de explorar su punto de vista, presenta las posibles lecciones de Hirschman a la economía del desarrollo actual, en general, y al método de experimentos sociales controlados, en particular.

Palabras clave: Albert Hirschman, economía del desarrollo, experimentos sociales controlados, participación ciudadana.

JEL: B20, B25, B31, O2.

Abstract

Albert Hirschman spent almost five years in Colombia were he said he had acquired a point of view. This point of view led him to formulate a original approach to development, far from grand theories and mere empiricism. What he called a strategy of development relied not only on linkages between productive sectors but mostly on skills, beliefs and expectations necessary, and many times unexploited, to make a proactive decision process possible. He was convinced individuals were more than recipients of development policies, and saw them as active agents of their own development processes. In this paper, after exploring this point of view, I present what I see as Hirschman's possible lessons for modern day development economics, in general, and randomized field experiments, in particular.

Keywords: Albert Hirschman, development economics, randomized controlled trials, citizen participation.

JEL: B20, B25, B31, O2.

Résumé

Albert Hirschman a vécu près de cinq années en Colombie où, selon lui, il s'est fait un point de vue. Ce point de vue lui a permis de formuler une approche originale du développement, éloignée des grandes théories et du simple empirisme ; il l'a appelée une stratégie de développement et il y soulignait les échelons entre les secteurs productifs mais surtout, les talents, croyances, et expectatives nécessaires, et souvent inexploitées pour permettre un processus dynamique de prise de décisions. Il était convaincu de ce que les individus étaient davantage que de simples bénéficiaires des politiques de développement et les voyait comme des agents actifs de leurs propres processus. Cet article, après avoir exploré son point de vue, présente les possibles leçons d'Hirschman sur l'économie du développement actuel en général, et sur la méthode d'expérimentations sociales contrôlées, en particulier.

Mots-clés : Albert Hirschman, économie du développement, expériences sociales contrôlées, participation citoyenne.

JEL : B20, B25, B31, O2.

Resumo

Albert Hirschman morou quase cinco anos na Colômbia onde, segundo ele, adquiriu um ponto de vista. Este ponto de vista lhe permitiu formular uma aproximação original ao desenvolvimento, afastada das grandes teorias e do mero empirismo; o chamou de uma estratégia de desenvolvimento e, nele, ressaltava os encadeamentos entre setores produtivos mas, principalmente, as habilidades, crenças e expectativas necessárias, e muitas vezes inexploradas, para tornar possível um processo dinâmico de tomada de decisões. Estava convencido de que os indivíduos eram mais do que simples beneficiários das políticas de desenvolvimento e os via como agentes ativos dos seus próprios processos. Este artigo, depois de explorar o seu ponto de vista, apresenta as possíveis lições de Hirschman à economia do desenvolvimento atual, em geral, e ao método de experimentos sociais controlados, em particular.

Palavras-chave: Albert Hirschman, economia do desenvolvimento, experimentos sociais controlados, participação cidadã.

JEL: B20, B25, B31, O2.

Una primera versión de este texto fue presentada en la 17a reunión de la Asociación Europea de Historia del Pensamiento Económico en una sesión conmemorativa en honor a Albert O. Hirschman organizada por Annie L. Cot. Agradezco tanto la invitación a participar en la sesión como las preguntas y comentarios de los participantes. Las imprecisiones y omisiones son de mi responsabilidad. Estoy en deuda con los participantes al coloquio sobre Albert O. Hirschman de Liberty Fund realizado en Bogotá en octubre de 2011. Buena parte de las reflexiones que nutren este texto son el resultado de las discusiones que tuvimos. Agradezco los comentarios de dos evaluadores anónimos de esta revista.

Este artículo fue recibido el 30 de junio de 2013, ajustado el 1o de septiembre de 2013 y su publicación aprobada el 4 de septiembre de 2013.


Nuestros doctores modernos pretenden hacer engendrar ideas de los hechos, sin preocuparse, sobre todo, porque en los asuntos humanos son las ideas las que producen los actos y los hechos. También porque tienen la pretensión de no tener sistema alguno, porque se dejan guiar, según su expresión, por lo que es; de esto resulta que se han quedado en medio de los hechos creados por las antiguas teorías; se han inmovilizado en el viejo mundo social, en las opiniones, en las discusiones y la vida de sus ancestros, y se esfuerzan por fijar la sociedad en el círculo de actos que han elegido (Buchez, 1831).

Albert O. Hirschman (1915-2012) marcó la economía del desarrollo con su defensa del equilibrio desbalanceado. Su enfrentamiento con Lauchlin Currie determinó las futuras intervenciones del Banco Mundial cuando esta entidad se estaba convirtiendo en un banco de fomento y decidió el rumbo de los planes y programas de desarrollo en Colombia durante buena parte del siglo xx. Exilado, refugiado, soldado, miembro de la Resistencia, experto internacional, profesor universitario, intelectual público, Hirschman fue ante todo un contradictor de las opiniones mayoritarias.

Hirschman vivió cuatro años y medio en Colombia durante los años cincuenta del siglo pasado. Al partir dijo haber "adquirido un punto de vista" (Adelman, 2013, p. 297). Su Estrategia para el desarrollo, más que una teoría, es el resultado de ese nuevo punto de vista que lo llevó a creer que no podía haber observación sin teoría, pero que las grandes teorías eran de poca utilidad y que el subdesarrollo era un asunto complejo relacionado con recursos pero ante todo con oportunidades, habilidades, eslabonamientos, creencias y expectativas.

Llegó a Colombia como experto del Banco Mundial para el Comité de Desarrollo Económico en marzo de 1952. Este Comité, en agosto del mismo año, establecería el Consejo Nacional de Planificación y Hirschman seguiría con su labor de asesoría hasta el final de su contrato, a pesar de las inmediatas desavenencias con Lauchlin Currie. Después de su trabajo como asesor experto, Hirschman permaneció en el país y abrió su propia oficina de consultoría, viajando y desarrollando lo que más tarde llamaría observación analítica. Durante este tiempo se convenció de que los grandes diseños no servían para gran cosa, de la necesidad de tener visión de largo plazo y de adaptar y aprovechar el conocimiento local. Se opuso a la visión que parecía dominante en el nuevo campo de la economía del desarrollo, al saber englobante de los expertos internacionales, y encontró afinidades con economistas latinoamericanos, en especial brasileños, ocupados también en los temas de desarrollo. Se alejó de las técnicas estadísticas y de la formalización matemática, que no le permitían decir todo lo que quería y no fue muy favorable a los experimentos controlados.

El pensamiento de Hirschman aún puede verse como un llamado para economistas del desarrollo teóricos y aplicados: es posible que las grandes teorías no funcionen, pero eliminar la teoría tampoco parece ser la solución. La observación y la estadística, por sí mismas, incluso con manipulación econométrica sofisticada, son insuficientes para entender en todas sus dimensiones las causas y las soluciones del subdesarrollo y de la pobreza. Como lo indica la cita de Philippe Buchez, sansimoniano francés del siglo XIX, pretender ignorar la acción performativa de las ideas sobre la realidad puede llevar a ser prisioneros de las mismas teorías que se quiere evitar. No hay observación sin teoría ni teoría sin observación. El ejercicio de ir y venir entre los datos y las ideas permite, por una parte, ordenar y sistematizar la observación, y por otra, ser conscientes del efecto de las segundas sobre la realidad estudiada (cf. Blanco, 2013, pp. 48-49). En especial, en el ejercicio de formulación de políticas públicas -y, específicamente, de políticas, programas y proyectos de desarrollo-, evitar la teoría puede generar todos los problemas asociados con la inducción, mientras que la mera teorización impide ver las especificidades.

En este artículo se intentará conjugar la visión de Hirschman con una apreciación de las corrientes más recientes en economía del desarrollo. Ni idealismo, ni empirismo puros al acercarse a la realidad y un lugar fundamental para la agencia y la participación de las poblaciones objetivo parecen ser recomendaciones derivadas de la experiencia y las reflexiones de este economista que pueden aún tener espacio en nuestras prácticas. En este sentido, el artículo busca mostrar la visión particular de Hirschman sobre el desarrollo y el creciente papel que le dio al arte de la voz para lograr un equilibrio óptimo entre voz y salida, necesario para el éxito de los proyectos de desarrollo.

El artículo se divide en cinco secciones, además de esta introducción. En la primera se encuentra un breve resumen de la experiencia de este economista en Colombia y su visión del desarrollo como una estrategia política de abajo arriba. La segunda sección trae esta visión al presente con una evaluación de la metodología de experimentos sociales controlados (Randomized Control Trials, RCT, por sus siglas en inglés). Las últimas dos secciones tratan los argumentos de Hirschman sobre la necesidad de contar con ciudadanos alertas en vez de consumidores inertes en un debate democrático bien informado y de aceptar y sobrepasar los límites del conocimiento disciplinario y especializado. La última sección concluye.

GRANDES TEORíAS FRENTE A ESTRATEGIAS

Albert O. Hirschman llegó a Colombia como un extranjero experto independiente en desarrollo por recomendación del Banco Mundial. Se le nombró consultor económico para el Comité de Desarrollo Económico creado en 1950 por la administración Ospina Pérez. Este comité, al igual que el Consejo Nacional de Planificación, que le sucedería, fue una de las recomendaciones de la misión enviada por el Banco Mundial en julio de 1949 bajo la dirección de Lauchlin Currie, cuyo objetivo era estudiar y, de considerarlas pertinentes, liderar la ejecución de las recomendaciones de su plan de desarrollo. Estos dos personajes marcarían tanto las políticas y programas de desarrollo nacionales como la conversión del Banco Mundial de ser un banco de reconstrucción a uno de fomento, y representan las dos tendencias dominantes en los comienzos de la economía del desarrollo como campo de investigación. Durante su tiempo como consultor, Hirschman se convenció cada vez más de los límites e inconvenientes de las teorías de crecimiento equilibrado que habían comenzado la teorización en este campo. En cambio, Currie llegó a Colombia con la misión de diseñar un plan de desarrollo en las líneas de estas teorías que pudiera superar la pobreza endémica en el país.

La Misión del Banco Mundial

La Misión Currie es la primera misión general de reconocimiento del Banco Mundial a un país en desarrollo. Colombia fue elegida por su relación privilegiada con el Banco y la insistencia de la administración Ospina Pérez. Los primeros contactos se realizaron en abril de 1947 con John J. McCloy, presidente de la entidad, y la Misión llegó a Colombia el 22 de julio de 1948. El primer obstáculo fue encontrar un director. Después de la negativa de varios candidatos, dentro de los cuales se encontraba Lionel Robbins, Lauchlin Currie aceptó el encargo. Currie en ese momento formaba parte del consejo directivo de la Sociedad Italo-Americana, después de haber sido consejero económico del presidente F. D. Roosevelt hasta su muerte en 1945 y de haber declarado en 1948 ante el Congreso, en el comité de actividades antiamericanas por acusaciones de espionaje (Alacevich, 2009, p. 31). Currie dirigió una misión de catorce miembros, cuyo economista en jefe era Richard Musgrave. Durante cuatro meses, entre julio y noviembre, sus integrantes recorrieron el país, evaluando la infraestructura ferroviaria, vial y marítima y evaluando la situación de la agricultura nacional (Alacevich, 2009, pp. 32-35). El 13 de agosto de 1950 el presidente del Banco Mundial, Eugene R. Black, hizo entrega del informe de la Misión a Eduardo Zuleta ángel, embajador de Colombia en Washington (Alacevich, 2009, p. 40).

En su diagnóstico, la Misión Currie identificó como prioridades mejorar la salud de la población, asegurar la provisión de agua potable y los sistemas de alcantarillado y enfocarse en la construcción y organización de un sistema de contabilidad nacional (Alacevich, 2009, p. 43). Se trataba entonces de un plan de gran alcance que buscaba reorganizar toda la economía colombiana y romper el círculo vicioso del subdesarrollo asociado con la falta de inversión.

El Comité creó el Consejo Nacional de Planificación en agosto de 1952, pocos meses después de la llegada de Hirschman al país. Sus miembros eran Emilio Toro, Jesús María Marulanda y Rafael Delgado Barreneche. Los dos expertos extranjeros eran Hirschman y Jacques Torfs, que había formado parte de la Misión Currie y regresó a Colombia en octubre de 1952. Tanto Hirschman como Torfs privilegiaban el estudio de proyectos individuales en vez de planes nacionales. Currie se vinculó al Consejo, primero de manera formal y luego informal, convirtiendo las reuniones de sus miembros en un constante enfrentamiento entre dos visiones del desarrollo.

Este campo de investigación había encontrado sus primeras formulaciones en el artículo seminal de Paul Rosenstein-Rodan de 1952 sobre los problemas del desarrollo industrial en países del este y del sudeste europeos. Según la visión de Rosenstein-Rodan, la dificultad de estos países para lograr mayores niveles de crecimiento radicaba en la existencia de desempleo encubierto materializado en una población agraria excedentaria (Alacevich, 2009, p. 67). Con el fin de superar este obstáculo, Rosenstein-Rodan sugería transferir esta población al sector industrial para aumentar la productividad laboral. En su visión, la industria debería tratarse como una única empresa, en la cual cada sector debía recibir el mismo impulso de manera que se crearan economías externas. En consecuencia, se requería un plan de gran escala en el cual la fase inicial, o el gran empujón, era determinante, pues marcaría el despegue de toda la economía gracias a grandes inversiones de capital (Alacevich, 2009, p. 68).

Esta visión de Rosenstein-Rodan encontró apoyo en el trabajo de Ragnar Nurske de 1953 sobre los problemas de formación de capital en países subdesarrollados. Según Nurske, para romper el círculo vicioso de la pobreza, generado por los bajos incentivos asociados con un mercado pequeño, era necesario contar con una inversión de capital importante en proyectos complementarios que garantizaran entre ellos la demanda para cada uno. De nuevo aparecía la necesidad de un primer gran flujo de capital, un choque externo de inversión, dirigido a sectores complementarios que permitieran sacar la economía del equilibrio bajo en el que se encontraba (Alacevich, 2009, pp. 69-70). Así, el problema del subdesarrollo aparecía como un problema de escasez absoluta de capital.

El diagnóstico de la Misión Currie sobre Colombia se inscribe precisamente en esta línea de análisis. De acuerdo con la Misión, la pobreza en el país era el resultado de la mala calidad de la educación y la salud de la población, que producía una fuerza laboral poco productiva y concentración de la producción en bienes de consumo final, con bajos niveles de ahorro que impedía la industrialización (Adelman, 2008, p. 4). Para superar esta situación, Currie y su equipo propusieron un ataque generalizado en todos los frentes para romper el círculo vicioso con un gran empujón, resultado de un importante flujo de capital (Adelman, 2013, p. 300). El Informe de la Misión se convirtió en la hoja de ruta para este plan de desarrollo a gran escala, que demandaba montos considerables de inversión extranjera directa, parte de ella en forma de préstamos de entidades multilaterales como el Banco Mundial y cambios en la estructura de propiedad de la tierra agrícola, además de crédito e infraestructura para dar el salto hacia el desarrollo (Adelman, 2008, p. 4). Los recursos de capital debían invertirse de manera simultánea en los diferentes sectores para asegurar que este gran empujón produjera un crecimiento equilibrado y mejorara las condiciones generales de vida de la población colombiana (Adelman, 2008, p. 6).

Hirschman no compartía esta visión y favorecía el desarrollo desequilibrado. Consideraba que la teoría de Rosenstein-Rodan y Nurske ignoraba el proceso asociado al desarrollo y buscaba superponer una estructura industrial sobre el sector tradicional (Hirschman, 1958). De esta manera, esta teoría correspondería a un ejercicio de estática comparativa entre dos situaciones hipotéticas de equilibrio cuya diferencia se explicaba por la ausencia de capital. Hirschman además consideraba que esta visión había sido reforzada al asociarla con el que llegó a conocerse como el modelo Harrod-Domar, resultado de los trabajos separados en 1939 y 1946 de estos economistas, y que establecía una relación directa entre inversión y crecimiento. Sin embargo, estos modelos eran inapropiados para tratar el problema del crecimiento, pues se habían concebido para estudiar los ciclos financieros de corto plazo en países desarrollados y por tanto su conclusión sobre la necesidad de incrementar la tasa de ahorro para aumentar la inversión y así el crecimiento no se aplicaba a países en vías de desarrollo.

Hirschman comenzó a considerar caminos alternativos de crecimiento mientras viajaba por el país visitando productores, hablando con banqueros locales y desarrollando su observación analítica (Adelman, 2008, p. 8). Prestó especial atención a los aspectos micro- de lo que usualmente se consideraba un problema macroeconómico. Esta visión micro- lo llevó a pensar que la planificación de arriba abajo y el diseño tenían pocas posibilidades de éxito. Si el conocimiento, las creencias, las expectativas y la experiencia de la población local no se incorporaban en los proyectos de inversión, las políticas públicas sin participación alguna de esa población tendrían poco apoyo público e incrementarían la sensación de frustración asociada con ensayos frustrados de desarrollo. La "fracasomanía", como la denominó, se apoderaría de todos los planes y proyectos condenándolos al fracaso desde su concepción. La población debería poder expresar su opinión, y opinar, pero de manera informada y articulada, sobre las políticas que buscaran mejorar sus condiciones de vida. Para lograrlo, el debate requeriría información adecuada y relevante, accesible al común de la población, poniéndola en términos micro y haciendo uso de referencias y experiencias familiares relacionadas con proyectos específicos. Desde entonces, Hirschman se enfocó cada vez más en el debate democrático, en la interacción entre la esfera privada y la pública, entre la economía y la política.

En vez de ser un factor ausente, como lo proponía la teoría del crecimiento balanceado, Hirschman empezó a considerar que el problema radicaba en la falta de capacidad de tomar decisiones para encontrar, reubicar y mezclar factores existentes. En lugar de un gran plan parecía necesario descomponerlo en pequeños pasos, concentrándose en el proceso, en la dinámica del desarrollo, en cambio del punto final. En consecuencia, Hirschman favorecía las soluciones secuenciales y, siguiendo a Alexander Gerschenkron al analizar el proceso de industrialización europeo, desconfiaba de los modelos únicos prefiriendo la inversión en proyectos específicos (Alacevich, 2009, pp. 79-81).

Al mismo tiempo, comenzó a tener una visión crítica de los expertos internacionales. A estos se les había visto como indispensables para los planes de desarrollo, pues al ser extranjeros se creía que sus ideas y actitudes no eran el producto de condiciones de subdesarrollo, y, por consiguiente, tenían las habilidades cognitivas e intelectuales para entender todas las dimensiones del problema. Hirschman, por el contrario, pensaba que su limitado conocimiento de las circunstancias locales les impedía ver oportunidades y utilizar el conocimiento y las habilidades locales (Adelman, 2008, p. 11). En vez de ver obstáculos y deficiencias en las condiciones y la población local, Hirschman comenzó a apreciar y a valorar las historias de éxito y de fracaso nacionales, mostrando el carácter profundamente idiosincrásico de los procesos de crecimiento.

Ni Hirschman ni Currie lograron imponer su visión. Los funcionarios colombianos, según recuentos de los del Banco Mundial (Alacevich, 2009), sujetos a las presiones políticas de los industriales y al rechazo explícito del gremio agricultor, parecían aprovechar el enfrentamiento de los asesores externos para poner en funcionamiento solo las recomendaciones políticamente viables. Así, la reforma de la propiedad de la tierra agrícola se quedaba en el papel mientras que el proyecto de Acerías Paz del Río, como punta de lanza de la industrialización, se convertía en el ícono del desarrollo nacional.

En últimas, como lo indica Alacevich (2009), la distancia entre Hirschman y Currie es menor de lo que, sobre todo el primero, reconocen. Las dos aproximaciones al desarrollo, tanto el crecimiento balanceado como el desbalanceado, buscaban generar un cambio estructural. La pregunta que movía a las dos era cuál sería ese cambio y cómo lograrlo. Intentaban descubrir cómo generar una señal para que los individuos tuvieran los incentivos suficientes para invertir en la industria y alcanzar un equilibrio alto. El enfrentamiento entre los dos economistas reflejaba también una disputa por la legitimidad y el reconocimiento en el naciente campo de la economía del desarrollo, pero sus recomendaciones de política no eran diametralmente opuestas. Así, mientras en Colombia Hirschman apoyaba el proyecto de Acerías Paz del Río, pues se trataba de un proyecto con fuertes eslabonamientos hacia adelante y hacia atrás en el que la pauta la daba el capital y no el trabajo, Currie promovía la inversión en el sector de la construcción, que en los años setenta sería el sector líder capaz de aprovechar la demanda potencial del país, generar demanda intermedia para otros sectores y permitir el uso de una mano de obra poco calificada.

Decisión y "fracasomanía"

En su Estrategia para el desarrollo, publicado en 1958, Hirschman recoge sus reflexiones sobre su experiencia en Colombia (Hirschman, 1958, pp. v-vi). Este libro permite entender no solo su visión general del desarrollo, sino su apoyo a proyectos como el de Acerías Paz del Río. A pesar de los problemas de localización y sobrecostos del proyecto, Hirschman consideraba que el cambio estructural necesario para encaminar al país hacia el crecimiento empezaba con proyectos específicos y no con un gran empujón, con eslabonamientos hacia adelante y hacia atrás. Una planta siderúrgica concentraba los esfuerzos en el proceso más que en el producto y dependía más de las máquinas que de los trabajadores; además, parecía un sector estratégico en el contexto internacional capaz de generar una demanda constante de insumos y materias primas dentro del país. Este proyecto permitiría subsanar la baja oferta interna y superar la concentración en la producción de bienes de consumo final con pocos eslabonamientos con el resto del sector productivo.

Así, este tipo de proyectos podría inducir decisiones fomentando el incremento en la demanda de algún producto mediante una disponibilidad creciente de otro. Se buscaría entonces crear necesidades por medio de la inversión en un sector específico, en este caso el siderúrgico, promoviendo nuevos eslabonamientos y generando soluciones secuenciales. Lo que hacía falta entonces era el poder de decisión para inducir las decisiones e inversiones necesarias para crear esos eslabonamientos. Pero esa inducción de decisiones, promovida por el principio de la mano oculta, fue objeto de críticas al buscar manipular las decisiones de los inversionistas para utilizar sus recursos en proyectos cuyos costos podían ser más altos y sus beneficios más bajos de lo que ellos esperaban. Sin embargo, en opinión de Hirschman, la mano oculta era absolutamente indispensable para superar la "fracasomanía" y tomar las decisiones necesarias.

Su énfasis en el proceso, en los proyectos específicos, también explica por qué Hirschman les dio prioridad a las actividades directamente productivas en vez de los planes de inversión en obras públicas, orden público o educación y salud. Hirschman solo consideraba indispensable la inversión en infraestructura de transporte y eléctrica, pero en relación directa con proyectos concretos (Alacevich, 2009, pp. 102-104).

Los eslabonamientos posibles de estos proyectos también dejaban espacio a otro proceso al cual Hirschman acordaba vital importancia: las consecuencias inesperadas. Reconocer la existencia de estas consecuencias estaba en línea con su visión sobre la imposibilidad de diseñar y predecir los fenómenos humanos. Había leído a Hayek cuando estaba en el Ejército en Italia (Adelman, 2008, p. 8), y esta lectura ejerció gran influencia sobre su concepción del desarrollo económico. Esta posición no contribuyó a facilitar su trabajo con los demás expertos asesores del Consejo Nacional de Planificación. Currie se opuso a los proyectos específicos y Torfs pensaba que era más importante concentrarse en la sistematización de información diseñando un sistema de cuentas nacionales (Adelman, 2008, p. 11). La discusión sobre las consecuencias inesperadas y las limitaciones del diseño y la planificación no encontraron acogida en el grupo.

En 1953, con el golpe de Estado de Rojas Pinilla, Currie renunció a su posición y Hirschman lo siguió en 1954, al finalizar su contrato con el Banco de la República. La experiencia resultó invaluable para los dos expertos, y en particular a Hirschman le mostró los problemas de los grandes diseños y los expertos internacionales, dejándolo con cuestionamientos y con la necesidad de desarrollar otras alternativas que permitieran potencializar la capacidad decisoria y propositiva en los países en desarrollo y sacar el mayor partido del proceso de desarrollo.

Sus visitas, encuentros y discusiones con académicos de universidades del Brasil y los Estados Unidos le dieron el impulso y el tiempo para elaborar sus propias concepciones sobre el cambio estructural, distanciándose del énfasis existente en el equilibrio y la reducción de conflictos y tensiones. Eran tiempos agitados en América Latina, y en especial Estados Unidos actuaba guiado por su percepción de una amenaza comunista y de revoluciones comunistas que se expandían por la región. Había un aumento de movimientos populares, pacíficos y violentos, que exigían mejores condiciones de vida asociadas con cambios en la propiedad de la tierra y acceso a mecanismos de participación y gobierno. Las especificidades del subcontinente eran cada vez más claras y la incapacidad de esquemas universales para lograr transformaciones sociales significativas se convirtieron en una fuente creciente de frustración y malestar social.

En este ambiente Hirschman entró en contacto con académicos brasileños, centrales en el desarrollo de una nueva visión sobre el desarrollo: la teoría de la dependencia. Ellos afirmaban que Latinoamérica debía encontrar su propio camino al desarrollo, sin intentar reproducir las experiencias europeas1, para superar el orden internacional centro-periferia al servicio de los intereses del centro y del mantenimiento del estado de cosas. Este patrón de crecimiento, según los dependentistas, difícilmente podía cambiarse desde el centro, aun menos con políticas y programas diseñados desde allí. Con estas discusiones, Hirschman reconoció el carácter desordenado del desarrollo (Adelman, 2008, pp. 26-30) y los beneficios de los desequilibrios, los conflictos y las tensiones como fuentes de oportunidad (Hirschman, 1958, p. 210).

Estas oportunidades también pueden verse como las consecuencias inesperadas de las interacciones humanas. Y en su búsqueda por una alternativa a las teorías del desarrollo equilibrado, Hirschman decide profundizar los estudios de la naturaleza y el comportamiento humanos. Lee psicoanálisis y filosofía moral para entender mejor las acciones e interacciones humanas (Adelman, 2008, p. 31). De esta manera enriquece su visión cada vez más centrada en el subdesarrollo como resultado de una escasa "habilidad para tomar decisiones y realizar actividades cooperativas para el desarrollo" (Adelman, 2008, p. 35) en vez de la escasez de un factor específico o de la subutilización del capital por cuenta de oportunidades inadvertidas. Hirschman es claro al respecto: "Nuestro principal supuesto por medio de este ensayo es que la verdadera escasez en los países subdesarrollados no es de los recursos mismos, sino de la habilidad de ponerlos en juego" (Hirschman, 1958, p. 88, traducción propia). En consecuencia, el desarrollo en realidad depende de la capacidad de "atraer y enlistar para los propósitos del desarrollo recursos y habilidades ocultos, dispersos, o mal utilizados" (Hirschman, 1958, p. 5, traducción propia). Se requieren agentes transformadores, y estos agentes solo pueden ser ciudadanos involucrados en el debate público y democrático. Por tanto, los individuos no son solo receptores o beneficiarios de políticas, o parte de la población objetivo; sus creencias y expectativas desempeñan un papel fundamental, y si el proceso de desarrollo requiere habilidades y actitudes, entonces es importante saber por qué ciertas habilidades y actitudes se desarrollan y otras no, y cómo influye la manera en que las personas interactúan y perciben su entorno.

La economía política, en su sentido contemporáneo, está en el centro de cualquier política de desarrollo. La lucha entre posiciones ideológicas y las alianzas políticas y sociales existentes en el país hacen del diseño y ejecución de políticas un asunto particularmente complejo. Además de estas alianzas, Hirschman identifica lo que llamó el "efecto túnel" como otro elemento central en la economía política del desarrollo. Describe la tolerancia a la pobreza y la desigualdad como dependiente de las expectativas de los menos favorecidos. Cuando estas expectativas son bajas, el apoyo a las políticas públicas también lo es, condenándolas al fracaso y llevando a la renovación de políticas que reproducen el estado de cosas impidiendo el desarrollo; Hirschman muestra de esta manera la dependencia de sendero de todo el proceso y, de manera más significativa, la función de las creencias y las expectativas.

La planificación no parece tener en cuenta estos aspectos y se apoya sobre todo en teorías establecidas y las habilidades y conocimientos de los tecnócratas. El desarrollo no tiene por qué ser una ruptura radical con la tradición o con el pasado; Hirschman comprende el desarrollo como una estrategia compuesta de proyectos específicos y segmentados, capaces de generar una dinámica particular que arranca desde abajo (Adelman, 2008, p. 37).

De esto se trata precisamente su planteamiento, mencionado varias veces arriba, sobre los eslabonamientos hacia delante y hacia atrás; una forma dinámica de aproximarse al crecimiento, relacionada con la capacidad de generar nuevas demandas y aprovechar economías externas positivas (Ocampo, 2008, p. 50). El proceso de crecimiento se puede acelerar si se realizan inversiones en industrias con fuertes eslabonamientos hacia atrás con industrias productoras de insumos y hacia delante con fábricas que utilicen sus productos (Urrutia, 2008, pp. 68-69). De esta manera, las ganancias de un productor pueden afectar de forma positiva los beneficios de quienes se encuentran adelante y atrás en los eslabonamientos.

Estos eslabonamientos se pueden producir por medio del consumo o de una política fiscal activa. En el primer caso, los ingresos generados por una industria se gastan en la importación de bienes de consumo, mientras en el segundo, impuestos sobre la producción y los ingresos de la exportación de los productos pueden dirigirse hacia inversiones productivas. Hirschman favorece los eslabonamientos fiscales y considera que los de consumo deberían llevar a la sustitución de productos importados por nacionales. Esto implica que, a pesar de su firme convicción sobre la relevancia de las consecuencias no intencionales y el limitado poder del Estado, la política pública desempeña un papel importante. Con la política pública es posible dirigir recursos hacia proyectos específicos, evaluar dichos proyectos y determinar cuál genera los mayores eslabonamientos. La mano oculta del Estado no puede tomar el lugar de los empresarios por falta de información detallada, conocimiento práctico y experiencia, pero puede ayudarlos a tener acceso a crédito y apoyo técnico. Las soluciones desde abajo suponen que los agentes puedan encontrar los eslabonamientos ellos mismos y que los gobiernos acompañen y apoyen sus iniciativas.

Proyectos de inversión en industrias con eslabonamientos fuertes llevarán a la internalización de externalidades positivas y al aprovechamiento de posibles economías de escala. Por consiguiente, una integración vertical sería posible si los recursos se dirigieran a proyectos de actividades industriales que produjeran insumos con demanda nacional y bienes de exportación y necesitaran insumos nacionales. Este tipo de proyectos generará una secuencia de inversiones que se retroalimentan entre sí, conduciendo a un crecimiento sostenible, aunque fuera de manera asíncrona.

Estos eslabonamientos actuarían más como una secuencia de desequilibrios que como una solución de equilibrios simultáneos, lo cual permitiría demostrar los beneficios de las tensiones (Hirschman, 1958, pp. 63, 209). Los desequilibrios y las tensiones pueden generar nuevas inversiones, llevando a nuevas políticas y generando procesos autosostenidos de crecimiento (Hirschman, 1958, pp. 88-90). Por consiguiente, la clave del desarrollo radica en descubrir recursos y habilidades subutilizados, ocultos o ignorados y no en lograr la combinación óptima de factores de producción.

Las lecciones de Hirschman a partir de crecimiento son claras y de gran alcance: no hay soluciones uniformes disponibles y tratar de aplicarlas no es recomendable, pues pueden incrementar la frustración; el crecimiento simultáneo y equilibrado en realidad no es una opción en los procesos de desarrollo e intentar lograrlo llevará a adoptar políticas fallidas. Hirschman no define un camino único; en cambio, evalúa eslabonamientos de proyectos específicos reconociendo el carácter idiosincrásico del proceso. Es así como un país puede definir estrategias de desarrollo que son necesariamente específicas para su situación. Enfocándose en lo posible en vez de lo ideal, permite ver las fortalezas existentes en vez de las debilidades, concentrándose en lo que hay y no en lo que hace falta, y permite construir sobre bases más familiares y, en consecuencia, más sólidas. El aprendizaje mediante la práctica implica tomar lo mejor de los éxitos y de los fracasos, abriendo caminos de aprendizaje en los que las consecuencias no intencionales se encuentran en el centro en vez de tratarse como errores de diseño y cálculo (Santiso, 2000, p. 97). Hirschman considera preferibles los cambios pequeños y graduales, por medio de proyectos, a grandes empujones que pueden incrementar el sentido de fracaso y frustración propios de los países en vías de desarrollo cuando son incapaces de lograr grandes objetivos al seguir un enfoque de arriba abajo con poca participación local y ciudadana (Santiso, 2000, pp. 97-98).

Su estancia en Colombia fue sin duda una experiencia provocadora como economista del desarrollo. Sin embargo, su memoria en el país siempre ha estado a la sombra de la de Currie2, cuyos planes y programas se ejecutaron y concentraron buena parte de los esfuerzos públicos en el sector líder de la construcción que debía jalonar el resto de la economía.

DE GRANDES TEORÍAS A... NINGUNA TEORÍA

En los últimos años ha surgido una nueva aproximación que ha empezado a dominar la economía del desarrollo3. Después de muchos años de fuertes críticas a las grandes teorías, en línea con los planteamientos de Hirschman, la técnica de experimentos sociales controlados parece haber probado sus ventajas. El mejoramiento en los diseños de las investigaciones, más y mejores datos y métodos más robustos de estimación han llevado a lo que Angrist y Pischke (2010) han llamado una "revolución de credibilidad iniciada en los años ochenta"4. Tanto la repercusión como la relevancia de los estudios empíricos han ido creciendo en los últimos treinta años, desplazando casi por completo la teorización y dejando en su lugar los resultados de la economía aplicada.

La aleatorización, o los ensayos aleatorios controlados, o los experimentos aleatorios en campo, corresponden a una metodología propia de la medicina. En epidemiología o los ensayos de medicamentos es usual recurrir a esta metodología en la cual se prueba el tratamiento o medicamento en un paciente o grupo poblacional y se compara con otro no tratado. Su uso en economía del desarrollo respondió a los problemas de identificación presentes en situaciones con múltiples canales y causalidades (Banerjee y Duflo, 2008). Así, para solucionar el problema de endogeneidad, del que Hirschman estaba perfectamente consciente, los RCT buscan resolver el problema de identificación débil de los impactos causales de las intervenciones. Los comportamientos y resultados asociados con programas y políticas de desarrollo son interdependientes, así como dependen de esos mismos programas y políticas y de otras características observadas y no observadas (Barret y Carter, 2010). Frente a la necesidad de determinar con mayor grado de certeza y de evaluar el impacto de los programas y políticas de desarrollo, los experimentos sociales controlados parecen tener la ventaja de poder hacer comparaciones puntuales, controladas y en campo, permitiendo aislar efectos al compararlos en poblaciones estadísticamente semejantes y lograr validez interna. Además, según sus representantes, este tipo de metodología también permite encontrar canales entre variables por lo general no relacionadas en la teoría.

Dentro de sus principales representantes se encuentran A. Banerjee y E. Duflo, del Instituto Tecnológico de Massachusetts y del Laboratorio de acción contra la pobreza Abdul Latif Jameel. Estos economistas consideran que las críticas dirigidas a los RCT responden al desconocimiento de las razones detrás del éxito de su metodología (Banerjee y Duflo, 2008). Una de las principales, según ellos, es no tener que recurrir a conocimiento anterior o a la teoría; es decir, es posible evaluar el impacto de un programa sobre la población objetivo aproximándose a la situación sin preconcepciones o prejuicios teóricos. En situaciones en las que la información y los datos son escasos, esto se considera una ventaja. En línea con el diagnóstico de Buchez en el siglo xix, estos doctores modernos se alejan de las teorías y buscan solo concentrarse en los hechos. Así los resultados obtenidos en los experimentos permiten alimentar procesos de aprendizaje dinámicos (Banerjee y Duflo, 2008). Según esta posición, sería posible inducir conocimiento generalizable. En realidad, los experimentos, según ellos, emergen "como una herramienta poderosa para probar las teorías en manos de aquellos con suficiente creatividad" (Banerjee y Duflo, 2008, s.p., traducción propia). En situaciones en las cuales la teoría y la información, su recolección y análisis, se quedan cortas, los experimentos han llevado a los investigadores a buscar nuevas explicaciones y relaciones y a generar nuevas bases de datos e instrumentos de medida (Angrist y Pischke, 2010). La necesidad de aislar fuentes de variación y de encontrar efectos causales han centrado la atención en el diseño de la investigación, evitando discusiones que parecían estériles sobre las estrategias y métodos econométricos (Angrist y Pischke, 2010). En este sentido, Banerjee y Duflo (2008) subrayan los beneficios de lo que llaman "experimentación creativa" haciendo uso de la interacción entre teoría e investigación experimental y haciendo explícitos los experimentos que informan la teoría (Angrist y Pischke, 2010, p. 16).

Entre la inducción y la contextualización

Según este recuento de los RCT, las críticas deben interpretarse como llamados de atención a la sobreinterpretación de los resultados (Banerjee y Duflo, 2008). Sin embargo, los críticos parecen considerar que este no es el único problema de esta metodología. Otro es su extrema confianza en la observación empírica, cuyo análisis solo requeriría el uso de la estadística. A pesar de lo que dicen sus representantes, cabe anotar su confianza en el método inductivo como herramienta de aproximación teórica. Desde hace ya varios siglos David Hume advirtió sobre las limitaciones epistemológicas de esta manera de construir teoría. Las generalizaciones derivadas de la observación de casos son problemáticas, al menos en términos de validez externa. Contrariamente a la posición de Duflo (Parker, 2011), es incierto que los buenos proyectos y políticas se puedan replicar a gran escala en cualquier parte.

Sin duda, un punto fundamental es definir lo que se entiende por teoría. Los defensores de esta metodología parecen poner teoría e ideología en el mismo paquete y son muy críticos de programas concebidos sobre la base de ideologías que movilizan, según ellos, visiones empíricamente infundadas sobre las causas de la pobreza. De igual manera, rechazan las políticas y la planeación de arriba abajo y lejos del terreno, tal como lo hacía Hirschman. También comparten con él su énfasis en los límites de la teoría económica tradicional y la importancia de prestar atención a las habilidades, conocimientos y oportunidades locales e individuales para superar la pobreza, subrayando así las fortalezas en lugar de las limitaciones de los países en desarrollo. La lección resulta ser la necesidad de observar de cerca para planear y desarrollar programas específicos, de manera segmentada, en vez de diseñarlos siguiendo líneas supuestamente generales y universales.

Sin embargo, es posible que esta visión vaya al otro extremo de las grandes teorías en las cuales Hirschman estaba pensando y además parece intentar aplicar sus resultados a una escala mayor de la que tenía en mente. Según Hirschman, no hay una receta única, pero esto no significa excluir el nivel macro-. Las intervenciones en esta metodología se evalúan en un nivel micro- sin considerar realmente los eslabonamientos, tal vez porque se enfocan en aliviar la pobreza en vez de generar procesos de desarrollo autosostenibles. En este sentido, parecen más cercanos a la visión de Currie: la pobreza es un círculo vicioso que impide el desarrollo; por ende, debe atacarse directamente antes de hacer cualquier otra cosa. La evaluación de programas contra la pobreza es central para romper este círculo, y si las intervenciones son exitosas pueden mejorar las condiciones de salud y educación e influir de manera directa en el acervo disponible de capital humano. Esto podría verse como un paso inicial en firme hacia el desarrollo.

No obstante, la aproximación por los RCT parece sobreenfatizar la aplicabilidad de las microintervenciones a cualquier entorno, como si las experiencias fueran intercambiables y completamente transferibles. Identificar intervenciones que funcionan, según esta visión, significa ser capaces de replicarlas en otro lugar como si la pobreza fuera un fenómeno universal en cuanto a sus causas, características, condiciones y efectos sobre el comportamiento, las creencias y las expectativas de las personas. Banerjee y Duflo (2008) consideran una ventaja de los experimentos permitir evaluar el efecto promedio en las poblaciones sin suponer que sea constante entre los individuos. Para generalizar las conclusiones de los experimentos, afirman, es necesario contar con supuestos provenientes de la teoría. Pero, como lo indicaba Hirschman, esto raya en el problema de la gran planeación: su falla es precisamente suponer dejando de lado las condiciones y experiencias locales, por lo cual la intervención puede fallar si no se consideran la historia, las instituciones y la cultura. Es decir, el contexto macroeconómico puede tener consecuencias significativas para el éxito o el fracaso de una intervención (Reddy, 2012). Si bien los RCT parecen considerar cuestiones comportamentales en la respuesta de las poblaciones y los individuos tratados, las conclusiones y sus recomendaciones parecen favorecer una visión según la cual la gente reacciona de manera similar en circunstancias similares, con independencia de su contexto macroeconómico (Allen, 2013; Harrison, 2011).

Más aún, el concentrarse solo en pequeñas preguntas susceptibles de respuesta parece limitar su alcance, como se anotó arriba, a los problemas de alivio de pobreza y no al punto central tanto para Currie como para Hirschman del cambio estructural. Los experimentos reportados parecen agotar con rapidez su potencial informativo para políticas de largo plazo, generadoras de eslabonamientos que lancen una dinámica micro- y macroeconómica sostenible. Incluso si Hirschman se enfocaba en proyectos, no los evaluaba de manera aislada. Todo el punto de los eslabonamientos era promover proyectos que aprovecharan las economías externas y promovieran procesos productivos eslabonados, logrando la interdependencia entre sectores. Hirschman, como buena parte de la economía del desarrollo del momento, apuntaba a la industrialización, pero la originalidad de su estrategia para el desarrollo radicaba en sostener que la mera acumulación de capital o la modernización de la infraestructura mediante el uso óptimo de factores eran insuficientes. Hirschman tenía en mente una endogeneidad que involucraba procesos mentales, creencias y expectativas. En ese sentido, replicar experimentos y acumular conocimiento es una estrategia corta frente a la complejidad del desarrollo. Su punto central era entender cómo los habitantes de los países en desarrollo podían reconocer habilidades y promoverlas para tomar decisiones y sobreponerse a la "fracasomanía", base de los intentos fallidos por incrementar la riqueza nacional. Esto, sin duda, corresponde a un horizonte bastante más amplio que los proyectos o las intervenciones.

En este sentido, los RCT no solo no permiten responder a grandes preguntas, sino que ni siquiera permiten plantearlas5. Preguntas como las formuladas por Hirschman, relacionadas con la calidad de las instituciones y el papel de las creencias y las expectativas, son desplazadas por preocupaciones prácticas y urgentes. A pesar de la posición de los defensores de los RCT, aún cabe preguntar si las ganancias de contar con hechos duros, con evidencia empírica, compensan la pérdida de la teorización. Una cosa es no poder tener respuestas definitivas y completas; algo del todo diferente es ni siquiera intentar buscarlas por cuenta del carácter dinámico y complejo de los procesos de desarrollo. Hirschman les concede un lugar central a la incertidumbre, la ambigüedad y la paradoja; se trata de características centrales de cualquier pensamiento social y precondiciones para el debate ciudadano, para lo que él llama "la voz", un componente indispensable en la democracia y para el desarrollo. Con el fin de diseñar y poner en práctica incluso pequeños proyectos, la comprensión es indispensable. La comprensión y el conocimiento son condiciones necesarias para la transformación y el cambio social. En otras palabras: la observación pura es insuficiente cuando no hay filtro para ordenarla e interpretarla. Los RCT pueden alimentar una forma de ingeniería social contraria a los objetivos mismos del desarrollo.

Voz y agencia

Este posible efecto, aunque sea no intencional, le da nueva actualidad a la posición de Hirschman. En vez de ver a los individuos como beneficiarios potenciales o receptores pasivos de políticas específicas, los presenta como agentes potenciales de cambio. Los fenómenos microeconómicos de la pobreza y el subdesarrollo lo llevan a acercarse a los estudios sobre la naturaleza humana y la interacción entre economía y política. De esta manera pudo avanzar en dos puntos fundamentales: la ingeniería social puede constituir una amenaza para la liberad individual, fin último del desarrollo en una sociedad democrática, y las intervenciones, incluso en nombre del empoderamiento y de la libertad, pueden mostrar las rigideces del liberalismo poniéndolo al mismo nivel de cualquier discurso totalizante sobre la planificación social. La ingeniería social parece ignorar tanto las consecuencias no intencionales como buena parte de la influencia de las creencias y las expectativas. Incluso si se supone que los individuos reaccionan a incentivos, predecir sus acciones y aquello que perciben como incentivos ha mostrado ser bastante impreciso a la luz de desarrollos y descubrimientos en psicología y, más recientemente, en economía comportamental. Hirschman no olvidó que la sociedad no es un tablero de ajedrez, y por más que un "hombre de sistema" quisiera controlarlas, las piezas tienen sus propias motivaciones privadas. La ingeniería social en nombre de las reformas liberales puede ser muy contradictoria. Considerar las intervenciones exitosas como recetas olvida este tipo de reflexiones. La metodología de los RCT puede afirmar su independencia de cualquier posición ideológica, pero la creencia en recetas puede verse como tal. Decidir cuáles intervenciones evaluar, cómo poner en práctica el experimento, qué mecanismos estudiar y a cuáles preguntas responder al interpretar los resultados no requiere solo evidencia empírica; es necesario ejercer algún tipo de criterio. Hirschman es muy crítico frente a los riesgos de la ingeniería social, bajo la forma de conocimiento de expertos.

Se trata de una reflexión ética de Hirschman. Una dimensión ética que esta metodología puede estar perdiendo de vista (Barret y Carter, 2010; Reddy, 2012). Los experimentos sociales apoyados en diseños experimentales tocan individuos y su forma de vida. Sería necesario, al menos, que los individuos participantes estuvieran del todo conscientes de cualquier posible riesgo asociado con la intervención y que no sufrieran daño alguno durante su participación. Más aún, los individuos deberían tener el derecho de decidir si quieren o no participar. Pero este consentimiento informado iría en contra de uno de los propósitos de los RCT porque no habría forma de saber si los individuos que saben estar participando en un experimento actuarían de la misma manera si no lo supieran (Barret y Carter, 2010). No informar a los individuos puede verse como una elección entre "tratar a los individuos como agentes con voluntad […] contra tratarlos como sujetos manipulables" (Barret y Carter, 2010, p. 520).

Promover una estrategia de desarrollo de abajo arriba implica reconocer un lugar central para la agencia, el aprendizaje y la organización colectiva. La calidad de las instituciones y las actitudes y creencias individuales son de primera importancia en cualquier política de desarrollo. La gente no responde de manera puramente mecánica y uniforme a los incentivos (Reddy, 2012). Uno de los puntos centrales de Hirschman es subrayar la importancia de las aptitudes y habilidades mentales para discutir, apoyar, promover y comprender políticas públicas. El desarrollo, según Hirschman, es un fenómeno endógeno y en tanto las actitudes no cambien y la "fracasomanía" domine, ningún programa, política o intervención generará una transformación social duradera.

La metodología de los RCT parece pasar por alto este elemento cuando sostiene que la evaluación de una intervención en un lugar, con todos los controles y las precauciones, permite inducir y generalizar su efectividad. El intento de replicar la metodología de las pruebas médicas en políticas públicas ha sido criticado incluso por quienes reconocen los méritos de esta aproximación (Allen, 2013). La amplia variación en el contexto social y la idiosincrasia de los receptores y beneficiarios potenciales hacen que la pregunta no sea ¿qué funciona?, sino ¿qué funciona para quién y en qué circunstancias? (Allen, 2013). Esta pregunta parece más cercana a los proyectos y la estrategia de Hirschman6. La observación analítica, como este la plantea, debería fundarse en observaciones y evidencia empírica, pero con una manera de sistematizar e interpretar esa evidencia. Se trata de una discusión teórica y epistemológica antigua sobre qué cuenta como evidencia, en particular al tratarse del comportamiento humano.

La evaluación de impacto del tipo RCT depende de manera importante de los tecnócratas y su conocimiento particular. Hirschman es, como se anotó arriba, muy crítico de los expertos; no solo porque tienden a ignorar los detalles, la idiosincrasia y en este caso el panorama, sino también por su inclinación a ignorar otros tipos de saberes y conocimientos, de evidencias y discursos, además de utilizar un lenguaje ininteligible para los ciudadanos comunes. Los expertos tienden a reducir y simplificar, a veces más allá de algo reconocible, y a perder de vista las consecuencias no intencionales que generan nuevas tensiones y desequilibrios, verdaderas fuentes y oportunidades para el desarrollo.

En su época Hirschman criticaba las fórmulas universales resultado de los grandes diseños7. Hoy se podría extender su crítica a "la pretensión de que hay regularidades cuasiuniversales y observables detrás de la conexión entre insumos y productos [que] corresponde a una aproximación ingenieril estrecha a la causalidad en asuntos sociales" (Reddy, 2012, p. 71, traducción propia). Este estilo de aproximación no logra incorporar las preguntas de economía política asociadas con cualquier política, programa o proyecto de desarrollo. En este sentido, la preocupación de Hirschman sigue vigente, pues la economía del desarrollo puede perder de vista las interacciones entre economía y política, entre las esferas pública y privada. Por consiguiente, al tratar a los individuos como sujetos, como consumidores inertes, se minimiza su papel como ciudadanos activos.

DE EXPERTOS A CIUDADANOS

Sin duda, esta es la última lección y quizá la más valiosa que deja Hirschman: los ciudadanos como agentes de su propio cambio. Los expertos y los miembros de las poblaciones objetivo tienen una característica fundamental en común: son ciudadanos y como tales pueden participar en el debate público e influir en las decisiones que los afectan. Las recomendaciones técnicas no se convierten ni directa ni espontáneamente en políticas y no siempre tienen los efectos esperados, sino consecuencias inesperadas. La economía política es un asunto fundamental y el debate público no se puede evitar de manera impune.

Los debates democráticos permiten construir reputación, confianza y apoyo para las políticas públicas y las instituciones. Estos debates también se alimentan de los conflictos y las tensiones. El estado propio de una sociedad democrática y pluralista no son el orden y la armonía, sino las crisis y los conflictos (Hirschman, 1995). Su habilidad para promover, aprender y controlar el conflicto, de manera que no se vuelva violento, es un signo de su vitalidad y estabilidad y de sus posibilidades (Hirschman, 1995). La economía tiene problemas para entender el conflicto. La relación entre mecanismos políticos y de mercado, entre la voz y la salida, de este movimiento pendular entre lo privado y lo público, necesita más que los instrumentos y los análisis de los economistas.

Las sociedades cuentan con tres mecanismos para que los ciudadanos hagan conocer sus opiniones y sus preferencias. Hirschman (1970) los llamó salida, voz y lealtad. La salida, en principio asociada al mercado, ocurre cuando los consumidores dejan de comprar un producto, pero también puede ocurrir cuando los ciudadanos abandonan su comunidad política. Puede verse como una acción voluntaria en la que los consumidores castigan al productor o los ciudadanos votan con los pies. Pero también puede reflejar exclusión o decisiones inducidas como en el caso del exilio o de los movimientos subversivos. La voz es el principal mecanismo de participación en la arena política y ocurre cuando los consumidores o los ciudadanos expresan verbalmente su insatisfacción mediante demandas, protestas, manifestaciones o huelgas. Por último, la lealtad se presenta cuando los consumidores o los ciudadanos continúan comprando o participando sin que importen la calidad del producto, las instituciones o la situación. Cada uno de estos mecanismos de participación tiene su espacio privilegiado, el mercado o la política, y son más o menos frecuentes según las circunstancias. La estabilidad democrática y la existencia de un debate fructífero dependen de una combinación de los tres mecanismos.

Como es de esperarse en Hirschman, no hay una fórmula única para combinarlos. No obstante, en sus escritos sí parece lamentar la creciente inactividad de la gente como ciudadanos y la disminución en el ejercicio de la voz, de la mano con consumidores cada vez más inertes que llegan a privilegiar la lealtad sobre la salida. Aún si parece existir un movimiento pendular en la historia, Hirschman cree en promover la voz. Por medio de estos mecanismos de participación, es posible inducir la vigilancia y comportamientos deseables acordes con la eficiencia y la estabilidad (Hirschman, 1970).

Las interacciones sociales y específicamente las interacciones sobre el mercado fuerzan a los individuos a adoptar comportamientos estratégicos como en juegos dinámicos y, por lo general, tienen lugar en ambientes alejados de las características de la competencia perfecta. En consecuencia, el resultado de las elecciones individuales pueden ser pérdidas de bienestar e ineficiencias. Con el fin de superar estas situaciones, la salida, la voz y la lealtad desempeñan un papel fundamental. Es decir, si los precios no pueden transmitir información completa y correcta, no pueden funcionar como señales para guiar las decisiones individuales; por tanto, la información debe circular por otros mecanismos. Si bien la salida está más asociada con decisiones económicas, puede ser una opción frente a los riesgos de violencia relacionados con los costos crecientes de la voz. Si los individuos deciden dejar de participar en las decisiones políticas y en el debate democrático, la calidad de las instituciones caerá y los gobernantes dejarán de ser responsables y de rendirles cuentas a sus ciudadanos. Esto es un resultado indeseable en el que el sentido de pertenencia, la solidaridad y el espíritu público tienden a desaparecer, socavando los valores sociales y la cohesión. Hirschman no aprueba la completa privatización de la vida pública y es consciente de los riesgos existentes cuando la libertad de los modernos llega a dominar todas las interacciones sociales.

El declive de la voz y el incremento en la salida se puede relacionar, según Hirschman (1979), con dos fenómenos. El primero es la frustración asociada al voto y, el segundo, la creciente privatización de la felicidad. Por una parte, en democracias liberales modernas, la mayoría de los individuos solo participan en política en los días de elecciones, lo que hace de la vida política un asunto lejano, y en un sistema mayoritario, la minoría puede sentir que perdió su voto o incluso la mayoría puede terminar desilusionada con el candidato elegido. Por otra parte, como lo pone Hirschman, la vida de supermercado se está imponiendo en todos los ámbitos sociales con la extensión de las relaciones comerciales y monetarias. Los consumidores pueden satisfacer sus preferencias prácticamente cuando quieran dada su restricción, lo que no pasa con los ciudadanos. Esto puede llevar a un creciente desinterés en la vida pública y comunitaria, reduciendo la participación y, por consiguiente, el apoyo a las iniciativas públicas.

Así, la baja participación en política en sociedades democráticas de mercado puede responder al exceso de compromiso que lleva a la frustración de expectativas y a las pocas oportunidades de participación en democracias representativas (Hirschman, 1979). Si los individuos se involucran en actividades políticas pueden resultar frustrados con los resultados, bien sea porque no promueven los cambios que esperan o porque traen transformaciones indeseadas. De igual manera, la gente empieza a asociar política con corrupción y cierto grado de opacidad, por lo cual llega a considerar que el costo de oportunidad de su participación es demasiado alto, sin contar con que si los individuos solo participan con su voto, se vuelven por completo anónimos y tienen exactamente el mismo peso que los demás votantes, lo que puede generar la impresión de que las instituciones son incapaces de reflejar la intensidad de sus demandas (Hirschman, 1979).

En consecuencia, los individuos utilizan menos la voz. Su declive puede llevar al deterioro de la vida democrática, pues implica la ausencia de comunicación entre grupos en apariencia sin relación. En estas circunstancias, la intolerancia puede convertirse en la actitud predominante entre ciudadanos (Hirschman, 1991). Con el fin de preservar el debate democrático es necesario hacer esfuerzos por reconocer y entender al otro y, en particular, el fenómeno de la reacción. Estos esfuerzos permiten comprender el cambio social y toda la violencia y la incertidumbre asociada con este cambio, por lo que resulta una comprensión central en los procesos de desarrollo. Un cambio que implica la interacción de intereses en conflicto, por lo cual las políticas, proyectos y decisiones de desarrollo necesariamente implican más tensión y enfrentamiento. Ciudadanos alertas y vocales, capaces de escuchar y de entenderse entre sí de manera respetuosa, son esenciales para que la democracia puede hacer frente a estos desafíos (Hirschman, 1995).

Todas estas cualificaciones del debate público y democrático muestran que Hirschman en su obra considera la voz un arte que necesita cultivarse para lograr sustituir la reacción mecánica de la salida, para involucrar a los individuos en el debate público y, por consiguiente, en la discusión de cualquier política, incluso las de desarrollo. En este sentido en particular se pueden entender las políticas de abajo arriba, que involucran a la comunidad como gestora de su propio proceso de desarrollo. De esta manera se evita la frustración asociada a la "fracasomanía", fruto de la desconfianza de las políticas impuestas desde arriba, resultado de las recomendaciones de expertos lejanos.

En general, Hirschman apoya no solo una voz informada, capaz de participar de manera conocedora y constructiva en el debate democrático, sino que también cree que existe un lugar para los intelectuales, a quienes incita a ir más allá de las fronteras disciplinarias. Esto es algo que él mismo practica: convencido de que la economía es insuficiente para captar los problemas del desarrollo y entenderlos, va más allá de sus límites y establece diálogos con pensadores presentes y pasados de muchos campos. El desarrollo no es un asunto privado para expertos; se trata de un emprendimiento público para ciudadanos alertas. Es un proceso que requiere liderazgo, pues en algún momento se deben tomar decisiones para superar la inmovilidad y la inercia. Este liderazgo solo se puede asegurar con instituciones de calidad.

OBSERVACIONES FINALES

Albert O. Hirschman es un pensador original para su tiempo y el actual. Fue capaz de pensar más allá de las fronteras disciplinarias y de cuestionar los conocimientos adquiridos. La transgresión y la subversión son palabras que reivindica (Hirschman, 1995, 1998). Representan no solo un reto, sino ante todo una invitación; una manera de repensar y reevaluar de manera permanente ideas y teorías establecidas y aceptadas; una forma de crítica para construir nuevas percepciones y hacer nuevas preguntas.

La observación analítica marca su aproximación a la teoría del desarrollo y lo lleva a ver las complejidades asociadas con los mecanismos de participación, los incentivos y las consecuencias no intencionales. Creía que la historia y, en particular, la de las democracias de mercado, estaba marcada por un movimiento pendular que lo llevaba a favorecer el posibilismo sobre las soluciones prefabricadas. Favoreciendo proyectos de abajo arriba, propuso su estrategia para el desarrollo como la búsqueda de eslabonamientos productivos, capaces de descubrir recursos y habilidades ocultos o mal utilizados. El desarrollo depende más de actitudes, creencias y expectativas que da combinaciones óptimas de factores, o del crecimiento del ahorro o de la inversión. En este sentido, Hirschman es un pionero en el paso de la redefinición del crecimiento al desarrollo económico.

Por tanto, los ciudadanos se convierten en los protagonistas de sus propias historias de desarrollo, en vez de ser vistos como receptores de políticas diseñadas por expertos. La voz de Hirschman reclama mayor participación ciudadana y un lugar apropiado y controlado para el análisis especializado de expertos. En vista de las recientes tendencias de la economía del desarrollo, su voz es bienvenida. Si se quiere evitar ser objeto de la crítica formulada hace más de un siglo por Buchez, que hablaba de los reformadores de su época, no son la inducción y la casuística las que permitirán entender mejor las dinámicas y los mecanismos del desarrollo.

Hirschman aparece como un pensador moderno al presentar la razón no solo como la manera de hacer inteligible la realidad, sino también al ver el carácter performativo de las ideas. Se involucró en conversaciones con otros, pasados y presentes, y discutió cómo las ideas podían modelar la realidad y transformarla. Ayudó a explorar la pregunta que debería ocupar un lugar central en la economía del desarrollo: ¿qué nos hace humanos?

Abordar esta pregunta requiere transgresión y subversión; comprometerse en discusiones difíciles y a veces violentas. Pero su lección es que si la gente asume su responsabilidad y si su destino en realidad está en sus manos, en vez de esperar soluciones prefabricadas se necesita un debate informado. El nivel del debate democrático aumentará con educación y conocimiento de ideas. Esto redundará en mejores instituciones. Si la voz ha de tener un papel preponderante en lugar de la salida, las democracias requieren ciudadanos participativos. El debate democrático no debería depender de la fuerza de las voces en disputa, sino de discusiones informadas que pueden conducir a más tensión en vez de a consensos.

Es posible que la lección de este pensador suene utópica, en especial para países en vías de desarrollo de ingresos bajos y medios, pero es allí donde se encuentra el reto que Hirschman identifica en el desarrollo: encontrar y cambiar las causas endógenas de la pobreza y del subdesarrollo, empezando con las habilidades, actitudes, expectativas y creencias de sus ciudadanos.

NOTAS AL PIE

1 A pesar de la influencia de Gerschenkron en el pensamiento de Hirschman, este consideraba que su caracterización del desarrollo europeo no se aplicaba a América Latina. Esta región, en vez de encontrarse en un proceso discontinuo, parecía estar en uno gradual, con poca guía o participación del Estado, especialización en bienes de consumo en lugar de bienes de capital, y sin una tendencia clara hacia arreglos monopolísticos o una clase gobernante industrial (Ocampo, 2008, pp. 44-45).

2 Después de su primera experiencia y varias visitas posteriores al país, Currie decidió radicarse en Colombia. Recibió la ciudadanía en 1958 y murió en Bogotá en 1993. Para un recuento reciente de su vida e ideas, ver Montenegro (2012).

3 La exposición de Banerjee y Duflo (2008) permite contabilizar alrededor de setenta investigadores y doscientos cincuenta experimentos en el mundo en los primeros años del siglo XXI.

4 Agradezco a uno de los evaluadores de la revista por esta referencia, que permite ubicar los RCT en un movimiento mayor dentro de la economía empírica.

5 Banerjee y Duflo (2011) reivindican su aversión a las grandes preguntas como una pérdida de tiempo y de recursos. Su idea es que algo debe hacerse de manera inmediata para aliviar la pobreza. Hacer preguntas como ¿cuál es la causa última de la pobreza? ¿qué tanta fe deberíamos tener en el libre mercado? ¿es buena la democracia para los pobres? ¿tiene algún papel la ayuda externa? nos llevan en la dirección equivocada. Nótese la manera como se formulan las preguntas, dando la impresión de que son poco precisas o rigurosas. Esta parece una manera pobre de caracterizar las preguntas teóricas.

6 En palabras de Harrison (2011, p. 634): "Cuando se imponen ciertas instituciones a sujetos, y se tabulan ciertos resultados, no implica que los resultados interesantes para el experimentador sean los mismos que para los sujetos. Y, lo más crítico, correr experimentos de campo obliga a estar conscientes de la manera en que los sujetos se seleccionan a sí mismos en tareas e instituciones basadas en sus propias creencias sobre los resultados".

7 Incluso si la metodología de RCT existía en el momento (Harrison, 2011), Hirschman se concentró en la tendencia dominante de las grandes teorías.


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