1. Introducción
José Padilla no nació en 1778, no respondía al nombre de Prudencio y no existe evidencia de que fuera originario de la Villa de Pedraza ni de que su madre hubiera sido indígena y su padre mulato. La biografía de Padilla está llena de conjeturas, de narrativas hagiográficas y de textos que están a mitad de camino entre la historia y la literatura. Los trabajos sobre esta persona se han caracterizado por reproducir una serie de pasajes anecdóticos y episodios de la vida política y privada del mencionado personaje que hoy por hoy se asumen como ciertos. Lo anterior ha ocurrido -muy al estilo de la historia oficial1- con la poca o nula referencia de material de archivo o documentación primaria que sustente debidamente los acontecimientos escritos sobre el periplo vital de Padilla.
En la historia colombiana, José Padilla es el único personaje naval del periodo fundacional que ha captado la atención de la historiografía nacional2. Sin embargo, curioso resulta que Padilla no esté tan presente en la memoria de los colombianos y que su trayectoria de vida no seduzca tanto a la investigación profesional y académica. En consecuencia, la biografía de Padilla ha quedado en manos de literatos3, de escritores entusiastas y del paroxismo de la crónica institucional militar4. Esta situación ha producido y reproducido una cadena de mitos sobre la vida de Padilla, en especial, sobre sus primeros veinticuatro años (1784-1808). Un periplo que, precisamente, se caracteriza por carecer de evidencia documental sobre el personaje en cuestión.
Ante la ausencia de trabajos que se dediquen a realizar un estudio de la biografía de Padilla a partir de un rastreo y análisis minucioso de fuentes primarias, los escritos que tratan la vida de este marino -al menos, hasta sus veinticuatro años-han recurrido a citar publicaciones biográficas más antiguas que, a su vez, han basado sus argumentos en ocurrencias literarias y/o en suposiciones narrativas5. Todo esto ha contribuido a ensombrecer la historia de José Padilla, un personaje cuyo periplo vital resulta provechoso para realizar una lectura menos criolla (aristocrática) y «desde abajo»6 de los procesos iniciales de la instauración republicana y de la configuración del Estado-nación en Colombia.
Esta seguidilla de obras que se han citado de manera sucesiva sin reparar en la fiabilidad del origen de la información que exponen ha caído en una práctica desprevenida que he denominado aquí como 'citación negligente'. Tal citación o justificación de ideas que adolece de sospecha metodológica cae en el confort de la paráfrasis, pasando por alto el sentido de la duda y el ejercicio de contrastación que es consustancial a la historiación crítica, sobre todo, cuando a las fuentes se refiere. Adicionalmente, este tipo de citación es negligente porque repite de manera despreocupada, compulsiva e ingenua lo que proponen otros autores, obviando todo cuidado en la puesta en circulación de palabras ajenas que alimentan las propias. La citación negligente, al igual que la omisión de referencias, limita los objetivos fundamentales de toda cita, léase: preservar las formulaciones originales, ampliar el contexto de referencia, proporcionar una fuente de información adicional, cuidar la solidez de los argumentos y difundir planteamientos auténticos, adecuados y depurados7.
La idea de la citación negligente se inspira en la preocupación de Pentti Routio por la negligencia (descuido) e indiferencia (desinterés) de los autores académicos frente a la crítica de fuentes, en especial, por el análisis cruzado de datos y el escrutinio interno de la información. Routio plantea que es bastante común entre los investigadores admitir lo que dicen otros autores sin someter lo publicado a nueva validación. Esto lleva a que aserciones falsas y/o hechos incomprobables queden validados en un «continuum de credibilidad».8
La biografía de José Padilla ha sido objeto de la citación negligente, lo cual ha reforzado los mitos9 que se han tejido sobre su historia de vida. Tal práctica ha contribuido a justificar hechos improbables y relatos infundados que se han divulgado y replicado desde el siglo XIX. Esto ha provocado una reproducción consecutiva y sostenida de invenciones ficticias sobre la procedencia, juventud e identidad de Padilla, que han alimentado los argumentos de numerosas publicaciones, las cuales han generado una sensación de bastedad sobre el conocimiento de su trayectoria de vida. Una situación que ha derivado en un doble problema: por un lado, ha reforzado argumentos de autoridad que carecen de base documental y, por otro, ha disimulado los vacíos historiográficos que suelen atraer a nuevos investigadores. En estas circunstancias, la historia de Padilla, puntualmente la de su origen y procedencia, ha sido una sábana de retazos que, solo con algunas excepciones, ha logrado hilarse al margen de la narrativa oficial y de la citación negligente10. Así las cosas, Padilla ha sido perfilado como un prócer naval por versiones biográficas que se basan en testimonios cuya probidad es objeto de duda.
De esta manera, tanto la ausencia de estudios minuciosos sobre las dos primeras décadas de vida de Padilla como la presencia de escritos biográficos basados en la citación negligente constituyen una oportunidad para hacer un cuestionamiento al ejercicio historiográfico. Pese a ello, este artículo no se restringe a hacer un balance de antecedentes o un repaso bibliográfico de Padilla, el trabajo pretende descubrir y reconstruir parte de la vida del referido marino a partir de fuentes primarias consultadas en fondos históricos y en compilaciones documentales.
En términos más específicos, el presente texto analiza la historia de vida de Padilla, tomando como referencia los años que van entre 1784 y 1808, pero concentrándose en los orígenes geográficos, el nacimiento y nombre, y la extracción social del sujeto estudiado. Cabe señalar que se ha seleccionado este periodo porque encierra una de las etapas de la vida de Padilla que más ha padecido de continuas y significativas lagunas documentales. Y esto facilita la observación de la citación negligente en la tradición biográfica. Es de notar que solo hasta 1815 Padilla logró ser un personaje notable en las esferas política y bélica de la Nueva Granada, tras la captura de la fragata española Neptuno y, por tanto, la mayor cantidad de evidencias escritas que se encuentran sobre él suelen datarse entre el año mencionado y 1828, fecha de su asesinato. De tal modo, este artículo se enfoca en hacer una revisión documental del periodo más desconocido de la trayectoria de Padilla. Esto con el propósito de contrastar las versiones bibliográficas existentes con los registros hallados en los fondos del Archivo General de la Nación (AGN, Colombia).
Como resultado de la contrastación señalada, este estudio sostiene que la historia de vida de Padilla, sobre todo en sus dos primeras décadas, ha sido objeto de una recreación narrativa que, ante la carencia de evidencias de archivo, se ha construido a partir de falacias argumentativas, de la creatividad literaria y de un ejercicio de fundamentación irreflexivo que aquí se ha conceptualizado como citación negligente. Así, pues, el periplo vital de José Padilla sirve de pretexto para teorizar sobre un problema historiográfico. Esto en la medida en que es llevado a cabo un descubrimiento temático e histórico del personaje en cuestión, a propósito de su biografía.
2. Nacimiento y procedencia geográfica
¿Cuándo nació, de dónde provenía y cuál era la extracción social de José Padilla? Esas son algunas incógnitas que resultan convenientes para abrir la discusión planteada en este artículo. En palabras de Gregorio Cerrá, primer biógrafo conocido de Padilla y quien aseguró haberlo distinguido en persona, el nacimiento del marino en cuestión ocurrió el 19 de marzo de 1778 en Riohacha11. Lo anterior fue planteado por Cerrá en un escrito de no más de veinte páginas que elaboró en 1871 y en el cual no incluyó fuente alguna para justificar lo relatado. Puede que lo dicho por el autor haya sido una ocurrencia personal o algún rumor que reprodujo al asumirlo como cierto. No obstante, al margen de cualquier suspicacia que pudiera generar lo planteado por Cerrá, el 19 de marzo de 1778 fue una fecha ratificada y repetida sin objeciones por biógrafos posteriores12. Sobre el asunto, en 1921, el autor Enrique Otero D'Costa aclaró, en una nota a pie de página que el año de nacimiento de Padilla probablemente era 1784 y no 1778. Esto, asegurando que Padilla en su declaración del 26 de septiembre de 1828 manifestó tener 44 años. Además, Otero D'Costa añadió que el capitán de la Royal Navy Charles Cochrane, a su paso por Cartagena de Indias en abril de 1824, indicó que Padilla tenía 38 años13. Haciendo deducciones, la primera anotación apunta a que el año de nacimiento de Padilla fue 1784, mientras que la segunda advierte que fue 1786. Al realizar la respectiva revisión documental es posible corroborar que José Padilla expresó tener 44 años el 26 de septiembre de 1828, cuando rindió indagatoria por su presunta participación en una conspiración14 contra Simón Bolívar15. Del mismo modo, al examinar el memorial del capitán Cochrane, es posible subrayar que lo planteado por Otero D'Costa está respaldado por documentación histórica16. Sin embargo, no ha sido posible establecer a ciencia cierta cuál fue el día y el mes preciso del nacimiento de Padilla. Esto, debido a que no se ha logrado hallar la partida de bautizo del referido individuo en los archivos parroquiales y nacionales.
A pesar de lo anterior, biógrafos de la década de 1970 como Helión Pinedo, Jesús Torres Almeida y Enrique Uribe White admitieron que Padilla nació el 19 de marzo de 178417. Ello, justificando la ocurrencia de Cerrá con respecto al día y el mes, y avalando la corrección hecha por Otero D'Costa en relación con el año. Así las cosas, si bien el 19 de marzo no está respaldado por testimonios de primera mano, la mencionada fecha ha sido confirmada por la historiografía como el día del nacimiento de Padilla. En consecuencia, desde el ámbito oficial fue establecida la celebración del natalicio de Padilla el 19 de marzo de cada año. Y en esa misma línea la Armada Nacional de Colombia institucionalizó la fecha señalada como el día para conmemorar el aniversario de su máximo héroe naval.
Otra inconsistencia, a propósito de la procedencia de Padilla, se ha presentado alrededor de la determinación de su lugar de nacimiento. En 1970, Helión Pinedo manifestó como una novedad biográfica que Padilla había nacido en la San Carlos de Pedraza y no en la ciudad de Riohacha18. San Carlos de Pedraza era un asentamiento ubicado al sureste del puerto riohachero, pasando el Río Ranchería, en la ribera de una quebrada llamada Pedraza19. Para sostener lo dicho, Pinedo se basó en las anécdotas e historias que le relató su bisabuela, quién, según él manifestaba, «conoció a José [...] [Padilla] de vista, trato y comunicación»20. El testimonio oral que recabó Pinedo fue sumamente valioso, pues añadió un nuevo tipo de fuente de información que alimentó la recreación histórica de la vida de Padilla. Sin embargo, Pinedo no tomó los datos obtenidos con precaución y difundió con toda confianza lo narrado por el presunto testigo de los hechos. En ese escenario, no hubo lugar para la crítica documental y, por ende, la fuente oral no fue confrontada con otras evidencias para verificar su fiabilidad y adecuación. Tal omisión pone en cuestión la credibilidad de las referencias biográficas difundidas por Pinedo, en especial, cuando la documentación de archivo demuestra que el mismo Padilla afirmaba ser de Riohacha.
Tanto en el acta matrimonial de Padilla del 9 de febrero de 1809 como en su declaración indagatoria del 26 de septiembre del 1828, quedó constancia que él era natural de Riohacha21. El ya citado capitán Cochrane subrayó también, en su relación de viaje publicada en 1825, que Padilla era oriundo de Riohacha22. Adicionalmente, Padilla, en carta que le envió a Francisco de Paula Santander para solicitarle un permiso a su cuñado Rafael Zúñiga23, dejó expresado que el hombre por el que él intercedía «es pariente político mío, natural de Riohacha, mi país natal»24.
Hasta donde la documentación ha permitido observar, las personas que rodearon y conocieron a Padilla sabían que él era procedente de Riohacha. El 28 de marzo de 1828, fueron publicados dos folletos en Cartagena de Indias, titulados «El Calamar» y «A la impostura y la intriga, la justicia y la verdad». Estos folletos tenían como propósito presentar una defensa de Padilla frente a las acusaciones que pesaban sobre él por conspiración y por haber apoyado el 29 de febrero del mismo año, según la justicia provincial, un amotinamiento que atentó contra la máxima autoridad del departamento de Magdalena: el general Mariano Montilla. Por parte de varios allegados, en esos folletos le fue destacado un amplio pliego de honores a Padilla, a quién denominaban allí como un notable «hermano que nació en el Río de la Hacha»25.
Ante lo que muestra la documentación, pareciera casi un hecho probado que Padilla era de Riohacha y no de Pedraza, pero queda abierta la duda de si Padilla y los contemporáneos que escribieron sobre él se referían en específico a la ciudad de Riohacha o a la provincia que tenía el mismo nombre26. Claramente, todo apunta a que Padilla era de la gobernación riohachera, sin embargo, queda abierta la incógnita sobre si el personaje en cuestión era originario de la capital homónima de dicha gobernación o de algún poblado de la misma jurisdicción como era el caso de la Villa de Pedraza. Sobre lo último, exceptuando lo contado por Pinedo, no hay evidencia sólida. Así que, a partir de los datos disponibles, por ahora lo más acertado es decir que Padilla nació en Riohacha en el año de 1784.
3. Nombre y extracción social
El nombre de Padilla también ha sido transformado por cuenta de las ocurrencias bibliográficas que con ayuda de la citación negligente se han perpetuado a lo largo del tiempo. De allí, la adición de 'Prudencio' al nombre de pila de Padilla. Esta agregación nominal es una invención biográfica, cuya primera mención logra rastrearse hasta la obra de Leónidas Flórez, quien publicó en 1919 una recopilación de eventos sobre la participación de las fuerzas navales patriotas en la guerra de Independencia27. A partir de esa obra comenzó a reconocerse a Padilla como José Prudencio. Posteriormente, en 1957, Carlos Delgado Nieto publicó un trabajo literario con tinte de novela histórica que tuvo bastante acogida entre los lectores de la época. Dicho escrito reprodujo lo afirmado por Flórez y, a lo largo del texto, procedió a referirse a Padilla como José Prudencio28. Esto ayudó a crear una fijación narrativa y, por tanto, una afinidad colectiva por la idea de que José Padilla tenía por segundo nombre el de Prudencio.
Más tarde, Torres Almeyda, citando la novela de Delgado Nieto como único fundamento, agregó que a José Padilla le habían colocado el nombre Prudencio en honor a su abuelo. Un hombre que, según el mismo Torres, era procedente de África y había formado hogar en la isla de Santo Domingo. Lo anterior es afirmado por el referido autor sin citar fuente alguna29. No obstante, Torres admite que el uso del nombre Prudencio ha sido un tema controversial y que quizá este bautismo nominal que recibió Padilla por parte de sus biógrafos fue una especie de recurso enunciativo que resultó conveniente para distinguir al personaje en cuestión de su hermano menor José Antonio30. Esto explicaría por qué autores como Marriaga31, Pinedo, Uribe White y el mismo Torres Almeyda, en publicaciones posteriores, continuaron hablando de José Prudencio con total naturalidad y desparpajo.
Como quiera que sea, el nombre Prudencio endilgado a José Padilla no tiene sustento documental. De hecho, el político José Manuel Restrepo32, uno de los primeros y más reconocidos cronistas del llamado proceso de independencia, y que fue testigo en primera persona del ascenso político y militar de Padilla, jamás se refirió a él como Prudencio33. Además, Simón Bolívar y Daniel O'Leary (el edecán de Bolívar) siempre llamaron en sus comunicaciones al individuo que nos ocupa: José Padilla. Situación similar ocurrió con los oficiales que comandaron las campañas militar-navales de la costa Caribe neogranadina y que fueron contemporáneos de Padilla, caso de Pedro Briceño, Carlos Soublette, Rafael Urdaneta y el mismo Mariano Montilla34. De igual modo, Padilla regularmente firmó su correspondencia y los papeles oficiales que pasaban por sus manos con la siguiente rúbrica: J. Padilla35. Ello incluso omitiendo su apellido materno: López, el cual ha sido posible conocer gracias a su partida de matrimonio36.
En caso de que Padilla hubiera portado un segundo nombre, cabe la posibilidad de que este hubiera sido María, pues en un fragmento del periódico Argos de la Nueva Granada, publicado el 26 de marzo de 1815, se refirieron al individuo objeto de análisis como José María Padilla. En esta nota del rotativo editado en Cartagena de Indias fue difundida la noticia de cómo Padilla, al frente de una escuadrilla de lanchas cañoneras, dio captura a la fragata española Neptuno. Una hazaña que sacó a Padilla del anonimato y lo puso a figurar en el escenario político. No obstante, cabe la posibilidad que el nombre complementario «María» fuera producto de un error de digitación en el referido rotativo. Esto se deduce del hecho de que Padilla en ningún otro documento fue llamado así.
Por lo demás, otros asuntos problemáticos sobre el origen de Padilla han sido su extracción social y su ascendencia afromestiza. En la versión biográfica oficial que presentó el autor Otero D'Costa, el padre de José Padilla, Andrés Padilla, era de estirpe africana, mientras que su madre, Luisa López, provenía de los indios guajiros. Otero aseguró que Padilla era de origen humilde37, de baja instrucción y de apariencia bronceada38. Para justificar lo dicho, el autor no cita documentación alguna, pero sí anexa al final de su texto la transcripción de un relato que pudo obtener en los primeros lustros del siglo XX de Pedro Martínez, un sobrino senil de José Padilla. En dicho relato, Otero copió que Padilla era de «piel [.] más bien amarillenta que prieta y su pelo más tiraba al indio que al africano. [Él] Tenía en la cara una cicatriz que le cruzaba frente y mejilla proveniente de una herida que recibió en un abordaje que llevó a cabo en el Orinoco39. Por tal causa, el ojo izquierdo quedóle [sic] un poco apagado».40 Con lo anterior, Otero D'Costa cae en una contradicción. Al tiempo que subraya que Padilla era de tez bronceada, destaca en el testimonio anexo que su piel no era oscura.
El biógrafo Víctor López pareció obviar la contradicción de Otero y ratificó que los progenitores de Padilla eran humildes. No obstante, López evitó pronunciarse sobre la posible procedencia africana del padre de Padilla, pero sí añadió que este era de Sabanalarga y que tenía como oficio el de constructor de embarcaciones menores. Lo último, sin referenciar de dónde provino la información41. Por otra parte, Pinedo, autor cuyo trabajo se basó en una fuente oral, sostuvo que el padre de Padilla no era descendiente de africanos y que la madre era de ascendencia indígena. Marriaga y Torres Almeyda fueron un poco más allá, puesto que sostuvieron que la madre de Padilla, Luisa López, era hija de españoles, fruto del matrimonio entre Casimiro López y Florentina de Luque, peninsulares que habían llegado a la gobernación de Riohacha en 1762 junto al capitán Bernardo Ruiz Noriega, fundador de la Villa de San Carlos de Pedraza42. Estos argumentos resultan bastante convincentes y parecieran esclarecer el origen geográfico y familiar de Padilla, sin embargo, para justificar lo dicho, Torres se limitó a citar a Marriaga, en tanto que Marriaga no proporcionó fuente alguna. Así que todo lo mencionado quedó en el terreno de las conjeturas.
Lo que ha quedado expuesto líneas atrás revela una de las principales características de la citación negligente. En la citación de esta naturaleza, quien escribe va reproduciendo febril y desprevenidamente lo dicho por otros autores, a la vez que va añadiendo nuevos detalles a la historia sin reportar de dónde salió información. Ocurre también que una misma idea es compartida por varios autores, pero como no se citan entre sí y no notifican la fuente original, tal idea pasa de una versión a otra, de un autor a otro, sin que pueda hallarse con facilidad el responsable inicial del acierto o desacierto historiográfico. En este sentido, la citación negligente se manifiesta como una práctica de acción y omisión, como una dinámica de presencia y ausencia de cita, donde los fundamentos argumentales quedan continuamente en suspenso.
Los investigadores académicos y los historiadores profesionales tampoco se han salvado de caer en la citación negligente. Este ha sido el caso de Aline Helg, una historiadora suiza de amplia y reconocida trayectoria, quien reprodujo de biógrafos como Uribe White, Torres Almeyda y Zapata Olivella que Padilla era «de padre negro dominicano» y madre india guajira, por lo cual, Helg dedujo y adicionó que la progenitora de Padilla era wayúu43. Todo ello sin aportar material de archivo ni desconfiar de las afirmaciones de los autores citados.
4. Postura frente a los adjetivos raciales
Así las cosas, desde la lectura bibliográfica, la citación negligente complica establecer si en realidad José Padilla tenía ascendencia africana, indígena y/o española. Otero D'Costa, por ejemplo, definió a Padilla como «un hombre de color»,44 Marriaga lo declaró un «negrito desgraciado»45, Torres Almeyda, por su parte, bautizó a Padilla «el mulato»,46 en tanto que López lo catalogó como «un hijo del trópico»47. Ante la variedad de versiones, el biógrafo Uribe White trató de confrontar a los principales autores que habían abordado la cuestión. Uribe, buscando dar mayor claridad sobre el asunto, citó el fragmento de un documento transcrito por el compilador Urueta48, en el que Padilla señalaba que él había sido clasificado como «pardo»49 durante el periodo virreinal50. En dicho documento, cuyo original en letra de imprenta reposa en el AGN (Colombia), Padilla expresó en el marco de una disputa que mantuvo entre 1823 y 1824 con el capitán de navío Renato Beluche51 que este último «por su color creo que no pertenece a la clase que se llama de pardos en tiempo de la tiranía y a la que correspondí, a esta clase que se llamaba ruin, baja, obscura y a la que se apellidaba con todos los dicterios ignominiosos»52.
Adicionalmente, Padilla sentenció lo siguiente en un panfleto que publicó en noviembre de 1824: «yo no pertenezco a las antiguas familias, no traigo mi origen de los Corteses, los pizarros ni de los feroces españoles que por sus atrocidades contra los [.] indios, su rapiña, su usura y su monopolio amontonaron riquezas con que compraron nuevos abuelos»53. Padilla afirmó esto en respuesta a una carta anónima que fue hecha pública en Cartagena de Indias y que lo acusaba de «inmoral» por separarse de su esposa, Pabla Pérez, para permanecer en concubinato con otra mujer, Anita Romero, hija de Pedro Romero, el acaudalado y afamado artesano mulato de Cartagena54. Padilla dedujo que la carta acusatoria había sido escrita por algún miembro de la aristocracia portuaria, por eso, decidió defender el buen nombre de Anita agregando que: «todo el mundo sabe la clase a la que ella pertenece y el deseo de vejar y degradar a esta clase [...] porque nada han hecho a su favor [.] con repugnancia general [.] [estos] fieles servidores de la patria yacen en el olvido, en el desprecio y en la miseria»55. En líneas posteriores del mismo panfleto, Padilla acentuó la rudeza de sus palabras y pronunció una suerte de ultimátum contra el patriciado que lo señalaba y subvaloraba. En tal ultimátum, Padilla recalcó: «yo no temo a su cliente porque la espada que empuñé contra el rey de España, esa espada con la que he dado a la patria días de gloria, esa misma me sostendrá contra cualquiera que intente abatir mi clase, y degradar a mi persona»56.
Este panfleto, con el que Padilla buscaba poner en evidencia la hipocresía de la élite cartagenera y denunciar su fuerte apego a las tradiciones de la colonia, puso en alerta a la aristocracia blanca (criolla) de la República57. Tanto así que lo escrito por Padilla llegó a oídos de Francisco de Paula Santander y Simón Bolívar. Desde Perú, Bolívar preocupado por el tono beligerante del panfleto le envió una carta a Santander en la que anotaba que debía tomarse como un problema de Estado «el espíritu que [Padilla] tiene con respecto al Gobierno y al sistema [.] no para dar palos, sino para tomar medidas que eviten en un futuro desastres horrorosos [.]. La igualdad legal no es bastante para el espíritu que tiene el pueblo [.]; y después querrá la pardocracia58 [...] [el] exterminio de la clase privilegiada»59.
El panfleto de Padilla terminó alimentando la desconfianza política contra su persona y marcó el inicio de una progresiva marginación y persecución que lo llevó a finales de 1828 a ser encarcelado y, posteriormente, ejecutado en Bogotá. No obstante, este documento permite dimensionar la proximidad y consideración que pudo tener Padilla hacia los sectores afromestizos. Hay que dejar en claro que ni en la contestación a Beluche ni en el panfleto de 1824 Padilla se identificó abiertamente como pardo, tampoco se declaró un orgulloso representante de dicha casta, ni un protector o vocero de este sector social. Para Padilla, las adjetivaciones raciales eran rezagos de la jerarquización colonial que iban en contra de los principios de la república60. Una vez la dominación española retrocedió, la racialización y segregación del periodo virreinal continuaron vívidas en la mentalidad de los criollos61 y aristócratas, quienes consideraban inferiores a los ciudadanos que tuvieran menor ascendencia y apariencia europea. Esto en contravía de la igualdad defendida por el nuevo orden republicano62, un orden en el que, como decía Pedro Acevedo, «no hay ya [.] castas, no hay colores, no hay sangre menos noble que otra sangre; toda fue de héroes al correr mezclada en defensa de la patria inundando los campos de batalla, y todo será igual para recibir las recompensas de la virtud, de la ilustración y del valor»63.
El disgusto de Padilla estaba precisamente allí. La perpetuación de estructuras e imaginarios coloniales restauraba socialmente el antiguo régimen y mancillaba los valores republicanos, echando por la borda todo el sacrificio realizado para construir un nuevo orden. Bajo los estándares políticos de la república, todos eran ciudadanos sin importar su procedencia. Por eso, Padilla subrayó en su respuesta al capitán Beluche que él había sido catalogado como pardo en tiempos de tiranía, circunstancia que lo asoció con la bajeza y la ignominia64. Lo que más le molestaba a Padilla era que, después de haberse consagrado los derechos y las libertades ciudadanas65, le siguieran recordando su otrora categoría racial de pardo para relacionarlo con el descrédito y restar valor a sus méritos. No por nada, Padilla lanzó fuertes pullas a la élite cartagenera diciéndoles lo siguiente:
[...] que sensible es mi corazón contemplar que los sacrificios que he hecho por mi Patria, y que me han adquirido el alto grado que obtengo, sean motivo de celo, de la rabia y del negro odio con que me miran [...] minan el santo edificio de la libertad y de la igualdad del pueblo para [...] sustituir a la formas republicanas [por] las de sus antiguos privilegios y la dominación exclusiva de una pequeña y miserable porción de familias sobre la mayoría de los pueblos66.
En este sentido, hasta donde la documentación ha permitido observar, Padilla no se mostró muy a gusto cuando le evocaron su antigua condición de pardo, pero de lo que sí no hay duda es que Padilla incrementó su simpatía por la población «de color» y se fue concientizando cada vez más de la situación desfavorable que vivía este sector, aún después de haberse instituido la igualdad republicana. Tal infortunio era debido a la discriminación social y política que sufrían los habitantes afrodescendientes y que el mismo Padilla experimentó a lo largo de su vida, incluso teniendo alta gradación militar y gozando de la admiración nacional67.
Sin embargo, hay que agregar que Padilla no se sentía igual o al mismo nivel de sus congéneres, él alegaba que, por su servicio a la patria y sus logros militares, merecía un rango superior, así como la correspondiente distinción y el respeto debido. Ello independientemente de su origen social68. No obstante, cualquier desprecio o señalamiento que recibía Padilla de miembros de la aristocracia, él lo interpretaba como una ofensa contra todos los afromestizos «y, por extensión, contra la república en cuya construcción ellos habían participado más que los blancos de la élite»69.
En función de lo anterior, la idea de que Padilla se reconocía así mismo como pardo es un desacierto historiográfico70 en el que han caído sistemáticamente desde los primeros biógrafos71 hasta los académicos contemporáneos72. Esto a causa de la citación negligente y de deficiencias en la crítica de fuentes. No cabe duda de que Padilla tenía ascendencia afro, pero, como ya se ha expuesto, él estaba en desacuerdo con el uso de las categorías sociorraciales de la colonia. De hecho, el documento que ha sido mayormente citado para justificar que Padilla aceptaba y defendía su condición de pardo es una declaración que rindió el capitán panameño José María Goytia ante un tribunal cartagenero por el alzamiento popular ocurrido en marzo de 1828. Ese alzamiento tuvo como uno de sus protagonistas a José Padilla. En ese contexto, Goytia declaró que Padilla le había manifestado que él «era pardo y yo también»73. Esto quiere decir que el calificativo de pardo estuvo en boca de otra persona y no en la del mismo Padilla.
Así como Goytia aseguró que Padilla era pardo, en agosto de 1823, en su relación de campaña, el capitán Cochrane apuntó que Padilla era «de color mixto, de la casta de indio y africano llamada zambo»74. Lo mismo señaló el general venezolano Juan Manuel Valdés, quien, en abril de 1828, cuando recién asumía como gobernador de Santa Marta, afirmó que el general «Santander, valiéndose para capitanear del zambo general Padilla, quien a la cabeza del pueblo destituyó las autoridades»75. Ello haciendo de nuevo alusión a los tumultos sucedidos en Cartagena en marzo de 1828.
Pardo o zambo fueron los epítetos que acostumbraron a emplear los oficiales criollos y blancos para nombrar o describir a Padilla. Tal hábito incomodaba a este último, pues dichos calificativos eran usados con una carga despectiva, los adjetivos raciales tenían el propósito de recordarle a Padilla una supuesta inferioridad que ningún logro militar o mérito político podía subsanar. Y eso enfurecía a Padilla, pues atentaba contra el espíritu de la república y el mismo sentido de la lucha independentista. Por eso, en julio de 1823, cuando un capitán criollo le recriminó a Padilla su origen para desautorizar su proceder en las costas de Maracaibo, él respondió: «no comprendo el espíritu de estas expresiones ni sé que conexión tengan en el presente [...] pero yo me abstengo de toda reflexión sobre este particular porque es una cuerda que al tocarla como que es la que más afecta mi corazón, mi físico todo se resiente»76.
En conclusión, Padilla encajaba dentro del modelo estereotípico de los mal llamados sectores 'de color' y así lo veían sus contemporáneos, pero él no se identificó o auto reconoció como pardo porque ello iba en contravía de los ideales liberales que defendía. Además, no ha sido posible corroborar que el abuelo de Padilla fuera un africano instalado en Santo Domingo ni que su madre proviniera de un grupo indígena o tuviera sangre española, ni tampoco que su padre fuera un artesano de ribera afrodescendiente. La condición de humilde o pobre con la que ha sido relacionado Padilla también puede ponerse en duda. Esto porque Padilla sabía escribir muy bien y solía dirigirse a sus superiores y detractores con buen dominio del lenguaje. Tanto en el régimen virreinal como en los inicios de la república, instruirse e incluso aprender a leer y escribir era un privilegio que muy pocos podían pagarse, lo cual induce a pensar que el sujeto en cuestión no hacía parte de las capas más empobrecidas. No obstante, el trabajo de escribir una carta, un informe o un panfleto podía encargarlo Padilla a un escribiente a cambio de unos pesos y esto desmontaría cualquier sospecha sobre su humilde procedencia. Aunque llama poderosamente la atención que ninguno de los malquerientes de Padilla lo hubiese acusado de ignorante, torpe o vulgar con el fin de desacreditarlo. Esto hubiera sido un buen pretexto para denigrar de su persona. Como quiera que sea, todo lo mencionado queda bajo un manto de duda, toda vez no hay información que ratifique o desmienta lo afirmado.
5. Conclusiones
Este trabajo ha hecho dos aportes fundamentales. Por un lado, ha realizado una contribución temática sobre la vida de Padilla, a partir de la revisión bibliográfica que, a su vez, estuvo acompañada por la consulta de fuentes primarias y de documentación de archivo. Este ejercicio simultáneo de análisis ha permitido poner en evidencia la dudosa probidad de algunos postulados biográficos y, de paso, ha posibilitado conocer más sobre el origen geográfico y social de José Padilla, así como su posicionamiento frente al uso de las categorías raciales coloniales a principios del siglo XIX. Otra de las contribuciones del presente estudio ha sido la proposición del concepto citación negligente como un medio para comprender de qué manera han sido construidas narrativas y personajes históricos sin más fundamentos que la cita febril, la creatividad transitoria y/o la repetición de ocurrencias con omisión de referencias. La citación negligente ha producido una bibliografía que mistifica y, por tanto, desinforma sobre los actores y las tramas históricas. Esto termina estableciendo falsas certezas que asisten a la invención de perfiles heroicos y a la caracterización de próceres.
Analizar la biografía de Padilla ha servido de pretexto para entender que la citación negligente es ocasionada principalmente por tres factores: uno, la escasez y deficiencia de información a la que accede el autor, dos, el protagonismo de las fuentes secundarias sobre las primarias para la fundamentar el escrito y tres, la omisión o el reducido empleo de la crítica de fuentes. Al parecer, entonces, la citación negligente está relacionada con un desconocimiento o descuido metodológico, aunque el conformismo heurístico y la baja curiosidad del investigador también podrían influir de manera relevante.
Cabe aclarar que este trabajo no pretende condenar a la historiografía no profesional ni a sus autores, quienes escribían con finalidades distintas a la investigativa y sus motivaciones narrativas no siempre estaban sintonizadas con las expectativas académicas. La idea no es caer en el anacronismo de reprocharle a los escritores y entusiastas por la historia de no ser lo suficientemente rigurosos en el aspecto metodológico, cuando se sabe de ante mano que su pretensión estaba más inclinada a la divulgación. Sin embargo, lo que sí busca este artículo es hacer dos llamados de atención: primero, que los textos «clásicos» y/o elaborados por autores no profesionales deben ser sometidos a escrutinio, especialmente si van a ser empleados para sustentar argumentos y planteamientos en trabajos de investigación. En segundo lugar, el artículo hace una advertencia a los historiadores y profesionales de las ciencias sociales para que cuestionen lo escrito por otros y no den por sentadas sus formulaciones, aunque estén bien escritas y adornadas con pies de página. El gran problema no es que autores del siglo pasado hayan reproducido ideas objetables sin desparpajo, sino que la historiografía profesional en la actualidad continúe haciéndolo simplemente porque la citación negligente resulta conveniente, tentadora y confortable.
En ese sentido, la citación negligente genera una percepción selectiva, a través de la cual quien narra los eventos, reproduce las ideas que le satisfacen y que le confirman sus motivaciones y pensamientos previos. Esto sin reparar en la fiabilidad de la información que utiliza, la cual difunde bajo un sesgo de conformidad y sin la mayor prevención metodológica. Con este tipo de citación, los autores repiten y dan nueva vigencia a ideas cuestionables. Adicionalmente, los escritores le van agregando nuevos detalles a los acontecimientos sin que estos cuenten con fuente que los avale. Así pues, la citación negligente constituye una práctica de acción-omisión, donde la reiteración de relatos infundados va ensanchándose con la progresiva aparición de nuevos enunciados que no reportan evidencia documental. Esto termina construyendo una fijación lingüística en el público lector, quien termina asumiendo como verdades incuestionables los mitos y las aparentes certezas históricas que fueron elaboradas con base en la citación negligente.
En definitiva, esto da pie a un encubrimiento historiográfico, es decir, a la proyección de lo mismo bajo un rostro de novedad. Por eso, precisamente, este artículo utilizó en su título la palabra 'descubriendo', dado que buscó 'des-ocultar' la vida de Padilla que ha estado bajo las palabras de sus biógrafos de cabecera. De allí, la pregunta por el origen. Una pregunta que no tiene como objetivo principal encontrar el principio o la esencia preservada de las cosas, ni mucho menos hallar una imagen exacta de Padilla. El abordaje del origen pretende destapar las discordias que aparecen al revisitar el comienzo o, en términos más concretos, desenmascarar los fundamentos negligentes de la historia escrita para poder escuchar a la Historia.
Hay que dejar claro que la mayoría de los textos escritos sobre la vida de Padilla fueron elaborados con una finalidad divulgativa y no como trabajos académicos. Esto como parte de la conmemoración de aniversarios y evocaciones oficiales sobre el personaje. En ese escenario, un grueso de la producción bibliográfica sobre Padilla no fue realizada bajo los criterios de la escritura profesional que hoy se concibe. Esto halla su explicación en el hecho de que los textos, sobre todo, los elaborados entre finales del siglo XIX y finales del XX, obedecían a las posibilidades de historiadores aficionados y respondían a las expectativas de un destinatario inexperto. No obstante, tal característica de la tradición biográfica sobre Padilla no la excusa de haber acuñado infundios históricos bajo un continuum de credibilidad. Y la citación negligente ha ayudado bastante en ese proceso. Ello es así porque esta clase de citación frena la renovación de conocimientos previos, limita la comprensión profunda de los eventos, imposibilita el escrutinio de la producción escrita y crea marcos textuales frágiles que terminan marchitado la claridad y probidad de los argumentos historiográficos.
Los estudios sobre la citación han solido estar en manos de la cienciometría y la bibliometría. Esta situación ha reducido la comprensión de las dinámicas de citación a indicadores y proyecciones métricas que dicen poco sobre las relaciones e interacciones que caracterizan a dichas dinámicas. La citación puede ser un tópico valioso para entender las sociabilidades científicas, la legitimidad de los saberes, la transmisión cultural, el capitalismo cognitivo, la gestión del conocimiento, entre otros temas que no solo incumben a los saberes sociales y a los estudios de la información, sino también a todas las ciencias y formas de saber que hacen uso de la cultura escrita como medio de conocimiento y difusión de ideas.
Lastimosamente, por cuestiones de espacio, en este artículo no fue posible tratar los inicios de la trayectoria naval de Padilla. Una trayectoria donde también hay una amplia gama de ideas con escasa probidad documental que ayudan a entender mucho más el fenómeno de la citación negligente. Para dar algunos ejemplos, es oportuno mencionar que Padilla nunca tuvo el rango de almirante, su gradación fue militar y murió cuando ostentaba el cargo de general de división. Asimismo, no existe evidencia de que Padilla hubiera sido grumete, marinero o suboficial de la Armada Española entre 1798 y 1811. Por consiguiente, no hay prueba alguna de que Padilla hubiera combatido en la Batalla de Trafalgar de 1805. Al revisar los libros de los barcos que operaron en esa batalla, al igual que los reportes de tripulantes, capturados, muertos, heridos y liberados después del acuerdo entre los gobiernos español e inglés, no aparece por ninguna parte el marinero de Cartagena de Indias José Padilla. En los libros y expedientes sobre Trafalgar que reposan en AGM77 y AMN78 de España solo registra un Padilla; sin embargo, este era un contramaestre de origen ibérico. Las deducciones que pueden hacerse a partir de lo mencionado son múltiples, pero ello quedará para un próximo estudio.















