La historia del anarquismo en las primeras décadas del siglo XX en Colombia, ha despertado un interés inusitado en los últimos años. Tesis de grado, compilaciones de textos y libros publicados, parecen advertir un nuevo momento en el análisis de una corriente política polifacética y esquiva en su tratamiento. Gracias a las nuevas incursiones, investigadores y lectores han podido ahondar en aspectos de un pasado en el que sobresalen asuntos como las trayectorias de sus exponentes (educadores, periodistas, agitadores) y la difusión del anarquismo en conexión con los procesos organizativos obreros y populares impulsados en distintas ciudades y regiones del país. Sin duda, hay avances historiográficos sobre el tema, aunque aún hay mucho por investigar.
El libro del historiador Julián David Granados Sanabria es un ejemplo del interés que se relieva. Lo que comenzó como una tesis de grado, se transformó en una publicación en formato de libro, con un tratamiento ampliado del tema, en particular, de aspectos como el papel de algunos extranjeros en la difusión del pensamiento y accionar ácrata en la década de 1920. El libro, cuyo título y portada tienen un dejo de proximidad con la obra del español Carlos Taibo (Anarquistas de ultramar), está organizado en tres capítulos, precedidos de una introducción y acompañados, al final de unas conclusiones. En la introducción, el autor establece unas coordenadas de sentido útiles para entender los argumentos y el tratamiento de las fuentes de información que, en gran medida, corresponden a informes elaborados por la policía secreta, siempre habida de neutralizar a los «enemigos del orden». La idea de una historia conectada, tomada de Ivana Margarucci, estudiosa del fenómeno anarquista en naciones del sur del continente, inscribe la revisión del anarquismo en un plano que pretende superar los marcos del estado nación. No obstante, el autor reconoce la importancia de los factores locales (como la geografía y la cultura), en la difusión y arraigo del anarquismo en el territorio colombiano. Aquí es clave la operación analítica que permite ligar la historia del anarquismo con el rio Magdalena, la principal arteria de comunicación interna y de contacto con el mundo en aquellos años.
Cada capítulo analiza las actividades que desempeñaron extranjeros anarquistas en Colombia. Pese a que, por diversas razones, el fenómeno de la inmigración no tuvo las mismas dimensiones que registraron otras naciones del subcontinente americano, hubo en el país un movimiento de población extranjera que, a la postre, tuvo efectos en la economía, la política y la cultura. Así, el primer capítulo analiza la presencia del peruano Nicolas Gutarra y sus actividades en y con la Liga de Inquilinos de Barranquilla, una organización orientada a encontrar soluciones al problema de la vivienda para sectores de origen popular. La ciudad aparece aquí como el escenario natural para la difusión del anarquismo, debido a su relación estrecha con el rio Magdalena y su proximidad al mar. Como advierte el autor, a su arribo a Barranquilla, Gutarra ya era un anarquista consumado, con habilidades en la oratoria y una experiencia reconocida en acciones de masas (el boicot, por ejemplo) en su país de origen y en Chile. Cierto es que su estadía en la capital del Atlántico configuró un hecho novedoso, como fue la presencia de extranjeros revolucionarios en la costa Caribe y su participación en organizaciones sindicales y populares.
El segundo capítulo centra la atención en el griego Evangelista Priftis y su papel como organizador y agitador en la destacada huelga de bogas en la cuenca alta del rio Magdalena, en 1925. Antes de arribar a Colombia, en 1924, Priftis había deambulado por Chile, Bolivia, Perú y Ecuador, en donde estableció relaciones con expresiones anarcosindicalistas. Como ocurrió con Gutarra, Priftis replicó su experiencia en Honda, Girardot, Aipe y Neiva, ajustando sus pretensiones a las particularidades locales. Que Priftis mantuviera un intercambio epistolar con personas del credo anarquista en Ecuador, Colombia y su natal Grecia, recrea la forma como concebía su labor política. En Colombia, la comunicación que Priftis sostuvo con «camaradas» y anarquistas (por ejemplo, con Ignacio Torres Giraldo y con los editores del periódico El Socialista) le permitió establecer una red de conexiones en las que fue común su reivindicación de la solidaridad de clase. Promover valores como la camaradería y la solidaridad, precisamente, daba cuenta del papel de las emociones que Priftis quiso involucrar en la lucha política para dar sentido a una idea de comunidad («República Proletaria») que excedía los marcos tradicionales de la nacionalidad.
El tercer capítulo indaga las actividades en Colombia del español Juan García y del italiano Filipo Colombo. Cada uno ingresó al país en años diferentes (1925 y 1926, respectivamente), siguiendo un itinerario que, en su condición de mercachifles, los condujo separadamente a ciudades y pueblos hasta encontrarse en Bogotá. A diferencia de Gutarra y Priftis, de García y Colombo hay pocas referencias biográficas. Al momento de su captura, en Tuluá, portaban cartas de recomendación de anarquistas bogotanos del grupo Pensamiento y Libertad y de otras personalidades, como Juan de Dios Romero, lo cual da a entender que Colombo y García eran reconocidos en ciertas expresiones obreras y revolucionarias del momento. A pesar de la dificultad para encontrar huellas del pensamiento y acción de los dos extranjeros en Colombia, el libro recrea la discusión que sostuvieron con el Grupo Libertario de Santa Marta, en 1926, a propósito de tesis relacionadas con la organización de los obreros y la puesta en práctica del ideal libertario. En el caso de Juan García, indica el autor, este «representó un ala del movimiento anarquista que consideraba a la práctica intelectual como un medio suficiente para la propagación del anarquismo», sin considerar necesario «compartir sus ideas con otras corrientes políticas e ideológicas».1 Quizá allí radique la razón para entender la frágil presencia de los dos anarquistas en el escenario público, caso contrario a lo ocurrido con Gutarra y Priftis, quienes se desenvolvieron en escenarios de confrontación social sin descuidar el relacionamiento con otros sectores políticos.
A partir del cuestionamiento a la tradicional forma de reconstruir la historia del anarquismo (por compartimentos nacionales), y de la mano con los enfoques transnacionales, Granados Sanabria logra poner el estudio del anarquismo colombiano en un lugar especial. En ese sentido, son varios los aportes de la publicación que merecen ser destacados. Por ejemplo, la demostración de que los casos abordados de los anarquistas extranjeros marcan un proceder local con conexiones internacionales que fue más común de lo que se cree. La consulta de los procesos judiciales de los «extranjeros perniciosos» que reposan en el Archivo General de la Nación, le permitió al autor establecer, precisamente, la existencia de redes que conectaban distintas experiencias internacionales vinculadas al ideal anarquista. Esa perspectiva es útil para reconocer las prácticas y formas de pensar de los militantes anarquistas. Algunas referencias consignadas en el texto lo ponen de presente. Por ejemplo, la moderación en público de Gutarra en Barranquilla, «pudo ser una práctica aprendida en su experiencia como agitador en los países latinoamericanos por los que transitó».2 En cambio, el valor que Priftis supo encontrar en la camaradería y la solidaridad de clase permite entrever el papel que le otorgó a las emociones políticas, concibiéndolas como indispensables para animar entre los trabajadores navieros del rio Magdalena el ideal de una «República Proletaria» de dimensiones internacionales.
De igual manera, en el libro se resalta la tesis -ya advertida en otras investigaciones- de la importancia de la comunicación en la difusión del ideario anarquista. Al respecto, no debe perderse de vista que «gracias a las comunicaciones y a las inmigraciones trasatlánticas, (...) el anarquismo cobró especial impulso y echó solidas raíces, dando lugar a un proceso inédito de organización y crecimiento inigualados».3 En ese sentido, Granados Sanabria destaca el papel de los periódicos y, especialmente, de la epístola, en la labor de promover redes de conexiones a nivel trasnacional y local. Los periódicos, al igual que las cartas, iban y venían constantemente, lo que permitió concebir una imagen acortada del mundo entre las «redes de militantes», a la vez que amplió el mapa mental de la acción política.
Finalmente, otro aspecto que se menciona en la obra tiene que ver con la modernización del servicio de policía secreta orientado a garantizar el orden interno de la nación. La historia del anarquismo y de las corrientes revolucionarias, en general, tiene esa otra cara (la de la neutralización técnica y jurídica del «enemigo»), que suele permanecer oculta. El sistema de seguimientos a quienes eran considerados como «sospechosos», fue complejizándose con el paso de los años. Precisamente, el autor evoca el caso de la toma de huellas de Priftis y su comparación con las del fugitivo Harry Fairbanks, para resaltar el alcance del refinamiento de los procedimientos policiales. Al respecto, señala Granados que «la comparación de las impresiones dactilares con fugitivos buscados internacionalmente fue una estrategia que intentaba frenar la propagación del anarquismo por los países latinoamericanos y que sería frecuentemente utilizada en los países del cono sur».4 Este asunto guarda relación con otro de similar importancia: las representaciones del miedo en la sociedad colombiana de aquella época. Así, el temor a la Rusia bolchevique dio forma a dispositivos de control (Ley 74 de 1926 y Ley 48 de 1920, por ejemplo) que pretendían ahuyentar del país a inmigrantes de ideologías revolucionarias, algo que debió tener efectos a largo plazo en la estructura sociocultural y económica del país.
La reconstrucción de las relaciones trasnacionales y nacionales que promovieron anarquistas como Gutarra, Priftis, García y Colombo a su paso por Colombia, en la primera mitad del siglo XX, es el principal aporte del libro de Granados Sanabria. Por esa vía, y pese a la precariedad de las fuentes de información de que se disponen, el libro logra posicionar otras formas de estudiar la historia del anarquismo, en particular, aquella que conecta las dinámicas que ocurrían en Colombia con lo que se manifestaba en otros países de la región. Precisamente, la conclusión a la que llega el libro es que el anarquismo colombiano de aquellos años difícilmente puede desconectarse de procesos que tenían relación con la misma corriente política y acontecían en otras naciones del continente y del mundo. Por las razones advertidas en esta reseña, para finalizar, puede referirse la investigación de Granados Sanabria como una novedosa incursión historiográfica que deberá ser de obligatoria consulta para quienes se interesan en estudiar el tema del anarquismo en Colombia y sus manifestaciones discursivas y prácticas en la Colombia de las primeras décadas del siglo XX.














