Introducción
“¿Cuánto tiempo es para siempre? −A veces, sólo un segundo”
Alicia en el país de las maravillas. Lewis Caroll
Alicia estudió pedagogía y va todos los días a trabajar a su escuela con niños de cuarto grado de la provincia de Guantánamo en Cuba, región donde vive y trabaja. Su vida personal y profesional está marcada por dos hechos: la usurpación de un trecho de territorio de la bahía convertido en base militar y prisión de Estados Unidos, que es posible incluso ver por la ventana de su escuela, y el bloqueo impuesto por Estado Unidos a la isla desde 1961, en donde muchas de las necesidades modernas de insumos, como las computadoras o el internet, son escasos.
Pero Guantánamo y su comunidad son algo más que efectos de una actitud criminal de aislamiento imperial; dentro de su historia rural y su cultura hay un paisaje singular, una naturaleza pródiga y una ancestral y nueva población, además de la reconocida precocidad laboral de sus habitantes, sus formas de ser y su entorno provinciano que constituye un florilegio de expresiones y esfuerzos colectivos que dignifican el trabajo agrícola comunitario, la escuela y la cultura popular.
A través de los ojos de Alicia se desenvuelve la rutina escolar, los niños y la escuela. ¿Cuáles son las aspiraciones cotidianas de sus pequeños alumnos y de ella para el futuro? Ajena a la modernidad tecnológica, las redes sociales y la parafernalia de las plataformas, los juegos virtuales y los videos electrónicos, Alicia cuenta historias a los niños y escucha las que ellos le narran de sus padres y abuelos. Aprende con ellos la majestad de los números y las letras, y la vida escolar transcurre como si el tiempo se hubiera detenido. Viejas historias y costumbres que datan seguramente de la época colonial y del siglo XIX son contenidos que emocionan a los niños. Si uno se detiene en las imágenes y representaciones que aparecen con las descripciones de Alicia, se percibe una gran riqueza pedagógica nacida de las necesidades, la parsimonia, la condición infantil que no sabe de celulares ni videos, pero que es una infancia que corre, canta y baila, juega en los viejos columpios del patio, narra con regocijo sus aventuras entre ellos e identifica cada uno de los árboles y de los pájaros que abundan.
Este trabajo es una breve evocación de la vida de una maestra joven, en donde sus palabras nos permiten comprender el valor del anónimo esfuerzo educativo de ella y de sus alumnos en esa región aparentemente apartada del mundo moderno.
Advertencia
Sin más experiencia académica que su trabajo cotidiano en una escuela semirrural, la maestra Alicia jamás había escrito un trabajo de investigación ni había utilizado ningún aparato crítico ni lo que se le parezca para redactar. El trajín de su vida con niños, que son todos hijos de sus vecinos, es su materia de trabajo, y ahí vuelca toda su razón de ser, pero cuando se soltó escribiendo y empezó a narrar por escrito su vida propia y la de ser docente, un mundo luminoso parecía abrírsele, pues implicaba entrar a una historia que ni por asomo se había imaginado. Redactar una ponencia, participar en un congreso de investigación, aunque fuese de manera virtual, familiarizarse con una jerga de escritura más allá de las consabidas lectura y escritura de sus niños, fue su reto.
Así que la parte sustancial de este texto es su propia narrativa que aparece a partir del apartado: “Mi vida en Guantánamo: mi familia”, en donde fluye su relato, su vena biográfica, sus recuerdos y sus reflexiones en torno a la vida de una maestra y todo lo que sucede a su alrededor. Las referencias a pie de página, los antecedentes y contextos fueron realizados por el otro autor de este artículo, intentando ubicar, contextualizar y ampliar alguna perspectiva respecto a lo que el lenguaje coloquial de Alicia iba decantando. Al final, en el apartado “Una significación involuntaria”, después de lo que aportó Alicia, me he atrevido a tomar de nuevo la pluma para intentar enfatizar la trascendencia de cómo, desde un lugar apartado, muy lejos de la estridencia del mundo moderno, el entorno y el contorno de la vida comunitaria, cultural y personal de Alicia, parece surgir un rango de universalidad en su sencillo relato vivencial.
El enfoque de esta historia se ha apoyado en lo biográfico narrativo3, basado en el discurso cultural del actor o actora biografiados; lo que se llama giro narrativo, para desterrar la mordaza positivista que hacía hablar al narrador bajo moldes rígidos, es decir, con extractos de un discurso acotado. Se trata de que la maestra biografiada actúe con su propia dimensión discursiva individual, la cual estará impregnada de referentes contextuales que ella consciente o inconscientemente aporta4, “vincular texto y contexto, es decir, conjuntar la historia de vida a las características contextuales del cuadro histórico objetivo, en el cual la historia de vida se ha ido desenvolviendo”5.
Guantánamo6
Guantánamo, la capital provincial, fundada en 1796 por inmigrantes franceses que huían de las revueltas de esclavos en Haití, es una provincia dedicada sobre todo a la producción y el comercio de azúcar, café y algodón, lo que ayudó al lugar a ser una región próspera durante los siglos XIX y XX. Como herencia de su pasado podemos ver que se conservan entre las viviendas de la población, algunos edificios pomposos que dan testimonio del esplendor de aquella época, y desde luego rodeadas de vivienda popular semitropical. La cultura y costumbres de sus pobladores originales y luego españoles, están atravesadas por diferentes grupos migratorios que se asentaron ahí en el siglo XIX como grupos haitianos y fundamentalmente jamaiquinos7, lo que le da un tono de sincretismo cultural singular.
Guantánamo está en el sudeste de Cuba, a 965 kilómetros de La Habana, y desde el 2006 es asimismo provincia y capital. La mayoría de sus habitantes viven de la producción de café, de sal, caña de azúcar, cacao y tomate. Por eso, es una ciudad grande, con 250.000 habitantes, lo que la hace la quinta ciudad más grande de Cuba. Ha incrementado su actividad económica debido al Programa de estímulos al Desarrollo local que ya sobrepasa las mil empresas agrícolas, lo que la ha convertido en una ciudad granero y distributiva para toda la isla. Muestra por ello una renovada imagen que se complementa con una vieja ciudad del siglo XIX y sus pueblos circundantes donde en casas típicas viven sus habitantes8. Tiene calles pavimentadas y de piedra, parques, una amplia masa de casas habitación y edificios tradicionales. La vieja ciudad de calles de tierra, que carecía de aceras, de iluminación, donde las casas que había estaban entonces hechas de madera, ha dado paso a una ciudad con gran actividad económica pero donde aún se percibe el ambiente provinciano, con sus barrios y sus costumbres ancestrales9. Desde 1903, parte de su bahía se encuentra ocupada ilegalmente por los Estados Unidos que tiene instalada ahí una base militar y un presidio10.
Entre sus atractivos naturales está elParque Nacional Alejandro de Humboldt,que se encuentra en el norte de la provincia deGuantánamo, lugar extraordinariamente bello, con su naturaleza única y diversa, que fue explorada por Alejandro de Humboldt a principios del siglo XIX, cuyo paisaje natural y étnico lo llevó a redactar su estudio desde un innovador discurso geográfico, antropológico y social11. En 2001 la región fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. La ciudad de Guantánamo, por sus orígenes y variedad étnica y cultural producto del reflujo demográfico resultado de su vocación productiva y social, ha desarrollado una amplia expresión de manifestaciones cultuales y artísticas.
“Además, de ser sede compartida con la hermana ciudad de Santiago de Cuba de la Fiesta del Fuego, la provincia es cuna de varios ritmos musicales como el Changüiy elSon, cuyo origen comparte con Santiago de Cuba. El Nengón, El Kiriba, La Regina Montunera, El Son montuno, El Aeroplano, en esa región nació la guitarra cubana del Son (El Tres cubano) y el bongó”12. Es también lugar de grandes artistas. Entre ellos, Regino Eladio Boti y Luis Lilí Martínez Grinan. Su relativo aislamiento geográfico ha permitido a través de la tradición oral que mantiene de boca en boca, la narrativa de historias locales, familiares y vecinales, que, por desgracia, por falta de cronistas e historiadores no se ha atesorado y difundido. A ello han contribuido sin duda la cultura jamaiquina que se asentó ahí desde el siglo XX. Influencia negra que enriqueció sincréticamente las expresiones familiares, artísticas y desde luego el imaginario colectivo de la ya de por sí cultura festiva y laboriosa del pueblo de Guantánamo.
La historia de vida de Alicia intenta ser una aportación a la recuperación particular y modesta de la historia popular y docente de Guantánamo y de Cuba, para recuperar el día a día de sus recuerdos de la comunidad y su escuela.
Mi vida en Guantánamo: mi familia
Me llamo Alicia Morales Jiménez, nací el 8 de agosto de 1998 nací el 8 de agosto de 1998y tengo hoy, en 2024, 25 años. Soy hija única, estudié la carrera de Pedagogía y ejerzo la profesión en la escuela primaria Daniel Llosas Preval. Soy hija de Ramón Morales Hernán y de Lourdes Teresa Jiménez Valdivia. Mi padre trabajó en una empresa avícola y ya está jubilado; mi madre trabajó en una escuela de auxiliar de limpieza y también está jubilada. La disciplina laboral del trabajador cubano seguramente influyó en mí, pues el trabajo de maestra es siempre esforzado, pues trabajas en la escuela y en tu casa en labores domésticas y escolares; y en el caso de mi madre, ella siempre llegaba más temprano que los maestros y los niños, o salía más tarde, para dejar limpia la escuela. Cuando yo era pequeña, mi madre muchas veces me llevó a su escuela y vi como los alumnos y los docentes la respetaban, aunque era la encargada de la limpieza. Aunque mi madre ganaba muy poquito, servía para completar el gasto junto con el salario de mi padre. En Cuba, o por lo menos en mi escuela, todos los trabajadores se tratan igual, un “¿qué bola?” basta para saludarse afectuosamente. Al ver entonces a alguna maestra parada en el salón y hablándoles a los niños me parecía una ceremonia; esos niños escuchando, sentados en el mesabanco con su uniforme, todo eso me marcó. El bullicio y la organización fueron parte de mi imaginario desde mi más tierna niñez.
Mi infancia
Me crie en la provincia de Guantánamo, en el poblado y municipio de Caimanera13, población pequeña en la zona costera, que queda como a 25 kilómetros de la ciudad de Guantánamo; allí se encuentra una de las mayores productoras de sal de Cuba y Latinoamérica, se llama Frank País. Ahí, en Caimanera, hice el preescolar, de 5 a 6 años; esta etapa aún me emociona porque nunca había tenido muchos niños como yo a mi alrededor. También supe de cerca lo que era tener una maestra, aquellas que veía de lejos cuando mi mami me llevaba a su trabajo. Ahora, la maestra nos explicaba, nos cantaba y nos ponía a trabajar y desde luego nos contaba historias, nos hizo descubrir lo que era la derecha y la izquierda, arriba y abajo; entender lo que era lejos y lo que era más cerca, las primeras palabras escritas y los sonidos. La maestra nos trataba como si fuera nuestra madre y sin regaños nos explicaba por qué no debíamos hacer algo que parecía malo. Yo creo que me inconsciente me hizo que mantuviera en mi memoria la admiración hacia ella y el deseo secreto de ser maestra.
Recuerdo además a mi maestra Graciela, que sabía enseñarnos a leer y escribir, siempre atenta, siempre preguntando: ¿entendieron? Tenía su profe asistente que se llamaba Madelaine, que también nos ayudaba mucho, apoyando a nuestra maestra. Recuerdo que esta profe, asimismo, nos ponía a escribir mucho y luego leíamos para ver si habíamos comprendido. Dibujábamos, anotábamos números, hacíamos muchísimas actividades con palabras y figuras. Mucho lo he olvidado, menos lo que tenía que ver con mi entorno y mis necesidades: nombres, lugares, plantas y flores, climas y sobre nuestro cuerpo.
Nosotros debíamos cuidar muy bien los libros, y aunque muchas veces nos los entregaban nuevos, otras veces trabajábamos con los de otros niños que habían estudiado antes. El pizarrón fue siempre un libro más, a falta de contenidos o nuevos temas, los maestros nos hacían escribir ahí, o los maestros ponían temas o preguntas que íbamos viendo a veces sin el libro.
Del mismo modo, nos enseñaban cómo debíamos alimentarnos bien, adecuadamente, lavarnos las manos; nos explicaban en el pizarrón muchos temas, cuadros donde venían los alimentos que tenían proteínas y otros nutrientes. Nos dictaban recetas que luego debíamos enseñar a nuestra mamá para que nos las prepararan, las cuales estaban compuestas de puras cosas de la región, legumbres y frutos, queso, pollo. No siempre lo había, pero era tal la variedad de cosas que se producían, incluso en casa o en el barrio, que todo nos resultaba sabroso. También nos enseñaban a lavarnos los dientes y sobre la higiene personal14.
Estaba en el jardín de niños cuando sucedió una tragedia para mí: murió mi abuelito Alberto, lloré mucho y vi dramáticamente por primera vez lo cerca que está la muerte. Murió un 28 de octubre… no podía pensar que yo siguiera mi vida sin él…
Desde niña me inculcaron que los Estados Unidos habían establecido ahí ilegalmente una base militar, donde luego habían puesto una cárcel en la cual torturaban a prisioneros políticos. Era, nos decían, un bastión del imperialismo. Términos que como niños pequeños no entendíamos pero que con el tiempo fueron cobrando significación cuando en la escuela supe lo que representaban el imperialismo, una base militar, la tortura15.
Me acuerdo que desde pequeña siempre viví libre, entre la naturaleza y las viejas calles de mi ciudad, calles empedradas que huelen a una ruralidad que se mantenía incólume, tal vez porque es una vieja ciudad que crecía poco en esos años. Era el país de las travesuras, ningún peligro para mí y mis amigos que jugábamos todas las tardes y a veces hasta la noche. Ni atropellamientos ni intoxicaciones, eso sí, a veces accidentes, producto de nuestras chiquilladas subiendo a los árboles, corriendo distraídamente; por ejemplo, tocábamos a las puertas y corríamos, pero en realidad nadie abría; los vecinos sabían de nuestras andanzas y nadie se tomaba la molestia de ir a abrir e indignarse. Otra travesura era en un edificio de apartamentos, donde tomábamos una soga, la amarrábamos en la puerta de un apartamento y con el otro extremo amarrábamos la puerta del otro; así que cuando llamábamos a sus puertas, los vecinos no podían abrir ninguna. Nos reíamos a carcajadas viendo ese desenlace tan cómico. ¡Huy, qué tiempos aquellos! En las huertas particulares nos metíamos a coger mangos y guayabas. Los guardias de esas fincas de árboles frutales nos perseguían y nosotros salíamos disparados, comiendo y cargando las frutas. Es curioso, los guardias nunca nos alcanzaban ni nos atrapaban, hoy pienso que jamás intentaron hacerlo, pues todos nosotros éramos conocidos, éramos los hijos de los vecinos. Había una especie de complicidad en el juego, en la que simulaban perseguirnos. O podría ser también que nosotros éramos veloces como el viento y los señores vigilantes eran personas ya maduras, lentos como para emprender una carrera y detenernos. Todavía hoy, las frutas que se dan en la región son principalmente la guayaba y el mango, que mucha gente cultiva en su casa; también en temporada están la naranja y la lima, el mamoncillo, que es pequeño, de cáscara verde y por dentro tiene una masa anaranjada. La manzana es más escasa porque se da en zonas menos calurosas, pero sí la he comido, en cambio nunca he probado el kiwi ni el durazno. Llegué a comer sandías, llamadas igualmente fruta bomba. También hay mamey. Muchos vecinos venden la fruta que cosechan, afuera de su casa, muy barata. El olor de esos frutos me evoca esos años de infancia.
Qué bella inocencia, ¡éramos felices sin saberlo! Las cosas extraordinarias eran nuestras pequeñas cosas cotidianas. Nada conmovía nuestra vida diaria. Si acaso la muerte de algún abuelo de algún compañero o de algún familiar de mis amigas, o de alguien de la comunidad. Y entonces nuestras pequeñas aventuras cotidianas se interrumpían y las convertíamos en extraordinarias conversando sobre los aspectos secretos del acontecimiento: que había muerto y no podían cerrarle los ojos, que antes de enterrarlo había levantado un brazo o que muerto tenía el miembro erguido ¡Ja ja ja! O que “se salió del parque”16, pero eran charlas entre nosotros los niños, ni una palabra a los adultos; era una vida festiva e inocente.
Siempre estábamos corriendo… Seguramente que el éxito del deporte cubano olímpico ha tenido mucho que ver con esa infancia correlona y además con la práctica rutinaria de los deportes. Jugar y correr… y entonces sudábamos y siempre teníamos sed. No existía ni existe la cultura del refresco17, que fue una costumbre de antes de la revolución. Agua o fruta en agua era nuestro elíxir.
Con el paso de los años ya no he vuelto a ver a casi nadie de mis amigos de entonces; Raulito Hernández y Martita Estrada, mis amigos de aventuras, incluso se fueron del país. Algunos que aún me encuentro son Pepito, Antonio Martínez y Lourdes Quintero, grandes amigos y hoy personas integradas al esforzado trabajo de la ciudad. La ciudad tiene el rostro de lo que ha sido el régimen socialista que nos han repetido desde pequeños: consignas, metas por cumplir. Algunas de ellas siguen siendo creíbles, a otras ya no les encuentro mucho significado por la situación del país. Alguna vez vi un viejo anuncio de la coca cola, refresco que yo nunca probé, aunque aún se vende. En ese entonces era más emocionante comer fruta o tomar los jugos que nos hacían nuestros padres.
El servicio médico es malo. Si bien siempre hay médico y clínicas, constantemente no hay medicinas y muchas veces no tienen recursos ni insumos para operar. Haces el trámite para que te envíen un kit de operaciones, pero tarda mucho. Las farmacias están semivacías. Cuba es una potencia en medicina, pero el bloqueo y la crisis hacen que muchos pacientes mueran por falta de medicinas. Esto es lo más terrible del bloqueo.
Infancia pionera
Siendo ya adulta me vine a enterar de que solo Cuba tiene un programa para la infancia como son los pioneros. La falta de noticias del exterior muchas veces nos aísla18. Cuba lo conserva porque seguimos viviendo en una sociedad que, aunque pobre, anhela la igualdad19. Muchos funcionarios están entregados a servir, enfermeras, médicos, carteros, distribuidores de alimentos, pero también hay intereses individuales y distorsiones en nuestra comunidad, como el que nuestros ingresos sean bajos y muchas veces no alcancemos a vivir bien. Pero yo sigo creyendo que programas como el de los pioneros deben continuarse.
Como la mayoría de los niños, yo fui pionera desde los 6 años, con mi pañoleta roja que lucía orgullosa, pues cuando nos inscribieron obligatoriamente al programa nos dijeron en un discurso que, aunque fuésemos niños teníamos que contribuir a engrandecer la patria, que nosotros éramos la esperanza del país y que debíamos participar20. Yo me sentí importante, pero lo cierto es que nos ponían a trabajar colectivamente, en labores de la comunidad, cosa que finalmente llegó a gustarnos y disfrutábamos lo que hacíamos.
No me había puesto a reflexionar sobre lo que había significado para mí ser pionera desde niña hasta adolescente. Aprendí muchas cosas, principalmente lo que significa ser hermano de todos, aunque no los conozcamos. La palabra solidaridad se traducía en nuestra labor de apoyo a los pobladores, a los ancianos, a las personas débiles y con discapacidad. en valorar la importancia del agua, la vida natural, los animales. Nos ponían a reparar cercas, pasear y educar perritos, pintar casas y rejas como Tom Sawyer. Aprendíamos, según mi maestra, a ser comunistas. Claro, no todos querían ser así, algunos se convirtieron en personas egoístas, ambiciosas, codiciosas, y yo me pregunto: ¿de nada les sirvió ser pioneros? Yo le pregunté eso una vez a mi maestra y me dijo: siempre hay personas insensatas, en nuestro entorno e incluso cuando tienen cierto poder. Pero lo importante es que la mayoría de las personas son buenos vecinos, compadres, comadres, amigos, compañeros que hacen de la amistad el propósito de su vida.
Aún recuerdo a muchos de mis amigos y amigas pioneras, aunque casi no los veo. Cuando nos encontramos, conversamos con entusiasmo de esa vida, nos emocionamos y evocamos ese tiempo de trabajo y diversión tan agradable. Yo creo que todos los niños del mundo son buenos por naturaleza, pero creo que los niños cubanos son de los más solidarios del mundo simplemente porque fueron pioneros. Seguramente por eso me hice maestra21.
Mi escuela primaria22
Recuerdo lo bonita que era la vida de entonces, tenía 6 años. La escuela primaria fue uno de esos momentos más significativos; los mismos compañeros y compañeras que entramos a primer grado, concluimos todo el ciclo23. La escuela se llamaba Wifredo Ponce Cabrera, estaba ubicada en la ciudad de Guantánamo, en el municipio de Caimanera, en una loma, con una escalera larga, muy larga para subir a ella, aunque no era empinada. En el muro de entrada estaba dibujada una palmita muy bonita de metal y un sol con un gallo que nos daba la bienvenida todas las mañanas. La escuela estaba pintada de azul, blanco y verde con ventanales de aluminio y un portón grande.
Los profesores, muy limpios y arreglados, nos esperaban en la puerta de la escuela −era un ritual bonito que no sé si se use en otros países− para asegurarse de que los alumnos llegasen puntuales y con su uniforme, y cuando algún alumno de algún profesor no llegaba, el maestro mandaba a buscarlo a su casa o a preguntar por la razón de su ausencia.
Ya dentro de la escuela, los alumnos nos formábamos en fila por grado o aula para entrar luego a los salones. Se cantaba el himno nacional e iniciaban las clases del matutino escolar. Todos firmes esperando el paso de la bandera para izarla, todos en silencio y después de hacer los honores al lábaro patrio, cantábamos el himno nacional, y recuerdo que nos emocionábamos mucho, era un acto muy serio y solemne. Pasábamos luego a las aulas con cierta algarabía antes de que los maestros nos hicieran guardar silencio. Nunca olvidaré mi primer día de clases, yo estaba feliz puesto que todos los que éramos de primero nos conocíamos. Nuestra experiencia de haber sido pioneros, es decir, de haber asistido desde muy pequeños a actividades colectivas, nos quitó cualquier temor al llegar a la escuela.
No recuerdo que hubiera deserción; los que entrábamos a clases el primer día, nos manteníamos hasta el último, seguramente porque había una estabilidad, que podría llamarse precaria, o porque no había mucha migración en esa época. Ese fenómeno, que en ese tiempo era muy propio de Latinoamérica de los miles que emigran del campo a la ciudad, de los pequeños caseríos a las poblaciones más grandes, no era un fenómeno generalizado acá24. Por lo regular, la gente se queda en donde está y con ella sus familias, por generaciones. Nuestro grupo era muy singular, risas, bromas, pero muy trabajadores por las exigencias de los profesores. Cada semana, una de las tardes se escogía el área de juegos, era algo programado por los profesores, aparte de los deportes que tenían también su día. Los juegos tenían siempre un sentido pedagógico y cultural, pero debían ser divertidos y lo eran, como desarrollar nuestra memoria que nos hacía acordarnos de los nombres y los apellidos de todos los del salón, y los nombres de sus padres, y luego de sus abuelos, y así sucesivamente. Para ello, se hacían rondas, cada alumno decía el nombre de sus padres y luego cada alumno debía decir cómo se llamaban los de todos; era emocionante. Cuando nos habíamos aprendido esos nombres, seguían los de los abuelos, y así continuábamos. También se preguntaba por los nombres de los árboles, flores, plantas, insectos y, si era posible, de las plantas medicinales. En ocasiones, dibujábamos en cuadernos el paisaje que estaba a nuestro alrededor y los maestros nos exigían que conserváramos esos trazos para enseñárselos a nuestros padres y que ellos los guardaran para un que un día nosotros pudiéramos mostrarlos a nuestros hijos y nietos. De esa forma, los maestros iban descubriendo quienes tenían aptitudes para el dibujo o para narrar las historias que nos platicaba nuestra familia. Los profes se preocupaban por estimular esas habilidades innatas. Desde entonces, esta experiencia yo también la uso con mis alumnos.
Lo que más me viene a la memoria son las tardes, para mí eran inmensas en el tiempo, con un cielo azul lleno de nubes con cuyas figuras inventábamos animales o cosas; lo hicimos tendidos en las zonas verdes que circundaban las calles. Eran para nosotros tardes eternas, pero cuando más las estábamos disfrutando, ya oíamos los gritos de nuestros padres llamándonos. Eran tardes de correrías, de juegos y de charlas llenas de regocijo. Los juegos eran emocionantes y divertidos. Siempre que acababa el horario de clases, los profesores nos convocaban a participar en actividades como judo, lucha, beisbol, baloncesto, natación, balonmano. Los maestros de deportes estaban siempre viendo quien podría destacar en algún deporte. Nos decían: ¿quieren viajar?, ¿quieren conocer Cuba o el mundo? Pues practiquen deporte. Y nos emocionábamos, esa era la motivación, viajar, no nos preocupaba mucho el que nos cantaran la letanía de “cuerpo sano y mente sana”. Para mis amigos y para mí, era más atractivo conocer Cuba, pues sus ciudades y lugares están siempre en boca de todos. Hablábamos del mundo solo en la clase de Geografía General o de Historia Universal. Nos parecía un mundo al que jamás podríamos acceder, pues sentíamos que era inalcanzable, ya que las largas pláticas de los maestros sobre el bloqueo parecían querer darnos a entender que éramos una isla prisionera. Yo aún lo sigo pensando. En cambio, ir a Santiago de Cuba, Camagüey, Holguín, Santa Clara, Las Tunas, era más atractivo, porque podríamos hacerlo en la primera oportunidad, ya sea por trabajo o deporte. A mis 25 años, me he dado cuenta de que ni siquiera he podido conocer estas provincias cubanas. A La Habana fui una vez de pequeña con mi familia a visitar a una tía, pero creo que regresé el mismo día, y no conozco ninguna de esas otras ciudades. Aquí no se acostumbra a decir: “me voy de vacaciones con mi familia a alguna ciudad”. No, no hay plata y como la economía está planificada, cuando unos tienen vacaciones, otros no. Cuando viajábamos con la familia, casi siempre es por un día o dos, al mar, que para todos los cubanos está cerca, o a regiones aledañas boscosas, montañas o valles usualmente hermosos. Hoy, sin un dejo de nostalgia o por autoconvencimiento, me digo lo que desde mi infancia pensé: ¿qué tiene el mundo que Cuba no tenga? Cuba es un país hermoso y entrañable. Estoy convencida, pero además tengo que estarlo.
Volviendo a la escuela, mi deporte favorito era el balonmano femenino, era muy divertido e implicaba la comunión de todos para triunfar; bueno, los otros deportes también, pero este me gustaba más porque mis amigas formaban parte del equipo. Recuerdo que no nos cansábamos, estábamos siempre llenas de energía. No me acuerdo de que el calor nos afectara demasiado. Queríamos ser alguien grande en ese deporte y teníamos deseos de ganar a los otros equipos de la misma escuela o de escuelas de la ciudad o la provincia.
La profe que nos entrenaba balonmano se llamaba Juana, pero nos decía que la llamáramos Juanita; aquí los diminutivos y los apodos son muy frecuentes y nadie se ofende. Ella era inteligente y cariñosa, pero lo que más me impresionaba era su tamaño, era alta y con un hermoso cuerpo.
Nuestra cancha no era más que la parte superior de la misma escuela; era nuestro rincón preferido. Estaba cercada, pero desde ahí teníamos una maravillosa vista a la bahía de Caimanera y todo su hermoso entorno. Sonaba el silbato y todos corríamos emocionados, pues era la profe quien nos convocaba. Evoco con emoción que hacíamos ejercicios de calentamiento junto al sol resplandeciente, donde nos llegaba una brisa fresca del mar y un olor a tierra mojada.
Nuestra vida era sencilla. Cuando mi madre me hablaba de cuando iba también a la escuela, parecía como si fuera mi propia experiencia. Supongo que eso quiere decir que tal vez seamos un país que sabe guardar muy bien sus tradiciones y recuerdos, como si pasaran las generaciones y nuestro mundo provinciano no cambiara. Reconozco que no ha sido por disposición colectiva, sino producto de las circunstancias, ¿un estancamiento?, ¿o la situación tradicional que permanece?
Retomando el deporte, cada partido que organizaban los maestros era una experiencia de un día, pero duraba en nuestras conversaciones toda la semana. Marcar un gol era lo máximo y motivo de gran alegría para los que jugábamos, así como para los espectadores. Éramos unas caritas llenas de sudor, alegría y esperanza. Luego regresábamos a casa riéndonos, pero exhaustos, hambrientos, con ganas de merendar. Hacíamos la tarea y les contábamos nuestras hazañas a nuestros padres, y ellos se sentían orgullosos de nosotros, alegres y complacidos. Nuestra felicidad era reconfortante para mis amigos y para mí. Era algo bello porque las mujeres no éramos menos con relación a los hombres; desde que yo recuerdo, no había actitudes machistas de mis compañeros en esa época juvenil. Recordar es volver a vivir…
Ahora que soy una maestra y que he conocido un poco la historia reciente de Cuba, creo que el deporte y la convivencia nos hizo afianzarnos como país para enfrentar las asechanzas del exterior. La propaganda que a veces llegaba en los televisores que se instalaron en un buen número de casas parecía reflejar un mundo exterior multicolor, lleno de confort, consumo, lugares lujosos y modernización; no faltaba quien pensara que ese era el mejor de los mundos y considerara la posibilidad de irse, y muchos se han ido, pero a mí y a muchos de mis amigos y compañeros esa imagen nunca nos atrapó, nosotros queríamos primero seguir siendo niños y jugar con lo que teníamos a la mano porque era para nosotros lo más hermoso del mundo, aunque fuese en nuestro reducido entorno.
En la escuela también las efemérides eran importantes y nos enorgullecían. Como el desfile del Primero de Mayo, cuando desfilaban todos los trabajadores, los niños no. Pero desde días antes, abordábamos en clase lo que había significado ese episodio: los mártires de Chicago y las luchas de los trabajadores cubanos desde hace 64 años que protestaban contra los gobiernos corrompidos. Por eso, cuando marchaban los trabajadores del campo, de la salud, de todos los oficios, y la población, nos sentíamos muy motivados. Se gritaban consignas y se cantaba La Internacional. Hoy se sigue haciendo.
Esos años de infancia fueron felices para mí. Los añoro, no había preocupaciones, solo ir a la escuela, jugar en el barrio e ir al campo, donde coexistíamos con muchos escenarios, árboles, vegetación verde, ríos, puentes, valles y pájaros, muchos pájaros. Convivir con vacas, cochinos, pollos y cabras era algo común, ya sea porque estaban en los corrales y chiqueros de vecinos o en las fincas en las orillas de la ciudad, donde se criaban y se comerciaban.
Sin darme cuenta, la infancia se acabó y yo empecé a cambiar, noté que necesitaba mejorar mi apariencia, tener un poco más de ropa, zapatos bonitos. Cuba es un país pobre, todos tienen siempre lo indispensable, pero en esa época aspiraba a mejorar económicamente, aunque todo eso parecía compensarse cuando estás en la escuela con tu uniforme y la vida escolar te envuelve. Pasé rápido la secundaria y el “pre” (instituto preuniversitario, el bachillerato). Hasta los 18 años viví esa experiencia. Después estudié para maestra en la Universidad de Guantánamo.
Mi cuerpo empezó a cambiar y ya no me sentía una niña, pero mis padres no me podían comprar ropa, no se trataba de algo superfluo, sino de una necesidad femenina, natural. Fue duro poder mantenerme y terminar mi carrera; para asistir a la universidad debía ir en autobús, pero no tenía plata y era difícil “coger botella” (aventón). Afortunadamente, conseguí trabajo por las tardes donde don florentino Batís, que tenía un pequeño negocio de pizas que se vendían muy bien, él las preparaba y yo atendía, cobraba, limpiaba. Terminaba muy cansada, pero me sirvió para no faltar nunca a la escuela, y cuando me alcanzaba, me compraba algo de ropa. Don Florentino ya murió, le estoy muy agradecida.
Efluvios de mi trabajo docente
Hoy vivo en Merronca, comunidad rural, en una casita alquilada. De ahí me desplazo de lunes a viernes a la escuela en guagua, que pasa temprano y son 20 minutos de viaje. Con los niños vemos las materias obligatorias, pero trato de que trabajemos de manera agradable, divertida y a veces emocionante. Intento hacer la clase relajada, pero debo poner límites porque luego con esa licencia los alumnos se desordenan de manera exagerada. Es cierto que el desorden debe estar siempre presente, pero sabiéndolo canalizar hacia cosas que los haga pensar, imaginar, trabajar, sin dejar que haya demasiado descontrol, pues les encanta la bulla. Lo que los hace estar atentos y silenciosos es cuando contamos historias, todos se saben algunas, a veces las mismas. Pienso que eso de contar historias es muy propio de Guantánamo o, a lo mejor, de Cuba. También los cantos son muy frecuentes, todos siempre están cantando o bailando. El baile lo traemos en el alma, el ritmo es cadencioso o muy movible. Alguien toca un tambor o un bote o una olla y el ritmo florece. Con mis colegas nos reunimos para comentar las incidencias, aconsejarnos o para exponer algún tema. Sinceramente, casi siempre es lo mismo: quejas de alumnos problema, aunque a veces se cuentan cosas cómicas y todos nos reímos a carcajadas. El director de vez en cuando nos reprende, pero no falta que él sea el primero en reírse. Al director lo elige la provincia, pero los maestros podemos hacer propuestas después de una votación.
Volviendo a las historias, trato de no contar siempre las mismas, porque muchos ya se las saben y se aburren, o se adelantan al desenlace. No son historias de hadas, ni de castillos ni príncipes, sino de lo que cuentan o les pasa o imaginan los pobladores, pescadores, trabajadores agrícolas, pastores, vendedores foráneos, o de animales como lagartos, perros, pájaros, de miedo y suspenso y, desde luego, de niños y seres extraños que se asemejan a animales o fenómenos naturales como el viento, un huracán o un tornado. Siempre les agrego algo para que se emocionen o se queden intrigados. Hay un gran repertorio que aparece también en nuestros libros. Las moralejas solo se encuentran en las historias que están en libros, pero a mí siempre me gusta, una vez que termina una historia, comentarla y motivarlos a todos a comentarla25. Algunos de mis cuentos favoritos son “La Lotería”, “El gallo de bodas”, “Abuelita Milagro”, “Cuando sea grande”. Pero lo que más me gusta son las historias viejas, las de tradición oral, las que se trasmiten de boca en boca y que no tienen nombre26.
Algunos de los cuentos más bonitos están en el libro La edad de oro de José Martí. Los utilizo como actividad con los niños para que los lean y los escriban. A veces hacemos unas pequeñas obras de teatro, inventando el argumento. Quiero decir que esta forma de trabajo no es fácil, el problema principal es que los niños son en su mayoría muy bullangueros, producto de su propia naturaleza cubana, y no hay quien los pare, y cuando estamos trabajando con más orden, por ejemplo, en clase de matemáticas o ciencias, yo explico y pongo ejemplos, no se ponen a reflexionar y deducir fácilmente algún problema, tengo que exhortarlos, motivarlos y organizarlos. Yo les digo: −no todo es juego, aunque jugando también se puede aprender, pero el silencio, el orden, el diálogo bien llevado, incluso la meditación, también son importantes.
Me gusta vincular los relatos con la redacción, para que cada uno mejore su expresión oral y escrita. Muchas veces pongo a los niños a que escriban con sus propias palabras un cuento narrado por alguien, e incluso que le cambien el desenlace o el tiempo. Así fue como me fui enseñando yo misma a redactar mejor. Pero no me había animado a escribir, hasta hoy.
Tengo mis aspiraciones como maestra, ¡cómo no! El trabajo con los niños es mi vida, pero me gustaría conocer mi país, casi no lo he visitado, sin desdeñar Guantánamo que es para mí un paraíso con todo y sus carencias, y, desde luego, viajar a otros países como México, nación de la que se habla mucho pues siempre nos ha tendido la mano. Pero la situación está en “tres y dos”, es decir, una situación difícil.
En el caso de mi vida personal, vinculada a mi labor, me gustaría tener una computadora para escribir ahí mis planeaciones y bajar de internet novedades para trabajar mejor y, por supuesto, ver películas. Aunque yo me siento eficiente, bueno, no soy tan modesta, reconozco que me falta mucho. Quiero visitar más a mis padres que viven en una comunidad a tres horas de camino. Casi no los visito porque no tengo plata para ir a verlos, y me desespera porque ya son mayores. En lo personal, estoy juntando poco a poco para comprar una marrana y tenerla en el corral trasero de mi casa y engordarla. Quiero juntar cuatro, venderlas y luego comprar otras. Ya con la venta de ellas podría comprarme algunas cositas y viajar. Ahora que me he puesto a escribir esta ponencia para un congreso en Armenia, Colombia, me he entusiasmado mucho y se ha abierto un mundo emocionante para mí, aunque lo haré virtualmente si me puedo conectar. Quisiera participar en otros congresos, pero presencialmente, redactar muchas cosas que parecen fluir cuando estoy escribiendo en mi libreta y luego trascribo al celular. Es problemático, porque se va la luz con cierta frecuencia. No quiero que me señalen como “tremenda muela”, por haber hablado mucho. Esta es mi vida de maestra y de mi niñez que aquí les presento.
El pequeño país de Alicia
Seguro que mi vida transcurre como las de muchas maestras de América latina que trabajan en la provincia o en el mundo rural. Muchos árboles que existen acá son frutales como los que dan mangos, también abunda el marabú, que es como un árbol invertido que ayuda al bosque. Los eventos locales son el ingrediente placentero de la vida, como el carnaval que se celebra en agosto27. Ahí bailamos mucho. Bueno, yo no tanto, pero todo el mundo está desarrollando un ritmo desde la infancia, seguro porque corre por la sangre cubana. Se ve mucha cerveza en el carnaval, claro, principalmente para los jóvenes y los mayores masculinos, a quienes se la sirven en jarras artesanales. Creo que es lo único barato en Cuba; bueno, también la fruta, verdura y hortalizas. A mí me gusta tomar moderadamente, una cervecita: cristal o bucanero. El ron no me gusta por fuerte. Me gusta más comer, aunque estoy delgada. Respecto a la comida, me encanta el arroz congris (arroz que se hace con el caldo de los frijoles), la vianda hervida, ensalada con aguacate, plátano frito, yuca cocida, boniato y papa.
Las dificultades económicas de la isla se reflejan en la conducta del pueblo. Nos preocupa que nuestros alumnos se enfermen o sufran un accidente, por la falta de medicinas. Casi todos los maestros sabemos de remedios caseros y los recomendamos a los niños cuando se sienten mal, aunque los padres de familia son más expertos que nosotros, pues son saberes que se trasmiten de boca en boca y de generación en generación. Por ejemplo, muchas mujeres abortan con determinadas plantas que les dan las curanderas; para el cálculo de los riñones se da té de alacrancillo, y para el estómago, té de menta. A las curanderas se les dice santeras, la gente las busca para males del cuerpo y del alma. Creen tanto en ellas como en la religión católica que es más espiritual. Las santeras son más prácticas y son entes tangibles, en cambio la religión es cosa de fe. Aun así, yo soy creyente pero no le pido nunca nada a Dios. Hay niños recién nacidos que salen con un forúnculo (un grano en la piel por el exceso de calor), que es algo más o menos frecuente, al menos en esta región; en este caso, se les pone en el forúnculo una hoja de tabaco untada con cebo de carnero para que se reviente. Mientras no se quita, provoca vómitos y fiebre. Para fiebre y tos, se toma mucho limón, jarabes de miel y propóleo.
Será el temperamento, el calor, el trópico o la sangre cubana, pero la experiencia sexual se da desde el inicio de la adolescencia. Los jóvenes tienen relaciones sexuales desde los 15 años, incluso desde antes (de 12 o 14). El cuerpo se desarrolla pronto28. No hay tanto prejuicio o morbo, ni preocupación pecaminosa, pues la religión no está impregnada de prejuicios morales de ese tipo. Los jóvenes simplemente tienen relaciones como si se besaran o fuesen amigos. Los padres están siempre aconsejando que no las tengan, pero no pegan el grito en el cielo cuando se enteran, seguramente porque ellos tuvieron igual experiencia de jóvenes. En consecuencia, hay muchas madres solteras. Los preservativos son escasos y las pastillas anticonceptivas también. Este es, desde luego, un problema social. Pero la gente sabe que en Cuba: “se sufre, pero se goza”.
Esto tiene que ver con la libertad del cuerpo y el espacio. Tanto los niños como los jóvenes, una vez que salen de la escuela o cumplen responsabilidades familiares, andan en la calle “como Juan en su casa”. Deambulan por la población libremente entre amigos o amigas, por el río, las huertas, los caminos y los alrededores, pues no hay peligros como en otros países, ni los secuestran ni los matan ni los explotan29.
Conclusiones: una significación involuntaria
En su trajín, la maestra Alicia vive con penurias, pero estimulada por la significación personal que le da a su trabajo docente. Penurias que seguramente no son ajenas a las de sus colegas docentes de América Latina o de países pobres, y que en Cuba seguramente serán un poco más severas por la crisis y la escasez que produce su condición de país aislado por el bloqueo. Pero la significación de este fragmento de su vida es la construcción de una resignificación profesional y humana que le otorga su vida personal y docente. En medio de los escasos escalones para mejorar sus percepciones que podrían servirle para tener una vida material un poco mejor, apuesta entonces por el regocijo y la alegría de las pequeñas cosas que tiene a su alrededor y en asumir una paciencia infinita para esperar y construir sin desesperación un eslabón más elevado de su existencia y aspiraciones personales como mujer. Alicia desarrolla su plena existencia con las significaciones que el entorno le ofrece: ir a comprar sus alimentos y vivir su rutina tan circunspecta, convivir con los niños, concurrir a las festividades populares y barriales en donde es espléndidamente feliz tomando una limonada o comiendo cerdo asado; viajar en un autobús tal vez un poco deteriorado para visitar en una lejana comunidad a sus padres o ahorrar para comprar la marrana para engordarla y acrecentar su hato. Estas son algunas de sus aspiraciones sentidas que le da a la vida y, en todo caso, los desahogos por algún fracaso amoroso o el sufrir cotidianamente el intenso calor sin un ventilador decente son olvidados cuando entra a la escuela todos los días a las nueve de la mañana a trabajar con los niños.
Guantánamo, Cuba; Guadalajara, México, mayo de 2024.
















