Hace unos días tuve la suerte de participar en una reunión sobre proceso de renovación curricular de una institución de educación superior. Para ponerme en contexto, me presentaron el marco de competencias y el horizonte institucional los contenidos y su secuenciación, en articulación con las competencias y, a su vez, con el perfil de egreso. Es tudié el plan de transición, las estrategias de evalua ción de las competencias y los criterios para la eva luación del currículo. Realmente quedé muy bien informado. Solo eché de menos un apartado sobre uno de los protagonistas de ese maravilloso cambio curricular: los profesores. Y la respuesta: para eso está usted aquí.
Me sentí profundamente alagado con la respuesta y, a la vez, desbordado. Pero no fue propiamente un orgullo personal egoísta, no. Fue un orgullo de gremio, de profesión. Me explico: quien hablaba conmigo se daba cuenta de que no hay posibilidad de éxito de ningún currículo, por relevante y pertinente que sea, si no pasa por la formación de los profesores, que son realmente los agentes del cambio educativo. Porque, en frase célebre de un experimentado formador de profesores, que ha hecho carrera en mi trayectoria profesional: "currículo es lo que hace el profesor en el aula". A primera vista, esta expresión podría parecer pragmática, simple y casi arbitraria; sin embargo, estoy plenamente convencido de su validez dentro del actual modelo educativo.
Entre las múltiples concepciones de currículo pienso que la más difundida es considerarlo como un conjunto de normas sobre los contenidos de enseñanza y las estrategias didácticas y de evaluación. Otras concepciones de currículo lo identifican con una serie de principios teóricos, de naturaleza epistemológica y ética, sobre la enseñanza. Y las posturas más pragmáticas y operativas lo definen, sencillamente, como un conjunto de normas técnicas que hay que ejecutar. Pero me uno a las voces que afirman que el currículo es mucho más que lo apuntado antes. Es esencialmente algo diferente: el currículo es una praxis en la que el profesor pone en escena los fines del proceso educativo en los contenidos que desarrolla en el contexto específico en el cual actúa, es decir, en el aula de clase, que debe considerarse como un escenario en el que ocurre la actividad educativa.
Son varios, entonces, los protagonistas del acto educativo: las finalidades, los contenidos, los estudiantes y el profesor. Este último siempre actuará según unas convicciones personales más o menos explícitas, según unas tradiciones, también más o menos explícitas, y según una normatividad legal. Esta actuación del profesor es la que realmente configura el currículo, pues es él quien pone en la práctica los contenidos y estrategias, para alcanzar los fines y desarrollar las competencias, y es él quien interpreta el marco normativo, lo personaliza y lo hace acción educativa.
Es indudable que el profesor siempre actúa en un marco curricular, pero no necesariamente en el que se le propone, impone o sugiere, sino en el que se apropia, guiado por su inteligencia y afectividad, así como por su habilidad técnica o didáctica, fruto de su experiencia y memoria, aptitudes todas estas que configuran su estilo. Por tales razones estoy plenamente de acuerdo con quienes afirman que el currículo es praxis, es decir, que tiene un componente personal y ético fundamental. Si esto es así, la condición básica para implementar cualquier currículo o para garantizar el éxito, siempre relativo, de cualquier renovación curricular, pasa necesariamente por la formación de los profesores, primeros agentes curriculares, especialmente cuando hablamos de la educación superior o universitaria.
Considero que la clave para garantizar el logro de los objetivos y finalidades de un currículo educativo, formulados en términos de competencias, habilidades o conocimientos, es la formación de los profesores en la apropiación íntegra de la propuesta curricular. Cuando esta formación es insuficiente, no pertinente o inoportuna, podemos firmar de antemano el fracaso total o parcial de cualquier implante curricular. Por eso, es necesario que todo diseño curricular contenga un capítulo especial o proyecto prioritario referido a la formación de los agentes curriculares primarios: los profesores, pues "currículo es lo que hace el profesor en el aula".
Ciro Parra
Editor de Educación y Educadores














