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Perspectiva Geográfica

Print version ISSN 0123-3769

Perspectiva Geográfica vol.30 no.2 Tunja July/Dec. 2025  Epub July 01, 2025

 

Editorial

La investigación geográfica con y desde los actores territoriales. El origen de nuestro número temático y la necesidad de una geografía en acción

Isabel Duque Franco1 

Helena Rizzatti2 

Wladimir Mejía Ayala3 

1Editora Universidad Nacional de Colombia miduquef@unal.edu.co

2Editora Universidade Federal de Juiz de Fora (UFJF) helena.rizzatti@ufjf.br

3Editor Doctor en Geografía por la Université d'Angers, Francia. Estudios de Posgrado en Geografía, Convenio UPTC-ICAC, Colombia.


Este número temático nace en un momento de inflexión para nuestro programa de Estudios de Posgrado en Geografia (UPTC-IGAC). Observamos con preocupación cómo las investigaciones que orientábamos desde marcos teóricos críticos y radicales muy potentes, enfrentaban serias limitaciones a la hora de generar conocimiento situado, interactuar con los territorios y aportar transformaciones concretas en contextos socioambientales complejos.

La pandemia de COVID-19 agudizó esta desconexión. La academia y, en nuestro caso particular, los programas de posgrado, quedaron expuestos en su incapacidad de reaccionar con pertinencia y compromiso a las múltiples crisis territoriales en curso. Se reveló un vacío entre las aspiraciones teóricas de nuestras investigaciones y las necesidades reales de las comunidades. Esta crisis nos llevó a hacernos preguntas esenciales: ¿para qué formamos geógrafos en América Latina? ¿Con quién y para quién investigamos? En nuestras formas de producir conocimiento ¿qué lugar ocupa el territorio?

En respuesta a estas inquietudes, iniciamos un proceso colectivo de transformación del programa. A nivel curricular, esto se tradujo en la revisión de líneas de investigación y la actualización de los planes de estudio de la Maestría y el Doctorado en Geografía, la incorporación de perspectivas decoloniales, feministas y territoriales, y el fortalecimiento de metodologías horizontales de trabajo de campo, dialógicas y co-creativas.

Paralelamente, emprendimos acciones concretas para salir de las aulas con la creación de espacios de encuentro y dialogo con lideresas y lideres sociales y otros actores territoriales, como las mismas comunidades, las instituciones, las empresas y la indústria. Desde esta perspectiva, empezamos a desarrollar los cafés geográficos y el Día del Geógrafo para tender puentes con actores no académicos, como escenario para pensar la geografía desde otras voces y otras formas de narrar el mundo.

Pero uno de los elementos más importantes fue la creación del seminario de Geografía en Acción, concebido como un espacio de ruptura epistemológica y metodológica. Este seminario nació precisamente con la intención de descolocar la geografía tradicional y llevar a los estudiantes a un aprendizaje práctico, donde el des-aprender las lógicas habituales y extractivistas del conocimiento académico, para asumir una geografía situada y entrar en diálogo directo con otros territorios y saberes, es central. Este seminario se convirtió en un eje fundamental, un laboratorio de prácticas emancipadoras para repensar cómo la geografía puede salir de las aulas y situarse en la praxis, reconociendo saberes locales y co-construyendo conocimiento desde la acción.

En este contexto, surge la propuesta de este número temático, con el impulso editorial de Isabel Duque Franco y Helena Rizzatti, para dar cuenta, desde la palabra escrita, de esa geografía viva que se está gestando con y desde los territorios, que interroga sus fundamentos y se deja interpelar por los actores territoriales, sus luchas y proyectos de vida.

Metodologías participativas

Cada vez cobran mayor relevancia las metodologías participativas en la investigación geográfica. Es tal su trascendencia, que incluso se ha llegado a hablar de la existencia de un 'giro participativo' en la investigación (Henwood et al., 2019). Pero, ¿En qué consisten estas metodologías? ¿Qué las diferencian de otros enfoques de investigación en campo? ¿Qué tipo de conocimiento generan? ¿Hasta qué punto redefinen las relaciones de poder entre investigadores y participantes? ¿Qué desafíos éticos plantean? o ¿Qué potencial tienen para incidir en los territorios estudiados? Estos interrogantes, si bien exceden el alcance y las pretensiones de este editorial, abren el camino para una reflexión que problematiza las metodologías como herramientas y espacios de diálogo ontológico, donde diferentes formas de habitar y narrar el territorio entran en relación. En este sentido, las metodologías participativas movilizan memorias, cuerpos, historias locales, ritmos territoriales y creatividades que tradicionalmente han sido marginalizadas por la academia. Son vehículos para recuperar y resignificar patrimonios y para construir conocimientos que emergen de la experiencia situada, marcada por el conflicto y el afecto, el tiempo largo y la cotidianidad del territorio.

La investigación in situ es inherente a la geografía. No obstante, a lo largo de la historia, las distintas formas de entender la disciplina han moldeado tanto la concepción como la práctica del trabajo de campo (Claval, 2020; Zusman, 2011). La evolución del pensamiento geográfico ha estado acompañada de transformaciones en sus perspectivas epistemológicas y metodológicas respecto al campo. Según Zusman (2011), en la historia de la geografía es posible identificar cuatro formas de concebir el trabajo de campo. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando el desarrollo de la disciplina estaba estrechamente ligado a los intereses de los Estados-nación, la exploración y la descripción detallada de los lugares respondían al afán de ampliar el conocimiento sobre el mundo y expandir el dominio de las potencias coloniales. Posteriormente, ya entrado el siglo XX, con los conceptos de región y paisaje como ejes del pensamiento geográfico, el trabajo de campo consistía en un ejercicio netamente visual de lectura del paisaje, registro y clasificación. A finales de los años sesenta, las geografías críticas encontraron en la interacción directa con las comunidades locales -hasta entonces escasamente consideradas- el enfoque de trabajo de campo más adecuado para analizar las causas de las desigualdades socioespaciales y potenciar la dimensión transformadora de la disciplina. Las "expediciones geográficas" de William Bunge (Benach, 2017) son un ejemplo paradigmático de esta forma de entender el trabajo de campo. También pueden considerarse un antecedente del enfoque participativo, en la medida en que Bunge no solamente pretendía realizar investigaciones en la comunidad afroamericana de Fitzgerald (Detroit), sino involucrarla en el proceso e incluso entrenar a los pobladores en herramientas geográficas para que ellos pudieran desarrollar sus propias investigaciones.

Más recientemente, la comprensión de los procesos espaciales como realidades complejas, en las que intervienen múltiples actores, condujo a la incorporación del método etnográfico en las prácticas de campo. Esta tendencia supuso un mayor protagonismo de los informantes y de las comunidades allí en donde se desarrollaban los estudios. Además, gracias a los aportes de las geógrafas feministas, se introdujo la reflexión crítica sobre la posición del investigador en el campo y las relaciones de poder entre este y sus interlocutores (Pedone, 2000). Es en esta última forma de entender el trabajo de campo en la que se enmarcan las metodologías participativas de investigación geográfica.

Metodologías participativas (Caretta & Riaño, 2016), investigación colaborativa (Hayes & Manktelow, 2023), investigación participativa (Burns et al., 2021) o coproducción de conocimiento (Saquet, 2024; Blank, 2025) son algunos de los conceptos empleados para referirse a formas de investigación que buscan abordar problemáticas con y desde los propios actores territoriales, no sobre ellos. En su monumental compilación sobre investigación participativa, Burns y demás coautores (2021) definen las metodologías participativas como "instrumentos significativos" que suelen responder a un doble propósito: por un lado, promueven la participación y el compromiso de quienes experimentan las problemáticas estudiadas, que generalmente son comunidades excluidas o marginadas; y por otro, pueden generar conocimientos y prácticas que faciliten procesos de transformación socioespacial. Las metodologías participativas surgen como alternativa a las formas tradicionales de investigación en donde los académicos se encuentran en una posición de poder, en tanto deciden qué preguntas se formulan, cómo se recolectan e interpretan los datos o en dónde y de qué forma se presentan los resultados de las pesquisas (Pedone, 2000; Caretta & Riaño, 2016). Desde esta perspectiva, las metodologías participativas pretenden subvertir estas relaciones de poder, democratizar los procesos de investigación en campo (Edwards & Brannelly, 2017) y crear espacios inclusivos de producción de conocimiento (Caretta & Riaño, 2016).

A pesar de la aparente novedad de las metodologías participativas, es preciso reconocer la labor de "pioneros", que, aunque ajenos a la disciplina geográfica, sentaron las bases de formas diferentes de generar conocimiento, como la investigación-acción participativa (IAP). Esta corriente teórico-metodológica, iniciada durante la década de 1970 por Orlando Fals Borda, dialogaba con otras perspectivas transformadoras como la teología de la liberación o la educación popular de Paulo Freire. En sus orígenes, la IAP fue concebida para redefinir las relaciones asimétricas entre investigadores y sujetos de estudio, promover la praxis social y defender la relevancia de los conocimientos locales y la memoria colectiva (Pereira & Rappaport, 2021). Durante las últimas décadas, el uso de la IAP se ha expandido e incluso se ha institucionalizado. Sin embargo, sus versiones más actuales tienden a centrarse en las técnicas e invisibilizan el carácter crítico y el potencial transformador propio de sus desarrollos originales (Salamanca & Astudillo, 2018;). En 2025, la conmemoración del centenario del natalicio de Fals Borda ha renovado el interés por su obra y en particular por la IAP, lo que, eventualmente, puede derivar en un nuevo impulso a su concepción y preceptos originales.

Actualmente, el debate acerca de las metodologías participativas se soporta principalmente en dos perspectivas teóricas y epistemológicas. De un lado, en los planteamientos decoloniales que propugnan por el reconocimiento de formas alternativas de ser, pensar y sentir, en contraposición a las pretensiones de universalidad promovidas por teorías hegemónicas occidentales (Ortiz, 2022; Saquet, 2024). Según esta perspectiva, la investigación participativa es una práctica contrahegemónica de coproducción de conocimientos desde lo local, de manera conjunta con las personas más vulnerables y oprimidas (Saquet, 2024). De otro lado, están las perspectivas feministas que han introducido cuestiones cruciales para la investigación geográfica, como la po-sicionalidad y la reflexividad (Caretta & Riaño, 2016). Su llamado a situar el conocimiento está basado en el argumento de que todo tipo de conocimiento está anclado en un contexto específico y es producido por sujetos concretos y con fines particulares (Haraway, 1991). El conocimiento producido depende de sus creadores. La propia posición del/a investigador/a -su etnia, edad, género, estatus socioeconómico o procedencia- puede influir en el proceso de investigación y sus resultados. Por tanto, la reflexividad supone que el/la investigador/a, desde su posición, reconoce su lugar de enunciación y los posibles sesgos que puedan existir. De acuerdo con Pedone (2000), este es un proceso dinámico que implica una gran cantidad de "desplazamientos" desde el campo a la academia y viceversa, por parte del investigador/a.

En lo que concierne a las técnicas y los métodos propiamente dichos, las metodologías participativas comprenden un amplio repertorio. Algunos de estos métodos son las entrevistas móviles (Evans & Jones, 2011), conocidas también como recorridos comentados (Ducasse & Maëlle, 2024), guiados por los participantes mientras narran lo que observan, viven o recuerdan con respecto a los lugares de trayecto. La fotografía participativa (fotovoz), cuyo propósito es visibilizar voces usualmente silenciadas, fomentar el diálogo crítico y promover el cambio social (Goodman et al., 2018; Montoya Zavala et al., 2019). Las narrativas {storytelling) como una forma de descentralizar la experticia, como práctica de "justicia cognitiva" y coproducción de conocimiento (Ortiz, 2022; Ortiz & Millan, 2022). También hay lugar para métodos de investigación menos convencionales y que dialogan con disciplinas artísticas como el teatro (Abah, 2021) o los bordados, que permiten la reivindicación de la memoria, la denuncia de injusticias socioambientales, la generación de conocimiento y que, además, en tanto "saberes situados y colectivos", tienen un gran poder transformador (Pedone & Rousseng Dal Pont, 2023; Tapia de la Fuente, 2022).

En esta relación, el mapeo participativo ocupa un lugar central como el método de investigación participativa por excelencia. El término describe de manera genérica distintas prácticas como la cartografía social, los sistemas de información geográfica participativos (SIGP) o los sistemas de información geográfica de participación pública (SIGPP) (Barrera Lobatón, 2009; Fagerholm et al., 2021). De acuerdo con Acselrad y Viégas (2022), la cartografía social se ha convertido en una estrategia de afirmación de derechos y representaciones territoriales; una evidencia de la existencia de disputas epistemológicas a través de las cuales los grupos sociales históricamente excluidos de los procesos de toma de decisiones reivindican formas propias de concebir el territorio y sus representaciones. El uso de cartografía social en procesos de investigación participativa ha permitido sistematizar conocimientos locales sobre el territorio y al mismo tiempo ha resultado especialmente útil para denunciar, por ejemplo, conflictos e injusticias ambientales (Bonfá Neto & Suzuki, 2023; Palacio-Buendía et al., 2023; Salamanca & Astudillo, 2018; Vélez Torres et al., 2012). Según Sletto (2020), durante las últimas dos décadas el mapeo participativo ha entrado en una nueva fase que denomina "cartografías sociales radicales", caracterizada por una mayor diversidad de propósitos y técnicas. Las comunidades indígenas y afrodescendientes, principalmente, se han apropiado de las tecnologías del mapeo participativo para fortalecer la autodeterminación, la gobernanza local, la gestión de sus recursos y la defensa de sus derechos territoriales. Precisamente, en el marco de los procesos de defensa del territorio liderados por mujeres en América Latina, se ha propuesto el cuerpo-territorio como un método participativo de naturaleza feminista y decolonial en donde las participantes dibujan el territorio sobre el cuerpo y a partir de sus voces y experiencias coproducen conocimiento (Zaragocín & Caretta, 2020).

En consecuencia, las metodologías participativas en la investigación geográfica in situ reconocen la importancia de las perspectivas locales, así como las experiencias y conocimientos de las personas que habitan y trabajan en los territorios estudiados. Propenden por la inclusión de miradas diversas y la producción de conocimientos que sean significativos para las comunidades locales y que contribuyan a la toma de decisiones políticas y a la generación de transformaciones territoriales.

Este número de Perspectiva Geográfica parte del reconocimiento de que la participación de actores territoriales actualmente es un componente esencial en la producción de conocimiento geográfico. A través de los diferentes trabajos, se propone no solo dar a conocer las experiencias en el uso de metodologías participativas, sino también interrogar los sentidos y desafíos del trabajo investigativo in situ. La colección de artículos que integran este número temático evidencia una intensa actividad en la investigación participativa en el contexto de América Latina. Sin embargo, persiste el desafío de superar los amplios marcos teóricos para otorgar un mayor protagonismo a las metodologías participativas en los artículos científicos y la producción académica en general. Estamos más habituadas/os y formadas/os en debates conceptuales, por lo que muchas veces no reconocemos con suficiente valor la riqueza de los procesos que entrañan estas investigaciones. Resulta difícil plasmar en un texto todo el recorrido, largo y sinuoso, que implica acercarse a los territorios: las dificultades, las dudas, los errores, que también forman parte de los hallazgos. Los trabajos que aquí presentamos van desde la riqueza del debate teórico hasta el detalle de las metodologías de investigación participativa, lo que, sin lugar a duda, será una valiosa referencia para quienes estén interesados/as en aproximarse a esta forma de producción de conocimiento.

Un primer grupo de trabajos presenta la cartografía social y el mapeo participativo desde perspectivas diversas, aplicados a problemáticas variadas y en diálogo con otros métodos de investigación participativa. Tatiana Vargas Condori, Vania Susana Calle Quispe, Abigail Roque Miranda y Pedro Aliaga Mollinedo proponen la metodología del apthapi de saberes, que considera la oralidad como fuente de saber y transmisión de la memoria, posible a través de la conversa "al paso", y aplicada a la construcción de cartografías de la memoria en la zona 12 de Octubre en la ciudad de El Alto (Bolivia). Para facilitar el acceso al conocimiento, la lectura accesible y participativa los resultados se plasmaron en un Archizine comunitario y un storytelling digital. Los autores concluyen que la metodología permitió documentar el pasado y fortalecer la identidad y la memoria de la zona desde sus habitantes. El artículo de Andrea Juárez Barranco, Stephanie Scherezada Salgado Montes y María de Lourdes Flores Lucero, situado en la perspectiva de género, presenta el mapeo feminista como una herramienta de visibilización, denuncia y reivindicación. Tomando como caso de estudio una unidad habitacional del municipio de Puebla (México), las autoras emplean la cartografía participativa y el contramapeo para explorar la inseguridad en los espacios públicos alrededor de las viviendas desde la perspectiva de las mujeres, así como las resistencias que generan para realizar actividades cotidianas y de cuidado. A continuación, José Antonio Mora Calderón y Matthias Pelz-Seyfarth abordan como metodología la cartografía participativa y la perspectiva de la educación popular para comprender los conflictos socioambientales en comunidades rurales costarricenses. Los autores concluyen que la técnica puede facilitar la construcción colectiva del conocimiento, la sistematización de conflictos y la denuncia socioambiental, además de fortalecer los lazos comunitarios. El siguiente texto, escrito por Eber Martínez Jiménez, Carlos Alberto Pérez Ramírez y Juan Roberto Calderón Maya, detalla la aplicabilidad e importancia de la cartografía participativa para estudiar la Región Tula del Valle del Mezquita! (México), considerada una de las zonas de sacrificio más afectadas del mundo debido a la concentración de problemáticas ambientales en el agua, el aire y el suelo. Para ello, los autores llevaron a cabo un proceso de investigación-acción participativa que incluyó diagnósticos ambientales comunitarios, seguimiento a problemáticas ambientales y cartografía participativa. El trabajo concluye que la cartografía participativa permitió evidenciar los diferentes tipos de contaminación y sus efectos sobre el sistema socioecológico. En el último texto de este bloque, Valentina González Vanegas, Paula Fernanda Jiménez Guzmán y Álvaro Ricardo Gómez Murillo, en el marco de un ejercicio de investigación-acción en el ámbito educativo, proponen el mapa narrativo como método para describir los lazos de territorialidad de los habitantes de la vereda Aguasal en Pauna, Boyacá (Colombia). En la investigación desarrollada con estudiantes de tercer a quinto grado de primaria, junto con sus familias e integrantes de la comunidad educativa de la escuela veredal, los autores complementan el relato y el mapeo narrativo con otras herramientas etnográficas como los recorridos comentados o las entrevistas intergeneracionales. Los autores destacan la utilidad de los mapas narrativos como enfoque pedagógico para la enseñanza-aprendizaje de las dinámicas territoriales.

El segundo grupo de trabajos aborda el uso de metodologías participativas orientadas a la movilización social y el trabajo colaborativo. En su contribución, Weimar Giovanni Iño Daza reflexiona sobre la labor etnográfica en territorios bioculturales por medio de lo que denomina "cartografía territorial biocultural" y el transecto territorial. Propone la bioculturagrafía como método vivencial de crianza de saberes desde la ontología de los cuerpos-territorio, consistente en el senticonvivir y en el observa-mirar para sentir lo vivencial, la conversa y el diálogo de seres-saberes-haceres. El autor concluye con una reivindicación epistémica y ontológica tanto del cuerpo como del sujeto biocultural mediante la coproducción de saberes de forma colaborativa para la solución de problemas desde las propias comunidades. Seguidamente, el trabajo de Jéssica Puhl Croda, Camila Arielle Bufato Moreira, Cintia Virginia de Campos y Valdir Frigo Denardin analiza la importancia de la investigación-acción como método para fomentar el desarrollo territorial rural mediante la puesta en valor de los conocimientos locales y la movilización de los actores en la solución colectiva de problemas. A partir de su experiencia en tres comunidades de la región costera de Paraná (Brasil), los autores concluyen que, aunque la investigación-acción contribuyó al fortalecimiento de la organización comunitaria, es necesario combinar el método con otras metodologías participativas que garanticen la autonomía de los actores locales. Luego, en otro texto desde la costa del Paraná (Brasil), Evandro Cardoso do Nascimento, Antonio Marcio Haliski, Camila Arielle Bufato Moreira y Diomar Augusto de Quadros utilizan la investigación-acción participativa (IAP) para contribuir a la activación del patrimonio territorial y la puesta en valor de la historia, la memoria y la cultura popular por parte de la propia comunidad. Por su parte, Alfo Puppo Stuardo, mediante la técnica de producción narrativa con perspectiva territorial (PNT), aborda el impacto de la urbanización neoliberal en las relaciones cotidianas con la naturaleza en dos barrios de Chiguayante (Chile). La coproducción de textos escritos por los propios protagonistas fomentó el trabajo colaborativo, al tiempo que evidenció la pérdida de flora y fauna local y la desaparición de prácticas tradicionales de autoabastecimiento, así como el desarrollo de estrategias de resistencia y defensa territorial. Con el propósito de comprender la relación entre las prácticas de ocio y la formación de lugares valiosos socialmente, Álvaro Alexander Álvarez Becerra presenta una detallada propuesta teóri-co-metodológica denominada "performance del lugar". Dicha propuesta tiene como componente central la participación de la comunidad a través de la fotografía georreferenciada y establece la relación proporcional entre el resultado (los lugares valiosos socialmente) y los medios (las prácticas de ocio público cotidiano).

El último grupo de artículos destaca el potencial de las metodologías participativas en el estudio de las problemáticas ambientales. El trabajo de María Cristina García Ángel, Cristina Gonzáles Serna y Flor Isabel Méndez Arcos versa sobre el uso de la agrohomeopatía como alternativa para el manejo de enfermedades de aves de traspatio en comunidades rurales. En su experiencia con las mujeres campesinas de Palenque, en Chiapas (México), las autoras encuentran que la combinación de la IAP y la agrohomeopatía contribuye a la autonomía tecnológica y a la soberanía alimentaria a través de la producción sana de alimentos y la visibilización del papel estratégico de las mujeres. A continuación, el artículo firmado por Alejandro Retamal

Maldonado, Gabriela Piriz Millar y Verónica Piriz Millar presenta el proceso de investigación participativa realizado con una agrupación social de la zona costera de Metri en Puerto Montt (Chile). El ejercicio participativo permitió a los actores involucrados realizar un autodiagnóstico de los conflictos socioambientales e identificar alianzas y estrategias para la conservación marina. Juliana Delgado llama la atención sobre el uso de metodologías cualitativas y etnográficas para el estudio de la percepción ambiental y su contribución a la participación en la formulación e implementación de políticas públicas. En su trabajo en la vereda Téquita, que hace parte del páramo de Guantiva-La Rusia (Colombia), la autora muestra los conflictos y tensiones derivadas de las distintas percepciones sobre el territorio y las formas de habitar dicho ecosistema. La autora concluye que, si bien la etnografía es una herramienta valiosa para comprender las percepciones y prácticas ambientales, la incidencia de los saberes y experiencias de los campesinos en la toma de decisiones continúa siendo un desafío. Cerrando este número temático, el texto de autoría de Consuelo Suazo-Muñoz, José Sandoval-Díaz y Camila Navarrete-Valladares ofrece una revisión sistemática de literatura sobre la aplicación de metodologías participativas en la gestión del riesgo de desastre en América Latina. Los resultados dan cuenta de una amplia presencia de componentes participativos o de investigación-acción, con predominio de técnicas como la cartografía social, los mapeos interactivos, las entrevistas y los talleres, que tienen un alto potencial transformador. Los autores concluyen que es necesario avanzar hacia enfoques más horizontales, sostenibles y éticamente comprometidos que reconozcan a las comunidades como actores epistémicos y políticos en la gobernanza local del riesgo.

A modo de síntesis, a partir de las contribuciones de este número podríamos destacar el pluralismo y la versatilidad de las metodologías de investigación participativa. Esto se manifiesta en el diálogo y la complementariedad con otros métodos de investigación, en el amplio margen de experimentación e innovación, al igual que en la diversidad de problemáticas territoriales que pueden ser abordadas desde esta perspectiva. Si bien las cuestiones ambientales ocupan un lugar central, varios trabajos han mostrado el potencial de la investigación participativa para estudiar otros temas como la historiografía y la memoria urbanas, el patrimonio territorial o la percepción de seguridad en el espacio público. Asimismo, la variedad de trayectorias disciplinares de quienes intervienen en este número, que incluye geógrafos/as e investigadores/as de otras disciplinas de las ciencias sociales y las ciencias naturales, revela el carácter dialógico y plural de las metodologías de investigación participativa, así como la preocupación de diferentes disciplinas por involucrar a las comunidades en sus procesos de indagación. Finalmente, a pesar del creciente desarrollo de procesos de investigación más inclusivos y colaborativos, como anota Blank (2025), la coautoría en la escritura académica continúa siendo un desafío en la coproducción de conocimiento para investigadores/as y comunidades.

La colección de artículos que conforma este número temático deja ver con claridad la vitalidad y el compromiso de muchas experiencias investigativas que buscan, desde distintos frentes, hacer de la participación una práctica significativa en la producción de conocimiento geográfico. Sin embargo, también nos invita a reconocer, con honestidad, que el camino hacia una construcción realmente horizontal y situada del conocimiento sigue siendo desafiante. La reiteración de ciertas herramientas como los talleres comunitarios y la cartografía social, las cuales han sido fundamentales para promover el diálogo, visibilizar conflictos y fortalecer procesos colectivos en América Latina, evidencia en algunos casos una dificultad para ir más allá de lo ya recorrido, y para proponer metodologías que emerjan genuinamente desde los contextos, las estéticas, los cuerpos y las tecnologías de los propios territorios. Hoy los actores territoriales están cada vez más conectados, preparados y conscientes de sus derechos epistémicos y políticos. Por ello, las metodologías participativas no pueden limitarse a replicar esquemas heredados. Al contrario, resulta imprescindible abrirnos a formas emergentes de coproducción de conocimiento, sensibles a los lenguajes, narrativas, tecnologías y ritmos propios de cada lugar, que resulten de la creatividad, la corporeidad, la escucha situada y el diálogo ontológico. Este número es, en ese sentido, una contribución valiosa tanto por lo que documenta como por lo que aporta en términos de experiencias metodológicas, pero sobre todo por lo que provoca: la posibilidad de imaginar, desde el Sur Global y desde nuestras geografías en movimiento, otros modos de preguntar, de mapear, de narrar y de transformar el mundo.

Referencias

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