Introducción
El presente escrito busca hacer una reflexión sobre el ciclismo de ruta, como un fenómeno sociocultural que se encuentra presente en la realidad colombiana. En primera instancia se realiza una descripción y aproximación al concepto de ciclismo de ruta, desde la perspectiva de las prácticas corporales; entendiendo que, este deporte presenta múltiples intencionalidades en consonancia con el gran número de actores y características variadas que presentan sus participantes. Después, se presentan los hechos más significativos del ciclismo de ruta colombiano, los cuales han permitido visibilizar grupos poblacionales que encuentran una forma de expresión a través de este deporte. En este documento se plantea la forma en la que los hitos del ciclismo nacional se configuran como elementos primordiales para la construcción de esta práctica, como un fenómeno que se encuentra presente en la conciencia colectiva de un amplio sector de la población colombiana, constituyéndose como un objeto que forma parte de la realidad sociocultural en este País.
Asimismo, se exponen las concepciones teóricas que existen en torno al ciclismo de ruta, las que a su vez han posibilitado la reflexión sobre esta práctica, exponer hitos históricos de este deporte en Colombia, que han aportado de manera directa, para que este fenómeno se consolide como un constitutivo de la realidad nacional; asimismo, se señalan aquellos personajes y competiciones que están en la memoria de los colombianos, buscando definir qué aspectos de los hitos han permitido que esta práctica se mantenga durante periodos de tiempo, en los que se disminuyó el patrocinio a este deporte y, por lo tanto, las grandes figuras no tuvieron un reconocimiento internacional.
También, fue necesario realizar una revisión exhaustiva sobre el concepto de realidad sociocultural y establecer sus características más relevantes. Posteriormente, se busca señalar la manera en la que el ciclismo se construye como una práctica, un concepto y una escena integrada a las estructuras cognitivas de los actores y espectadores. Lo anterior, producto de un fuerte posicionamiento histórico a través de triunfos representativos a nivel internacional, por parte de los ciclistas colombianos. Victorias que son percibidas por el común de la población, como acciones representativas en esta actividad y en la cultura, construyendo un imaginario del deporte como un elemento primordial para ser aceptado en la sociedad.
1. Ciclismo de ruta: constitutivo de la realidad colombiana
Para la construcción de este artículo se ha pensado resolver los siguientes interrogantes: ¿Es el ciclismo de ruta una práctica corporal? ¿Es el ciclismo de ruta una práctica social? ¿Es el ciclismo de ruta una expresión? ¿El ciclismo de ruta es un constitutivo de la realidad sociocultural colombiana? Es válido responder los cuatro interrogantes de manera asertiva; no obstante, la naturaleza y temporalidad de los contenidos de estas preguntas, requieren de respuestas particulares, señalando que, la última contestación depende de las que la preceden.
2. Ciclismo como una práctica corporal
El ciclismo de ruta, por presentar una simbología corporal, a través de la cual comunica los modos de decir, hacer y pensar del cuerpo, podría entenderse, en palabras de Casali y Céspedes (2016), como una práctica corporal. Según Gallo (2012), por medio de una práctica corporal se puede saber de la experiencia, y, por tanto, del cuerpo que, en el ciclismo de ruta, y como lo señala Laregina (2013), tiene una estrecha relación constitutiva con la bicicleta y evidencia el proceso de aprendizaje materializado en hábitos cuyo cuerpo se encuentra o se ubica en una espacialidad vivida y donde los ejes de orientación cambian según el movimiento de rotación cíclica que incorpora el practicante durante su desplazamiento, siendo este movimiento corporal el que expresa los modos de ser de quienes lo practican.
Desde el ciclismo de ruta, como practica corporal, se desprenden concomimientos significativos para el cuerpo al poseer un conjunto de técnicas que entran en diálogo con el mundo; a partir de la mirada de cada sujeto que lo practica hay un mundo imaginativo que ayuda a fundar una realidad, donde la voluntad se convierte en el motor que activa cada uno de los procesos inherentes al sacrificio, el dolor, el sufrimiento, el goce y el disfrute del cuerpo, ello según Rodríguez (2017), como sustratos de la experiencia corporal.
Según Mauss (1979), en toda práctica corporal la motivación es el vehículo que permite configurar hábitos que varían según la persona y el contexto donde se sitúe, para Muñiz (2010), toda práctica corporal permite tanto la construcción de identidad como la constitución de los actores involucrados, y Castañeda (2011), menciona que la práctica corporal de un sujeto se identifica con un ámbito social que posee un patrón de movimiento en común de acuerdo a una grupalidad donde cobra principal importancia sus vivencias y modos de vida.
Al respecto, y en el caso específico la práctica corporal ciclismo de ruta en el ámbito colombiano, es una representación cultural que genera orgullo nacional y es uno de los íconos que refleja la imagen del país en el exterior y, por tanto, forma parte de la idiosincrasia cultural (Dussán y Vergara, 2010), aunque para Quitián (2017), esta idiosincrasia cultural es de carácter regional, puesto que el ciclismo se ubica de manera particular en la geografía andina-montañosa, por ello tanto Boyacá como Nariño, Antioquia y Cundinamarca son los departamentos gestores del pedal, pero finalmente ha logrado un posicionamiento histórico en el territorio nacional (Dussán y Vergara, 2010) y cobrado un sentido sociocultural.
3. Ciclismo de ruta como práctica social
El posicionamiento del ciclismo de ruta en la sociedad colombiana hace posible que dicho deporte sea, según Anzola y Robayo (2016), una práctica social que integra no solo saberes físicos y mentales, sino también sociales y culturales, y a su vez Schatzki, citado por Ariztía (2017), señala que, al igual que toda práctica corporal, la práctica social puede ser definida como las formas de decir y hacer presentes en una espacialidad y en una temporalidad.
Lo anterior, es soportando por Giddens (2001), al mencionar que una práctica social es un aspecto constitutivo de la vida social, es decir, una actividad humana social que se recrea y se produce en la cotidianidad de los sujetos, y según Bourdieu (2007), toda práctica social expresa corporalmente la inscripción de la estructura a través del hábito o maneras de ser, no obstante, para Ariztía (2017), una práctica social es una unidad del mundo social.
En Colombia, el ciclismo de ruta, como práctica social, es una construcción de la realidad de quienes se involucran con él, y a su vez, es constitutivo de la historia reciente de su sociedad, hecho que lo ha llevado a posicionarse en la conciencia de los colombianos.
4. Hitos del ciclismo nacional
El posicionamiento del ciclismo de ruta en Colombia se reseña desde los años sesenta y setenta del siglo XX con la aparición de Martín Emilio “Cochise” Rodríguez quien fue uno de los primeros protagonistas a nivel mundial con el récord de la hora, fue campeón de Vueltas a Colombia y fue quien se abrió espacio en Europa como gregario de uno de los grandes del ciclismo (Amézquita, Ardila, Zamudio, 2019); Erick Merck y grandes equipos continentales, dejando en alto el nombre de Colombia y las puertas abiertas a la siguiente generación que participaría por primera vez con los recordados equipos Café de Colombia, Pilas Varta, entre otros.
Ciclistas colombianos como José Patrocinio Jiménez y Edgar “el condorito” Corredor fueron algunos de los que hicieron historia en el asfalto europeo y dieron a conocer la panela como el primer energizante y al Niño Jesús de Praga, al señor de Buga y a la virgen del Carmen como los amuletos de primera mano de los escarabajos colombianos.
Posteriormente, ya en la década dorada de los años 80, momento en el que el presidente de turno Virgilio Barco decreta el ciclismo como deporte nacional (Amézquita, Ardila, Zamudio, 2019), Luis Herrera y Fabio Enrique Parra darían a conocer a Colombia como la cuna de grandes escarabajos que venían acompañados de apasionados cronistas deportivos amantes del ciclismo de ruta como lo sería el ya fallecido Julio Arrastia Brica, un francés nacionalizado en Colombia (Márquez, 2015). Cada Vuelta a España, Dauphine Libere y el Tour de Francia hicieron soñar a los colombianos y a toda una América Latina con la camiseta de puntos rojos; la camiseta del Rey de la Montaña, así como con la emotiva participación, en el año 1987, de Lucho Herrera “el jardinerito de Fusagasugá”, al coronarse como campeón de la Vuelta a España y la extraordinaria presentación de Fabio Parra en el Tour de Francia al lograr el primer pódium latinoamericano al conseguir un tercer lugar (Salazar, 2020).
Luego, entre los años 90 y finales del siglo XX, el antioqueño Santiago Botero empezaría a crear, en los amantes del ciclismo, la idea de que no solo en los recorridos hacia la montaña se era bueno, sino que también había talento para ganar en etapas de terreno llano y soñar con sprínter colombianos (Dussán y Vergara, 2010). También, con el santandereano Víctor Hugo Peña, quien alcanzaría en el 2003 y por primera vez y en toda la historia de Colombia y América Latina, la camiseta de líder del Tour de Francia, siendo esta lucida durante tres días.
En este siglo y hace un poco más de una década aparece el nombre de Nairo Quintana, seguido por otros como Rigoberto Urán, Esteban Chaves “el chavito de América”, entre otros, quienes pusieron a soñar a Colombia, no solo con ganar etapas en las más grandes vueltas o alcanzar la camiseta de puntos rojos (primer corredor en la clasificación en etapas de montaña) o la camiseta blanca (primer finalista individual joven), sino que también le apostaron a ser campeones, convirtiéndose así en referente para ganar. Colombia se ha destacado a nivel mundial por el papel ejercido por estos ciclistas (Bejarano, 2020).
Finalmente, en 2018 Gaviria sentó a Colombia frente a los televisores a mirar el Tour de Francia, al mostrarse como un firme rival de uno de los mejores ciclistas del mundo como lo es Peter Zagan soñando quitarle la camiseta verde (primer finalista en la clasificación individual por puntos (sprints) y Miguel “superman” López o el vecino ecuatoriano Richard Carapás también aparecen en la reciente escena ciclística superando las grandes hazañas alcanzadas por “Nairoman”. Y en el 2019 el escarabajo Egan Bernal “el chico maravilla”, hizo vibrar al país y todo un continente por su gran participación en el Tour de Francia al coronarse campeón de la carrera más importante del mundo en materia ciclística.
Todo este despliegue de talento no ha sido ajeno a otros departamentos en Colombia, como es el caso del departamento de Nariño, al igual que “cochise” en los años 60 y 70, en el sur de Colombia, apellidos como Campaña, Gomajoa, Chamorro y Vásquez hicieron soñar a pastusos y nariñenses con el ciclismo de ruta, y en los años 90 y finales de siglo Virgilio Mora de Túquerres y Walter Barco de Pasto, se convirtieron en un referente muy importante para los futuros ciclistas de ruta. Ya en este siglo Robinson Chalapud, Oscar Quiroz, Edson Calderón, Hernán Aguirre, Guido Cárdenas y Darwin Atapuma son el presente del ciclismo de ruta en el sur de Colombia, siendo este último el más representativo al continuar compitiendo en las carreras más grandes del mundo y siendo gregario de los mejores.
5. El ciclismo de ruta en clave colombiana
En el contexto colombiano, el ciclismo de ruta es un fenómeno social y cultural al que se le atribuye diversos significados que dependen de la noción que se le otorgue, así como del contexto donde se sitúe, por ejemplo, para Dussán y Vergara (2010), el ciclismo de ruta, en el contexto colombiano, puede ser entendido como un deporte de sacrificios, no solo físicos y económicos sino también sociales, familiares y emocionales que incorpora en su mayoría a la población rural, lugar donde se sitúan los practicantes de este deporte. Como deporte de sacrifico, el ciclismo de ruta, es una práctica que exige tanto una estrategia como una técnica, pero a su vez se convierte en una oportunidad para mejorar la movilidad social de quienes lo practican (Dussán y Vergara).
Por su parte Quitián (2013), estudioso social del deporte en Colombia, plantea que el ciclismo de ruta, como práctica social, complementa y a veces sustituye el lugar del Estado, puesto que el ciclismo como fenómeno deportivo en el contexto colombiano, se configura como productor de discursos de integración por medio de la construcción de relatos que exaltan el heroísmo de quienes lo practican mientras vencen los obstáculos impuestos por la geografía y el atraso del país en materia vial, lo mencionado por Quitian (2013) tiene relación con lo expuesto por Vásquez (2002), al considerar el ciclismo de ruta como un narcotizador de conciencias que puede llegar al construir actitudes en los ciudadanos.
Desde el punto de vista de Anzola y Robayo (2016), esta práctica social y corporal puede concebirse desde tres perspectivas diferentes: como deporte educativo orientado a la formación integral del sujeto, como deporte social bajo el propósito de incluir y visibilizar los diferentes grupos poblacionales y como deporte de carácter competitivo encaminado hacia el alto rendimiento. Frente a esta tercera perspectiva Rodríguez (1984), manifiesta que esta práctica es un objeto de consumo si solo se piensa en el rendimiento de sus ciclistas y no en el origen ni su historia, lo cual es ratificado por Dussan y Vergara (2007) al mencionar que los ciclistas que alcanzan el profesionalismo, pueden dejar de lado constitutivos antropológicos; tales como el ocio, el bienestar, la salud y se concentran únicamente en competir, frente a ello, Sandoval y García (2014), manifiestan que con la llegada del ciclismo de ruta de carácter competitivo “se consolida la representación social del deporte como espectáculo de masas destinado principalmente a la afición de sectores medios y populares” (p. 4).
Por tratarse de una representación social de los colombianos, el ciclismo de ruta forma parte de la idiosincrasia cultural, que en palabras de Coutiño-Molina (2013), se refiere a la particular manera de ser de un individuo o de un grupo social respecto a un fenómeno social que está asociado a un entorno geográfico, climático y cultural según Díaz (2012).
Frente a lo mencionado anteriormente, se podría establecer como primer rasgo distintivo de la práctica corporal ciclismo de ruta, el hacer posible la construcción de la corporeidad como dimensión que expresa materialidades, subjetividades y condiciones sociales propias de la cultura, lo cual implica, según Hurtado (2008), ser-con-el-mundo de manera activa y a su vez resignificar el mundo y sus significaciones.
En palabras de Merleau-Ponty (2000), la corporeidad es la experiencia corporal que involucra dimensiones sociales, emocionales y simbólicas. Por su parte, Zubiri, citado por Gonzáles y Gonzáles (2010), menciona que la corporeidad es la vivencia del hacer, sentir, pensar y querer a partir de la relación que construye con los otros y con el mundo social que lo rodea siendo ello el motor que le permite construir un mundo de significados que le provee sentido a su vida.
Esta primera característica atribuida al ciclismo de ruta en Colombia es propia de quienes lo practican; personas humildes, con cierto grado pobreza y de extracción campesina, condición que los lleva a sobrellevar los sacrificios y desagrados, elementos que, según la presentación de Urrego, forman parte del ciclista al igual que los sueños, lo logros, las frustraciones, las derrotas y las victorias (Gil, 2002), por ello, el ciclismo de ruta es cosa de valientes y es el deporte más difícil, más arriesgado y más exigente (Gil, 2002) en la que prevalece, según Quitián (2017), el espíritu del dolor, el esfuerzo, el riesgo y el drama.
A esa experiencia corporal vivida por el rutero se incorpora la relación que este construye con la familia, los amigos, el entrenador, el mecánico, los vendedores sobre la ruta y los aficionados, actores que hacen del trazado de la vía que la salida, el camino, la zona de alimentación, el acompañante, la vera del camino, el agua, la caída, el pinchazo, la soledad, la llegada, el descanso, los perros y demás, sean parte representativa y determinante para la siempre interesante ruta de la vida de quienes ruedan por territorios invisibilizados y excluidos de la historia oficial del país y que a través del deporte, buscan darle sentido a su práctica cuando le otorgan un lugar a los sectores subalternos dando voz y reconocimiento a través de su ardua lucha sobre el pedal.
A partir de lo anterior, se establecen otras dos posibles características del ciclismo de ruta en Colombia: la movilidad social y el elemento colectivo. La movilidad social es entendida por Ruperti-Cañarte, Ruperti-Cañarte y Valencia-Macías (2016), como la facilidad que una persona o grupo social pueda escalar o no socioeconómicamente y depende del nivel de ingreso o bienes poseídos, así como del sector y la actividad económica en la que se encuentre como sujeto productivo, no obstante, para Duque (2020), la movilidad social comprende el origen social, la reproducción, la clase, el capital y el habitus, es decir, que abarca la familia, la preservación de ciertas condiciones, el grupo de pertenencia, los recursos disponibles, así como los modos de ser y estar en el mundo. Lo mencionado, se evidencia en el ciclismo de ruta como una herramienta para mejorar las condiciones socioeconómicas, destacando que ello es producto de las capacidades del sujeto y de su relación con la estructura social.
Con relación al elemento colectivo presente en el ciclismo de ruta, Gil (2002) señala que este no es un deporte individual, sino que es un deporte colectivo que involucra desde la familia hasta el espectador, así como al conjunto de los corredores cuando emana de ellos la solidaridad. Según Lorenzano (2008), lo colectivo es mucho más rico, cuantas más personas se encuentran insertas en un hecho social y cuanta mayor diversidad cultural exista entre ellas, puesto que ello propicia la construcción de un elemento en común que para el caso del ciclismo de ruta implica la constancia por parte de todos quienes rodean al ciclista.
Otra característica importante que ha afianzado el ciclismo de ruta está relacionada con el entorno geográfico, climático y cultural, aspectos que determinan el modo de ser de una persona o grupo social. Según Alejandre, Ortiz e Izaguirre (2018), el entorno geográfico actúa en la formación de una cultura que identifica a un grupo social en específico. En el entorno geográfico confluyen los elementos culturales que dinamizan la sociedad y es el campo físico donde se condicionan los modos de ser y hacer de los individuos en un espacio-tiempo (Alejandre, Ortiz e Izaguirre, 2018).
Dicho elemento distintivo es propio de la geografía de donde emergen los pedalistas. “En el ciclismo (…) cada persona, cada paisaje de montaña o llano, con lluvia o con sol, cada pueblo, cada ciudad, van tejiendo la tela de la historia” (Gil, 2002, p. 11). En zonas rurales y escenarios montañosos se forjan los practicantes de las bielas, quienes construyen una constitución física apropiada para esta práctica. Tanto las cadenas montañosas de Nariño y Antioquia como el altiplano cundiboyacense actúan en la formación de una cultura que añora de manera religiosa el ciclismo y determinan los modos de ser y hacer de quienes se involucran con él, a saber, hombre, montaña y religión, se convierten en elementos constitutivos del ciclismo de ruta y, por tanto, un triángulo de la idiosincrasia cultural (Dussán y Vergara, 2010).
El nivel y sacrificio de los gustosos de esta práctica corporal continúan cristalizándose en el imaginario colectivo de los colombianos, no solo porque la bicicleta moviliza a una población significativa, tanto de la ciudad como del campo, sino que a su vez el caballito de acero es una oportunidad para visibilizar la cotidianidad de sus prácticas. El ciclismo “es, con todo, un deporte de atracción masiva, que permite a sectores populares acceder al mundo de las máquinas, mágica atracción que los acompañará por siempre, incluso sobre los futuros avances tecnológicos” (Marín, 2007, p. 59).
Es de señalar que según el Índice Global de Ciudades de Bicicleta, citado por Medellín (2020), Colombia es uno de los países de América Latina que mayor uso hace de la bicicleta al convocar a los diversos sectores sociales, dadas al incremento sistemático de la tarifa del transporte público y el alto costo de vida, sobre todo en las principales ciudades, lo que lleva a reconsiderar el uso de la bicicleta como una posibilidad a partir de la cual se tejen nuevas formas de reconfigurar el territorio y nuevas posibilidades de construcción de tejido social, en tanto se ve en ella una forma sustentable y de relación y diálogo entre actores y de ellos con la naturaleza (campo-ciudad), pues a partir de esta práctica corporal y a la vez práctica social no solo se busca un lugar para visibilizar el nivel competitivo de los deportistas de elite, sino también una alternativa a través de la cual se puede construir tejido social, fortalecer valores sociales y comprender las realidades sociales de quienes ven en este deporte un medio para construir sus subjetividades, corporalidades e identidades.
El ciclismo de ruta en Colombia es una manifestación ritual y simbólica, pues podría llegar a ser un disipador de conflictos sociales que “encuentra en los símbolos rituales una polaridad de sentido que favorece la implicación afectiva de los individuos en el proyecto comunitario, como sucede hoy en los deportes de sacrificio”, (Cachán, 2013, p.9), a saber, detrás de cada uno de los practicantes existe una historia, donde lo simbólico y desde sus rituales producto de su cultura y creencias, ayudan a entender el ser humano que hay sobre una bicicleta y conocer que el fenómeno de las bielas y, anteriormente el caballito de acero, no es porque Nairo Quintana apareciera, sino que la bicicleta fue y sigue siendo parte de la idiosincrasia cultural en Colombia, sobre todo, para quienes nacen y crecen en el sector rural. El ciclismo de ruta como una realidad social puede considerarse “como una de las más importantes nuevas realidades morales en cuanto a significación deportiva (…) ha pasado de ser un mero ejercicio físico o espectáculo competitivo, a ser un ritual social y lúdico casi de obligado cumplimiento” (Antolín, De La Gándara, García y Martín, 2009, s/p).
6. Ciclismo y expresión
En concordancia con lo descrito en el numeral anterior, en donde se resaltan los acontecimientos más significativos del ciclismo de ruta colombiano, es necesario reflexionar la manera en la que estos momentos, se convierten en hitos de la realidad Nacional. Carvajal (2017) propone que, los hitos son momentos específicos de la historia, a través de los cuales se marca una línea de desarrollo. En este sentido, las diferentes victorias y hazañas históricas de los ciclistas colombianos han contribuido de manera directa al fomento de esta práctica corporal con diferentes intencionalidades y expresando diferentes constitutivos antropológicos (Arboleda, 2013).
Es importante mencionar que, el concepto de expresión requiere la manifestación de una tríada indisoluble: esencia, substancia y atributo (Deleuze, 1996). Estos tres elementos en el campo de la actividad física pueden ser entendidos de la siguiente manera; la esencia, motricidad y corporeidad, elementos inherentes y condicionales para la existencia de una práctica corporal; la substancia, concebida por Deleuze (1996) como cualidades, es decir, intencionalidades subjetivas dinámicas, dado que se encuentran en constante construcción y son diferentes para cada actor de la práctica corporal; finalmente, el atributo es la práctica corporal ciclismo de ruta, puesto que este es entendido como la forma en la que se expresan las substancias.
El concepto de expresión, propuesto por Spinoza (2009) y analizado por Deleuze (1996), toma contacto directo con la teoría de la acción comunicativa propuesta por Habermas (1987), quien afirma que, los procesos comunicativos configuran la forma en la que percibimos nuestra realidad (Nicholls, 2020; Carvajal, 2017), para los fines de este artículo, la realidad sociocultural.
7. Ciclismo en la realidad sociocultural
Vidal (2013), considera que la realidad sociocultural, puede ser conceptualizada desde el enfoque cualitativo y desde el enfoque cuantitativo; algunos escritores consideran que la realidad es lo que se puede medir de manera objetiva y, por lo tanto, la realidad se debe enmarcar en el paradigma positivista. Por otra parte, desde el enfoque cualitativo se puede entender a la realidad sociocultural como un proceso interpretativo y subjetivo; pero también, como un proceso que se encuentra en constante transformación. No obstante, los paradigmas como campos de conocimiento requieren ubicar el objeto que se desea conocer; es decir, se realiza una interpretación sobre un cuerpo o fenómeno, que es determinado por las estructuras sociales construidas a lo largo de la vida del sujeto (Vidal, 2013). En este caso, el objeto que se desea conocer es la práctica corporal, con todos sus actores e instrumentos que la componen.
Se debe resaltar también que, desde el punto de vista de Popper (1985), la realidad es lo que corresponde a lo más próximo a la verdad; como lo afirma este autor, ni la ciencia más rigurosa alcanza una verdad absoluta, sino una mayor probabilidad de que algo ocurra. Por lo anterior, se puede entender que un fenómeno específico que forma parte de la realidad sociocultural de un grupo de personas o de un individuo se encuentra en constante movimiento, así como sus nociones y concepciones son construidas y deconstruidas de manera permanente (Derrida, 1989). Generando así, movimiento con una intencionalidad clara en las estructuras cognitivas y las escenas integradas en la conciencia de los actores y espectadores del ciclismo de ruta.
En este mismo orden de ideas, Sokolowski (2012), afirma que la realidad sociocultural se expresa por medio de argumentos y conceptos, que son refutados o aceptados de acuerdo al proceso hermenéutico realizado por cada individuo; la aceptación o negación de los conceptos dependen en gran medida de las experiencias previas que tenga una persona. Sin embargo, el ciclismo de ruta como práctica corporal ha pasado a formar parte de la realidad inmediata de los diferentes grupos poblacionales en Colombia, ya que goza de un posicionamiento histórico superior al de otros deportes; además, gran parte de la población ha tenido la oportunidad de andar en bicicleta, por lo que ha logrado construir esa experiencia corporal necesaria, para que un fenómeno forme parte de la realidad de un actor; tal como lo afirma Sokolowski (2012), la realidad corresponde al sujeto, que desde su interpretación valora los hechos sociales y determina el grado de incidencia que tiene esa práctica en su construcción personal.
La experiencia corporal construida por el común de la población al momento de manejar una bicicleta construye empatía entre los practicantes de este deporte, se identifican y comprenden las diferentes sensaciones de los deportistas de elite. Navarro, López, Climent, y Gómez (2019), consideran a la empatía como una actitud que permite integrase y comprender; generalmente de forma afectiva, la realidad de otra persona. Es así que, al momento de abordar este artilugio producto del intelecto humano; la bicicleta, el ciclista del común experimentan transformaciones corporales; que van desde el incremento de la frecuencia cardiaca, el cambio en el tono y la postura muscular; hasta los dolores de cabeza, calambres y disnea por actividad física. Estas sensaciones físicas permiten reconocer y entender la fortaleza de la cual están dotados los ciclistas.
Pero estos cambios fisiológicos no solo permiten empatizar con el cuerpo instrumental y netamente físico de los ciclistas de elite; sino, con elementos que se encuentran en el cuerpo como razón sensible. La razón sensible es denominada por García (2014) como el “aprender a sentir, y pensar en el otro” (p.69); condición fundamental para concebir la existencia, actuar e intervenir, generando transformaciones en el contexto y construir una realidad diferente. Es decir, racionalizar el ciclismo de ruta como fenómeno constructor de saberes inclusivos, que problematizan y transformar la realidad inmediata de los actores.
El anterior razonamiento pone en duda la realidad hegemónica presentada por la razón instrumental. Según Maffesoli (1977), instrumentaliza las realidades, mostrando como principales características la omnipotencia y la omnipresencia; además, convence a las sociedades que a través de procesos tecnocráticos es posible la consecución de cualquier objetivo; de igual forma, ha permeado todas las instituciones sociales y se concibe a sí misma como la única realidad posible, excluyendo todo lo que rebase su lógica. Por otra parte, Parada (2017) asume que para la construcción de un fenómeno en la realidad de un grupo poblacional, es necesario que exista la conexión entre el cuerpo físico y el cuerpo emocional, concibiendo a las experiencias y a las sensaciones asimiladas por los sentidos como la fuente central para la construcción de la realidad sociocultural; puesto que, es el significado que otorgamos a las experiencias lo que determina nuestra realidad.
Nuevamente, se propone la suma de percepción, conciencia y contexto para la construcción de una realidad (Parada, 2017). Contextualizando esta tríada a la temática de este artículo, se puede interpretar que, la percepción del ciclismo de ruta, así como también de sus hitos y anécdotas, se encuentran en el mundo físico, los sujetos acogen estos estímulos, construyen conceptos y escenas integradas en la conciencia; y los trasladan a un mundo emocional; este último se configura en una nueva realidad con distintos matices e interpretaciones.
Los anteriores elementos para construir una realidad, presentados por Parada (2017), tienen una estrecha relación con el concepto de embodiment propuesto por Holmqvist, Frisén, Luanne y Pira (2020), quienes consideran que, para la construcción de una experiencia práctica, es necesario la unión entre la percepción y el contexto; para la existencia de las sensaciones se requiere la percepción y la conciencia; por otra parte, la unión de conciencia y contexto da como resultado la construcción de conceptos; finalmente la unión de estos tres resultados generan una realidad.
En este sentido, la realidad sociocultural; así como los fenómenos que la integran, existen porque la sociedad o un individuo han construido un mundo emocional en torno a experiencias o percepciones provenientes del mundo objetivo (Searle, 1997). Searle (1997) asume que, el sujeto y el objeto son características inherentes a la construcción de realidad; además de esto, considera que la realidad construida sobre un objeto o fenómeno es cromática y cambiante, puesto que es determinada en gran medida por el posicionamiento histórico del sujeto. Por lo anterior, es posible evidenciar una relación directa entre los triunfos de los ciclistas colombianos y el aumento de personas que han integrado esta práctica corporal a su realidad. En la actualidad, el ciclismo profesional ha incentivado la utilización de este objeto con distintas intenciones, que varían de sujeto a sujeto (Índice Global de Ciudades de Bicicleta, 2020).
8. Características de la realidad sociocultural
A continuación, se dará a conocer como la asignación de funciones a un objeto, la intencionalidad colectiva y las reglas constitutivas forman parte de la realidad sociocultural. En palabras de Valle (2014), las funciones no son intrínsecas a los objetos, sino que son relativas al observador; las reglas constitutivas, regulan un hecho institucionalizado, pero al mismo tiempo permiten que exista y facilita la realización del mismo; es así que, los hechos institucionalizados existen únicamente en un sistema de reglas constitutivas. Llevando esta serie de conceptos al presente escrito, la bicicleta como objeto puede tener diferentes funciones, las cuales son relativas a los actores de esta práctica corporal; asimismo, este objeto es cromático, puesto que su funcionalidad depende de la ubicación histórica y social del sujeto; por otra parte, la bicicleta, también se convierte en la regla constitutiva, tal como lo afirma Quitián (2013), este artilugio ha configurado en gran medida la realidad social Colombiana, y es evidente que para que exista el ciclismo como hecho institucionalizado se requiere de la bicicleta.
Lo anterior es reafirmado por Cáceres (2014), quien considera a la realidad sociocultural como la unión de elementos objetivos y subjetivos de la cotidianidad; o sea, la unión entre la bicicleta o el ciclismo de ruta, con los actores y espectadores; en esta realidad se encuentran inmersos objetos culturales e instituciones, como los clubes, las ligas, las federaciones o el mismo ciclismo como estamentos humanos; instituciones que están ahí previo al nacimiento de los individuos y que orientan formas de interactuar de los actores tomando como elementos mediadores al ciclismo de ruta como elemento mediador y a la bicicleta como objeto. Por lo anterior, Gilardi (2013) asume que, la realidad social es el resultado de un proceso histórico y social, por cuanto no se puede concebir independiente a las condiciones sociales, actores, instituciones, prácticas sociales y objetos.
Es así que, la realidad sociocultural se ubica en un campo social, por cuanto se encuentran lógicas de funcionamiento y propiedades específicas; lugares concebidos como espacios delimitados, constituidos históricamente, con estamentos determinados e institucionalizados, sus propias normativas e intereses; asimismo, un campo construye sus propiedades, que pueden ser interpretadas por los agentes que lo ocupan; en el campo se presentan tensiones, producto del afán por definir el mismo, los cuales son necesarios para su transformación (Bourdieu, 1990).
De igual manera, es pertinente mencionar que la realidad sociocultural se interpreta de manera diferente, teniendo en cuenta el sentido que cada persona da a los signos y sus acciones; así como también, a la experiencia de los sujetos en relación con la acción comunicativa y los hechos institucionalizados (Martínez, 2016). Llegado a este punto es necesario retomar el concepto de signo propuesto por Dunsmoor (2014), quien afirma que el signo es una señal universal; es decir, presenta como su característica principal a la objetividad; no obstante, el signo puede ser interpretado por cada uno de los observadores y otorgar un simbolismo diferente. Ese símbolo construido a partir del signo, forma parte de la realidad sociocultural; en este sentido, el posicionamiento histórico y social de los actores atribuye diferentes simbolismos al hecho institucionalizado del ciclismo de ruta, y a su regla constitutiva, la bicicleta.
Para la consolidación de estos símbolos es necesario que los actores observen, analicen, interpreten y propongan expresiones subjetivas teniendo como punto de partida un hecho objetivo; que, en este caso, es la práctica corporal del ciclismo de ruta; de esta manera se entiende que, los simbolismos sobre este deporte no son únicos, monolíticos ni homogéneos (Vidal, 2013), sino que se construyen en la conciencia colectiva de los colombianos a través de la experiencia que cuerpo sensible ha construido al tomar contacto con el mundo.
Es así que, para conocer la realidad sociocultural, se debe precisar el concepto de mundo y hacer referencia a la teoría de mundo social y mundo de vida elaborada por Schütz (1971), quien considera que la realidad se compone de estos dos mundos; en el primero, las personas realizan acciones que vienen determinadas por las estructuras sociales y experiencias; se realiza una interpretación de las experiencias y las prácticas sociales con relación a las instituciones humanas preexistentes, que pueden ser aplicadas en diferentes situaciones; en el segundo concepto, “mundo de vida” se trata del mundo en el que la intersubjetividad, las experiencias y las prácticas de los sujetos se aplican, cada sujeto posee un mundo de vida propio, que se diferencia de los mundos de vida de otras personas, pero que pueden compartir elementos comunes.
Por lo anterior, esta práctica corporal deportiva se incluye en el mundo social, ya que los deportes son estructuras sociales preexistentes. En lo que respecta al mundo de vida, se encuentra la expresión que cada actor otorga al ciclismo de ruta, independiente de las expresiones de las personas que pueden estar en su contexto cercano; no obstante, el ciclismo de ruta, como elemento del mundo de vida, puede mediar como una práctica común entre los mundos construidos por varios sujetos a través de la experiencia corporal compartida.
La teoría de los mundos propuesta por Schütz (1971) se aproxima a lo propuesto por Arechavala y Sánchez (2017), quienes aseguran que el mundo social y el mundo de vida están compuestos por diferentes hechos; el mundo social se conforma mayoritariamente por hechos brutos, los que se caracterizan por ser objetivos y que trascienden a la existencia del sujeto; en contra parte en el mundo de vida se encuentran los hechos institucionalizados con una interpretación subjetiva, aquellos que dependen del actor para ser puestos en práctica.
En palabras de Searle (1997), para lograr la máxima aproximación posible a la realidad, se sugiere la utilización de la complementariedad entre lo cualitativo y lo cuantitativo; entre hechos institucionales y hechos brutos, y entre el mundo de vida y el mundo social. No obstante, no es posible conocer en su totalidad a la realidad sociocultural de un sujeto o de un colectivo; dado que, la realidad se caracteriza por ser infinita, empero si es posible conocer uno de los hechos institucionalizados con interpretación subjetiva que conformen el mundo de vida de un grupo de personas (Labrador, 2015), en este sentido, es posible conocer como la práctica corporal del ciclismo de ruta ha pasado a formar parte de la realidad sociocultural de los colombianos.
Además de todo lo anterior, Cáceres (2014) agrega como otra de las características de la realidad, a la dinámica, esta es producto de un constante proceso de deconstrucción de conceptos, de experiencias prácticas, de sensibilidades y de hechos institucionalizados; por lo anterior, cada realidad sociocultural es cambiante entre sujetos que comparten características afines en un mundo de vida.
Finalmente, Cáceres (2014) considera que en la interpretación de la realidad sociocultural es necesario tener presentes las siguientes dimensiones: tiempo, sociedad-cultura y geografía; esto permite evidenciar a estas dimensiones como una tríada indisoluble que facilita el estudio de fenómenos, que, por darse en un tiempo, un lugar y una cultura específica, son irrepetibles.
Conclusiones
Como practica corporal, el ciclismo de ruta devela la experiencia vivida por el cuerpo a partir de su relación constitutiva con la bicicleta, siendo el movimiento corporal el vehículo que expresa los modos de ser de quienes lo practican con el propósito de ayudar a fundar una realidad.
En el contexto colombiano, el ciclismo de ruta es una representación cultural que genera orgullo nacional y es uno de los íconos que refleja la imagen del país en el exterior y, por tanto, forma parte de la idiosincrasia cultural que puede ser de carácter nacional o regional, puesto que ella no solo integra saberes físicos y mentales sino también sociales y culturales lo que a su vez la hace una práctica social.
Como práctica social, el ciclismo de ruta en el País es una construcción de la realidad de quienes se involucran con él, y a su vez, es constitutivo de la historia reciente de su sociedad, condición que ha hecho posible su posicionamiento en la conciencia de los colombianos.
El posicionamiento del ciclismo de ruta en Colombia data de las décadas de los sesenta y setenta y se configura a partir de los hitos en el asfalto de sus principales representantes como lo son Martín Emilio “Cochise” Rodríguez, José Patrocinio Jiménez y Edgar “el condorito” Corredor y, se le atribuye diversos significados que van desde el ser definido como un deporte de sacrificio, generador de movilidad social, productor de discursos de integración o un narcotizador de conciencias, significados que quizás configuran esta práctica como una representación social de los colombianos.
A la práctica corporal y a su vez practica social ciclismo de ruta en el País se le atribuye como características, la movilidad social, el elemento colectivo, el entorno geográfico y la construcción de la corporeidad, no solo del practicante, sino de los demás actores que se involucran con su práctica como lo es la familia, los amigos, el entrenador, el mecánico, los aficionados y demás.
La historia del ciclismo en Colombia ha estado ligada a la realidad sociocultural, se han visibilizado cambios en los conceptos, prácticas y escenas integradas; no solo en las conciencias de los actores, sino también, en las de los espectadores. Conceptos que han sido producto de momentos icónicos de este deporte en el País.
El ciclismo, como práctica corporal, es la unificación de variadas características comunicativas, culturales e identitarias, que hacen de este deporte, el más representativo de la geografía colombiana; no solo como una práctica orientada hacia el alto rendimiento, sino como un espacio que permite la comunicación y la construcción de conocimiento a través de los diálogos entre actores.
El ciclismo de ruta como expresión se configura en uno de los atributos más significativos para la realidad sociocultural, debido a que es considerado, por la mayoría de la población, como un deporte; el cual presenta como objeto, a la bicicleta; artefacto que, en unión con la corporeidad y la motricidad, comunica de manera intencional diferentes constitutivos antropológicos, que van ligados al propósito con la cual se practica el ciclismo. Posibilitando que esta expresión se logre movilizar entre los campos del deporte y el ocio, llegando a tener impacto directo sobre la construcción de representaciones mentales en practicantes y no practicantes.
Para que el ciclismo de ruta sea considerado como un constitutivo de la realidad sociocultural, es pertinente visualizarlo desde diferentes enfoques, el enfoque cualitativo y el enfoque cuantitativo. El primero de estos, asignará características objetivas y reglas constitutivas de esta práctica corporal; las cuales estarán acompañadas de aportes realizados por el enfoque cualitativo, que interpreta estas características en concordancia con el posicionamiento histórico y social de cada actor, para construir un mundo nuevo y particular, a partir de las características objetivas percibidas por los sentidos.














