Introducción
Las actitudes hacia la comida comprenden las percepciones, creencias, pensamientos, sentimientos y comportamientos relacionados con la comida que tienen las personas, las cuales pueden originar ciertas patologías alimentarias a causa de la preocupación por las apariencias físicas que impone la sociedad (Alvarenga et al., 2010).
En este mismo sentido, los trastornos alimentarios son alteraciones o anormalidades en la conducta de ingesta, entre los cuales se encuentran la anorexia y la bulimia nerviosa. Estos se reconocen como trastornos psicológicos cuya base se relaciona con el entorno social en el que cada individuo se desenvuelve, así como con factores asociados a trastornos emocionales y de personalidad. Las personas afectadas por estos tipos de trastornos tienen ciertos rasgos específicos que los caracterizan, como el miedo al aumento de peso, perder el control frente a la comida, baja autoestima, depresión, entre otros (Méndez et al., 2008).
En efecto, la anorexia se define como un trastorno alimentario y psicológico a la vez. Según Duarte y Mendieta (2019), la anorexia responde a una resistencia a comer, motivada por la preocupación excesiva por no subir de peso o por reducirlo . De esta forma, el individuo llega al borde de una extrema debilidad física por la falta de alimento, con el objetivo de sentir dominio y satisfacción sobre su propio cuerpo.
De igual manera, la bulimia es definida como un trastorno de la conducta alimentaria en el que se produce de forma compulsiva, un ciclo de atracón-purgación.( (Duarte y Mendieta, 2019)Se caracteriza por episodios de ingesta compulsiva, seguidos de sentimientos de culpa y malestar, que en ocasiones conducen al individuo a inducirse el vómito, tomar laxantes y abusar del ejercicio físico para contrarrestar el consumo de alimentos.
Las jóvenes universitarias son consideradas una población vulnerable, ya que se ha evidenciado que los trastornos de la conducta alimentaria han sido uno de los principales problemas psiquiátricos en mujeres adolescentes y jóvenes; además, la presencia de estos trastornos resulta peligrosa, pues están asociados a un alto riesgo de mortalidad, una baja tasa de recuperación, una alta comorbilidad y un alto riesgo de recaídas (Gaete et al., 2012).
Por este motivo, se observa que numerosos estudios enfocan sus investigaciones en la población femenina adolescente, como el realizado en México con una población de adolescentes, en el que se observó que las conductas alimentarias de riesgo fueron más frecuentes en mujeres adolescentes con sobrepeso u obesidad, de nivel socioeconómico más alto y en localidades urbanas (Villalobos et al., 2020).
Así mismo, en un estudio realizado en Colombia se encontró que las adolescentes y jóvenes reportaron un 11.4 % y un 6.6 % de conductas alimentarias de riesgo, respectivamente. Dichas conductas se asociaron con la insatisfacción corporal, presencia de dieta restrictiva, evitación de alimentos con azúcar y el conteo de calorías (Franco et al., 2019).
A partir de lo anterior, los objetivos de la investigación son: analizar las actitudes hacia la comida de las estudiantes universitarias, entre los 18 y 25 años, de la ciudad de Bucaramanga, identificar su riesgo de padecer trastornos de la alimentación y describir sus actitudes alimentarias.
Método
Población
La investigación se realizó con estudiantes mujeres de la Universidad Pontificia Bolivariana, entre los 18 y 25 años.
Instrumentos
Se utilizó la escala EAT-26, que es una prueba para evaluar el riesgo de trastornos de la alimentación. Esta consta de 26 ítems con seis opciones de respuesta (nunca, raramente, algunas veces, a menudo, muy a menudo, siempre); las 3 primeras se califican con 0, la cuarta con 1, la quinta con 2 y la sexta con 3. La puntuación total es la sumatoria de los valores de los ítems, teniendo como precaución que la pregunta 25 se puntúa a la inversa. Esta versión tiene tres subescalas: a) dieta: 13 ítems sobre conductas evitativas de alimentos que engorden y preocupaciones por delgadez; b) bulimia y preocupación por la comida: 6 ítems sobre conductas bulímicas y pensamientos acerca de comida, y c) control oral: 7 ítems sobre autocontrol de ingesta y presión de los otros para ganar peso (Constaín et al., 2017).
Procedimiento
Conforme al tipo de muestreo, se utilizó una muestra de 44 mujeres universitarias voluntarias que cumplían con el requisito de edad, a las cuales se les expusieron los objetivos y la importancia de la investigación. Seguidamente, se les explicó el desarrollo de la prueba y los pasos a seguir en cada uno de los instrumentos. Posterior a esto, se les proporcionó la escala EAT-26 con la ficha sociodemográfica para que confirmaran su edad y la escala dicotómica, con el fin de conocer si tenían antecedentes de salud mental. De igual forma, se les brindó apoyo a las participantes que presentaron dificultad con algún ítem o expresaron dudas respecto al proceso. Finalmente, se les agradeció su colaboración.
Resultados
En la investigación participaron 44 mujeres universitarias con una media de edad de 19.95 años, una mediana de 20 años y cuartiles 1, 2, 3 y 4 de 19, 20, 21 y 24 años, respectivamente.
Entre las universitarias se encontró que, con el NR11 (nivel de riesgo TCA con punto de corte 11), el 56.8 % tiene riesgo de padecer trastornos de conducta alimentaria (TCA); y con el NR20 (nivel de riesgo TCA con punto de corte 20), el 27.27 %. Estos resultados se presentan de manera detallada en la Tabla 1.
Tabla 2 Porcentaje nivel de riesgo en las subescalas de dieta, bulimia y control oral.

Fuente: elaboración propia.
En relación con las asociaciones entre la edad y el riesgo de TCA, se obtuvo una D de Cohen de 0.026, lo que indica ausencia de relación, dado que el punto de corte establecido es de 0.5, y el valor hallado se encuentra por debajo de este. De igual forma, se ordenaron los datos y se calculó la media y desviación estándar con el NR11 (punto de corte 11) y el NR20 (punto de corte 20). Esta información se sintetiza en las Tablas 3 y 4.
Respecto a las subescalas, en la tabla 2 se observa que el 29.54 % de las participantes tiene riesgo de conductas de dieta; el 4.54 %, de bulimia; y el 4.54 %, de control oral.
Asimismo, la edad y el nivel de riesgo (riesgo y no riesgo) se dividieron en dos grupos y se analizaron con la calculadora digital Chi-Square Calculator. El resultado mostró que el chi cuadrado de la edad y el nivel de riesgo es de =2.55 (p=0.10), por lo que no existe una relación estadísticamente significativa entre la edad y el nivel de riego de sufrir TCA. Lo anterior se presenta en la tabla 5.
En adición, se realizó el mismo procedimiento con la presencia de antecedentes y el nivel de riesgo, y se obtuvo que el chi cuadrado es de = 0.24 (p=0.62). Por lo tanto, no hay relación estadísticamente significativa.
Posteriormente, se asociaron los dos grupos de edad con la presencia de riesgo de dieta, bulimia y control oral. Se encontró que en la primera asociación el chi cuadrado es de = 3.29 (p=0.06), en la segunda es de = 0.54 (p=0.46) y en la última es de = 0.03 (p=0.85), por lo cual ninguna de las asociaciones es estadísticamente significativa.
De igual manera, se asociaron los antecedentes con la presencia de riesgo de dieta, bulimia y control oral. Los resultados muestran que en la primera asociación el chi cuadrado es de = 0.05 (p=0.81), en la segunda es de = 1.21 (p=0.27) y en la última es de = 1.55 (p=0.21), lo que indica que no existe una relación estadísticamente significativa entre la presencia de antecedente y riesgo de dieta, bulimia y control oral.
Por último, se realizó la asociación entre la presencia de riesgo con el NR11 (punto de corte 11) y la presencia de riesgo de dieta, bulimia y control oral. De esta se obtuvo que en las dos primeras asociaciones no hay relación, ya que en uno de los grupos no hay sujetos, y en la tercera asociación el chi cuadrado es de = 3.73 (p=0.05), lo que demuestra que no hay relación estadísticamente significativa.
Discusión
En relación con los objetivos específicos planteados en esta investigación, , se encontró que el 56.81 % de las encuestadas presenta riesgo de sufrir de trastornos de la alimentación. En las asociaciones realizadas no se halló una relevancia estadística, lo cual indica que no existe una asociación entre tener un patrón de dieta de riesgo y desarrollar riesgo de trastorno de la alimentación, ni tampoco con la bulimia y el control oral; sin embargo, el hecho de que un poco más de la mitad de la población manifieste signos de riesgo de padecer trastornos de la alimentación representa una gran preocupación, ya que son conductas que afectan su salud física y mental.
De acuerdo con la literatura revisada, otros autores afirman que las mujeres son vulnerables a tener insatisfacción corporal y tienden a realizar conductas de dieta, bulimia y control oral. Por ejemplo, en el estudio realizado en Colombia sobre el modelo predictivo de insatisfacción con la imagen corporal, se encontró que las mujeres reportan un nivel de insatisfacción corporal mayor que el expresado por los hombres, el cual es justificado por los actuales estereotipos que impone la sociedad, como que sean esbeltas, altas y luzcan jóvenes (Villegas y Londoño, 2021). Por otro lado, en el estudio titulado Prevalencia del riesgo de trastornos de la conducta alimentaria en una población de estudiantes de secundaria, Bogotá-Colombia, realizado en el 2017, se afirma que las mujeres presentan mayor insatisfacción con el peso que los hombres: quieren ser más delgadas aun teniendo un peso adecuado. Este factor, sumado a la etapa de la adolescencia, representa un alto riesgo para desarrollar conductas alimentarias alteradas (Fajardo et al., 2017).
En consecuencia, el porcentaje de mujeres que poseen riesgo de TCA en esta investigación es mucho mayor a otras investigaciones similares. Por ejemplo, en un estudio que se desarrolló en Colombia sobre trastornos alimentarios, el porcentaje de prevalencia fue de 17.7 % (Londoño, 2005), lo que demuestra una diferencia significativa. Sin embargo, se deben tener en cuenta factores como el total de la muestra, que fue de 362 adolescentes, mientras que el de esta investigación fue de 44 personas. De igual manera, el tipo de instrumento que utilizaron fue el EDI-2, el cual tiene una amplia evaluación de 11 subescalas, y el que se utilizó en esta investigación fue el EAT-26. Este factor también puede influir en la obtención de resultados.
Asimismo, en la investigación Prevalencia del Riesgo de Trastornos de la Conducta Alimentaria en una población de estudiantes de secundaria en Bogotá-Colombia, se utilizó una muestra de 312 mujeres y se evaluó a través de la prueba de SCOFF. Los resultados evidencian que el 30.1 % de las encuestadas presenta riesgo de padecer trastornos de la conducta alimentaria (Fajardo et al., 2017).
Seguidamente, en otro estudio que se elaboró en España se empleó la escala validada EAT-26, con una muestra de 121 mujeres universitarias, y realizaron un análisis de relaciones entre variables a través del chi cuadrado, coeficiente de correlación de Spearman, el Test de Wilcoxon-Mann-Whitney y el Test de Kruskal-Wallis. A partir de esto, se encontró que la prevalencia de TCA en las encuestadas fue de 14 %. De igual manera, de acuerdo con el IMC, un 6.6 % de las universitarias tienen un riesgo alto de padecer TCA, un 21.5 % no están satisfechas con su imagen corporal y un 5.8 % no valora positivamente su estado de salud (Blagomirova, 2020).
Ahora bien, en un artículo más reciente, titulado Perfeccionismo, estrés académico y ansiedad social en mujeres estudiantes de medicina y riesgo de padecer un trastorno alimentario: un modelo multivariado, se reportó que el 23.9 % (n=39) tuvo riesgo de padecer un TA, siendo la percepción de estrés académico y el perfeccionismo sus principales predictores (Mandiola et al., 2022). Este porcentaje resulta significativamente menor en comparación con el hallado en la presente investigación.
En cuanto al instrumento, la escala utilizada en esta investigación es el EAT-26, que es una escala mucho más simplificada que la original y es más adecuada para los participantes. No obstante, hay algunos ítems que se modificaron, ya que había términos un poco complejos de entender o había ítems con doble negación. En efecto, una de las limitaciones de este estudio es el uso exclusivo del EAT-26 sin complementar con otras pruebas, ya que existen aspectos que no pueden ser evaluados con profundidad; por ejemplo, el SCOFF, un instrumento breve y sencillo que ha demostrado sensibilidad y especificidad para evaluar TCA. En algunas ocasiones complementan el EAT-26 con el SCOFF, debido a que este último contiene solo cinco preguntas, de sí y no, y responder a una sola pregunta de forma afirmativa, es suficiente para incluir al evaluado en el grupo de riesgo de padecer TCA (Lázaro, 2010).
Por esta razón, para futuras líneas de investigación se recomienda emplear múltiples herramientas de medición y evaluación de riesgo de TCA. También resulta pertinente medir cómo el entorno y el contexto social influyen en la manifestación de actitudes hacia la comida y el posterior desarrollo de TCA por ejemplo, evaluar la influencia de los estereotipos sociales que promueven la insatisfacción corporal y fomentan conductas restrictivas, como dietas estrictas orientadas a alcanzar determinados estándares de apariencia . Además, también sería oportuno comparar los dos sexos para observar las diferencias de actitudes entre hombres y mujeres.
En conclusión, se obtuvieron resultados altos en relación con otros estudios. Asimismo, a partir de estas comparaciones se encuentra que en las mujeres, sobre todo en la etapa de la adolescencia, hay más riesgo de desarrollar un TCA. Por otra parte, el EAT-26 es una prueba adecuada para evaluar actitudes hacia la alimentación, ya que es rápida, práctica y los ítems que contiene contemplan componentes como perfección, insatisfacción corporal y dietas, que son importantes a la hora de identificar TCA.


















