Como legado de la COP16 realizada en la ciudad de Santiago de Cali en el año 2024, se celebrará entre el 29 de septiembre y el 5 de octubre de 2025 la primera Semana de la Biodiversidad. Este evento de ciudad, donde habrá una amplia participación de todos los sectores, no solo celebrará la riqueza biológica de la región, sino que también será una plataforma para el diálogo en torno a temas estratégicos de la Biodiversidad. Con encuentros a todos los niveles y una amplia programación, el evento, según la institucionalidad, será todo un éxito. Para otros, resultará ser un gran evento de diálogos fragmentados y dispersos sin una apuesta por trascender las visiones hegemónicas que a menudo despolitizan la gestión ambiental, sin incorporar activamente las perspectivas de movimientos sociales y colectivos que poseerán un profundo conocimiento situado (Parra-Romero, 2020; Ruiz-Serna, 2017).
En la Semana de la Biodiversidad se llevarán a cabo diversos encuentros centrados en negocios verdes, bioeconomía y soluciones basadas en la naturaleza. Estos eventos, incluyendo ruedas de negocio y encuentros entre empresarios y personas de alto nivel de los gobiernos nacionales y regionales, se convertirán en el eje central de la semana. Sin embargo, la agenda académica estará fragmentada y las apuestas críticas serán abordadas únicamente en algunos espacios programados. Esto limitará la posibilidad de un diálogo realmente interseccional entre los diferentes actores involucrados y sus visiones sobre estas soluciones.
En la última década, las soluciones basadas en la naturaleza (NbS) y las estrategias de bioeconomía se han movido de ser nichos a figuras centrales en los marcos políticos internacionales, como el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal o la estrategia de bioeconomía de la Unión Europea (Chausson et al., 2023; Priefer et al., 2017). El entusiasmo no es para menos, ya que estos dos enfoques tienden a conciliar el crecimiento económico con la sostenibilidad ambiental, aprovechando el potencial natural y los recursos biológicos (Boyer et al., 2022; Stephenson y Damerell, 2022). Pero sus efectos sociales y ambientales aún se discuten, y se invierten miles de millones de dólares anuales para ampliar las iniciativas bioeconómicas y NbS, lo que demuestra su importancia práctica (Chausson et al., 2023; Stephenson y Damerell, 2022).
Algunos las señalan como vía de sostenibilidad, con innovación tecnológica y circularidad como solución, y otros las critican como neoliberalismo verde que mantiene los modelos de crecimiento capitalistas (Sotiro-poulou y Deutz, 2022; Birch, 2020). En este sentido, existen serias limitaciones y controversias sobre las NbS y las soluciones bioeconómicas por su potencial para reforzar las lógicas neoliberales de mercado, el greenwashing y la insuficiente transformación sistémica (Folkard-Tapp et al., 2025; Chausson et al., 2023; Birch, 2020)
Algunos apuntan a que estos enfoques pueden ocultar las causas reales de la degradación ambiental como la dependencia de los combustibles fósiles y los imperativos de crecimiento económico (Eversberg et al., 2023). Las críticas señalan los riesgos, como la apropiación injusta de los beneficios, la exclusión del conocimiento local y la simplificación excesiva ecológica (Reed et al., 2024). Voces encontradas discuten si las NbS y la bioeconomía son caminos reales hacia la sostenibilidad o refuerzan las desigualdades de poder y la injusticia ambiental (Anguelovski y Corbera, 2023). Las consecuencias de esta brecha son posibles retrasos en las medidas necesarias para descarbonizar rápidamente la economía y proteger la biodiversidad, lo que pone en riesgo el cumplimiento de los objetivos globales sobre clima y sostenibilidad (Deprez et al., 2024).
Existe consenso en que las soluciones basadas en la naturaleza (NbS) y la bioeconomía pueden terminar en degradación ecológica e injusticias sociales si no se consideran la escala, el contexto y la justicia; los riesgos incluyen pérdida de biodiversidad, extractivismo y despojo (Anguelovski y Corbera, 2022; Kopta et al., 2025; Holz, 2023; Stephenson y Damerell, 2022).
Esto demuestra la importancia de involucrar las voces y conocimientos de los grupos sociales que habitan los territorios en las estrategias de conservación, ya que su conocimiento de los ecosistemas locales suele ser pasado por alto en los enfoques de planificación tradicionales (Parra-Romero, 2023). Esta falta de atención compromete la eficacia de las políticas y genera medidas fragmentadas que no atacan las raíces de la degradación ambiental, las cuales están relacionadas con las fuerzas socioeconómicas y culturales.
La necesidad de articular otras maneras de producir conocimiento, tanto activista como local/comunitario e indígena, radica en la construcción de una ecología de saberes para afrontar los conflictos ambientales desde una ontología política. Esta forma de aproximación, más allá de la tecnocracia y la monetización de la naturaleza, incorpora las perspectivas marginalizadas para moldear la toma de decisiones y desarrollar un pensamiento más abierto y holístico (Mercado et al., 2023). Para ello es necesario reconocer y legitimar las formas inductivas y sistémicas de conocimiento que emergen de la experiencia situada y la articulación de conocimientos en los conflictos socioambientales, en contraposición a los enfoques deductivos hegemónicos en la ciencia positivista. Estos "saberes-otros" no solo desdibujan las fronteras entre el activismo y la academia, sino que también enriquecen la institución científica, las políticas públicas y la solución situada de problemas socioambientales (Parra-Romero, 2023). El conocimiento que se genera en estos conflictos no es sólo científico, sino narrativo y comunitario, resignificando el territorio y la vida; donde no existe una separación entre naturaleza y cultura, incluso, para algunas comunidades no existe tal cosa como la naturaleza (Reed et al., 2024), lo que nos muestra la inestabilidad en conceptos totalmente occidentales, que parecen no ser suficientes para abordar la crisis civilizatoria que atravesamos.
Es por ello, que toda solución no solo debe basarse en la naturaleza o los recursos disponibles en los territorios, sino que debe propender por ser soluciones construidas con y para las personas, en un enfoque de interdependencia con el territorio. No se trata de negocios, sino de la vida humana y no-humana en el planeta. De hecho, algunos autores proponen que se deben abandonar estos enfoques y propender por conceptos más amplios como la acción integrada entre la naturaleza y el clima para abordar los factores sistêmicos de la policrisis mundial (Folkard-Tapp et al., 2025).














