Introducción
En una reciente intervención ante el Comité de Servicios Armados del Senado de los Estados Unidos (U.S. Senate Committee on Armed Services), James N. Mattis, como secretario de Defensa, señaló que el mundo se encuentra en los albores de una nueva era internacional, configurada por las realidades económicas contemporáneas y el retorno al equilibrio de poder entre grandes potencias. Esta dinámica se manifiesta en el resurgimiento de una Federación Rusa más agresiva y en el ascenso de una China cada vez más segura y asertiva, lo que supone una presión creciente sobre el orden internacional vigente. Ambos Estados cuestionan elementos fundamentales del sistema internacional establecido tras la Segunda Guerra Mundial y expresan su desacuerdo mediante el desafío a normas consolidadas, como la libertad de navegación y el respeto a la soberanía de los Estados ubicados en sus áreas de influencia (Delgado et al., 2019; Mattis, 2017).
Este artículo se propone analizar cómo los Estados han desplazado el centro de gravedad de su estrategia global desde la fuerza militar hacia el dominio económico y tecnológico, en un contexto marcado por la rivalidad entre grandes potencias y el ascenso de nuevas amenazas híbridas. Para ello, metodológicamente, se enfoca en el análisis conceptual del término geoeconomía, para desarrollar una revisión teórica en la que se definen las formas en que un país puede ejercer influencia económica y tecnológica sobre otro en el contexto geoeconómico contemporáneo. Finalmente, se presentan conclusiones sobre la relevancia de estas dinámicas, con un enfoque académico y fundamentado en fuentes confiables.
La geoeconomía alude a la intersección entre la economía y la geopolítica, explicando el contexto actual en el que los Estados emplean su capacidad económica para lograr ventajas estratégicas frente a otros países. Por lo tanto, la geoeconomía, frente a la economía clásica, incorpora consideraciones de poder, buscando, además de la creación de riqueza, su uso para influir en otras naciones.
Actualmente, según un reciente informe de McKinsey, la proporción de importaciones netas como porcentaje del consumo doméstico en distintas regiones del mundo en 2023 demuestra el enorme grado de globalización, estando todas las economías interconectadas en mayor o menor medida. Por ejemplo, China y Europa son grandes importadoras netas de minerales, energía, electrónica y propiedad intelectual, con niveles de dependencia superiores al 50% en algunos casos (Seong et al., 2025). Esta globalización e interdependencia ha provocado que el uso de medidas económicas sea cada vez más empleado frente a los medios diplomáticos o militares tradicionales para salvaguardar los intereses nacionales, por lo cual la geoeconomía ha emergido como un nuevo campo de batalla.
Las naciones libran cada vez más sus combates geopolíticos por medios económicos. Las políticas que regulan el comercio y la inversión internacional, la energía y los tipos de cambio, por poner algunos ejemplos, se utilizan como herramientas para ganar aliados diplomáticos, castigar a adversarios y presionar a países que se encuentran en una posición intermedia.
A la creciente importancia de los factores económicos en la esfera internacional se suma la tecnología como componente central de la geoeconomía, pues el liderazgo e innovación tecnológica determinan en buena medida la distribución internacional del poder económico y militar (Lee, 2024). Desde la aparición de la industria 4.0, definida como un conjunto de tecnologías disruptivas digitales y físicas que ofrecen nuevos valores y servicios a clientes y organizaciones (Elnadi & Abdallah, 2024), la tecnología resulta cada vez más determinante para el desarrollo económico y el mantenimiento y mejora de la competitividad internacional. Actualmente emerge la industria 6.0, concepto que representa la próxima fase en la evolución industrial, caracterizada por la integración avanzada de tecnologías como la inteligencia artificial generativa y enjambres de robots heterogéneos. Esta nueva generación industrial busca crear sistemas de producción totalmente automatizados capaces de gestionar de forma autónoma todo el proceso de diseño y fabricación de productos con base en instrucciones en lenguaje natural proporcionadas por el usuario (Lykov et al., 2024). Por todo ello, el liderazgo en tecnologías críticas, como la inteligencia artificial, el 5G -última generación de telecomunicaciones-o los semiconductores, está determinando la distribución internacional del poder (Lee, 2024).
Además de la vertiente economicista de la tecnología, existe otra dimensión que la convierte en un arma fundamental en los contextos económicos y en las nuevas guerras híbridas. Las amenazas híbridas combinan medios convencionales y no convencionales, así como tácticas militares y no militares, con el objetivo de desestabilizar a un adversario sin recurrir a una guerra abierta. Incluyen desinformación, ciberataques, presión económica, actores no estatales y otros métodos que operan en los márgenes de la legalidad o en ámbitos de ambigüedad para socavar la confianza en las instituciones, la estabilidad económica y la cohesión social (Hoffman, 2007; Moreno, 2021).
La geoconomía: estado de la cuestión
El objetivo de la investigación es lograr una conceptualización rigurosa del término geoeconomía, delimitando los factores principales que se enmarcan en este emergente constructo, empleado tanto en la academia como por profesionales de áreas como la economía, la ciencia política y las relaciones internacionales. El interés mundial por este concepto es indudable, como muestra Google Trends (Figura 1), que en varios momentos de los últimos cinco años registra un interés máximo a nivel global, resultando un término de búsqueda popular (Google Trends, 2025).

Fuente: Google Trends (2025)
Figura 1. Interés a lo largo del tiempo por el término “geoeconomy", según Google Trends.
Por lo tanto, es necesaria una conceptualización del término, ya que las publicaciones aún son muy escasas y existe un importante vacío de conocimiento al respecto. Para ello, se plantea una revisión de la literatura relevante, principalmente de fuentes académicas de reconocido rigor. Se buscó en diferentes bases de datos, como Web of Science (WoS), Scopus, Google Académico, JSTOR o Dialnet, entre otras.
Como primera aproximación que refleja la pertinencia de la investigación, en la búsqueda de WoS con el término "geoeconomy" como tema (topic) aparecen únicamente 16 publicaciones, con un total de 37 citas. La primera publicación es de 1971, seguida de otra en 1974, sin que existan trabajos en esta temática hasta 2007. A partir de 2014 se observa un crecimiento de las publicaciones, aunque todavía es incipiente. Si se analizan las publicaciones que contienen el término en el título, son incluso más escasas: existen 6 trabajos con un total de 25 citas (WoS, 2024). Con el término “geoeconomics" hay más resultados: 479 publicaciones y 3693 citas (Figura 2).
Analizando otros términos empleados antes de la aparición de geoeconomía, como "economic statecraft” (estrategia económica estatal), se observa también un número importante de publicaciones, con un total de 863 trabajos que han recibido 6894 citas, apreciándose, tal y como se muestra en la Figura 3, un incremento exponencial del interés por el término, aunque no recoja todos los matices y dimensiones que el concepto de geoeconomía tiene. Se observa asimismo un creciente interés tanto en citas como en publicaciones a partir del año 2007, siendo muy escasas antes de ese año (WoS, 2025).
Por último, como término relacionado con la geoeconomía, se realizó la búsqueda de "hybrid wat” (guerra híbrida) para recoger los nuevos campos de batalla existentes en geoeconomía, encontrando en WoS (2025) un creciente interés por esta temática, con un total de 2892 publicaciones -excluyendo algunas áreas no relevantes (p. ej., matemáticas, bioquímica, etc.)- y un número muy elevado de citas, con 14614, presentando un crecimiento exponencial desde finales del siglo pasado, tal y como se muestra en la Figura 4.
El estudio de estas temáticas tiene un carácter claramente interdisciplinar, tal y como se muestra en la Figura 5, donde existen publicaciones en diez áreas diferentes para el término "hybrid war”, siendo las más numerosas "Government & Law" (409 publicaciones) e "International Relations" (254 publicaciones).
En Scopus se constata también el creciente interés por la geoeconomía: desde 2015 se observa un importante crecimiento en las publicaciones relacionadas con el término "geoeconomics" (Figura 6).

Fuente: Scopus (2025)
Figura 6. Evolución de las publicaciones indexadas en Scopus con el término "geoeconomics".
Por lo tanto, queda plenamente justificado tanto el interés por el estudio como la falta de marcos teóricos y paradigmáticos sobre este emergente y complejo concepto de la geoeconomía actualmente.
Metodología
Para entender y conceptualizar el objeto de estudio, se realizó una revisión de la literatura aplicando un método de análisis de contenido. El criterio seguido para la selección de artículos en las bases de datos de citas y otras fuentes fue el propuesto por Raúl y Criado (2020), enfatizando la importancia de seleccionar estudios por su pertinencia al tema de investigación, más allá de indicadores como el factor de impacto de la revista o el número de citas.
Para el análisis de los artículos encontrados, se utilizó la metodología de análisis de contenido, una técnica de investigación para la descripción objetiva, sistemática y cuantitativa del contenido (Berelson, 1952), en este caso, de los documentos seleccionados sobre la conceptualización de la geoeconomía. Siguiendo a Krippendorff (2004), las unidades de muestreo fueron las publicaciones relacionadas, y se seleccionaron las categorías más relevantes para analizarlas, contextual izándolas en un análisis cruzado entre publicaciones y realizando búsquedas complementarias para ampliar o triangular los conceptos (Flick, 2018). Contextual izar los hallazgos obtenidos mediante análisis de contenido permite integrarlos con investigaciones previas publicadas y situar los resultados en el marco del conocimiento existente, identificando tendencias y detectando posibles vacíos en la literatura (Pedraza-Navarro & Sánchez-Serrano, 2022).
De la geopolítica a la geoeconomía: conceptos fundamentales y variables de la geoeconomía
La geopolítica, un término previo a la geoeconomía, es entendida como el conjunto de dinámicas vinculadas a las rivalidades de poder por el control o la dominación de territorios, independientemente de su escala geográfica. Estas disputas pueden involucrar a actores políticos de diversa naturaleza, incluyendo no solo Estados, sino también grupos étnicos, movimientos políticos o religiosos (Lacoste, 1976). La geopolítica, en su sentido tradicional, examina la influencia de la geografía en el poder político y las relaciones internacionales. Se centra en cómo la ubicación de un Estado, sus recursos naturales y su entorno físico configuran su política exterior y la toma de decisiones estratégicas. La geopolítica suele involucrar el estudio de disputas territoriales, alianzas estratégicas y el equilibrio de poder entre los Estados (Browning & De Oliveira, 2017). La globalización de la economía y la creciente interdependencia entre Estados han propiciado un uso cada vez más intensivo de instrumentos económicos en sustitución -o complemento- de los medios diplomáticos o militares tradicionales para la defensa de los intereses nacionales, dando lugar a la emergencia de la geoeconomía como un nuevo terreno de confrontación estratégica.
Antes de "geoeconomía", se empleaba el término "economic statecraft" (estrategia económica estatal), entendido como el uso deliberado de herramientas económicas (como sanciones, ayudas, comercio o inversiones) por parte de un Estado para alcanzar objetivos de política exterior o estratégica. En su definición clásica, la "economic statecraft" consiste en el uso de herramientas económicas con fines políticos o estratégicos, entre los que se encuentra generar dependencia de otros Estados (Larys & Svoboda, 2024). Este concepto va más allá de la tradicional diplomacia económica, centrada principalmente en gestionar las relaciones exteriores a través del comercio y la inversión (Yueh, 2020).
El término geoeconomía fue introducido por Edward Luttwak en 1990, quien planteó bajo este concepto la transición de la competencia militar entre Estados hacia una competencia basada en herramientas económicas. Luttwak (1990) sostiene que, tras el final de la Guerra Fría, los conflictos tradicionales entre grandes potencias disminuyeron, pero la rivalidad persistió a través de medios económicos, como el comercio, las inversiones estratégicas y las políticas industriales. En esta nueva dinámica, los Estados ya no solo buscan imponer su poder mediante la fuerza militar, sino que utilizan la economía como instrumento para lograr sus objetivos estratégicos. Para Luttwak (1990), la lógica del conflicto sigue presente, pero la forma ha cambiado: en lugar de ejércitos y batallas, los países recurren a aranceles, subsidios, barreras comerciales y competencia tecnológica. En este contexto, las estrategias económicas pueden volverse tan agresivas como las militares, por lo que los Estados deben adaptar sus políticas para navegar en un mundo donde el poder económico es cada vez más central en la geopolítica.
La geoeconomía puede definirse como el uso estratégico del poder económico para alcanzar objetivos geopolíticos. Implica la utilización de herramientas económicas, como el comercio, la inversión, las finanzas y la tecnología, para promover los intereses de un Estado en el ámbito internacional (Wigell, 2015). También se ha definido como "war by other means" (la guerra por otros medios), en referencia al uso de instrumentos económicos para promover y defender los intereses nacionales y para generar resultados geopolíticos favorables, así como los efectos de las acciones económicas de otras naciones sobre los objetivos geopolíticos de un país (Blackwill & Harris, 2016). Otras aproximaciones al término indican que la geoeconomía es el estudio de cómo la economía, la tecnología y la geografía influyen en la distribución de poder dentro del sistema internacional, poniendo el énfasis en las dinámicas estructurales globales más que en las estrategias particulares de los Estados (Lee, 2024).
Por lo tanto, en el contexto global actual, el poder económico ha reemplazado, en gran parte, al poder militar como principal motor de la influencia internacional de las naciones. A diferencia de la Guerra Fría, cuando la supremacía militar de Estados Unidos era clave para su liderazgo mundial, hoy su producto interno bruto (PIB) es el indicador más relevante de su poder. Ello implica, siguiendo a Gelb (2010), que Estados Unidos y el resto de los países deben aprovechar su poder económico para salvaguardar sus intereses internacionales, utilizando sanciones, acuerdos comerciales o inversiones estratégicas como herramientas esenciales para moldear la política global y la influencia de un país.
Para desarrollar acciones de geoeconomía, los Estados disponen, entre otros instrumentos geoeconómicos, de la política comercial, de la capacidad de controlar la política de inversiones en el exterior, de las sanciones económicas, del ciberespacio, de la ayuda exterior, de la política monetaria y su influencia global, y de la capacidad de influir en las políticas energéticas y de materias primas, con la posibilidad de establecer estrechas interrelaciones y sinergias entre ellas para defender los intereses de un Estado (Blackwill & Harris, 2016).
La fortaleza e influencia económicas, por lo tanto, pueden ser tan poderosas como la capacidad militar a la hora de configurar las relaciones internacionales. En este contexto, los Estados aprovechan sus capacidades económicas para promover sus intereses estratégicos, influir en el comportamiento de otros actores y asegurar su posición en el escenario global. Roberts et al. (2019) plantean que el actual cambio geoeconómico se caracteriza por una creciente percepción de la economía como asunto de seguridad nacional, así como por la integración de los aspectos económicos en la formulación de políticas estratégicas, lo que probablemente dará lugar a transformaciones significativas en las reglas, normas e instituciones del derecho del comercio y la inversión.
El concepto de geoeconomía ha adquirido relevancia en el análisis de políticas, reflejando una creciente conciencia sobre la interacción entre el comercio y la estrategia política internacional. Este resurgimiento reconoce que las herramientas económicas son cada vez más fundamentales en las relaciones internacionales (Vihma, 2017).
La tecnología como instrumento de poder geoeconómico
Luttwak (1998) sostiene que, en la competencia económica global, las "armas ofensivas", entendidas como las inversiones estratégicas, son más importantes que las defensivas. Entre esas armas, destaca la investigación y desarrollo (I+D), especialmente cuando está fuertemente financiada por los gobiernos con dinero público. Compara esta estrategia con una guerra: al igual que la artillería prepara el terreno para que la infantería avance, la I+D permite conquistar los sectores industriales del futuro mediante la superioridad tecnológica. Es decir, la innovación respaldada por el Estado es clave para dominar las industrias emergentes antes que otros países, por lo que la tecnología pasa a ser un elemento fundamental de la geoeconomía.
La relación entre la tecnología y la geoeconomía contemporánea presenta una configuración compleja y multidimensional, caracterizada por dos dinámicas fundamentales de interacción estratégica: la innovación tecnológica como catalizador del desarrollo económico y, por ende, del poder de influencia internacional; y el papel de la tecnología como instrumento de influencia y poder geopolítico (Lee, 2024). La innovación tecnológica constituye un elemento central en la configuración de los procesos de desarrollo económico contemporáneos. Su capacidad para transformar estructuras productivas, generar nuevos paradigmas de valor agregado y modificar las condiciones de competitividad internacional la posiciona como un factor fundamental en la dinámica económica global. Simultáneamente, el control estratégico de tecnologías críticas ha emergido como un mecanismo de influencia geopolítica de primer orden. Las capacidades tecnológicas se han convertido en un recurso geoeconómico que trasciende su valor instrumental, configurándose como un elemento de negociación, presión y ejercicio de poder entre entidades estatales. Por ello, se evidencia una profunda imbricación entre desarrollo tecnológico y configuraciones geoeconómicas contemporáneas, lo que subraya la naturaleza cada vez más compleja de las interacciones económicas internacionales.
La creciente dependencia de la infraestructura digital ha generado vulnerabilidades significativas para las naciones, lo que plantea serias amenazas a la seguridad nacional (Martino, 2024b; Payá-Santos, 2023; Payá-Santos & Luque-Juárez, 2021). Panetta, entonces secretario de Defensa de los Estados Unidos, advirtió sobre el riesgo de un potencial "cyber Pearl Harbor" para Estados Unidos, señalando la creciente susceptibilidad de infraestructuras críticas como la red eléctrica, el sistema de transporte, las redes financieras y los sistemas de información gubernamentales ante ataques cibernéticos extranjeros (Martino, 2024a; Bumiller & Shanker, 2012).
Además del riesgo para la infraestructura, el control de la información difundida a través de internet se ha consolidado como un factor de creciente influencia social y económica (Arias-Oliva & Khawly, 2021). La viralización de noticias en redes sociales genera beneficios publicitarios para los medios (Fielden et al., 2018), con posibles efectos en la esfera geopolítica. Plataformas como Facebook y X (antesTwitter) han evolucionado más allá de su función original de conexión social, transformándose en poderosos instrumentos de comunicación institucional y política, pero también de desinformación (CE Noticias Financieras, 2020). Con miles de millones de cuentas a nivel global, estas redes pueden ser utilizadas para manipular la opinión pública a través de usuarios reales o ficticios. La proliferación de cuentas de X manipuladas, operadas mediante sofisticados sistemas de inteligencia artificial (bots) desde las denominadas "granjas de bots", representa una seria amenaza para la soberanía de los países al intentar influir en su política interna, como, por ejemplo, en los resultados electorales. En este contexto, Marcellino et al. (2020) analizan la utilización de trolls y superconectores en las elecciones presidenciales de 2020 en Estados Unidos. Su investigación documenta la existencia de una interferencia electoral mediante estas técnicas de desinformación. Aunque la identificación del origen de las cuentas no fue concluyente, los autores sugieren que esta interferencia parece favorecer los intereses de Rusia y detallan de forma transparente la metodología empleada para identificar las cuentas sospechosas (Marcellino et al., 2020).
Un reciente informe del Pew Research Center, titulado "The future of truth and misinformation online" (Anderson & Rainie, 2017), que recoge las opiniones de más de 1100 expertos sobre el impacto futuro de la desinformación en línea, concluye que la situación empeorará en la próxima década, debido al auge de algoritmos de recomendación, inteligencia artificial y modelos de negocio basados en la atención (Sanz et al., 2024; Anderson & Rainie, 2017). El citado informe señala que las grandes plataformas tecnológicas extraen valor económico global al fomentar la viralización de contenidos emocionales o falsos, consolidando así su dominio en la economía de la atención y generando asimetrías entre países creadores y consumidores de tecnología. Al mismo tiempo, la desinformación se perfila como una herramienta geopolítica usada por actores estatales y no estatales para influir en decisiones económicas, desestabilizar mercados y debilitar instituciones.
La facilidad para crear y difundir información falsa en línea ha generado nuevas amenazas para la seguridad y la estabilidad global, mediante la manipulación de la opinión pública para interferir en todo tipo de fenómenos sociales y económicos, como interferir en procesos electorales, socavar la confianza en las instituciones o dañar la reputación económica de un país o empresa, por lo cual se ha convertido en un riesgo global (Foro Económico Mundial, 2024; Unesco, 2023).
Nuevo orden internacional
El orden económico internacional está atravesando una transformación significativa, alejándose del orden neoliberal que caracterizó el periodo posterior a la Guerra Fría hacia un nuevo orden geoeconómico (Roberts et al., 2019). En la década de 1990, una ola de optimismo liberal impregnó la política internacional, fortaleciendo las instituciones internacionales y consolidando la gobernanza global como un nuevo enfoque de los asuntos mundiales. Las instituciones internacionales, como la Organización Mundial del Comercio (OMC), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, han sido pilares clave de la gobernanza global (Stephen, 2017). La globalización generó un gran crecimiento económico e interdependencia, haciendo que las múltiples conexiones económicas, políticas y sociales entre naciones redujeran la probabilidad de conflictos armados, ya que los costes de tales enfrentamientos aumentan con la profundización de las relaciones mutuas (Keohane & Nye, 1977). El orden neoliberal priorizó la eficiencia económica, el libre comercio y la desregulación (Cox, 1994).
Sin embargo, el ascenso de nuevas potencias con valores políticos, económicos y culturales distintos, como China, ha desafiado este orden institucionalizado, provocando desequilibrios en algunas partes del orden existente, superponiéndose a este y desafiándolo, aunque sin derrocarlo (Stephen, 2017). El nuevo orden geoeconómico global se caracteriza por una creciente interrelación entre seguridad, economía y poder estatal. Este entorno está marcado por la transición hacia una multipolaridad con actores como China, Rusia y la Unión Europea, así como por una creciente regionalización que impulsa estrategias geoeconómicas diferenciadas (Subacchi, 2008). A ello se suma una competencia tecnológica intensa en sectores estratégicos y un retorno del intervencionismo estatal mediante políticas industriales y subsidios que desafían los principios del neoliberalismo (Roberts et al., 2019).
Otra transformación relevante es la tendencia al debilitamiento de estas instituciones, ya que los Estados priorizan cada vez más sus intereses nacionales por encima de la cooperación multilateral. Los Estados Unidos, bajo administraciones recientes, se ha retirado de varios acuerdos e instituciones internacionales, mientras que China ha buscado ampliar su influencia dentro de las instituciones existentes y crear nuevas, como el Asian Infrastructure Investment Bank (Beeson & Li, 2016). En el actual orden internacional, priman las consideraciones estratégicas, como la seguridad nacional, el liderazgo tecnológico y la influencia geopolítica (Roberts et al., 2019), frente a la eficiencia, el comercio y la desregulación del orden neoliberal (Cox, 1994). Este cambio se refleja en políticas como las restricciones comerciales, el control de inversiones y los subsidios industriales, que a menudo se justifican por motivos de seguridad nacional.
Mearsheimer (2019) plantea que el orden internacional liberal estaba condenado al fracaso debido a errores fundamentales en su concepción: 1) partía de una visión idealizada de la naturaleza humana como racional y pacífica, ignorando su tendencia al egoísmo y la búsqueda de poder; 2) asumía que la política internacional podía transformarse en un juego de suma positiva, cuando en realidad se rige por una lógica de suma cero y competencia; y 3) descansaba sobre instituciones inestables que combinaban la promoción de la cooperación con un respeto sin límites a la soberanía, lo que las volvía ineficaces ante desafíos globales. El nuevo orden, según Mearsheimer (2019), buscará un equilibrio entre las dos grandes economías en pugna, China y Estados Unidos, existiendo un tercer orden "débil" que facilite la cooperación internacional.
En este contexto emergente surgen nuevos términos frente al predominante hasta ahora offshoring. El offshoring, en esencia, consiste en trasladar actividades empresariales desde el país de origen de una empresa hacia una ubicación extranjera (Hollinshead et al., 2011), motivado por la búsqueda de eficiencias de costos y ventajas estratégicas (McCoy & Sarx, 2008). Ahora, en el nuevo orden geoeconómico, emergen el friendshoring, el nearshoring y el decoupling.
El friendshoring es una estrategia que está ganando terreno entre responsables políticos y empresas, al replantearse la globalización a la luz de tensiones geopolíticas y disrupciones en las cadenas de suministro: consiste en priorizar las relaciones comerciales y de inversión con países que comparten valores similares y son considerados aliados políticos y económicos Javorcik et al., 2024).
El nearshoring está impulsado principalmente por el deseo de reducir costos manteniendo vínculos geográficos y culturales más cercanos (Chatzipanagioti et al., 2014); traslada procesos a un país vecino o de la misma región, aprovechando menores costos laborales sin renunciar a beneficios de proximidad, como comunicación más fluida, menor tiempo de viaje y husos horarios similares.
El decoupling, en un contexto geoeconómico, alude a la reducción o ruptura de la interdependencia económica entre países o regiones, que puede manifestarse en la disminución del comercio, los flujos de inversión, la colaboración tecnológica y los vínculos financieros. Sus motivaciones son variadas y suelen surgir de preocupaciones de seguridad nacional, competencia geopolítica y diferencias ideológicas o económicas (Zhang, 2023).
Empresas de propiedad estatal (state-owned enterprises)
The Economist (2012) publico un informe especial titulado "The rise of state capitalism", en el que analizaba el resurgimiento del capitalismo de Estado, especialmente en economías emergentes. El informe destacaba cómo, en los últimos años, empresas respaldadas por el Estado han transformado el panorama corporativo global, combinando el apoyo gubernamental con operaciones similares a las de multinacionales privadas. En países como China y Rusia, las empresas estatales dominan sectores clave de la economía. Por ejemplo, en China estas empresas representan el 80% del valor del mercado bursátil, mientras que en Rusia constituyen el 62 %. Además, estas entidades han expandido su presencia internacionalmente, representando un tercio de la inversión extranjera directa en el mundo emergente entre 2003 y 2010.
Las empresas de propiedad estatal (SOE, por sus siglas en inglés, state-owned enterprises) juegan un papel importante en las actuales dinámicas geoeconómicas. Suelen operar en sectores estratégicos y cuentan con una cuota importante del mercado, lo que les permite ejercer influencia en los países en los que operan. El auge del capitalismo de Estado, donde los Gobiernos ejercen una influencia directa sobre la economía mediante la propiedad y la formulación de políticas, ha amplificado el papel de las SOE en la geoeconomía (Buckley, 2022). Las SOE desempeñan un papel relevante en la geoeconomía, influyendo en el poder económico y político de un país en el escenario global (Muñiz, 2022; 2024). Actúan como instrumentos de la política estatal, persiguiendo intereses estratégicos que van más allá de los objetivos puramente comerciales (Luque-Juárez et al., 2023; Delgado et al., 2020).
Battowski y Kwiatkowski (2022) señalan que cerca del 30% de las cien principales empresas en las principales economías son de propiedad estatal, mientras que Bernier et al. (2020) atribuyen alrededor del 10% de la actividad económica global a las SOE.
Las SOE chinas, por ejemplo, poseen activos internacionales significativos y participan activamente en iniciativas de carácter geoeconómico, como la Franja y la Ruta (Leutert, 2016). La Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) es un ambicioso proyecto de infraestructura y desarrollo global propuesto por China. Busca mejorar la conectividad comercial entre Asia, África y Europa mediante la construcción de puertos, ferrocarriles, carreteras y otras infraestructuras. Desde una perspectiva geoeconómica, la BRI pretende expandir la influencia económica y política de China, asegurar el acceso a recursos naturales y mercados, y promover el uso del yuan como moneda internacional (Summers, 2016). Por lo tanto, se acumulan evidencias del uso geoeconómico de las SOE como actores multifacéticos cuyos roles económicos y estratégicos influyen en los mercados globales y en las políticas tanto locales como internacionales.
Cabe destacar que, además de la importancia de las SOE, la geoeconomía reconoce el creciente papel de los actores no estatales, como las corporaciones multinacionales, las organizaciones internacionales y las instituciones financieras (Muñiz, 2022; 2024). Estos actores pueden influir de manera significativa en los flujos económicos y en la configuración del panorama económico global (Chacko & Jayasuriya, 2017).
Las amenazas y guerras híbridas
Las amenazas y guerras híbridas han surgido como un concepto nuevo en el siglo XXL Se utilizan para describir las complejidades del conflicto moderno, que involucra actores diversos y difumina las líneas entre la guerra tradicional y las tácticas irregulares, convirtiéndose en un área importante de seguridad para los Gobiernos occidentales (Delgado et al., 2019; Wither, 2016). Los estudios las describen como estrategias multidimensionales que combinan la fuerza armada tradicional con operaciones de información, presión económica y medidas políticas, sociales y legales, donde los límites entre la guerra y la paz son difusos, así como entre actores estatales y no estatales (Giegerich, 2016). Otras aproximaciones indican que las guerras híbridas incluyen elementos informativo-psicológicos para influir en la opinión pública con el objetivo de satisfacer fines geoeconómicos y geopolíticos (Manko & Mikhieiev, 2018).
Una de las armas empleadas es la "desinformación" (disinformation), entendida como la difusión intencional de información falsa o engañosa con fines lucrativos, para causar daño o para promover objetivos políticos o ideológicos; se diferencia de la "misinformation", definida como información falsa o errónea que se comparte sin intención de causar daño (Broda & Strómbáck, 2024). La desinformación está inextricablemente ligada a las redes sociales y a las plataformas tecnológicas (Kuo & Marwick, 2021). Por ejemplo, durante la campaña del referéndum del Brexit en 2016 se identificaron diversas formas de desinformación que influyeron en la opinión pública y en el resultado de la votación. Howard y Kollanyi (2016), al examinar el uso de bots en Twitter, encontraron cuentas automatizadas que generaron una cantidad desproporcionada de contenido, en su mayoría favorable a la campaña por la salida del Reino Unido de la Unión Europea.
El empleo de la información para manipular la opinión también es una práctica recurrente. Uno de los primeros casos documentados de influencia mediante el análisis y uso de la información de redes sociales fue el escándalo de Cambridge Analytica, empresa que recolectó datos de millones de perfiles de Facebook sin consentimiento explícito, usándolos para construir perfiles psicológicos y dirigir propaganda política personalizada durante la campaña presidencial de Trump en 2016, lo que demostró la capacidad de manipulación en redes sociales a gran escala (Rehman, 2019).
Otra forma de guerra y amenaza híbrida son los ciberataques. Un ciberataque con interés geoeconómico se define como una acción deliberada en el ciberespacio destinada a interrumpir, dañar o acceder sin autorización a sistemas informáticos y redes, con el objetivo de obtener ventajas económicas que respalden agendas geopolíticas. Estos ataques suelen dirigirse a infraestructuras críticas, sectores económicos estratégicos o entidades financieras, buscando influir en la posición económica de una nación en el contexto internacional (Blackwill & Harris, 2016). A modo de ejemplo, Colonial Pipeline, el principal operador de oleoductos de Estados Unidos, sufrió en mayo de 2021 un ciberataque de ransomware que obligó al cierre de su red de distribución de combustible durante varios días. Este incidente afectó aproximadamente al 45% del suministro de combustible en la costa este del país, lo cual provocó escasez y alzas en los precios de la gasolina, e incluso se declaró el estado de emergencia en algunos estados (Beerman et al., 2023). El ataque fue perpetrado por el grupo de ciberdelincuentes conocido como DarkSide, presuntamente relacionado con Rusia (Brandefense, 2021). Por lo tanto, los ciberataques se han convertido en una nueva amenaza para la seguridad nacional, ya que pueden afectar infraestructuras críticas, por lo cual constituyen nuevas formas de guerra para defender intereses geopolíticos.
Por ello, los ciberataques se están integrando en las estrategias geoeconómicas. Así, la Unión Europea ha incorporado la ciberseguridad en su agenda geopolítica, abordándola no solo como una cuestión técnica o de defensa, sino también como una herramienta estratégica para fortalecer su soberanía económica (Farrand et al., 2024). En el caso de Estados Unidos, el Departamento de Defensa también ha desarrollado una ciberestrategia para hacer frente a este tipo de amenazas (Department of Defense, 2023), lo que demuestra claramente su emergencia dentro del nuevo contexto geoeconómico.
Conclusión
La presente investigación ha permitido evidenciar que la geoeconomía constituye un nuevo paradigma estratégico en el escenario internacional contemporáneo, caracterizado por el uso intensivo de herramientas económicas, tecnológicas y de información como medios de influencia y confrontación entre Estados. A diferencia de la geopolítica tradicional, basada en la fuerza militar y la ocupación territorial, la geoeconomía articula el poder económico con fines geopolíticos, de modo que se convierte en un elemento central en la formulación de la política exterior y de seguridad nacional.
La revisión teórica y bibliométrica muestra que, a pesar de su creciente relevancia, la geoeconomía sigue siendo un concepto emergente en el ámbito académico, con escasos marcos teóricos consolidados. No obstante, su importancia ha aumentado significativamente en los últimos años, especialmente debido a la intensificación de la competencia entre grandes potencias, como China y Estados Unidos, y el resurgimiento del papel de las empresas de propiedad estatal (SOE) como instrumentos de influencia internacional.
Asimismo, la investigación destaca el papel crucial de la tecnología como instrumento de poder geoeconómico, lo cual resulta determinante tanto para la competitividad económica como para el dominio geopolítico. En este sentido, las guerras híbridas, los ciberataques y la desinformación digital emergen como nuevas formas de conflicto, donde los Estados buscan desestabilizar a sus adversarios sin recurrir al enfrentamiento militar directo.
Finalmente, se constata que hay en la actualidad un proceso de transición hacia un nuevo orden geoeconómico global, caracterizado por la multipolaridad, la regionalización, el intervencionismo estatal y la creciente interrelación entre economía, seguridad y poder. Este nuevo escenario exige repensar las relaciones internacionales desde una óptica interdisciplinar que integre variables económicas, tecnológicas, de información y estratégicas para comprender las dinámicas del poder en el siglo XXI.

















