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Revista Colombiana de Psiquiatría

Print version ISSN 0034-7450

rev.colomb.psiquiatr. vol.37 no.1 Bogotá Jan./Mar. 2008

 

Impacto del conflicto colombiano en los periodistas*

 

Impact of the Colombian Armed Conflict in the Journalists

 

Ismael Roldán1 Diana Sofía Giraldo2 Miguel Ángel Flórez3

*Este texto hace parte de la investigación “Periodistas, guerra y terrorismo”, presentada en el Primer Congreso Internacional sobre Víctimas del Terrorismo, por la Escuela de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad Sergio Arboleda, Bogotá, Colombia.

1 Médico psiquiatra. Profesor de la Escuela de Comunicación Social y Periodismo, Universidad Sergio Arboleda, Bogotá, Colombia. Profesor emérito de la Universidad Nacional de Colombia. isrova39@yahoo.com

2 Periodista. Decana de la Escuela de Comunicación Social y Periodismo, Universidad Sergio Arboleda, Bogotá, Colombia. Directora de la Fundación Víctimas Visibles.

3 Periodista. Profesor de la Escuela de Comunicación Social y Periodismo, Universidad Sergio Arboleda, Bogotá, Colombia.

 


Resumen

Introducción: Este artículo esboza las dificultades que presentan los periodistas colombianos en su trabajo y caracteriza el impacto del conflicto armado colombiano en su relación con este ejercicio profesional. Método: Los autores realizaron 70 entrevistas a algunos periodistas colombianos que cubren el conflicto. Para el análisis de las entrevistas se intentó entender la lógica de su conducta y cómo representan su profesión. Resultados: Las entrevistas señalan las dificultades y el impacto en la información y la libertad de prensa que se dan en una sociedad fragmentada azotada por el conflicto. El miedo, el dolor, la manipulación de la información, la intimidación y las amenazas de muerte que ejercen los actores armados sobre los periodistas hacen que la libertad de información y de prensa se restrinja y se sienta amenazada. Conclusión: Las violaciones a la libertad de prensa tienen un efecto inhibitorio para informar.

Palabras clave: periodismo, prensa, entrevista, miedo.

 


Abstract

Introduction: This article depicts the difficulties Colombian journalists face and characterizes the impact of the Colombian armed conflict in relationship to this profession. Method: The authors interviewed 70 Colombian journalists. For the purpose of analyzing the interviews an attempt was made to understand the logic of their behavior and the way they represent their profession. Results: The interviews expose the difficulties and the impact on information and on free press that take place in a fragmented society beset by armed conflict. The fear,pain, manipulation of information, intimidation and death threats that the armed actors exert on journalists restrict and threaten freedom of information and freedom of press. Conclusion: Violations of free press have an inhibitory effect on information.

Key words: Journalism, press, interview, fear.

 


Introducción

Un periodista extranjero puede invocar una posición de neutralidad sobre el conflicto, pero esto no corresponde a la realidad que siente el periodista colombiano, al ser testigo de hechos violentos en su propio país y ver morir y sufrir a sus conciudadanos. Este hecho es central para comprender los dilemas y las tensiones en el cubrimiento periodístico del enfrentamiento armado. A diferencia del ciudadano común y corriente, el periodista también tiene el compromiso de informar y se le pide que no calle, que dé su versión y sea veraz sobre los hechos. Debe luchar contra los estereotipos y prejuicios que en este caso pueden significar que se convierta en un objetivo de uno u otro bando. Este drama se acentúa más para aquellos quienes trabajan en regiones apartadas. Ellos tienen la mayor vulnerabilidad y, en muchas ocasiones, tienen que acudir a diversas estrategias para mantenerse vivos.

Esta investigación buscó caracterizar el impacto del conflicto armado colombiano en el ejercicio profesional del periodista. Para ello se entrevistaron a 70 periodistas que cubren la información sobre el conflicto armado y se desempeñan en el área de orden público. Lo más sobresaliente de estas entrevistas, de las cuales empleamos sólo tres en este artículo, es el miedo y el manejo del dolor. Es decir, lo central es la manera cómo las emociones impregnan la práctica profesional del periodista.

Las emociones están ligadas a las condiciones en las cuales se realiza el ejercicio laboral del periodista. Es importante, por lo tanto, una conceptualización de la teoría de las emociones. Es creciente el consenso sobre cómo las emociones manejan la vida mental y proporcionan la base heurística que relaciona el flujo de los eventos diarios con metas individuales y con preocupaciones sociales (1).

También estamos de acuerdo con Kandel y cols. (2) cuando apunta a entender las emociones como actos comunicativos, relacionales, inscritos en contextos socioculturales específicos, como los vividos por los periodistas colombianos. Los policías, los soldados y los guerrilleros son actores de la violencia. La diferencia entre ellos y los periodistas es que aquellos tienen un marco de referencia ideológico que los ayuda a manejar las situaciones de guerra. En cambio, los periodistas carecen del apoyo suficiente para elaborar las situaciones de guerra, pues a ellos no se les ha preparado para el manejo del conflicto colombiano.

Los periodistas echan mano a los recursos del sentido común y delmedio cultural donde se han formado. Estos recursos culturales, como lo revelan los testimonios, pueden estar cargados de fatalismo y de obstáculos insalvables, que aumentan el sentimiento de soledad y abandono a su suerte. De ahí la importancia de ofrecerles mayores herramientas para su trabajo y que cada medio genere solidaridad permanente para mejorar las condiciones de trabajo. Los periodistas reciben poco apoyo emocional después de haber enviado sus informes. A diferencia de otras personas, como los militares o la policía, a quienes se les ofrece informaciones y orientación después de la tragedia que han cubierto, a los periodistas se les asigna la cobertura de otras historias.

En el futuro, sabemos que los periodistas tendrán que enfrentar muchas otras tragedias, que les dejarán a ellos, a las víctimas y a las comunidades huellas y memorias difíciles de borrar (3). Por otro lado, informar en medio del conflicto tiene dilemas para los medios, pues deben sopesar entre informar con respeto por el dolor de los familiares de las víctimas y hacerlo de manera que el público tenga acceso a la información más completa posible y que se esclarezcan los sucesos.

Ese equilibrio entre el respeto por el dolor de las víctimas y el derecho del público a informarse no es fácil. Otro difícil equilibrio se da entre los propios sentimientos de miedo, dolor y rabia, y la necesidad de informar con veracidad. Los periodistas colombianos son sometidos a situaciones límite al cubrir la violencia y la guerra durante períodos largos y continuados, pues sus crónicas relatan las dinámicas bélicas, las violencias cotidianas, las venganzas y los atropellos que los actores armados ejercen contra otros.

En las entrevistas, los periodistas ponen de presente su dolor y su miedo. En cierto sentido, se puede decir que es un miedo racional, pues el periodista calcula y prevé lo que escribe en cada cuartilla. Por otro lado, es un miedo que surge de imaginar lo que el otro puede hacer. En fin, es el miedo propio de su condición humana, de quien le teme a sus semejantes, porque sabe que no son diferentes a él. Y, en últimas, este miedo que sienten los periodistas colombianos es resultante de vivir en un universo social donde el miedo se ha convertido en vector dominante (4). El miedo de ellos es también el miedo de una sociedad como la colombiana que ha vivido un estado prolongado de lucha armada.

Con los testimonios de los periodistas queremos mostrar el tejido de relaciones en la que se encuentran atrapados, de manera que emociones como el miedo son eminentemente relacionales y son formas incluso de adaptación y supervivencia en el entorno (5).

Los testimonios

En este apartado extraemos vivencias de entrevistas realizadas a cinco periodistas diferentes. La primera es la de un periodista que aquí se va a denominar Hombre 1, de un diario del sur de Bolívar.

Miguel Ángel Flórez: ¿Qué valoración tiene de su experiencia durante siete años como periodista y al mismo tiempo como corresponsal en el sur de Bolívar?

Hombre 1: Es una experiencia rica, que a uno en ese transcurrir de la vida le va enseñando y dejando enseñanzas en lo periodístico, en lo humano, en lo profesional, en lo ético, en la moral, y así empiezas a entender por qué tanto conflicto, por qué tanta confrontación armada en esta zona del sur de Bolívar. He sido un tipo muy observador. Por lo menos cuando me tocó el cubrimiento de las marchas cocaleras en el sur de Bolívar en 1995, me fui para San Pablo. Esa fue una experiencia muy valiosa, porque la chiva la tuvimos nosotros. Cuando empezaron las marchas cocaleras, dimos la primera información. Las FARC fueron las que las promovieron (las marchas), porque tenían sus intereses en los cultivos ilícitos que hay en el sur de Bolívar. Exigían que por cada familia fueran dos o tres personas a San Pablo. Me fui con el alcalde en ese entonces, Alfredo Posada, presidente de la Asociación de Municipios del Sur de Bolívar. Ese logro fue nuestro, modestia aparte, porque yo fui quien lo llevó al Sur de Bolívar a conocer. Había 7.000 a 10.000 campesinos en la plaza central de San Pablo y ahí empezaron las marchas, las movilizaciones.

Miguel Ángel Flórez: El costo social de esa ofensiva fueron las masacres. ¿En qué momento se empieza a ver esa ola de masacres con relación a la contraofensiva de las AUC?

Hombre 1: En una guerra siempre el sector más golpeado es la población civil, y en esta guerra que le declara las AUC al ELN, obviamente, cayeron civiles, porque supuestamente hubo un conocimiento de que tal persona era colaboradora de la guerrilla o, posiblemente, pudieron caer porque estaban en medio del conflicto armado. Ellos (las AUC) llegaron a matar gente al Cerro Burgo y a Magangué. Yo caí en un retén de ellos a 15 minutos de Magangué; precisamente iba con el alcalde Alfredo Posada. Dijeron que eran de las AUC y que no se llevaban a ninguno porque había un informante que les había dicho que ninguno tenía problemas. Al alcalde le quitaron el celular y le dijeron que si decía algo, lo pelaban, porque ellos tenían que limpiar Magangué, porque estaba muy sucia. Nos soltaron y nos mandaron en chalupas. Hicieron la primera masacre en Tiquicio. Me tocó cubrirla, porque era el corresponsal. La primera masacre, como tal, la hicieron en Sitio Nuevo, que es un corregimiento de Magangué, en Coyudal, y asesinaron a tres personas que vendían comida a la orilla del río Magdalena, porque decían que eran patrocinadores de la guerrilla.

Miguel Ángel Flórez: ¿Cómo cubre estos hechos de violencia para el medio periodístico con el cual trabaja?

Hombre 1: Nosotros cubrimos eso como una información de orden público. La crónica de la masacre de Sitio Nuevo me causó problemas. El título de la crónica era “Sitio Nuevo, entre miedo y desesperanza”. Me gané los regaños del monseñor de esa época en un consejo de seguridad y el del comandante del Ejército en el departamento. Me atacaron y me sentí con la moral baja. A monseñor no le gustó que hubiera escrito que una madre hubiera preguntado dónde estaba Dios, que no le hubiera escuchado las plegarias en el momento en que llegaron las AUC, en que sacaron a los esposos de sus casas y los mataron, a unos en el puerto y a otros en su misma casa, porque se rehusaron a ir. Monseñor estaba muy bravo y me lo reprochó en público. Me dijo que eso era una irresponsabilidad, que si yo no había visto que él había llegado, y le dije que el problema no era con él, pero dijo que él era un representante de Dios. Él fue el día siguiente de la matanza.

Con respecto al comandante del Ejército, pregunté en la crónica que por qué tenía que suceder eso si había tanta fuerza pública cercana al sitio. Describí que era poética, pero una poesía de dolor, una poesía que reflejaba la realidad de las madres desesperanzadas. Consulté a la comunidad y me dijeron que ellos habían llegado en una chalupa en las aguas turbias del río Magdalena y se esparcieron como una serpiente para buscar su presa. Terminé diciendo que luego de haber cometido el hecho arrancaron con el sonido ronco del motor, que partió en dos el silencio de una noche de sangre y se dirigían rumbo a Magangué. El comandante del Ejército me preguntó qué que quería con eso. Yo lo hice muy poético, pero estaba señalando la omisión; pero el tipo las “cogió” y me decía que era irresponsable.

Un poco consternado porque me “dieron” duro, me encontré con un amigo abogado y conocedor del sur de Bolívar y me dijo: “te felicito por esa crónica”. Eso me dio ánimo. Fue una crónica de media página, pero que mostró la realidad. Me senté en una casa y vi que al mediodía no había nada en la cocina y a unos lobos polleros jugando en las cenizas de un fogón de leña. Cuando eso se ve, es porque no están cocinando nada; cuando los lobos polleros juegan en la ceniza, es porque no hay brasas, y cuando no hay brasas, es porque no han encendido el fogón desde la mañana. Sitio Nuevo es un pueblo de 800 o 1.000 habitantes.

Miguel Ángel Flórez: ¿La gente salió inmediatamente desplazada después de la matanza?

Hombre 1: Una gente sí y otra no. La mayoría se quedó, otros se fueron, porque los señalaron de ser colaboradores de la guerrilla.

Miguel Ángel Flórez: ¿Su crónica no dio para ningún señalamiento de responsabilidad para los militares por omisión de sus servicios?

Hombre 1: Esa no. Que yo haya tenido conocimiento, no hubo ninguna investigación.

Miguel Ángel Flórez: Esa vez hubo reproches por parte del gobierno departamental. No amenazas…

Hombre 1: Amenazas, no. Miguel Ángel Flórez: Y ¿por parte de las AUC?

Hombre 1: Vine a sentirme amenazado por las AUC cuando fui al sur de Bolívar después de que nos “tomaron”. Al día siguiente, dije que iba a haber muertos y a los dos días entraron e hicieron unas masacres. Fui a los cinco días, porque el con- flicto se fue hacia Puerto Coca, que es la zona donde opera la guerrilla. A la larga era una denuncia y eso me trajo problemas. Eso no les gustó ni a las AUC ni a la guerrilla, porque una [mujer] de la comida me dijo: “Mira que aquí viene todos los días un helicóptero de tal placa a abastecer” y eso lo dije en la crónica. El helicóptero llevaba municiones, alimentos y bajaban hasta hombres para reforzar a las AUC. Fueron varios viajes, porque se dieron mucho plomo y se les acabaron las municiones. Al ELN no le gustó que hubiera titulado la crónica “Sálvese quien pueda”, porque de pronto le herí su ego de poderío y control militar en la zona. Eso para ellos era un santuario. Allí nadie se había atrevido a meter ni el Ejército con todas las operaciones que realizaba. Ellos llegaron a Puerto Rico y dijeron: ¡Sálvese quien pueda!

Miguel Ángel Flórez: ¿Ellos se pronuncian contra su crónica amenazándolo? Hombre 1: Nunca lo expresaron públicamente, pero una gente que estaba cerca de la zona dijo que ellos comentaron que ese periodista escribía cosas que no les habían gustado y que me estaban buscando para aclararlas.

Miguel Ángel Flórez: Y ¿en el caso de las AUC?

Hombre 1: Lo de los helicópteros no les gustó y de ahí empecé a sentir persecuciones. Era un delirio ocasionado por un tipo que preguntaba por mí, de mal aspecto. Le ofreció dinero a un muchacho que me conocía y (pidió que) le dijera dónde vivía, a qué hora llegaba, cuál era mi recorrido habitual, y por eso hice la denuncia ante el CTI. Da la casualidad que el director del CTI del departamento estaba ahí y era amigo mío, así que montó un operativo en mi residencia. Quiso demostrar que me estaba respaldando. Acordonaron toda la calle con sus armas, brazaletes, pasamontañas, y entraron y miraron todo. Eso sirvió para disuadirlos; se fueron enseguida.

Duré varios meses durmiendo en sitios diferentes. Sentía que a la casa llegaban motos. Sentía que me seguían. A veces me quedaba hasta las diez de la noche en mi oficina; pero eso ya no lo podía hacer, por el sentido de la supervivencia, y hasta abandoné la ciudad por un tiempo prudencial, porque sentía las fuertes presiones, más que todo por las AUC, porque un día me dijeron, ya después de que le habían esclarecido mi situación, que yo no tenía nada que ver, que simplemente era un periodista, que estaba haciendo mi trabajo, pero que no tenía ningún tipo de relación. Me investigaron, me enviaron de Tierra Alta, Córdoba, una persona de las AUC para hacerme un seguimiento. Afortunadamente, eso se disolvió.

Miguel Ángel Flórez: ¿Dijo que el hecho de que la gente lo hubiera conocido le salvó la vida?

Hombre 1: Sí, claro. Vivía muy intranquilo, no me sentía seguro en ninguna parte, sentía la presión fuerte, no pasaba de la casa. Posteriormente, hubo otro tipo de amenaza. Hace dos años (2003), cuando las AUC perpetraron una masacre grande en El Salao, corregimiento del Carmen de Bolívar, hubo 50 o 60 personas muertas. Esa información no la cubrí, porque no era mi jurisdicción periodística. Esto es Montes de María, y a mí me corresponde el sur de Bolívar. Pero el operativo lo hizo la Infantería de Marina con sede en Magangué, el Batallón 60. Capturaron a once integrantes de las AUC. Ellos eran, en su mayoría, gente que había desertado de la guerrilla y habían entrado a las AUC. Cuando les fui a tomar las fotos dio la coincidencia de que vivía al lado de un cabo de la Infantería de Marina y a las 6 a. m. me dice que capturaron a unos integrantes de las AUC y salgo para allá.

Cuando los van sacando para tomarles las fotos, me dice uno de las AUC: “Apenas salga de aquí, te pelo, te voy a matar, porque tú eres colaborador de la guerrilla, bandido”. Ese era el comandante del grupo. Eso le causó suspicacia al capitán de Infantería. El tipo no me conocía. En ese tiempo yo tenía un carné y jamás lo utilicé para identificarme. No veía la necesidad de eso y, a veces, es mejor que no se conozca que uno es periodista para obtener mejor información. El capitán me dice: “¿Su carné?”. Le dije que no tenía, y me pidió la cédula, pero como salí de afán se me quedó la cartera, y ahí estaba la cédula. Entonces me dijo que esperara, y le dije que cómo le iba a creer a ese delincuente.

En ese momento no me dio miedo y le dije al tipo que se parara bien para tomarle la foto. Eso fue un acto de rabia. Le dije al capitán que hablara con el coronel, porque él estaba desconfiando y pensando que era guerrillero. Saqué el rollo y se lo tiré ahí. Vi que eso era grave, porque pensé que al tipo lo iban a soltar y me iba a buscar. Así que decidí “coger el toro por los cachos” y fui adonde un personaje con mucha influencia sobre los paras, y me le presenté. Le conté lo que estaba pasando, y él me dijo: “Yo lo conozco a usted. Sé que es una buena persona”. Le conté lo que había sucedido y se lo dije de manera que entendiera el incidente que había tenido. De inmediato fui adonde el comandante del Batallón Nariño, Nicolás Lleras Serrato, y con él hicimos un buen acercamiento y también le conté para ver qué se podía hacer.

Miguel Ángel Flórez: ¿Todas esas informaciones fueron creando un clima de incertidumbre en torno a su vida?

Hombre 1: En el transcurrir de las noticias que nosotros dábamos, estaban dándose a conocer cosas muy delicadas. En ese instante tuvimos la obligación de salir de la zona por un corto tiempo, sin el consentimiento del periódico. A mi jefe inmediato le comenté, pero no me puso atención y subestimaron mis acusaciones. Me fui para Pasto. Mandaba notas de allá haciéndoles creer que estaba acá y llamaba todos los días para que no me fueran a llamar acá.

El conflicto armado que se está viviendo es el peor que se ha dado en el mundo. Hemos perdido la capacidad de asombro, ya no conmueve que haya un asesinato. Los medios nacionales de comunicación, en especial la televisión, tienen mucha culpabilidad de que esto suceda en nuestra sociedad; por eso ya no nos importa lo que les pasa a los familiares y a las víctimas de la violencia, porque nos estamos moviendo en un medio donde se está estigmatizando el sentimiento. El pueblo colombiano está aburrido de prender los noticieros de televisión y ver guerrilla, muertos, todo lo mismo. Personalmente, era un asiduo televidente de los noticieros, pero eso me ha aburrido.

***

Diana Sofía Giraldo entrevistó a periodistas de un medio de comunicación de Medellín.

Diana Sofía Giraldo: ¿Con qué tipo de presión enfrentan ustedes los dilemas éticos?

Mujer 1: Creo que el último que me tocó fue el de Paujil, que es de esas situaciones en que, por un lado, tenés que pensar qué es una noticia. Por otro lado, te preguntás de qué te sirve haber trabajado dos años cubriendo minas antipersona si te vas a quedar con las piernas mochadas ahí en el camino. Eso era lo que yo le decía a los compañeros: “bueno, ¿por dónde vamos a pasar acá?”. Entonces me decían: (mis compañeros) “usted es la que sabe”.

Diga cómo salimos de aquí.

Miraba el carro, ¿por dónde me meto?, porque era decirles a ellos que si por algún momento pasaba algo, era un compañero el que iba a quedar sin piernas o que el carro iba a volar o cualquier cosa, y ¡saber que la guerrilla está ahí! Es una situación muy incómoda porque ellos dicen: “ustedes sí pueden pasar, ¡pero usted verá por dónde pasa!”. Entonces es como toda la presión que se te acumula, dar la vida tuya, porque sabés que tenés que responder por tu vida. Después llegan tus compañeros y te dicen, “usted es la que lleva dos años hablando de eso, mija. Usted verá cómo nos dice que salgamos de aquí”.

Diana Sofía Giraldo: ¿Qué sentimientos le provocó la situación en ese momento?

Mujer 1: Pues en ese momento el susto no era por mí. Era por el compañero que iba a pasar el carro, porque yo me sentía el ser más miserable del mundo. Tener que quedarme dirigiéndole la pasada del carro y temiendo que él saliera volando y diciéndole: “Muévase para acá, para allá, muévase para allá”. El susto es porque se cree que una sabe todo, la responsabilidad que se tiene, y ver si las lecciones que le ha tocado sobre el cubrimiento de minas la puede una aplicar.

Una se pregunta: “¿Para qué me metí en el tema de minas si voy a quedar con una pata mochada?”. La tensión y el miedo [es lo] que se estaba viviendo en ese momento. Pero lo más jarto era que más abajo nos encontramos con los soldados que iban a desarmar la bomba, y luego nos informamos de que los soldados murieron. Era gente del Grupo Marte. Llegamos a Florencia, llamo a Medellín, y digo: “Tengo esta información. Lo llamo por la noche, desde Bogotá”. Al terminar de dictarle la nota, llego al hotel, me baño, prendo el noticiero y veo que la bomba explotó y que la gente con la que yo estaba hablando fue la que se murió.

Diana Sofía Giraldo: ¿El ejercicio del periodismo en las actuales circunstancias del país llega afectar la psiquis personal? Háblame un poco de eso.

Mujer 1: Es una sensación muy rara. Si uno se dejara llevar por eso, uno terminaría loco. Uno se ríe y molesta con los compañeros y hay camaradería. Cuando vi en el noticiero el carro que explotó, me puse fría, pues uno piensa: “¿Vale la pena exponerse a todo esto?”, y que digan entonces no fueron dos soldados, sino dos soldados y un periodista, y ahí termina ¡todo! Y, entonces, después viene el otro y después el otro…

Diana Sofía Giraldo: ¿Tiene hijos?

Mujer 1: No. Diana Sofía Giraldo: Y ¿pensó en alguien muy cercano de su familia?

Mujer 1: Pues en la familia y en mi novio.

Diana Sofía Giraldo: ¿Qué se le pasó por la cabeza?

Mujer 1: Mi novio, que vive fuera del país, vivió en Londres cinco años. Él no sabe lo que es esto. Se le dice cualquier cosa y a él se le paran los pelos, él se asusta mucho, a cada rato me dice “deja esto”, y lo mismo me dice mi mamá, porque yo soy hija única, y mi mamá depende de mí.

Diana Sofía Giraldo: Porque nosotros en una investigación que hicimos el año pasado llegamos a la conclusión de que en Colombia las víctimas estaban reducidas en el número de muertos, heridos y desaparecidos, pero eran víctimas sin vida, sin parientes, sin historia, eran números que no le decían nada a nadie. Cuando la escuché sobre el pánico de morirse y pensar que estaba reducido a que no fueron dos sino tres…

Mujer 1: Pienso que es eso, o puede ser que como era un periodista le echen dos rengloncitos más pero ya, eso es muy complicado.

Diana Sofía Giraldo: Repitamos la pregunta, porque es interesante que la contesten todos. ¿Bajo qué tipo de presiones externas y de dilemas éticos o de otro tipo se enfrentan ustedes en situaciones como estas?

Mujer 2: Son muchas. Lo que presentaba ella [Mujer 1] es muy evidente: el riesgo de ir a la zona de combate. Siempre es inminente que algo pueda pasar. Puede ser en una explosión muy cercana, no saber qué cable se va a pisar. Una no está preparada para cuando explota algo. Puede haber la repercusión de que explote otra cosa, después una no sabe dónde pisa, no sabe una con quién está hablando, porque generalmente los guerreros no son visibles, y no siempre están como uniformados, y no se sabe en realidad quién es quién. Cuando estás en las zonas de riesgo, te tienes que cuidar mucho. Hay mucha presión y temor a la hora de saber qué se pregunta. También uno pregunta, pero siempre queda como con el temor, ¿será que le pregunto o no le pregunto?

Diana Sofía Giraldo: ¿Qué es lo que teme? Llamémoslo con nombres propios, ¿teme preguntar qué?

Mujer 2: Cuando una va a preguntar, pregunta con mucho sigilo. Eso se ha aprendido a lo largo de la carrera. Sin embargo, siempre queda algo que va a estar sin resolver porque no se pudo ir más allá o porque una no puede comprometer a la gente. Hay mucha gente ansiosa de hablar, pero que teme acercarse simplemente por el hecho de ser periodista, y piensan: “No me les arrimo porque me ven conversando con usted, y de pronto fui yo la que contó en realidad lo que pasó”. Sin embargo, una resulta siempre contando la historia de lo que pasó.

El otro tipo de presión es que todo lo que una escriba está sujeto a una “verificación” de los actores: hay presión. Y lo otro es la presión de qué tan oficialista es la información en esta materia […]. Va a salir alguien a atribuir un hecho, entonces nosotros siempre vamos a quedar con la duda de hasta dónde estamos escribiendo la verdad. En este momento uno no sabe en realidad si todas las bombas que ponen son las FARC o son de otro combatiente, o quién las está poniendo a nombre de ellos. Una simplemente está escribiendo lo que le dicen en muchos casos que es oficial. En otros puntos no te dejan pasar. Ella [Mujer 1] decía: “Se pasa por muchos retenes del Ejército a cada rato, una va hacia la autopista Medellín-Bogotá y una se queda en un solo punto”. El Ejército te deja un montón de tiempo, a veces si es verdad que hay riesgo, a veces simplemente no quieren que uno pase, igual ocurre con todos los actores.

Diana Sofía Giraldo: Lo que acaba de decir es que una de las partes más importantes de la investigación, y que hemos recogido en todo el país, es que todo lo que uno escriba está sujeto a la verificación de los actores. Hablemos de los actores frente a la información que ya produce el medio. ¿Qué pasa?

Hombre 2: El temor a la hora de salir a una zona es por lo que dijo ella [Mujer 2]: los actores no siempre están armados, no siempre están uniformados, vos no los conocés, vos no sabés quién está al lado escuchando. Sería bueno saber quién está jugando y en qué lado.

De pronto ahí se le forman a uno miedos. Se le crean ciertos temores, sobre todo a la hora de saber con quién has hablado, a quién buscas, dónde se sienta, y saber a quién se le cree o no. Además, hay momentos en los que de pronto un actor está escondido, aparentemente de civil, y te dice unas cosas en voz baja, pero te está utilizando.

Pongo mucho cuidado cuando alguien me llama, cuando veo que alguien me busca y me dice qué es esto, aquí está pasando en realidad esto y esto. Uno comienza a ver cierta intencionalidad de manipulación. Eso puede pasar con frecuencia. También que funcionarios oficiales dicen: “Acuérdese de que esta es la información oficial. La gente aquí es muy exagerada. No le haga caso a la gente”. Pero no se lo dicen a uno con claridad. Hay una cierta amenaza. Le dicen a uno: “Ojo, que es por aquí la información. No se desvíe de ahí”. Uno trata de buscar unas contrafuentes muy válidas frente a esa autoridad, para tratar de mostrar el hecho lo más completo posible. Obviamente, mostrando la información oficial, pero también mostrando la información desde el otro lado.

Mujer 2: Quiero añadir lo del disfraz de los actores. A veces se disfrazan de las Fuerzas Militares o del Ejército, y a uno lo dejan mucho rato en alguna parte con tal de que uno no vaya y verifique lo que realmente pasó. Nos hablan de combates de 50 muertos de las FARC y de 20 muertos del Ejército, pero nunca vamos a saber si hubo 50 muertos de las FARC. Estamos en una guerra de resultados, y simplemente quieren mostrarlo. A nosotros nos toca caer muchas veces en ese juego. Cada uno cuenta los muertos como le conviene.

Hay otras presiones y mecanismos de manipulación e intimidación con los que uno permanentemente aprende a convivir: es que en este país se muere cualquiera, es decir, los actores armados legales, los paramilitares, los insurgentes y otros actores, digamos ya, de carácter más delincuencial, como el narcotráfico, que han demostrado no conocer límites y que asesinan desde arzobispos hasta niños, y desde mujeres en embarazo hasta defensores de derechos humanos.

Entonces, el periodista viéndose inmerso en ese grupo, en esa franja amplia de la población civil, es un blanco posible más. Eso pesa bastante, sobre todo en un país que tiene unas estadísticas tan aterradoras de muertes de periodistas, que a la vez que infunden miedo, ratifican que es muy posible ser objeto de un ataque. Ratificando un poco lo que ya se había dicho, los actores armados, en medio de su violencia indiscriminada y degradada, son grupos muy informados, que conocen cuánto se escribe, cómo lo escribe, cuándo lo dicen y de qué manera lo dicen los medios. Todo lo que tenga relación con sus intereses, con sus acciones de guerra, con su participación y con su responsabilidad en el conflicto. Y eso significa que permanentemente uno se está enfrentando a un oculta miento de la responsabilidad que tienen esos actores en las atrocidades, en los atropellos y en las arbitrariedades que se cometen en el escenario de la guerra, y la confrontación aquí en el país.

Es una preocupación saber que hay que enfrentar todo el tiempo la manipulación, y es tan difícil sortearla. Otro de los graves problemas del periodista en este país son las dificultades para acceder a las zonas de conflicto. Ni las misiones médicas, ni los organismos humanitarios más reputados, como la Cruz Roja Internacional. Imagínese qué puede pasar con un periodista que quiere saber quién cometió una masacre, cuántos muertos hubo, o que quiere hacer una descripción fiel, fidedigna, de los hechos de un combate, sabiendo que se expone a tanta irregularidad y a tantas arbitrariedades como las que comportan los grupos armados aquí en el país.

Te pueden quitar el material, te pueden secuestrar, te pueden atacar, te pueden impedir acceder a una zona de conflicto, a una zona de combate, y todo eso está demostrado en la práctica. Eso es una manera permanente de saber que un cubrimiento riguroso, pormenorizado y detallado del conflicto armado en este país resulta casi imposible por esas condiciones de extrema dificultad que enfrenta el periodista y limitaciones en su seguridad personal y en el ocultamiento que hacen los actores en sus acciones de guerra.

Esto es muy difícil. Lo otro es la facilidad con que esos grupos armados se mueven. Superan al Estado en sus mecanismos de inteligencia y en la movilidad que tienen para cometer ataques, para hacer llamadas o para intimidar a la prensa, a los medios con cartas, con correos electrónicos, con su presencia.

***

Una de las grandes dificultades de los periodistas, especialmente para los de televisión, es cómo presentar imágenes del dolor que producen actos de violencia. Una periodista de un canal de televisión (Mujer 3) lo dijo así:

Es el caso de la Horqueta, pequeño poblado de Cundinamarca. Llegaron unos tipos por un hacendado. Esta población queda entre Viotá y Tocaima. Se dividen los dos pueblos y hay una horqueta. Allí llegaron unos guerrilleros a las tres de la tarde y mataron a catorce personas. A la media hora, arrancamos para ese sitio. Me bajé del carro, salí corriendo y casi piso a un muerto. No sólo es que hay una situación muy fuerte, sino que uno no está preparado para ver a catorce muertos tirados en el piso. ¡No están preparados los militares, que están acostumbrados, menos un periodista! Eso también hay que tenerlo claro. Uno puede cometer arbitrariedades y equivocarse mucho. ¿Cómo se muestra un muerto bonito? No se puede mostrar. Llegamos y vimos a una pareja con el mercado, muertos, y vino llorando un niñito a reconocer a sus papás. Tenía doce años. ¿Qué hace uno con ese niño que se sienta a llorar al lado de ellos?, ¿lo grabo o no lo grabo?, porque si se trabaja en prensa, se describe la escena y no es tan terrible, pero ¿cómo hago para meterle cámara?, ¿le meto la cámara o no? Ahí está el problema. No creo que haya una fórmula para eso. Soy muy mala para preguntarle a la gente cuando tiene un dolor de esos. Eso le choca mucho a la gente, más en televisión. Una sola vez le pregunté a una persona qué tenía que decir de esta guerra. “¡Que los guerrilleros son unos hps!”. ¿Qué más se dice?

En este testimonio se expresan los retos insólitos que los periodistas enfrentan cuando cubren tragedias. En este relato se siente la interacción del periodista con una víctima que está experimentando un extraordinario dolor. Los periodistas que cubren historias trágicas, como las que se dan en el conflicto colombiano, requieren construir un escudo para sus emociones. Sin embargo, en ocasiones, al hablar el periodista con las víctimas que han sufrido perdidas personales puede interferir en el cubrimiento veraz y objetivo del hecho trágico (3).

Por otra parte, la dinámica de los acontecimientos, unidos a la inmediatez de la noticia, lleva a pensar que no hay guías, que no hay fórmulas posibles para orientar a los periodistas en medio del dolor y de la crudeza del conflicto (6). Al respecto, la Mujer 3 sostiene:

Creo que la cosa en España es más fácil, porque es todos contra uno. Todos contra ETA, un país contra ETA. ¿Aquí somos contra quién? La diferencia aquí es si usted organiza una marcha de cacerolas, no sabe contra quién. ¿Contra las FARC, el ELN, los paramilitares, la delincuencia común o el Estado?, porque, contrario a lo que puedan pensar algunos que están en esta mesa, creo que el Estado ha sido un terrorista. Considero que el Estado ha cometido actos de terrorismo y también hay unas cosas contra las que había que protestar contra el Estado. ¿Qué es una marcha de cacerolas si no se sabe contra quién? La marcha del 30 de enero de 2002 (en España) pedía libertad ¿para quién? Para los presos políticos. Pero si uno va a hacer un levantamiento civil contra el terrorismo aquí ¿cómo se hace?

Estamos muy fracturados y hay infinidades de actores que están cometiendo actos violentos. Sólo sé que ayer, en el peor frenesí que hay cuando el noticiero sale, me entró una llamada directa y era una señora llorando que decía: “Por favor, es que ustedes al mediodía publicaron una lista de soldados muertos, yo quiero saber si ahí está mi hijo”. Le pregunté “¿cómo se llama?”. “Pedro Alfonso Cuy Forero”, respondió. Empiezo yo en ese frenesí, pero ¿qué hace uno con esa persona? Llamé al archivo y les dije pongan el noticiero y lo veo entre los desaparecidos. ¿Qué son los desaparecidos en un polvorín? Es que no los han podido encontrar, pero no es verificar a ver si estaban en un hospital. Esto es terrorismo. Nosotros utilizamos unos términos muy fuertes contra todos y, ¿con eso resolvemos algo? ¿Está en manos de los periodistas resolverlo?

Los interrogantes que se plantea la periodista en el relato anterior son el resultado de la presencia en el conflicto colombiano de múltiples actores como la guerrilla, los paramilitares, la delincuencia organizada y, en ocasiones, el Estado, que han llevado a una confusión que se expresa también en las múltiples violencias que hay en Colombia, que van desde el secuestro, las masacres, el narcotráfico, el desplazamiento de grandes poblaciones, etc.

Conclusiones

Los testimonios de los periodistas se confirman con las estadísticas realizadas por el equipo de investigación: el miedo es el sentimiento predominante. Los periodistas viven en medio de la intimidación, la amenaza o la abierta persecución como resultado de su trabajo profesional. Esto genera un panorama desalentador sobre la importancia de proteger el derecho fundamental a la información y la opinión en Colombia. El miedo lleva al silencio o a la desinformación. La verdad es que el silencio o el enmascaramiento de la noticia no influyen en la intensidad de la violencia. Este impacto del conflicto se acentúa de manera marcada en las regiones más apartadas, adonde llegan hasta la misma autocensura, reforzada por la indefensión en que se encuentran los periodistas. El 78% de los entrevistados en esta investigación han sentido temor de ser asesinados y un 68% de los periodistas tiene la percepción de que su libertad de expresión está coartada. Esta coacción, en ocasiones, se cubre con el manto de la seducción (7).

Un 68% de los entrevistados ha sentido manipulación por parte de los actores violentos; un 58%, por parte de la clase política, y un 56%, por los cuerpos de seguridad del Estado. Esto nos demuestra que la primera víctima de la guerra es la verdad, porque son tantos los intereses que cada actor que participa activa o pasivamente en el conflicto trata de sesgar la información de acuerdo con sus intereses. Así, con el miedo, la amenaza de muerte, el asesinato o la seducción se espera que el periodista se convierta en un mensajero de los intereses políticos y militares de los grupos armados.

Por otra parte, la magnitud del problema está representada en los 110 periodistas asesinados entre 1993 y 2006, de los cuales 57 lo fueron por razones de su profesión. Sólo en un caso, el de Elsa Alvarado y Mario Calderón, se ha podido establecer el autor intelectual: Carlos Castaño, ex jefe paramilitar. Por eso hacemos propia la propuesta de la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip), que en el 2006 hacía la propuesta de crear por parte del Estado una instancia especializada para que cumpliera las siguientes funciones (8): vigilar los procesos penales en las regiones, ordenar el traslado de aquellos que puedan ser manipulados, investigar casos directamente y servir como escenario de coordinación de las políticas de protección decididas en el Comité de Reglamentación y Evaluación del Riesgo (CRER), del Programa de Protección para Periodistas del Ministerio del Interior.

Llama la atención que el 19% de los periodistas han tenido miedo de perder el empleo. Esto se agrava con factores como la falta de capacitación o actualización de un 90% de los periodistas para cubrir los hechos de violencia vividos en el país. Una de las quejas en el cubrimiento del conflicto en las zonas de orden público es que no están preparados adecuadamente para su protección. Sienten una gran presión por el temor a servir a cualquiera de los sectores involucrados en el conflicto. Es fácil satanizarlos y circunscribirlos ideológicamente con la fuente que usualmente cubren (9).

Podemos concluir que una sociedad tan fragmentada crea una serie de barreras para construir propuestas de comunicación coherentes. Por otra parte, los responsables de los medios deben crear condiciones más adecuadas para que a los periodistas colombianos se les garantice la preparación, el apoyo psicológico y la protección que se merecen para cubrir el conflicto colombiano.

Referencias

1. Jimeno M. Crimen pasional: contribución a una antropología de las emociones. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia; 2004.        [ Links ]

2. Kandel ER. Neurociencia y conducta. Madrid: Prentice Hall; 1999.        [ Links ]

3. Higth J, Smyth F. Tragedias y periodistas. Washington: Dart Center for Journalism & Trauma; 2003.        [ Links ]

4. Uribe MT. Las incidencias del miedo en la política: una mirada desde Thomas Hobbes. En: Delumau J, Uribe MT, Giraldo J,Riaño P, Grimson A, Lechner N, et al. El miedo. Reflexiones sobre su dimensión social y cultural. Medellín: Corporación Región; 2002. p. 31-44.        [ Links ]

5. Freud S. Civilization and its discontents. Standard edition. London: Hogarth Press. 1953.        [ Links ]

6. Casetti F, Chio F. Análisis de la televisión. Buenos Aires: Paidós; 1999.        [ Links ]

7. Roldán Valencia IE, Arias E, Chacón LA, Giraldo DS. Periodistas de televisión en el conflicto. Bogotá: Fondo de Publicaciones Universidad Sergio Arboleda; 2005.        [ Links ]

8. Fundación para la Libertad de Prensa. Informe sobre impunidad en la investigación de las violaciones a la libertad de prensa en Colombia, 1992-2006. Bogotá: FLIP; 2007.        [ Links ]

9. Van Dijk TA. Ideología y discurso. Barcelona: Ariel; 2003.        [ Links ]

Recibido para evaluación: 26 de octubre de 2007 Aceptado para publicación: 14 de febrero de 2008

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