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Ideas y Valores

versão impressa ISSN 0120-0062

Ideas y Valores v.56 n.134 Bogotá maio/ago. 2007

 

PIERRE BAYLE PIRRÓN

DEL DICCIONARIO HISTÓRICO Y CRÍTICO

PRESENTACIÓN Y TRADUCCIÓN
DE CAMILO JIMÉNEZ Y HERNÁN D. CARO
HUMBOLDT-UNIVERSITÄT ZU BERLIN, ALEMANIA
camilo@gmx.co.uk
herrcaro@hotmail.com

 


Introducción

Pierre Bayle fue muchos hombres. Fue un protestante francés refugiado en Holanda en los años salvajes de la persecución católica en Francia; fue un panfletista furibundo que luchó contra la intolerancia religiosa y la superstición; fue un historiador incrédulo; fue un brillante crítico literario que dictó el gusto estético de su época; fue, o quiso ser, un fideísta cristiano convencido; fue un cáustico satirista y un escéptico mortífero, capaz de destruir con sus razones cualquier dogma de la razón; fue (acaso sin pretenderlo) el más importante predecesor de la Ilustración europea; fue el responsable de los peores dolores de cabeza de Leibniz y de los mejores argumentos de Berkeley, Hume, Voltaire, Diderot; y fue, además –y quizá en este atributo se reúnen la mayoría de los anteriores– el autor de una de las obras más agudas, influyentes y divertidas de la historia del pensamiento moderno: el Diccionario histórico y crítico, cuyo célebre artículo “Pirrón” ofrecemos aquí por primera vez en versión castellana.

Pierre Bayle nació en 1647 en el pequeño pueblo francés de Carla (hoy Carla-Bayle), cerca de la frontera española. Hijo de un pastor protestante, desde su infancia Bayle se enfrentó a la intolerancia religiosa que marcó el siglo XVII en Europa. En 1669, mientras asistía a un colegio jesuita en Toulouse, Bayle se convirtió al catolicismo después de que un sacerdote lo venciera sobre la cuestión de cuál era la Iglesia verdadera, pero en 1670, al parecer por las mismas razones intelectuales por las que la había abandonado, regresó a la confesión protestante-calvinista.

La reconversión al protestantismo era considerada un crimen en la ultra-católica Francia de Luis XIV (regreso a la herejía tras haber abjurado de ella), por lo cual Bayle tuvo que abandonar el país para continuar sus estudios de Teología y Filosofía en la Universidad de Ginebra –ciudad que un siglo antes había sido convertida en un bastión protestante por Juan Calvino. En 1675, después de regresar clandestinamente a Francia, Bayle obtuvo un puesto como profesor de Filosofía en la Academia Protestante de Sedán, al noreste del país. Allí descubrió a Spinoza, a Malebranche y a Descartes, cuyo método de duda sistemática influiría su propia forma de enfrentarse a problemas filosóficos e históricos. Descubrió, además, a través de la redacción de cartas privadas, sus talentos como escritor y como polemista, y en Sedán hubiera comenzado la carrera literaria de Bayle, si no fuera porque en 1681 la Academia fue cerrada por el gobierno francés y todos sus profesores expulsados*. A consecuencia de esta medida represiva, Bayle tuvo que salir una vez más de Francia, esta vez hacia Rotterdam, en Holanda, país al que, junto a Suiza, Alemania e Inglaterra, fueron a parar 400000 hugonotes –protestantes franceses– expulsados de Francia en el siglo XVII. Allí Bayle se desempeñó, de 1681 hasta 1693, como profesor de Filosofía e Historia en la recién fundada École Illustre, y publicó toda su obra. Pierre Bayle vivió en Rotterdam hasta el día de su muerte hace 300 años, el 28 de diciembre de 1706**.

Entre los escritos cardinales de Bayle se cuentan la Carta sobre el cometa (1682; reeditada un año después bajo el título Reflexiones misceláneas sobre el cometa) –donde se explica la aparición de un cometa en Europa occidental en 1680, y se combate la creencia en el significado sobrenatural de los fenómenos celestes; la Crítica general de la Historia del Calvinismo de Monsieur Maimbourg (1682) –examen polémico de las ideas anti-protestantes de Maimbourg, y la mejor muestra de lo que Elisabeth Labrousse (la especialista bayleana por excelencia) ha llamado el “pirronismo histórico” de Bayle; las Noticias de la república de las letras (1684-1687) –un periódico mensual de reseña y crítica literaria realizado en su totalidad por Bayle– y el Comentario filosófico sobre las palabras de Nuestro Señor “Dejen que los niños vengan a mí” (1686) –una de las principales defensas de la tolerancia religiosa escritas en el siglo XVII.

Pero sin duda su obra más importante es el Diccionario histórico y crítico.

Los cuatro volúmenes de la primera edición del Diccionario fueron publicados en 1697. Originalmente concebida como complemento crítico y enmienda de todos los diccionarios entonces asequibles, y en especial del Gran diccionario histórico (1671) del jesuita Louis Moréri, la obra de Bayle está compuesta por breves artículos biográficos en orden alfabético, escritos en un lenguaje sencillo e impersonal. Pero esto está lejos de ser una descripción adecuada del proyecto enciclopédico de Bayle. En el Diccionario histórico y crítico el texto de cada artículo contiene varias notas que remiten a comentarios mucho más extensos que el artículo mismo, en los cuales Bayle, ahora en tono polémico y en muchos casos con un estilo satírico, expone sus propias ideas sobre temas metafísicos, teológicos, éticos, políticos, históricos, etc. En sus notas Bayle ataca la intolerancia religiosa, discute con teólogos protestantes, rectifica mentiras históricas, se burla de la superstición. Además lleva a cabo una demolición metódica de las teodiceas tradicionales, presenta una crítica general del concepto de la extensión, pone en evidencia las contradicciones de la razón humana, indica la imposibilidad de alcanzar una comprensión racional última del mundo real, etc.: las notas del Diccionario desarrollan, en fin, un sistema del más corrosivo escepticismo filosófico.

La primera edición del Diccionario histórico y crítico se convirtió inmediatamente después de su publicación en un best-seller. En 1702 apareció la segunda edición. En Francia el Diccionario fue censurado por las autoridades católicas, pero cientos de copias ilegales circulaban entre los lectores protestantes. En 1734 la obra fue traducida al inglés, diez años después al alemán (por nadie menos que el escritor y crítico Johann Christoph Gottsched). El Diccionario era, durante el siglo XVIII, la obra más popular del mundo culto liberal –“la obra más a menudo encontrada en las bibliotecas privada del siglo XVIII” (Labroussea); Bayle, a través de sus discípulos Voltaire, Diderot, Hume, etc., el santo patrono de la Ilustración***.

La segunda edición del Diccionario contiene una mayor cantidad de artículos, numerosas respuestas a críticos como Leibniz, algunos seguidores de Locke y ciertos teólogos protestantes, y cuatro “Clarificaciones”, por medio de las cuales Bayle se defiende de los cargos de obscenidad, ateísmo, pirronismo, maniqueísmo y blasfemia a que sus acotaciones “marginales” habían dado lugar. A través de las clarificaciones se completa el cuadro del pensador Bayle que ofrecen las notas polémicas del Diccionario. Un cuadro que, por lo demás, no siempre corresponde a la imagen del iconoclasta, “padre de la Ilustración”, predominante en los siglos XVIII y XIX, y que aun hoy muchos comentaristas sostienen. Y es que en ellas se observa que Bayle fue, ciertamente, el anti-dogmático, el “super-escéptico” del que habla Richard Popkin; pero además se observa que la crítica de Bayle y su desprecio por las pretensiones de la razón humana no sólo tiene motivos especulativos, sino también, y por chocante que pueda sonar, motivos religiosos.

Bayle, lector ferviente de Sexto Empírico y, según Popkin, el más enérgico representante de la “crisis pirrónica” del siglo XVII, quiere mostrar que la razón humana es contradictoria, que lleva a callejones sin salida o a absurdos, que no hay forma de distinguir categóricamente verdades absolutas, que no conocemos más que apariencias, etc. (cf. nota B de “Pirrón”). Sin embargo, a través de su escepticismo radical, Bayle no intenta abogar por una suspensión del juicio con fines terapéuticos, al modo de Pirrón, o, como Descartes, hallar los fundamentos de un nuevo sistema del saber. Bayle quiere (o parece querer), en pocas palabras, acercarnos a Dios; quiere mostrar a sus lectores la única solución viable a las dudas de la razón: la Fe en los misterios divinos. Así, en último término, el pirronismo, según Bayle, “obliga al hombre a pedir socorro al cielo y a someterse a la autoridad de la Fe” (cf. nota C). De ahí que comentaristas como Labrousse hayan afirmado que Bayle, más que un escéptico, es un fideísta, y un teólogo más que un filósofo+.

De los artículos filosóficos del Diccionario, “Pirrón” es sin duda el más célebre y quizá el más relevante. Es el artículo “escéptico” de Bayle por antonomasia, aunque la tensión entre escepticismo y fideísmo también se manifiesta claramente en él. El texto inicial del artículo –algo menos de una página– es nada más que la entrada enciclopédica (por lo demás bastante superficial) sobre el personaje histórico. Los párrafos que le siguen, precedidos por mayúsculas (A-K), son las notas y comentarios de Bayle a su texto enciclopédico. Aquí están expuestos los principales argumentos escépticos de Bayle (nota B) y su propia respuesta fideísta a aquellos razonamientos (nota C) –estas notas componen, propiamente hablando, el núcleo filosófico del artículo. Las notas al pie de página (1-68) contienen el aparato bibliográfico del artículo y dan fe de la proverbial erudición de Bayle++.

* * *

Pirrón

Pirrón, filósofo griego, originario de Elis en el Peloponeso, fue discípulo de Anaxarco, a quien acompañó hasta la India1. Habiendo ocurrido este evento después de la muerte de Alejandro Magno, no hay duda sobre el tiempo en que floreció Pirrón. Tuvo como profesión la pintura2, antes de dedicarse al estudio de la filosofía. Sus opiniones apenas se distinguían de aquellas de Arcesilao (A), ya que, como éste, Pirrón estuvo muy próximo a predicar la incompresibilidad de todas las cosas. Por todas partes encontraba razones para afirmar y razones para negar. Así, tras examinar detenidamente todos los argumentos a favor y en contra de algo, Pirrón suspendía su juicio y reducía todo asunto a un non liquet, a un “debe ser investigado más ampliamente”. Durante toda su vida buscó la verdad, pero siempre halló la forma de negar que la hubiera encontrado. Y si bien Pirrón no fue su inventor, este método filosófico lleva su nombre: el arte de discutir todas las cosas y de nunca tomar otro partido que la suspensión del juicio se llama pirronismo: es su nombre más común.

Con toda razón detestan al pirronismo en las escuelas de Teología (B), pues allí tiende a ganar nuevas fuerzas –no siendo estas fuerzas más que quimeras. El pirronismo, sin embargo, puede tener una utilidad: al extender sus tinieblas sobre la razón, obliga al hombre a pedir socorro al cielo y a someterse a la autoridad de la Fe (C). Ahora bien, en vista de que el siguiente relato3 –que trata de una conferencia en la cual dos abates discuten sobre el pirronismo– podría suscitar ciertas molestias en algunos de mis lectores, he destinado a este asunto una Clarificación que se encuentra al final de esta obra*.

Son bromas maliciosas, o mejor, imposturas, aquellas narraciones de Antígono Caristio4, que cuentan que Pirrón nunca tuvo preferencias; que ni el avance de una carroza ni la proximidad de un precipicio lo desviaban de su camino, y que sus amigos tuvieron que salvarle la vida con mucha frecuencia. Hasta hoy nada indica que Pirrón hubiese estado loco (D). Sin embargo no podemos dudar de que Pirrón siempre enseñara que el honor y la infamia, y la justicia y la injusticia de cualquier acto tan sólo dependen de las leyes de los hombres y de sus costumbres5. No obstante cuán abominable pueda resultar esta doctrina, ella deriva de aquel principio pirrónico que profesa la reconditez de la naturaleza absoluta e interna de los objetos, y predica que, desde cierto punto de vista, sólo podemos estar seguros de la apariencia de las cosas.

La indiferencia de Pirrón era asombrosa (E). Nada le gustaba. Nada lo hacía enojar6. Nunca un hombre ha estado tan convencido de la vanidad de las cosas (F). Que lo escucharan o no cuando hablaba no le preocupaba, y así se alejaran sus oyentes, él seguía hablando7. Vivía con su hermana en la misma casa y compartía con ella hasta los más pequeños oficios domésticos (G). Aquellos que afirman que Pirrón obtuvo la ciudadanía ateniense por asesinar a un rey en Tracia están enormemente equivocados (H). No tengo muchos errores qué reprocharle a Monsieur Moréri (I). La indiferencia con la que Pirrón se estableció entre la vida y la muerte8 fue alabada por Epicteto, quien, en todo lo demás, abominó del pirronismo (K).

(A) Sus opiniones apenas se distinguían de aquellas de Arcesilao. Estudiando cuidadosamente a Ascanio de Abdera se podría decir que no hay diferencias entre Pirrón y Arcesilao. “Nobilissime Philosophiam tractasse videtur, commentus modum quo de omnibus nihil decerneret, neque quicquam comprehendi posset diceret, ut Ascanius Abderites auctor est”9 [“Parece que se dedicaba al más genuino estudio sistemático, introduciendo el criterio mediante el cual nada se puede definir sobre los objetos, ni se puede conocer cualquier cosa de ellos, tal como lo enseñó Ascanio de Abdera”]8. Según lo anterior, para Pirrón la naturaleza de las cosas es incomprensible, lo cual corresponde a la doctrina de Arcesilao. En consecuencia, yo he optado por establecer las diferencias entre Arcesilao y Pirrón, pues el pensamiento pirrónico nunca admite explícitamente la incomprensibilidad. Han llamado a los pirrónicos escépticos, zetéticos, efécticos o aporéticos10 o, en otras palabras, examinadores, indagadores, aquellos que suspenden el juicio o dubitantes; esto basta para saber que creían posible el hallazgo de la verdad y que jamás fallaron a favor de su incomprensibilidad. En Aulo Gelio encontraréis que los pirrónicos incluso condenaban a quienes afirmaban lo contrario. Esto, según este autor, era la diferencia principal entre los pirrónicos y los académicos11; en todo lo demás eran idénticos, es más, solían darse unos a otros los nombres que he mencionado más arriba12. “Cum haec autem consimiliter tam Pyrrhonii dicant quam Academici, differre tamen inter sese et propter alia quaedam et vel maxime propterea existimati sunt, quod Academici quidem ipsum illud nihil posse comprehendi quasi comprehendunt et nihil posse decerni quasi decernunt, Pyrrhonii ne id quidem ullo pacto verum videri dicunt, quod nihil esse verum videtur”13 [“Aunque en esto coinciden tanto pirrónicos como platónicos, sin embargo se ha considerado que se distancian en otros temas, en particular en que los académicos, por decirlo así, afirman aquello de que nada se puede saber de las cosas mismas y nada se puede concluir de ellas; mientras que los pirrónicos ni siquiera sostienen en sentido alguno que eso parezca verdadero, porque parece que nada es verdadero”]. Sexto Empírico halló una diferencia más14: Arcesilao creía que la suspensión del juicio era buena por naturaleza y que toda afirmación era nociva. Sin embargo, según Pirrón, tanto la suspensión del juicio como las afirmaciones son buenas o nocivas sólo en apariencia: “no persigamos la naturaleza de la cosas, sino las apariencias”. En el fondo Arcesilao nunca estuvo dispuesto a dudar con el rigor de Pirrón. No obstante, nada es más sencillo que creer que están de acuerdo, por lo que no nos queda más remedio que pedirle a cada uno de ellos que se explique con mayor claridad y franqueza15.

(B) Con toda razón detestan al pirronismo en las escuelas de Teología.

Es respecto a esta Divina Ciencia que el pirronismo se ha vuelto peligroso, pues a la Física y al Estado apenas los perjudica. Poco nos debería importar que digan que la mente humana es demasiado limitada en sus hallazgos acerca de las verdades naturales o de las causas del calor, el frío, la corriente marítima, etc. Nos debería bastar con entregarnos al oficio de buscar hipótesis probables y reunir experiencias. Estoy muy seguro de que son pocos los físicos competentes de nuestro siglo que no están convencidos de que la naturaleza es un abismo impenetrable, cuyos mecanismos sólo pueden ser concebidos por su Creador y Maquinador. Así, todos estos filósofos son académicos o pirrónicos respecto a esta cuestión. La sociedad civil no tiene nada que temer de esta forma de pensamiento. Los escépticos no niegan que debamos vivir de acuerdo a las costumbres de un país, ni que nuestros actos deban ser acordes a las obligaciones morales. Ellos sólo insisten en que un asunto debe ser investigado con respecto a la probabilidad y no a la certeza16. Un escéptico suspende su juicio ante la pregunta de si algún deber es o no absoluta y naturalmente legítimo. No lo suspende, empero, si la cuestión es si en una determinada situación se debe o no cumplir con una obligación. Así que es sólo la religión la que debe temer al pirronismo, pues sus fundamentos yacen en la certeza. En el momento en que un escéptico borra de su mente toda convicción sobre las verdades de la religión, los fines, los efectos y la utilidad de ésta colapsan. Pero esto no debería perturbarnos. Nunca ha habido, ni nunca habrá más que un pequeño número de personas que se haya dejado engañar por los argumentos de los escépticos. La gracia de Dios para los fieles, la fuerza de la educación para los demás hombres y, si así lo queréis, nuestra ignorancia17 y nuestra tendencia natural a tomar decisiones, constituyen un escudo inquebrantable contra los asaltos del pirronismo, incluso cuando esta secta quiera imaginar que hoy es más temible que en la antigüedad. Veamos ahora cuáles son los fundamentos de esta extraña pretensión.

Hace más o menos dos meses estuve en compañía de un hombre muy virtuoso, que me habló prolijamente sobre un debate al que había asistido. Dos abates (uno vivía en devoción a sus deberes y el otro era un buen filósofo) se acaloraban de tal manera en una discusión, que todos los allí presentes llegaron a pensar que en cualquier momento el asunto terminaría en una querella. El primer abate había sostenido, con bastante frialdad, que podía perdonar a los filósofos paganos el haber descendido hasta la incertidumbre de las opiniones, pero que no concebía que, tras el arribo de la luz del Evangelio, todavía existiesen algunos infelices filósofos pirrónicos. “Te equivocas al razonar de este modo”, le respondió el otro. “Si Arcesilao volviera a este mundo y tuviese que combatir a nuestros teólogos, su faena sería mil veces más atroz de lo que fue ante los dogmáticos de la antigua Grecia, pues la teología cristiana le suministraría argumentos irrebatibles.” Todos los que estaban allí escucharon con gran sorpresa estas palabras, y le pidieron al abate que se explicara, pues con lo dicho había esgrimido una paradoja que sólo podía llevarlo a su propia confusión. He aquí lo que replicó, dirigiéndose al primer abate: “No haré uso de las ventajas que la nueva filosofía ofrece a los pirrónicos. El nombre de Sexto Empírico era apenas conocido en nuestras escuelas, y más sabíamos de las Tierras Australes que de los métodos que Sexto Empírico había diseñado tan sutilmente, cuando Gassendi18 nos ofreció aquel compendio de sus escritos que nos ha abierto los ojos. Los últimos en echarle mano a esta obra han sido los cartesianos, y hoy no hay un buen filósofo que dude que los escépticos tenían razón al sostener que las cualidades de un cuerpo, que afectan nuestros sentidos, no son más que apariencias. Todos estaríamos de acuerdo con la siguiente afirmación: ‘Cuando me acerco al fuego, siento calor’. Pero no aceptaríamos esta otra: ‘Sé que el fuego es, en sí mismo, lo que aparenta ser’. Éste es el estilo de los pirrónicos antiguos. Hoy en día la nueva filosofía habla de modo más positivo: ‘el calor, los olores, los colores, y demás, no yacen en los objetos sensibles, sino son modificaciones de mi mente, pues sé que los cuerpos en sí no son tal y como se me presentan’. Y con gusto se habría hecho una excepción para el caso de la extensión y el movimiento, pero no fue posible: los objetos de los sentidos aparentan ser coloridos, calientes, fríos u odoríferos, pero no lo son, entonces ¿por qué no pueden ser su extensión y su figura, y su estado de reposo o movimiento, también apariencias?19 Es más, los objetos sensibles no deben ser la causa de mis sensaciones: bien podría sentir frío y calor, ver colores y figuras, percibir la extensión y el movimiento, y aun así no haber cuerpos en el universo. Por ende no habría ninguna prueba válida de la existencia de los cuerpos20. La única prueba posible se deriva del siguiente supuesto:

si Dios hubiera impreso en mi alma la idea de un cuerpo que, de hecho, no existe, me estaría engañando21. Pero esta prueba es débil. Prueba demasiado. Desde los comienzos del mundo la totalidad de la raza humana, a excepción de quizás una persona por cada doscientos millones, ha estado convencida de que los cuerpos tienen colores, lo cual –según se ha visto– es un error. Pero me pregunto ¿engaña Dios al hombre respecto a los colores? De ser así, nada impide que Dios también lo engañe con relación a la extensión. Este último embuste no sería menos inocente, ni menos compatible con un Ser soberanamente perfecto que el primer embuste. Pero si Dios no engaña a los hombres respecto a los colores es porque no los ha forzado inexorablemente a afirmar: ‘aquellos colores existen por fuera de mi mente’, sino simplemente a decir: ‘me parece que allí hay colores’. Y podríamos sostener lo mismo con relación a la extensión: Dios no nos ha obligado a decir rotundamente: ‘allí está esto’, sino sólo a juzgar que sentimos algo y que nos parece que está aquí o allá. Un cartesiano no tendría mayor dificultad en suspender su juicio respecto a la existencia de la extensión, de la que tendría un campesino en abstenerse de afirmar que el sol brilla, que la nieve es blanca, etc. Por esta razón, si es un error sostener la existencia de la extensión, Dios no debe ser la causa de aquel error, ¡ya que no os aventuraríais a afirmar que Dios es la causa de los errores de un campesino! Estas son justamente las ventajas que los nuevos filósofos brindan a los pirrónicos, a las cuales renunciaré por el momento”.

Así procedió el abate filósofo a explicar que, para obtener una victoria sobre un escéptico, es pertinente mostrarle, ante todo, que la Verdad sí puede ser reconocida a través de ciertos rasgos: “Se trata de lo que comúnmente llamamos criterium veritatis. Se podría sostener ante un escéptico, con toda razón, que la evidencia es la característica más segura de la Verdad, pues si la evidencia no fuera su rasgo principal, entonces nada más podría serlo. ‘De acuerdo’ –replicará el escéptico, pues éste es el momento que él había estado esperando. Te hará ver que algunas cosas que rechazas como falsas tienen la mayor evidencia: (i) Es evidente que dos cosas que no difieren de una tercera tampoco difieren entre sí22; ésta es la base de todos nuestros razonamientos, y con ella construimos nuestros silogismos. Y sin embargo la Revelación del Misterio de la Santísima Trinidad nos asegura que este axioma es falso: puedes inventar todas las distinciones que quieras, pero jamás le demostrarás al escéptico que esta máxima no ha sido desmentida por aquel gran Misterio. (ii) Es evidente que no hay diferencia alguna entre un individuo, una naturaleza y una persona. Pero aquel mismo Misterio nos ha convencido de que las personas pueden ser multiplicadas. (iii) Es evidente que para crear a un hombre de modo que sea una persona real y perfecta es preciso unir un cuerpo humano a un alma racional. El Misterio de la Encarnación nos enseña, sin embargo, que esto no es suficiente, de lo que resulta que ni tú ni yo sabríamos con toda certeza si somos personas, puesto que si fuese esencial para un cuerpo humano y para un alma racional, que están unidos, constituir juntos una persona, Dios nunca podría hacer que, unidos de esa manera, no la constituyeran. Tendríamos entonces que decir que la personalidad es un rasgo puramente accidental de esta unión. Ahora bien, todo accidente puede ser separado de su sujeto de varias maneras. Así tiene Dios la posibilidad de impedirnos ser personas a través de múltiples medios, aun si estamos compuestos de un cuerpo y un alma. Pero ¿sabe alguien si Dios se vale de alguno de esos medios para despojarnos de la personalidad? ¿Está Él acaso obligado a revelarnos todas las maneras en que dispone de nosotros? (iv) Es evidente que un cuerpo humano no puede estar en diferentes lugares al mismo tiempo, y que su cabeza no puede compenetrarse con todos los otros miembros del cuerpo hasta convertirse en un punto indivisible. Y sin embargo el Misterio de la Eucaristía nos enseña que estas dos cosas suceden todos los días23. De lo que resulta que ni tú ni yo sabemos a ciencia cierta si somos distintos de otros hombres, o si estamos en este momento en el serrallo de Constantinopla, en Canadá, en Japón y en todas las ciudades del mundo a la vez, y en condiciones distintas en cada una de ellas. Pero ya que Dios no hace nada en vano ¿pudo Él haber creado tantos hombres, mientras que uno solo, establecido en varios lugares y revestido de cualidades diferentes según el lugar, le habría sido suficiente? La doctrina de la Eucaristía produce también el quebranto de las verdades que hemos hallado en los números, pues ya no podemos saber cuál es la suma de 2 más 3, ni en qué consiste la identidad o la diversidad. Juzgar que Juan y Pedro son dos hombres es sólo insinuar que los hemos visto en lugares distintos y que uno de ellos no tiene todas las características del otro. Por medio del dogma de la Eucaristía, sin embargo, esta base de distinción queda anulada. Quizá sólo haya una sola criatura en el universo producida en múltiples sitios y con cualidades diversas; y mientras tanto nosotros creamos grandes reglas de la Aritmética, como si hubiera muchas cosas distintas24. ¡Quimeras! No sólo ignoramos si hay dos cuerpos, tampoco sabemos si existe un cuerpo y un alma, pues si la materia es penetrable, es obvio que la extensión es sólo el accidente de un cuerpo, y así el cuerpo, según su esencia, es una substancia sin extensión. El cuerpo, entonces, puede adoptar todos los atributos que concebimos como pertenecientes al espíritu: la extensión, la voluntad, las pasiones, las sensaciones; y así, pues, no hay una regla mediante la cual podamos discernir si por naturaleza una substancia es espiritual o corporal. (v) Es evidente que los modos de una substancia no pueden existir sin la substancia que modifican. No obstante, el Misterio de la Transubstanciación nos revela que esto es falso25. Este misterio ha logrado confundir todas nuestras ideas y nos ha dejado sin los medios para definir una substancia, pues si un accidente puede existir sin su sujeto, entonces una substancia, a su vez, puede existir en dependencia de otra substancia, como los accidentes. El espíritu podría existir tal y como existen los cuerpos, así como en la Eucaristía la materia existe tal y como existen los espíritus. Y estos últimos podrían ser impenetrables, así como en el Misterio la materia se hace penetrable. Ahora, si pasando de las tinieblas del paganismo a la luz del Evangelio hemos tenido que reconocer la falsedad de tantas nociones evidentes y de tantas definiciones ciertas26 ¿cómo será todo entonces cuando pasemos de la oscuridad de esta vida a la luz del Paraíso? ¿No os parece muy obvio que tendremos que reconocer la falsedad de muchas de las cosas que ahora nos parecen incontestables? Saquemos, pues, provecho de la temeridad con la que aquellos que vivieron antes de las doctrinas del Evangelio afirmaron la verdad de ciertas doctrinas evidentes, cuya falsedad está revelada en los Misterios de nuestra Teología”.

“Pasemos ahora a la Moral: (i) Es evidente que debemos abstenernos del mal en la medida de lo posible, y que pecamos si, habiendo podido impedir el mal, lo permitimos. Nuestra Teología, no obstante, nos muestra que esto es falso. Nos enseña que no es un acto indigno de las perfecciones de Dios permitir todos los desórdenes del mundo, que Él fácilmente habría podido impedir. (ii) Es evidente que una criatura que no existe no puede ser cómplice de una acción maligna, y (iii) que es injusto castigar a tal criatura por su complicidad. Sin embargo, nuestro dogma del pecado original nos destapa la falsedad de estas evidencias. (iv) Es evidente que tenemos que escoger lo justo antes que lo útil. Pero nuestros teólogos dicen que Dios, habiendo podido elegir entre un mundo perfectamente organizado y adornado con todas las virtudes, y un mundo como el nuestro, en el que predominan el pecado y el desorden, escogió éste, pues convenía mucho más a los intereses de Su gloria. Me dirás que no puedo medir con el mismo rasero los deberes del Creador y los nuestros. Pero de esta forma tú mismo te lanzas a las redes de tus adversarios, pues justamente esto es lo que ellos quieren. Su objetivo principal es comprobar que nadie conoce la naturaleza absoluta de las cosas, y que apenas nos percatamos de algunos de sus aspectos27. No sabemos –dicen ellos– si el azúcar es en sí mismo dulce, sólo sabemos que aparenta serlo cuando lo colocamos en nuestra lengua. No sabemos si una acción es en sí misma justa por naturaleza, sólo creemos que ante tal persona y en consideración de ciertas circunstancias esta acción tiene la apariencia de ser honesta; pero la misma acción puede dejar de ser justa en otras circunstancias y respecto a otras personas. ¡Debes estar, entonces, muy atento a lo que te expones cuando dices que nuestras ideas de justicia y honestidad tienen excepciones y que son relativas! Considera además que, mientras más eleves los derechos de Dios al privilegio de no actuar según nuestras ideas, más arruinarás el único medio que tienes para demostrar la existencia de los cuerpos, a saber: que Dios no nos puede engañar, y que lo estaría haciendo si no existiese un mundo material. Presentar a todo un pueblo un espectáculo que no existe por fuera de sus mentes sería una trampa. ‘Distinguo’ –querrás responder a esto–, y si fuera un rey quien lo hiciera, le dirías: ‘concedo’; pero si fuese Dios, entonces: ‘nego’, puesto que los derechos de Dios son diferentes a los de los reyes. Además, si las excepciones que haces en los principios de la Moral se basan en la incomprensible infinitud de Dios, entonces nunca podríamos estar seguros de nada, pues nunca podríamos comprender todos los derechos y privilegios de Dios. Y con esto último concluyo. De haber una señal que permita conocer la Verdad con absoluta certeza, esa señal es la evidencia: pero, a la vez, la evidencia no puede ser esa señal, pues implica falsedades, luego […]”.

El abate a quien había sido dirigido este largo discurso a duras penas había podido abstenerse de hacer una interrupción. Había escuchado a su adversario haciendo gestos de sufrimiento, y cuando advirtió que el otro había terminado de hablar, se sumergió en una extraña cólera en contra de los pirrónicos28, y no podía perdonar al otro abate el haberle sugerido las dificultades que éstos infunden en los sistemas de Teología. Alguien, no obstante, modestamente le explicó que todo el mundo sabía muy bien que sólo se trataba de sofismas y dificultades minúsculas, pero que asimismo era justo que aquellos que demostraban tanta suficiencia ante los escépticos no ignoraran el estado de cosas. “Hasta ahora has creído –le fue dicho– que un pirrónico nunca podría ponerte en aprietos, pero entonces dinos: tienes cuarenta y cinco años, eso no lo dudas, y si hay algo de lo que estás totalmente seguro es de que eres la misma persona que hace dos años fue nombrada abad de… Te vamos a mostrar que no tienes ninguna buena razón para estar convencido de todo eso, y para esto argumentaremos siguiendo los principios de nuestra Teología. Tu alma ha sido creada, y por esta razón es indispensable que Dios renueve su existencia en cada momento, ya que la conservación de las criaturas consiste justamente en la creación continua. ¿Cómo sabes que esta mañana Dios no ha mandado a la nada la renovación de esa alma que Él ha recreado constantemente desde el día de tu nacimiento? ¿Cómo sabes que Él no ha creado otra alma con las mismas modificaciones de la tuya?29 Esta nueva alma es la que posees en este momento; ¡o demuéstranos lo contrario, y que todos los aquí presentes juzguen mis argumentos! En ese instante, un teólogo sabio* que se encontraba allí tomó la palabra y reconoció que, suponiendo que hay una creación, crear un alma en cada momento es para Dios una tarea tan fácil como la de reproducir constantemente una sola alma. Afirmó sin embargo que las ideas de Su sabiduría y, más aún, la luz que se desprende de Su palabra nos pueden dar la certidumbre legítima de que hoy tenemos la misma alma que tuvimos ayer, que es la misma que tuvimos anteayer, etc. Y concluyó diciendo que no vale la pena desperdiciar el tiempo observando las discusiones de los pirrónicos, ni tampoco pensar que sus sofismas pueden ser cómodamente eludidos por la sola vía de la razón. Ante todo es necesario demostrar a los pirrónicos la debilidad de la razón, con el fin de que finalmente se encomienden a una mejor guía, como lo es la Fe. Éste, por lo demás, será el tema de la siguiente nota.

(C) El pirronismo… obliga al hombre a pedirle socorro al cielo y a someterse a la autoridad de la Fe.

Un escritor moderno, que ha estudiado el pirronismo con más rigor que a cualquier otra secta, considera que el pirronismo es la que menos se opone al Cristianismo, y la que “puede acoger del modo más dócil los misterios de nuestra religión”30. Después de confirmar esta opinión a través de algunos razonamientos, este escritor dice31: “No es una creencia infundada aquella de que el sistema escéptico, que se basa en el simple reconocimiento de la ignorancia humana, es el que menos se opone a todas nuestras creencias y el más apropiado para recibir las luces sobrenaturales de la Fe. Con esto no estamos afirmando nada contrario a la más excelsa de las teologías. La de San Dionisio, por ejemplo, no enseña nada con mayor énfasis que la debilidad de nuestra mente y nuestra ignorancia acerca de todas las cosas divinas. Así, explica este gran Doctor, lo mismo que Dios ya había anunciado a través de Sus profetas: Posuit tenebras latibulum suum, que Él llevó a cabo su retiro en las tinieblas. Y si este fuera el caso, no podríamos siquiera aproximarnos a Dios y adentrarnos en sus misteriosas tinieblas. Sólo nos queda una impor-tante lección de todo esto: Dios sólo puede ser conocido en la oscuridad, escondido bajo una manta de enigmas, o de nubes –o como dice la Escuela: sin conocerlo. Pero como aquellos que siempre han profesado la humildad y la ignorancia se acomodan mejor que otros a esta noche espiritual, los dogmáticos, que nunca han temido nada distinto que parecer ignorantes de ciertas cosas, por el contrario, se pierden inmediatamente en esa oscuridad; y la misma presunción de poseer las suficientes luces en sus entendimientos para vencerla, los seguirá encegueciendo, mientras piensen que se puede avanzar por tinieblas que la naturaleza humana no está en poder de penetrar. Sea como sea, yo pienso que el escepticismo es de gran valor para un alma cristiana, porque le hace perder todas aquellas opiniones doctrinarias que San Pablo tanto había detestado”. Este mismo escritor desarrolla este tema con mayor profundidad, claridad y fuerza en otro de sus libros32.

Cuando estamos en capacidad de entender correctamente todos los tropos expuestos por Sexto Empírico, nos percatamos de que la lógica que ellos contienen constituye la mayor muestra de perspicacia que el espíritu humano jamás haya logrado fabricar. Pero a la vez nos damos cuenta de que esta perspicacia no nos brinda satisfacción. Se confunde a sí misma, pues si tuviese solidez nos estaría probando que nuestro deber de dudar es cierto: entonces existiría la certeza, y así tendríamos una regla indudable de la Verdad. Ahora bien, esto arruinaría el sistema. No obstante, no es de temer que lleguemos algún día a tal punto, pues siendo las mismas razones para dudar dudosas, sólo debemos dudar cuando haya que dudar. ¡Qué gran caos! ¡Y qué tormento para la mente humana! Por ende, este lamentable estado es al parecer el más apropiado para convencernos de que nuestra razón nos lleva por un camino equivocado, pues mientras despliega la mayor sutileza, nos empuja hacia el abismo. La consecuencia natural de todo esto sería renunciar a su guía e implorar una mejor al Creador de todas las cosas. Éste es un gran paso hacia la religión cristiana, pues ella cuida de que ante todo nos dirijamos a Dios para obtener cualquier conocimiento sobre lo que debemos creer y hacer: la religión cristiana busca la sumisión de nuestro entendimiento a la obediencia a la Fe. Si un hombre está convencido de que nada bueno tiene qué esperar de estos argumentos filosóficos, entonces se sentirá más dispuesto a pedirle a Dios que lo induzca en las verdades en que debe creer, y no se jactará de poder alcanzar algún día el éxito a través de razonamientos y disputas. De hecho, ésta es una feliz sumisión a la Fe, cuando se sabe lo defectuosa que es la razón. Es por esto que, entre otros, el Señor Pascal ha dicho que para convertir a un libertino sólo hay que mortificarlo mostrándole las fallas de la razón y que hay que enseñarle a desconfiar de ella. Calvino es admirable en este punto; esto es lo que expone en su liturgia del Bautismo33. Así comienzan las lecciones dirigidas por él a quienes quieren iniciarse en la religión cristiana: “A este respecto34 Dios nos increpa a ser humildes y a entrar en desagrado con nosotros mismos, y así nos prepara para desear y requerir Su gracia, por la cual toda la perversidad y la maldición de nuestra primera naturaleza será abolida. Pues no estamos en la capacidad de recibirla, sin antes habernos despojado de toda confianza en nuestra propia virtud, sabiduría y justicia hasta poder condenar todo lo que está dentro de nosotros. Sin embargo, una vez hayamos descubierto nuestro infortunio, Él nos dará consuelo a través de Su misericordia con la promesa de regenerarnos a través de Su Espíritu Santo en una nueva vida, la cual será para nosotros semejante a una entrada en Su Reino. Esta regeneración consta de dos partes, a saber: que primero renunciemos a nosotros mismos y no sigamos más nuestra propia razón, ni nuestros placeres, ni nuestra propia voluntad, sino que, sometiendo nuestro propio entendimiento y nuestro corazón a la sabiduría y justicia de Dios, reprimamos todo lo que nos pertenece a nosotros y a nuestra carne, para luego seguir la luz de Dios con el fin de complacer y obedecer a todo lo que nos dicte Su Voluntad, mientras Él nos ilumina a través de Su Palabra y nos conduce con Su Espíritu”. Sea como fuere, hay hombres muy listos que sostienen que no hay nada que se oponga más a la religión que el pirronismo35: “Es la extinción total, no sólo de la Fe, sino también de la razón; y nada es menos posible que rescatar a quienes han llevado sus opiniones hasta tal extremo. Se puede instruir a los más ignorantes, se puede convencer a los más testarudos, se puede persuadir a los más incrédulos; pero es inverosímil, no diré que convencer a un escéptico, pero sí razonar justamente contra él, puesto que es imposible darle una sola prueba diferente a ese sofisma, el más vulgar de todos los sofismas: la petición de principio. En efecto, no hay prueba que pueda concluir algo si no se supone que lo que es evidente también es verdadero, es decir, sin tomar como verdadero aquello mismo que se pone en cuestión. Y el pirronismo consiste justamente en no admitir esta máxima fundamental de los dogmáticos”36. Leed a Vossius, quien, tras decir que el pirronismo y el epicureismo son muy contrarios a la religión cristiana, confirma esta opinión a través de un pasaje de Clemente Romano37: “Hinc Nicetas de se, et fratre Aquila in epitome, Clementes Romani, de gestis B. Petri pag 56. ed. Adr. Turnebi, in Latina Perionii traslatione ex Parisiense editione Sonnii fol. 596. Accurare etiam ea inquisivimus, quae a Philosophis traduntur: praecipue illa, quae maxime repugnant pietati erga Deum: Illa, inquam, Epicuri ac Pyrrhonis, quo magis ea repellere possemus. Nempe Nicetas quidem fuerat Epicureus: Aquila vero Pyrrhonios erat secutus, ut apud ipsum est Clementem in octavo Recognitium libro quod opus Graece non exstat, sed Latine ex tralatione Rufini Aquilejensis”38 [“De ahí en adelante Nicetas habla de sí y de su hermano Aquila en la recopilación de las actividades del B. Pedro hecha por Clemente Romano, folio 596 de la edición de Adriano de Turno que tradujo al latín Peronio, según la edición parisiense de Sonnio, folio 596. Examinamos también con el máximo cuidado aquellas cosas que nos enseñan los filósofos, principalmente las más contrarias a la piedad divina; aquellas, digo, de Epicuro y Pirrón para poder rechazarlas mejor. Con toda certeza Nicetas había sido epicúreo y Aquila había seguido a los pirrónicos, tal como consta en la Síntesis de Clemente Romano en el libro octavo de sus Revisiones, del que no se conserva el original griego, sino la versión latina de Rufino de Aquilea”].

Notad que La Mothe de la Vayer excluye a los pirrónicos de la gracia que él mismo concede a otros filósofos antiguos. Lo que La Mothe de la Vayer nos dice a continuación contiene algunos asuntos pertinentes al presente artículo: “[t]engo muy pocas esperanzas en la salvación de Pirrón y de todos sus discípulos, que han compartido las mismas opiniones de Pirrón respecto a la Divinidad. No es que ellos hayan profesado el ateísmo, como algunos han llegado a creer. En Sexto Empírico leemos que, como los demás filósofos, los pirrónicos admitían la existencia de los dioses, que les rendían el culto ordinario y que nunca negaron su providencia. Pero además de jamás haber admitido una causa primera –lo que acaso hizo que despreciaran la idolatría de aquellos tiempos–, fue sólo a través de la suspensión del juicio que los pirrónicos pudieron creer en la Naturaleza Divina. Sin embargo, nunca hicieron esto sin antes dudar, pues lo único que buscaron fue adaptarse a las leyes y costumbres de su época y del país en el que vivieron. En consecuencia, ya que nunca recibieron el mínimo destello de esa luz implícita en nuestra Fe, en la cual hemos fundado la esperanza de la salvación de algunos paganos que poseyeron esa luz por una extraordinaria gracia del cielo, no veo que haya razones para que algún escéptico o algún pirrónico de tal calibre haya podido evitar el camino al infierno”39.

(D) Hasta hoy nada indica que Pirrón hubiese estado loco.

Citemos ahora al Señor La Mothe de la Vayer40: “Entiendo que Antígono Caristio decía de Pirrón que éste no se desviaba ni ante la proximidad de un coche o de un precipicio, ni al encuentro de un perro rabioso, y que fueron justamente sus amigos quienes siempre lo salvaron de cualquiera de estas inconveniencias. Pero ¿por qué vamos a creerle antes a Antígono que a Enesidemo, quien escribió ocho libros sobre la secta de los pirrónicos, y asegura que su líder nunca cometió extravagancias semejantes? Algunas son inverosímiles. Y me cuesta tanto imaginar que un gran número de filósofos las haya podido aprobar, que juraría aceptar lo que dicen sobre Pirrón si nadie puede negarlo, y el resto de la vida de Pirrón no nos convence de su falsedad. En efecto, todo el mundo está de acuerdo con que Pirrón vivió más de noventa años, y que pasó la mayor parte de este tiempo en viajes en los que llegó a conocer a los magos de Persia y a entrevistarse en la India con los gimnosofistas. ¿Es entonces admisible que un hombre, que supuestamente se precipitó a tantos peligros, haya alcanzado tan avanzada edad? ¿Y que en todas partes haya tenido amigos que lo salvaran de los riesgos casi inevitables que corren quienes van por el mundo con tanta destreza y previsión? Sea como fuere, hay que considerar a Pirrón como el fundador de una gran compañía y, en consecuencia, como alguien altamente recomendable en todo aspecto. Sólo leer –aun cuando lo único que sepamos sobre su vida esté en los libros– que Pirrón fue nombrado pontífice soberano por los habitantes del país en que vivió, es suficiente para despejar las calumnias de sus enemigos, pues es obvio que nadie hubiese entregado un cargo de tanta importancia a un hombre que era víctima de tan grandes caprichos […]41 Pirrón nunca compuso nada que desvirtuara sus capacidades. Pero más allá de lo que podamos presumir sobre su gran reputación, el solo privilegio de inmunidad que la ciudad de Elis, su patria, le otorgó por su respeto a todos los filósofos, y el honor que le hicieron los atenienses al conferirle la ciuda-danía42 –honor que otorgaban a muy pocos– nos permiten ver con bastante claridad cuáles fueron los verdaderos méritos de Pirrón”.

(E) La indiferencia de Pirrón era asombrosa.

Os daré un solo ejemplo: habiéndose precipitado en una zanja, Anaxarco fue visto por Pirrón sin recibir su auxilio. Es más, Pirrón pasó de largo sin dignarse siquiera a darle la mano. Con mucha justicia lo criticaron duramente, ya que en esas circunstancias es un deber ayudar a un hombre desconocido y, con más razón, siendo ese hombre profesor de Pirrón. Ahora veréis, no obstante, que en este punto el maestro fue más sabio que su discípulo. Anaxarco no sólo rehusó a quejarse ante Pirrón, y no quiso aprobar la censura que éste recibía por parte de los otros, sino que alabó la indiferencia de su discípulo y su desprecio por todas las cosas. ¿No sorprendería todo esto a los miembros de la Orden de la Trapa? “Et cum aliquando Anaxarchus in scrobem incidisset, ille pertransiit nihil ei opem ferens. Idque cum plerique culparent, Anaxarchus ipse laudabat, ut indifferenter et sine affectu se habentem”43 [“Y cuando en cierta ocasión Anaxarco cayera en un pantano, él pasó de largo sin auxiliarlo. Y, como muchos le echaban la culpa por ello, el mismo Anaxarco lo estimulaba para que se mantuviera indiferente, sin afectarse en sus sentimientos”]. Esto me hace recordar la réplica del abad de San Real: “Podría daros la respuesta de uno de los antiguos44, a quien alguien reprochó una vez que, para ser filósofo, hacía muy poco caso de la filosofía: ‘es precisamente eso’ –fue la respuesta del antiguo– ‘lo que yo llamo filosofar’”. Y he aquí lo que es digno de Pirrón y de Anaxarco.

Veamos ahora esta breve sentencia: Pirrón sostuvo que vivir no es más importante que morir, ni morir que vivir. ‘¿Por qué entonces no te mueres?’ –le preguntaban. ‘Justamente a causa de esto’ –respondía él– ‘porque la vida y la muerte son igual de insignificantes’. Diógenes Laercio no hace mención de esto, pero Estobeo lo recogió para nosotros: “Pyrrhon ajebat, nihil interesse inter vitam et mortem. Et cum quidam ad eum diceret, cur igitur ipse non moreris? Quia nihil interest, respondit”45 [“Pirrón afirmaba que no había diferencia entre la vida y la muerte. Y cuando alguien le preguntó: ¿Por qué, entonces, no te mueres? Respondió: Porque no hay diferencia]. Que no se diga que Pirrón olvidó estas máximas cuando el peligro de muerte estaba presente. Que no se diga:

Era fuor de perigli un Sacripante, Ma ne perigli havea cara la vita.

Una vez incluso Pirrón demostró todo lo contrario, cuando estuvo muy cerca de naufragar. Fue el único que no se dejó intimidar por la tempestad, y viendo a los demás dominados por el temor y la tristeza, les pidió muy tranquilamente que observaran a un puerco que se encontraba entre ellos y que comía como era su costumbre: ‘Esa es la insensibilidad del sabio’ –les dijo46. “Navi aliquando vehebatur, et cum socii tempestate acti moestiores essendi, ipse tranquillo animo porcellum in navi edentem ostendebat, dicens, oportere sapientem tali animi tranquilitate esse”47 [“En cierta ocasión, viajando por barco, mientras sus compañeros se conturbaban por causa de una tempestad, él mostraba a un lechoncito que comía tranquilamente, mientras afirmaba que había que ser sabio para [mostrar semejante] tranquilidad de ánimo”].

(F) Nunca un hombre ha estado tan convencido de la vanidad de las cosas.

Pirrón despreció la naturaleza humana sobre todas las cosas. Se dice que no cesaba de repetir las palabras con las que Homero comparó al hombre con las hojas48:

Cual la generación de las hojas, así la de los hombres49.

Según Gassendi, Pirrón adoraba este paralelo50, pues en él veía reflejadas la mortalidad humana y la inconsistencia de las opiniones del hombre, esa inconstancia que lo hace girar como una hoja a merced de los vientos. Pirrón hacía mucho caso de otros pasajes de Homero, como aquél en que el Poeta compara al hombre con las aves y las moscas, y describe sus imperfecciones y puerilidades51. Me sorprende ver que nadie diga que Pirrón estimaba infinitamente la siguiente sentencia de Homero:

Pues es tal el pensamiento de los terrestres varones, que se muda según el día que les trae el padre de los hombres y de los dioses52.

Estos versos dicen que el espíritu del hombre es variable, y que Dios le da a éste último una provisión de razón como una especie de ‘pan diario’, que se renueva cada mañana, lo cual se adecua maravillosamente a la hipótesis de los pirrónicos. Éstos siempre estuvieron a la búsqueda y siempre fueron inconstantes. En todo momento estuvieron preparados para razonar de nuevas maneras y según los giros que dieran las cosas. Hoy existe un cierto Doctor de Teología que procede de la misma manera –si es que podemos creerle a su adversario, quien en especial no puede perdonarle al Doctor sus variaciones y sus perpetuas contradicciones53. Quiere hacerle ver que ha estado estableciendo principios según sus necesidades y que, a medida que comienzan a incomodarle, los reemplaza inmediatamente por otros nuevos. Además le reprocha –y usemos las mismas palabras de este adversario– razonar “de un día para el otro” y según la pasión “de turno” que esté en posesión de su espíritu. Aquel Doctor, sin embargo, es tajante: niega, hace sus afirmaciones con maestría y prontitud. Los escépticos fueron cuidadosos, pero él ha tenido que ser intrépido. No veo razones para quitarle sus derechos a quien piensa de esta manera. Tenemos que permitirles razonar de un día para el otro, como acaso lo aprendieran de Cicerón54. Por lo demás, siendo tan inmensa la inconstancia de las opiniones y las pasiones del hombre, se podría conjeturar que el hombre es como una pequeña República que frecuentemente cambia de magistrados.

(G)…compartía… hasta los más pequeños oficios domésticos…

Pirrón llevaba al mercado, entre otras cosas, pollos y lechones para vender. Barría las alcobas de su casa y limpiaba los muebles, todo como si fuese una sirvienta55. Todo le era indiferente. No creía que una cosa pudiese tener más valor que otra: “domique indifferenter munditiem curabat”56 [“también mientras estaba en casa se ocupaba de la limpieza con libertad de ánimo”]. Una vez, sin embargo, se desdijo, pues estando un día enfadado con su hermana, alguien le dijo que su melancolía habitual no era acorde con la indolencia que lo había dominado. “¿Crees de veras –le respondió Pirrón– que me placería poner en práctica esa virtud por una mujer?” “Cum sorori quandoque succensuisset, argueretque illum quispiam ut immemorem instituti sui, non inquit, muliercula, documentum erit nostrae indifferentiae” [“Cuando alguna vez se enojó con su hermana y alguien lo cuestionó porque se había olvidado de su propia norma, entonces él le dijo: ‘Por una simple mujer no habrá muestra de nuestra indiferencia’”]. No os imaginaríais que Pirrón quiso decir que no renunciaría al amor. Esa no era su forma de pensar; quiso decir más bien que no todos los sujetos merecen el ejercicio de ese dogma suyo de no enojarse por nada. La causa de su cólera había sido ciertamente indigna de un filósofo, y en especial de un filósofo como él. Pirrón se había enfurecido, pues se había visto forzado a comprar las cosas que su hermana necesitaba para ofrecer un sacrificio, y un amigo de ella, que les había prometido abastecerlos, había faltado a su palabra. Lo podemos leer en Eusebio. “Cum Philista ejus soror sacrificium adornaret, quendam ex amicis, qui res ad illud necessarias poliicitus fuerat, promissis non stetisse. Pyrrhonem igitur eos sumptus facere coactum, graviter id acerbeque cum ferret, ex suo illo amico audiisse, parum se omnino suorum ex decretorum praescripto facere, atque ab omni perturbatione vacuum ostendere. Tum enimvero Pyrrhonem omini reposuisse hujus rei fidem in mulierculae causa fieri non debere. Cui sane amicus ille suus merito responderet, in muliere, in cane, in reliquis onmibus inane totum hoc disputandi genus futurum”57 [“Una vez que Filista su hermana ofrendaba un sacrificio a los dioses, uno de sus amigos se ofreció a llevar lo necesario, pero no cumplió y Pirrón debió incurrir en esos gastos de mala gana. Cuando lo escuchó un amigo, le dijo que en verdad no mostraba concordancia con las prescripciones de sus escritos, al no liberarse de las perturbaciones del espíritu. A lo que entonces Pirrón había respondido que no convenía que la evidencia del argumento se produjera en razón de una mujer. Con razón le podría responder aquel amigo suyo que naturalmente en razón de la mujer, el perro y el resto de cosas, todo ese tipo de argumentos será inútil en el futuro”]. En otro pasaje, este mismo autor también hace alusión a lo que respondió Pirrón a quienes se habían burlado de él por haberlo visto escapar de un perro que lo perseguía: “No es fácil despojarse del hombre”, fueron sus palabras. “Antigonus Carystius, qui sub eadem videbat tempora, quique illorum vitam conscripsit, Pyrrhonem commemorat, ut sese insequenti cani eriperet quandam ad arborem confugisse: qua de causa cum ab iis qui aderant, rideretur, aegre ad modum hominem exui respondisse”58 [“Antígono de Caristo, coetáneo de Pirrón y quien escribió sobre la vida de sus seguidores, cuenta cómo se refugió en cierto árbol para escapar a la persecución de un perro, y cómo en esa circunstancia, y ante la burla de sus acompañantes, respondió disgustado que es muy difícil despojarse de la condición humana”].

(H) Aquellos que afirman que Pirrón obtuvo la ciudadanía ateniense por asesinar a un rey en Tracia están enormemente equivocados.

Una homonimia ha sido la causa de esta patraña. Un tal Pitón, discípulo de Platón59, obtuvo la ciudadanía ateniense por haber liquidado a Cotis, rey de Tracia60. De ahí proviene esa fábula de quienes dicen que nuestro Pirrón perpetró este asesinato y que aquella fue su recompensa61.

(I) No tengo muchos errores que reprocharle al Señor Moréri.

Solamente cinco: (i) Aquel pasaje que dice que Pirrón “siempre anheló que el hombre hiciera las cosas sólo por costumbre” es absurdo. Moréri no estaba loco al escribir esto; sabía muy bien que algunos filósofos habían defendido la diferencia natural entre la virtud y el vicio, y que una infinidad de personas haría miles de cosas sólo por mantenerse conforme a las leyes. He aquí como debió haberse expresado: Pirrón sostuvo que en realidad ninguna cosa está aquí o allá, y que la naturaleza de las cosas depende de leyes y de la costumbre –es decir, que a través de sus leyes y costumbres el hombre establece que ciertas cosas son buenas, elogiables, malas, condenables, etc. Ésta fue su doctrina. Si Diógenes Laercio no la entendió así, pues mala suerte. Digo esto porque sus términos no tienen la claridad suficiente para dejarnos afirmar: “a través de sus leyes y costumbres el hombre hace que cada cosa sea de una o de otra manera”. “Eadem ratione et de omnibus, nihil vere esse: caeterum lege atque consuetudine cuncta homines facere. Neque enim esse quicquam istud potius quam illud”62 [“Por la misma razón e igual para todo, que nada existe verdaderamente; que por lo general los hombres hacen todo por ley y por costumbre, y que en particular no es más real esto que aquello”]. (ii) No sé dónde leyó Moréri que a Pirrón “no le gustaba que lo interrumpieran en sus meditaciones filosóficas”. Diógenes Laercio no lo dice, aunque sí dibuja a Pirrón como un amante de la soledad. Según Diógenes, aquellos que interrogaron a Pirrón siempre estuvieron satisfechos con sus respuestas63. (iii) Esta falta, sin embargo, es bastante ligera en comparación con la siguiente. Moréri escribe: “no obstante se admite que Pirrón vivió noventa años”. Esto es suponer que un hombre que se divierte estando solo y al que no le gusta que vengan a interrumpirlo durante sus meditaciones no puede vivir mucho tiempo. Casi todo aquél que medita desea apasionadamente que se le dé la libertad de hacerlo sin obstáculos, puesto que la mínima interrupción le hace gastar más tiempo en adentrarse en sus pensamientos: si un hombre anhela la soledad y se aburre en compañía de otros, le hacemos la vida más larga permitiéndole estar tan solo como quiere. En conclusión, me atrevo a decir que Moréri se ha servido de un “no obstante” muy mal puesto. (iv) En ninguna parte se encuentra que Pirrón haya obtenido la ciudadanía de Atenas. Moréri copió este error de La Mothe de la Vayer64. (v) Y si Moréri hubiera copiado fielmente a La Mothe de la Vayer respecto a una cosa más, esta nota ya estaría acabada. La Mothe de la Vayer ha escrito que con el octavo tropo, que es el de la relación, los pirrónicos “hicieron ver que juzgamos las cosas solamente a través de la comparación”65. El Señor Moréri añadió el término “prejuicios” a la frase de La Mothe de la Vayer: “los escépticos –escribe Moréri– pretendían que juzgáramos solamente a través de prejuicios o por comparaciones”. Qué mala disyuntiva, pues el tropo del que se habla no tiene nada que ver con los prejuicios; sólo concierne a los juicios que hacemos de cualidades relativas, como el peso, la dureza, la grandeza, la pequeñez, etc.

(K) La indiferencia con la que Pirrón se estableció entre la vida y la muerte fue alabada por Epicteto, quien, en todo lo demás, abominó del pirronismo. “Epicteto veneraba a Pirrón, en especial porque éste nunca vio diferencia alguna entre la vida y la muerte. Estimaba ante todo su réplica66, etc.67 Pero aun cuando profesó tan fuerte estima hacia Pirrón, Epicteto siempre sintió tal desprecio hacia los pirrónicos que nunca pudo soportarlos. Un día le dijo a un pirrónico que hacía grandes esfuerzos por mostrarle que los sentidos siempre se equivocan: ‘¿Quién de los otros aquí presentes, queriendo llegar a las termales, ha dado con el molino?’ Y una vez dijo vulgarmente: ‘Si fuera el lacayo de un pirrónico, me causaría mucho placer atormentarlo. Si me dijeran: Epicteto, vierte el aceite en el baño, yo les echaría el sahumerio en la cabeza, y si me mandasen por la tisana, les llevaría vinagre. Y si quisieran quejarse, les diría que están equivocados, y los convencería de que el vinagre es la tisana, con lo cual los haría renunciar a su opinión’”68.

 


* Esta fue una de las primeras disposiciones radicales de la campaña contra-reformista de Luis XIV, que terminaría en 1685 con la revocación definitiva del Edicto de Nantes, expedido en 1598 por Enrique IV (antes conocido como Enrique de Navarra) con el fin de otorgar varios derechos civiles a los ciudadanos protestantes.

** En torno al tricentenario de la muerte de Bayle: http://www.culture.gouv.fr/culture/actualites/celebrations2006/bayle.htm y http://www.carla-bayle.com/article.php3?id_article=53.

*** Algunos de los artículos de contenido filosófico del Diccionario más influyentes han sido “David”, “Maniqueos”, “Paulicianos”, “Pirrón”, “Spinoza” y “Zenón de Elea” (entre muchos otros). Una versión completa del Diccionario se puede hallar felizmente en: http://www.lib.uchicago.edu/efts/ARTFL/projects/dicos/BAYLE/search.fulltext.form.html.

+ Labrousse escribe: “El fideísmo religioso, más que el escepticismo metafísico, es el factor primario en el énfasis de Bayle en las limitaciones y contradicciones de la razón humana” (Labrousseb: 56). No obstante, más adelante reconoce que “[a] pesar de todo, muchos comentaristas se han negado a tomar en serio la noción de que, al llamarse a sí mismo un cristiano, Bayle podía estar siendo perfectamente sincero” (Labrousseb: 60). Popkin también se refiere, en su Historia del escepticismo, a la polémica (acaso bizantina) en torno a la pregunta de si Bayle era o no un “cristiano sincero”, y remite a algunos artículos que se ocupan específicamente de este problema (Cf. Popkin: 300ss; también Baylec: XXVss).

++ Sobre el papel de Bayle en el desarrollo del uso de notas al pie de página como vehículo clásico de la erudición, cf. Grafton.

1Cf. Diógenes Laercio, en “Pirrón”, libro IX, 61.

2Cf. Diógenes Laercio, en “Pirrón”, libro IX, 61.

3Cf. nota B.

* Bayle se refiere a la tercera Clarificación, añadida al Diccionario en la segunda edición de 1702, y que lleva por título: “Lo que se ha dicho acerca del pirronismo en este diccionario no puede ser nocivo para la religión”. En esta clarificación, como en la nota C del presente artículo, Bayle parece abogar, frente a la oscuridad a la que dirigen las dudas de la razón, por un fideísmo radical. Al respecto cf. la Introducción. (N. de los trads.).

4Cf. Diógenes Laercio, libro IX, 62.

5Cf. Diógenes Laercio, libro IX, 61.

6Esto no debe ser tomado en sentido estricto. Sin duda prefería la salud a la enfermedad, etc.

7Cf. Diógenes Laercio, libro IX, 62.

8Cf. nota E.

9Cf. Diógenes Laercio, libro IX, 61.

8 Todas las traducciones del latín al español fueron hechas por el profesor Tomás Barrero de la Universidad Nacional de Colombia (Nota de Ideas y Valores).

10Cf. Gassendi, Libro proemiali de Philosophia universa, VIII: 24. Cf. también: Aulo Gelio, libro XI, V.

11Es necesario entender esto según la Segunda Academia, fundada por Arcesilao.

12Cf. Aulo Gelio, libro XI, V.

13Aulo Gelio, libro XI, V.

14Cf. Vossius, De philosophia et philosophorum sectis libri II : 107.

15Cf. El pasaje de Aristóteles en Eusebio, Praeparatio evangelica, libro XIV, citado por Vossius, De philosophia et philosophorum sectis libri II: 106.

16Cf. Diógenes Laercio, al final de “Vida de Pirrón”.

17Estas son palabras de Simónides: “aquellos genios no están hechos para ser engañados por un hombre como yo”. Balzac decía lo mismo sobre las muchachas de su pueblo. Arcesilao se quejaba de tener enemigos que no comprendían el arte de la guerra, decía que sus artimañas eran inútiles, pues no podía engañar a tropas cobardes. Cf. Plutarco, Vitae Parallelae, al final.

18En su libro De logicae fine, III: 72, según el primer volumen de sus OEuvres, edición de Lyon (1658).

19El Abbé Foucher presentó esta objeción en su Critique de la Vérité. El padre Malebranche no respondió a ésta; no veía la necesidad. Cf. la siguiente cita.

20El padre Malebranche muestra en su Eclaircissement sur la Recherche de la Vérité que es muy difícil probar que hay cuerpos, y que sólo la Fe nos puede convencer de su existencia.

21Cf. el capítulo XXVIII del Traité des vrayes & des fausses idées de Arnauld, donde se refuta el mencionado Eclaircissement del padre Malebranche a través de razones extraídas de esta misma fuente.

22Cosas idénticas a una tercera son idénticas entre sí.

23Nótese que es un abad quien aquí habla. Estoy obligado a añadir en este lugar estas anotaciones en esta segunda edición, porque me he enterado de que varias personas religiosas se han ofendido al ver que el Misterio de la Trinidad y el de la Encarnación pueden ser puestos al mismo nivel que los dogmas de la Presencia Real y de la Transubstanciación.

24Nótese que si un cuerpo puede ser creado en diferentes lugares, cualquier otro ser, espíritu, lugar, accidente, etc., podrá ser multiplicado del mismo modo, y así no habrá una multitud de seres, sino que todo se reducirá a un solo ser creado.

25Cf. nota al pie 23.

26Aquellos que afirman la Transubstanciación comprenden la substancia de la materia como la facultad de ser extenso y de la misma manera comprenden la substancia de todas las cosas: ninguna capacidad pasiva actualizada, pues ésta puede convenir al espíritu, lo cual confunde cualquier definición.

27El fuerte de su lógica, o de los temas que trataban, se reducía al uso de ciertos tropos. En este caso se trata del tropo de la relación, el octavo de una serie de diez, a través del cual los miembros de esta secta buscan que juzguemos sobre las cosas sólo a través de la comparación, lo cual enuncian en los siguientes términos: “Todas las cosas son con relación a algo”. La Mothe le Vayer, Vertu des Payens, V: 217.

28Compárese con lo que La Mothe de la Vayer cuenta en la segunda parte de su Prose chagrine, en el tomo IX de sus OEuvres.

29Es decir, con los recuerdos que ella tendría si Dios hubiera seguido creando el alma del abate.

* Popkin anota en su traducción del Diccionario histórico y crítico: “En la última obra de Bayle, Entretiens de Maxime et de Temiste, se revela que este ‘teólogo sabio’ no es otro que el propio Bayle” (Baylec: 204). (N. de los trads.).

30La Mothe le Vayer, Vertu des Payens, V: 229. Cf. también las disertaciones del Abbé Foucher sobre la filosofía de los académicos.

31La Mothe le Vayer, Vertu des Payens, V: 231.

32En la segunda parte de su Prose chagrine, en el tomo IX de sus OEuvres.

33Nótese que esta liturgia se usa en las iglesias de la confesión de Ginebra, y así mismo las máximas que ella contiene deben representar la opinión particular de Juan Calvino.

34Es decir, cuando afirmamos que es necesario renacer.

35La Placette, Traité de la Conscience: 377.

36Esta máxima era en otros tiempos más poderosa cuando estaba en manos de, por ejemplo, los estoicos, pues hoy se ha sostenido ad hominem ante los teólogos que hay proposiciones evidentes que son falsas. Ver en la nota B la disputa de los dos abates.

37Vossius, x II: 107-8.

38Vossius, De philosophia et philosophorum sectis libri II: 108.

39La Mothe le Vayer, Vertu des Payens, V: 226.

40La Mothe le Vayer, Vertu des Payens, V: 213-4.

41La Mothe le Vayer, Vertu des Payens, V: 227.

42Veremos en la nota H que esto último es falso.

43Diógenes Laercio, en “Pirrón”, libro IX: 63.

44Cesarion, en Entretiens divers: 31-2.

45Estobeo, Sermone, CXVIII.

46Comparar con esto último la doctrina de Diógenes el Cínico, de la que el Señor du Rondel habla en el artículo “Pereira”, nota C.

47Diógenes Laercio, libro IX: 68.

48Diógenes Laercio, libro IX: 67.

49Este es el verso 146 del canto VI de La Ilíada.

50“Quasi exinde significetur non hominum modo, perinde ac foliorum natura caduca, sed opinio quoque inconstans et perinde mutabilis ac minimo vento sunt arborum folia mobilia” [“Como si del mismo modo se pudiera designar no sólo la naturaleza de los hombres, tan perecedera como la de las hojas, sino también la opinión tan inconstante y variable, como las hojas de los árboles, que pueden ser movidas con el más leve viento”] Gassendi, De Logicae fine, II: 70.

51Diógenes Laercio, libro IX: 68.

52Homero, Odisea, canto XVIII, verso 135. Ver San Agustín, Civitas Dei, libro V, cap. VIII.

53Histoire des Ouvrages des Savans (sic), 1694: 72, según cita del libro del Señor Saurin, Examen de la Théologie de Mr. Jurieu. [El Doctor en Teología al que se refiere Bayle es Pierre Jurieu, quien fuera su profesor y amigo en la Academia de Sedán, y luego, en el mutuo retiro holandés, se convertiría en su mayor adversario y crítico. La gran mayoría de panfletos sobre temas teológicos escritos por Bayle en sus últimos años son respuestas o ataques a obras de Jurieu. (N. de los trads.)].

54Tusculanae disputationes, libro VI: 273.

55Diógenes Laercio, libro IX: 66.

56Diógenes Laercio, libro IX: 66.

57Aristocles, según Eusebio, Praeparatio evangelica, libro XIV, cap. XVIII: 763.

58Aristocles, según Eusebio, Praeparatio evangelica, libro XIV, cap. XVIII: 763.

59Plutarco, Adversus Colotem, al final: 1126. Ver también De laudando seispso: 542 y De gerendae Republicae: 816.

60Demóstenes, Adversus Aristocratem: 445.

61Diocles lo dice según Diógenes Laercio, libro IX: 65.

62Diógenes Laercio, libro IX: 61.

63Diógenes Laercio, libro IX: 64.

64Cf. la nota E.

65 V: 217.

66Que se encontrará en la nota E.

67Giles Boileau, en la Vie d’Epictete: 43.

68Giles Boileau, en la Vie d’Epictete: 49-50.

* Se han seleccionado sólo las ediciones/traducciones del Diccionario más asequibles y las obras críticas más relevantes aparecidas en forma de libro. Para un listado más completo de bibliografía secundaria sobre Bayle, Cf. por ejemplo: Labrousse 1963-1964, Mori 1996 y 1999, y: http://plato.stanford.edu/entries/bayle/#Bib; http://www.lett.unipmn.it/~mori/bayle/biblio.html y http://www.lett.unipmn.it/~mori/bayle/labr.html.


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