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Ideas y Valores

Print version ISSN 0120-0062

Ideas y Valores vol.61 no.150 Bogotá Sept./Dec. 2012

 

Gross, Neil.
Richard Rorty: la forja de un filósofo americano.
Valencia: Universidad de Valencia, 2010. 417 pp.


Se trata de la versión al español de la biografía de Rorty escrita por el sociólogo Neil Gross: Richard Rorty: The Making of an American Philosopher (Chicago 2008). Dado el creciente interés que viene despertando el pragmatismo norteamericano, particularmente el de filósofos como Richard Rorty y Hilary Putnam, la traducción de esta biografía al español resulta un interesante aporte para que en nuestro medio de habla hispana se difundan las ideas del influyente filósofo norteamericano que murió en el 2007.

Esta obra, a pesar de ser de género biográfico, no se conforma simplemente con narrarnos la vida de Rorty (la cual, a diferencia de la de otros filósofos como Charles Peirce o Bertrand Russell, resulta carente de aventuras y de fuertes emociones), por el contrario, Gross se propone usar la vida de Rorty (especialmente en su aspecto académico profesional) como un caso de estudio para la nueva sociología de las ideas. Este enfoque sociológico, que cuenta entre sus padres fundadores a Pierre Bordieu y Randall Collins (con su monumental Sociología de las filosofías), pretende dar una explicación causal de la productividad intelectual por medio de interacciones sociales1. Así, en la obra de Collins encontramos una historia de la filosofía (incluyendo la filosofía oriental) contada desde una perspectiva de interacciones de grupos sociales. Collins hace uso de la teoría de las cadenas de rituales de interacción, para argumentar que el desarrollo de la disciplina filosófica, al igual que el desarrollo de sus principales ideas, se ha dado gracias a cadenas de interacción entre individuos relacionados espacio-temporalmente. De ahí que el estudio de las condiciones que marcan tal espacio-temporalidad resulte valioso para una mejor comprensión de las ideas que surgen dentro de dicho contexto. Tal tesis no fue ajena a John Dewey, el mayor héroe filosófico de Rorty, quien la sostuvo en varias de sus obras, como German Philosophy and Politics, Experience and Nature y, sobre todo, en The Quest for Certainty.

Gross se basa en las teorías de interacción social de Bordieu y Collins para desarrollar su propia teoría del concepto de sí mismo del intelectual. De acuerdo con esta teoría, no sólo las interacciones sociales ejercen influencia causal en el desarrollo de las teorías de un intelectual, sino que también su propia psicología y elementos de su historia personal resultan ser claves al momento de estudiar la genealogía de sus ideas. En el caso de Rorty, Gross nos dibuja un mapa ideológico que tiene como principales fuentes a sus padres, James Rorty y Winifred Raushenbush, dos intelectuales y escritores neoyorquinos, quienes ejercieron una marcada influencia en el desarrollo intelectual de su hijo.

En los primeros capítulos del libro de Gross se ofrece un completo análisis del panorama intelectual norteamericano durante la primera mitad del siglo XX, lo cual permite hacernos una idea de las corrientes intelectuales e influencias a las que fue expuesto Rorty en su temprana educación. En esta primera parte del libro, el pragmatismo de Dewey y Sidney Hook, al igual que su anti-stalinismo, son los personajes que acompañan la formación intelectual de Rorty. Tal trasfondo pragmatista resulta central dentro del argumento de Gross y su defensa de la teoría del concepto de sí mismo del intelectual, pues será gracias a esta temprana influencia pragmatista que Gross argumentará, en el capítulo 10, que Rorty nunca rompió radicalmente con sus ideales pragmatistas e historicistas para adoptar una posición privilegiada dentro del mundo analítico, al igual que su giro pragmático no se dio de la noche a la mañana.

Como ya se ha dicho, a Gross no le interesa la biografía intelectual de Rorty, sino, más bien, indagar el porqué de sus elecciones intelectuales y académicas. Tal indagación le permite explorar la vida y lógica subyacente dentro de las facultades de filosofía norteamericanas durante el siglo pasado. Justo después de la Segunda Guerra Mundial, se comienza a desarrollar en la academia norteamericana lo que Carl Schorske ha denominado "el nuevo rigorismo" en las humanidades, las cuales, a partir de la década de 1950, se "comprometieron con un cierto rigor, pasando de una flexible preocupación por una realidad multifacética e históricamente percibida, a la creación de agudos instrumentos analíticos que podían prometer certeza donde antes había prevalecido la descripción y las explicación especulativas"(Schorske citado en 323). Es así como filósofos emigrados, como R. Carnap y C. Hempel, encuentran un asidero para el positivismo lógico en las universidades norteamericanas, permitiendo el firme y cerrado establecimiento de la filosofía analítica como tendencia dominante en la academia norteamericana de la posguerra.

Rorty no fue ajeno a tal rigorismo. Como argumenta Gross, si el intelectual busca promover y ascender en su carrera, debe tomar decisiones que promuevan su éxito en su disciplina. La mejor forma de lograr esto es por medio de trabajo original y polémico, al igual que la adherencia a una corriente dominante en la disciplina. De acuerdo a esto, Rorty vio en la filosofía analítica el caballo ganador y apostó por ella durante su primera década profesional. Fruto de tal apuesta fue la edición de El giro lingüístico, donde se recogían numerosos ensayos de filósofos analíticos presentados en una larga introducción de Rorty, en la que se mostraba la filosofía analítica y el análisis lingüístico como una original herramienta que permitía dar solución definitiva a los perennes problemas de la filosofía. Veinticinco años después, reflexionando sobre su fiebre analítica, Rorty dirá que tal fe en la filosofía lingüística le parecía

tan sólo el intento de un filósofo de 33 años de convencerse a sí mismo de que había tenido suerte de haber nacido en el momento adecuado; de persuadirse a sí mismo de que la matriz disciplinaria en la que él se encontraba era algo más que simplemente otra escuela filosófica, algo más que una tormenta en el vaso de agua académico (Rorty 1992 371, la traducción es mía).

La sociología de las ideas nos permite comprender, de igual forma, el rechazo de Rorty hacia el rigorismo académico a partir de la década del setenta. En parte, gracias al surgimiento de movimientos feministas y de liberación post-colonial, el "nuevo rigorismo" en las humanidades comienza a ser cuestionado a partir de la década del setenta, lo que permite un mayor pluralismo en las facultades de filosofía norteamericanas. Tal pluralismo fue la oportunidad que Rorty esperaba -para 1979, tras la publicación de su obra maestra La filosofía y el espejo de la naturaleza y su separación de la también exitosa filósofa Amelie Oksenberg, su creciente alienación dentro del cerrado mundo analítico se había vuelto insoportable- para independizarse de la corriente analítica y hallar su propia voz intelectual.

La narración biográfica de Gross se detiene en 1982 con la publicación de Consecuencias del pragmatismo y el traslado de Rorty a la Universidad de Virginia, donde, al ser nombrado profesor de Humanidades -desvinculándose así de los limitados intereses de las facultades de filosofía-, pudo desarrollar libremente su pragmatismo humanista.

 La de Gross es una biografía rortiana, pese a Rorty mismo. Es una obra de espíritu rortiano, pues, por medio de su énfasis en la importancia de la sociología de las ideas y su teoría del concepto de sí mismo del intelectual, invita a los filósofos a fijarse en otras áreas intelectuales para sacar a la filosofía de su restringido ámbito y situarla dentro del espacio de la política cultural (como insistió Rorty en su Contingencia, ironía y solidaridad y en La filosofía como política cultural). Sin embargo, los postulados básicos de la obra de Gross están diametralmente opuestos a la idea que tenía Rorty sobre la influencia del trasfondo cultural del filósofo sobre su obra.

Para Rorty, el hecho de que Heideggero Wittgenstein (y cualquier filósofo) hubieran florecido intelectualmente en contextos diferentes a los que, en efecto, lo hicieron, no implica que estos hubieran desarrollado una filosofía diferente de la que desarrollaron:

Si Wittgenstein se hubiera quedado en Europa Central, hubiera conocido profesores de Filosofía que se preocupaban más por el punto de vista trascendental y menos por el escepticismo. Pero él probablemente hubiera escrito los mismos libros y dirigido nuestra atención hacia las mismas cosas. (Rorty 1982 177, la traducción es mía)

De igual forma, Rorty nos cuenta una historia similar para Heidegger, inventando un mundo posible en el cual el filósofo alemán se vuelve más sensible hacia el holocausto judío y se opone al nazismo. Sin embargo, de acuerdo con Rorty, en este mundo posible Heidegger escribe prácticamente los mismos libros que escribió en el mundo actual (véase "On Heidegger´s Nazism" en Philosophy and Social Hope).

Resulta contradictorio para Rorty, quien afirmaba que el papel del filósofo era "capturar su tiempo en el pensamiento", sostener también la tesis de que el filósofo pueda estar "por fuera" de su tiempo, concibiéndolo desde "ningún lugar".

El libro de Gross nos puede ayudar a comprender mejor tal contradicción, de dos formas: en primer lugar, se puede argumentar que Rorty nunca se deshizo totalmente de su faceta analítica, lo cual le impediría concebir al filósofo como un humano demasiado humano, y lo llevaría, más bien, a concebirlo como un intelectual impermeable a las contingencias de su tiempo. En segundo lugar, como nos muestra Gross, el impulso artístico y creativo del humanismo fue central dentro de la formación intelectual de Rorty, por lo que, como se argumenta en Contingencia, ironía y solidaridad y en Philosophy and Social Hope, su influencia lleva a Rorty a concebir el ejercicio de creación intelectual similar al ejercicio de creación artística. Es decir, tanto la vida del artista como la del filósofo no son unidades cerradas y compactas en las que los ideales de justicia y solidaridad, por un lado, están coherentemente ligados con los deseos de creatividad e ironía, por otro. Sea como fuere, es claro que en Rorty hay una contradicción no resuelta en cuanto a la relación del filósofo con su entorno.

Finalmente, cabe señalar que este libro nos invita a reflexionar de nuevo sobre la perenne tesis de Marx acerca de la determinación del ‘ser' sobre el ‘espíritu', acerca de la influencia causal de las condiciones materiales sobre los productos intelectuales. Esta tesis, tan ignorada por la filosofía analítica a causa del surgimiento del positivismo lógico y por su abuso por parte del reduccionismo historicista de la filosofía continental, debería ser considerada seriamente por la filosofía analítica, pues permite una reflexión sobre la dinámica intelectual, al tiempo que cuestiona la supuesta impermeabilidad del ejercicio filosófico. Por supuesto, al sociólogo le interesa la lógica del desarrollo intelectual y sus bases sociales, mientras que el filósofo se interesa por el análisis lógico del pensamiento y el conocimiento, lo cual no quita que ambos se puedan enriquecer con el trabajo del otro. Afortunadamente, atrás han quedado los días en que la filosofía se consideraba como una disciplina hermética y cerrada en sí misma, que veía como inferiores y confusas a las demás disciplinas y, en especial, a las demás ciencias humanas. Afortunadamente, pues es gracias a otras disciplinas que la filosofía se ha podido enriquecer y reinventarse, ampliando de esta manera su campo de estudio.

La sociología de las ideas de Collins y Gross nos permite encontrar una referencia social para la filosofía, de manera que, como pretendía Dewey, los problemas de la filosofía se hallen estrechamente ligados a los problemas de la humanidad. Sin embargo, como se ilustra en la biografía de Rorty, el ámbito académico y profesional de la filosofía responde a una complicada lógica que se asemeja más a un mercado de valores que a un puro y desinteresado ejercicio intelectual en busca de la Verdad. De ahí que la reticencia de los filósofos analíticos a adoptar ciertos enfoques dependa menos de ellos mismos que lo que les gustaría aceptar.

Sin embargo, si algunos filósofos analíticos acogen con gusto a autores por fuera del campo filosófico, como Darwin o Vigotsky, ¿por qué se vería como un sacrilegio contra la filosofía aceptar que disciplinas como la sociología o la antropología puedan enriquecer el quehacer filosófico?

El legado filosófico de Rorty nos invita a preguntarnos si -luego de las demoledoras críticas de Quine, Sellars, Wittgenstein y Davidson- los filósofos podrán reinventar su disciplina, como lo proponen Dewey y Putnam, o, por otro lado, se mantendrán ajenos a tales críticas, defendiendo la filosofía analítica desde un nuevo escolasticismo.


1 Para casos filosóficamente relevantes, véase Bordieu, P. La ontología política de Martin Heidegger. Paidós: Barcelona, 1991; Collins, R. Sociología de las filosofías: una teoría global del cambio intelectual. Hacer: Barcelona, 2006 y Gross, N. "Becoming a pragmatist philosopher: Status, Self-Concept, and Intellectual Choice". American Sociological Review 67 (2002): 52-76.

2 Rorty vio The Quest for Certainty como una narrativa dramática que permite comprender la forma en que la búsqueda de certeza de la filosofía responde a ideales encarnados en antiguas sociedades inequitativas. Véase su Philosophy and Social Hope (1999).


Bibliografía

Rorty, R. Consequences of Pragmatism. Minneapolis: University of Minnesota Press, 1982.         [ Links ]

Rorty, R. "Twenty-five Years After". The Liguistic Turn. Essays in Philosophical Method. Rorty, R. (ed.). Chiago: The University of Chicago Press, 1992.         [ Links ]  


JAVIER TORO
Universidad de Valencia - España
spinozayer@yahoo.es