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Ideas y Valores

versão impressa ISSN 0120-0062

Ideas y Valores vol.62 no.152 Bogotá maio/ago. 2013

 

Bacon, Michael.
Pragmatism: An Introduction. Cambridge: Polity Press, 2012. 221 pp.


A diferencia de la frase que en 1907 sirviera para el subtítulo del libro homónimo de William James, Pragmatism: A New Name for Some Old Ways of Thinking, hoy en día el pragmatismo podría describirse como un viejo nombre para algunas nuevas formas de pensar. Esta idea no resulta muy desproporcionada, después de leer el libro de Michael Bacon, Pragmatism: An Introduction. En este podemos darnos cuenta de la forma tan diversa en que el pragmatismo se ha desarrollado desde sus tímidos inicios, a finales del siglo XIX en Cambridge, Massachusetts, hasta llegar al sofisticado expresivismo global de Huw Price, en Cambridge, Inglaterra. El libro de Bacon nos muestra que la popularidad y relevancia que ha adquirido el pragmatismo en sus primeros cien años de existencia tiene como precio, a primera vista, la pérdida en unidad doctrinaria, tanto en los temas de los que hoy en día se ocupa, como en la forma en que los nuevos pragmatistas tratan estos asuntos. Algunos críticos de esta transformación, como James T. Kloppenberg, afirman que la filosofía desarrollada por Charles S. Peirce, William James y John Dewey, los padres fundadores del pragmatismo, apenas es reconocible en la de figuras del nuevo pragmatismo como Richard Rorty.1 De modo que, para Kloppenberg, los nuevos pragmatistas se diferencian de sus antecesores en que le dan primacía al lenguaje por encima de la experiencia y en que algunos han perdido interés en lo político y lo ético.

Sin embargo, en su introducción al tema, Bacon nos muestra que, a pesar del giro lingüístico adoptado por los nuevos pragmatistas, las facetas éticas y políticas no son ajenas al pragmatismo contemporáneo. En el capítulo cinco, Bacon se encarga de mostrar la relevancia del pensamiento pragmatista de Jürgen Habermas y Richard J. Bernstein, para quienes el método pragmatista es uno de los requisitos para la existencia de una democracia efectiva. La democracia, al igual que el pragmatismo, rechaza los absolutos, construyéndose paso a paso en la práctica: "[e]l falibilismo pragmatista apoya a las instituciones democráticas mediante la idea de que nadie tiene la última palabra en cuestiones de importancia pública, y que las soluciones a estos problemas serán siempre temporales y estarán abiertas a revisión" (146).1* Dewey, muy fácilmente, identificaría estas ideas como propias, sin embargo, no se sentiría muy identificado con la sofisticación de Robert Brandom acerca de la normatividad, a pesar de que este, en última instancia, tiene los mismos objetivos que Dewey, Rorty, Habermas y Bernstein, es decir, dar prioridad a las prácticas del diálogo social para permitir la libertad, por encima de la aplicación de conceptos trascendentales. Abandonando el vocabulario del pragmatismo clásico, Brandom –quien, aparte de Hilary Putnam, es sin duda el pragmatista activo más influyente en lo que va de este siglo– insiste en la importancia de fijarnos en la relación entre la normatividad del lenguaje y la libertad, algo de lo que los pragmatistas clásicos no se percataron. La obligación social hacia las normas lingüísticas nos permite, al mismo tiempo, alcanzar libertades y objetivos que, de otra manera, resultarían imposibles. Es solo por medio de las normas y la expresividad del lenguaje que podemos alcanzar la libertad positiva: "[e]l tener acceso a la libertad expresiva nos hace positivamente libres, pues de esta forma podemos formular fines que de otra manera serían inaccesibles para nosotros, creando así nuevas oportunidades para criaturas inteligentes y autodeterminadas" (183).

Más arriba se hizo referencia a la supuesta pérdida de unidad doctrinaria que sufriría el pragmatismo al ganar popularidad. En este respecto es importante hacer dos aclaraciones. En primer lugar, tal pérdida de unidad doctrinaria, si la hubiera, no representa un reto para el pragmatismo, pues, a diferencia de otras filosofías, el pragmatismo no es una doctrina ni una teoría; por el contario, el pragmatismo, como método filosófico, busca encontrarle sentido práctico a las doctrinas y teorías, pero no lo hace por medio de metateorías, apuntando a una verdad absoluta, sino que lo hace desde el falibilismo de la práctica social. De ahí que sea coherente que el método de investigación puesto en marcha por Pierce, James y Dewey se transforme de acuerdo con las necesidades humanas, e investigue temas que tengan relevancia práctica para quienes se interesan por ellos.

En segundo lugar, no es del todo cierto que los temas tratados por los padres fundadores del pragmatismo hayan sido olvidados por sus nuevos representantes. Como se indicó más arriba, la esfera ético-política, que tanto interesó a los primeros pragmatistas, también es objeto de estudio en el pragmatismo contemporáneo: Habermas, Rorty, Bernstein, y también Cheryl Misak y Brandom, son ejemplo de ello. Pero no solo hay continuidad en el interés por la esfera ético-política de la filosofía, también la hay en el interés de los pragmatistas hacia los problemas del escepticismo cartesiano y la verdad. En el libro de Bacon encontramos que estos problemas han sido una preocupación constante para todos los filósofos que se identifican como pragmatistas, de manera que, gracias a la relevancia que reviste lo que sobre tales temas han dicho, hoy en día los pragmatistas son una referencia obligada en el debate sobre estas cuestiones.

Desde Peirce hasta Davidson y Price, los pragmatistas han visto en el escepticismo cartesiano la fuente de las tradicionales y –según ellos mismos– innecesarias dicotomías de la filosofía moderna, como, por ejemplo, las dicotomías entre objetivo/subjetivo y hechos/valores, las cuales, a su vez, han dado origen a los debates entre realismo y relativismo. Al contemplar la historia del pragmatismo, vemos que el anti-cartesianismo y la desconfianza con respecto a la epistemología subjetivista (sea de tipo racionalista o empirista) son tal vez los temas más recurrentes en esta filosofía, y seguramente es a causa de esto que, desde sus inicios, el pragmatismo se haya presentado como una alternativa frente a las demás corrientes filosóficas. Rorty recoge esta idea de la tradición pragmatista, cuando afirma que, "una vez nos hayamos librado del escéptico (de la forma en que, por ejemplo, Michael Williams se deshace de Barry Stroud en su Unnatural Doubts), no encuentro otros motivos para la epistemología […] A mi modo de ver, James y Dewey (incluso Pierce en su mejor momento, en sus artículos anti-cartesianos sobre las "Capacidades") hicieron un trabajo especialmente apropiado al disuadirnos de tomar al escéptico seriamente" (Rorty 226).

Este rechazo al escepticismo cartesiano por parte del pragmatismo, lo describe Bacon en su capítulo sobre Quine, Sellars y Davidson (63-91). A pesar de que resulte extraño incluir a dichas figuras en una introducción al pragmatismo –al igual que ocurre con Habermas–, Bacon hace bien, pues este capítulo sirve como puente entre el anti-cartesianismo de Pierce y el antirepresentacionalismo y empirismo cualificado de los nuevos pragmatistas, como Rorty y Brandom. Este capítulo resulta ser de vital importancia en el libro de Bacon, pues nos recuerda que el pragmatismo no solo es una oposición a la epistemología cartesiana, sino que, a causa de tal oposición, el pragmatismo también representa una crítica a los dogmas empiristas. Aunque Quine, Sellars y Davidson aceptaron el pragmatismo clásico solo a medias, sus críticas al método empirista dictaron la agenda de lo que sería el pragmatismo en el porvenir. Rorty, Putnam y Brandom son casi incomprensibles sin el legado de Quine, Sellars y Davidson, pues fueron estos últimos quienes les enseñaron a los primeros que, para evitar el callejón sin salida de la epistemología cartesiana, debemos reconsiderar el conocimiento como una empresa donde prima el espacio de las razones, es decir, el conocimiento solo puede darse dentro de un ámbito social. Quine argumentó a favor del holismo de toda creencia, mientras que Sellars y Davidson insistieron -mediante su crítica al empirismo– en que el conocimiento no se da por medio de la inmediatez de las percepciones, sino que se da en el espacio de la sociabilidad de las razones. Como lo muestra Bacon, las nuevas figuras del pragmatismo, como Rorty, Putnam y Brandom, recogen el legado de sus tres antecesores y lo extienden a campos como la política cultural, la ética, el realismo en la ciencia y el inferencialismo semántico. Por más que parezca extraño incluir a Quine, Sellars y Davidson en una corta introducción al pragmatismo, esto resulta necesario si se quiere mostrar la forma en que surgieron los problemas que hoy ocupan a los pragmatistas y la manera como estos han adquirido las herramientas con las que los enfrentan.

Asimismo, aunque en relación directa con el problema del escepticismo, desde Pierce hasta Misak los pragmatistas también se han ocupado de lidiar con el incómodo y omnipresente problema de la verdad, no siempre de una forma exitosa. Desafortunadamente, William James, uno de los pragmatistas para quien el problema de la verdad constituyó un campo de búsqueda constante, sale mal librado en la presentación de Bacon. En el corto capítulo dedicado a Pierce y James, el tratamiento jamesiano de la verdad no responde satisfactoriamente al variado número de críticos, quienes, comenzando por Bertrand Russell, vieron en la teoría de la verdad pragmatista una simple apología de lo que nos conviene creer. Para excusar a Bacon, debemos recordar que su libro introductorio a la filosofía pragmatista, así como tantos otros publicados recientemente sobre el tema,2 no tiene parangón con –ni el mismo objetivo que– la monumental historia crítica del pragmatismo de H.

S. Thayer, Meaning and Action. En dicha obra, Thayer se toma el tiempo de mostrar cómo la "teoría" de la verdad de James, lejos de ser una apología al relativismo y al utilitarismo, contiene elementos de correspondencia y coherencia que no dejan lugar a dudas sobre la importancia del pensamiento del padre del pragmatismo. Nos dice Thayer que "la identificación de la verdad como algo bueno, viene a significar: la verdad de una ‘idea' […] es a) su acuerdo con la realidad; b) su practicidad [workableness], o aquella diferencia concreta que tiene sobre la vida actual de las personas el hecho de que sea verdadera; c) el proceso de verificación. (149)

Según James, para que una idea sea meritoria de la verdad debe estar de acuerdo con la realidad de diferentes maneras, de ahí que "lo que tradicionalmente ha sido distinguido como las teorías de la verdad como correspondencia y coherencia, es asimilado por James como las dos partes de una misma teoría" (Thayer 149). Para James, el acuerdo con la realidad no es simplemente una cuestión de correspondencia con hechos, sino, más bien, "una respuesta socialmente organizada, o un grupo de respuestas por parte de aquellas personas que reaccionan a la declaración en cuestión, en una situación comúnmente establecida" (Thayer 151).

A pesar de que la discusión que elabora Bacon sobre la teoría de la verdad en James no es del todo satisfactoria, es meritorio que su libro nos presente lo que sobre el tema dicen los pragmatistas contemporáneos. Nos dice Bacon que Cheryl Misak, quien, a diferencia de Rorty, piensa que la verdad es un elemento clave dentro de la investigación y la comunicación humana, concibe la verdad como "un concepto importante, que debe ser entendido en el contexto de nuestras vidas y no como algo metafísico que permanece lejos de estas. De manera que, al concebir la verdad de esta forma, nos dice Misak, veremos que denota una variedad de objetivos, los cuales están conectados con las diferentes metas que perseguimos en los distintos campos de investigación" (161).

Retomando elementos de Pierce, Misak insiste en que la verdad, aparte de ser una norma comunicativa, es aquello a lo que nos ha de llevar la investigación. El elemento pierceano de Misak, según Bacon, se expresa en las condiciones de la investigación científica, la cual –a diferencia de los métodos a priori y autoritarios– se basa en la evidencia y la experiencia, de manera que la creencia verdadera resulta ser aquella que es sensible a estos dos elementos: "la teoría peirceana que defiende Misak sobre la verdad nos permite ser cognitivistas, sin depender del representacionalismo. En lugar de ver la verdad como una relación entre creencias y mundo, la verdad es una cuestión relacionada con la capacidad de una creencia de resistir continuamente retos" (165).

Al igual que sucedió con Pierce y James, el problema de la verdad también separa a los pragmatistas contemporáneos, como sucede con Rorty y Misak. Rorty, para quien la verdad no constituye un objetivo de la investigación, defiende la idea de justificar la solidaridad y la democracia en la contingencia de las prácticas sociales. Misak, por el contrario (y en oposición también a Rawls, como lo muestra Bacon), encuentra en el concepto de verdad un fundamento necesario para la democracia, pues solo mediante la creencia de que nuestras afirmaciones son verdaderas podemos desarrollar prácticas de democracia deliberativa. Pierce nunca se hubiera imaginado que sus escritos –como los interpreta Misak– tuvieran "elementos de una versión de la democracia más atractiva y normativamente más sustantiva que aquella del abiertamente democrático Dewey" (165).

Para concluir, cabe señalar que este libro, que en general es una muy buena introducción a la filosofía pragmatista, comete unas faltas menores por omisión y por acción. En primer lugar, Bacon omite dos figuras tan relevantes e influyentes en la filosofía pragmatista como Nelson Goodman y Sami Pihlström. A Goodman, el pragmatismo le debe el énfasis en el relativismo conceptual y la idea de la construcción de mundos y sentido (world making) por medio de conceptos. La influencia de Goodman sobre figuras del nuevo pragmatismo, como Hilary Putnam y Catherine Z. Elgin, es innegable, de ahí que sea apenas justo incluirlo en una introducción al pragmatismo. Asimismo, Sami Pihlström, el pragmatista de origen finlandés, es uno de los mejores ejemplos (junto con F. C.

S. Schiller, el pragmatista de Oxford) de que el pragmatismo no es exclusivamente un American affair, sino que, gracias a la relevancia de su método, es una filosofía con aplicaciones generales para la humanidad. Desde la mitad de la década de los noventa, Pihlström ha venido desarrollando en diversas obras su propio sistema de "realismo pragmático" basado en la filosofía de William James. La obra de Pihlström no solo es relevante por su énfasis jamesiano, sino también por la atención que le da al pragmatismo en el debate sobre el realismo ontológico y moral. Omitir los nombres de Goodman y Pihlström (¡e incluso Schiller!) es una falta poco excusable para una introducción contemporánea al pragmatismo.

En segundo lugar, en el último párrafo de su libro, Bacon comete una falta no menos excusable que la anterior. En la conclusión nos dice que "los pragmatistas nos recuerdan las formas en que nuestras prácticas contienen errores e injusticias, y se basan en esas mismas prácticas para ofrecer redescripciones con el objeto de hacer nuestras vidas y nuestro mundo mas rico y libre" (201). Después de haber leído un libro acerca de la primacía de la práctica por encima de cualquier principio trascendental, resulta contradictorio suponer que las prácticas contengan errores, pues eso significaría que, después de todo, son los principios trascendentales los que rigen sobre aquellas. Si el pragmatismo reviste alguna importancia filosófica es precisamente por su declaración de la primacía de las prácticas sociales sobre el trascendentalismo moral y ontológico. Un claro ejemplo de ello es el punto deweyano de Rorty, al afirmar que no tiene sentido preguntarnos si nuestra sociedad es moral o no (cf. Rorty 1989). Ya que la moralidad, pragmáticamente hablando, es aquello que hace y dice nuestra sociedad, no tiene sentido preguntarnos si nuestra sociedad es moral o no, pues el sentido de lo moral se encuentra dentro de la esfera misma de la comunidad y sus prácticas, y no en la búsqueda de principios trascendentales ajenos a estas. Es por esto que Bacon se equivoca al afirmar que los pragmatistas nos muestran los "errores" de nuestras prácticas. De haber omitido la palabra "error", Bacon hubiera acertado completamente en su conclusión sobre la importancia del pragmatismo, al momento de mostrarnos las injusticias de nuestras prácticas y la forma en que podemos enriquecerlas y transformarlas.


Notas

1Véase James T. Kloppenberg "Pragmatism: An Old Name for Some New Ways of Thinking?" The Revival of Pragmatism: New Essays on Social Thought, Law, and Culture, Dickstein. M. (ed.). Durham/London: Duke University, 1998.
1*Las traducciones de todos los textos han sido hechas por el autor de la reseña.
2Para mencionar solo dos, véase: Malachowski (2010) y Talisse y Aikin (2008).


Bibliografía

Malachowski, A. The New Pragmatism. Montreal/Kingston: McGill-Queen's University Press: Acumen Publishing, 2010.         [ Links ]

Rorty, R. "Response to Susan Haack". Rorty and Pragmatism: The Philosopher Responds to His Critics, Saatkamp, H. (ed.). USA: Vanderville University Press, 1995.         [ Links ]

Talisse, R. & Aikin, S. Pragmatism: A Guide for the Perplexed. New York: Continuum International Publishing Team, 2008.         [ Links ]

Thayer, H. S. Meaning and Action: A Critical History of Pragmatism. Indianapolis: Bobbs Merrill, 1968.         [ Links ]

Rorty, R. Contingency, Irony, and Solidarity. Cambridge: Cambridge University Press, 1989.         [ Links ]


JAVIER TORO
Universidad de Valencia - España
spinozayer@yahoo.es