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Ideas y Valores

Print version ISSN 0120-0062

Ideas y Valores vol.67  supl.4 Bogotá Dec. 2018

https://doi.org/10.15446/ideasyvalores.v67n4supl.73374 

Artículos

EXPERIENCIA PERCEPTUAL, VAGUEDAD Y REALISMO INGENUO

PERCEPTUAL EXPERIENCE, VAGUENESS, AND NAIVE REALISM

MANUEL ALEJANDRO AMATO* 

* Universidad Jorge Tadeo Lozano / Universidad Central - Bogotá - Colombia. megaskatos@myself.com


RESUMEN

Filósofos modernos como Berkeley y Hume desplegaron una argumentación de corte escéptico en contra del llamado realismo ingenuo: la idea de que la experiencia perceptual provee un acceso directo al mundo. Dicha argumentación ha sido criticada por Michael Martin y John Campbell, quienes reclaman justicia por una nueva forma de realismo ingenuo llamado relacionalista. Se argumenta que tanto el realismo ingenuo como el relacionalista son falsos, y se defiende la tesis central de Berkeley y Hume: no hay experiencias perfectamente verídicas de objetos materiales.

Palabras clave: G. Berkeley; D. Hume; percepción; realismo ingenuo; relacionalismo; vaguedad

ABSTRACT

Modern philosophers like Berkeley and Hume deployed skeptical arguments against so-called naive realism: the idea that perceptual experience provides direct access to the world. Michael Martin and John Campbell critique those arguments and champion a new form of naive realism known as relationalism. The article argues that both naive and relational realism are false and defends the main thesis set forth by Berkeley and Hume: there are no perfectly true experiences of material objects.

Keywords: G. Berkeley; D. Hume; perception; naive realism; relationalism; vagueness

Introducción

Notables filósofos modernos, como Berkeley y Hume, desplegaron en varias de sus obras una amplia argumentación de corte escéptico en contra de lo que se suele llamar realismo ingenuo. En términos generales, el realismo ingenuo es la idea de que la experiencia perceptual nos provee un acceso directo al mundo. Este acceso es directo en el sentido en que, primero, percibimos, en los casos de experiencia perfectamente verídica, únicamente objetos materiales con las propiedades que realmente tienen esos objetos; segundo, el acceso perceptual al mundo no es mediado por imágenes o representaciones mentales; y tercero, los objetos que percibimos coexisten con el acto perceptual mismo.

La argumentación de los modernos ha sido -y es aún hoy en día-, objeto de fuertes críticas por filósofos como Michael Martin y John Campbell, quienes reclaman justicia por una nueva forma de realismo ingenuo, el así llamado realismo relacionalista. Los relacionalistas creen haber socavado la argumentación escéptica de los modernos, encarnada en los argumentos ya clásicos conocidos como el argumento de la relatividad perceptual -defendido por Berkeley (1999)- y el argumento de la ilusión -defendido por Hume (2009)-. Aunque en líneas generales estoy de acuerdo con los relacionalistas en que la argumentación de los modernos es defectuosa, no puedo compartir la idea de que el realismo ingenuo y el relacionalista sean, por este hecho, reivindicados. La razón es simple: tanto el realismo ingenuo como el relacionalista son falsos.

Para mostrar que el realismo ingenuo y el realismo relacionalista de los filósofos contemporáneos son falsos, intentaré, sin apelar a la argumentación moderna, defender una de las tesis centrales de Berkeley y Hume, a saber: no hay experiencias perfectamente verídicas de objetos materiales. En otras palabras, toda nuestra experiencia perceptual -fundamentalmente la visual- es, al menos parcialmente, ilusoria o alucinatoria; o sea, un error perceptual.

El argumento de los bordes difusos

Mi argumentación escéptica en contra de la experiencia perceptual verídica -esto es, experiencia como de un objeto material X en la que todas las propiedades que experimentamos como teniendo X son propiedades de X en virtud de las cuales tenemos la experiencia como de X-está fundada en observaciones sobre la fenomenología de nuestra experiencia visual de objetos materiales y en una defensa de la vaguedad de los bordes de dichos objetos.

Esquemáticamente, mi argumentación consiste en defender la verdad de cada una de las siguientes premisas (A1 a A4) y la validez de su conclusión (AC):

  1. A1. Tener una experiencia visual de un objeto material X (que, hipotéticamente, existe) involucra ser consciente del borde o contorno de X (o al menos de una porción significativa de dicho contorno).

  2. A2. Cuando somos conscientes de (una parte significativa de) el borde de X, este borde se nos presenta como definido o como difuso.

  3. A3. Si tenemos una experiencia visual de X como teniendo un borde definido, dicha experiencia es un caso de ilusión y, por consiguiente, un caso de experiencia no verídica.

  4. A4. Si tenemos una experiencia visual de X como teniendo un borde difuso, dicha experiencia es un caso de "ilusión verídica" y, por consiguiente, un caso de experiencia no verídica. Por lo tanto,

  5. AC. No hay experiencia visual perfectamente verídica de objetos materiales. (Si X existe, toda experiencia visual de X tendrá un aspecto de ilusión o de ilusión verídica y, en todo caso, ilusorio; si X no existe, la experiencia será, trivialmente, alucinatoria).

A este argumento lo llamaré argumento de los bordes difusos (BD). El argumento BD atenta en contra del realismo ingenuo y el realismo relacionalista al atacar uno de sus supuestos fundamentales, el actualismo, que es justamente la idea de que los humanos normales tenemos, al menos en ciertas ocasiones, experiencias perceptuales perfectamente verídicas acerca de objetos externos. La conclusión general no será que tenemos que abrazar alguna forma de idealismo berkeliano, o un fenomenalismo humeano, o uno kantiano u otros demonios filosóficos (como una teoría de los datos de los sentidos); pues, mi argumentación escéptica es compatible con una forma menos ingenua, y nada relacionalista, de realismo. La conclusión es, más bien, que podemos mantener sin temor al rechazo filosófico una forma de realismo compatible con temibles -y solo aparentemente incompatibles- tesis escépticas.

Las premisas del argumento

Examinaré primero la premisa del argumento BD que parece más fácil de defender, la premisa A2. Un objeto material macroscópico de tamaño mediano suele lucir de tal forma que su borde aparece como preciso. El contraste entre el objeto y el ambiente es tal que se puede distinguir claramente -no en términos de juicio sino en términos fenoménicos, de cómo luce- el objeto en el ambiente que lo circunda. En ciertas ocasiones ocurre también que un objeto no aparece con sus bordes definidos y se hace más difícil discriminar perceptualmente los límites entre el objeto y su ambiente. Esto puede suceder en varias circunstancias: cuando el objeto está muy alejado del observador, cuando las condiciones de iluminación son pobres, cuando el medio está nublado o perturbado de otra forma; también puede ocurrir cuando el objeto es de un tamaño tal que ocupa casi la totalidad del campo visual de un sujeto. De igual modo ocurre cuando hay un daño o alteración del sistema visual del sujeto. En general, los casos en los que no percibimos como definidos los bordes de un objeto implican cierta distorsión en la experiencia. Bajo un examen introspectivo, no parece haber otra forma en la que se presenten los bordes de los objetos en la experiencia (visual) que como difusos o precisos. De ahí la premisa A2.

Decir que es posible que un objeto se nos presente como no siendo ni difuso ni preciso no parece tener sentido, al menos no en cuanto la presentación en cuestión sea perceptual -si un objeto no se presenta visualmente como preciso, o bien no se presenta visualmente o se aparece visualmente como difuso-. Tal vez existan casos en los cuales no creemos que un objeto sea claramente difuso, pero eso no significa que el objeto no se nos presenta en ninguna forma clasificable como precisa o difusa, pues el hecho de que tengamos ciertas creencias sobre nuestras apariencias perceptuales no significa que dichas creencias sean verdaderas: creer que se percibe algo no es lo mismo que percibir algo.

Por su parte, la premisa A1 es la formulación de una condición necesaria para la experiencia visual de objetos materiales. Esta condición es, en parte, consecuencia de una condición básica para la experiencia visual de objetos, una de cuyas formulaciones más explícitas se encuentra en Dretske (1969). De acuerdo con él, una de las condiciones necesarias para tener experiencias visuales de un objeto en un sentido no epistémico1 es ser capaz de diferenciar visualmente al objeto de su ambiente inmediato. La diferenciación visual está ligada a que el objeto luzca de cierto modo y a que este modo en que luce sea diferente al modo en que luce el ambiente del objeto; la diferenciación, en este sentido, no implica la formación de creencias o juicios de experiencia.

Los casos de camuflaje pueden servir de ilustración para el criterio de Dretske. Si por ventura nos encontramos en una jungla justo al frente de un tigre cuyas rayas se han combinado con el trasfondo, de un modo tal que nos impide diferenciar visualmente al tigre de su ambiente circundante, hay un sentido en el que no vemos al tigre incluso si puede trazarse una línea recta sin obstáculos desde nuestros ojos hasta el cuerpo del tigre. Usualmente, varias especies animales emplean el camuflaje como un medio para ocultarse de sus predadores (o de sus presas). Resulta natural describir el camuflaje como un mecanismo para hacerse invisible. Tal vez en los casos de perfecto camuflaje sea visible una parte de la superficie del animal, pero difícilmente puede sostenerse que el animal mismo, y no solo su superficie frontal, es visible.

Los casos de camuflaje también pueden servir para notar cómo el criterio de Dretske permite inferir la premisa A1. Supongamos que un tigre se encuentra perfectamente camuflado al estar frente a una superficie con la textura y colores que exhibe el tigre. En esta circunstancia, quizá hay un sentido en el cual es posible para un observador ver parte de la superficie frontal del tigre, pero en este escenario el observador no puede ver el borde o contorno del tigre y, por lo tanto, parecerá como si el tigre se fundiera con la superficie de trasfondo. Lo que esto significa es que al no poder ver el contorno del tigre (ya sea como definido o difuso), el observador no logrará discriminarlo visualmente de su ambiente circundante. De igual modo, si el observador logra discriminar visualmente al tigre, entonces apreciará su contorno o una parte significativa de su contorno. En general, si discriminamos visualmente un objeto, también apreciaremos -al menos una parte significativa de- el contorno o borde del objeto. De esta afirmación general, junto con la condición de Dretske, se sigue la premisa A1.

El turno ahora es para las aparentemente menos digeribles premisas A3 y A4. La premisa A3 es consecuencia de la vaguedad de los bordes, contornos o límites de los objetos materiales. Trataré de mostrar por qué. Hay muchos tipos de objetos materiales. Para usar la clasificación intuitiva de Gibson, muchos de estos objetos son separables de su ambiente (personas, animales, herramientas, etc.) y otros son difícilmente separables o prácticamente inseparables de su ambiente (como las montañas, los ríos y amplias regiones de tierra) (cf. 1986 119-130). Un ejemplo paradigmático de objeto no separable de su ambiente es el monte Kilimanjaro. Si tratamos de especificar en qué parte del ambiente se acaba el monte y empieza la llanura, jamás podremos trazar una línea que no divida de forma arbitraria el terreno. Esto ocurre porque el Kilimanjaro tiene casos frontera: hay regiones de terreno que claramente hacen parte del Kilimanjaro y otras regiones que claramente no hacen parte de él; pero hay otras regiones que no son ni claramente partes del Kilimanjaro ni claramente partes de la llanura, y no existe un mecanismo o un hecho que nos permita decidir a cuál de los dos terrenos (Kilimanjaro o llanura) pertenecen estas regiones. Dichas regiones inciertas constituyen los casos frontera del Kilimanjaro o, más específicamente, los casos frontera de sus bordes. Al trazar una línea que divida el monte de la llanura, necesariamente se clasificarán de forma arbitraria las regiones inciertas. Siguiendo una definición estándar de la vaguedad, los bordes del Kilimanjaro son vagos justamente porque poseen casos frontera en el sentido referido. Como el Kilimanjaro, cualquier otro objeto no separable -o difícilmente separable- de su ambiente posee bordes vagos (cf.Sorensen 2006).

La vaguedad es altamente contagiosa, pues no solo son vagos los bordes de los objetos no separables del ambiente, también tienen este rasgo los bordes de los objetos materiales separables. Aunque en condiciones de observación normales los objetos materiales separables parecen lucir como si tuvieran límites completamente definidos y precisamente localizables, dichos objetos realmente no tienen bordes precisos: a un nivel microfísico, un objeto material está compuesto de moléculas. Algunas moléculas son parte del objeto de manera clara e indiscutible, otras indiscutiblemente no son parte del objeto. Sin embargo, también hay moléculas que son casos frontera: no son claramente partes del objeto ni claramente partes del medio circundante, y no hay un hecho objetivo que determine a qué categoría pertenecen estas moléculas. Esto significa que los bordes de los objetos materiales separables de su ambiente también son vagos.

Dada la vaguedad de los bordes de los objetos materiales (separables o inseparables de su ambiente), cuando tenemos una experiencia como de un objeto material teniendo bordes precisos, tenemos una experiencia como de un objeto teniendo una propiedad que de hecho no tiene, a saber, la propiedad de tener bordes precisos y, en consecuencia, tenemos una experiencia ilusoria. De esto se sigue la premisa A3.

Podría pensarse que la vaguedad no es un asunto ontológico, sino más bien una cuestión de perspectiva: con los instrumentos adecuados podríamos observar el borde real y preciso de un objeto. Sin embargo, tratar la vaguedad como un asunto de perspectiva es confundir la vaguedad con una simple falta de agudeza. Por más sofisticado que se conciba o construya un aparato de observación, este no podrá decidir cuáles de los casos frontera son casos evidentes de partes del objeto y cuáles son casos claros del medio circundante. Si bien un aumento en la resolución permite apreciar detalles antes desapercibidos del objeto y de las moléculas en su entorno, el aumento de la resolución también nos permite apreciar con mayor facilidad la existencia de moléculas que son casos frontera del objeto.

Algunos filósofos (notablemente Bertrand Russell) han pensado que la vaguedad no tiene que ver con el mundo sino con nuestros conceptos (cf. 1923 85). Realmente, dicen estos filósofos, los objetos materiales tienen límites precisos, lo que ocurre es que para cada término o representación de objeto material hay una serie de candidatos posibles para ser el referente del término. Cada uno de estos candidatos corresponde a una de muchas formas en las que los límites de un objeto pueden trazarse con precisión. El referente del término es uno de estos candidatos precisos. Consideremos, por ejemplo, un objeto material ordinario: Sócrates. De acuerdo con la propuesta en consideración, Sócrates mismo o su contorno no son vagos; más bien, existen en un mismo tiempo una serie de candidatos para ser referentes del término "Sócrates", que se corresponden con las diferentes formas en las que pueden ser trazados precisamente los contornos de un ser humano. Uno y solo uno de estos precisos candidatos es Sócrates.

Esta propuesta tiene dos problemas. Primero, no es evidente que cada uno de los candidatos posibles sea preciso; es decir, no es claro que las distintas maneras de trazar físicamente los límites puedan evitar dejar moléculas como casos frontera de los candidatos. Segundo, aun si es posible que los múltiples candidatos tengan bordes precisos, la propuesta de que la vaguedad es un asunto puramente conceptual o representacional parece llevar a un absurdo o consecuencia inaceptable, que todos los múltiples candidatos a referente de "Sócrates" coexisten en un mismo tiempo y se solapan como si fueran una suerte de "n-llizos" siameses. ¿Por qué? Veamos.

Cada uno de los candidatos a referente de "Sócrates" se diferencia solo en detalles superficiales de sus zonas fronterizas. Así, si alguno de estos candidatos es un hombre, los demás también lo serán. La tesis de que la vaguedad no es un rasgo del mundo sino de las representaciones está comprometida, entonces, con la idea de que para cada hombre existe una gran cantidad de hombres. Esa cantidad es descomunal: hay millones de formas de delimitar uno solo de los pelos de la barba de Sócrates, cada una de estas formas corresponderá con millones de candidatos posibles que son semejantes en todo excepto en la manera en que ese pelo de barba es delimitado. El mismo razonamiento se aplica a los demás pelos de la barba y cualquier otro apéndice del cuerpo de Sócrates. Todos los múltiples candidatos a referente de "Sócrates" que resulten de este aparatoso proceso de delimitación coexistirán en un mismo tiempo y se solaparán (pues comparten algunas de sus partes) como si fueran una suerte de "n-llizos" siameses. Esto solo parece aceptable para un guion de ciencia ficción.

El defensor de la idea de que la vaguedad es un asunto conceptual podría replicar a lo anterior que todos los candidatos a Sócrates son uno solo y el mismo numéricamente. Sin embargo, esto tiene otra consecuencia inaceptable: implica violar la ley de la indiscernibilidad de los idénticos (en un mismo tiempo, si dos objetos son numéricamente idénticos, entonces son cualitativamente idénticos), pues en un mismo tiempo cada uno de los candidatos tiene diferencias cualitativas con cualquiera de los otros. Por otro lado, negar que alguno de ellos sea hombre implica sostener que Sócrates, incluso en el tiempo en el que se suele decir que su referente vivía, es un término vacío, pues, si alguno de ellos no es hombre, ninguno lo será, dadas sus diferencias superficiales.

Por todo esto, parece más simple y relativamente más conservador aceptar que Sócrates existe, que no hay muchos candidatos a ser Sócrates precisos, plegados y solapados al Sócrates actual, pero que Sócrates y, más exactamente, sus bordes son vagos. La vaguedad es un rasgo del mundo.2

Conmovidos por el controversial opúsculo de Evans (1985), hay quienes sostienen que si la idea de que la vaguedad es un rasgo de nuestros conceptos tiene consecuencias inaceptables, afirmar que la vaguedad es un rasgo del mundo también las tiene. De forma sucinta, y sin usar el aparato formal que usa Evans, el argumento para mostrar que la vaguedad ontológica conduce a un absurdo puede exponerse así: si un objeto es vago, entonces debe tener límites difusos. Pero si un objeto tiene límites difusos, los enunciados de identidad que contengan términos que refieran a dicho objeto serán indeterminados. Si un enunciado es indeterminado, no hay un hecho que determine si el enunciado es verdadero o falso. Así, si hay objetos vagos, los enunciados de identidad acerca de estos objetos son indeterminados, pero que la identidad sea indeterminada nos lleva a un absurdo. De este modo, la idea de que la vaguedad es un asunto ontológico debe ser falsa.

Evans sustenta la premisa de que la indeterminación de la identidad genera un absurdo mostrando que la indeterminación de un enunciado de identidad implica la falsedad del enunciado, lo que contradice su indeterminación (Evans 1985 176-177). En otras palabras, decir que la identidad de un objeto con otro es indeterminada implica decir que dichos objetos no son idénticos. Estoy de acuerdo con Evans en que la indeterminación de la identidad produce demonios. Mi molestia es que Evans no da ningún soporte para otra de las premisas centrales de su argumento; a saber, que si un objeto tiene bordes difusos, los enunciados de identidad sobre ese objeto serán indeterminados. Este condicional es central porque permite conectar la vaguedad con la indeterminación de la identidad, pero el condicional no es nada obvio.3 ¿Por qué no puede ser que los objetos con bordes difusos sean determinadamente idénticos a sí mismos?

Una manera, y tal vez la única, de sustentar el condicional de Evans y, así, mostrar que la posesión de bordes difusos implica la indeterminación de los enunciados de identidad es usar la noción de caso frontera y la ley de Leibniz. Consideremos, de nuevo, a Sócrates y a los candidatos precisos a ser referentes de "Sócrates". Sabemos que Sócrates y los candidatos son indiscernibles en lo que se refiere a los trozos de materia que claramente hacen parte de Sócrates y a los trozos de materia que claramente hacen parte del ambiente de Sócrates. Las diferencias entre Sócrates y los candidatos precisos están en los casos frontera de Sócrates, o sea, en los trozos de materia que no son claramente ni partes de Sócrates ni partes del ambiente. Puesto que no hay un hecho que determine si estos trozos son partes o no de Sócrates, parece que tampoco habrá un hecho que determine si Sócrates es idéntico o no a los candidatos precisos. Esto ocurre porque determinar si los casos frontera son partes o no de Sócrates es la única forma que tenemos de mostrar que Sócrates y los candidatos precisos tienen diferentes o las mismas propiedades y, por la ley de Leibniz, es también la única manera de mostrar que Sócrates es o no idéntico a los candidatos. Como no hay manera de determinar si los casos frontera son o no partes de él, parece que tenemos que aceptar que la identidad de Sócrates consigo mismo es indeterminada.

A primera vista, el argumento anterior parece convincente. Sin embargo, este asume algo que está en discusión, a saber, que la vaguedad no es un rasgo del mundo. Si los bordes de los objetos son vagos, hay una diferencia cualitativa entre Sócrates y los candidatos precisos: los bordes de Sócrates son vagos mientras que los bordes de los candidatos son precisos. Por la ley de Leibniz (más precisamente, la indiscernibilidad de los idénticos), Sócrates y los candidatos serían determinadamente no idénticos. No logro imaginar cómo, sin cometer una petición de principio, se puede probar que la vaguedad de los bordes de los objetos implica la indeterminación de los enunciados de identidad, tal como requiere el argumento de Evans.

Ahora bien, supongamos que mi molestia con el argumento de Evans se reduce a una deficiencia imaginativa y que alguien, sin hacer una petición de principio, ha logrado sustentar exitosamente la premisa de que la existencia de bordes difusos implica juicios de identidad indeterminados. La conclusión de esta discusión sobre la vaguedad sería que la idea de la vaguedad como un rasgo del mundo conduce a insensateces, al igual que la idea de la vaguedad entendida como un rasgo de nuestros conceptos. La única opción que nos queda es considerar que la vaguedad tiene que ver esencialmente con una limitación cognitiva, o al menos así lo creen los filósofos que piensan que la vaguedad es un asunto puramente epistémico (i.e.Williamson 1994 231). Acabaré mi defensa de A3 mostrando que si la vaguedad es un rasgo epistémico, de todos modos la premisa A3 es verdadera.

Como hemos visto, los objetos materiales son vagos en el sentido en que existen moléculas que son casos frontera de sus bordes. Pero, de acuerdo con las teorías epistémicas de la vaguedad, los casos frontera no deben ser entendidos como casos en los cuales no hay un hecho que permita decidir sin son partes del objeto o partes del ambiente. Más bien, los casos frontera son tales que no hay un hecho cognoscible que permita decidir si son o no partes del objeto. Así, los bordes de Sócrates son perfectamente definidos, el problema es que no hay nada que podamos hacer para llegar a conocer esos bordes, pues son cognitiva o epistémicamente inaccesibles.

El problema central de una teoría epistémica de la vaguedad es la explicación de en qué consiste la ignorancia de los casos frontera. So pena de reducir su explicación a una cuestión conceptual u ontológica, el teórico epistémico de la vaguedad no puede explicar nuestra ignorancia acerca de los casos frontera en términos de un rasgo del mundo o de nuestros conceptos, de modo que debe apelar a algún rasgo de la cognición que haga imposible el acceso a los verdaderos límites de los objetos. Cuál sea ese rasgo cognitivo es materia de debate y, en verdad, no quisiera entrar en él, pues aun cuando una teoría epistémica de la vaguedad fuera correcta, eso no contaría en contra de la premisa A3, sino todo lo contrario: independientemente de cómo aparezcan los bordes de los objetos materiales en nuestra experiencia perceptual, dicha experiencia no podrá ser verídica, pues los bordes reales de los objetos -si una teoría epistémica de la vaguedad es correcta-, son inaccesibles para nosotros y, así, lo que nos aparece como los bordes del objeto no serán sus bordes reales. Si a este razonamiento adicionamos la premisa A1, entonces una teoría epistémica de la vaguedad implicaría tanto A3 como Ac, la conclusión del argumento BD en contra de la experiencia verídica de objetos materiales. No creo tener nada más interesante que decir a favor de la premisa A3.

De acuerdo con la última premisa del argumento BD, A4, si tenemos una experiencia visual de X como teniendo un borde difuso, dicha experiencia es un caso de ilusión verídica y, por consiguiente, un caso de experiencia no verídica. En lo que sigue explicaré por qué esta premisa es verdadera.

Un caso de ilusión verídica es uno en el que un sujeto sufre una ilusión a pesar de la verdad de una proposición que captura, en cierto sentido, el modo en que una experiencia le aparece a un sujeto. En su mayor parte, las instancias de la ilusión Müller-Lyer son casos de ilusión verídica (cf Johnston 271-272). En la ilusión Müller-Lyer un observador tiene la experiencia como de una de las líneas (la línea a) siendo más larga que la otra (línea b), a pesar de que ambas tienen, presuntamente, la misma longitud (véase figura 1).

FIGURA 1 Ilusión Müller-Lyer. (Weisstein 2018). 

Debe notarse que difícilmente es posible encontrar en el mundo dos líneas que tengan exactamente la misma longitud, de modo que seguramente muchas de las líneas empleadas en la recreación de la ilusión Müller-Lyer tendrán diferentes longitudes: la línea a seguramente es de hecho más larga que la línea b. El observador sufre una especie de ilusión al ver las líneas a pesar de que la proposición que recoge el modo en que aparece su experiencia ("las líneas son desiguales en longitud") sea verdadera ¿Por qué? La respuesta a esta pregunta puede aclararse si comparamos la ilusión Müller-Lyer con otro caso posible de ilusión verídica.

Supongamos que Luis tiene un sistema visual patológico y percibe sistemáticamente las cosas azules de tal modo que a él le aparecen como rojas. Luis visita a su médico de confianza, quien decide hacerle pruebas poco convencionales: mientras Luis está frente a una caja azul, el médico estimula eléctricamente el área v1 del cerebro de Luis. Accidentalmente, el doctor logra producir en Luis la experiencia como de una caja azul. El doctor no ha curado la patología de Luis, ya que después de la intervención, él sigue viendo la caja como roja. Si el doctor no hubiese estimulado su cerebro, Luis tendría una experiencia como de una caja roja. Gracias a la accidentada intervención, Luis ve la caja como azul, la caja de hecho es azul, pero desafortunadamente Luis ha sufrido una ilusión. Esto porque la caja azul no ha jugado el rol apropiado para producir la experiencia de Luis: no es por la "azulidad" de la caja (suponiendo que esta propiedad está en el objeto) que Luis la ve como azul, sino por la accidentada intervención, de manera que él ha sufrido una suerte de experiencia que no es perfectamente verídica, es una ilusión verídica (cf. Siegel 339-340).

En el caso de la ilusión Müller-Lyer ocurre algo similar a lo que pasa en el caso de Luis: la experiencia de una línea como siendo más larga que la otra no es producida por las diferencias en longitud que de hecho tienen las líneas, dicha experiencia es consecuencia -al menos según la explicación de Howe y Purves (2005 1234)- de una estrategia fundamentalmente probabilística del procesamiento de pistas de profundidad por parte del sistema visual. La diferencia en longitud de las líneas actuales no tiene el rol apropiado en la producción de la experiencia.

En algunos casos de ilusión verídica, las condiciones ambientales son tales que ver las cosas como realmente son constituye, contrario a lo que parecería, un caso de ilusión; sabemos lo suficiente acerca del fenómeno de la refracción y sobre sus efectos en la experiencia visual para saber que si una varita está parcialmente sumergida en agua y un observador la ve como recta, el observador está siendo víctima de una ilusión a pesar de que la varita de hecho sea recta: la manera como se presenta la experiencia al observador no es apropiada respecto a las condiciones ambientales de observación, lo que sería apropiado, dadas estas condiciones, es ver la varita como doblada. El observador, en este caso, también es víctima de una ilusión verídica.

Lo que afirma la premisa A4 es que toda vez que tenemos una experiencia como de los bordes de un objeto material siendo difusos, esta experiencia constituye un caso de ilusión verídica. Pues, aunque los bordes de hecho sean difusos, esta propiedad de los bordes de los objetos materiales no tiene el rol apropiado en la producción de nuestras experiencias. Los objetos materiales lucen con bordes difusos debido a condiciones ambientales o alteraciones en el sistema visual: los objetos se encuentran demasiado lejos, demasiado cerca, en un ambiente denso (en medio de neblina, un medio acuático, etc.), en condiciones de iluminación precaria, o el sujeto presenta fallos de agudeza visual como consecuencia de alguna patología (miopía, hipermetropía, glaucoma, etc.). Si en condiciones normales apreciamos los bordes de los objetos como difusos, nos encontraremos en una situación similar a la que se encuentra el sujeto que observa como recta la varita parcialmente sumergida en agua: dadas las condiciones ambientales, lo apropiado es tener una experiencia como del objeto teniendo una propiedad que de hecho no tiene; en el caso de la varita lo apropiado es tener una experiencia de la varita como doblada, y en el caso de los bordes lo apropiado es tener una experiencia de los bordes como definidos. En síntesis, al tener experiencias de los objetos como difusos no tenemos experiencias genuinamente verídicas, sino lo más ilusoriamente verídicas, lo que en todo caso son experiencias no verídicas. La defensa descansa.

Vaguedad, actualismo y realismo

Si el argumento BD es, como he intentado argüir, sólido, debemos concluir que no hay experiencias visuales verídicas de objetos materiales en el sentido en que no existen experiencias visuales como de un objeto material X en las que todas las propiedades que experimentamos como teniendo X son propiedades de X en virtud de las cuales tenemos tales experiencias.

El argumento BD es del mismo corte escéptico que famosos argumentos modernos como el de la relatividad perceptual defendido por Berkeley (1999 14-15), o el argumento de la ilusión de Hume (2009 210211). No obstante, el argumento BD es menos pretensioso que estos dos últimos. Por un lado, no se propone mostrar, como el argumento de la relatividad, que todas las propiedades de las que somos conscientes en toda experiencia son propiedades que el presunto objeto de la experiencia no posee. Lo que se propone mostrar es que al menos una de las propiedades de las que somos conscientes en toda experiencia visual es una propiedad que no posee el objeto.

Por otro lado, el argumento BD no muestra, como lo intenta mostrar Hume, que los objetos directos de la percepción no son objetos externos sino imágenes o ítems cuya existencia es dependiente de la mente (impresiones).Esto último es importante porque, debido a su falta de pretensión, el argumento BD no implica el idealismo o un escepticismo radical del conocimiento perceptual; el hecho de que al menos una de las propiedades que experimentamos no sea una cualidad que instancia el objeto de percepción no implica que no tengamos acceso perceptual a objetos y propiedades de un mundo independiente de la mente, o que solo seamos conscientes de datos de los sentidos (sense data). El argumento BD no descarta, por ejemplo, que tengamos acceso perceptual a propiedades espaciales como la ubicación aproximada de un objeto. Es más, tampoco implica un antirrealismo de los colores; puede que los colores sean vagos en el sentido en que existan tonos de color los cuales no sea claro si pertenecen o no a determinada categoría de color y que no exista un hecho objetivo para decidirlo; en otras palabras, puede que los colores tengan casos frontera. Sin embargo, esto no implica que algunos objetos no puedan exhibir tonos de color que claramente pertenecen a una categoría de color y tampoco implica que no podamos tener experiencia de dichos objetos. Así, aunque de corte escéptico, el argumento BD es compatible con que tengamos acceso a un mundo objetivo independiente de nuestra mente.

Afirmar que tenemos acceso a un mundo objetivo no es equivalente a mantener el realismo ingenuo ni refinamientos contemporáneos de este como el realismo relacionalista. El realismo ingenuo y el realismo relacionalista comparten una tesis, el llamado actualismo, según la cual los humanos normales tenemos -al menos en ciertas ocasiones- experiencias perceptuales perfectamente verídicas acerca de objetos materiales externos. El realismo relacionalista agrega a esta tesis la idea de que la experiencia perceptual verídica es fundamentalmente una relación de acquaintance, una relación irreductiblemente mental, y presuntamente más básica que cualquier creencia o pensamiento, que se mantiene entre un sujeto y el mundo. Esta relación es tal que no solo el actualismo es cierto para todos los casos en que exista dicha relación, sino que el carácter fenoménico de la experiencia verídica (lo que es como experimentar los objetos de la percepción) está constituido exclusivamente por los objetos materiales y las propiedades instanciadas por dichos objetos independientes de la mente de los que tenemos experiencia.4

Consecuentemente, el realismo relacionalista, como el ingenuo, está comprometido con la idea de que hay experiencias perceptuales perfectamente verídicas, experiencias como de objetos externos en las que todas las propiedades de las que somos conscientes son instanciadas por dichos objetos. Dado que en toda experiencia visual de un objeto material siempre hay un aspecto ilusorio (como lo muestra el argumento BD), el modelo de experiencia perceptual y, particularmente, del carácter fenoménico que presentan el realista ingenuo y el relacionalista no es aplicable a nuestra experiencia (visual) de objetos materiales. Para que ese modelo de experiencia se aplique a un sistema perceptual, dicho sistema tendría que tener una experiencia de los bordes de los objetos que, en el caso humano, no es la apropiada dadas nuestras condiciones físicas de observación.

Bibliografía

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1 "No epistémico" en el sentido en que el contenido de la experiencia visual es lógicamente independiente del contenido de los juicios o creencias sobre la experiencia. Así, que un sujeto S tenga una experiencia visual no epistémica de un objeto X significa que para cualquier proposición P, la verdad de "s tiene una experiencia visual de X" no implica que "S cree que p". (cf. Dretske 6, 19-20).

2Esta argumentación en contra de la idea de que la vaguedad es una cuestión conceptual y no ontológica está basada en Unger (cf. 1980 450-468), Geach (cf. 1980 215) y Morreau (cf. 2002 335).

3Morreau argumenta que la premisa "si un objeto tiene bordes difusos, los enunciados de identidad sobre este objeto serán indeterminados" es falsa (cf. 2002 355-361). Aunque estoy de acuerdo con Morreau, mi estrategia no será mostrar que la premisa es falsa, sino simplemente sugerir que no es cosa fácil probar que sea verdadera, y mostrar que, aun si fuera verdadera, no constituye un peligro para el argumento de la vaguedad.

4 Entre los ilustres realistas relacionalistas se encuentran Campbell (2002), Martin (2004, 2009) y Brewer (2011).

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MLA: Amado, M. “Experiencia perceptual, vaguedad y realismo.” Ideas y Valores 67. Sup. N.°4 (2018): 149-164.

APA: Amado, M. (2018). Experiencia perceptual, vaguedad y realismo. Ideas y Valores, 67 (Sup. N.°4), 149-164.

CHICAGO: Manuel Amado. “Experiencia

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