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Revista Colombiana de Ciencias Pecuarias

Print version ISSN 0120-0690
On-line version ISSN 2256-2958

Rev Colom Cienc Pecua vol.24 no.4 Medellín Oct./Dec. 2011

 

OPINIÓN

¿Dónde está la felicidad prometida?: ideas sueltas sobre el modelo de desarrollo capitalista

Juan F Naranjo1, Zoot, est PhD

1Estudiante de Doctorado en Ciencias Animales Universidad de Antioquia, becario del Programa de Formación Doctoral "Francisco José Caldas" de la convocatoria 494 de 2009. Carrera 74 Nº 53-118 Urb. Torres del Estadio, Apto. 347 Medellín. e-mail: juanefeco@gmail.com


"Nuestro PIB tiene en cuenta, en sus cálculos, la contaminación atmosférica, la publicidad del tabaco y las ambulancias que van a recoger a los heridos de nuestras autopistas. Registra los costos de los sistemas de seguridad que instalamos para proteger nuestros hogares y las cárceles en las que encerramos a los que logran irrumpir en ellos. Conlleva la destrucción de nuestros bosques de secuoyas y su sustitución por urbanizaciones caóticas y descontroladas. Incluye la producción de napalm, armas nucleares y vehículos blindados que utiliza nuestra policía antidisturbios para reprimir los estallidos de descontento urbano. Recoge [...] los programas de televisión que ensalzan la violencia con el fin de vender juguetes a los niños.

En cambio, el PIB no refleja la salud de nuestros hijos, la calidad de nuestra educación ni el grado de diversión de nuestros juegos. No mide la belleza de nuestra poesía ni la solidez de nuestros matrimonios. No se preocupa de evaluar la calidad de nuestros debates políticos ni la integridad de nuestros representantes. No toma en consideración nuestro valor, sabiduría o cultura. Nada dice de nuestra compasión ni de la dedicación a nuestro país. En una palabra:

el PIB lo mide todo excepto lo que hace que valga la pena vivir la vida".

Robert F Kennedy

(Discurso como candidato a la presidencia de Estados Unidos 18 de marzo de 1968).

"el crecimiento del producto interior bruto es un índice bastante pobre para medir el crecimiento de la felicidad".

Zygmunt Bauman

Advertencia

Este ejercicio académico nace de haber tomado los cursos Agroecología avanzada y Agroecología y Desarrollo Rural del reciente fundado Doctorado en Agroecología que coordina la Universidad de Antioquia y en el que participan y contribuyen la Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología-SOCLA y la Universidad Nacional, Sede Medellín.

En este ensayo, más allá de presentar unas ideas prestadas y desordenadas; se pretenden ofrecer algunos argumentos y líneas de análisis y reflexión en torno a problemas actuales y estructurales de la sociedad en los que debe ocuparse la agroecología si quiere instalarse como un saber transdiciplinar y con carácter de problematizaciones anticipadas aportando con sentido en la encrucijada político cultural del momento y sus consecuencias en las distintas esferas de la sociedad.

Otro elemento de juicio para entender las palabras que siguen tiene que ver con la intención formativa de los cursos de los que se derivan estas reflexiones. Las reflexiones y discusiones presentadas en los cursos y donde se presentaron posiciones y planteamientos de estudiantes de varios países latinoamericanos, representaron para mí una apuesta por intentar elaborar posiciones fuertes sobre una disciplina nueva en sus intenciones de construir científicamente la evidencia bajo la que se pueda soportar un movimiento transdiciplinar que sobrepasa los elementos técnicos y tecnológicos buscando maneras diferentes y si se quiere novedosas de entender el mundo.

Finalmente este ejercicio de ensayo pretende seguir el postulado del maestro Estanislao Zuleta: procurar "pensar por sí mismo"; en el sentido no de que hubiesen ideas originales en el presente texto, sino más bien en traerlas para pretender enriquecer el discurso del debate en la disciplina agroecológica blindándola de la disonancia cognitiva que es la tendencia a interpretar la realidad de manera amañada para preservar nuestros prejuicios, como sucede muy a menudo en el mundo científico.

La idea de progreso y sus consecuencias

Parece extraño encontrar que en el paradigma de la sociedad del bienestar y desde la década de los 60´s, ya existiesen voces que enunciaran la no correspondencia entre el progreso, el desarrollo, el buen vivir y la felicidad. Porque parecía claro que ambas debían ir en la misma dirección, el progreso garantizar el bienestar y por consiguiente o concomitancia debía generarse la felicidad tan anhelada. Porque aunque el desarrollo y el progreso hubiesen generado las condiciones para que una pequeña parte de la población lograse el bienestar, no se encuentra claro que ese bienestar estuviese ligado a la felicidad que aparece acá como una promesa no cumplida.

Estamos en un fin de época enuncia el profesor Toledo (2010), en la fase terminal de la civilización industrial, tecnocrática y capitalista, en la que las contradicciones individuales, sociales y ecológicas se agudizan y en el que la norma son cada vez más escenarios sorpresivos y la ausencia de modelos alternativos. Nos encontramos en la sociedad del riesgo que pregona Beck (2002), riesgos de baja probabilidad pero de consecuencias desastrosas: nadie sabe cuán inminente es el riesgo, la probabilidad de que se produzca una catástrofe planetaria es escasa, pero de producirse la catástrofe, sería definitiva.

Comúnmente para entender el aceleramiento del deterioro general que ha ofertado esa idea de progreso nos referimos a la globalización, indicando que este fenómeno nos está acercando al agotamiento del mundo. Al entender de muchos pensadores, este fenómeno no se parece a ningún otro. Vivimos en un mundo que ya no se basa en la expansión geográfica sino en una distancia temporal que disminuye a medida que aumentan nuestras capacidades para el transporte, la transmisión y la teleacción, dice Virilo (1997) y el espacio-tiempo ha cambiado por el espacio-velocidad. Y Bauman (2001) sentencia que la globalización se diferencia por completo de todas las otras expansiones territoriales del pasado. Nos cobija a todos.

Las consecuencias de la idea de progreso hegemónica son innumerables y algunas hoy incluso insospechadas. Max-Neef (1993) presenta tres de significativa importancia. Primero, a pesar de poder impulsar el crecimiento económico, no es generador de desarrollo en el sentido amplio que hoy lo entendemos. Segundo, sus supuestos de racionalidad económica son profundamente mecanicistas e inadaptables, por lo tanto, a las condiciones de países pobres, donde la miseria no puede erradicarse como consecuencia de la liberalización de un mercado del que los pobres se encuentran, de hecho, marginados. Tercero, en mercados restringidos y oligopólicos, donde los grupos de poder económico no se enfrentan a fuerzas capaces de limitar su comportamiento, la actividad económica se orienta con sentido especulativo, lo que deriva en resultados concentradores que son socialmente inaguantables.

Las mediciones del desarrollo y la felicidad

En 1979, Gabriel Zaid publicó un interesante libro llamado El progreso improductivo; donde exhibe su visión desencantada del Progreso y lo presenta como el fraude más exitoso de la historia: desde hace siglos anuncia un cielo de posibilidades infinitas y no entrega más que una carga que nos esclaviza, es además; un edificio monstruoso y laberíntico, cuyos pisos, techos y paredes crecen, evolucionan y se mueven; imposible de recorrer completamente, sin lugares fijos a donde volver. Una contradicción en los términos. Un circulo vicioso como lo ha llamado Baudrillard (2009). Algo que también parece suceder con la democracia, concepto también ligado a la idea del progreso y que en palabras de Silva-Herzog (2006) nos ofrece ideales que pueden ser sustancias alucinógenas. Apartan la realidad de la conciencia y alimentan esperanzas irrealizables. Se requiere un esfuerzo constante para impedir que el ideal dirija pero no adormezca.

Las estadísticas sobre el crecimiento frecuentemente se presentan con un solo indicador: producto interno bruto, PIB. Ese denominador común para evaluar el desarrollo de las naciones mide una gran variedad de productos del trabajo humano, intelectual y físico y está orientado a expresar el crecimiento o la disminución de la disponibilidad de productos, registra la cantidad de dinero que cambia de manos en el curso de las transacciones de compra y venta como claramente lo expone Bauman (2009).

El PIB es un absoluto engaño, una estafa. Baudrillard (2009) lo llama el bluff colectivo más extraordinario de las sociedades modernas. Y lo considera una operación de gimnasia contable absurda porque en esas cuentas nacionales sólo entran los factores visibles y mensurables según los criterios de la racionalidad económica. En esa ecuación de contabilidad no entran ni el trabajo doméstico de las mujeres, ni la investigación, ni la cultura; en cambio pueden figurar ciertos renglones que no tienen nada que ver con la producción, por el mero hecho de que son mensurables. Para colmo, esas contabilidades tienen algo en común con los sueños: no conocen el signo negativo y adicionan todo, perjuicios y elementos positivos, en el ilogismo más absoluto (pero de ningún modo inocente). En fin, el PIB pareciera ser un artificio para que algunos puedan decir lo que quieren decir y para que otros escuchen lo que anhelan escuchar.

Nos pasa aquí algo similar a lo que narró bellamente Borges en el "El Informe de Brodie" en donde un misionero escocés que describe su experiencia en una región fantástica y remota, infestada de hombres-monos, llamados Yahoos: "El vulgo les atribuye [a los hechiceros] el poder de cambiar en hormigas o en tortugas a quienes así lo desean; un individuo que advirtió mi incredulidad me mostró [como prueba] un hormiguero…".

Robert F Kennedy fue asesinado pocas semanas después de haber declarado lo que se lee al principio de este escrito y aunque no se sabe si hubiese intentado conseguir lo propuesto siendo presidente, si inquieta su valor para expresar su inconformidad con las medidas del desarrollo y el progreso. Cuarenta años después de esa declaración ha habido pocas muestras, por no decir ninguna, de que su mensaje fuera escuchado, comprendido, aceptado o recordado, dice Bauman (2009). Tampoco se ha visto ningún gesto por parte de nuestros representantes electos para rechazar o negarse a reconocer la pretensión de los mercados de materias primas de desempeñar el papel esencial en el camino hacia una vida llena de significado y de felicidad, ni ha habido pruebas por nuestra parte de inclinación alguna a reformar nuestras estrategias vitales en consecuencia.

Las contradicciones culturales del modelo de desarrollo

Es así, como se ha entendido en las últimas décadas que progresar produce descontento, insatisfacción, malestar. Y varios pensadores han pretendido entender como la idea de progreso arraigada, hegemónica y predominante ofrece más insuficiencias que medios para atender las necesidades. Parece como si la búsqueda humana de la felicidad fuera un engaño. Todos los datos empíricos disponibles sugieren que entre las poblaciones de sociedades desarrolladas puede no existir una relación entre una riqueza cada vez mayor, que se considera el principal vehículo hacia una vida feliz, y un mayor nivel de felicidad.

Estamos así sumergidos en un escenario que ha moldeado una idea de desarrollo conducida por diversos mitos de dominación como la propaganda política, la economía y la religión. Vivimos tiempos tan inimaginables como inesperados, en los que las críticas anticipadamente hechas desde hace décadas se hacen efectivas, confirmando que los procesos sociales son mucho más lentos de lo que se suponía.

En distintos niveles se ha visto el desprecio del modelo por diferentes formas de vida y está suficientemente sustentado por las evidencias empíricas; en palabras de Zaid (2006) el modelo ha avanzado desconociendo lo que habían señalado los antropólogos o algunos economistas rurales, es decir la inventiva y sentido práctico de los sectores marginados, los teóricos del desarrollo supusieron la ausencia de razón de los marginados. En el progreso improductivo (Zaid 1979) el escritor devela las ilusiones de la idea de progreso y demuestra cómo contrastan con la vieja sensatez de la proporción; resalta la importancia de la mesura, la sensatez y el sentido que la ambición moderna aniquila (Bataillon 2002). Esa idea del progreso y el desarrollo globalizada nos lleva a desear lo inalcanzable. Y ese deseo se vuelve una pesadilla que nos arrebata lo más preciado: el tiempo y el otro.

Nos hemos empeñado a tal manera en producir, en acumular, en progresar que hemos sacrificado el tiempo. Nuestros juguetes son trofeos con los que no podemos jugar porque nos falta tiempo. Le arrancamos sentido al presente porque lo consideramos un mero trampolín para el mañana. La moderna fe en el trabajo disuelve una fraternidad previa; la ilusión de la igualdad rompe la experiencia de la comunidad, la noción moderna de igualdad es de uniformidad (ser uno como todos) más que de pertenencia comunitaria (ser uno en el todo). La autonomía idolatrada por el hombre moderno termina en la angustia del solitario. Y esa soledad tiene otras implicaciones que contribuyen a la sensación de desastre, a la sensación del vacío, a la inminencia de una época apocalíptica, al consumo como ideal de felicidad.

El consumo, como nuevo mito tribal, ha llegado a ser la moral de nuestro mundo actual y está destruyendo las bases del ser humano, es decir, el equilibrio entre las raíces mitológicas y el mundo, advierte Baudrillard (2009). Esa nueva mitología ha descompuesto las relaciones de los hombres porque en lógica de los signos, como en la de los símbolos, los objetos ya no están vinculados en absoluto con una función o una necesidad definida. Precisamente porque responden a algo muy distinto que es, o bien la lógica social, o bien la lógica del deseo, para las cuales operan como campo móvil e inconsciente de significación (Baudrillard 2009). Hemos entrado en la idea del progreso vinculada a la abundancia de las cosas.

Los progresos de la abundancia, es decir, de disponer de bienes y de equipamientos individuales y colectivos cada vez más numerosos tienen como contrapartida una serie de perjuicios que se vuelven progresivamente más graves y que son consecuencia, por un lado, del desarrollo industrial y del progreso técnico, y por el otro, de las estructuras mismas del consumo. Acá Baudrillard (2009) nos ayuda a entender por qué las estadísticas y los indicadores para medir el desarrollo, el crecimiento y el progreso no satisfacen las expectativas del bienestar y la felicidad. En suma, en todos los aspectos, se llega a un punto en el que la dinámica del crecimiento y de la abundancia se hace circular y gira sobre sí misma. En el que, progresivamente, el sistema se agota en su reproducción. Un umbral de derrape, en el que todo el incremento de la productividad se vuelca a mantener las condiciones de supervivencia del sistema. El único resultado objetivo es pues el crecimiento canceroso de las cifras y los balances, pero, esencialmente, se vuelve exactamente al estadio primitivo que es el de la carestía absoluta, del animal o del indígena, que agota todas sus fuerzas en la tarea de sobrevivir.

Ésta obsesión por el consumo es una de las grandes contradicciones del modelo. Para Bauman (2009), un mecanismo de exclusión y de producción de seres humanos que se consideran así mismos un fraude. Si la felicidad está permanentemente a nuestro alcance y si alcanzarla sólo consume los pocos minutos necesarios para hojear las páginas amarillas y sacar la tarjeta de crédito del bolsillo, es evidente que la persona que no consiga la felicidad no puede ser "real" o "genuina", sino que es un dechado de pereza, ignorancia o ineptitud... cuando no todo a la vez. Esta persona debe de ser una falsificación o un fraude. La ausencia de felicidad, su insuficiencia, o una felicidad menos intensa que la que se proclama asequible para todos los que traten de conseguirla con suficiente ahínco y usen los medios y habilidades apropiados es toda la motivación que uno necesita para rechazar conformarse con el "yo" que posee y embarcarse en un viaje de descubrimiento, o mejor, de invención de sí mismo. El yo fraudulento o malogrado debe descartarse por su "falta de autenticidad" mientras prosigue la búsqueda del "yo" real. Hay escasos motivos para cejar en la búsqueda si uno tiene la certeza de que, en poco rato, el instante que se está viviendo pasará a la historia y que a su debido tiempo llegará otro instante con nuevas promesas, henchido de nuevo potencial, que augura un nuevo amanecer...

Ante la crisis, qué hacer?

El profesor Toledo (2010) sugiere recomponer el metabolismo entre la especie humana y el universo natural que hemos perturbado. Porque vista así la crisis requiere de un tratamiento bastante cuidadoso, de un esfuerzo especial que vaya más allá de lo que normalmente se analiza, pues se trata de remontar una época que ha afectado severamente a un proceso histórico, iniciado hace miles de años, de relaciones visibles e invisibles entre las sociedades humanas y la naturaleza.

Necesitamos, por tanto, un nuevo marco de referencia para repensar nuestra ubicación e identidad en relación con la naturaleza. La ciencia moderna se constituyó, en la práctica, como esa rama de la inteligencia para la cual la realidad existente (el segmento del escenario donde se desarrollaba la acción que aún permanecía impenetrablemente opaco, oculto tras las sombras, y por ende todavía libre de interferencia y control) era el enemigo (Toledo 2010). Esta posición que sugiere Bauman (2007) debe ser recompuesta con la introducción en el pensamiento de la crisis de disciplinas y saberes que logren representar nuevos rumbos y escenarios nacidos de la reflexión y del entendimiento de las causas de las crisis para aportar a la recomposición.

La agroecología como saber transdiciplinar puede aportar a la búsqueda de aristas de entendimiento posibles para la crisis. Entendiendo por transdisciplinariedad los 14 artículos que componen el manifiesto redactado por Edgar Morin y Basarab Nicolescu en 1994 en la ciudad de Lima de Freitas. La agroecología debe adoptar los principios postulados allí y poseer el estatuto de una desviación y no de una disidencia (que termina siempre absorbida por el sistema existente). Ésta debe apartarse de la norma supuestamente indiscutible de la eficacia desenfrenada y sin ningún otro valor que la eficacia misma, la cual se fundamenta, sin lugar a dudas, en la proliferación de las disciplinas académicas. La transdisciplinariedad actúa a nombre de la visión -la del equilibrio necesario entre la interioridad y la exterioridad del ser humano-, y esta visión pertenece a un nivel de Realidad diferente del mundo actual.

Además, es necesario incorporar en el discurso las virtudes del entendimiento humano de la creatividad y la imaginación. Enriquecer la fundamentación teórica sobre la resolución de conflictos y poner en práctica la capacidad de reacción sobre situaciones complejas y difíciles. Por eso son tan interesantes las reflexiones de Bauman (2007) sobre la crisis. El mundo está agotado. Cualquier similitud con la conocida expresión "localidades agotadas" es puramente fortuita, una ficción que la sintaxis insinúa. Cuando uno ve un letrero como ése en la taquilla de un cine o un teatro, sabe inmediatamente que ya no queda espacio disponible, aquí, en este edificio, y esta noche; y que debe cambiar sus planes para la velada. Estas "localidades agotadas" son, sin embargo, sólo un pequeño espacio entre muchos otros. Y en el momento en el que lee el cartel, uno está parado fuera de esa misma localidad agotada. Hay otros edificios a los que uno puede ir; y si uno insiste en ingresar en esa "localidad", es de hecho probable que en otro momento pueda hacerlo.

Pero y si no queda otro momento para acceder a localidad que nos enuncia Bauman? Si no hay otros edificios? Si éste es el único edificio? Es precisamente haciendo esas preguntas que la agroecología puede introducir sus saberes acumulados y ofertar posibles salidas y soluciones. No hay otro mundo, no hay un mundo afuera, ni una vía de escape, ni sitio para refugiarse, ni espacio para aislarse y ocultarse. No hay ningún lugar en el que pueda afirmarse con un mínimo de certeza que uno se encuentra en su casa, que es libre de vivir a su manera y perseguir sus propias metas, y de no prestar atención al resto de las cosas a causa de su irrelevancia, dice Bauman (2007).

Como enuncia Toledo (2010), es un fin de época y se requiere la formación de una "conciencia de especie", de manera que la identidad de las personas no sólo surja de la pertenencia a una nación, cultura, clase social, grupos de estatus o de la acción de profesar una religión o una ideología, sino también, y antes de cualquier otra cosa, de sentirse parte «de una especie biológica, dotada de una historia y necesitada de un futuro, y con una existencia ligada al resto de los seres vivos que integran el hábitat planetario y, por supuesto, en íntima conexión con el planeta mismo.

Pero la recomposición no es fácil. El camino está lleno de obstáculos. Es necesario estar atentos para no sucumbir. Por eso Zaid (1979) nos previene contra la tentación faraónica pero el enaltecimiento de las virtudes de la tradición resulta, en distintos tramos, difícil de compartir. Porque no es bueno caer en el autoctonismo alabando las comunidades tradicionales, desiguales pero fraternas; analfabetas pero sabias; despóticas pero plenas de sentido espiritual y de fiestas. Es importante reconocer el valor de las sabidurías tradicionales, pero no es sano otorgarles capacidades redentoras.

Bauman (1991) nos advierte también sobre el dilema de las creencias y las mentalidades: las creencias no necesitan ser coherentes para ser creíbles. Las creencias que tienden a creerse en la actualidad -nuestras creencias- no son una excepción. Sin duda, consideramos, al menos en "nuestra parte" del mundo, que el caso de la libertad humana ya ha sido abierto, cerrado y (salvo por algunas pequeñas correcciones aquí y allá) resuelto del modo más satisfactorio posible. En cualquier caso, no sentimos la necesidad (una vez más, salvo algunas irritaciones ocasionales) de lanzarnos a la calle para reclamar y exigir más libertad o una libertad mejor de la que ya tenemos. Pero, por otra parte, tendemos a creer con igual firmeza que es poco lo que podemos cambiar -individualmente, en grupos o todos juntos- del decurso de los asuntos del mundo o de la manera en que son manejados; y también creemos que, si fuéramos capaces de producir un cambio sería fútil, e incluso poco razonable, reunirnos a pensar un mundo diferente y esforzarnos por hacerlo existir si creemos que podría ser mejor que el que ya existe. La coexistencia simultánea de estas dos creencias sería un misterio para cualquier persona mínimamente familiarizada con el pensamiento lógico. Si la libertad ya ha sido conquistada, ¿cómo es posible que la capacidad humana de imaginar un mundo mejor y hacer algo para mejorarlo no haya formado parte de esa victoria? ¿Y qué clase de libertad hemos conquistado si tan solo sirve para desalentar la imaginación y para tolerar la impotencia de las personas libres en cuanto a temas que atañen a todas ellas?

Hemos tenido la oportunidad de escuchar en las palabras de los profesores en las asignaturas cursadas que nos acompañaron con argumentos y evidencias de que no hay una realidad de la naturaleza humana; existen múltiples realidades y que esas realidades están sujetas al orden cultural en que crecemos, es decir, no somos simplemente fruto de la naturaleza, somos fruto de un orden cultural surgido del lenguaje, de la memoria y del mito, como bellamente expresa William Ospina en varios de sus ensayos; pero sobre todo de las condiciones culturales que impone el sistema económico del mundo. Por eso es definitivo entender esas múltiples realidades para no creer en fórmulas, no dogmatizar la disciplina, no tiranizar el saber.

Y también es indispensable retomar las reflexiones de Leff (2010) sobre la epistemología de lo nuevo, de lo alternativo porque apenas comenzamos a indagar sobre el lugar que le corresponde a un conjunto de exploraciones que no encuentran acomodo dentro de las disciplinas académicas tradicionales. La ecología política es un campo que aún no adquiere nombre propio; por ello se le designa con préstamos metafóricos de conceptos y términos provenientes de otras disciplinas para ir nombrando los conflictos derivados de la distribución desigual y las estrategias de apropiación de los recursos ecológicos, los bienes naturales y los servicios ambientales.

En una sociedad de compradores y una vida de compras, somos felices mientras no perdamos la esperanza de llegar a ser felices; estamos asegurados contra la infelicidad siempre que podamos mantener esta esperanza, dice Bauman (2010). Así, la llave de la felicidad y el antídoto contra la amargura consiste en mantener viva la esperanza de llegar a ser felices. En las múltiples discusiones que se presentaron a lo largo de los cursos, me inquietó mucho la posición de un compañero: Fabio Jaramillo, que afirmaba que todas las discusiones sobre el desarrollo y el crecimiento debían partir por la pregunta esencial sobre la felicidad, creo con Fabio que es cierto; pero para poder entender las posibles respuestas es indispensable conocer que finalmente la felicidad será siempre una promesa y bajo el modelo de desarrollo capitalista incumplida eternamente.

Lecturas hechas y sugeridas

1. Bataillon G. Releyendo El Progreso Improductivo. Letras Libres; 2002. marzo. pp. 36-40.

2. Baudrillard J. La sociedad de consumo. Sus mitos, sus estructuras. Siglo XXI de España, Editores S A; 2009. 255p.

3. Bauman Z. En busca de la política. Fondo de Cultura Económica; 2001. 218p.

4. Bauman Z. La sociedad sitiada. Fondo de Cultura Económica; 2007. 299 p.

5. Bauman Z. ¿Qué hay de malo en la felicidad? Introducción de El arte de la vida. Editorial Paidós; 2009.

6. Beck U. La sociedad del riesgo global. Siglo XXI Editores de España SA; 2002. 290p.

7. Borges JL. El Informe de Brodie. Alianza Editorial SA; 1970. Leff E. Imaginarios Sociales y Sustentabilidad. Revista Cultura y Representaciones Sociales Número 9, Septiembre de 2010.

8. Max-Neef M. Desarrollo a escala humana. Conceptos, aplicaciones y algunas reflexiones. Editorial Nordan- Comunidad; 1993. 148p. Silva- Herzog J. La idiotez de lo perfecto. Miradas a la política. Fondo de Cultura Económica; 2006. 187p.

9. Toledo VM. Las claves ocultas de la sostenibilidad: transformación cultural, conciencia de especie y poder social. En: La situación del mundo, 2010. Cambio cultural, del consumismo a la sostenibilidad. The World Watch Institute; 2010. 432p.

10. Virilo P. El cibermundo de la política de lo peor. Entrevista con Philippe Petit. Ediciones Cátedra S. A; 1997. 112p.

11. Zaid G. El Progreso improductivo. Siglo Veintiuno Editores; 1979. 387 p.

12. Zaid G. El progreso en bicicleta. Letras Libres, abril; 2006. pp. 16-17.

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