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Escritos

Print version ISSN 0120-1263

Escritos - Fac. Filos. Let. Univ. Pontif. Bolivar. vol.21 no.47 Bogotá July/Dec. 2013

 

Hacia una cultura del encuentro

Towards a culture of Meeting

Rumo a uma cultura do encontro

Luis Fernando Fernández Ochoa*

* Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad Pontificia de Salamanca (España). Director de la Facultad de Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana (Medellín, Colombia). Profesor de Antropología Filosófica y Filosofía Moral. Miembro del grupo de investigación Religión y cultura. Correo electrónico: luis.fernandez@upb.edu.co


En los tiempos que corren parece ser que se ha ido gestando un nuevo tipo de sociedad en la que el consumismo es el núcleo moral de la vida. Todo hoy está sometido a la lógica de un mercado que tiene como nota preponderante la seducción; de ahí que lo lúdico y lo estético pretendan operar hoy en día como ejes integradores de la cultura. Embellecerse exteriormente y divertirse han devenido deberes, tanto que la gente suele sentirse avergonzada de trabajar mucho y no gozar más, de no disponer de más tiempo libre para disfrutar más, con lo cual resulta evidente que seguimos viviendo bajo el signo de la desmesura: en la Modernidad vivimos para trabajar, hoy trabajamos para consumir.

Lo anterior nos permite ver que una de las tareas más urgentes de la actualidad consiste en descubrir el valor ético del trabajo e impedir que la cultura materialista disuelva su potencial humanizador y lo degrade a un simple medio para conseguir recursos para consumir y, de ese modo, consumirse.

Es preciso, por tanto, descubrir que a través de nuestras labores cotidianas nos podemos realizar personalmente, ayudar a los demás a desarrollar sus talentos y hacer más humana y más justa la sociedad. En otras palabras, uno de los aprendizajes primordiales ha de ser procurar que el trabajo diario deje de ser una "tragedia cotidiana" y se convierta en una "sonrisa cotidiana", como dijo alguna vez el Cardenal Albino Luciani, pero para ello será preciso que accedamos a la virtud de la mesura, que aprendamos a vivir equilibradamente, sosegadamente, que le dediquemos el tiempo justo al trabajo, para que las otras facetas de la vida no sufran menoscabo por una desordenada dedicación a nuestras ocupaciones profesionales.

Lo anterior exige que aprendamos a trabajar, pero también a descansar y a brindarnos la oportunidad de embellecernos interiormente mediante eso que Pierre Hadot llama "ejercicios espirituales", es decir, emprender el vuelo cada día, al menos durante un momento, por breve que sea, mientras resulte intenso; practicar cada un "ejercicio espiritual" -solo o en compañía de alguien que, por su parte aspire a mejorar-; escapar de las vanidades y del ruido, huir de la maledicencia, liberarse de toda pena y odio, amar a todos los hombres y optar por hacerse un hombre digno.

Nos aturdimos haciendo mil cosas de una manera agitada y febril y la vida se nos pasa yendo de un lado para el otro sin tener tiempo para lo "esencial", como dice Heidegger en ¿Qué significa pensar?; somos como una ardilla girando incesantemente en su jaula: nos afanamos, nos movemos sin parar, trabajamos para consumir (objetos tangibles e intangibles), nos dispersamos, y nos consumimos a nosotros mismos, y todo sin otra finalidad que la de subsistir, sobresalir o divertirnos, y olvidamos lo más importante: ser felices.

Quizás esa permanente agitación sea un síntoma de algo mucho más profundo: el hombre no cree ya ni en su perfección por el ocio ni en su perfección por el trabajo, y esto porque ha perdido la noción de la perfección y considera que todo es de suyo falible. El ocio ha perdido todo su sentido positivo y se hace sinónimo de hastío. El hombre no es capaz de soportar un esparcimiento tranquilo y suele entregarse a frenéticas diversiones, que lo excitan pero no pueden darle contenido a su vida. Paradójicamente, mientras más nos agitamos, menos nos alcanza el tiempo, se nos escapa sin que podamos detenerlo, porque como asegura Aranguren, en Ética de la felicidad y otros lenguajes, corremos tras él sin tener nada importante con qué llenarlo, o como bien lo ha dicho Julián Marías, porque cuando decimos que "no tenemos tiempo para nada", la verdad es que, en el fondo, "no tenemos nada para el tiempo".

Sin embargo, no es que esto ocurra por una personal frivolidad, sino por una suerte de "pecado histórico" que nos impide vivir un tiempo esencial, sereno, verdadero, y nos impele a vivir alocadamente, a sentir que el tiempo se nos echa encima y nos ahoga. Lo que sucede es que la organización de la vida social como está montada hoy es incompatible con el sosiego, y nos empuja a ir siempre en pos de lo "urgente" y a postergar una y otra vez lo "importante", como dice Zubiri; un proceder que nos va volviendo frívolos y nos acostumbra sin ningún desgarramiento a lo "peor" y a lo "vulgar", y que nos hace perseguir todo lo que signifique bienestar y distracción e inconscientemente nos fuerza a renunciar a todo lo dramático de la vida. En definitiva, un modo de vida "vacío" que nos hace desertar de los valores y finalidades y nos conduce al abandono del sentido y a la absolutización de lo privado, de lo cual las películas de Woody Allen son una estupenda expresión.

¿Qué actitud debemos asumir, entonces, frente al activismo y la propensión a la diversión? Frente a ese modo de vivir inquieto y siempre apremiante que nos envuelve, podemos hacer con Carl Honoré el Elogio de la lentitud y reservarnos cada día un tiempo íntimamente nuestro, para la lectura, para la conversación y el ejercicio de la amistad, para un paseo en silencio, para la audición de una hermosa composición musical, para un tranquilo esparcimiento, para compartir con la familia y los amigos, para la meditación y la oración.

En suma, habría que conquistar la vida contemplativa que eleva el espíritu y que conduce a eso que el Papa Francisco llama "cultura del encuentro". En otras palabras, estamos llamados a oponer resistencia a la "cultura del naufragio" que lo único que hace es derribar referentes, hundir todo fundamento y dejar al hombre a la intemperie, arrasar la idea de finalidad y destruir todo aquello que proporciona sentido; una mal llamada cultura que nos sumerge en una incertidumbre contagiada de mediocridad y cinismo, nos repliega en el subjetivismo egoísta que sabe calcular y competir pero no entregarse y que nivela por lo bajo; una civilización enferma que sacrifica las certezas y las convicciones para instaurar el reino de la opinión, en el que "todo vale" y de donde hay pocos pasos al "nada vale"; una pseudocultura en la que los hombres poseen mucha información pero carecen de unidad vital, y en la que se caricaturiza jocosamente la verdad y el bien favoreciendo de ese modo el envilecimiento de la vida.

Frente a esta "cultura del naufragio" es menester que generemos una "cultura del encuentro" en la que la persona humana ocupe el centro de todos los cometidos; en la que los seres humanos sean tenidos en cuenta por lo que son; en la que le seamos fieles a la realidad y no se le rinda culto a la apariencia; en la que la sabiduría cuente más que la vana suficiencia; en la aprendamos a dialogar para vivir en armonía, de modo que no se diga más que somos "hijos de la información y huérfanos de la comunicación"; una cultura en la que las palabras no carezcan de sustancia y las ideas no sean usadas como armas para aplastar sino como antorchas para iluminar; una cultura en la que se admita que la fe posee una fuerza creativa capaz de dinamizar la existencia humana y en la que Dios no siga siendo el gran marginado; una cultura que no esté hecha de neutralidad e indiferencia, sino de compromiso y respeto por cada ser humano, especialmente por los más débiles, que ya no son sólo el huérfano y la viuda a los que se refiere Lévinas sino todos aquellos que se atreven a contravenir los dictados de la cultura establecida, quienes no cuentan con los recursos necesarios para mantenerse comprando todo lo que impone la sociedad de consumo y aquellos que por su avanzada edad o debido a alguna enfermedad que los incapacita ya no son productivos.

La "cultura del encuentro" requiere que el arte de educar no sea light, no esté bien licuado y a resguardo de cualquier convicción, sino que constituya una apuesta decidida por lo bueno, lo verdadero y lo bello, en lugar de seguirse empequeñeciendo en la mera distribución del saber, que lo único que produce son profesionales que saben mucho pero tienen un corazón raquítico que siente poco; requiere que la educación tenga como propósito primordial la formación de los corazones y la convivencia en sociedad; una educación que forme para la rectitud en el modo de entender la existencia y que favorezca el reconocimiento del otro.

Desde luego, semejante tarea requiere educadores idóneos, maestros y maestras que tengan mucho de padre y de madre; que sean capaces de hacerse cargo de la formación interior de sus alumnos y estén dotados de autoridad, o sea que sepan nutrir y hacer crecer (esa es la etimología de auctoritas) y de propiciar el encuentro con la propia interioridad y con las otras personas; maestros y maestras capaces de fomentar el "éxodo de sí mismo" para lograr el encuentro con el prójimo que nos espera y que es la condición de posibilidad para realizarse y alcanzar una paz interior duradera, puesto que el secreto de la plenitud personal que en el fondo anhela todo hombre es desvivirse para que otros vivan, es decir, vivir el amor fraternal que consiste en la capacidad de compartir.

En suma, como dijo el Papa Francisco en una conferencia que dictó en un curso de rectores en Argentina en 2006, la "cultura del encuentro" exige que el camino pedagógico no sea desvirtuado por la aplicación indiscreta de modelos importados que ponen el acento en las técnicas y los procedimientos y descuidan el encuentro educativo que vincula cordialmente al docente con su alumno; porque la educación sólo es auténtica si pone en el centro a la persona humana, pero se degrada cuando estructuras, currículos, programas, contenidos, evaluación y modos de gestión acaparan el primer plano.

Quienes nos dedicamos a la educación necesitamos confiar más en los afectos que en las técnicas; es preciso que queramos lo que hacemos y que queramos a nuestros alumnos y también a nuestros colegas, porque es la calidez de ese afecto la que configura la actitud sapiencial que de veras forma personas de bien.