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Escritos

Print version ISSN 0120-1263

Escritos - Fac. Filos. Let. Univ. Pontif. Bolivar. vol.24 no.52 Bogotá Jan./June 2016

http://dx.doi.org/10.18566/escr.v24n52.a01 

http://dx.doi.org/10.18566/escr.v24n52.a01

"UN CRISTIANO DE EXPRESIÓN FILOSÓFICA"

PAUL RICOEUR A 10 AÑOS DE SU MUERTE

Carlos Andrés Roldán Sánchez*

"¿Qué es morir para el existente? Es disociar en el nombre
propio lo inmortal de lo mortal, retirándose de la obra
para él terminada."
(Vivo hasta la muerte 77)

* Licenciado en Filosofía. Doctorando en Filosofía por la Universidad Pontificia Bolivariana (Medellín, Colombia). Docente Asociado de la Escuela de Teología, Filosofía y Humanidades de la misma Universidad. Coordinador del programa de Licenciatura en Filosofía y Letras. Director del Grupo EPIMELEIA. Sus áreas de investigación son la fenomenología y la hermenéutica. Correo electrónico: carlos.roldan@upb.edu.co

Artículo recibido el 28 de junio de 2016 y aprobado para su publicación el 5 de julio de 2016.

Atribución - Sin Derivar - No comercial: El material creado por usted puede ser distribuido, copiado y exhibido por terceros si se muestra en los créditos. No se puede obtener ningún beneficio comercial. No se pueden realizar obras derivadas.


Recordar a Paul Ricoeur a 10 años de su muerte es considerar propiamente el valor de su obra en el sentido de su vida, es decir, en la disociación de la que él mismo habla en que la muerte es un retirase de la obra. Sus aportes a la Filosofía y a las Ciencias Humanas en general son vastos y han venido siendo reconocidos lentamente por los académicos, en la medida en que sus textos han empezado a ser referenciados con mayor fuerza en el tratamiento de diversos tópicos particulares de cada disciplina.

"Un azar transformado en destino por una elección continua: mi cristianismo." (Vivo hasta la muerte 79)

Recordarlo en el contexto de esta revista, es mostrar también a un hombre que encarnó ese diálogo complejo, permanente, vital, dialéctico y nunca terminado entre el pensamiento y la fe, o mejor, entre el ego credo y el ego cogito que, en palabras de él mismo, no es precisamente una alianza sino un conjunto de guerras intestinas. El mismo hombre, al que le llega la fe, con el involuntario acontecer de su familia, como herencia, como azar, emprende el oficio de la filosofía sin permitir condicionarla por el absoluto. La confrontación y el diálogo alimentan esta relación que se da en la búsqueda de la "inteligencia de la fe", pero en los límites de no poder declarar como filósofo de dónde viene esa voz interior de la conciencia que lo encara como un Otro. Él mismo se expresa diciendo que se trata de: "[...] una relación conflictiva-consensual entre mi filosofía sin absoluto y mi fe bíblica más nutrida de exégesis que de teología" (Autobiografía 84).

En sus primeros trabajos, influenciado por la fenomenología descriptiva de Husserl y el existencialismo de Gabriel Marcel y Karl Jaspers, Ricoeur se preocupa por la construcción de una Filosofía de la voluntad que pudiera explicar esa condición inicialmente marcada por la realidad del cuerpo, el proyecto y el obrar; todo esto dentro de la lógica de la desproporción entre la finitud y la infinitud, bajo la experiencia del mal que se hace y el mal que se padece. Al respecto dice:

Pude así proponer una interpretación del relato bíblico, inapropiadamente llamado relato de la caída, como relato de la sabiduría, que viste con un relato de los orígenes el impensable pasaje de la bondad original del ser creado a la maldad ocurrida y adquirida del hombre de la historia (Autobiografía 33-34).

En el fondo de estos trabajos existe una antropología que él mismo llama del "hombre capaz". Para los años sesentas, Ricoeur desprende de su Filosofía de la voluntad la intención de desarrollar, al reconocer la estructura simbólica de los relatos míticos del mal, los problemas propiamente hermenéuticos que lo ocuparán el resto de su obra. Por eso, su filosofía es del sujeto, del yo, del hombre, diferente a las filosofías contemporáneas que se ocuparon en considerar la destrucción del sujeto desde las distintas modalidades de la sospecha. Esta filosofía del sujeto, del yo, del hombre, tiene en su fase hermenéutica la necesidad de la sospecha - Nieztsche, Marx y Freud - que abre auténticamente el sentido trágico de la condición humana, pero que no termina con una aniquilación sino con la tarea misma del filósofo que busca nuevamente el camino de la comprensión de sí y la comprensión de los otros.

Más allá de la problemática regional de la entrada del mal en el mundo, La simbólica del mal cuestionaba el estatuto general de la comprensión de sí. Aceptando la mediación de los símbolos y de los mitos, la comprensión de sí incorporaba a la reflexión una franja de historia de la cultura (Autobiografía 34)

La juiciosa revisión que hace Ricoeur de las distintas posibilidades hermenéuticas y las relaciones que intenta entre diferentes tradiciones, constituyen su gran aporte, no solo a una teoría hermenéutica sino a una que vinculará la "acción" como garantía de la interpretación. Sus diálogos con la filosofía analítica, el psicoanálisis, el estructuralismo, la antropología, la literatura, la historia, la fenomenología y la tradición clásica, hacen que sus investigaciones puedan ser abordadas desde distintos ángulos y disciplinas.

Esta ruta rigurosa o long detour hace que al sumergirse en su legado, también se incursione uno en otros campos del conocimiento tan necesarios para la filosofía misma. Ejemplo de esta mediación es el diálogo que nunca abandonó y del que da cuenta hasta en sus últimos escritos: el diálogo entre su fe cristiana y el ejercicio filosófico-hermenéutico, en el que la fe cristiana considerada como destino, es pasada por el tamiz de su expresión filosófica. En el año 2003 Paul Ricoeur fue galardonado con el premio Pablo VI, entregado por el Papa Juan Pablo II como un reconocimiento a sus contribuciones en el campo exegético y al diálogo inteligente entre Fe y Razón; el muchas veces citado texto Pensar la Biblia, escrito con André LaCocque, es una muestra de cómo su trabajo ha tenido por objeto establecer la relación de sus aportes a la hermenéutica y a la exégesis bíblica.

De ninguna manera el diálogo propiamente existencial de Ricoeur entre la fe y la filosofía condicionó su trabajo, vició su posición filosófica o discriminó a sus posibles interlocutores. Dice poniendo las cosas en orden:

No soy un filósofo cristiano, como pretende el rumor circulante, en un
sentido voluntariamente peyorativo y hasta discriminatorio. Soy, por
un lado, un filósofo a secas [...] Y, por otro, un cristiano de expresión filosófica, así como Rembrandt es un pintor a secas y un cristiano de
expresión pictórica, y Bach, un músico a secas y un cristiano de
expresión musical (Vivo hasta la muerte 85).

Recordar a Paul Ricoeur también es emprender una de las operaciones que él mismo privilegió en su obra: la memoria. Ella, como reconocimiento, es el camino de la posibilidad para narrarnos y superar el implacable suceder del tiempo que nos aleja de la experiencia directa de las vivencias y nos recrea un lugar, el lugar de la memoria, de la identidad, de los recuerdos como otra forma de la existencia significada y presentada nuevamente, con el ensueño de lo inmemorial otra vez vivo. El reconocimiento es la rememoración misma que ha vinculado nuevamente "la experiencia viva" y ha trabajado sobre lo invisible, lo olvidado y lo ex-sistente (la alteridad) pero que además es el que garantiza lo percibido mismo en la re-presentación disponiendo nuevamente a la narración de los recuerdos en un trabajo de retorno a lo percibido y actualización de la experiencia. La memoria, operación de la historia, es al mismo tiempo posibilidad de la experiencia del yo, de la conciencia y de lo Otro. La memoria constituye además, en la medida en que se ejerza, la garantía reflexiva de la imputabilidad de quien rememora con respecto a sus actos. En ella está no solo la emergencia de la acusación, sino la del perdón como un acto nuevo. Estas preocupaciones motivan otro de sus diálogos más profusos, ahora con la disciplina histórica, del cual el texto La memoria, la historia y el olvido recoge no solamente la idea de la vida como experiencia temporal entre el perdón y el olvido, sino también la fundamentación epistemológica en relación con la historia como disciplina implicada en el ejercicio de la narración con pretensión de verdad.

Finalmente, y a 10 años de la partida de Paul Ricoeur, lo que podemos reconocer al dar un recorrido por su itinerario intelectual y su vasta obra, es su trabajo generoso empujado por un acucioso afán de comprender el enigma de la existencia humana. Podemos decir, parafraseando su famosa expresión sobre el símbolo, que su obra nos hace pensar, nos pone a pensar, "da que pensar".


Referencias

Ricoeur, Paul. Vivo hasta la muerte. México: FCE, 2009.         [ Links ]

_. Autobiografía intelectual. Buenos Aires: Nueva visión, 1997        [ Links ]

_. La memoria, la historia, el olvido. Buenos Aires: FCE, 2000.         [ Links ]

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