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Escritos

versión impresa ISSN 0120-1263

Escritos - Fac. Filos. Let. Univ. Pontif. Bolivar. vol.26 no.57 Bogotá jul./dic. 2018

http://dx.doi.org/10.18566/escr.v26n57.a07 

Artículos

La ciudad: ¿hábitat o zoológico humano?

City: Habitat or Human Zoo?

A cidade: Hábitat ou zoológico humano?

Jesús David Girado-Sierra *  

* Doctor en Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín. Profesor investigador de la Facultad de Filosofía y Ciencias Humanas de la Universidad de La Sabana, Colombia. Miembro del grupo de investigación Racionalidad y Cultura, especialista en la línea de antropología filosófica. Correo electrónico: jesus.girado@unisabana.edu.co ORCID: 0000-0003-1980-7069.

Resumen

Este artículo presenta una compresión fenomenológica de la ciudad, problematizando dos enfoques teóricos útiles para lograr una descripción esclarecedora, sobre todo, en su versión contemporánea. Se explorarán tesis en las que se habla de un hábitat humano donde reinan la desatención cortés, el cooperativismo competitivo y las relaciones instrumentales, resultado del desarrollo biótico sublimado en la organización social y la cultura; en razón de esto, la ciudad será entendida como un producto de la naturaleza humana o, si se quiere, como la máxima expresión de lo humano en tanto ser natural-cultural. Por otro lado, está una comprensión de la ciudad como un gran zoológico humano donde conviven: el individualismo, la ansiedad, el aburrimiento, el estrés, la represión y la tensión; razón por la cual los urbanitas se hallan, cada vez más, en constante peligro de enloquecer. Al analizar ambas perspectivas, la ciudad se revela como un campo de interacciones del animal humano, caracterizadas por la cruenta competitividad, las relaciones fragmentadas, egoístas, intermitentes, microscópicas, fugaces y líquidas, basadas en la heterogeneidad, la hibridación y el juego de máscaras en diversos micro-eventos, pero también en la estructuración de una serie de pautas que garantizan mínimos de convivencia entre un conglomerado de desconocidos que luchan cada uno por sobrevivir y hacer pervivir sus representaciones de la realidad.

Palabras-clave: Ciudad; Hábitat humano; Zoológico humano; Cooperativismo competitivo; Supertribu; Vida nerviosa

Abstract

The article presents a phenomenological understanding of the city by addressing two theoretical approaches to achieve a clarifying description of its contemporary version. On the one hand, it considers ideas that refers to the city as a human habitat in which polite discourtesy, competitive cooperation and instrumental relationships rule. These are the result of the biotic development sublimated in social organization and culture. According to such ideas, the city might be understood as a product of the human nature or, if preferred, the highest expression of the human as a natural-cultural being. On the other hand, it considers the understanding of the city as a great human zoo in which individualism, anxiety, boredom, stress, repression and tension coexist; because of the latter, citizens are, increasingly, in danger of becoming insane. By analyzing both perspectives, the city reveals itself as a field of interactions of the human animal. Such interactions are characterized by fierce competition; and fragmented, selfish, intermittent, microscopic, brief and liquid relationships that are based on heterogeneity, hybridization and a game of masks that takes place in different micro-events. Those interactions are also based on the establishment of some rules that guarantee the minimum for coexistence among a group of unknown people that struggle for surviving and maintaining their representations of reality.

Key words: Cities; Habitat; Human Zoo; Competitive Cooperation; Supertribe; Nervous Life

Resumo

Este artigo apresenta uma compreensão fenomenológica da cidade, problematizando duas abordagens teóricas úteis para lograr uma descrição esclarecedora, sobre tudo, em sua versão contemporânea. Serão exploradas teses em que se fala de um hábitat humano onde reinam a desatenção cordial, o cooperativismo competitivo e as relações instrumentais, resultado do desenvolvimento biótico sublimado na organização social e na cultura; assim, a cidade será entendida como um produto da natureza humana, ou, melhor, como a máxima expressão do humano em tanto ser natural-cultural. Por outro lado, há uma compreensão da cidade como um grande zoológico humano onde convivem: o individualismo, a ansiedade, o tédio, o estrese, a repressão e a tensão; razão pela qual os urbanistas estão, cada vez mais, diante do perigo de enlouquecer. Ao analisar as duas perspectivas, a cidade revelase como um campo de interações do animal humano, caracterizadas pela cruel competitividade, as relações fragmentadas, egoístas, intermitentes, microscópicas, fugazes e líquidas, baseadas na heterogeneidade, a hibridação e o jogo de máscaras em diversos micro eventos, mas também na estruturação de uma série de pautas que garantem mínimos de convivência entre um conglomerado de desconhecidos que lutam individualmente por sobreviver e manter suas representações de realidade.

Palavras-Chave: Cidade; Hábitat humano; Zoológico humano; Cooperativismo competitivo; Supertribo; Vida nervosa

"El moderno animal humano no vive ya en las condiciones naturales de su especie. Atrapado, no por un cazador al servicio de un zoo, sino por su propia inteligencia, se ha instalado en una vasta y agitada casa de fieras, donde, a causa de la tensión, se halla en constante peligro de enloquecer". (Desmond Morris, El Zoo Humano)

Introducción

La ciudad es una metáfora de la complejidad, si se piensa en esta como algo que no puede ser reducido a una simple figura político-administrativa o entidad jurídica; el pólemos parece ser, sino el corazón, una característica evidente de la ciudad, de ahí que en ella converjan desde conductas legales e ilegales, hasta contradicciones, no solo emocionales sino, también, ideológicas entre individuos, colectivos, sujetos e instituciones. La ciudad es tan compleja que a pesar de ser una realidad histórico-geográfica, sociocultural y sociopolítica, desborda dichas categorías, reclamando cada vez mejores claves de lectura para comprender sus dinámicas. Ya lo decía Jordi Borja: "la ciudad es -y es un tópico pero no por ello banal o falso-, la realización humana más compleja, la producción cultural más significante que hemos recibido de la historia" (26). Incluso si se hiciera una alusión al humanismo renacentista, habría que pensar la ciudad como la máxima expresión de la libertad humana, como el símbolo del poder creador-ordenador de los hombres, como lugar del pólemos, la fricción, el conflicto y la violencia. La ciudad es compleja porque es heterogénea, a pesar de los intentos de homogeneizarla o de convertirla en objeto de lo que Saskia Sassen llama: "fascismo urbano" (256); o formas de expulsar, reprimir y anular violentamente a quienes intentan manifestar su inconformismo o reclamar un cambio social.

Por otro lado, es posible ver la complejidad del habitar la ciudad cuando se descubre que en ésta se vive inexorablemente entre lugares, dominios, espacios1 o no-lugares. Marc Augé ayuda a comprender esto cuando aclara que: "si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar" (83); así, cuando se habla de la ciudad se habla de lugares (la clínica donde se nace y el hospital donde se muere, los edificios, las calles o los parques), pero, también se habla de espacios o no-lugares, es decir, de referentes de prácticas-discursivas que no son «lugares antropológicos» o dominios, por ejemplo, cuando se habla de espacio público aludiendo a algo que va más allá del dominio territorial:

Negamos la consideración de espacio público como un suelo con un uso especializado, no se sabe si verde o gris, si es para circular o para estar, para vender o para comprar, cualificado únicamente por ser de «dominio público» aunque sea a la vez un espacio residual o vacío. Es la ciudad en su conjunto la que merece la consideración de espacio público [...] espacio funcional polivalente que relacione todo con todo, que ordene las relaciones entre los elementos construidos y las múltiples formas de movilidad y de permanencia de las personas (Borja 29).

En este sentido, el no-lugar o espacio habría que considerarlo como aquel que determina precisamente el sentido de los lugares. En otras palabras, el espacio, construido por vía de la práctica discursiva, funda el significado de los lugares (privados, públicos, de exclusión o de integración). En definitiva, eso que no posee un correlato con la realidad física posee una fuerza simbólica tal que asigna a cada lugar la forma como ha de ser dominado, usado, ignorado o transformado. El espacio como un no-lugar, entonces, condiciona los lugares, les otorga una calificación, un estatus y un propósito. La forma como se perciba o no un lugar dependerá de cómo sea concebido en el espacio discursivo que van hilvanando las dinámicas sociales, políticas, culturales o económicas de la ciudad.

Así entonces, vivir la ciudad consiste en habitar los lugares, pero, también, en proyectar y reclamar espacios. Ahora bien, la ciudad es compleja porque en sí misma no es única, es el resultado de las múltiples versiones resultantes de ese vivir entre lugares y no-lugares, así: para el mendigo la ciudad es sinónimo de frialdad, hambre, exclusión, vigilancia, oscuridad, abandono y desprecio; para el visitante o turista es aroma, historia, juego de luces, sabores únicos, maraña de vías y caras desconocidas; para quien la ocupa desprevenida e indiferentemente, es selva gris, esfuerzo, incertidumbre, explotación, intercambio, masificación y apilamiento de refugios; mientras que, para quien se atreve a habitarla, di-morar (demorarse) en ella, la ciudad es una constante fundación de mundos, es pólemos, es utopía, es misterio y fascinación, es todo un texto repleto de dinámicas ávidas de ser interpretadas.

Ahora bien, ese habitar la ciudad ha de ser poético, tal como lo describe Lefebvre:

Heidegger ha señalado el camino de esta recuperación del sentido del habitar al comentar la frase olvidada o mal comprendida de Hölderlin: "el hombre vive en poeta". Esto quiere decir que la relación del "ser humano" con la naturaleza y su propia naturaleza, con el "ser" y su propio ser, se sitúa en el habitar, en él se realiza y en él se entiende [...] El ser humano tiene que construir y vivir, es decir, tener una vivienda en la que viva, pero con algo más (o algo menos): su relación con lo posible y con lo imaginario ("La Revolución" 89).

En este horizonte, es menester aclarar que cuando se ha hablado de la ciudad como metáfora de la complejidad no se ha querido decir que ésta es sinónimo de des-orden, es decir, una aglomeración accidental de sin-sentidos. Por el contrario, la ciudad es compleja, precisamente, porque es encuentro y desencuentro de múltiples sentidos que se derivan de ese habitarla -construyendo versiones de ella-. Al considerar, por ejemplo, la carga semántica que tiene el adentro y el afuera para quienes habitan la ciudad, refleja de inmediato como las fronteras -que son espacios construidos-designados en la práctica discursiva- de forma invisible, dividen los lugares, fragmentando el mundo de la vida. Se separan los espacios y clasifican los lugares donde se habita, obedeciendo a unas lógicas o sentidos que revelan una alevosa resistencia a la homogeneidad y que, por ende, van trazando márgenes y abriendo abismos entre los espacios percibidos, concebidos y vividos (cf. Lefebvre, "La producción" 352). La complejidad de la ciudad se evidencia en la pugna cotidiana entre el habitar -su fuerza poética y su riqueza semántica e imaginativa- y el hábitat planificado para imponer un orden social.

La ciudad como hábitat

La ciudad supone a la urbe; de hecho, es el producto de la simbiosis resultante entre la estructura material y la vida y relaciones sociales que acontecen en ese espacio; a esto se le ha denominado, también, como «lo urbano» (Delgado 25), con el propósito de nombrar esa dinámica fluctuante y contingente que tiene lugar en la urbe, mas, también porque dicho concepto revela la forma en que dichas realidades pueden ser objeto de estudio o análisis, de ahí que se hable de una antropología urbana, de una sociología urbana y hasta de una ecología urbana. En efecto, en una somera aproximación a la dinámica de la ciudad, ésta se revela como un campo de relaciones sociales o de interacciones humanas caracterizadas por ser competitivas, fragmentarias, egoístas, espontáneas, intermitentes, microscópicas, fugaces, líquidas, basadas en la heterogeneidad, la hibridación, el juego de máscaras en diversos micro-eventos, pero también en la estructuración de una serie de pautas que garantizan mínimos de convivencia entre un conglomerado de desconocidos, que luchan cada uno por sobrevivir y hacer pervivir sus representaciones de la realidad (étnicas, económicas, religiosas y demás). Este panorama justifica un acercamiento más serio a la ciudad como hábitat y como zoológico.

Entender a la ciudad como un hábitat implica tomarla como un gran organismo que posibilita la vida de otros, esto es, como una disposición de «áreas naturales» o comunidades interactuantes, interdependientes y en constante transformación. Vista la realidad urbana así es inevitable no pensar en ella como un entorno en el cual acontece por excelencia la lucha por la supervivencia, donde se impone el más apto y las asociaciones entre individuos responden precisamente a una estrategia por mantener a ciertos grupos en mejores condiciones de adaptabilidad, dado que la ciudad se revela como un escenario de luchas donde cada uno tendrá que exhibir lo competente que es, en un entorno de constante competencia con otros. Así, las interacciones entre las personas y las instituciones (organismos) parecen caracterizarse como instrumentales, o basadas en intereses personales, que conllevan a relaciones impersonales o superfluas. No obstante, Robert Park, quien fue uno de los pioneros en analizar la ciudad como hábitat desde el enfoque de la ecología humana, aclara que esta primera fase de competencia biótica, donde prima la ley del más fuerte, es sublimada o da paso a formas superiores de vida, donde son protagonistas la comunicación, el consenso, las leyes y las tradiciones sociales:

La competencia opera en la comunidad humana (al igual que lo hace en la comunidad vegetal y animal) para realizar y restaurar el equilibrio comunitario cuando éste es alterado por la aparición de algún factor extraño procedente del exterior o cuando sencillamente sucede en el curso normal de su ciclo de vida. Así, cada crisis inicia un periodo de rápido cambio durante el cual la competencia se intensifica, desembocando en un periodo de equilibrio más o menos estable y en una nueva división del trabajo. De esta forma la competencia crea una condición por la cual es sustituida por la cooperación. Puede decirse que cuando la competencia declina y en la medida en que lo hace, el tipo de orden que llamamos sociedad existe. En resumen, la sociedad, desde un punto de vista ecológico, y en la medida en que se trata de una unidad territorial, es precisamente el área donde la competencia biótica declina y la lucha por la existencia asume formas más sublimadas y superiores (132).

Sin embargo, no es correcto entender dicha sublimación cual si fuera una supresión, en su totalidad, de dicha competencia biótica debido a que la ciudad como hábitat sigue suponiendo diferenciación e individuación, a la vez que se muestra como campo para la dominación y la segregación. Esto se hace evidente al ver la forma en que las comunidades se dividen en zonas: miserables, opulentas, industriales, de guetos étnicos y demás. La ciudad es entonces el resultado de la dimensión biótica sublimada en la organización social y la cultura; en razón de esto, Park afirmará que es un producto de la naturaleza humana o, si se quiere, es la máxima expresión de lo humano en tanto ser natural-cultural:

[La ciudad] es algo más que una aglomeración de individuos y de servicios colectivos: calles, edificios, alumbrado eléctrico, tranvías, teléfonos, etc.: también es algo más que una simple constelación de instituciones y de aparatos administrativos: tribunales, hospitales, escuelas, comisarías y funcionarios civiles de todo tipo. La ciudad es sobre todo un estado de ánimo, un conjunto de costumbres y tradiciones, de actitudes organizadas y de sentimientos inherentes a esas costumbres, que se transmiten mediante dicha tradición. En otras palabras, la ciudad no es simplemente un mecanismo físico y una construcción artificial: está implicada en los procesos vitales de las gentes que la forman; es un producto de la naturaleza y, en particular, de la naturaleza humana (30-31).

En este horizonte, es preciso ver la ciudad como el resultado de la sublimación de la lucha por la competencia, característica fundamental del escenario biótico; así, la ciudad como hábitat opera con la lógica de un gran macro-organismo2 en cuanto que: asimila lo que a simple vista es una lucha individual o egoísta por la existencia, a un gran propósito de supervivencia donde cada intento de uno de los organismos por mantenerse vivo es, inexorablemente, una contribución o una condición de posibilidad para que otros puedan también sobrevivir, gracias a la interrelación o interdependencia que implica la complejidad de ese macro-organismo. En el plano social esta lucha o competencia es sublimada, de ahí que suela llamársele conflicto -y cuando es agravado se le conoce como guerra- y, en este sentido, la supervivencia adquiere un carácter marcadamente económico, expresado cotidianamente en la rivalidad por el poder y el prestigio, la cual empieza a expresarse cuando un organismo le muestra a los otros que es capaz de dominar u ocupar el territorio más privilegiado, al lado de otros tan aptos como él, pero, separado de los demás organismos deficientes. Remarca Park:

Bajo la influencia de una acrecentada competencia, y del aumento de la actividad que implica ésta, toda especie y todo individuo tienden a descubrir en el medio físico vivo el nicho particular en el que pueden sobrevivir y prosperar con la mayor expansibilidad y consistencia posibles, en dependencia necesaria de sus vecinos.

De este modo se establece y se mantiene, dentro del hábitat comunitario, una organización territorial y una división biológica del trabajo. Esto explica, al menos en parte, el hecho de que la comunidad biótica haya sido concebida en ciertas ocasiones como un tipo de superorganismo y otras veces como un tipo de organización económica para la explotación de los recursos naturales de su hábitat (135).

Todos estos análisis de la ciudad como hábitat constituyen lo que se ha denominado, desde tiempos de la escuela de Chicago, como ecología humana, entendida ésta como la ciencia que estudia cómo en la realidad urbana, en tanto área natural: "operan fuerzas que tienden a producir un agrupamiento ordenado y característico de su población y de sus instituciones" (Park 49). De esta forma, la vida de la ciudad es estudiada como quien estudia un entorno biótico o una jungla; en dicho contexto, es evidente que los organismos parecen seguir una especie de principio de cooperación-competitiva3, donde cada quien, al priorizar su supervivencia posibilita la existencia de los demás. Dicho enfoque desde la ecología humana implica una comprensión de la dinámica de la ciudad desde la geografía humana y, por ende, de la economía; ambas ciencias enriquecen la forma como se entiende la constante competencia humana por los recursos y el espacio, tal como sucede con otros organismos como las plantas y los animales no humanos. Se pone de manifiesto entonces como la ciudad contemporánea es una gran selva gris y un medio social, donde la lucha por el sustento va más allá y se torna en conflicto económico que determina la división del trabajo, el nivel de prestigio y, por ende, el disfrute de libertades y el dominio de ciertos lugares vedados a quienes no gozan de suficiente poder en la estructura socio-económica; estos habrán de constituir otra área natural, en territorios vulnerables, en las periferias o zonas marginadas. Sin embargo, el estudio del oikos, palabra que nombra la casa o hábitat humano, pero que también está en la raíz de ecología y de economía, ha de llevar a considerar la forma como el territorio empieza adquirir un sentido de acuerdo a los intereses no solo geográficos -esto es, por su ubicación estratégica debido a que garantiza fácil acceso o cercanía a recursos valiosos-, sino en razón de las dinámicas culturales (étnicas), económicas o de prestigio y hasta religiosas que se empiezan a desarrollar en ciertos lugares; a esto se refiere Anderson cuando afirma:

La idea de que los valores de la tierra son determinados económicamente se limita al espacio utilizado para propósitos de trabajo, pero a menudo los valores sociales se entremeten en el espacio utilizado para propósitos residenciales. Cierta gente se muda si personas de otra raza, nacionalidad, religión o clase social ocupan casas cercanas a la suya, o forman grupos para ahuyentar de las cercanías a tales personas indeseables. Aquí nos enfrentamos con valores sociales que, por lo menos temporalmente, influyen en los valores económicos y el cambio ecológico (151).

De esta manera, ver la ciudad con ojos de ecólogo supone no reducirla a una mera transformación del territorio como objeto de apropiación y explotación para la supervivencia de los organismos (los seres humanos), sino que implica verla como el resultado de esa trama de la vida donde los individuos están en constante conflicto por sobrevivir no solo ellos desde el punto de vista biológico, sino también sus bases representacionales del mundo o ideologías económicas, religiosas, étnicas y demás. Los urbanitas no solo se esfuerzan por competir para subsistir, lo hacen también para lograr ocupar un lugar de prestigio en esa trama de la vida; lo que podría ser el resultado de diversos factores, donde el económico sea, tal vez, el más determinante, debido a que aspectos como el trabajo que se desempeña y, en consecuencia, la clase social a la que se pertenece determinarán qué individuos son aptos y cuáles no. En otras palabras, el criterio económico terminará jugando un papel definitivo a la hora de clasificar a los habitantes de cierto tipo de territorios, que tendrán la particularidad de ser sinónimos de opulencia y orgullo o de estigma y vergüenza. Ahora bien, esta distinción de los organismos y de las áreas naturales que conforman, dominan y ocupan, paradójicamente, no anula la asombrosa simbiosis que supone la ciudad como macro-organismo: los individuos más aptos siempre habrán de necesitar, para sostener o mantener sus condiciones privilegiadas, a aquellos no tan competentes; estos últimos son usados por los primeros para mantener sus condiciones de ventaja en el hábitat. Es así como en las ciudades contemporáneas los inmigrantes y los pobres en general, cuales organismos menos aptos, son usados como mano de obra barata, lo que revela, a todas luces, una asimetría en el principio de cooperación-competitiva, pero, no por eso lo anula; empero, para efectos de analizar el orden biótico, dicho principio es hasta cierto punto inocente en su operatividad, más, cuando se habla de las dinámicas humanas de segregación y humillación, para facilitar la explotación de otras personas dicho principio se torna en perversa-cooperación-competitiva.

En síntesis, la ecología humana ha de ser un método útil a la hora de comprender diversas problemáticas sociales y sus relaciones con el sentido de los espacios o las representaciones que se ponen en disputa en la simbiosis hombre-territorio (hábitat). En términos de Warren Dunham, la ecología humana contribuye harto en el estudio de la ciudad toda vez que lleva a clarificar:

  1. Que las comunidades humanas tienen un cierto carácter orgánico mediante el cual se extienden, cambian y decaen; con cierta probabilidad de que el proceso se repita. Este ciclo constituye un equilibrio dinámico.

  2. Que, en su expansión, tiene lugar un proceso de distribución que ordena y coloca individuos y grupos por su ubicación y ocupación en una zona dada. En la teoría ecológica, la expansión fue una función de competencia, y se ha demostrado que ciertos motivos conscientes operan, a menudo, en la ubicación de las personas.

  3. Que este proceso selectivo crea "zonas naturales" que desarrollan sus propias características y pueden ser delimitadas.

  4. Que cada zona, con sus características particulares, deja su "sello" cultural en la gente que reside en ella, y la afecta en modos numerosos y diversos.

  5. Que este "sello" cultural será registrado en cada zona de frecuencias de numerosos tipos de conducta, aceptable o no, que diferirán de acuerdo con el carácter de la zona (ctd en Anderson 167).

No obstante, para efectos de un análisis de la ciudad contemporánea, habrá que sumarles a todas estas ideas una referencia al papel tan determinante que juega la dinámica económica en la clasificación de los individuos y los territorios. Asunto este último que Park (138), por ejemplo, consideró de forma un tanto ingenua, al creer que el nivel biótico, donde se revela la más cruda competencia entre los individuos, sería sometido a formas superiores (supra-estructura), donde el orden es impuesto por la costumbre, la tradición y la moral como formas que lograrán desincentivar la ley del más fuerte con el fin de conseguir una cooperación más efectiva entre los individuos; por el contrario, lo que ha sucedido es que ese orden biótico ha sido agravado o pervertido aún más por la versión más feroz del sistema económico neoliberal, que se hace carne en prácticas sociales y discursivas cotidianas que terminan configurando una especie de capitalismo asesino. En efecto existe un orden pero no es precisamente el de una moral que promueve el cooperativismo, sino que sacraliza la competencia cruenta y, en razón de esto, incentiva y justifica la función de ciertos «sellos» con que se etiquetan a las personas y a los lugares que habitan y frecuentan.

La ciudad como zoológico humano

Otra perspectiva para comprender la ciudad la ofrece Desmond Morris (5), quien se refiere a ésta como un gran zoológico humano, declarando inexacta la asimilación de la ciudad como una especie de hábitat natural o jungla de asfalto.

El argumento desarrollado sostiene que los animales cuando se hallan en su hábitat normal no manifiestan comportamientos tan sui generis como aquellos evidentes en los habitantes de las urbes. En este sentido, la ciudad como logro del progreso humano ha supuesto muchas consecuencias imprevistas, en tanto impensables en el mundo natural. A propósito de estos comportamientos particulares Morris señala:

En condiciones normales, en sus hábitats naturales, los animales salvajes no se mutilan a sí mismos, no se masturban, atacan a su prole, desarrollan úlceras de estómago, se hacen fetichistas, padecen obesidad, forman parejas homosexuales, ni cometen asesinatos. Todas estas cosas ocurren, no hace falta decirlo, entre los habitantes de las ciudades. ¿Revela, pues, esto, una diferencia básica entre la especie humana y otros animales? A primera vista, así parece. Pero esto es engañoso. También otros animales observan estos tipos de comportamiento en determinadas circunstancias, a saber, cuando se hallan confinados en condiciones antinaturales de cautividad. El animal encerrado en la jaula de un parque zoológico manifiesta todas estas anormalidades que tan familiares nos son por nuestros compañeros humanos. Evidentemente, entonces, la ciudad no es una jungla de asfalto, es un zoo humano (5).

Lo primero que habría que decir sobre esta tesis es que no ha de ser tomada en su sentido absolutamente literal, no es pertinente criticar a partir de casos particulares de la primatología o de la etología en general, pues sería perder de vista el fin hacia donde apunta, esto es, ofrecer una clave original de lectura en torno a la ciudad. Por tanto, haciendo énfasis en el contenido de lo expuesto, es preciso señalar cómo ya no se trata de comparar el hábitat natural humano con el hábitat animal, sino de ver cuánto parecido existe entre quienes habitan la ciudad y los animales en cautiverio. Esto en razón de que el animal humano ya hace mucho tiempo que dejó de vivir en las condiciones naturales, siendo ahora una especie de animal cautivo, pero también de espectador de su propia reclusión. La diferencia, empero, es que mientras los animales de un zoológico fueron cazados por personas que los enjaularon, el animal humano se ha auto-encerrado al poner en operación su inteligencia, el desarrollo técnico y el deseo de satisfacer sus necesidades con absoluta comodidad. La historia humana es entonces el relato de la manera en que los seres humanos han construido zoológicos humanos cada vez más grandes, más complejos y generadores de mayor ansiedad, aburrimiento, estrés, represión y tensión, razón por la cual se halla, cada vez más, en constante peligro de enloquecer.

Sumado a esto, el zoológico humano -o la ciudad- ha sido, asimismo, el resultado de la construcción de una supertribu, esto es, una nueva forma de organización social distinta a la pequeña tribu, donde eran fáciles las vinculaciones a un pequeño grupo de individuos entre quienes se desarrollaba un sentido de obligación moral y de lealtad densa. Esto se explica debido a que, en la medida en que los centros urbanos iban teniendo un crecimiento demográfico desmedido, la forma de vida tribal fue cediendo paso a la conformación de grandes sociedades o supertribus, las cuales supusieron el adelgazamiento de las vinculaciones afectivas y, por ende, de la lealtad entre los miembros, al tiempo que dieron origen a choques cada vez más notables. Asuntos que, sin embargo, se trataron de remediar a través de la imposición de leyes, prohibiciones y sanciones, lo que fue propiciando que el trato con la masa de desconocidos fuera superficial, impersonal, indiferente y atenido a unos mínimos que exigen la ley y las prohibiciones; en esta misma línea, sostiene Morris:

En el sofisticado habitante ciudadano del Imperio Romano podemos ya ver hoy un prototipo del actual miembro de la supertribu. Desarrollando nuestro relato urbano, hemos llegado, con la antigua Roma, a una fase en que la comunidad humana ha crecido de tal modo y alcanza una densidad tal que, zoológicamente hablando, hemos llegado ya a la condición moderna. Cierto que, durante las centurias siguientes, la trama fue espesándose, pero continuó siendo esencialmente la misma. Las muchedumbres se hicieron más densas, las élites se volvieron más selectas, las tecnologías adquirieron un carácter más técnico. Las frustraciones y tensiones de la vida ciudadana aumentaron en intensidad. Los choques supertribales se hicieron más sangrientos. Había demasiadas personas, lo cual significaba que había personas de sobra, personas que se podían dilapidar. A medida que las relaciones humanas, perdidas en la multitud, se hacían más impersonales, la inhumanidad del hombre hacia el hombre aumentaba hasta alcanzar proporciones horribles. Sin embargo, como he dicho antes, una relación impersonal no es una relación biológicamente humana, de modo que esto no resulta sorprendente. Lo sorprendente es que las desmesuradamente hinchadas supertribus hayan podido sobrevivir y, lo que es más, que hayan sobrevivido tan bien. No es esto algo que debamos aceptar simplemente porque nos hallamos en el siglo XX, es algo de lo que debemos maravillarnos. Es un asombroso testimonio de nuestra increíble habilidad, tenacidad y plasticidad como especie (9).

Otras de las consecuencias evidentes de pasar de la tribu a la supertribu y del hábitat natural al confinamiento en zoológicos humanos son: el aislamiento y la soledad; como condiciones propias de la vida de la gente en la ciudad. Paradójicamente, la concentración excesiva de personas no implica que existan entre ellas suficiente cercanía, preocupación auténtica por sus problemas o, por lo menos, un mínimo conocimiento del otro. Actualmente se vive en ciudades tan grandes como las soledades de quienes las habitan. De la vida de la aldea de antaño ya no queda mucho, se vive entre desconocidos, ensimismados, apresurados, ansiosos y tensionados, que no tienen la mínima intención de desarrollar una experiencia de encuentro personal con los otros. En la ciudad contemporánea el animal humano se mueve de una jaula a otra: su casa, su carro o su oficina; mientras observa o escucha a otros como él, también confinados en sus jaulas, cargados de ansiedad y de cierta nostalgia por la vida en el hábitat natural. Como respuesta a esto, tal como acierta en señalarlo Morris, busca otras opciones:

La alternativa que se les ofrece a los buscadores urbanos de espacio es efectuar breves salidas al campo, y lo hacen con gran energía. En hilera interminable, tocándose unos a otros, los coches emprenden la marcha cada fin de semana, y tocándose unos a otros, en hilera interminable, regresan. Pero no importa, se han alejado, han recorrido una extensión más amplia, y, al hacerlo, han continuado la lucha contra la antinatural angostura espacial de la ciudad (16).

Ahora bien, se reitera esta cotidiana experiencia de aislamiento y soledad parece ser directamente proporcional a la aglomeración o densificación de las ciudades; asunto este que termina ocasionando un agravamiento de la tensión debido al precario espacio vital con el que cuenta cada individuo. En este sentido, Morris (16) se refiere a la claustrofobia como un padecimiento al que ha aprendido a resignarse el habitante del zoológico humano; como consecuencia de este constante sentimiento de claustrofobia se han intentado construir parques para que los urbanitas se sientan un poco en un hábitat natural; sin embargo, estos pequeños espacios rellenos de vida vegetal no alcanzan a ser suficientemente convincentes, debido a que el individuo sigue teniendo consciencia de que aún está inmerso en la gran estructura del zoológico, de ahí que se observen rituales parecidos a los de los animales cuando recorren de un lado al otro sus jaulas; esto podría llevar a pensar que no se consigue descargar toda la tensión resultante del cautiverio rutinario.

Conclusión

En definitiva la idea de pensar la ciudad como un gran zoológico humano habitado por una supertribu resulta atractiva si se le sabe tomar como clave de lectura para entender el diagnóstico cotidiano de quienes habitan la ciudad y, por tanto, de las dinámicas sociales en las que se mueven en el día a día. No sería sensato descartar la tesis de la ecología humana, según la cual la ciudad es un hábitat, arguyendo que se opone de forma radical a los argumentos esbozados desde Desmond Morris y su idea de la ciudad como zoo-humano; ambas consideraciones sobre la ciudad han de ser tomadas en su sentido metafórico, reconociendo en ambas, más bien, las realidades sociales a las que apuntan, a saber: primero, la lucha despiadada por la supervivencia, que se ha tornado resignificada en el sistema económico contemporáneo, pero no por eso ha pasado a ser menos perversa, por el contrario, se ha agudizado; segundo, el dominio de ciertos territorios privilegiados por parte de individuos catalogados como aptos, a costa de la segregación, marginación y explotación de otras personas a quienes no se les considera tan competentes en la lucha cruenta por la supervivencia, y que, por tanto, son expulsadas a territorios marcados con el estigma de la precariedad y la vergüenza; tercero, el agravamiento de la tensión, la ansiedad y el aburrimiento, como consecuencias lógicas del confinamiento que se experimenta cotidianamente en la ciudad; cuarto, la naturalización de las relaciones humanas impersonales, instrumentales e inauténticas, debido a la pertenencia a una supertribu donde ya no se espera entre sus miembros vinculaciones afectivas y lealtades densas, sino, por el contrario, un trato superficial basado en unos mínimos contractuales; quinto, resignación ante el constante padecimiento de un sentimiento de soledad y, asimismo, de una especie de claustrofobia, que contrasta con la masificación o el hacinamiento al que se ve sometido el habitante de la ciudad contemporánea.

De esta realidad se desprende el hecho de que las relaciones sociales tomen un carácter de transacción4 y, por tanto, estén basadas en el cálculo y la superficialidad; los individuos se acostumbran a, simplemente, cumplir con lo que toca, porque así lo dice la ley o es lo que todos hacen. Esta particular técnica de «trato» con el otro es una interesante estrategia dada entre los urbanitas para lidiar con la heterogeneidad y la frialdad que supone vivir entre desconocidos. De hecho, como lo señala Simmel: "el fundamento psicológico sobre el que se alza el tipo de individualidades urbanitas es el acrecentamiento de la vida nerviosa que tiene su origen en el rápido e ininterrumpido intercambio de impresiones internas y externas" (247); esta vida nerviosa es el resultado del vivir en el hábitat del cooperativismo competitivo o el zoológico humano de la claustrofobia y la ansiedad; esto es, asimismo, el síntoma de un modus vivendi donde la relaciones entre los individuos son diversas, tímidas, temerosas y frágiles, lo que exige que las personas se experimenten como frívolas como única manera de poder responder ante una realidad donde la gente parece encontrarse solo en la trama de una competencia feroz por los recursos, donde las interacciones se han reducido a mezquinas muestras de cortesía con las cuales se intenta enmascarar un gusto por el narcisismo, dado que el urbanitas de hoy ha llegado a la conclusión de que el narcisismo resulta ser la más eficiente manera vivir en las actuales condiciones sociales; en tal sentido señala Lasch: "el narcisismo es, siendo realistas, la mejor forma de lidiar con las tensiones y ansiedades de la vida moderna. Las actuales condiciones sociales tienden a hacer aflorar rasgos narcisistas que están presentes en mayor o menor grado en cada uno de nosotros" (74).

El individuo que habita la ciudad contemporánea posee entonces, desde esta perspectiva, una tendencia a atomizarse y crear vinculaciones cada vez más funcionales. Esto se debe a que el mismo contexto de la ciudad supone un estilo de vida caracterizado por el afán, el ir siempre de paso, con indiferencia frente a la muchedumbre y sus problemas, lo cual no posibilita el reconocimiento del otro más allá de una máscara o una realidad lisa a la que se ha de esquivar; así, los centros urbanos de hoy se convierten en una particular incubadora de narcisistas, en tanto que el trato con los otros exige de cada uno un justificado individualismo y aislamiento. Toda esta realidad, va configurando una vida nerviosa, esto es, llena de ansiedad, insatisfacción, indiferencia y miedo hacia el otro, como resultado del creciente "analfabetismo moral" (Bauman 98), que se manifiesta en la torpeza o, en caso extremo, la incapacidad de manejar la presencia del otro, sobre todo cuando éste desborda el mero ámbito de la reglamentación o el control de los códigos, de ahí la evasión del rostro y la mirada del otro, la fuga o el simulacro de desatención ante la tragedia ajena.

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Como citar en MLA: Girado Sierra, Jesús David. "La ciudad: ¿Hábitat o zoológico humano?". Escritos 26.57 (2018): 389-406. http://dx.doi.org/10.18566/escr.v26n57.a07

1Henri Lefebvre, desde una posición distinta a la de Augé (83), introdujo una clave de lectura tríadica del espacio, sobre todo en lo que él llama el contexto del neocapitalismo, intentando mostrar cómo existe una práctica espacial, una representación del espacio y un espacio de representación. En otras palabras, en la relación hombre-espacio aparecen tres momentos o experiencias interconectadas: lo percibido, lo concebido y lo vivido (cf. La producción 97-104). Ofrece también un interesante análisis sobre lo que él denomina espacio social, concepto a partir del cual aborda el espacio como una no-cosa o como conjunto de relaciones entre los objetos, la producción y los individuos -como fuerza de producción- (cf. La producción 125-216).

2El fenómeno biótico de competencia, interrelación e interdependencia de los organismos (plantas, animales y humanos) para garantizarse entre ellos la supervivencia es referenciado por Robert Park como trama de la vida: "Estas manifestaciones de un orden viviente, mutable pero persistente entre organismos competidores -organismos que presentan «intereses conflictivos pero relacionados»- proporcionan al parecer la base para una concepción del orden social que transciende la especie particular, y de una sociedad fundada sobre una base biótica más que sobre una base cultural, una concepción desarrollada más tarde por la ecología vegetal y animal" (129).

3Este concepto es determinante a la hora de entender el análisis de la ciudad desde el enfoque de la ecología urbana, por parte de Robert Park, debido a que lo usa para designar un principio darwiniano aplicado desde la sociología al mundo natural, para explicar la forma en que los organismos están tan interrelacionados que al intentar competir por su propia existencia contribuyen a la supervivencia de otras especies. Señala Park: "Es interesante observar que fue la aplicación de un principio sociológico a la vida orgánica -en concreto, el principio de la cooperación competitiva- lo que proporcionó a Darwin la clave original para la formulación de su teoría de la evolución" (128).

4De acuerdo con Georg Simmel, la vida urbana está sustancialmente condicionada por la racionalidad económica, a tal punto que las interacciones entre las personas están caracterizadas por el cálculo, la individualización, la ventaja y, en definitiva, por un modus vivendi que privilegia la racionalidad sobre la emocionalidad: "la puntualidad, calculabilidad y exactitud que las complicaciones y el ensanchamiento de la vida urbana le imponen a la fuerza, no sólo están en la más estrecha conexión con su carácter económico-monetarista e intelectualista, sino que deben también colorear los contenidos de la vida y favorecer la exclusión de aquellos rasgos esenciales e impulsos irracionales, instintivos, soberanos, que quieren determinar desde sí la forma vital, en lugar de recibirla como una forma general, esquemáticamente precisada desde fuera. Si bien no son en modo alguno imposibles en la ciudad las formas soberanas, sí son, sin embargo, contrapuestas a su tipo" (251)

Recibido: 19 de Enero de 2018; Aprobado: 31 de Julio de 2018

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