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Escritos

versión impresa ISSN 0120-1263

Escritos - Fac. Filos. Let. Univ. Pontif. Bolivar. vol.26 no.57 Bogotá jul./dic. 2018

http://dx.doi.org/10.18566/escr.v26n57.a09 

Reseña

Esparza, Nicolás, Repensando a J. Piaget. Una crítica a sus fundamentos filosóficos desde A. Millan Puelles, Madrid, Editorial Académica Española, 2017, 293 pp.

Gustavo Esparza 1  

1 Doctor en Ciencias Sociales y Humanidades por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, México. Profesor investigador del Departamento de Humanidades de la Universidad Panamericana, Campus Aguascalientes. Adscrito a la línea de investigación: Mito, conocimiento y acción de la misma institución. http://dx.doi.org/10.18566/escr.v26n57.a09 Correo electrónico: gaesparza@up.edu.mx ORCID: 0000-0003-0596-2519

Jean Piaget, biólogo suizo, fue reconocido mundialmente por sus trabajos sobre los procesos evolutivos de los niños, a través de los cuales se describe el modo en que se gesta la adaptación por asimilación y la acomodación circularidad a lo largo de la infancia; en concreto, por exponer los modos en que ocurre la génesis psicológica del conocimiento. Buena parte de sus postulados se consideraron como fundamento para el desarrollo de una «Pedagogía constructivista», la cual fundamentó distintos modelos curriculares en Hispanoamérica. Si bien es que esta teoría en la actualidad ha sido, sino superada, intercambiada por un modelo centrado en los «saberes para la vida», ello no implicó que su desplazamiento obedeciera a una evaluación exhaustiva que demostrara la inviabilidad del modelo o los fundamentos piagetanos; el desuso, entonces, obedeció a un «cambio» de paradigma, en lugar de a un agotamiento o refutamiento de los principios psicológico-pedagógicos que constituían el modelo psicogenético del ginebrino.

Aunque la teoría de Piaget, hoy en día, cuenta con una evaluación suficiente que permita señalar sus excesos y deficiencias aplicables al ámbito pedagógico, la presente obra que se reseña, aun así, tiene la virtud de recolocar el debate en el centro de esa deficiencia y en torno a la validez de un pensamiento que influyó hondamente en la educación escolar, así como en distintos modelos de investigación psicológica. La tesis del autor es clara: «presenta[r] una crítica a los fundamentos filosóficos del constructivismo e investiga[r], en consonancia con lo anterior, el lugar de la filosofía, en la obra de Jean Piaget» (p. 13). A partir de este planteo, el texto se propone colocar la discusión psicológica en un nuevo terreno: 1) demostrar que la psicogenética constructivista de Piaget no puede entenderse como una variante del estructuralismo francés, sino como una obra que, de modo inconsciente hunde sus raíces en la Crítica de la razón pura de Kant; 2) que todo el andamiaje psicológico piagetano, se acompaña de un asistemático progreso filosófico que puede caracterizarse como (a) evaluación crítica de la filosofía contemporánea (Fenomenología, Existencialismo, Hermenéutica, Analítica), (b) hermenéutica de la (filosofía) de la ciencia y (c) posicionarse como un post-kantianismo psicológico; 3) esta evolución previamente descrita, sin embargo, se desarrollará bajo el cariz de dos acentos: (i) en el contexto de una marcada y abierta crítica a la Filosofía y sus posibilidades como Ciencia exacta, pero (ii) de un modo inconsciente.

Nicolás Esparza, a lo largo del primer capítulo (pp. 29-129), muestra que Piaget, en tanto que biólogo, se interesó más por la metodología psicológica al considerar que la filosófica carecía de un procedimiento centrado en la lógica y basado en evidencias comprobables de modo experimental. Sin embargo, Esparza hará notar que el grueso de los postulados psicogenéticos, son categorías epistemológicas que se proponen describir la evolución psicogenética del niño. Es decir, las etapas evolutivas que hoy en día conocemos (sensorio-motora, pre-operacional, etcétera), se establecen como las formas puras "a priori"de la evolución cognitiva, de tal modo que, el conjunto de resultados y alcances psicológicos del ginebrino, bien pueden entenderse como una reinterpretación de las formas puras "a priori" propuestas por Kant. A diferencia del filósofo de Konigsberg quien establecía el espacio y el tiempo como las condiciones de posibilidad de los fenómenos empíricos, para Piaget, uno y otro se traducirán como «adaptación por asimilación» (espacio) y «acomodación en circularidad» (tiempo), siendo la «evolución por etapas» el principio trascendental rector que cohesiona el conjunto de todas las experiencias; en lugar de asumir el "yo trascendental" kantiano que configura el grueso de experiencias en una unidad común, Piaget propondrá una "evolución psicológica" que hace al sujeto el constructor del conocer. En términos generales, estos son los resultados del primer capítulo.

El capítulo segundo (pp.131-224), sitúa como objetivo particular el estudio de la obra Teoría del objeto puro del filósofo español Antonio Millán-Puelles, con la cual se pretende elaborar una crítica al «idealismo en general y de Kant en especial» (p. 131). Esta sección se aboca a un análisis taxonómico de la naturaleza del objeto puro. Por tal se entiende aquella condición de la conciencia que intencionalmente es capaz de aprehender un dato «real», así como el conjunto de posibilidades que, sin ser reales, se perciben como propias de la cosa percibida (irrealidad). El objeto puro, entonces, no es el resultado del acto de aprehensión de la realidad, sino que se refiere tanto a la posibilidad y condición de "realidad" como al acto mismo de aprehender la irrealidad (las posibilidades) del acto perceptivo; esta característica del objeto es definida como «transobjetual» (posibilidad de existencia de aquello aprehendido fuera de la conciencia). La importancia de este postulado es central para la construcción de la crítica a Piaget; si el objeto no es construido por el sujeto, sino sólo captado y comparado con ciertos posibles escenarios, entonces, la postulación de categorías generales de operación (etapas evolutivas), pierden significado porque el desarrollo humano no se encuentra en la sujeción del sujeto al objeto, sino en la existencia independiente, pero no excluyente, del «ser humano» (en cuanto sujeto) y de la realidad (en cuanto objeto).

De este modo, Nicolás Esparza elaborará una taxonomía del objeto puro. Acotando el análisis se advierten las siguientes posibilidades: (1) en cuanto al carácter temporal del objeto será pasado, presente o futuro; (2) en cuanto a su cualidad será existente, inexistente, posible, imposible o imaginado; (3) en cuanto su extensión será real o irreal; en cuanto a las operaciones psicológicas de vinculación se tiene lo sensible, lo consciente y lo inconsciente. Como se aprecia, en este punto se suspende momentáneamente el dialogo con Piaget, pero se logra una matriz evaluativa para contrastar la teoría del ginebrino.

El documento plantea que, si bien el conocimiento se caracteriza por la relación psicológica entre el sujeto y el objeto, la distinción del objeto como aquello ónticamente opuesto al sujeto (más no excluyente), permite situar a la constructividad del conocimiento como uno de los escenarios posibles, sin por ello operar como su nota esencial. El acto del conocimiento no agota la naturaleza del objeto, ni mucho menos la del sujeto, por lo que la interacción entre la realidad y el ser humano, se mantienen en el marco de una existencia en la que el ser opera (existe). Así, entonces, para Nicolás Esparza, la tesis del conocimiento como «representación» (léase, construcción), no abarca el total de relaciones posibles del sujeto con el objeto, siendo esta forma de vinculación (constructiva), una de las múltiples posibilidades de relación entre el ser que es consciente y aquello de lo que se puede ser consciente; el constructivismo, por tanto, atenta contra la transobjetualidad del objeto, al considerar que éste se reduce a operar como mera representación del sujeto.

El capítulo tercero (pp. 225-264) sintetiza los alcances de los capítulos previos y específica lo que parecía claro: el constructivismo piagetano, en cuanto idealismo crítico, estipula que el conocimiento es comprensible sólo como representación. Nicolás Esparza, en este punto, hilvana una matriz general de evaluación que permite mostrar que: (1) Piaget, al reducirse al método natural de la biología como modelo de investigación psicológica, evita una discusión sobre la «naturaleza» (esencia) del conocimiento y, como consecuencia -por un acto dogmático- lo traduce como un proceso de adaptación y equilibración orgánica de un «sujeto» al entorno espacial inmediato. (2) A pesar de que la teoría constructivista se apoya de «evidencia medible y demostrable», las «hipótesis» que se propone demostrar (o refutar) el ginebrino, identifican (y acotan) al conocimiento como una reacción orgánica ante los estímulos del medio, de tal forma que las evidencias y observaciones experimentales no podrán apuntalar o evidenciar a una naturaleza distinta a la considerada por la propia hipótesis (definición) inicial. (3) El marco metodológico kantiano asumido por Piaget, al no considerar todas las relaciones posibles entre el objeto y el sujeto, no resiste las críticas que Nicolás Esparza realiza desde la Teoría del objeto puro; en este punto, el autor remarca que, frente al problema de una adopción inconsciente (y su negación infructuosa sistemática), no es posible una fuga hacia una metodología psicológica para evitar la crítica filosófica, por ello, el autor sentencia: «la teoría constructivista de Piaget no está dirigida a las cosas, sino al pensar» (p. 264).

Las conclusiones del libro recuperan y resaltan los resultados hasta aquí expuestos. La deficiencia de Piaget no está en haber desarrollado una teoría psicogenética de la inteligencia, sino en haber supuesto que las hipótesis exclusivamente científicas podían abarcar el grueso de la realidad, las múltiples relaciones posibles con el sujeto y, de paso, definir la naturaleza del ser humano. Por ello, Nicolás Esparza finaliza del mismo modo que el capítulo previo: Piaget no se dirigió a las cosas, sino al pensamiento sobre ellas.

Antes de finalizar establezco una consideración de corte personal. Si el conjunto del libro se propuso señalar las relaciones entre Piaget y Kant ¿no era necesario desarrollar un capítulo al respecto? Como lector, la necesidad de conocer de primera mano tales relaciones, hubiera permitido acentuar los fundamentos kantianos del biólogo ginebrino y a partir de allí el libro, me parece, habría cristalizado la crítica que se proponía impulsar. Considero que una relectura psicológica de la Crítica de la razón pura, contribuye al dialogo interdisciplinario entre ciencias, como, por ejemplo, ya lo hizo el neokantismo de la Escuela de Marburgo de la mano de Cohen (La teoría de la experiencia en Kant), Natorp (Psicología general según el método crítico) y Cassirer (Fenomenología del conocimiento). Sin embargo, entiendo que la respuesta a esta petición se solventa del mismo modo en que Heracles resolvió la tarea de luchar contra la Hidra de Lerna; mientras que el héroe griego frenó la aparición de frentes quemando de raíz el tronco del cuello del dragón, Nicolás Esparza logra ajustarse a una línea clara al ceñirse a su objetivo inicial trazado en la introducción. Esta acción resalta una virtud de la obra, la necesidad de explorar las futuras investigaciones sobre este tema para continuar con este dialogo, al tiempo que se convierte en una invitación para que el interesado siga repensando a Piaget.

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