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Cuestiones Teológicas

Print version ISSN 0120-131X

Cuest. teol. vol.39 no.91 Bogotá Jan./June 2012

 

RENOVACIÓN TEOLÓGICA DESDE LA EXPERIENCIA ORIGINARIA


En los últimos años se ha venido desarrollando una renovada reflexión teológica en la Iglesia católica. Esta renovación de la reflexión trata de responder a las críticas que se le hacen a la teología por parte de pensadores críticos como los llamados maestros de la sospecha y a la insuficiencia de un pensamiento teológico ahistórico y abstracto. Se hicieron búsquedas en el campo de la teología de la secularización, teología de la muerte de Dios o teología del compromiso social, búsquedas que convocaron los esfuerzos de exégetas, teólogos y filósofos, pero que no llegaron al núcleo del asunto y se disolvieron poco a poco. Marcaron un camino pero no llegaron al punto preciso que esperaba la Iglesia, pues rendían las banderas ante el proceso de secularización u olvidaban el fundamento de la teología que debe ser Jesucristo.

Sin embargo, había una línea reflexiva de la primera mitad del siglo XX que permaneció en el fondo de los deseos de todos: el regreso a las fuentes. Quizás un retorno al cristianismo primitivo y a los primeros siglos de la Iglesia, todavía unida, podría indicar una vía de salida al embrollo. El Concilio Vaticano II promueve esa idea fuerte con sus peritos, sus discusiones y sus documentos. Este volver a las fuentes no era sólo hacer lo que hacía la Iglesia primitiva sino volver a lo más originario del cristianismo. Esto más originario del cristianismo era la experiencia de Dios en Jesucristo, experiencia que se contagiaba por el testimonio. Desde el pontificado de Juan Pablo II se buscaba reafirmar esa identidad propia del cristianismo con la respuesta a la pregunta: ¿cuál es la nota propia y característica del cristianismo?

Entre los resultados, queridos o no, del Concilio Vaticano II, estuvo la aparición de la pluralidad religiosa, ideológica y política que se entendió como relativización de la verdad. "La verdad está en todas partes" parecía ser el slogan de moda y se corrió el riesgo de secularización de la misión de la Iglesia y se hizo de ella una especie de organismo o agencia internacional de desarrollo. No era mayor la diferencia entre la labor de las Organizaciones No Gubernamentales -ONG's- y la de la Iglesia en el campo social. La labor misionera se debilitó y algunos teólogos pensaban que la misión evangelizadora ya era cosa del pasado y que la Iglesia debía preocuparse por ayudar a calmar el problema de la pobreza en el mundo. Por su parte, la teología de la liberación cayó en un compromiso sin experiencia de fe, lo que hizo de la labor social cristiana un simple trabajo social y político. El papel de Juan Pablo II consistió en volver a pensar la identidad de la Iglesia. La gran preocupación de este Papa era responder a la pregunta sobre la esencia del cristianismo. Ser cristiano implica una diferencia con las demás opciones religiosas o ideológicas, y esto se debe mostrar en el campo de la acción cristiana. Recuperar el orgullo de ser cristiano fue la tarea emprendida en un mundo en el que no se hablaba ya de cristianismo sino de compromiso social. Recuperar la perspectiva de la fe ante una avalancha secularista y devolver a los cristianos lo específico de su tarea. Pero no es la búsqueda de una identidad exclusivista o segregacionista, sino la búsqueda de una identidad que se abra a los seres humanos como propuesta y como esperanza.

El Papa Ratzinger recoge las banderas de su predecesor y propone volver a lo fundamental. ¿Cuál es la experiencia que sirve de base para la fe cristiana y que define su compromiso caritativo? El Papa responde a esta pregunta cuando sugiere volver a lo original del cristianismo como experiencia mística de Dios, de la que brotan los compromisos éticos. Con una visión agustiniana, el Papa insiste en la experiencia de fe como inicio, fuente y fuerza del trabajo de la Doctrina Social de la Iglesia -DSI-. Lo original de un don entregado y recibido en libertad es el eje de toda donación y de toda interdonación. La fe es una donación de amor y quien tiene esa experiencia la comunica. Sin ella no puede haber ética social, es decir, la ética debe ser de interdonación y de testimonio. Posteriormente, el Documento de Aparecida asume esta orientación y hace que la categoría experiencia-testimonio se convierta en la clave para entender y dirigir la labor de la Iglesia en América Latina.

Esa experiencia- testimonio, que es lo esencial del cristianismo, es la categoría que sirve para hacer teología hoy. Es Dios que se da en la Revelación y es el testimonio del amor experimentado en esa revelación. Esta categoría incluye la experiencia vivida, transmitida y reflexionada dentro de la comunidad eclesial. Incluye la historia en la que se vive y se comprende el misterio del amor. Esta es una categoría ontológica y teológica para entender lo que es el hombre, su tarea y su compromiso ético. Permite, además, pensar en el diálogo con otras religiones y filosofías que estén abiertas a la posibilidad de un hombre pobre que se construye con la gracia de la trascendencia.

Esa fuente originaria y originante se expresa, interpreta y analiza a través de la tradición y del Magisterio eclesial, en cuanto éstos legitiman las respuestas que cada generación de cristianos da al llamado divino. Tradición y Magisterio son la historia de la respuesta a Dios y son, por tanto, la memoria de la Iglesia. Allí se encuentran los retos y desafíos que ha tenido el pueblo cristiano y la forma como se ha respondido a lo largo de los siglos. Esta memoria es normativa porque indica criterios que evitan a la comunidad actual salirse del camino señalado por el caminar histórico de la Iglesia. El seguimiento de la memoria genera legitimidad y autenticidad, pero urge también la creatividad para nuevos tiempos y desafíos.

De ahí que los artículos que se presentan en este número de la Revista aportan elementos y materiales en este sentido: volver a hacer teología a partir de esa narración inmensa e histórica de la acción de Dios que es la Sagrada Escritura, a unir la teología y la escritura en la confección de la teología, descubrir cómo en las culturas indígenas ya hay semillas del Verbo, repensar la labor de las universidades católicas como lugares de la experiencia y el testimonio, encontrar en la corporeidad y la inmanencia los signos de la presencia del Dios que habla al hombre en su propio interior, mirar las múltiples reflexiones que se han hecho sobre la vida de los hombres y mujeres.

Se presenta así una línea de reflexión teológica que debería marcar, y marca, la reflexión teológica de nuestra Escuela de Teología, Filosofía y Humanidades: una revelación plena del amor de Dios en Jesucristo que convoca una proclamación y una ética que ayude a resolver los problemas actuales del mundo desde una teología cristiana renovada en la experiencia-testimonio originante del amor.

Carlos Arboleda Mora, Ph,D.