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Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura

Print version ISSN 0120-2456

Anu. colomb. hist. soc. cult. vol.38 no.2 Bogotá July/Dec. 2011

 

Cuerpos, honras fúnebres y corazones en la
formación de la República colombiana

Bodies, Funeral Honors, and Hearts in the
Formation of the Colombian Republic

PABLO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ
Universidad Nacional de Colombia
Bogotá, Colombia
perodriguezj@unal.edu.co

Artículo de investigación.
Recepción: 31 de mayo de 2011. Aprobación: 1.o de agosto de 2012.


RESUMEN

Este escrito analiza la importancia que las honras fúnebres tributadas a los héroes de la Independencia tuvieron en la formación de la cultura republicana. Con base en el estudio de algunos casos, se enseña un hecho excepcional, la veneración a sus corazones. Cuerpos y reliquias sirvieron para enriquecer la memoria y el sentimiento patriótico. Todo el ritual funerario, las misas y las oraciones, tuvieron el claro propósito de unir a la nación y de curar las heridas del pasado.

Palabras clave: Colombia, corazones, héroes, honras fúnebres, memoria, República, Venezuela.


ABSTRACT

This paper analyzes the importance that the funeral honors paid to the heroes of Independence had in shaping republican culture. On the basis of some case studies, it highlights an exceptional situation: the veneration of the heroes ' hearts. Bodies and relics served to enhance memory and patriotic sentiment. The clear purpose of funeral rituals, Masses, and prayers was to unite the nation and heal the wounds of the past.

Key words: Colombia, funeral honors, hearts, heroes, memory, Republic, Venezuela.


Introducción

LOS FUNERALES DE los próceres de la patria constituyeron eventos determinantes en la afirmación de las repúblicas latinoamericanas. Ellos concitaron la unidad y la concordia, como si transmutaran en un bálsamo que podía conciliar los odios partidistas. El esplendor y magnificencia del ceremonial mortuorio era una demostración de gratitud y reconocimiento a quien había entregado todo por la independencia del país. Pero también era una expresión esperanzadora del futuro de la nación. Las honras funerarias fueron momentos importantes en la construcción de los mitos heroicos, y, en muchos casos, su inicio. No fueron eventos privados ni discretos. Todo lo contrario, se trató de festejos públicos, que contaron con la presencia de todas las autoridades, estamentos y grupos sociales. Era como si la patria entera se reuniera para rendir un último adiós a sus héroes fundadores. La solemnidad del cortejo que acompañaba el féretro y recorría las calles de la capital, o de alguna otra ciudad, rumbo al cementerio era un efectivo sentimiento de pérdida. Finalmente, las palabras de los oradores eran una rememoración de una vida, y con ella, de la historia que había dado origen a la nueva nación.

Una observación incluso somera a los funerales patrióticos, como lo hacemos en este estudio, permite advertir diversidad de aspectos de la manera como se construyeron las tradiciones y la memoria republicana. En primer lugar constatamos la importancia de la religión católica, pues todos estos actos estuvieron tutelados por las autoridades eclesiásticas. No solo porque los ritos esenciales se hacían en las iglesias y catedrales, sino porque los gobernantes del Estado casi se veían supeditados a los religiosos. Lo cual confirma, en el caso colombiano, que el pacto Estado-Iglesia se conservó en la República de manera casi inalterada. Habría que agregar que todos los entierros, con excepción del de Francisco de Paula Santander, se hicieron a la manera colonial, en las bóvedas de las iglesias. En segundo lugar, estos eventos intentaron ser demostraciones de pedagogía republicana, en la que valores como el orden, la ciudadanía, la civilidad, la nobleza y el sentido de patria eran promulgados.1 En este sentido podríamos decir que no fueron ceremonias neutras, carentes de un propósito y un interés político. Uno, muy importante, fue sellar las diferencias, calmar los espíritus partidistas, para, en el momento, formular un nuevo derrotero nacional.2

Todavía más, la República en su intento de perpetuar la memoria de los héroes, de resaltar su condición mítica, acogió la veneración de las reliquias. La conservación de partes del cuerpo de gobernantes y revolucionarios ha tenido una amplia historia en Latinoamérica.3 En este caso nos ha interesado analizar algunos casos de custodia y honras fúnebres de corazones de patriotas. Hecho casi desconocido, la conservación de los corazones de los héroes, de una profunda tradición histórica, fue reactivado en la República. Procedimiento en el que, no cabe duda, de nuevo el significado religioso es inocultable. Su simbología remite al significado del corazón como recinto de los más excelsos valores humanos. Pero, paradójicamente, luego del fervor y entusiasmo por la exaltación de esta pieza "sagrada", con el tiempo corrieron azarosos destinos.

El presente ensayo intenta comentar y explicar el significado de algunos de los más importantes ceremoniales rendidos a los héroes de la patria. Tanto sus cuerpos como sus corazones constituían piezas que condensaban el imaginario patriótico, lo cual no pasaba desapercibido para los gobiernos republicanos. Este elemento, como el fastuoso teatro ceremonial con el que se les rendía culto, merece ser integrado a nuestra comprensión de la cultura republicana.

Funerales patrióticos

No cabe duda de que las dos ceremonias fúnebres más trascendentales de la República colombiana fueron las de sus dos más importantes líderes: Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander. El primero presidente y el segundo vicepresidente de la Gran Colombia durante casi una década. Unidos durante muchos años y después acérrimos enemigos, los dos constituyeron las figuras más representativas de tendencias en la formación de la República. Decepcionado por el fracaso del proyecto grancolombiano, Simón Bolívar abandonó Bogotá rumbo a Europa. No obstante, en el trayecto su salud se aminoró y cuando arribó a Santa Marta, el 1.o de diciembre de 1830, se encontraba demasiado enfermo. A la ciudad fue conducido en una silla de manos pues no podía caminar. Buscando un mejor clima aceptó alojarse en la Quinta de San Pedro. Aunque en los primeros días tuvo una leve mejoría, el 17 de diciembre a la 1 de la tarde el general Simón Bolívar, libertador de cinco naciones, falleció víctima de una tuberculosis crónica.

Previendo su deceso Bolívar redactó un testamento, en el que en la décima cláusula pedía que su cuerpo fuera trasladado y enterrado en Caracas, su ciudad natal.4 Sin embargo, de momento, Bolívar fue enterrado en la catedral de Santa Marta. Luego de su muerte su cuerpo fue embalsamado y vestido por el Dr. Reverend, quien lo cuidó en los días de su quebranto. De la Quinta de San Pedro, el féretro fue llevado a Santa Marta y depositado en la casa del Consulado. Durante el recorrido, la carroza con el cuerpo del general fue escoltado por militares a caballo. La noticia de la muerte de Bolívar se había extendido entre la población, que acudió a ver el paso del cortejo fúnebre. Mientras tanto las campanas de las iglesias repicaban y en el fuerte se disparaban cañonazos. Una vez instalado en el Consulado se permitió la visita de los pobladores. Gentes de todas las condiciones y calidades acudieron de día y de noche a manifestar su pesar por la muerte del general. De momento parecía como si aquel ruego que el general hiciera en sus últimos días, pidiendo que su muerte sirviera para calmar los ánimos pendencieros entre los patriotas, tuviera efecto.

El sepelio fue acordado para el día 20 en la catedral. La procesión que conducía el cuerpo del general salió a las 5 de la tarde. El cortejo, acompañado de distintos escuadrones de milicias, iba encabezado por las autoridades de la gobernación y el municipio. Asimismo, una banda de música ejecutaba "la música más triste" y un grupo de religiosos entonaba distintos cantos fúnebres. Una vez arribados a la catedral, el ataúd fue colocado en un túmulo preparado con algunos adornos. Es presumible imaginar que además del oficio religioso hubo algunas palabras de reconocimiento al Libertador. Lo que sí se sabe con certeza es que en aquellos momentos las compañías militares destacadas en la ciudad hicieron varias descargas al aire. Después de esto, el féretro que contenía los restos del general fue depositado en una bóveda "principal". Allí permanecieron los restos de Simón Bolívar hasta 1842, cuando una gestión diplomática venezolana ante el gobierno colombiano permitió su traslado a Caracas. A pesar de los rasgos solemnes del sepelio del general, no deja de llamar la atención la extrema austeridad con la que fue llevado a cabo. El propio secretario de la Comandancia, quien relató el funeral, se dolió de que debido a la falta de tropa y recursos no hubieran podido tributar unas honras como la dignidad y el rango de Bolívar lo merecían. Y aún cabe recordar la queja del Dr. Reverend cuando en el momento de vestir el cuerpo del general le fue entregada una camisa rota. Gracias a su protesta, Bolívar fue vestido con ropa decente, suministrada por el general Laurencio Silva, uno de sus fieles seguidores.5

La noticia de la muerte del general Bolívar pronto se difundió en el país y en el mundo. En muchas partes sus seguidores promovieron ceremonias en su memoria. El propio Rafael Urdaneta, presidente encargado del Estado colombiano decretó un mes de luto nacional para que en todas las ciudades se realizaran actos de gratitud y rememoración del Libertador. Y, de manera especial, convocaba a que dichas ceremonias sirvieran para curar las heridas y encontrar la concordia entre los colombianos. En Bogotá las honras fúnebres se realizaron el 10 de febrero, cuando se terminaba el mes decretado por el gobierno. En aquella mañana un grupo de militares a pie y a caballo acompañaron una carroza enlutada con las iniciales de Simón Bolívar. Dicho cortejo, que se dirigía a la catedral, era seguido por todos los cuerpos civiles y eclesiásticos. La catedral, asimismo, había sido engalanada para la ceremonia. En su centro se había puesto una mesa con un retrato del general, su uniforme, sombrero, bastón y espada. Además de varios mapas y objetos científicos que simbolizaban "la estrategia". A esto se sumaron varias alegorías, sonetos y epitafios que adornaron las paredes.6 Aunque más pomposo fue el que se le rindió en Cartagena el 17 de enero de 1831. Toda la catedral fue puesta de luto y en su centro se construyó un gran obelisco de cuarenta y cinco pies de altura. En la base de esta estructura se colocó un retrato de Bolívar, realizado por el pintor italiano Antonio Meucci, junto a la bandera tricolor. Parte importante del obelisco fue la composición simbólica que la decoraba. Las figuras de la libertad y la independencia aparecían unidas a la Corona y el león de España por unas cadenas rotas. Sobre el retrato de Bolívar estaba un orbe y a sus pies una representación de América y de la religión.

Todo este conjunto estaba acompañado de trofeos militares y de banderas de todas las naciones de los Estados americanos, además de las de Inglaterra y Francia. Aquel día a las 5 de la tarde una nutrida concurrencia de cartageneros, todos vestidos de luto, rindieron homenaje al Libertador. Una sentida homilía y una oración que recordó sus triunfos militares y sus anhelos de libertad fueron los eventos que exaltaron la memoria del héroe. Pero aún, hasta las 10 de la noche, cuando se cerraron las puertas de la catedral, grupos de vecinos querían acercarse al monumento y expresar su sentimiento por la muerte de tan insigne patriota.

Las contrariedades políticas y militares que vivieron tanto Colombia como Venezuela hicieron que se postergara hasta el año de 1842 el traslado de los restos del Libertador a Caracas, como fue su postrer deseo. Correspondió al general Pedro Alcántara Herrán aprobar la solicitud del gobierno venezolano para llevar a cabo dicho procedimiento. Para coordinar dicha gestión fue nombrado el general Joaquín Posada Gutiérrez, entonces gobernador del estado de Santa Marta.7 El 16 de noviembre arribaron a la bahía de Santa Marta los buques Constitución y Caracas, que transportaban a la comisión venezolana. Además les servían de escolta el bergantín Albatros, de nacionalidad británica, el bergantín Venus, de nacionalidad holandesa, y la fragata francesa de nombre Cirsé. La comisión venezolana estaba conformada por varias personas de elevado rango, entre ellas el Dr. José María Vargas, expresidente de Venezuela. Luego de una recepción protocolaria la comisión fue alojada en casa del Sr. Joaquín de Mier.

La exhumación de los restos del Libertador se llevó a cabo el día 20 de noviembre. A ella asistieron las comisiones de los dos gobiernos, las autoridades locales, las representaciones consulares, las autoridades religiosas e innumerables vecinos. Después de que el Dr. Reverend confirmó los restos de Simón Bolívar, el gobernador procedió a obsequiar a distintas personas pedazos de madera del ataúd. Especies de reliquias del que ya entonces era llamado Padre de la Patria. Los restos del general fueron puestos en una urna, a la que le rindieron distintas ceremonias, religiosas y civiles. Al atardecer del día 21 partió una procesión con los restos del Libertador hacia la playa de Santa Bárbara. Allí se hizo la entrega protocolaria a la comisión venezolana. El recorrido fue solemne, con asistencia de muchas personas y toque de campanas. Ante la comisión venezolana y los demás asistentes, Posada Gutiérrez dio un emotivo discurso en el que destacó el dolor que significaba para Colombia desprenderse de los restos del hombre que más hizo por la independencia de la patria. Colombia de luto, sin embargo, veía apagar las pasiones para rendir homenaje al "Gran Caudillo de los Libertadores". Y entre gemidos concluyó: "Tomad, señores, el precioso tesoro que buscáis; llévalo a esa tierra privilegiada por el ocaso; y sabed y sepa ella, que solo el respeto que el gobierno y el pueblo granadino tienen a la última voluntad del héroe, es la única fuerza capaz de hacer a la Nueva Granada resignarse al sacrificio".8 En la mañana del día siguiente los buques levaron ancla y partieron hacia Venezuela, mientras en la playa grupos de samarios "agitaban sus sombreros y sus pañuelos" en señal de despedida.9

Durante la década del treinta Venezuela se mostró dividida en sus afectos hacia el Libertador. En distintos momentos el presidente José Antonio Páez dirigió comunicaciones al Congreso proponiendo se reivindicara la memoria de Simón Bolívar. Sin embargo, los odios políticos hacia el Libertador seguían presentes en algunos dirigentes, quienes impedían que se le hiciera algún homenaje.10 Finalmente, el 30 de abril de 1842 el Senado de Venezuela declaró a Simón Bolívar Padre de la Patria y aprobó la repatriación de sus restos, los cuales arribaron a la Guaira el 15 de diciembre a bordo del buque Constitución. En el puerto fueron recibidos por las autoridades en una ceremonia solemne, que comenzó con un desfile desde el puerto y terminó con una misa en la iglesia principal. Al día siguiente, la comitiva continuó su recorrido hacia Caracas, adonde llegaron a las 5 de la tarde. Aunque se trataba de un camino difícil y pedregoso, la carroza que transportaba el féretro del general era confortable y lujosa. Desde la entrada de la ciudad, el ataúd fue transportado en hombros por personas principales hasta la capilla de la Trinidad en la catedral. En este lugar permaneció varios días, mientras se preparaba en la iglesia de San Francisco el escenario propicio para su sepelio.

Las honras fúnebres rendidas al Libertador en la iglesia de San Francisco de Caracas tuvieron rasgos monumentales. Podríamos decir que se trató de un auténtico teatro ceremonial.11 En ellas participó la totalidad del gobierno, el presidente, los ministros, los senadores, los alcaldes y todo el cuerpo de diplomáticos acreditados en Venezuela. Pero también participaron todas las órdenes religiosas y los gremios económicos. Además fue notable la participación de las personas de apellidos distinguidos y de grupos de estudiantes. Para la organización de esta ceremonia el gobierno nombró a Fermín Toro, quien luego escribió un detallado relato de la celebración. Pero también dicho evento fue representado en una admirable litografía que con suerte se ha conservado. Ambos documentos informan que la iglesia fue transformada completamente para la ocasión. Lo primero que sorprende fue la construcción de unos palcos en los dos costados para comodidad de las más altas dignidades y las familias más prestantes, en una ceremonia que duró varias horas. En las tribunas superiores se acomodó a las mujeres y en la inferior a los hombres. Igualmente es apreciable el conjunto de cenefas que decoran los techos de los palcos, que bien parecen tapetes colgantes o gobelinos. En los balcones pueden apreciarse, asimismo, escudos y banderas de la patria venezolana. La escena, que representa la entrada del cortejo a la iglesia, enseña el avance del grupo que traslada el ataúd y en el fondo el arzobispo que los espera. En torno a ellos distintos grupos acompañan y observan el momento solemne. En el fondo, en el altar de la iglesia, puede apreciarse un monumento con un retrato de Simón Bolívar, sobre él un pendón que lleva sus iniciales (SB) y a sus pies su apellido (Bolívar).12

Como lo exigía el acontecimiento se ofreció una misa de réquiem. En aquella ocasión fue interpretado el Réquiem de Mozart.13 Aunque historiadores de la música venezolana han dicho también que muy seguramente se interpretaron piezas de compositores venezolanos. Y nombran una Vigilia y Tres lecciones de difunto, de Atanasio Bello, y una Segunda lección de difunto y una Marcha fúnebre al Libertador, de José María Montero. Las misas y ofrendas se siguieron hasta el 23 de diciembre, día en que los restos del Libertador fueron trasladados a la catedral, lugar en el que permanecieron hasta 1876, cuando fueron depositados de manera definitiva en el Panteón Nacional. Pero no cabe duda de que en las ceremonias que se ofrecieron al general en la iglesia de San Francisco inició el culto al héroe.14 En el mismo funeral, el presidente José Antonio Páez no dudó en elevar a Bolívar a la condición de héroe inmortal.15 La magnificencia del templo, el esplendor del decorado, la solemnidad de los festejos y, especialmente, la manera como los discursos del presidente y otros oradores mostraron el sacrificio de Bolívar en pos de la libertad de la patria buscaban con su ejemplo limar las contradicciones entre los venezolanos.16 A partir de entonces Bolívar adquiriría la condición de padre de la nación, figura de obligado tributo. Sus discursos, reproducidos ahora para toda la población, no solo servirían para consolidar la independencia sino para llenar de ilusión la construcción de la República.

I

Víctima de una larga afección gástrica falleció el 6 de mayo de 1840 el primer presidente de la Nueva Granada y prócer de la Independencia, Francisco de Paula Santander. Nacido en la fronteriza ciudad de Cúcuta, realizó toda su vida pública en Bogotá, ciudad a la que llegó a los 17 años para estudiar leyes en el Colegio de San Bartolomé. Aunque su carrera militar tuvo logros, como su contribución al triunfo patriota en la Batalla de Boyacá, Santander pasaría a la historia como el arquitecto de la Constitución de 1821. Su desempeño como vicepresidente de la Gran Colombia lo enseña como el legislador que supo sacar a flote la naciente República en un contexto de complejas dificultades económicas y políticas. Su enfrentamiento con Bolívar sobre los poderes excepcionales que este pretendía lo terminó vinculando a los sucesos de la Noche Septembrina. Al regreso de varios años de exilio en Estados Unidos y Europa, Santander asumió la presidencia de la Nueva Granada. Y aunque para entonces Bolívar ya había fallecido, su fantasma y el partidismo que originó continuaron causando inquietudes en la vida política de Santander. Con todo, Santander había alcanzado un indiscutible reconocimiento de sus compatriotas. Su vida entera estuvo dedicada a la defensa de las leyes y de la Constitución, lo cual no era poco en una nación que nacía de la guerra y en la que aspiraban a imponerse los hombres de armas. De hecho, fue ese espíritu el que le sería reconocido en el momento de su muerte.

Según las crónicas de las honras fúnebres que se ofrecieron al general Santander, en cuanto se supo de su deceso, a las seis y media de la tarde, las campanas de todas las iglesias de Bogotá anunciaron el penoso acontecimiento. Aquella misma noche la Cámara se reunió en señal de duelo y decidió no sesionar al día siguiente. Además de cubrir de luto la silla que ocupaba Santander, varios diputados, entre ellos Florentino González, costearon un retrato del general para que permaneciera por siempre en el recinto de sesiones. Resulta de interés comentar que en dicho cuadro aparece Santander vestido con el traje con el que acostumbraba ir a la Cámara y delante de él aparecen pintadas las constituciones de Colombia y de la Nueva Granada.17

El cuerpo embalsamado de Santander permaneció en el convento de San Francisco hasta el día 12, cuando fue trasladado al Colegio de San Bartolomé. El recorrido a través de la Calle del Comercio, en la que se habían puesto ofrendas luctuosas y las representaciones de Francia y Norteamérica tenían sus banderas a media asta, contó con el acompañamiento de representantes del gobierno y de muchas instituciones. La capilla del San Bartolomé, puesta de luto, "parecía un vasto sepulcro". Las exequias del general Santander se llevaron a cabo el día siguiente. La catedral se abarrotó de gente, entre la que estaba el presidente, los cuerpos diplomáticos, los diputados, militares, los colegiados del San Bartolomé y personas del común. El arzobispo ofreció una misa solemne, seguida del canto de una vigilia, que para la ocasión compuso el maestro Quevedo.18

Al mediodía de ese 13 de mayo de 1840 un carro fúnebre con el cuerpo de Santander, seguido de las distintas corporaciones y delegaciones, se dispuso a marchar rumbo al Cementerio Central, lugar que el mismo general había ayudado a crear, convencido de que las iglesias no eran sitios adecuados para sepultar a los muertos. El lento movimiento de la carroza y la música fúnebre hicieron más sentido el recorrido. Con el color negro que vestían los acompañantes y las ofrendas que colgaban de las puertas, ventanas y balcones, parecía que toda la ciudad estaba de luto. En la entrada del cementerio, al lado de la gran cruz de hierro, se había dispuesto un atril para rendir el último homenaje al general antes de su entierro.

Pero fueron los discursos que ofrecieron distintos oradores los que cobraron mayor trascendencia en el último adiós al prócer y presidente de la patria. Ante la nutrida multitud, seis oradores resaltaron en forma emotiva los aspectos más notables de la vida pública y personal de Santander. El primero fue el Dr. José Duque Gómez, rector del Colegio de San Bartolomé, quien afirmó: "Vuestra vida es la historia entera de la Independencia". El segundo fue el Dr. Francisco Soto; el tercero, el general José María Gaitán; el cuarto, el vicerrector del San Bartolomé; el quinto, el diputado Florentino González y el sexto, el Dr. Vicente Azuero. Si todos recordaron su vida entregada a la construcción de la patria, sus sacrificios y victorias como soldado, su impulso a la educación y a las artes, su inclaudicable defensa de la ley y la Constitución, todos hicieron alguna alusión a sus contradicciones con Simón Bolívar.

Efectivamente, el capítulo más sombrío en la vida del general Santander era recordado en su partida por sus amigos y partidarios. El rector del San Bartolomé, por ejemplo, dijo: "[Los granadinos] No han olvidado, ni olvidarán jamás vuestra lealtad, i las persecuciones por sostener los fueros del ciudadano i las libertades públicas allá en los tristes días de los lamentables errores del hombre grande compañero de vuestros trabajos y copartícipe de la gloria nacional". Florentino González, a su vez, expresó con ahínco: "Como amigo íntimo del general Santander, me consta que jamás aconsejó, fomentó, instigó, ni favoreció conspiraciones; i en sus últimos días sus votos más fervientes fueron porque la concordia i el orden se restableciesen, para que se conservara esta República, que él fundó, organizó i engrandeció con su consagración constante a servirla". Y Vicente Azuero fue aun más preciso:

Renunció sin vacilar a la lisonjera perspectiva de ejercer un poder más estenso, de obtener un gobierno vitalicio, i a todas las dignidades de que hubiera sido colmado favoreciendo las aspiraciones de Bolívar a fundar la monarquía de los Andes; i prefirió sacrificarse por el sostenimiento de las instituciones i las libertades de sus conciudadanos; por ello fue depuesto de la vicepresidencia de Colombia, condenado a muerte, preso en las bóvedas de Bocachica i pontones de Puertocabello, i expulsado a países extranjeros.19

Sin embargo, a pesar de estas reiteraciones, que buscaban liberar, o justificar, de responsabilidad a Santander en los acontecimientos de septiembre de 1828, el propósito final de estos discursos fue doblar esa página penosa. Por eso Florentino González exclamaba: "Al dirijiros mis últimos adioses, al ver abierta la tumba en que vais a descansar, permitidme que ruegue a mis compatriotas sepulten en ella los odios i animosidades que nos dividen!!!". Reconciliar a la nación para enfrentar el porvenir era el fin de estos esmerados discursos. Era como si el luto actuara como un bálsamo para curar viejas heridas.

Como en el caso de la muerte de Bolívar, en distintas ciudades del país se replicaron honras fúnebres en homenaje al general Santander. En muchos casos fueron convocadas por grupos de amigos, más que por autoridades del gobierno.20 Una vez más, en Cartagena se realizó una ceremonia que concitó a toda la población. El 27 de julio tuvo lugar en la catedral una misa solemne. Para los efectos, la catedral fue engalanada y en su centro se construyó un gran obelisco, en cuya base reposaba una urna funeraria. Sobre la urna, cubierta con un paño negro, estaba un sombrero militar, un bastón y una espada. A su lado, aludiendo a las hazañas militares del general Santander había una fila de fusiles, cornetas, cajas de guerra y otros símbolos militares. En una parte del citado obelisco había un retrato de medio cuerpo de Santander, sobre él una corona de laurel y en sus dos costados estatuas que simbolizaban la amistad y la ciencia. En aquella ocasión, después de la misa el obispo de la diócesis ofreció una oración en honor de Santander, en la que hizo una detallada relación de su vida política, militar y administrativa. En este caso, además, el prelado resaltó las pruebas que distinguían a Santander como buen católico. Lo llamó el "Hombre de las Leyes"21 , como se le había nombrado en 1821.

Las honras fúnebres tributadas a Simón Bolívar y a Santander, cada una con sus particularidades, fueron eventos que cumplieron un propósito: ayudar a construir la memoria de la República. En cada una se elaboró una especie de teatro ceremonial, lleno de la nueva simbología patriótica. Fueron eventos multitudinarios, en los que, podría decirse, participaba toda la sociedad, aspecto que es reiterado en todas las crónicas que de ellos se escribieron. Pero estas ceremonias activaban el ejercicio de la memoria heroica, el recuento de los sucesos y hechos grandiosos, de las fatigas y penalidades sufridas, del sacrificio y las victorias justas. Por eso tanto en el caso de Bolívar como en el de Santander podía decirse que sus vidas eran la historia de la patria. Nacidos en la Colonia, habían conducido a sus pueblos a la independencia. Los funerales, como hemos visto, fueron actos de rememoración y gratitud. Pero también, habría que agregar, de construcción de su imagen mítica.22

Mitología y simbología del corazón

Ningún otro órgano o parte del cuerpo humano ha merecido mayor atención por parte de las sociedades de todos los tiempos. Tanto en Occidente como en Oriente, en la antigüedad como en la era moderna, el corazón ha representado lo más sublime de los seres humanos. Existen plenas evidencias de que en el Antiguo Egipto, 2.000 años antes de Cristo, se concebía al corazón como el centro de todos los impulsos espirituales, intelectuales y emocionales. Una persona sin corazón -se decía- era alguien poseído por el odio y la avaricia. Condición grave, pues como fue representado en papiros, al morir cada persona se presentaría ante la Corte de los Muertos, en la que Anubis, "juez de los muertos", pesaba en una balanza su corazón y decidía su destino.23 Un significado semejante tenía el corazón en la China antigua. En la más antigua tradición taoísta se establece que el corazón rige el orden de los sentidos: un corazón tranquilo conlleva la paz, la armonía. Pero esta armonía no se alcanza solo en el plano personal, sino también en el colectivo.24 Así, se considera que cuando en el corazón del gobernante hay paz, también lo hay en su pueblo.

Entre los Nahuas de la América prehispánica el corazón también tenía profundos significados. El corazón era el reservorio de los sentimientos más secretos. Pero convenía que el rostro reflejara esos sentimientos, pues lo contrario encarnaba fatales consecuencias. Aún más trascendente fue el significado vitalista que le otorgaban los aztecas al corazón.25 Según pensaban, la fuerza del corazón alimentaba la energía de los dioses. Temerosos de que un día el sol no apareciera y las tinieblas cubrieran los días, los aztecas procedieron a ofrecer corazones humanos al dios Sol en solemnes ritos colectivos. Pero también lo hicieron para alimentar a Huitzilopochtli, el dios de la guerra. Recientes excavaciones arqueológicas en el centro de México han descubierto numerosos restos de personas cuyos corazones fueron extraídos y ofrecidos a los dioses, cuando Moctezuma, el último soberano azteca, fue advertido de la proximidad de unos extraños seres decididos a marchar a ciudad de México. Bernal Díaz del Castillo, el soldado y cronista de la conquista de México, refiere que fue obligado a asistir a uno de estos ritos. Asombrado observó cómo el sacerdote, tras abrir el pecho de un hombre le extraía el corazón y lo elevaba palpitando en sus manos hacia los dioses.

En el cristianismo el corazón representa el centro de la vida misma. En el corazón reside lo más noble y puro de una persona.26 Pero también, cabe reconocerlo, la maldad y la vileza. El antiguo testamento posee numerosas referencias que señalan al corazón como la fuente de amor hacia Dios. La palabra de Dios, se insiste, está dirigida a conmover el corazón de los hombres. A lo largo de la época medieval la iconografía cristiana divulgó la pasión de Cristo. Particularmente, la representación de su corazón lanceado o arcabuceado se hizo popular. Posteriormente, en el siglo XVI la Compañía de Jesús adoptó la figura del corazón coronado como su símbolo distintivo. En el Renacimiento la figura de un corazón atravesado por la flecha de Eros se convirtió en la representación del ser enamorado.27 En 1900 el papa León XIII consagró la "raza humana" al Sagrado Corazón de Jesús, en atención a que este era el mayor símbolo de su infinito amor por la humanidad. En Colombia, una fuerte devoción llevó a que en 1902 el país fuera consagrado al Sagrado Corazón de Jesús, imagen que servía para convocar a la concordia tras la llamada Guerra de los Mil Días.28 Y tal vez no deje de tener sentido que ese mismo año se inició en Bogotá la edificación de la iglesia del Voto Nacional, dedicada en su nombre y que además fue situada en el Parque de Los Mártires, lugar en el que en los días de la Independencia se fusiló a numerosos patriotas.

Corazones patriotas

I

Un aspecto que ha pasado desapercibido a la investigación histórica en las reflexiones del actual Bicentenario de la Independencia es la importancia del corazón en la simbología patriótica. La tradición medieval y colonial de venerar reliquias o partes del cuerpo humano fue recuperada, ya no con fines religiosos sino patrióticos y republicanos. En distintas partes de Hispanoamérica la conservación de la memoria de los héroes encontró en el corazón su elemento predilecto, bien por su fuerte contenido simbólico, bien porque era más fácil conservarlos y transportarlos, o como en el caso de Simón Bolívar, en el que dos naciones se disputaban sus restos. De acuerdo con la tradición que hemos comentado, el corazón de los patriotas era depositario de las mejores virtudes: bondad, nobleza, valentía, honor, sacrificio. En ese preciado órgano se resumía, en cierto modo, lo más excelso de quienes habían entregado sus vidas a la causa de la patria. Así, se hizo frecuente embalsamar sus corazones y conservarlos en urnas de cristal para rendirles culto y preservar su memoria. Igual que como ocurría con los cuerpos, los corazones recibieron ceremonias religiosas solemnes y vistosas, tras las cuales fueron depositados en lugares que podían ser visitados por el público. Sin embargo, a pesar de este esmero, por razones de la guerra o del debilitamiento de la memoria patriótica, dichos corazones vivieron situaciones azarosas y terminaron en lugares inesperados o incluso extraviándose para siempre.

Probablemente el corazón que recibió mayores homenajes en la época fue el del coronel Atanasio Girardot. Este patriota antioqueño cayó en la batalla de Bárbula en tierra venezolana, el 30 de septiembre de 1813. Aunque en dicha batalla los ejércitos patriotas resultaron victoriosos, la muerte de Girardot llenó de luto a todos los que luchaban por la independencia. Bolívar, que recibió con mucha tristeza esta noticia, dictó de su puño y letra en el propio campamento de Valencia una ley de honores por el patriota muerto. El tercer y el cuarto ítem de dicha ley establecían: "3º. Su corazón será llevado en triunfo a la capital de Caracas, donde se le hará la recepción de los libertadores, y se depositará en un mausoleo que se erigirá en la Catedral metropolitana. 4º. Sus huesos serán transportados a su país nativo, la ciudad de Antioquia, en la Nueva Granada".29

No tenemos conocimiento si lo segundo ocurrió. Lo que sí se registró ampliamente fue el traslado de su corazón a Caracas y las ceremonias que allí se le rindieron. El corazón de Girardot fue embalsamado y depositado en un vaso de cristal, cerrado herméticamente. Dicho vaso, a su vez, se guardó en una urna de madera de treinta centímetros de altura, la cual se adornó con una tela negra guarnecida con detalles de oro fino. El día 10 de octubre partió de la ciudad de Valencia la comitiva que conducía la urna, conformada por militares, religiosos y autoridades civiles. En virtud de las disposiciones tomadas por Bolívar, a su vez confirmadas por el arzobispo Narciso Coll y Pratt, en cada población por donde pasaban eran recibidos por curas con la cruz en alto y los demás homenajes señalados para la ocasión. El cortejo arribó a la capital cuatro días después, recibiendo una bienvenida, en la propia entrada de la ciudad, por el cabildo secular y el catedralicio, las cofradías y distintas personalidades encabezadas por Simón Bolívar. En la plazuela del hospicio de los Capuchinos, adornada con arcos triunfales, la comitiva hizo entrega de la urna que contenía el corazón de Girardot. Allí, mientras se entonaban distintos motetes, varios niños vestidos en forma de ángeles tomaron las riendas de la carroza para dirigirse a la catedral de la ciudad.30 El cortejo, ahora multitudinario, marchó a paso lento, mientras los religiosos cantaban salmos de acción de gracias. Una vez arribados a la catedral, la urna fue conducida a la capilla de San Nicolás de Bari, donde permaneció iluminada y con una guardia militar.

La fecha acordada para realizar la sepultura fue el 18 de octubre, día en el que se hicieron presentes en la catedral todas las autoridades de la República y las distintas corporaciones religiosas. Desde temprano las campanas de las iglesias anunciaron la ceremonia solemne al corazón de Girardot. Previamente la urna que contenía el corazón fue puesta en un túmulo frente al altar mayor, luego de lo cual se ofició una misa y el presbítero José de Ribas ofreció una oración en homenaje al sacrificado Girardot. A continuación, un grupo de ciudadanos trasladó la urna hasta un cuarto inmediato a la capilla del altar mayor, lugar donde se verificó su contenido. Esta vez la urna fue cerrada y asegurada con sellos lacrados con las armas de la República. Finalmente, dado que para ese momento no se había concluido la construcción del mausoleo en la iglesia de la Trinidad, como era el deseo de Bolívar, la urna con el corazón de Girardot fue guardada en un arcón del sacristán mayor.

El significado simbólico de esta ceremonia es inequívoco. No se trataba de la sepultura de un cuerpo, sino de un fragmento que en la cultura cristiana tenía una identificación precisa. Es difícil estimar hasta dónde operaba una relación con la imagen del corazón de Jesús. Lo cierto es que toda Caracas rindió tributo a esta urna en los días finales de 1813. La importancia de los funerales al corazón de Girardot y su radicación en la catedral de la ciudad capital puede advertirse todavía más en los sucesos que ocurrieron tras la caída del gobierno patriota y el ascenso del bando realista. En forma manifiesta las nuevas autoridades hicieron saber al arzobispo de Venezuela que consideraban un escándalo y una osadía que en la catedral se conservara el corazón de un patriota. En comunicación del 2 de agosto de 1814, Juan Nepomuceno Quero, el gobernador militar de Caracas, le ordenaba al arzobispo Narciso Coll y Pratt: "Mañana a las 10 entregará V.S. Illma. el corazón del traidor Girardot en la puerta mayor de la Santa Iglesia Metropolitana, donde impunemente se halla colocado, al verdugo y acompañamiento que tengo dispuesto para recibirlo y darle el destino que merece".31 Al parecer esa misma orden se la habían dado al prelado varios militares realistas, entre ellos el general José Tomás Boves, cuando tomaron la ciudad. La respuesta del arzobispo, con palabras amables y determinantes, buscó hacerle ver al gobernador el agravio que se cometería al desenterrar violentamente los despojos de un cristiano en la propia casa de Dios. En su misiva, el arzobispo le informaba que la urna había sido enterrada en el coro, próxima al cementerio de la catedral; que para realizar un acto como el que le solicitaban tenía que hacer una solicitud a Roma y que, finalmente, se trataba de "(...) los miserables restos de un difunto cuya alma sentenciada ya en presencia de nuestro Dios y Señor no sabemos la suerte buena o mala que en aquel inexcrutable juicio divino se le haya definitivamente deparado".32 A lo que el militar respondió con una comedida nota en la que le reafirmaba su sentimiento cristiano y reconocía la "madura y discreta" consideración del arzobispo.

Sin embargo, tal parece, el corazón del héroe del Bárbula todavía viviría situaciones insospechadas. En un intento de dar explicación al extravío de dicho órgano, se ha sugerido con bastante fundamento que para salvarlo del odio de los militares realistas, el arzobispo lo llevó consigo a España cuando abandonó Venezuela. Así, el corazón que regresó a Caracas en 1844 y que se acreditó al arzobispo no sería de este sino de Girardot.33 Hecho absolutamente asombroso porque, como bien sabemos, dicho corazón fue enterrado con honores nacionales el 8 de agosto de 1892, en el presbiterio de la catedral. Si esto fue así, el corazón de Girardot finalmente reposó en la catedral. Además recibió honores de Estado, aunque por causa de una confusión fueran tributados al memorable y paradójico arzobispo Coll y Pratt.34

II

Un aspecto menos conocido todavía de los funerales del libertador Simón Bolívar es el que se refiere a su corazón. Al parecer, cuando se llevaron a cabo las exequias de Bolívar en 1830 sus restos fueron colocados en forma separada, en un féretro se depositó su cuerpo y en una urna pequeña su corazón y "algunas vísceras". Aunque esto no se comenta en los documentos, fue así como se encontraron en 1839, cuando a raíz de un fuerte temblor que afectó la catedral de Santa Marta, se procedió a trasladarlos a un lugar más seguro. En esa ocasión los despojos del Libertador fueron guardados bajo la cúpula de la catedral, cerca de las gradas del presbiterio.35 En 1842, al llevarse a cabo la exhumación de los restos del Libertador para trasladarlos a Venezuela, como lo pidió en su testamento, los oficiales encontraron con sorpresa las dos piezas funerarias. Fue entonces cuando al general Joaquín Posada Gutiérrez se le ocurrió solicitar a los delegados del gobierno venezolano que obsequiaran la urna con el corazón de Bolívar a la República de Colombia. En la misma misiva prometía que si su solicitud era concedida harían "(...) que dicha urna quede colocada en el mismo sepulcro que la contenía",36 lo cual debió ocurrir de esa manera. Aunque el Senado de Colombia decretó el 29 de mayo de 1843 su traslado a Bogotá para depositarlo en un suntuoso monumento que se construiría en la catedral primada. Además, dicho decreto establecía que en el lugar donde habían reposado los restos del libertador se colocara una placa de mármol que dijera: "(...) aquí reposaron los restos venerables del libertador de Colombia, Simón Bolívar".37 Sin embargo, este decreto nunca se cumplió. En parte, porque el monumento que se encargó al escultor italiano Pietro Tenerani, semejante al construido en Caracas, se perdió en el naufragio de la embarcación que lo traía al país.38

Por lo tanto, la urna con el corazón de Bolívar permaneció en la catedral de Santa Marta, lugar donde padeció los fatales percances que lo perdieron para la memoria histórica de Colombia. A fines de 1860 el país enfrentaba una nueva guerra civil, esta vez liderada por Tomás Cipriano de Mosquera contra el gobierno conservador de Mariano Ospina Rodríguez. Santa Marta, que había sido fortín conservador, fue atacada desde distintos flancos por soldados liberales. Poco a poco, los conservadores liderados por Julio Arboleda perdieron terreno y encontraron su último refugio en la catedral de la ciudad. Se dice que el comandante Primo Feliciano Madero cayó muerto y sus soldados lo enterraron en el mismo sepulcro en el que había estado enterrado Bolívar. Tal vez sin quererlo, dejaron la preciada urna que contenía el corazón del Libertador sobre el altar mayor. El 13 de diciembre cuando arreciaron los ataques contra la catedral, los ocupantes aprovecharon el incendio que se produjo para huir. Mientras tanto las llamas consumieron la casi totalidad de la catedral, y con ella, la única presencia física que pervivía del Libertador en Colombia. En aquella ocasión, las llamas ardientes del enfrentamiento entre el bando liberal y el conservador, entre centralistas y federalistas, destruyeron física y simbólicamente el corazón del Libertador.39 Muchos años después, en 1975 varias asociaciones promovieron la instalación de una placa en homenaje al Libertador en la catedral de Santa Marta. La placa rememora que en dicha catedral estuvieron enterrados los restos de Simón Bolívar. Llama la atención que esta placa fuera colocada en un lugar distinto al original, pues ahora se ubica junto a la imagen del corazón de María Santísima.

III

Una exploración minuciosa sobre los corazones de los héroes patriotas permitiría no solo su inventario y descubrir su localización, sino apreciar su gran importancia en la formación de la memoria republicana. Bien sabemos que algunos se encuentran en lugares insospechados. Como el caso del ilustre José María del Castillo y Rada, que aunque su cuerpo fue sepultado en la capilla La Bordadita del Colegio del Rosario en Bogotá, su corazón reposa en una urna en la rectoría de la Universidad de Cartagena.40 Otros patriotas rehusaron que sus restos se convirtieran en "lugares de memoria", pero tras su muerte, por distintas razones, recibieron fastuosos homenajes. Ese fue el caso de José de San Martín, fallecido lejos de su patria, en Boulogne-sur-Mer, una pequeña localidad costera francesa. San Martín pidió en su testamento que no se le hiciera ningún rito mortuorio y se le llevara directamente al cementerio. También pidió a su hija que su corazón fuera llevado a Buenos Aires, su ciudad natal. En 1880, treinta años después de su muerte, sus restos, con su corazón, fueron trasladados a Buenos Aires.41 Al llegar al puerto recibió los mayores homenajes que hasta entonces se hubieran tributado a alguna personalidad. Antes de ser depositados en la catedral, donde aún hoy reposan, los restos del general San Martín merecieron numerosas demostraciones de reconocimiento patriótico.

Conclusión

Las honras fúnebres celebradas a los cuerpos y corazones de los próceres debemos entenderlas en el contexto más amplio de las conmemoraciones que sirvieron para cimentar el espíritu de la patria. Como se pudo ver en este texto, tuvieron un carácter ceremonial solemne. Pero especialmente masivo, pues se buscó que toda la sociedad participara de ellas. Eran la manera de rendir un tributo, aunque también de enseñar la unidad de la nación. Estos ceremoniales además revelan como ningún otro la reunión de los símbolos laicos del Estado junto a los de la Iglesia católica. Aunque en estos rituales no se trataba de abogar por la salvación del alma del prócer y todos los discursos hacían alusión a la gesta emancipadora, todo el contexto era religioso. Las crónicas, las efemérides de aquellos sepelios, pero especialmente, las esculturas y lápidas conmemorativas a que dieron lugar fueron los medios a través de los cuales se enriqueció la memoria de los héroes fallecidos.


1 Una exposición amplia sobre estos aspectos puede leerse en el libro de Carmen McEvoy, ed., Funerales republicanos en América del Sur: tradición ritual y nación, 1832-1896 (Santiago de Chile: Centro de Estudios Bicentenario, 2006).

2 Agradezco a la historiadora rioplatense Sandra Gayol haberme permitido leer sus artículos "Muerte, nación y Estado en el primer centenario: Buenos Aires: 1910", y "Los despojos sagrados: funerales de Estado, muerte y política en la Argentina del centenario", cuando aún no habían sido publicados.

3 Al respecto, ver Lyman Johnson, ed., Death, dismemberment, and memory in Latin America (Albuquerque: University of New Mexico Press, 2004); Carmen Vázquez Mantecón, "Las reliquias y sus héroes", Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México 30 (jul.-dic., 2005): 47-86.

4 "Testamento de su excelencia el libertador de Colombia general Simón Bolívar", La última enfermedad, los últimos momentos y los funerales de Simón Bolívar, Libertador de Colombia, Ecuador, Panamá, Perú y Venezuela y fundador de Bolivia por su médico de cabecera el Doctor A. P. Révérend, 1.a ed., Alejandro Próspero Révérend (París: Imprenta Hispano-americana de Cosson y comp., 1866). La edición consultada es Bogotá: Cuéllar Editores, 1998, 51.

5 "Autopsia del cadáver del excelentísimo señor libertador general Simón Bolívar", La última enfermedad, los últimos momentos y los funerales de Simón Bolívar, Libertador de Colombia, Ecuador, Panamá, Perú y Venezuela y fundador de Bolivia por su médico de cabecera el Doctor A. P. Révérend, Alejandro Próspero Révérend (Bogotá: Cuéllar Editores, 1998) 27.        [ Links ]

6 Relación de las exequias hechas en Bogotá al Excmo. Señor Simón Bolívar, padre y libertador de Colombia (Lima: Reimpresa por José Masía, 1831).

7 El general Joaquín Posada Gutiérrez dedicó un capítulo de sus Memorias histórico políticas, vol. 3 (Medellín: Editorial Bedout, 1971) a relatar con detalle la entrega de los restos de Bolívar a la comisión venezolana.

8 "Consideraciones sobre la traslación de los restos del libertador Simón Bolívar desde Santa Marta a Caracas en noviembre de 1842", La última enfermedad, los últimos momentos y los funerales de Simón Bolívar, Libertador de Colombia, Ecuador, Panamá, Perú y Venezuela y fundador de Bolivia por su médico de cabecera el Doctor A. P. Révérend, Alejandro Próspero Révérend (Bogotá: Cuéllar Editores, 1998) 82.        [ Links ]

9 "Consideraciones sobre la traslación..." 83.

10 Carolina Guerrero, "Los funerales de Simón Bolívar: fundación de un mito en la construcción del patriotismo republicano, 1830, 1842 y 1876", Funerales republicanos en América del Sur: tradición, ritual y nación, 1832-1896, ed. Carmen McEvoy (Santiago de Chile: Centro de Estudios Bicentenario, 2006) 23-24.

11 Guerrero 29.

12 Estos aspectos son apreciables en la litografía de Carmelo Fernández "Exequias del Libertador Simón Bolívar en el templo de San Francisco con motivo del traslado de los restos en diciembre de 1842". Colección Museo Bolivariano, Caracas (figura 1), y reproducida en Carlos Duarte y Graziano Gasparini, Historia de la iglesia y convento de San Francisco de Caracas (Caracas: Banco Venezolano de Crédito, 1999) 143.

13 Fermín Toro, "Descripción de los honores fúnebres consagrados a los restos del libertador Simón Bolívar en cumplimiento de decreto legislativo de 30 de abril de 1842" [1843], La doctrina conservadora (Caracas: Presidencia de la República, 1960) 345.

14 Germán Carrera Damas, El culto a Bolívar (Caracas: Editorial Alfa, 2008).

15 Toro 349; ver también John Lynch, Simón Bolívar (Barcelona: Editorial Crítica, 2006) 399.

16 Lynch 400.

17 Honores fúnebres tributados al general Francisco de P. Santander (Bogotá: Imp. por V. C. Martínez, 1840) 2.

18 Honores fúnebres 3.

19 Honores fúnebres 10-13.

20 Pilar Moreno de Ángel, Santander, biografía (Bogotá: Editorial Planeta, 1989) 748.

21 Honores fúnebres tributados al general Francisco de P. Santander (Cartagena: Imprenta de Eduardo Hernández, 1840).

22 Distintos aspectos relacionados con el tema son tratados por Bernardo Tovar Zambrano en su artículo "Porque los muertos mandan: el imaginario patriótico de la historia colombiana", Pensar el pasado (Bogotá: Archivo General de la Nación / Universidad Nacional de Colombia, 1997) 125-169.

23 Frank Nager, Mitología del corazón (Basilea: Ediciones Roche, 1993) 43.

24 Nager 48.

25 Alfredo López Austin, Cuerpo humano e ideología: las concepciones de los antiguos Nahuas, vol. 1 (México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1984) 207.

26 Jacques Le Goff concibe que el corazón es una metáfora sustancial del cristianismo, en el que si la cabeza y el corazón son favorecidos, el perdedor es el hígado. Ver, "¿La cabeza o el corazón? El uso político de las metáforas corporales durante la Edad Media", Fragmentos para una Historia del cuerpo Humano, vol. 3 (Madrid: Editorial Taurus, 1992) 16. De otro lado, Jacques Gélis, en la sorprendente obra Historia del Cuerpo, dedicó unas páginas a explicar el extraordinario significado simbólico del corazón y a comentar las visiones que una imagen tan potente podía provocar en personas devotas. Jacques Gélis, "El cuerpo, la iglesia y lo sagrado", Historia del cuerpo. Del Renacimiento al Siglo de las Luces, ed. Alain Corbin et. ál., vol. 1 (Madrid: Taurus, 2005) 39-42.

27 Jack Tresidder, Diccionario de los símbolos (México: Grupo Editorial Tomo, 2008) 66.

28 Cecilia Henríquez, Imperio y ocaso del Sagrado Corazón en Colombia: un estudio histórico-simbólico (Bogotá: Altamira Ediciones, 1996) 119.

29 Transcrito en J. D. Monsalve, "El corazón de Girardot", Boletín de Historia y Antigüedades 18.206 (Bogotá, feb., 1930): 102.

30 "Boletines del ejército libertador de Venezuela, 1813", Boletín de la Academia de la Historia Nacional (Caracas, 18 dic., 1921): s. p.

31 "Boletines del ejército libertador...".

32 "Boletines del ejército libertador...".

33 Argumento expuesto en el artículo de Monsalve.

34 La información sobre esta ceremonia puede consultarse en Nicolás Navarro, Anales eclesiásticos venezolanos (Caracas: Tipografía Americana, 1951).

35 John de Pool, "El corazón del Libertador", Boletín de Historia y Antigüedades 26.291-292 (Bogotá, ene.- feb., 1939): 89.

36 Ciro Vera Aguilera, El corazón del Libertador: Destino final de una inapreciable reliquia histórica (Caracas: Gráficas Armitano, 1977) 136.

37 Transcripción de este decreto en Vera Aguilera 137-138.

38 Información contenida en Ramón Díaz Sánchez, "Centenario del Panteón Nacional", citado por Vera Aguilera 136. Sin embargo, poco tiempo después, en el festejo de la Independencia de 1846, fue colocada en la plaza mayor una escultura de Simón Bolívar realizada por Tenerani. Desde entonces la plaza lleva el nombre del Libertador.

39 Ver Vera Aguilera 157-158.

40 El escritor Heriberto Fiorillo comenta en su libro Arde Raúl (Barranquilla: Ediciones de la Cueva, 2004) que en una ocasión el poeta Raúl Gómez Jattin, que visitaba al rector de la Universidad de Cartagena, le preguntó: "Qué hay en este cofre?", y el rector le respondió: "el corazón de Castillo y Rada", a lo que el poeta expresó: "Seguro todavía palpita".

41 Ver Irina Podgorny, "Las momias de la patria: entre el culto laico, la historia de la química y la higiene pública", L´Ordinaire Latino-américaine 212 (2010): 55-56.


OBRAS CITADAS

I. Fuentes primarias

Documentos impresos

"Autopsia del cadáver del excelentísimo señor libertador general Simón Bolívar". La última enfermedad, los últimos momentos y los funerales de Simón Bolívar, Libertador de Colombia, Ecuador, Panamá, Perú y Venezuela y fundador de Bolivia por su médico de cabecera el Doctor A. P. Révérend. Alejandro Próspero Révérend. Bogotá: Cuéllar Editores, 1998.

"Boletines del ejército libertador de Venezuela, 1813". Boletín de la Academia de la Historia Nacional (Caracas, 18 dic., 1921).

"Consideraciones sobre la traslación de los restos del libertador Simón Bolívar desde Santa Marta a Caracas en noviembre de 1842". La última enfermedad, los últimos momentos y los funerales de Simón Bolívar, Libertador de Colombia, Ecuador, Panamá, Perú y Venezuela y fundador de Bolivia por su médico de cabecera el Doctor A. P. Révérend. Alejandro Próspero Révérend. Bogotá: Cuéllar Editores, 1998.

Honores fúnebres tributados al general Francisco de P. Santander. Bogotá: Imp. por V. C. Martínez, 1840.

Honores fúnebres tributados al general Francisco de P. Santander. Cartagena: Imprenta de Eduardo Hernández, 1840.

Navarro, Nicolás. Anales eclesiásticos venezolanos. Caracas: Tipografía Americana, 1951.

Relación de las exequias hechas en Bogotá al Excmo. Señor Simón Bolívar, padre y libertador de Colombia. Lima: Reimpresa por José Masía, 1831.

"Testamento de su excelencia el libertador de Colombia general Simón Bolívar". La última enfermedad, los últimos momentos y los funerales de Simón Bolívar, Libertador de Colombia, Ecuador, Panamá, Perú y Venezuela y fundador de Bolivia por su médico de cabecera el Doctor A. P. Révérend. Alejandro Próspero Révérend. Bogotá: Cuéllar Editores, 1998.         [ Links ]

Toro, Fermín. "Descripción de los honores fúnebres consagrados a los restos del libertador Simón Bolívar en cumplimiento de decreto legislativo de 30 de abril de 1842" [1843]. La doctrina conservadora. Caracas: Presidencia de la República, 1960.

II. Fuentes secundarias

Carrera Damas, Germán. El culto a Bolívar. Caracas: Editorial Alfa, 2008.         [ Links ]

Duarte, Carlos y Graziano Gasparini. Historia de la iglesia y convento de San Francisco de Caracas. Caracas: Banco Venezolano de Crédito, 1999.         [ Links ]

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Gayol, Sandra. "Los despojos sagrados: funerales de Estado, muerte y política en la Argentina del centenario", inédito.         [ Links ]

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Gélis, Jacques. "El cuerpo, la iglesia y lo sagrado". Historia del cuerpo. Del Renacimiento al Siglo de las Luces. Ed. Alain Corbin et. ál. Vol. 1. Madrid: Taurus, 2005.         [ Links ]

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