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Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura

Print version ISSN 0120-2456

Anu. colomb. hist. soc. cult. vol.41 no.2 Bogotá July/Dec. 2014

http://dx.doi.org/10.15446/achsc.v41n2.48789 

http://dx.doi.org/10.15446/achsc.v41n2.48789

Usos y desusos de la categoría de clase trabajadora en la historia social: ¿por qué insistir en la vigencia del análisis sociohistórico?

Use and Disuse of the Working Class as a Category in Social History: Why Insist on the Validity of Socio-historical Analysis?

Usos e desusos da categoria da classe trabalhadora na história social: por que insistir na vigência da análise sócio-histórica?

SERGIO MORENO RUBIO*
Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, Colombia
*smorenoru@gmail.com

Artículo de reflexión.
Recepción: 18 de febrero de 2014. Aprobación: 30 de agosto de 2014.

Cómo citar este artículo.
Moreno Rubio, Sergio. "Usos y desusos de la categoría de clase en la historia social: ¿por qué insistir en la vigencia del análisis sociohistórico?". Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura 41.2 (2014): 291 – 327.


Resumen

Se resalta el prolífico legado de la historia social y la necesidad de restaurar y reivindicar su proyecto totalizante. La investigación sobre las clases trabajadoras constituye un escenario controversial pero privilegiado para explorar esa posibilidad. Se examinan algunos análisis sobre los usos y desusos de la categoría de clase trabajadora, con el propósito de señalar la importancia de conjugar historia, teoría y política, y provocar la "polémica historiográfica" en el campo epistémico y práctico de la historia social.

Palabras clave: clase social, historia social, marxismo, posmodernismo, historiografía.


Abstract

The article highlights the prolific legacy of social history and the need to reinstate and vindicate its totalizing project. Research on the working classes constitutes a controversial yet privileged setting to explore that possibility. The paper also analyzes the use and disuse of the working class as a category, in order to point out the importance of combining history, theory, and politics, and foster a "historiographical debate" in the epistemic and practical fields of social history.

Keywords: social class, social history, Marxism, postmodernism, historiography.


Resumo

Ressalta-se o prolífico legado da história social e a necessidade de restaurar e reivindicar seu projeto totalizante. A pesquisa sobre as classes trabalhadoras constitui um cenário controverso, mas privilegiado, para explorar essa possibilidade. Examinam-se algumas análises sobre os usos e desusos da categoria de classe trabalhadora, com o objetivo de sinalizar a importância de conjugar história, teoria e política, e provocar a "polêmica historiográfica" no campo epistêmico e prático da história social.

Palavras-chave: classe social, história social, marxismo, pós-modernismo, historiografia.


Presentación

La lucha de clases que tiene siempre ante los ojos el materialista histórico educado en Marx es la lucha por las cosas ásperas y materiales, sin las cuales no hay cosas finas y espirituales.1

El espectro de la clase trabajadora y, en general, del análisis sociohistórico de clases, como uno de los campos privilegiados de la historia social, ha suscitado intensas polémicas. Durante los últimos lustros, diversas corrientes historiográficas y teóricas han combatido las aproximaciones clásicas de corte ortodoxo y economicista, y han acentuado en la importancia de comprender, dentro del estudio amplio de las luchas sociales, factores como lo étnico, lo cultural, lo discursivo, el género y hasta lo psicológico. Es así que culturalistas, posestructuralistas, feministas, pos-marxistas, las elaboraciones posalthusserianas de la subjetividad política, los deconstruccionistas, entre otras tendencias de análisis, formularon incisivas críticas a aquella aproximación tradicional, dada la aparente limitación del análisis de clase pero al costo de separar las esferas sociales, políticas, económicas y culturales. Por esa razón, algunos sectores intelectuales pronosticaron el fin de la historia social y el tránsito hacia una historia posmoderna.

Después de que una miríada de historiadores influenciados por la elaboraciones de Marx hubiesen insistido en la importancia del contexto social, de los contornos del paisaje político de la sociedad y de sus trayectorias de desarrollo global para comprender el papel de la clase trabajadora en la historia, desde finales de la década de 1970 se impugnaron las explicaciones de ese cuño. Las nuevas propuestas intentaban defender la independencia de las formas de explicación social y la utilidad de las teorías del lenguaje, del discurso y las aproximaciones semióticas, para regular, mediar y construir el acceso a cualquier comprensión de lo social, incluido el problema de la clase trabajadora.

Estas discusiones abonaron el terreno para la emergencia de la historia cultural —y sus derivas posteriores—, lo que puso en evidencia la crisis general de la explicación social que se estaba dando dentro de las ciencias humanas. Las disputas en el campo de la disciplina histórica ponían de relieve esa coyuntura crítica. Los historiadores sociales habían sido especialmente enfáticos en la consideración de la vida material, la clase trabajadora y la historia de la sociedad. Para las tendencias culturales esto era insuficiente y, por lo tanto, recalcaron en la necesidad de abordar las cuestiones asociadas al significado, las formas de percepción, representación e interpretación que intervenían, y ya no en el análisis de la clase trabajadora (categoría condenada a la obsolescencia y el desuso), sino en la construcción de las identidades políticas.

A pesar de la acrimonia en los debates sobre la clase trabajadora, lo cierto es que estos contribuyeron en la ampliación de la agenda de investigación aceptada por los historiadores. Los ejercicios de síntesis pueden resultar extremadamente complejos porque la discusión se halla en campos donde siempre predominará el conflicto: la política y la epistemología.

Conviene preguntarse si es posible asir nuevamente los campos económicos, sociales, políticos y culturales de forma creativa y productiva, a través de la consideración de diversos registros de análisis útiles para la indagación historiográfica. Se trata de una inquietud fundamental que, por ahora, rebasa las pretensiones del presente artículo. Mi propósito es distinto y significativamente más modesto, aunque pretende constituirse en un paso para avanzar hacia una posible respuesta. A través de algunos ejemplos emblemáticos sobre los usos y desusos de la categoría sociohistórica de clase trabajadora, espero dilucidar la imperiosa necesidad de hilvanar historia, teoría y política, en aras de provocar la "polémica historiográfica" en el campo epistémico y práctico de la historia social.

Para dar cuenta de ese objetivo, he dividido este artículo en cinco apartados. En primer lugar, vuelvo a Marx y exploro su producción intelectual originaria sobre la clase trabajadora, resaltando los mecanismos particulares mediante los que combinó las dimensiones sincrónicas y diacrónicas dentro de la amplia perspectiva del materialismo histórico. Ese derrotero es imperativo para resolver una disyuntiva crucial que impacta en el quehacer de los historiadores sociales (como espero demostrarlo en el presente artículo): o bien renunciamos a la hoy desacreditada categoría de clase trabajadora o, alternativamente, interpelamos a las interpretaciones que se apartan de lo que podríamos denominar como "la fuente original", es decir, el propósito heurístico e histórico marxiano, y revisitamos sus contribuciones/limitaciones, para proyectar y recuperar sus alcances hermenéuticos.

En un segundo momento, indago en la teoría acerca de la formación de la clase formulada por Edward Palmer Thompson, un autor bisagra dentro de la tradición asociada al marxismo. Trataré de presentar sus principales aportes para la escritura de la historia sobre la clase trabajadora, a partir de sus reflexiones sobre el problema de la experiencia, la diacronía, la acción y las determinaciones en el proceso histórico. En tercera instancia, discuto en relación con algunos de los impactos derivados del giro lingüístico, las teorías del discurso y las perspectivas semióticas para el análisis de las clases trabajadoras, especialmente desde el crisol de las tendencias feministas y posestructuralistas. Examino sus críticas a la noción de causalidad social, sus repertorios teóricos/epistemológicos y el desplazamiento hacía el problema de las representaciones culturales y simbólicas, mediante los discursos, los relatos y las narrativas.

Posteriormente, abordo las principales contribuciones de la producción intelectual colombiana, con el objetivo de contrastar las propuestas eurocéntricas. No pretendo agotar ni abordar de manera exhaustiva las abundantes perspectivas de investigación sobre la clase trabajadora en el país. La idea de hacer un balance desborda el objetivo del presente documento. Simplemente trato de ilustrar, de forma sucinta, la discusión, a partir de algunas perspectivas consideradas como emblemáticas y que dialogan con la tradición marxiana dentro de la historia social. Por último, presento algunas conclusiones a propósito de los desafíos que los problemas estudiados imponen a las prácticas de los historiadores sociales, en el diseño de agendas de investigación que permitan comprender, en toda su complejidad, la acción de la clase trabajadora.

Procedencias: el legado de la clase en la historiografía marxiana2

El análisis de las clases trabajadoras, comúnmente relacionado con el marxismo, tiene múltiples procedencias históricas. Marx y Engels reconocían que no eran ellos quienes habían descubierto la ontología de las clases, su antagonismo ni sus luchas.3 La novedad de la propuesta de Marx y Engels consistía en asumir la clase trabajadora desde un punto de vista "científico" y político, a partir de una concepción materialista de la historia, y aprehenderla como una categoría relacional que contribuía en la explicación de las sociedades y sus particularidades históricas. A pesar de que algunos sectores revisionistas han insistido en que no es posible reconocer la elaboración de una "teoría sistemática", lo cierto es que la disertación sobre las clases trabajadoras está presente en el itinerario amplio de su prolífica producción intelectual. Nuestro derrotero demanda, entonces, un ejercicio de reconstrucción con el objetivo de desentrañarla:

El postulado sobre las clases fue elaborado a lo largo de toda la obra, puesto que Marx tenía una postura clara al respecto desde la década de los cuarenta del siglo XIX, en especial en los Manuscritos económicos y filosóficos y en sus reflexiones en La luchas de clases en Francia de 1848 a 1859, así como en El manifiesto del Partido Comunista.4

La categoría clase fue abordada con diversos matices a lo largo de la obra de Marx. En su producción temprana, como en la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel (1843) o en La sagrada familia (1845), aparece anclada en la polémica filosófica a propósito del problema de la alienación. Con la aparición de la Ideología alemana (1845), escrita en coautoría con Engels, y de La miseria de la filosofía (1847), el problema de las clases trabajadoras adquiere nuevas dimensiones: los conflictos de clase se muestran como factores que descansan en la división del trabajo y en los procesos de producción/reproducción social. En el Manifiesto del Partido Comunista (1848), el conflicto de clases es esbozado como el "motor de la historia" y el proletariado se presenta como la clase que se liberaría a sí misma redimiendo, paralelamente, a la sociedad en su conjunto:5

La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases. Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra: opresores y oprimidos se enfrentaron siempre, mantuvieron una lucha constante, velada unas veces y otras franca y abierta; lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o en hundimiento de las clases en pugna.6

La expansión de la división del trabajo, especialmente entre el trabajo intelectual y el trabajo físico, y el consiguiente excedente derivado de la producción y su apropiación por parte de una minoría de no-productores traían, como consecuencia, la exacerbación de las situaciones de explotación. Esa secuencia es presentada por Marx desde dos puntos de vista: uno sincrónico o abstracto, en donde el esquema de dominación de clase tiene un valor epistémico para explicar distintos tipos de sociedades divididas en clase, a la usanza del Manifiesto. Y otro diacrónico o histórico, en que se destacan los rasgos específicos de las clases en sociedades concretas, tal y como se expone en sus estudios sobre las revoluciones de 1848 en Francia y Alemania y sobre la Comuna de París de 1871. Ambos son ejemplos excepcionales de la puesta en marcha de una explicación materialista y no reduccionista de la historia. En La lucha de clases en Francia (1850) y en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte (1852), la división y el conflicto de clase es el producto de una serie de transformaciones históricas.7

Las clases no son el resultado de una secuencia lineal, sino una expresión de la existencia y las dinámicas asociadas con las relaciones de producción. Es decir, las clases son relaciones: condición, resultado y expresión de las relaciones de producción y no su efecto simple, pasivo y lineal, como consideraban los enfoques economicistas soviéticos al deformar el pensamiento de Marx. Las relaciones de clases no son exclusivamente económicas o de explotación. Se presentan como la articulación de relaciones de explotación, dominio y enajenación, sin negar los constreñimientos de los factores no-económicos.

En esa definición, Marx no incorpora el elemento propiamente subjetivo de las clases. La dinámica del conflicto puede derivar en transformaciones de las estructuras sociales. Allí emerge el problema de la conciencia de clase. Concurrir en esa transformación implica que los sujetos que constituyen una clase tomen conciencia de sus intereses comunes. La categoría de clase refiere, en primera instancia, a un grupo de sujetos que tienen en común el compartir una condición similar frente a los medios de producción, más allá de ser conscientes o no de sus intereses comunes. En segunda instancia, para llamar a ese grupo como una clase propiamente dicha, pareciera necesario identificar una conciencia común, emanada de los intereses compartidos.

Las condiciones económicas transformaron primero a la masa de la población del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado en esta masa una situación común, intereses comunes. Así, pues, esta masa es ya una clase con respecto al capital, pero aún no es una clase para sí. En la lucha, de la que no hemos señalado más que algunas fases, esta masa se une, se constituye como clase para sí. Los intereses que defiende se convierten en intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política.8

Lo que Marx pretende recalcar es que la clase solo cobra su importancia cuando adquiere un carácter radicalmente político. La conciencia no surge de manera mecánica ni automática por compartir una situación de clase, así como la organización para el conflicto no quiere decir, necesariamente, que la contienda se base en una división de clase. Es por eso que resulta necesario investigarlas empíricamente en cada caso. Las clases no se presentan como entidades homogéneas frente a las relaciones sociales en las que ven involucradas, y la propiedad privada de los medios de producción no es el patrón absoluto que produce la división social en clases. Aunque en algunos casos Marx no los desarrolló plenamente, mecanismos como la violencia, la ideología e, incluso, la cultura también tenían que contemplarse en el análisis de las clases.

Así mismo Marx registra diferenciaciones dentro de las clases. De allí se desprende la heterogeneidad de las clases sociales, dadas sus divisiones en fracciones, grupos y capas con intereses específicos. Lo anterior resulta (especialmente) evidente en las obras donde Marx arriesgó una lectura diacrónica de las luchas de clases en procesos históricos específicos. Las clases no se asumen como puras y homogéneas, sino de manera transversal, es decir, como mediación de diversas fuerzas sociales en las que pueden presentarse alianzas complejas entre fracciones de diversas clases. El 18 brumario de Luis Bonaparte es un ejemplo ilustrativo. Aunque el proletariado suele asumirse como un bloque, en la burguesía se identifican diversas fracciones, de acuerdo con su origen (industrial, comercial, bancario, agrario). Además, se destacan otros sectores como el lumpenproletariado y la pequeña burguesía.

El capital (1867) también contiene importantes pasajes para contrarrestar algunas de las críticas que acusaban a Marx de cierto reduccionismo. En el tomo III, los asalariados, los capitalistas y los terratenientes se presentan como las tres grandes clases de la sociedad moderna. Asimismo, se analiza la expansión de nuevas clases intermedias producto de la concentración del capital y de la división del trabajo en el interior de la fábrica. Se trata de asalariados que se desenvuelven en la gran industria como técnicos, supervisores, capataces, jefes y toda una serie de profesiones que sugieren la diversificación y la extensión de las clases intermedias.

El capítulo VIII del tomo I, por su parte, pone de relieve el alcance del método histórico en Marx. En dicho capítulo se ofrece un relato substancial, complejo y múltiple de los cambios en la duración de la jornada de trabajo en la década de 1840 y los años posteriores. No se presentaba como un relato ortodoxo en el que los intereses de clase predefinían las formas políticas y las intervenciones legislativas. A diferencia de sus textos más sincrónicos, aquí no es posible establecer el peso causal que Marx le atribuye a los distintos factores de determinación que establecen, en este caso, la duración de la jornada laboral. Es más, Marx parecía destacar la importancia de la contingencia y el contexto en el proceso histórico. De esa forma, la historia recobraba su heterogeneidad constitutiva al hilvanar, en toda su complejidad, la explotación económica, la movilización social y la intervención política.

La perspectiva de Marx es sumamente valiosa para el análisis del conflicto social y de la clase trabajadora. Sin embargo, algunos aspectos de su acercamiento deben criticarse radicalmente: por ejemplo, la atribución de un papel emancipador, un potencial revolucionario y una misión histórica en el proletariado, lo cual subvalora a otro tipo de expresiones y sectores sociales y populares; las estrechas condiciones para la emergencia del socialismo, a partir de cierto desarrollo de las fuerzas productivas; la afirmación de la abolición de las desigualdades y las injusticias como resultado de la supresión de las clases y, en relación con lo anterior, la visión de la dictadura del proletariado como la forma privilegiada para el tránsito hacia una sociedad sin clases; y la omisión del papel que desempeñaron los trabajadores no vinculados a la producción industrial, que Marx no contempló dentro del análisis del modo de producción capitalista, por considerarlos episodios irrelevantes en las condiciones históricas en las que él escribió.

El programa de investigación del marxismo británico: la clase como relación y experiencia histórica en la obra de Edward Thompson

Edward Palmer Thompson es quizás uno de los principales exponentes de lo que llegó a conocerse como la "nueva" historia del trabajo, movimiento que emergió en Inglaterra en la década de 1960. Una de las mayores contribuciones elaborada por Thompson fue La formación de la clase obrera en Inglaterra (1963). Allí comprendía la clase como una relación histórica, y no como una estructura ni una categoría: se presenta como una expresión sociocultural.

A partir de la investigación sobre las sociedades industriales y posindustriales, Thompson esperaba interpelar a las viejas ortodoxias que esencializaban el problema de las clases sociales y que negaban u obviaban el papel de los propios trabajadores en la formación de su historia. En ese sentido, su obra constituyó una dislocación importante frente a las trayectorias de análisis tradicionales sobre la historia de la clase trabajadora, especialmente porque estas se habían limitado a la consideración de los sindicatos, los partidos, las doctrinas socialistas y las biografías de los líderes obreros. En su diagnóstico, Thompson señala que:

Ninguna categoría histórica ha sido más mal interpretada, vulnerada y deshistorizada que la de la clase social, una formación histórica que define a sus propios sujetos, que los hombres y mujeres elaboran a partir de su propia experiencia de lucha, ha sido reducida a una categoría estática, o a un efecto de una ulterior estructura de la que los seres humanos no son los agentes sino sus vectores.9

Su trabajo resultó muy fecundo pero también extremadamente polémico dentro de la tradición del marxismo. Thompson no elaboró un marco teórico sistemático acerca del proceso de construcción de la clase trabajadora. Su crítica a los planteamientos economicistas y estructuralistas, en el momento justo cuando se producía la desbandada frente al formalismo estalinista, lo llevó a tratar de eludir el uso de la abstracción excesiva y a reivindicar facetas olvidadas en las investigaciones clásicas, como la cultura, la voluntad y el papel de la subjetividad en el proceso de formación de la clase trabajadora.

Dada la reducción derivada de la metáfora base-superestructura y la necesaria reivindicación de la historia, Thompson rechazó los modelos que excluían a la acción humana, así como también rechazó la categoría de determinación, despojada de sus alcances hermenéuticos en los análisis estructuralistas. Thompson sugiere, como alternativa, la importancia de tener en cuenta la esfera cultural, la categoría de experiencia vivida y el papel de la moral en la historia.

El argumento central de la Formación de la clase obrera en Inglaterra sostiene que la irrupción de la clase es producto de la experiencia compartida de los trabajadores, específicamente durante el período 1790-1832. Thompson redefinió el asunto de la determinación objetiva: "por clase, entiendo un fenómeno histórico que unifica una serie de sucesos dispares y aparentemente desconectados, tanto por lo que se refiere a la materia prima de la experiencia, como a la conciencia".10

En la definición de la clase habría tres elementos inextricablemente articulados: por un lado, su carácter esencialmente histórico. No se interpreta como una categoría ni como una estructura: "la idea de clase entraña la idea de una relación histórica. Como cualquier otra relación, posee una fluidez que elude el análisis si intentamos pararla en seco en un momento dado para diseccionar su estructura".11

En segundo lugar, la clase se asume como el resultado de la experiencia. La experiencia es fundamental y, al mismo tiempo, muy problemática en la propuesta de Thompson, quien no se distancia demasiado de la perspectiva materialista, pues reconoce que la experiencia está constreñida por las relaciones de producción/reproducción:

La clase cobra existencia cuando algunos hombres, de resultas de sus experiencias comunes (heredadas o compartidas), sienten y articulan la identidad de sus intereses a la vez comunes a ellos mismos y frente a otros hombres cuyos intereses son distintos (y habitualmente opuestos a) los suyos. La experiencia de clase está ampliamente determinada por las relaciones de producción en las que los hombres nacen, o en las que entran de manera involuntaria.12

Al subrayar la importancia de la experiencia, Thompson conseguía sustraer de los anaqueles del olvido las particularidades socioculturales de la clase trabajadora, así como las formas en las que se conocían, interpretaban y reflejaban las condiciones históricas en las que aquella vivía. Esto resultó bastante útil para comprender los procesos de movilización que eran producto de sus formas de organización, sus ideas y sus objetivos tácticos como resultado de experiencias sociales compartidas: desde sus tradiciones, pasando por sus mecanismos de sociabilidad, hasta llegar a la propia dinámica de la contienda política.

Finalmente, la clase se definía por la conciencia. El asunto crucial no era examinar la identidad objetiva de intereses para explicar la formación de la clase. La investigación debería dar cuenta de la forma como se percibe y se articulan esas identidades. La conciencia de clase involucra tanto el autorreconocimiento como la disposición de un contraproyecto social, político y económico:

La conciencia de clase es la forma en que se expresan estas experiencias en términos culturales: encarnadas en tradiciones, sistemas de valores, ideas y formas institucionales. Si bien la experiencia aparece como algo determinado, la conciencia de clase no lo está. Podemos ver una cierta lógica en las respuestas de los grupos laborales similares que tienen experiencias similares, pero no podemos formular ninguna ley. La conciencia de clase surge del mismo modo en distintos momentos y lugares, pero nunca surge exactamente de la misma forma.13

La conclusión es contundente: sin conciencia no hay clase. Al enfatizar en la importancia de la conciencia, del reconocimiento y la articulación de los intereses comunes, Thompson reformuló el problema de la formación de la clase porque sacaba a la luz los procesos por medio de los cuales se llegaba históricamente a ese conocimiento. La conciencia no podía "deducirse", a la usanza de los enfoques estructuralistas y economicistas, de la existencia económica real de la clase. La conciencia debía leerse como una conquista histórica de los trabajadores, que permitía, mediante el trabajo reflexivo sobre sus intereses, experiencias y expectativas, el desarrollo de un marco conceptual común que enmarcaba su propia identidad como clase.

La conciencia le otorga sentido y consistencia a la clase social. Ese principio fue apuntalado constantemente por Thompson en ensayos posteriores a la Formación. Siempre argumentó que una clase no puede existir sin una conciencia de sí misma. Sin conciencia estaba desprovista de identidad histórica, en palabras del autor:

[…] si el proletariado está verdaderamente privado de la conciencia de sí mismo, entonces no se puede definir como tal. Para un historiador, y espero decir que vale sobre todo para un historiador marxista, atribuir el término de ‘clase’ a un grupo sin conciencia de clase o de cultura de clase y que no responde a una dirección de clase, es una afirmación sin significado.14

Solo desde la experiencia puede identificarse la existencia de la clase. Pero esa existencia irrumpe en un campo particular. Heurísticamente es inseparable de una expresión más amplia y universal: la lucha de clases. Thompson revaloró dicha noción, a partir de sus estudios sobre la sociedad inglesa del siglo XVIII. En su opinión, era perfectamente viable, analíticamente, apelar a la lucha de clases, pese a que la conciencia de uno de sus polos, el de los productores primarios, aún no hubiese prorrumpido plenamente. La dinámica del campo de lucha opera como sigue:

La gente se encuentra a sí misma en una sociedad estructurada de una manera determinada (fundamentalmente, en forma de relaciones de producción), soporta la explotación (o trata de mantener el poder sobre aquellos a los que explota), identifica los lazos de los intereses antagónicos, se pone a luchar en torno a esos lazos: en el curso de ese proceso de lucha se descubre a sí misma como clase, llega a descubrir su conciencia de clase. Clase y conciencia de clase son siempre el último y no el primer escalón de un proceso histórico real.15

Como experiencia histórica, la clase trabajadora se estudia desde dos puntos de vista. En primer lugar, refiere a un contenido histórico real que se observa empíricamente en las sociedades industriales capitalistas desde el siglo XIX, bajo la forma de culturas e instituciones de clase. En segundo lugar, tiene un valor heurístico para organizar el material empleado como fuente histórica, aunque, entendida de esa forma, puede que no tenga correspondencia directa con la evidencia.

Thompson aporta importantes elementos de juicio para superar las concepciones deterministas y economicistas de la historia, así como para cuestionar radicalmente la metáfora base/superestructura, que tanto le costó al marxismo ortodoxo. Infortunadamente su diatriba contra el estructuralismo fue demasiado lejos y tendió a obviar el análisis de las estructuras sociales y la forma como constriñen a la acción humana. Selecciono este eje de discusión porque permite dilucidar las complejas relaciones entre sujeto y estructura en los ejercicios historiográficos,16 en especial los relacionados con la formación de clases trabajadoras. Thompson sobredimensiona el papel que desempeña la conciencia en el proceso de conformación de las clases. Por ejemplo, en la Miseria de la teoría indica que:

[…] las clases surgen porque los hombres y las mujeres, bajo determinadas relaciones de producción, identifican sus seres antagónicos y son llevados a luchar, a pensar y a valorar en términos clasistas: de modo que el proceso de formación de clase consiste en hacerse a sí mismo, si bien bajo condiciones que vienen ‘dadas’.17

Como se puede apreciar, Thompson le otorga a la voluntad un lugar destacado en el proceso de construcción de una clase social, aunque sin desconocer los elementos materiales objetivos. Su definición de clase se establece por la acción en la historia. Es decir, solo a partir de la experiencia histórica de la lucha de clases es posible comprender la existencia de la clase trabajadora. Por esa razón, lucha y conciencia son inseparables en la perspectiva de Thompson, aunque la lucha tienda a predominar en su aproximación. En sus investigaciones sobre la sociedad inglesa del siglo XVIII,18 por ejemplo, intentó explicar la lucha de clases a pesar del incipiente desarrollo de una conciencia de (e incluso una existencia como) clase. De tal suerte, en su crítica visceral a las interpretaciones estructuralistas y economicistas, Thompson expuso un replanteamiento de la teoría marxista: le otorgó una nueva jerarquía a la correlación entre clase, conciencia y lucha. Esto es particularmente evidente en su obra más importante. Allí argumentaba que "la clase la definen los hombres mientras viven su propia historia y, al fin y al cabo, esta es su única definición".19

La valoración y reivindicación de la agencia humana es crucial, pero llevarla hasta sus últimas consecuencias puede resultar problemático. El proyecto de Thompson corre el riesgo de negar las constricciones estructurales y amenazar el principio de causalidad, lo que puede arrojarlo a los campos del subjetivismo, el empirismo y el culturalismo. En su afán de contrarrestar la visión althusseriana y proponer una perspectiva antieconomicista y antiestructuralista, Thompson desdibuja el rasgo económico de las clases, que si bien no es determinante, desempeña un papel importante en el análisis de las sociedades clasistas y hace parte del acervo materialista para los estudios históricos. Es imposible desconocer la base material de la explotación económica, de donde también emerge la lucha de clases. La voluntad humana no está exenta de constreñimientos. Por eso resulta de la mayor importancia, en el quehacer historiográfico, ponderar el peso de los sujetos pero también de las estructuras.

Otro eje de discusión tiene que ver con la cuestión de la experiencia. Es la experiencia de clase la que media entre las relaciones de producción/ reproducción y la conciencia. La excesiva amplitud de la noción de experiencia restringe, por momentos, sus posibilidades hermenéuticas. No solo incluye las formas de lucha, sino cualquier tipo de respuesta subjetiva de los trabajadores frente a las situaciones de explotación. La experiencia aparece como categoría amorfa y no resulta fácil asignarle un sentido acotado en el proceso de formación de clase. La experiencia hilvana el ser y la conciencia. Sin embargo, parece absorber las dos categorías. Thompson no aclara si el ser y la conciencia existen fuera de la experiencia, y no lo hace porque intenta suprimir cualquier ápice de estructura sincrónica extrapolada del sesgo estalinista.

Así mismo, en Thompson sí es posible identificar una teoría de la determinación pero mucho más vaga. Aunque no sea posible formular ninguna ley sobre el desarrollo de la conciencia, existe cierta lógica de causalidad que va de las relaciones económicas a la conciencia, pasando por la experiencia. La crítica radical a la metáfora base/superestructura no se traduce en ninguna alternativa frente a la teoría determinista de la formación de clase. Thompson indica que la clase está presente en la estructura económica, independiente de la conciencia o la falta de conciencia de los trabajadores. Si las experiencias están determinadas por el modo de producción, entonces dichas relaciones son relaciones de producción de clase anteriores a las experiencias de clase que generan. Pero es necesario ir más lejos. Si la conciencia de clase surge de la misma forma en momentos y lugares diferentes, el proceso respondería a una lógica unívoca. Es insostenible negar que la clase esté presente en las relaciones de producción y defenderla, paralelamente, en el campo de la experiencia y la conciencia que dichas relaciones generan.

Historiadores como William Sewell y Joan Scott ofrecieron algunas pistas para desentrañar las paradojas de la experiencia y la causalidad en la obra de Thompson. Sewell sugiere que

El primer paso es desligar dicho concepto (la experiencia) de lo que constituye un problema distinto: la causalidad múltiple. Las desviaciones que sufren los sucesos históricos del modelo determinista estrictamente económico no deben ser atribuidas de forma automática a la ‘experiencia’, dando lugar con ello a la explicación implícita de que son consecuencias de una ‘acción’ humana esencialmente misteriosa. Gran parte de esa desviación puede justificarse con relativa claridad como el resultado de interacciones causales entre una diversidad de estructuras o sistemas más o menos autónomos.20

La experiencia debería interpretarse como la forma concreta en que se vive una situación, sus efectos sobre los juicios-sentimientos de los sujetos y el conocimiento que esa compleja interacción suscita. Scott, por su parte, señala que la experiencia no puede ser tomada como un dato primario en la investigación histórica. Al contrario, la experiencia es algo que debe ser explicado. En su opinión, habría que explicitar las razones por las cuales los sujetos experimentan su situación vital de la manera en que lo han hecho, dar cuenta de por qué experimentan de una forma y no de otra.21

Si algo se desprende de estas críticas, es que el replanteamiento de la categoría de experiencia demanda una profunda consideración de las complejas relaciones entre estructura y acción. Thompson tendió a rechazar la primera y reivindicar la segunda; por lo tanto, se negó a reconocer que la estructura es algo tan humano como la acción22. Las estructuras son mediaciones y construcciones humanas, son consustanciales a la acción. Las estructuras son transformadas pero también reconstruidas por los agentes. Constriñen pero también posibilitan. Las estructuras no pueden existir sin los agentes que las materializan y las transforman. De igual forma, los agentes no podrían existir sin las estructuras que generan sus límites y sus posibilidades.

Las múltiples trayectorias de la crítica discursiva

A mediados de la década de 1980, diversos intelectuales, insatisfechos con las propuestas teóricas y metodológicas desarrolladas por la corriente de la "nueva" historia del trabajo, enfilaron críticas mordaces contra ella y se acercaron al análisis del lenguaje y a la teoría del discurso para el análisis social. La recepción desigual y diferenciada de la obra de Michel Foucault, así como de las perspectivas literarias y deconstructivistas en el campo de la historiografía, abrió el debate sobre los propósitos trazados por la historia social y los repertorios con los que contaba para la práctica historiográfica. La polémica se atizó justo en el momento en que estaba ocurriendo un conjunto de transformaciones socioeconómicas de la mayor importancia, como la transición posfordista, la emergencia de nuevos regímenes de acumulación flexible relacionados con el neoliberalismo, los procesos de desregulación y la consolidación de una era posindustrial, el colapso del llamado "socialismo real", el auge de los estudios culturales y las críticas feministas.

Lo anterior generó desconfianza creciente frente a los análisis de clase no solo en el campo de la disciplina histórica, sino también en el marco amplio de las ciencias humanas. La preocupación por el problema de la clase trabajadora había sido axiomática para la historia social defendida por los intelectuales de izquierda. Pero, desde finales de la década de 1970, la situación cambiaría sustancialmente. La insatisfacción básica consistía en que las perspectivas sociológicas e históricas venían considerando el grupo, incluyendo la clase, como unidad básica del análisis sociohistórico, o bien trataban de trascender dicha unidad mediante enfoques holísticos funcionalistas o estructuralistas. La lógica que presuponía ese tipo de ensamblaje social se consideraba demasiado simple y uniforme para capturar la variedad de dinámicas y movimientos implicados en el proceso de construcción de identidades. El problema de las identidades se incorporaba, entonces, dentro de los intereses de teóricos sociales e historiadores.23

Las historias culturales, los enfoques posmodernos y poshistóricos eran el resultado del giro lingüístico y el planteamiento discursivo de la historia. En estas perspectivas, los significados básicos de la clase trabajadora no se elaboraban mediante los métodos construidos por la historia social, sino a través de lenguajes, imágenes y representaciones que identificarían y darían forma históricamente a la clase. La clase es objeto de deconstrucción. Se asume, en definitiva, como una identidad —entre muchas otras— que se urde por un conjunto de prácticas y significados dispersos.

Ese itinerario anunciaba la obsolescencia de los análisis de clase para explicar el mundo social. En algunas versiones impresionistas, la categoría persistía pero vaciada de contenido: se entendía de forma abstracta e impersonal, como estructura discursiva y como término lingüístico. De igual forma, los enfoques semióticos profundizaron en el estudio de las estructuras de significado, más que en las acciones populares. Se trataba, entonces, de un enorme desafío para las corrientes de la historia social que defendían los análisis de clase. No solo consistía en dimensiones teóricas y epistemológicas, también contemplaba una discusión esencialmente política. Temas como la raza, la etnia, el género —y sus correspondientes reivindicaciones— se pusieron en el centro del debate.

La producción intelectual que pretende contrarrestar los enfoques predominantes sobre la clase trabajadora tiene un conjunto de rasgos específicos. En primer lugar, ha tenido cierto impacto e influencia en la historia de los trabajadores y en la historia social en general. En segundo lugar, la crítica procede de un espectro de perspectivas teóricas muy amplio y diverso. Veamos.

Una de las propuestas más básicas que hizo uso del lenguaje para el análisis de la clase trabajadora fue la elaborada por Garreth Stedman-Jones. Su obra tiene un acentuado halo revisionista y la cuestión de la clase se opone a la interpretación formulada por Thompson, especialmente a propósito del cartismo. Stedman-Jones busca defender una interpretación política que rechaza el enfoque social del marxismo británico. El cartismo no se presenta como un movimiento social, basado en la clase y cuya dinámica era constreñida por la explotación económica, sino como un movimiento fundamentalmente político que poco tenía que ver con el sistema productivo, con lo cual se subestima la influencia de los factores económicos y sociales. En el plano teórico, Stedman-Jones argumenta que

Las descripciones apasionadas de lo social habían desembocado en la incapacidad de explicar, desde un enfoque social, lo político, lo ideológico o lo cultural […] me mostraba cada vez más crítico en cuanto al tratamiento dominante de lo social como algo externo y lógicamente —con frecuencia, aunque no de manera inevitable, cronológicamente— anterior a su articulación por medio del lenguaje.24

En sus investigaciones, Stedman-Jones concentró su atención en tres aspectos fundamentales, a saber: la naturaleza y el estudio de las palabras y el lenguaje, la contribución del lenguaje en la construcción del significado social, la ideología y las relaciones entre lenguaje e ideas. Esa orientación tenía consecuencias para su propia operación historiográfica sobre la clase trabajadora:

En primer lugar, el término clase es una palabra incrustada en el lenguaje y por eso debe ser analizada en su contexto lingüístico; y, en segundo lugar, dado que hay diferentes lenguajes de clase, no se debe partir del supuesto de que clase como elemento básico de la descripción social de carácter oficial, clase como efecto del discurso teórico sobre las relaciones de distribución o producción, clase como resumen de un grupo de prácticas culturalmente significativas o clase como especie de autodefinición política o ideológica comparten un único punto de referencia en una realidad social superior.25

Stedman-Jones criticaba la omisión del lenguaje en la obra de Thompson. Consideraba que la experiencia y la conciencia ocultaban el carácter problemático del propio lenguaje. El lenguaje se reducía, en su opinión, a un simple medio en el que la experiencia alcanzaba expresión. Se negaba "la aparente materialidad del lenguaje mismo, la imposibilidad de remitirlo simplemente a una realidad primaria anterior, el ser social, la imposibilidad de abstraer la experiencia del lenguaje que estructura su articulación".26 Al parecer, el punto de partida era una idea absoluta de la noción de clase que le impedía ver el lenguaje de explotación económica dentro del cartismo. Establece una suerte de sinonimia entre conciencia de clase y conciencia revolucionaria. Si bien es cierto que en el cartismo todavía no había una conciencia en el sentido sugerido por el marxismo, Stedman-Jones considera que el movimiento se había constituido al margen de la noción de clase. De ahí se deriva, lógica y mecánicamente, la completa inexistencia de explicaciones económicas, situaciones de pobreza y explotación.

La clase trabajadora se comprende como una mera dimensión discursiva, el proceso amplio de construcción de la clase se extrapola a la difusa cuestión de "los lenguajes de clase" y se reduce a una esfera ilusoriamente política. La propuesta de Stedman-Jones está lejos de los acercamientos posestructuralistas del lenguaje. Su preocupación es el estudio del radicalismo (entendido como un conjunto de ideas) a partir de las corrientes convencionales de la historia intelectual, una de cuyas características es la escasa atención que se presta al problema del significado. El enfoque no-referencial que Stedman-Jones hace del lenguaje no va más allá de constituir una interpretación formalizada, literal y estrecha de las palabras y las ideas, en lugar de incursionar en el terreno, mucho más exigente y fructífero, de los modos en los que se construye el significado social y el papel del lenguaje en dicha construcción. Se ignoran así los nexos cruciales entre la práctica social, el lenguaje y la conciencia. Además, no se otorga la atención necesaria para desentrañar las ambigüedades, las complejidades y la estratificación múltiple del significado de los lenguajes construidos históricamente.27

El feminismo, por su parte, increpó las convenciones establecidas en torno al género dentro de los análisis de la clase trabajadora. La crítica impactó hasta tal punto que el género empezó a ser considerado una categoría analítica muy importante. Las corrientes feministas dentro de la historiografía pretendían interpelar la soberanía de la clase en la teoría social, en la sociología y en la historia, proporcionando un sujeto, a través del género, que debía ser historizado para comprender su identidad. La obra de Joan Scott presentó un conjunto de propuestas posestructuralistas mucho más claras y detalladas. La lectura posestructuralista del lenguaje, en la obra de Scott, no solo se asume como un campo de debate, también es un método al que podían acceder los historiadores. Scott se orienta por dos tipos de reivindicaciones: una epistemológica, que defiende la teoría del discurso de Foucault, y otra política, que, al desentrañar el asunto del género, hacía que las demandas de las mujeres fuesen imposibles de ignorar dentro del campo disciplinar de la historia. Los aportes de Scott tenían como propósito alcanzar un mayor entendimiento sobre el género, como una construcción compleja, inestable e históricamente variable de la diferencia sexual.

La dislocación epistemológica que suscitó Foucault, a partir de su lectura de Marx, Freud y Nietzsche, especialmente la forma como fue recibida por los historiadores, llevó a un rechazo de la totalización y el binarismo, así como a una afirmación del descentramiento y la multiplicidad. Esto implicaba redefinir las categorías de sujeto, género y política, problematizando las representaciones y las identidades colectivas. Pero Scott va más allá: el papel del lenguaje para el oficio historiográfico, su valor heurístico, epistemológico y ontológico demanda una nueva historia que supere los límites de la historia social, todavía impregnada, en su opinión, del lastre determinista. Ese era el giro epistemológico radical que el posestructuralismo le permitía llevar cabo. Allí el lenguaje se constituye en un campo de prácticas colectivas en el que las identidades de clase y de género se construyen. Sería una forma de autorrepresentación en la que se revelarían los mecanismos por los cuales se generan los significados entre individuos o grupos.

Scott redefine la categoría de género en su polémica con las teorías feministas que destacan la superioridad masculina a través del patriarcado, las corrientes marxistas que se basan en los modos de producción y las clases sociales, así como con las tendencias posestructuralistas que increpan las relaciones sujeto-objeto en la producción y reproducción de las identidades. De esa forma, propone una nueva perspectiva, devanando dos dimensiones del género: i) como elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen a los sexos (desentrañando símbolos culturales, conceptos narrativos que manifiestan interpretaciones y significados, relaciones de género e identidades),y ii) como campo privilegiado de relaciones y articulaciones de poder.28

El argumento de Scott, a propósito del lenguaje, es diferente del defendido por el posmodernismo lato. Su aproximación no obedece a una simple técnica literaria de comprensión de textos. Es, al contrario, una búsqueda sistemática de los mecanismos de funcionamiento del lenguaje en las relaciones jerárquicas y desiguales de poder. Su propuesta se inscribe como una forma de contrarrestar los discursos que naturalizan y esencializan las diferencias. Deconstruir los artificios del lenguaje posibilitaría la descomposición de las estrategias del poder.

El entendimiento particular del lenguaje en Scott la llevó a criticar la noción de experiencia y el androcentrismo inmanente en la obra de Thompson. La experiencia sería aprehendida y se constituiría en el lenguaje de la clase trabajadora. La experiencia, condensada en el lenguaje, se incorpora en la subjetividad como experiencia interpretada y, según Scott, también debe historizarse, en cuanto componente mediador de las prácticas y la conciencia.29 Scott le atribuye a la tradición marxista un rasgo teleológico que combate, afirmando que "los intereses no son inherentes a los actores o a su posición en la estructura social, son discursivamente producidos".30 Lo cierto es que su investigación pareciera asumir el lenguaje de manera acrítica: simplemente se entiende como una panacea para la interpretación, como una suerte de estructura anterior e independiente del contexto histórico. Extrapolar el debate sobre el proceso de formación de las clases trabajadoras al vaporoso terreno del lenguaje de las luchas políticas conduciría al colapso de las categorías de clase y de conciencia, porque no es evidente cómo se restituye su materialidad en la operación teórica e historiográfica de Scott. Seguramente esta inquietud no resulte suficiente para acusarla de un "idealismo formal", como sugiere Bryan D. Palmer,31 especialmente porque ella también cuestiona la dicotomía práctica-discurso y elude algunas de las críticas señalando que su énfasis en el lenguaje no pretendía ocultar lo central en la discusión: el género.32 En todo caso, en la producción discursiva de los intereses pareciera esconderse una nueva instancia de determinación, en la que el lenguaje se constituiría en una fuerza impersonal, a priori respecto de los individuos y de las clases.

Finalmente, en el trabajo de Patrick Joyce el asunto del lenguaje se expresa en un nuevo nivel.33 Joyce considera que la clase trabajadora debe interpretarse como una identidad y una construcción discursiva que se proyecta retrospectivamente sobre épocas anteriores. Esa operación no estaría exenta de distorsión. La atención se orienta hacia la construcción de visiones de clase retroactivas, para desbordar los lenguajes dominantes y descubrir nuevas subjetividades y nuevos relatos que sustituyan a las viejas nociones de clase desacreditadas, según él, por las teorías posmodernas y el declive del "socialismo real". Así pues, para este autor, los referentes materiales no involucran formas implícitas de identidad. Solo pueden ser objeto de identidad si se articulan como tales por una cierta matriz discursiva. Los objetos de identidad no preceden a las identidades, sino que se constituyen al mismo tiempo y como resultado del mismo ejercicio de mediación lingüística.34

Joyce privilegia el problema de la identidad, pero al costo de sacrificar la materialidad de las relaciones sociales. Es un movimiento que pretende superar lo que él denomina como la tradición clásica, altamente influenciada por el marxismo y la sociología, entre las décadas de 1960 y 1980. En ese enfoque, el funcionamiento de la economía, las relaciones sociales y las experiencias de explotación son reducidas al nivel de simples formaciones discursivas o meras representaciones relacionadas con la interpretación predominante de clase. Los límites de esa perspectiva son más que evidentes. La clase se convierte en un relato sobre el pasado, una mera proyección, un ordenamiento narrativo del tiempo pasado para validar un tipo concreto de identidad colectiva. Aunque pudiera estar cimentada en una rigurosa investigación de archivo y en un sólido arsenal teórico, la historia social de la clase trabajadora parecería condenada, en la "visión" de Joyce, a ser un relato siempre sesgado, parcial, arbitrario, excluyente y, por lo tanto, inaccesible. La clase trabajadora se transforma en un discurso, en un principio narrativo y en unas prácticas que organizan las historias del pasado y del presente.

El crisol de "lo social" en la historia: las contribuciones de la producción intelectual colombiana

La necesaria comprensión e interpretación de las luchas de la clase trabajadora en Colombia durante el siglo XX requiere, sin duda, una perspectiva de análisis inter y transdisciplinar. Un breve repaso de las diversas tendencias teóricas e historiográficas revela, sin embargo, que la producción intelectual sobre el tema en Colombia, durante el siglo XX, procede de disertaciones elaboradas en el campo de la historia, la sociología y, en menor medida, de la ciencia política, con diferentes niveles de afinidad y acercamiento. Los enfoques, así como los repertorios conceptuales y metodológicos, han sido desiguales y diferenciados, y, por lo general, elaborados atendiendo a procesos históricos diversos.

El interés ha pasado por estudiar los procesos de formación de clase, teniendo en cuenta las condiciones de desarrollo del país y los contextos regionales; por ilustrar la composición del movimiento obrero: cuadros profesionalizados, masas proletarizadas y semiproletarias sin organización, cooperativas, agrupaciones culturales y sindicatos; por documentar y examinar la formación, el desarrollo y la organización profesional de la clase trabajadora; por destacar su papel como sujeto histórico; por cuestionar los procesos de institucionalización y de cooptación, relacionando variables como el Estado, el régimen político y el sindicalismo, en contextos donde predomina el discurso desarrollista de crecimiento económico; por analizar los impactos de la contienda partidista, las consecuencias de los ciclos de violencia y las demandas de la clase trabajadora contenidas en sus planes y programas; por precisar la naturaleza de su actividad huelguística; por superar la reducción de la historia de la clase trabajadora simplemente como una historia sindical, de partido o determinada por el derecho laboral; por identificar las demandas que trascienden el ámbito salarial e involucran reivindicaciones ambientales, culturales y de género, entre otros asuntos.

Durante las décadas de 1980 y 1990, justo en un momento crítico para el sindicalismo, diversas corrientes teóricas e historiográficas se plantearían la necesidad de continuar reivindicando la historia de las clases trabajadoras colombianas, a partir de nuevos puntos de vista teóricos y metodológicos. Se trataba, a su vez, de aportar distintos elementos empíricos y heurísticos con base en un escrutinio mucho más sistemático de fuentes: archivos oficiales, prensa, fuentes orales, iconográficas y documentación producida por los propios trabajadores. Esto permitía una ampliación del horizonte de análisis: con ello no solo se daba cuenta de las condiciones materiales de existencia, las formas de organización y lucha, sino también de las influencias ideológicas y políticas, así como de las manifestaciones culturales propias de la cotidianidad dentro y fuera del espacio de trabajo. Hay, entonces, un interés por dar cuenta del proceso de formación de la clase trabajadora, algo obviado por las corrientes historiográficas clásicas del país, y de la construcción de lo popular, de una cultura popular radical, así como de la "identidad obrera".

En las nuevas propuestas de análisis se evidencia una concepción dinámica de la clase trabajadora; esta se construye mediante experiencias históricas y proyectos compartidos, teniendo en cuenta tanto las dimensiones socioeconómicas como las dimensiones político-culturales. La conciencia de clase se expresa también en términos culturales, encarnados en tradiciones, sistemas de valores, ideas y formas institucionales. La conciencia se crea por factores internos y externos.35

Abordemos algunas de sus expresiones emblemáticas.36 Renán Vega, con su Gente muy rebelde. Protesta popular y modernización capitalista en Colombia, 1909-1929,37 se inscribe en esta corriente. Recurre a una tradición marxista no ortodoxa, que sostiene la vigencia de los análisis de clase. Incorpora una lectura que atiende a las variaciones regionales pero reivindicando, al mismo tiempo, una mirada global del país. Frente a las formas de protesta, da cuenta de sus diversas expresiones locales, con el ánimo de efectuar un análisis comparativo y determinar sus características. En la aproximación de Vega, la conciencia social y el ser social están mediatizados por la experiencia, directa e histórica, de los trabajadores colombianos. Por lo tanto, logra superar las nociones según las cuales las clases populares desarrollan su conciencia social de manera mecánica, o, por el contrario, que la conciencia se impone como un elemento exógeno a la clase trabajadora.

Pese al desarrollo del capitalismo durante las primeras décadas del siglo XX en Colombia, con dificultad puede sostenerse la existencia de relaciones de producción típicamente capitalistas. La relación capital-trabajo no era predominante y los trabajadores asalariados eran minoritarios. Por tal motivo, Vega es especialmente enfático en señalar que la protesta popular que se presentó en el país en ese contexto estaba animada por las "clases subalternas": artesanos, campesinos, indígenas y pobladores urbanos. En esta versión, se superan los enfoques que identificaban al proletariado como un sujeto con misión histórica. La historia de las "clases subalternas" revela que existen sujetos históricos heterogéneos, sin una carga ideológica que le arrogue un papel mesiánico.

En ese aspecto del análisis de Vega es posible rastrear sus deudas con Raymond Williams, Thompson y George Rudé, especialmente en términos de la propuesta que este último construyó para estudiar las modalidades de protesta popular: incluye los tipos de disturbios, las formas de acción, la espontaneidad y la falta de organización, la dirección, la composición de las masas y la ideología de la agitación. Aunque reconoce sus cualidades hermenéuticas, Vega incorpora con cierta precaución los aportes de Rudé, para indagar en las especificidades de la protesta popular en Colombia entre 1909 y 1929. De ahí que proponga una definición normativa:

Por protesta popular se entiende un conjunto variado de acciones colectivas de índole multiclasista encaminada a afrontar problemas que afectan directamente a amplios sectores de las clases subalternas y en la que entran en juego aspectos estructurales de tipo material y aspectos simbólicos y subjetivos. Porque en la protesta popular intervienen valores culturales que nos remiten a otra noción polisémica y discutible, pero necesaria a la hora de analizar las protestas, como es la de cultura popular.38

Metodológicamente también es notable la influencia de Antonio Gramsci en el libro de Vega. Este examina, a partir de las condiciones materiales de los sectores populares urbanos y rurales, las trayectorias y mecanismos por medio de los cuales los sectores subalternos establecieron vínculos políticos con otras formaciones de la "sociedad civil". Frente a las cuestiones relacionadas con las identidades y las representaciones de los sectores subalternos, Vega contribuye a la profundización del estudio sobre el contenido ideológico en la correlación de fuerzas sociales, así como las apropiaciones simbólicas y rituales de discursos de carácter político.

Ricardo Sánchez, por su parte, realiza importantes contribuciones a la historia social de la clase trabajadora defendiendo, desde el punto de vista teórico y político, la vigencia de los análisis relacionados con la lucha de clases.39 Su perspectiva trata de dar cuenta de dimensiones como la conciencia, la ideología, las mentalidades, la organización, la construcción de la nación y la emergencia de las llamadas nuevas identidades (étnicas, culturales, de género), con lo cual posiciona el enfoque teórico en las trayectorias históricas asociadas a las principales transformaciones del capitalismo durante el siglo XX, analizando su concreción en el caso colombiano y estableciendo correlaciones con el movimiento obrero europeo y latinoamericano. La huelga representa una expresión de independencia de la fuerza de trabajo en el conflicto laboral y, con razón, es asumida como una de las categorías sociohistóricas de análisis.

Sánchez resalta la importancia de retomar las propuestas de Marx pero distanciándose de sus intérpretes ortodoxos. Es lo que denomina como el "resurgir de un paradigma".40 Se trata de un Marx revisitado. Encuentra allí una fuente intelectual de suma importancia para el análisis de las luchas y el conflicto social, por sus aportes teórico-metodológicos. Las luchas se valoran como factores cruciales para explicar el cambio social.

Desde el punto de vista de las consideraciones espaciales y territoriales, el trabajo de Sánchez también es de suma utilidad. La selección de casos objeto de análisis obedece a realidades geográficas diferenciadas, donde priman desarrollos económicos desiguales con sus respectivas consecuencias, en términos de la configuración de regiones, pueblos y culturas.41 Esto determina diferencias notables en las expresiones de las luchas de la clase trabajadora, en sus formas de conformar los lideratos, de atender a sus memorias y tradiciones. Empero, estas singularidades no alteran la fisonomía ni la necesaria identidad clasista. Las diferencias resultan del análisis en profundidad de cada uno de los componentes de la investigación y, a su vez, enriquecen la investigación teórica e historiográfica.42

Las propuestas de Vega y Sánchez son importantes en cuanto ofrecen un amplio repertorio teórico y metodológico para el análisis de la clase trabajadora en el país. No obstante, son también limitadas. Sus orientaciones teóricas tienden a obscurecer algunos rasgos históricos de las transformaciones ocurridas al iniciar el siglo XX (modernización capitalista, en el caso de Vega), así como las acaecidas durante sus últimas tres décadas (inserción del proyecto económico-político del neoliberalismo, en el caso de Sánchez).

Dichas transformaciones están asociadas a reconfiguraciones geográficas y geopolíticas, las dimensiones político-institucionales del Estado, antagonismos en el mundo del trabajo, las dinámicas de producción/reproducción del capital y la reorganización de sus regímenes de acumulación, así como con la emergencia de nuevos períodos de violencia. Esto se acentúa en la perspectiva de Vega, dada la fuerte carga del componente culturalista. Ese problema podría resolverse profundizando en una lectura interdisciplinar.

La combinación de los aportes de la historia social con los de la economía política, solo a título de ejemplo, podría constituir una alternativa con notable potencial heurístico. Infortunadamente, Vega y Sánchez no avanzan mucho en ese sentido.

Finalmente, en su Idas y venidas, vueltas y revueltas. Protestas sociales en Colombia, 1958-1990,43 Mauricio Archila realiza un balance de las principales tendencias teóricas e historiográficas sobre la acción colectiva y lleva a cabo varias precisiones conceptuales: identifica los "sujetos" (entendidos como movimientos que persisten en el tiempo y se agrupan en torno a demandas/ identidades políticas, económicas, sociales y culturales) y las "acciones" (entendidas como formas de lucha: paros, huelgas, movilizaciones, entre otras).

De ese acervo analítico se derivan dos consideraciones importantes, una teórica y otra histórica: por un lado, se matiza la discusión teleológica clásica a propósito de la vanguardia revolucionaria como responsabilidad histórica (y casi mesiánica) de la clase trabajadora. Aunque Archila no niega la existencia de clases sociales, en cuanto construcciones históricas y cuya identidad se genera en relación con los medios de producción, considera que la categoría de movimiento social resulta más amplia y contribuye en la explicación de múltiples conflictos sociales.44 La praxis social desborda, entonces, la categoría de clase.

Con respecto a los móviles de la protesta, de la investigación de Archila pueden extraerse abundantes perspectivas teórico-políticas sobre el sentimiento de injusticia, la indignación y la movilización como manifestaciones propias de las prácticas de los actores sociales, en las que se conjugan, como potencial creativo y emancipatorio, la identidad, la cultura y la conciencia. Es lo que se denomina en el libro como "justeza de las demandas" ante situaciones de exclusión e inequidad.

En general, las contribuciones de Archila permiten comprender que la historia de las luchas sociales constituye un campo historiográfico privilegiado para dar cuenta de la correlación entre historia y política, entre el desarrollo de las ciencias sociales y el contexto social en el que emergen. Con razón argumenta la necesidad de establecer un "nuevo contrato" entre investigadores e investigados, para aportar en un diálogo creativo que aproveche la riqueza de los múltiples capitales culturales y, respetando los márgenes de autonomía, coadyuve en la comprensión de los actores sociales como sujetos de su propia historia.

Sin embargo, en el libro quedan asuntos pendientes, desde el punto de vista teórico-político. Si bien es cierto que en la actualidad es insostenible defender el argumento de la "vanguardia revolucionaria del proletariado", el desencanto histórico con las viejas utopías no debe anular la importancia de la reflexión sobre la conciencia revolucionaria y la necesidad de acciones políticas y sociales orientadas hacia la emancipación. En ese sentido, el papel de los intelectuales progresistas sigue siendo significativo. La crítica no es incompatible con la militancia, militancia entendida no necesariamente en relación con un partido, pero sí con un proyecto alternativo de sociedad.

Conclusión: en defensa de la clase (o las posibilidades de restablecer el campo social en la historia)

Reivindicar el prolífico legado de la historia social demanda un esfuerzo radical: estudiar las esferas sociales, políticas, económicas y culturales de forma indefectiblemente conjunta. La investigación sobre las clases sociales constituye un campo conflictivo pero privilegiado para explorar esa posibilidad. Una tentativa reciente que pretendió asir esa provocación fue elaborada por Geoff Eley y Keith Nield quienes argumentan que el habitus de la historiografía no puede reducirse a un conjunto de posiciones surgidas de teorías del conocimiento.45 El fundamentalismo epistemológico clausura las posibilidades de análisis. Eley y Nield sugieren que la alternativa es combinar diversos registros analíticos, abordando creativamente los problemas de las estructuras, los procesos y los sujetos.

Un proyecto de alcances similares había sido anticipado por Eric Hobsbawm cuando propuso la transición de la historia social a la historia de la sociedad.46 Si el historiador social pretende responder de manera eficaz a los retos que plantean las nuevas corrientes de análisis en la historia, no puede limitarse únicamente a su disciplina y encerrarse en los refinamientos propios de una minoría de especialistas. La historia debe abrirse a una multiplicidad de perspectivas y categorías en torno a objetivos cada vez más interdisciplinares: "la Historia de la Sociedad no puede escribirse aplicando los escasos modelos de otras ciencias que tenemos a nuestra disposición; requiere la construcción de nuevos modelos que sean apropiados… o, al menos (argüirían los marxistas), la conversión de los bosquejos existentes en modelos".47

El aserto de Hobsbawm fue llevado demasiado lejos por Eley y Nield, especialmente cuando expusieron abiertamente la necesidad de una suerte de "historia híbrida" producto de la fusión entre la historia social y la historia cultural. La puesta en marcha de un conveniente pero discutible "pluralismo metodológico"48 buscaba responder, en buena medida, al desafío de Patrick Joyce, quien en 1995 vaticinaba el "fin de la Historia Social".49 El giro cultural que experimentó la historiografía durante las décadas de 1980 y 1990, con sus variantes posestructuralistas, posmarxistas y posmodernas,50 generó "una nostalgia de la Historia Social",51 que se materializó, posteriormente, en intervenciones como las de Eley y Nield.

El reconocimiento de los aportes elaborados por las corrientes sociales y culturales se inscribe en un proyecto de renovación de la historia social, que Eley y Nield buscan mantener en una matriz marxista. No obstante, la cómplice aquiescencia con las propuestas hermenéuticas de la historia cultural revela los límites de su aproximación teórico-metodológica que no necesariamente conduce a la restitución de un estatuto epistemológico, heurístico y metodológico específico para la historia social.

La arremetida posmoderna de la historia cultural en realidad impugnó los bastiones más débiles de la historia social, muchos de ellos producto de sesgos en el análisis y reinterpretaciones ambivalentes. Me explico. Las elaboraciones de la historia social rehusaron el determinismo relacionado con la metáfora base-superestructura, pero insistían en que el problema de la clase debía asociarse, de algún modo, con el campo económico (sin caer, desde luego, en el economicismo), con el objetivo de reintroducir la "agencia" histórica de los actores sociales, a la usanza de Thompson, quien defendió, como tuve la oportunidad de exponer, la interacción entre las condiciones materiales y los marcos culturales a partir de la categoría de experiencia. Paralela y paradójicamente, desde el punto de vista de la "agencia", se desechó cualquier sugerencia que llevase a dilucidar las perspectivas políticas, las mentalidades, las creencias y las identidades culturales como resultado de procesos económicos. Esa alternativa podía derivar, y de hecho lo hizo, en una matriz culturalista.

Ese tipo de ambivalencias se reproduce en la propuesta de Eley y Nield:

Al postular la importancia significativa de la clase como un terreno político permanente no estamos pidiendo que se le conceda un nuevo estatus hegemónico. Al intentar reintroducir la regularidad estructural, en este caso de la producción de desigualdades en el capitalismo, no estamos diciendo que estemos a favor de abandonar la interpretación posestructuralista más reciente, o reclamando la vieja primacía de la estructura. Lo que estamos diciendo es que para que cualquier análisis se pueda considerar completo deben entrar en juego tanto el análisis cultural como el estructural.52

En la preocupación de Eley y Nield por el imperioso "retorno de lo social" comparto la premisa pero rechazo la conclusión. Restaurar y reivindicar el proyecto totalizador que caracterizó a la historia social implica enfrentar un desafío mucho más complejo y demandante, que claramente desborda la pretensión ecléctica y esotérica del "pragmatismo bienintencionado".53

Superar el reduccionismo debería significar una discusión de fondo sobre cómo asir el proceso de escritura de la historia, es decir, interpelar el itinerario amplio de la operación historiográfica. Alcanzar ese horizonte probablemente nos obligue a revisitar a Marx, en especial volver sobre las obras que rebasaron el arquetipo reduccionista al equilibrar las aproximaciones diacrónicas y sincrónicas, conjugando historia, teoría y política. Es preciso reafirmar crítica y decididamente la historia social de estirpe marxiana (y del marxismo), para reescribir la historia de la clase trabajadora y restituir su importancia en las discusiones nucleares de la historia social en general.

Los elementos sugeridos podrían contribuir en ese proyecto crucial: recuperar la "polémica historiográfica", polemizar ampliamente nuestra disciplina. Lo anterior también tiene implicaciones políticas: éticamente resulta insostenible condenar a los anaqueles del olvido los problemas relacionados con el análisis de clase en perspectiva histórica, fundamentalmente en coyunturas críticas donde el capitalismo, en su fase neoliberal, se ha manifestado con sus rasgos más despiadados. La discusión es relevante para la historia social y para el sujeto que produce/ reproduce el discurso historiográfico, dados sus alcances políticos, su concreción social y sus aristas disciplinares.

Si algo revela el breve repaso de algunas de las tendencias de análisis, es su riqueza y polivalencia para el estudio histórico de la clase trabajadora. Un ejercicio de síntesis resulta complejo, en la medida en que ha enfrentado los rigores del tiempo histórico, modificándose, revaluándose, complementándose y reconstruyéndose. El necesario fortalecimiento de la agenda de investigación sobre la clase trabajadora demanda una lectura compleja que integre críticamente las principales contribuciones, evitando caer en dogmatismos y reduccionismos pero siendo conscientes, a la vez, de los riesgos asociados al eclecticismo. El breve recorrido por algunas de las trayectorias intelectuales de la historia social dedicadas al análisis de la clase trabajadora nos sugiere importantes lecciones. Es necesario atender cuidadosamente a las siguientes variables:

i. Los procesos de cambio social: en ellos, la dinámica del conflicto y las movilizaciones sociales juegan un papel históricamente esencial. Allí las luchas sociales pueden interpretarse como el motor de transformaciones sociales.

ii. Las contradicciones o problemas estructurales de tipo socioeconómico: contribuyen en la explicación de gran parte de los conflictos sociales, en cuanto representan una articulación entre grupos, clases o actores sociales, causas de la lucha social, momentos en los que emergen y objetivos que persiguen.

iii. Los marcos jurídico-institucionales y políticos: representan estructuras de constricción para las acciones sociales a través de mecanismos de consenso o coerción.

iv. Los rasgos culturales de la vida social: agrupan ideas, creencias, tradiciones, preceptos éticos que establecen marcos de análisis y estructuras de interpretación de condiciones sociales, y, a partir de ahí, sitúan pautas de comportamiento, vínculos de solidaridad, expectativas, entre otros factores.

Dichos criterios constituyen una valiosa herramienta de trabajo para la reconstrucción teórica e historiográfica de la clase trabajadora. En ese derrotero mantiene especial vigencia la prolífica tradición teórico-metodológica de la historia social.


Pie de página

1 Walter Benjamin, Tesis de filosofía de la Historia (Madrid: Taurus, 1973) 3.
2 Me inclino por el neologismo "marxiana" para abordar las contribuciones de Marx en la proyección de una historiografía, en su momento aún germinal, de las clases sociales. Dado el sentido del acápite, puede ser un término más preciso que el adjetivo "marxista". Además, hago eco del propio aserto de Marx: "tout ce que je sais, c’est que je ne suis pas marxiste". Véase la carta de Friedrich Engels a Konrad Schmidt (5 de agosto de 1890) en: Karl Marx y Friedrich Engels, Obras completas, tomo III (Moscú: Editorial Progreso, 1976). A propósito de la afirmación, Francisco Fernández señala: "Marx le dijo a Engels, al parecer un par de veces entre 1880 y 1881, ya en su vejez, ‘yo no soy marxista’. Estaba protestando contra la lectura y el aprovechamiento que por entonces hacían de su obra económica y política gentes como los ‘posibilistas’ y guesdistas franceses, intelectuales y estudiantes del partido obrero alemán, y ‘amigos’ rusos que interpretaban mecánicamente El Capital". Francisco Fernández, "Marx y los marxismos. Una reflexión para el siglo XXI", La teoría marxista hoy. Problemas y perspectivas, comp. Atilio Borón (Buenos Aires: Clacso, 2006) 196.
3 En su carta a Joseph Weydemeyer del 5 de marzo de 1852, Marx escribe: "Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses habían expuesto ya el desarrollo histórico de esta lucha de clases y, en el caso de algunos economistas burgueses, su anatomía". Karl Marx y Friedrich Engels, Obras completas, tomo II, (Moscú: Editorial Progreso, 1973) 542.
4 Luz Teresa Gómez, La sociología en el capital de Karl Marx (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2014) 192.
5 Eric Hobsbawm, retomando la lectura de Leszek Kolakowski, sostiene que esa aparente "misión" de las clases trabajadoras es el resultado de una "deducción filosófica, en lugar de ser producto de la observación". No obstante, resalta al menos tres contribuciones cruciales del Manifiesto. En primer lugar, la exhortación al análisis de larga duración para develar la trayectoria histórica de las contradicciones del capitalismo. En segundo lugar, la necesidad de dar cuenta de las transformaciones sociales con el fin de interpelar y contrarrestar las versiones deterministas que tienden a soslayar el papel de los sujetos sociales, sus perspectivas filosóficas, sus opciones éticas y su praxis política. En tercer lugar, invita a comprender los procesos de emancipación como una respuesta a las crisis y las formas de antagonismo que se reproducen históricamente. Véase Eric Hobsbawm, Cómo cambiar el mundo (Barcelona: Crítica, 2011).
6 Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto del Partido Comunista (Bogotá: Partido Comunista Colombiano, 1998) 111.
7 Karl Marx, Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850 / El dieciocho brumario de Luis Bonaparte (Madrid: Editorial Espasa Calpe, 1995).
8 Karl Marx, Miseria de la filosofía (México: Siglo XXI, 1975) 120.
9 Edward Thompson, Miseria de la teoría (Barcelona: Editorial Crítica, 1981) 78.
10 Edward Thompson, La formación de la clase obrera en Inglaterra (Crítica: Barcelona, 1989) viii.
11 Thompson, La formación ix.
12 Thompson, La formación xiii.
13 Thompson, La formación xiv.
14 Edward Thompson, "Algunas observaciones sobre clase y falsa conciencia", Historia Social 10 (1991): 28-29.
15 Thompson, "Algunas observaciones…" 29.
16 Perry Anderson argumentó que esa relación siempre se establece por un "principio de codeterminación" entre lo objetivo y lo subjetivo. Véase Teoría, política e historia. Un debate con E. P. Thompson (Madrid: Siglo, 1985).
17 Thompson, Miseria 167.
18 Thompson analizó lo que él denominaba como "la principal división de clases en Inglaterra durante el siglo XVIII": las contradicciones entre la gentry¸ o los patricios, y la plebe. Oposición que obedecía a una "lucha de clases sin clases", generalizada en las sociedades preindustriales. Véase Edward Thompson, Tradición, revuelta y conciencia de clase. Estudios sobre la crisis de la sociedad preindustrial (Barcelona: Crítica, 1979).
19 Thompson, La formación xv.
20 William Sewell, "Cómo se forman las clases: reflexiones críticas en torno a la teoría de E.P. Thompson sobre la formación de la clase obrera", Historia Social 18 (1994) 90.
21 Joan Scott, "La experiencia como prueba", Feminismo literario, eds. Neus Carbonell y Meri Torras (Madrid: Arco Libros, 1999) 77-112.
22 Para una ilustración detallada de las consecuencias teóricas y metodológicas asociadas con la obra de Thompson. Véase Jesús Millán, "La formación de las clases después de Thompson. Algunos debates actuales", Historia contemporánea 13-14 (1996): 63-85.
23 Una de sus representantes emblemáticas es Joan Scott. Consúltese su trabajo: "El eco de la fantasía: la historia y la construcción de la identidad", Ayer 62 (2006) 111-132.
24 Gareth Stedman-Jones, Lenguajes de clase: estudios sobre la historia de la clase obrera inglesa (1832-1982) (México: Siglo XXI, 1989) 7.
25 Stedman-Jones, Lenguajes de clase 8.
26 Gareth Stedman-Jones, "El proceso de la configuración histórica de la clase obrera y su conciencia histórica", Historia Social 17 (1993) 120.
27 Para un esbozo mucho más detallado de las críticas, véase Neville Kirk, "En defensa de la clase. Crítica a algunas aportaciones revisionistas sobre la clase obrera inglesa en el siglo XIX", Historia Social 12 (1992) 59-100.
28 Joan Scott, "El género: una categoría útil para el análisis histórico", El género: la construcción cultural de la diferencia sexual, comp. Marta Lamas (México: PUEG, 1996) 265-302.
29 Joan Scott, "Sobre el lenguaje, el género y la historia de la clase obrera", Historia Social 4 (1989) 81-98.
30 Scott, "Sobre el lenguaje…" 85.
31 Bryan D. Palmer, "Respuesta a Joan Scott", Historia Social 4 (1989) 99-118.
32Joan Scott, "Una respuesta a las críticas", Historia Social 4 (1989) 127-135.
33 Patrick Joyce, Visions of the People. Industrial England and the Question of Class, 1848-1914, (Cambridge: Cambridge University Press, 1994).
34 Patrick Joyce, "Materialidad e historia social", Ayer 62 (2006) 73-87.
35 Mauricio Archila condensó ese punto de vista en un ensayo publicado en 1989. Allí criticaba a los externalistas, que entienden la conciencia como algo que surge desde fuera, producto de los intelectuales orgánicos o del vanguardismo del partido, pero también a los que desconocían la influencia de elementos externos. Véase Mauricio Archila, "Cultura y conciencia en la formación de la clase obrera latinoamericana", Revista Historia Crítica 1 (1989).
36 Lo anterior es problemático, dado que, en sentido estricto, no hubo un criterio específico para la selección de las obras más allá del tratamiento diacrónico que hacen del tema que nos convoca. Como anticipaba en la presentación del artículo, no pretendo agotar ni abordar de manera exhaustiva las abundantes perspectivas de investigación sobre la clase trabajadora en Colombia. Simplemente trato de ilustrar la discusión, a partir de algunas expresiones que dialogan con la tradición marxiana dentro de la historia social del país. Además, únicamente discuto sus horizontes teóricos y metodológicos.
37 Renán Vega, Gente muy rebelde. Protesta popular y modernización capitalista en Colombia, 1909-1929 (Bogotá: Ediciones Pensamiento Crítico, 2002).
38 Vega 22.
39 Ricardo Sánchez, ¡Huelga! Luchas de la clase trabajadora en Colombia, 1975-1981 (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2009).
40 Sánchez 27 y ss.
41 La huelga de los trabajadores azucaremos en el Ingenio Riopaila (Valle del Cauca, 1975-1976), la huelga del Sindicato de trabajadoras de Vanytex (Bogotá, 1976), el conflicto nacional de trabajadores del Banco Popular y del Banco Central Hipotecario (1976), el paro de trabajadores de la salud en el Instituto de Seguros Sociales (1976), el Paro Cívico Nacional (1977) y la huelga de la Unión de Marinos Mercantes de Colombia (1981).
42 Sánchez 19.
43 Mauricio Archila, Idas y venidas, vueltas y revueltas. Protestas sociales en Colombia, 1958-1990 (Bogotá: ICANH / CINEP / Diakonía, 2003).
44 Archila 79.
45 Geoff Eley y Keith Nield, El futuro de la clase en la historia ¿Qué queda de lo social? (Valencia: Universidad de Valencia, 2010).
46 Eric Hobsbawm, Sobre la historia (Barcelona: Crítica, 2002) 84-104.
47 Hobsbawm 89.
48 Geoff Eley, "El mundo profano e imperfecto de la historiografía", Historia Social 69 (2011) 139.
49 Patrick Joyce, "¿El fin de la historia social?", Historia Social 50 (2004) 25-45.
50 Para una apreciación detallada de ese proceso, véase el sugestivo libro de Ernst Breisach, Sobre el futuro de la historia. El desafío posmodernista y sus consecuencias (Valencia: Universidad de Valencia, 2009).
51 William Sewell, "Líneas torcidas", Entre pasadas. Revista de Historia 35 (2009) 9-23.
52 Eley y Nield 225.
53 "Al intentar desesencializar lo que estamos denominando registros, y rechazamos polarizaciones o jerarquías epistemológicas, lo que tratamos es de crear un escenario en el que renazca un pluralismo conceptual real a través de lo que hemos descrito como un pragmatismo bienintencionado". Eley y Nield 229.


OBRAS CITADAS

Fuentes secundarias

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