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Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura

versão impressa ISSN 0120-2456

Anu. colomb. hist. soc. cult. vol.45 no.1 Bogotá jan./jun. 2018

http://dx.doi.org/10.15446/achsc.v45n1.67550 

Editorial

Higiene, cuerpo y enfermedad

MAX S HERING TORRES1 

1 Director-Editor, Anuario Colombiano de Historia Social y de La Cultura, Colombia.

La fotografía de Melitón Rodríguez, tomada en 1892, capta una lección de anatomía en el cementerio de San Lorenzo en Medellín. A falta de anfiteatro en la Escuela de Medicina de la Universidad de Antioquia, los estudiantes se veían en la obligación de desplazarse al camposanto para visualizar y entender lo que esconde la piel. En la imagen vemos las condiciones de aprendizaje, los instrumentos y la interacción de jóvenes estudiantes con un cadáver. Un cuerpo, aunque muerto, sugiere muchos más elementos imposibles de retratar con la cámara: las posibles nociones de aquellos discípulos sobre higiene, cuerpo y enfermedad, insertas en una amplia red de conexiones, que van más allá del lugar, el tiempo y su quehacer de ese instante congelado. Aunque la fotografía sea solo un pretexto, una suerte de abrebocas, la idea de este dossier es precisamente rastrear algunas de estas redes, historizando lo que muchas veces se entiende como estático e inmutable: higiene, cuerpo y enfermedad. Dicho de otra forma, prestando especial atención a sus dimensiones socioculturales, el objetivo de este nuevo número es reflexionar desde la historia sobre el cuerpo como algo más que una realidad anatómica, sobre la higiene como algo más que la limpieza física y sobre la enfermedad como algo más que un virus o una bacteria. Todo esto invita a discutir los tres ejes temáticos como campos modelados tanto por la cultura, la política y la ciencia, sin olvidar sus condiciones materiales en diferentes periodos históricos. En medio de esta amplia variedad temática los artículos se encuentran ordenados por un criterio cronológico y espacial, del pasado al presente, de Colombia a su contexto en América Latina.

Este número abre con el trabajo de Adriana Alzate sobre los "reconocedores" durante el periodo colonial en el Nuevo Reino de Granada. Se trataba de sujetos convocados por las autoridades para examinar los cuerpos del delito, muertos o vivos, y así poder determinar la verdad de los hechos criminales. En el intento de razonar hacia atrás, tal como lo plantea la autora, los reconocedores interpretaban las heridas del cuerpo como ventanas hacia al pasado, como una suerte de texto a observar, para deducir el hecho criminal. Los reconocedores podían ser médicos oficiales o cirujanos, pero también barberos, curanderos y parteras. Por supuesto, algunos fueron avalados por las autoridades coloniales, otros solo tolerados, y unos más ni siquiera consentidos, pero lo cierto es que todos ellos se mostraron indispensables para administrar justicia. Esto nos invita a pensar la práctica médica a partir de una articulación entre historia desde arriba y desde abajo, para entender cómo esta poderosa dupla, medicina y justicia, confluyó mucho antes de la institucionalización de la medicina legal.

Mientras que los reconocedores se preocupaban por leer el pasado de un hecho criminal, otros médicos intentaban prevenir el desorden moral y toda clase de desviación en el futuro. De esto se ocupa María Fernanda Vásquez con un trabajo sobre la higiene infantil en Colombia entre finales del siglo XIX y las primeras dos décadas del XX. Aunque la preocupación por la higiene de aquel entonces implicaba, como es sabido, un especial interés por el control de epidemias, la limpieza urbana y la profesionalización de la medicina en aras de un deber ser, la autora toma una ruta alternativa: a partir de una dupla distinta, esta vez medicina y educación, analiza la fatiga intelectual (surmenage) y el instinto sexual como partes esenciales de la higiene escolar. Estos se configuraron como dos poderosos discursos y saberes utilizados para evitar el fracaso escolar y la delincuencia, que confluirían en los discursos médico-pedagógicos y en prácticas de observación y clasificación. Su resultado fue una clara delimitación entre normalidad y anormalidad, como consecuencia de una tajante división entre escuelas públicas, escuelas especiales y casas de corrección para propiciar el bien y atajar el mal.

Aunque las prácticas de examen médico debían ser reconocidas por las autoridades neogranadinas, tal como nos lo enseña Adriana Alzate, es indudable que el arte de curar y su profesionalización son impensables si no se tienen en cuenta las prácticas por fuera de la oficialidad. Este aspecto lo resaltan Jorge Márquez y Victoria Estrada, quienes estudian las actividades de un culebrero, tegua y médico sin diploma a principios del siglo xx. El artículo profundiza el caso particular de Antonio Rondín Uscátegui, mejor conocido como el Indio Rondín, curandero, farmaceuta, buhonero, dentista e incluso médico que obtendría reconocimientos por vías extraoficiales. El artículo propone reflexionar sobre la historia de la profesionalización de la medicina en Colombia no como una historia en singular desde su oficialidad, sino más bien desde una perspectiva plural, es decir, teniendo en cuenta las relaciones de poder, las alianzas y toda clase de negociaciones con este grupo amplio y heterogéneo de médicos tolerados o sin diploma. Los autores analizan hábilmente las prácticas de curación en su presente e invitan a pensar en la aceptación de la comunidad, las filiaciones políticas y el honor -decencia, virtudes morales- como elementos decisivos a la hora de traspasar los límites entre oficialidad y extraoficialidad, entre medicina no diplomada y medicina universitaria.

Llama la atención que aunque en estos tres trabajos los ejes cuerpo, higiene y enfermedad se discuten con diferentes intensidades, pareciera que en el primer artículo dichos temas remiten al cuerpo herido como un intento de generar justicia a partir de la lectura del pasado, mientras que en el segundo caso se intenta prevenir el día del mañana corrigiendo el mal de forma anticipada, y en el tercero se busca curar la enfermedad en el presente desde las prácticas de atención sin diploma. Vemos así que cuerpo, higiene y enfermedad nos permiten no solo bucear en las múltiples y variables significaciones históricas, sino entender cómo el tiempo y sus preocupaciones, atadas a valores culturales, son parte esencial de su análisis.

Después de recorrer algunos episodios de la historia colombiana, el dossier abre perspectivas e incluye América Latina, concretamente Perú, Chile, Argentina, México y Brasil. Con base en el concepto de higiene, ya no como un aspecto de la pedagogía infantil -tal como lo discute María Fernanda Vásquez-, sino como política sanitaria, se ofrecen dos estudios muy llamativos: uno sobre el Barrio chino en Lima y otro sobre los desagües, sifones y alcantarillas en Valparaíso, ambos hacia finales del siglo XIX e inicios del XX.

Con el trabajo sobre el Barrio chino en Lima, elaborado por Patricia Palma y José Ragas, se explora cómo el discurso higiénico y racial transformó a la comunidad china en blanco de fuertes estigmatizaciones que evocaban enfermedad y peligro social. Lo curioso es que en medio de solicitudes concretas por la destrucción del barrio, la población local se vio atraída por las prácticas de atención originadas en la medicina china. Esta ambivalencia entre rechazo y atracción, entre enclave insalubre y alternativa sanitaria, nos invita a pensar las relaciones interculturales y la migración desde los antagónicos imaginarios sobre salud y enfermedad, curación y racismo, alimentación y mal gusto en medio de la realidad de una epidemia. El Barrio chino de Lima se convierte así en un lugar polivalente. Entre sus valencias -condena y salud- se evidencia al otro, en este caso, al migrante como objeto de menoscabo debido al miedo proyectado en él.

Por su parte, Macarena Ibarra y Pablo Páez estudian en clave de historia cultural la gestión de los desechos humanos y el control de los cuerpos en Valparaíso, particularmente el impacto que esto tuvo en la burguesía. Entre alcantarillas, sifones y escusados -materialidades concretas- se alude a temores corporales, desconfianza, olores, distinción y al conflictivo acercamiento de lo privado y lo público. Llama la atención el tema de la democratización de un espacio que la burguesía había considerado propio y que ahora, en pro del bien común, debía aceptar como público. Este trabajo y el de Palma y Ragas son disímiles, pero comparten una discusión sobre la higiene como un proyecto influenciado tanto por médicos como por ingenieros y políticos. Así, la ciudad aparece como un espacio donde utilidad, una cierta idea de progreso y cultura se interpenetran.

Después de la historia urbana en diálogo con la historia cultural, viajamos hasta Buenos Aires de la mano de María Laura Rodríguez y su investigación sobre medicina, eugenesia y aborto terapéutico (1920-1930). Su trabajo ofrece una perspectiva de género y de la medicina a partir del examen de saberes y terapias sobre mujeres tuberculosas. Como resultado se evidencian tendencias conservadoras bajo una agenda eugénica positiva que a nivel discursivo no le dio prioridad a la salud de las enfermas sino a las convicciones médicas y sociales del deber ser del cuerpo femenino que tenían los especialistas. Genera interés el siguiente hecho: mientras la investigación de María Fernanda Vásquez estudia las formas de intervención de la niñez como política de corrección mediante la pedagogía, el trabajo de María Laura Rodríguez estudia cómo -otra vez, a nivel discursivo- se niega la posibilidad de vida de hijas e hijos de mujeres enfermas interviniendo ya no en la niñez sino en un estado de embarazo. Esta es una interesante forma de corrección preventiva, proyectada incluso antes de la transformación de un ser en ser social.

De Buenos Aires pasamos a México, específicamente a Yuriría, Guanajuato, remoto lugar de nacimiento de El Niño Fidencio. Este curandero adquirió fama internacional en la primera mitad del siglo xx debido a las sanaciones que hacía en la hacienda Espinazo, ubicada en el municipio de Mina, en la frontera entre Nuevo León y Coahuila. Claudia Agostoni estudia a este extraordinario personaje y presenta no solo sus performances en el arte de curar, sino dos dimensiones en red que ayudan a entender el impacto del curandero. Por un lado, la falta de clínicas y hospitales, la carencia de médicos diplomados y la inexistencia de enfermeras; en otras palabras, la falta de infraestructura sanitaria que, de algún modo, puede contribuir a explicar la meteórica carrera del curandero. Por otro, y sumado a ello, el rol de los medios de comunicación, impresos y visuales, que catapultaron su fama.

El dossier termina con un artículo sobre Brasil, probablemente el país latinoamericano donde el pluralismo religioso ha sido y sigue siendo un dato clave de su conformación cultural. El trabajo de Beatriz Teixeira Weber y Dalvan Alberto Sabbi Lins explora las relaciones entre medicina y religión, en particular las tensiones entre el espiritismo y los saberes médicos institucionalizados. Se trata de un cruce temático que apenas ha sido discutido por la historiografía y que en este artículo tiene una provocativa agenda para trabajos futuros.

En los últimos quince años los estudios sobre la higiene, la enfermedad y el cuerpo han proliferado de modo sostenido y en la actualidad conforman un vibrante campo de indagación. Los artículos seleccionados para este dossier retoman las líneas historiográficas ya afianzadas: la historia del cuerpo, la historia contextualizada de la biomedicina, la historia de la salud pública y la historia sociocultural de la enfermedad. Empeñados en evitar una lectura anacrónica de la medicalización, estos trabajos reconocen que se trata de un proceso que en ciertos periodos apenas se insinuaba y que, por lo tanto, el cuidado de la salud no se reducía a las muy limitadas ofertas de la medicina oficial, sus profesionales y sus instituciones. En otras palabras, sugieren que es imprescindible complejizar la historia de la medicalización tomando nota de la -a veces- muy perdurable presencia de otras ofertas de atención, de los curadores populares, herboristas y charlatanes. Si estos asuntos son casi obvios, pero muy poco estudiados en los albores de la medicalización, conviene remarcar que aun cuando se trate de sociedades medicalizadas, el pluralismo en materia de ofertas de atención no desaparece. Esa persistente presencia resulta de la existencia de áreas geográficas o sectores sociales que por diversas razones no han sido afectados profundamente por instituciones y profesionales de la medicina oficial, o porque en ciertas coyunturas aparecen nuevos desafíos para los que la biomedicina carece de respuestas eficaces.

Con este dossier esperamos haber contribuido no solo a un diálogo entre diferentes perspectivas en torno al cuerpo, la higiene y la enfermedad, sino también a un esfuerzo de historización, desde Colombia y América Latina, de temáticas que más allá de lo evidente nos invitan a reflexionar críticamente sobre la sociedad, sus desigualdades y el diferenciado poder de los saberes.

DIEGO ARMUS

Editor Invitado Swarthmore College

MAX S. HERING TORRES

Director-Editor

Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura

***

Debates I

El Anuario fue indexado recientemente en Q2 por Scimago Journal Ranking (SJR); una categoría relativamente alta para los resultados de la bibliometría nacional. No obstante sería ingenuo, superficial e incluso miope doblegarse ante los efectivismos de los rankings y confundirlos como elementos de calidad. El Anuario, como toda revista, tendrá sus virtudes y sus debilidades, pero no es buena o mala porque se incluyan o no en SJR o Scopus. De la mano con este idea, es grato poder incluir reflexiones sobre las formas como se construye la noción de calidad y cómo Colciencias legitima o deslegitima investigadores, grupos de investigación y revistas con base en ello. Esto es algo que concierne sobre todo a las ciencias humanas y sociales, ergo también a la historia. No podemos darle la espalada a la cruda realidad de cómo las burocracias intentan legitimar o deslegitimar nuestro ejercicio o, peor aún, a cómo inciden en las formas de construir conocimiento: pasamos de la necesidad del rigor académico a la necesidad de ser citados, hechos que no siempre concuerdan. Hace poco preguntábamos como editores-directores de revistas de la Facultad de Ciencias Humanas a las directivas: ¿debemos renunciar al conocimiento del presente y pasado colombiano para insertarnos en la lógica global de la citación?, ¿por qué no le apostamos a la pluralidad del saber como fundamento de la democracia y de la producción situada del conocimiento? La respuesta fue la indiferencia del silencio. Vuelvo y pregunto: si la internacionalización es parte de una realidad innegable, ¿qué tanto debemos renunciar a lo local para subirnos a la locomotora de los indicadores y de los rankings y perder de vista nuestra propia identidad y preocupaciones académicas?

Por todo lo anterior, es grato haber podido integrar una reflexión de Yuri Jack Gómez sobre cómo la evaluación de la ciencia está insertada en discursos administrativos que despliegan dispositivos de biopoder a la hora de consolidar prácticas de auditoría que se confunden con una cultura de la calidad. Con relación a las ciencias sociales y humanas, el autor advierte la nefasta consecuencia que estas prácticas pueden tener para la academia. Su trabajo entra en diálogo con un contexto más amplio que el colombiano, y señala lo delicado que fue -y es- definir la producción de conocimiento desde lógicas de productividad material, tal como quedó consignado en la Declaración de Bolonia en 1988. Estas posturas se hicieron sentir en Colombia a la hora de definir los imaginarios de calidad académica y científica. Se trata de una competencia que acaece de forma desigual al entender la educación como un mercado. No obstante, el autor constata que debido a estas precisiones la academia colombiana se ha internacionalizado, buscando una especie de blanqueamiento cuando logra colaborar con países como Estados Unidos o países europeos. Hacer parte de esa comunidad es lo que el autor denomina la "punta del iceberg". Pero para lograrlo, no solo importa publicar en colaboraciones internacionales, sino también ser citado, teniendo en cuenta que no hay espacio para tantos académicos en ese metafórico ápice que para muchos es resbaladizo. Como dato estadístico tal vez sea hasta interesante, pero el problema es que Colciencias, ante su fracaso como ente evaluador mediante Publindex, optó por evaluar revistas a través de bases de datos internacionales como Scopus y SJR. Gómez insiste en lo problemático de esta forma de evaluar cuando compara las citaciones de la sociología alemana con la norteamericana y saca a relucir que la citación es el resultado de configuraciones materiales, aspectos del lenguaje, las comunidades de citaciones y aspectos demográficos y culturales del mercado.

En mis palabras, si se quiere, la citación es un reflejo de una relación de poder, y Colciencias, para nada ingenua, no solo la reproduce, sino que saca provecho de ella. Con esto queda claro una vez más que impacto no es sinónimo de calidad en un modelo que evalúa sin leer y donde otras bases de datos que evidencian impactos de forma más transversal -como Google Académico- son ignoradas parcialmente. Pareciera -y esta es mi triste conclusión-, que bajo la retórica de la calidad y la internacionalización se pretende producir el fracaso de las revistas, como se evidenció en la última medición para generar un ahorro fiscal a través del decreto 1279. De 526 revistas científico-académicas que habían sido reconocidas en el país, en 2017 solo fueron indexadas 244. Es evidente que entre peor se califiquen las revistas, menor es el reconocimiento para los profesores, pero mayor el ahorro fiscal en las universidades públicas. Esto es solo un pequeño apéndice que se suma a la histórica desfinanciación de la universidad pública. Y aunque este aspecto es preocupante, son igualmente alarmantes, si no más, los efectos de estas políticas sobre la construcción de conocimiento en nuestras disciplinas. ¿Cuáles son los cambios que se generarán en las revistas para poder cumplir con los nuevos parámetros de medición en Colciencias? Si nos doblegamos ante el nuevo modelo de Publindex, se corre el peligro en varios frentes: los directores de revistas pueden transformarse en mercaderes de citaciones; la diversidad de publicaciones seriadas puede empezar a desaparecer como resultado de fusiones estratégicas y sus efectos de homogenización; es posible que desplacemos aún más el español por el inglés; y, por último, es altamente probable que esto reproduzca una jerarquización del saber. En adelante "solo valdrá la pena" apoyar el conocimiento respaldado por grandes comunidades de citación -ojalá anglosajonas-, en detrimento de pequeñas realidades locales con menores comunidades de citación, pero no por eso secundarias. Solo el tiempo nos dirá si estoy equivocado, pero de todos modos, es nuestra responsabilidad estar atentos ante cómo la burocracia está incidiendo de forma agresiva sobre la construcción de conocimiento en las ciencias humanas y sociales.

II

En la sección de debates encontramos un sugerente intercambio de ideas sobre la paz, la conformación de la izquierda colombiana y la historización del plebiscito del 2016. Lo anterior gracias a una réplica elaborada por Ricardo López a Charles Bergquist. Como tal vez pudo notar el lector, el autor norteamericano publicó en el anterior número del Anuario un polémico artículo titulado "La izquierda colombiana: un pasado paradójico, ¿un futuro promisorio?". Según Bergquist, por un lado, en Colombia se deja constatar una debilidad histórica de la izquierda desde mediados del siglo XIX, y por el otro, se revela una evidente longevidad de la guerrilla revolucionaria. De esta aparente contradicción cosecha la posibilidad de explicar las raíces históricas del "no" en el plebiscito. El autor se nutre de sus conocidas investigaciones sobre la economía cafetera y el acceso a la propiedad de pequeños y medianos caficultores, argumentos que ahora aprovecha para explicar la razón por la cual la izquierda no fue atractiva para estos pequeños propietarios, indispuestos a poner en riesgo su propiedad. Con ello argumenta que estos grupos más bien se insertaron en los partidos políticos tradicionales del bipartidismo en el marco de una lógica capitalista. El autor incluso rechaza la represión del siglo XX como un modelo para explicar su debilidad y la relativiza afirmando que la persecución de la izquierda en Colombia no había sido mayor o más virulenta que en otros países de América Latina. Esto no quiere decir, sin embargo, que se niegue la represión, pero sí se privilegian como explicación otros factores como la economía cafetera, la propiedad, el sistema bipartidista y las estrategias de lucha guerrillera que oscilaban entre secuestro, narcotráfico y políticas de disciplinamiento que generaron aversión en gran parte de la población.

López no comparte varios de estos argumentos y los cuestiona al describirlos como estructuralistas y voluntaristas. El replicante esgrime que el problema no es necesariamente privilegiar lo estructural, sino insistir en el hecho de que la pequeña propiedad es un resultado propio de la economía cafetera, sin vínculos a políticas estatales o programas de las élites. Así las cosas, López reprocha un tinte voluntarista a Bergquist, quien insinúa en su artículo que el acceso a la tierra de estos pequeños y medianos propietarios es algo "liberador", una forma de evitar el "trabajo alienado". Más allá de la evidente contradicción entre la izquierda y la propiedad, López sostiene que la economía cafetera no lo puede explicar todo, en particular cuando se omite la industrialización, la urbanización, la expansión de servicios y el acceso limitado a la educación en los mundos urbanos donde sí surgió la izquierda. Aunque López es contundente con este argumento, Bergquist logra identificar algo que no se debate: una aparente correspondencia entre las tradicionales zonas cafeteras del siglo XIX y primera mitad del XX y el triunfo del "no" del 2016.

Sin querer anticipar la totalidad del debate, vale la pena adelantar un argumento adicional. López critica que al estudiar la izquierda se privilegia una visión normativa -y nuevamente voluntarista-: lo que la izquierda debería haber sido y nunca fue. A partir de este argumento, invita a escribir las historias de las izquierdas por fuera de las meta-narrativas, es decir, por fuera de tipos ideales, si se quiere, con el ánimo de entender la izquierda no como categorías, sino como desorganización jerárquica en diferentes momentos del pasado, en medio de una heterogeneidad poblacional, y sin reducirlas a la insurgencia como su única manifestación.

El debate tiene muchos más argumentos de los cuales esto solo es un abrebocas, pero lo que se puede anticipar es que la proliferación de nuevas ideas en torno a estas preguntas con seguridad será importante para hacer la historia del conflicto armado, sobre todo la historia de algo que no está escrito: la historia actual de la posible superación del conflicto, sus limitaciones y sus esperanzas. Aprendemos así de López a renunciar a categorías normativas y si se quiere teleológicas; y de Bergquist la necesidad de reflexionar sobre la responsabilidad compartida en la guerra, ¡incluyendo a los historiadores! Gracias a este debate se evidencia la necesidad -en medio de las diferencias, siempre enriquecedoras para la interpretación del pasado- de entender cómo durante el proceso de paz el perdón, la memoria y la reparación han sido cooptados por la retórica política, hecho que obliga a los historiadores a pensar este tema por fuera de las lógicas partidistas que tanto han enceguecido al país.

***

Tema Libre

La sección de tema libre cierra este número con dos artículos de historia contemporánea: el primero sobre las diferentes formas de problematizar el "fenómeno de las drogas" en Argentina entre 1880 y 1960, y el segundo sobre la represión cruenta y su memoria política en Ecuador en 1959. Los temas, masacre y drogas, indudablemente son de pertinencia para la historiografía colombiana, e incluso latinoamericana, teniendo en cuenta que no son temas ajenos a nuestras realidades sociales y políticas. En el primer artículo, Victoria Sánchez discute las políticas frente al consumo y entrelaza el debate desde la psicopatología y la criminología local. Aunque los ecos internacionales se dejan sentir, es evidente que el trabajo señala características locales en torno al control del cuerpo en el sistema moral.

En el segundo artículo se reconstruye cómo al final del gobierno de Camilo Ponce Enríquez se emitió en Ecuador una norma para reprimir una serie de protestas sociales lideradas por sectores populares, trabajadores e indígenas, cuyo resultado arrojó centeneras de muertos. A pesar de los hechos, la cruenta represión paso rápidamente al olvido. En este sentido, Natalia Catalina León se propone historizar este suceso para poner a hablar el olvido político y deconstruir el mito según el cual Ecuador ha sido una isla de paz en un entorno latinoamericano violento. De hecho, la autora va mucho más allá cuando explica que el olvido no es inocente, sino más bien hace parte de una lógica de omisión por parte de la supremacía política basada en la desigualdad social, según la cual se logra estigmatizar a los movimientos de protesta con el fin de deslegitimar sus demandas. Aunque en Colombia se ha realizado un esfuerzo por parte de las comunidades, la historiografía universitaria y el Centro Nacional de Memoria Histórica para no olvidar los hechos de la guerra, lo sugerente del artículo es que nos invita a reflexionar sobre las formas, a todas luces politizadas y cargadas de agendas, en que la muerte de las víctimas puede fácilmente convertirse en olvidos estratégicos.

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