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Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura

versão impressa ISSN 0120-2456

Anu. colomb. hist. soc. cult. vol.45 no.1 Bogotá jan./jun. 2018

http://dx.doi.org/10.15446/achsc.v45n1.67560 

Debates

De debilidades, fracasos y paradojas. Notas para pensar las historias de las izquierdas. Comentarios a propósito del artículo de Charles Bergquist*

On Weaknesses, Failures, and Paradoxes. Notes to Think the Histories of Leftist Movements. Comments to Charles Bergquist's Article

De debilidades, fracassos e paradoxos. Notas para pensar as histórias das esquerdas. Comentários a propósito do artigo de Charles Bergquist

A. RICARDO LÓPEZ** 

** Western Washington University Bellingham, Estados Unidos. ricardo.lopez@wwu.edu

RESUMEN

Este breve ensayo discute el texto de Charles Bergquist publicado en el número especial sobre las izquierdas latinoamericanas desde la Revolución rusa hasta el presente. Presenta una propuesta general de cómo historiar las historias de las izquierdas en Colombia durante el siglo XX, y busca contribuir al debate sobre el papel que han jugado las izquierdas -en plural- en los intentos de materializar diferentes visiones de democracia en el país.

Palabras-clave: (Autor) historiografía; izquierda; subjetividades; (Thesaurus) paz; clase; conflicto social; movimiento político

ABSTRACT

This brief essay discusses Charles Bergquist's text published in the special issue on Latin American Leftist Movements from the Russian Revolution to the Present. The essay offers a general proposal for historizing the histories of leftist movements in Colombia during the 20th century, and seeks to contribute to the debate over the role that leftist movements have played in the efforts to materialize different views of democracy in the country.

Key words: (Author) historiography; the Left; subjectivities; (Thesaurus) class; peace; political movement; social conflict

RESUMO

Este breve ensaio discute o texto de Charles Bergquist publicado no número especial sobre as esquerdas latino-americanas desde a Revolução Russa até o presente. Apresenta uma proposta geral de como historiar as histórias das esquerdas na Colômbia durante o século XX e pretende contribuir para o debate sobre o papel que as esquerdas -em plural- têm desempenhado nas tentativas de materializar diferentes visões de democracia no país.

Palavras-Chave: (Autor) esquerda; historiografia; subjetividades; (Thesaurus) classe; conflito social; movimento político; paz

La pobreza y la impotencia de la imaginación nunca se manifiestan de una manera tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad. Entonces comenzamos a inventar paraísos, islas afortunadas, países de Cucaña [...] [m]etas afortunadamente inalcanzables, paraísos afortunadamente inexistentes [...] el hombre teme por encima de todo [...] la angustia que genera la necesidad de ponerse en cuestión, de combinar el entusiasmo y la critica, el amor y el respeto [que] [...] no excluye sino que implica el debate y la confrontación.1

Este epígrafe inspira mis comentarios en este breve texto. Primero, porque recuerda que el presente desde el que se escribe y el futuro que se prevé influyen en las interpretaciones del pasado. En efecto, la visión que hoy se tenga de la paz condiciona lo que se puede o no se puede criticar de las historias de Colombia. Segundo, porque Estanislao Zuleta invita a reconocer que el conflicto, la discusión y el desacuerdo deben hacer parte de una sociedad que se enorgullece de ser democrática. Este es el punto de partida de mis comentarios: es por medio de los disentimientos, y no a pesar de ellos, como se construye el conocimiento histórico a partir del cual se pueden proponer nuevas formas políticas de organizar las sociedades. Este enfoque permite considerar que la función del pasado no es, en primera instancia, un depósito de lecciones para evitar errores futuros sino, ante todo, una genealogía que dé cuenta del cómo y el porqué una sociedad neoliberal en los últimos años del siglo xx triunfó frente a otras posibilidades de organización social.

Con la supuesta pérdida de ideales políticos, el pesimismo social, el cinismo individualista reinante a nivel global y una melancolía política por un pasado "auténticamente" revolucionario que al parecer nunca se hizo realidad, es crucial reivindicar la crítica a una sociedad que se basa en la explotación y las jerarquías, así como también lo es la lucha por una sociedad igualitaria. Un historiador de la trayectoria historiográfica y política de Charles Bergquist difícilmente estaría en desacuerdo con este propósito, lo que significa que compartimos un terreno común. Dado que los argumentos de Bergquist se presentan desde la perspectiva de la historiografía profesional, mis comentarios, con algunas excepciones, se circunscriben a ese ámbito. Hago énfasis en preguntas metodológicas porque de este modo se controvierten narrativas fundacionales del estudio de las izquierdas en Colombia. De ahí que la crítica que propongo tenga un carácter más propositivo que de contraposición. Espero que con ello se abran otras ópticas de análisis.

El artículo de Bergquist es, sin duda, un texto rico, sugestivo y provocador que nos invita a plantear interrogantes muy importantes para escribir historias de la democracia y de las izquierdas en Colombia.2 Ofrece, además, una explicación histórica sobre el presente, y en particular respecto al plebiscito del 2 de octubre del 2016, en el que los votantes colombianos rechazaron, por un pequeño margen y en un contexto de alta abstención, el acuerdo de paz entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (faro) y el gobierno de Juan Manuel Santos. Y, por supuesto, debe estimular un debate más amplio sobre las historias de las izquierdas en Colombia. Pero el debate no se debería limitar a una historiografía profesional, pues las historias de Colombia no son propiedad exclusiva de los historiadores de oficio, y menos todavía debería pretender supremacía cuando dice: "las interpretaciones del pasado que se conforman con los pilares metodológicos del historiador profesional son superiores y, en algún modo, más verídicas que las que no se adecúan a ellos".3 Declaraciones de este tipo silencian el conflicto entre memorias y las batallas de interpretaciones, y presuponen una superioridad de la historiografía profesional, ya que a tal esfuerzo solo le preocupa una supuesta veracidad u objetividad. A este propósito conviene tener en cuenta lo que Michel-Rolph Trouillot denominó "el poder en la historia". La diversidad de metodologías en la escritura de la historia y en la construcción de las memorias está intimamente relacionada con el poder, el cual moldea la producción, selección y lectura de las fuentes primarias, su organización en el archivo y las multiples narrativas que de allí resultan.4 Esto no presupone aceptar el "todo vale", ni negar que existan verdades históricas. Se trata más bien de reconocer el carácter histórico de la producción del conocimiento histórico, pues este es inseparable de intereses sociales, dominio económico y poderes políticos, y en esa medida, está condicionado por ellos. Por lo tanto, es necesario explicar por qué y cómo ciertas historias particulares aparecen como universales y por qué ciertas narrativas, y sus respectivos intereses políticos, han logrado una hegemonía en la interpretación del pasado. O como el mismo Trouillot se preguntaba:

¿Qué hace que unas narrativas en vez de otras sean lo suficientemente poderosas para ser consideradas como la historia aceptada, si es que no se las admite como si fueran la propia historicidad? Si la historia es meramente una narración que cuentan los ganadores entonces, ¿cómo estos llegaron a ganar? Y, ¿por qué no todos los vencedores cuentan la misma historia?5

Dicho esto, parece crucial preguntarse por las interpretaciones hegemónicas que se proponen dentro y fuera de las izquierdas; interrogante pertinente en un contexto de procesos de paz, luchas por la memoria y consolidación de la sociedad neoliberal. Por lo pronto me limito a señalar algunos elementos para la reflexión. La llamada Seguridad Democrática durante los ocho años de gobierno de Álvaro Uribe Vélez (2002-2010) tuvo entre sus propósitos deslegitimar el papel de las izquierdas en Colombia. Voces y movimientos disidentes eran presentados como enemigos políticos de la democracia, una imagen que se ha reproducido en el repertorio del discurso público, noticieros, novelas, películas, redes sociales y en no pocos libros de historiadores profesionales.6 En estos discursos se pretende mostrar que la izquierda -en singular- es una concepción política obsoleta, una realidad del pasado, y que por lo tanto debe superarse. La deslegitimación hace parte de un contexto más amplio en América Latina. John Beverly lo ha denominado el "paradigma de la desilusión".7 Los proyectos de la izquierda durante los años 60 y 70 y la vía armada como método de cambio revolucionario se consideran una equivocación histórica, un error de juventud o una simple derrota política. Es un paradigma que comparten tendencias políticas diversas, así se diferencien en la visión que tienen de la sociedad y del pasado. Según ciertas explicaciones, lo que la izquierda pretendió durante los años 60 y 70 fue un error histórico que la condenó a la marginación social. Según otras, se trata de una demostración de la superioridad histórica de la democracia capitalista. Y es en la comprobación del "fin de la historia" -en términos de Francis Fukuyama-, la esterilidad de las "ideologías" y la ineficacia de la política en una sociedad democrática donde la economía de mercado debe prevalecer. En el contexto de los procesos de paz en Colombia tal deslegitimación ha resultado en una representación de la izquierda -en singular- como obstáculo histórico, fuente de perpetuación de la violencia, y como una fuerza que contradice los intentos por hacer realidad una "verdadera" democracia en el país.

En este contexto, ¿qué historias de la izquierda propone Bergquist? Su respuesta es una pregunta perentoria: ¿cómo podemos explicar que, en el contexto latinoamericano, Colombia presente una de las izquierdas más débiles, al mismo tiempo que exhibe la insurrección marxista más duradera del hemisferio occidental?8 De entrada, Bergquist rechaza lo que él considera una visión dominante dentro de "una izquierda armada", o de las diferentes organizaciones y grupos sociales que apoyan los fines declarados socialistas de la guerrilla: "[que] la debilidad histórica de la izquierda en Colombia se deba a una sola cosa: la represión".9 No la desconoce, por supuesto, pero propone que desde el siglo XIX el sistema político colombiano ha consolidado un bipartidismo gracias a cierto "grado de identificación de las clases populares con los dos partidos tradicionales, el Liberal y el Conservador"10. Bergquist plantea que una arraigada hegemonía procapitalista debilitó la influencia de la izquierda entre los trabajadores cafeteros, siendo estos últimos determinantes en el desarrollo social, económico y político del país. La economía cafetera permitió que el bipartidismo monopolizara el proceso electoral con cierto apoyo popular11. Así, Bergquist presenta un argumento histórico de larga duración que combina aspectos estructurales -el papel del café en la economía política del país-, cuestiones ideológicas -el papel de la pequeña propiedad- y aspectos coyunturales, pero persistentes, como la debilidad electoral y sindical de la izquierda durante el último siglo debido a que, como nos dice el historiador, esta decidió combinar todas las formas de lucha en búsqueda del poder.

No sobra recordar que esta argumentación hace parte de una investigación de largo aliento y defiende explicaciones estructurales, tan subestimadas en ciertos círculos historiográficos. Coincido con Bergquist en que las interpretaciones de larga duración son fundamentales para evitar el inmediatismo coyuntural del presente. Sin embargo, se corre el riesgo de caer en una explicación sinecdóquica según la cual la economía cafetera -una parte- se toma por el conjunto -el todo- de las economías políticas en las historias de Colombia. Esto sucede al generalizar el papel de los pequeños propietarios y su ideología de defensa de la pequeña propiedad, como si también fuera la experiencia propia de las clases campesinas y demás clases populares. Así mismo, la opción por la combinación de las formas de lucha se toma como la decisión que representa, o define, a toda la izquierda. La falta de arraigo social entre los trabajadores del café y entre pequeños propietarios se universaliza y se considera una prueba de la debilidad de la izquierda y, a la vez, de la consolidación del bipartidismo procapitalista. En otros términos, la lectura del artículo que comento acá suscita una pregunta central: ¿se puede generalizar el caso de la economía cafetera con sus protagonistas, ideologías, estructuras sociales, e importancia económica para dar cuenta de la complejidad de las izquierdas en los siglos XIX y XX en Colombia y el triunfo electoral del "no" en el plebiscito del 2 de octubre del 2016?

Bergquist cree que los partidos y las ideas de izquierda no han logrado consolidar un apoyo social significativo, lo que tiene sus raíces en la historia política y social del siglo XIX. Estima que el argumento de James Sanders, según el cual grupos afroamericanos e indigenas en el siglo XIX lucharon por reformas democráticas, ha de entenderse como una excepción, 12 porque a pesar de "la existencia en Colombia de comunidades relativamente importantes de afrocolombianos y de indígenas la norma entre mayorías mestizas del país fue identificar sus intereses con la elite blanca liberal o conservadora"13. Los mestizos, quizás con una falsa conciencia de clase, no respondieron a las ideas de izquierda como era de esperarse que ocurriera. En cambio, prefirieron hacer parte de un sistema elitista que en la mayoría de las ocasiones se oponía a las reformas liberales.

El trabajo de Sanders, sin embargo, hace parte de un movimiento historiográfico mucho más amplio -con base en un difícil trabajo de archivo, extensas lecturas de fuentes secundarias y un manejo juicioso de la historiografía- que cuestiona precisamente la supuesta pasividad política de las clases populares en ese momento histórico.14 Estos estudios muestran, además, las múltiples luchas -de clase, género y raza- que se dieron en la esfera pública en el siglo XIX, a través de las cuales mestizos, mulatos, mujeres, hombres, trabajadores y campesinos movilizaron una serie de discursos sobre la modernidad -incluso si se mantuvieron forlmamente dentro de los dos partidos dominantes- para redefinir lo que significaba igualdad racial, libertad, ciudadanía, pertenencia a la nación y condiciones laborales.

Otro ejemplo es el trabajo de Jason McGraw en el cual se muestra que personas afrodescendientes construyeron una cultura política -con una influencia significativa de las izquierdas sobre todo en terminos ideológicos y ontológicos- que sirvió de base a la forma como habría de definirse la ciudadanía en Colombia desde 1850 hasta 1920. McGraw analiza las contradicciones internas del surgimiento de una "ciudadanía propia" gracias a la cual pueblos oprimidos y marginados se unieron a los partidos políticos, se alistaron en los ejércitos, lucharon en las guerras civiles, escribieron poemas, participaron en las celebraciones públicas para imaginar definiciones más incluyentes de reconocimiento, derechos, igualdad y libertad. En respuesta a esta cultura política vigorosa y combativa, una república letrada se esforzó por limitar lo que consideraba excesos de la democracia. Para ello se valió de leyes, represión violenta, rumores políticos sobre guerra racial y algo más importante: una floreciente cultural editorial e historiográfica que dibujaba a los afrocolombianos en contradicción fundamental con la ciudadanía moderna.15

Como muestra McGraw, en las luchas por la modernidad durante el siglo xix las élites buscaron explícitamente incorporar en la definición de ciudadanía la religión católica, la educación formal, las jerarquías económicas y las nociones de respetabilidad basadas en la raza. Una forma de democracia tan autoritaria provocó una rebelión armada, lo que simultáneamente condujo a la Guerra de los Mil Días. Fue una lucha partidista por medio de la cual las distinciones culturales, de clase y regionales, se convirtieron en partes centrales de lo que significaba ser reconocido como parte de la nación.

Del escrito de Bergquist surge, entonces, una interesante pregunta. Si, como lo plantean nuevos estudios históricos, las izquierdas -no solamente como partidos políticos o participación electoral, sino más bien como una creación discursiva disidente- jugaron un papel importante en la ampliación de las definiciones de ciudadanía y de libertad en el siglo XIX, ¿por qué esa influencia no se consolidó durante la primera mitad del siglo XX?16 Según Bergquist, los aspectos estructurales fueron relevantes, especialmente el crecimiento y desarrollo de la economía cafetera. En efecto, a diferencia de otras experiencias en América Latina, en Colombia "dominaban la producción agricultores pequeños y medianos".17 Durante los años 30 y 40, la consolidación de estos grupos no fue el resultado de la protesta social de la izquierda, ni de un programa reformista del Estado. Más bien fue consecuencia de "los esfuerzos individuales de miles de campesinos afiliados a los dos partidos tradicionales y que actuaban dentro del mercado capitalista".18 Las estructuras económicas y la pequeña propiedad funcionaron en contra del proselitismo de los partidos de izquierda. Las ideas de los partidos tradicionales alcanzaron "cierta resonancia con la experiencia concreta de muchos trabajadores que realizaron su sueño de conseguir y ensanchar una parcela de tierra".19

No ocurrió lo mismo con las ideas de izquierda, las cuales, dicho sea de paso, no se presentan con claridad en el texto del historiador. Se dice que la crisis de 1929, por ser una depresión moderada, contribuyó al debilitamiento de la izquierda e hizo que el partido liberal presentara reformas que aseguraron la hegemonía de los dos partidos tradicionales. De hecho, según Bergquist, el capitalismo periférico en Colombia funcionó relativamente bien: se diversificó la economía y se promovió la industrialización. Hacia finales de los 40 y durante los 50, cuando hubo mayores diferenciaciones partidistas y la tenencia de la tierra no cambió drásticamente, los medianos y pequeños propietarios siguieron produciendo el grueso del café, lo que acentuó sus lealtades a los partidos tradicionales.

En mi opinión, esta interpretación es de un tinte voluntarista, lo que no deja de ser paradójico si se tiene en cuenta el enfoque predominantemente estructuralista en el que Bergquist se apoya y su crítica al voluntarismo explicativo de una izquierda armada y sus seguidores. Luego de cuestionar a la izquierda armada por no ver el papel histórico y revolucionario de los pequeños propietarios y trabajadores del café -una clase media rural, un país de propietarios- Bergquist critica la "debilidad ideológica de las FARC frente a la política neoliberal del gobierno".20 ¿Un "país de propietarios" está en contradicción con una visión neoliberal de sociedad? ¿Cuál es el modelo de cambio social que se tiene en mente para calificar como débil la ideología de las FARC? Al parecer es la distribución de la tierra. Y si esto es así, entonces ¿las FARC deberían haberse mantenido en su lucha hasta lograr ese modelo de cambio social? En cualquier caso, en la interpretación que ofrece Bergquist se presenta a la pequeña propiedad como el resultado necesario y propio de la economía cafetera. Es decir, no se la asocia con políticas estatales o con programas sociales de las élites cafeteras. Aquí uno se puede preguntar: ¿de dónde provienen las ideas que elogian la pequeña propiedad entre los cultivadores del café? ¿Surgieron simplemente de la economía cafetera misma? ¿Cómo fue el proceso de constitución de predominio de ese tipo de propiedad? ¿Cómo se consolidó una hegemonía procapitalista entre los pequeños propietarios de tierra? ¿Fue apenas una imposición de las elites y su bipartidismo? Y, si fue gracias a la lucha de los trabajadores del café como se materializó esta hegemonía, ¿de dónde tomaron inspiración política para llevar a cabo sus luchas? Aunque Bergquist responde algunos de estos interrogantes en sus extensos e imponentes trabajos investigativos, en el texto en cuestión la complejidad se traduce en una explicación de lo que debió haber sido y nunca fue: los campesinos debieron haber sido concebidos como sujetos revolucionarios por la izquierda, pues en esta lectura "la lucha por la tierra de los trabajadores cafeteros en Colombia [podría] toma[r] un significado nuevo: se vuelve liberadora" ya que "realiza trabajo no alienado".21 De ahí que el enorme error histórico de la izquierda, como diría Nicolás Buenaventura -autor en quien Bergquist se inspira-, habría sido no comprender que Colombia era un país de propietarios y seguir empecinada en hablar de socialismo y comunismo. Al parecer, ahí la izquierda hubiera podido asegurar un arraigo social. Sin embargo, ¿por qué sugerir una contradicción casi que necesaria, a manera de ley histórica en el caso colombiano, entre pequeña propiedad y propuestas desde la izquierda para organizar la sociedad? Si para el caso europeo fue la "gente rural no proletarizada [...] los artesanos el motor de la protesta social revolucionaria, en el siglo XIX",22 ¿por qué en Colombia esto supuestamente no sucedió? Es decir, ¿por qué la izquierda, sus ideas, sus ideologías, sus proyectos políticos, al parecer no tuvieron ningún papel en la lucha de los trabajadores del café y de su pequeña propiedad?

La economía cafetera parece explicarlo todo: el bipartidismo, la consolidación de la pequeña propiedad, la falta de arraigo social de las alternativas políticas y, sobre todo, la "debilidad" de la izquierda. No se trata de desconocer la relevancia de la estructura económica y social. Al contrario, lo cuestionable es no tener en cuenta otros factores de desarrollo histórico propios de finales del siglo XIX y de todo el XX: los procesos de industrialización, la urbanización, la expansión del sector de servicios, la propagación de programas de desarrollo, la consolidación de políticas neoliberales, el papel del catolicismo tanto en la legitimidad del bipartidismo como en la radicalización política de algunos sectores sociales, la regionalización de la definiciones de nación, el acceso limitado pero importante a diferentes niveles de educación formal y la diversificación de las luchas populares, para solo mencionar los más destacados.23 Como lo han mostrado varios historiadores, Colombia se convirtió en un "país de ciudades" durante el siglo XX.24 Si se cree que el sujeto histórico auténticamente revolucionario que hubiera podido haber consolidado un proyecto de izquierda fuerte estaba en el campo, entonces tales cambios podrían considerarse irrelevantes. Pero no lo fueron. Tenerlos en cuenta permite reconocer el papel de las izquierdas en diversos sectores laborales: obreros en fábricas, empleados de cuello blanco, maestros de escuela, profesionales de programas de desarrollo, profesores universitarios y campesinos en otras áreas de la economía.25

Cuando se habla de la consolidación histórica del capitalismo, se asume que fue un proceso complejo con excesos y múltiples formas de explotación y que, como lo advierte el texto en discusión y se desarrolla en los trabajos investigativos de Bergquist, abrió espacios de satisfacción de intereses económicos y políticos para algunos sectores sociales. No deja de llamar la atención, sin embargo, que al estudiar las izquierdas Bergquist no parta de supuestos similares. Es decir, no suele incluir sus complejidades: mentalidades, prácticas, subjetividades, movimientos sociales o modelos de cambio social. Él prefiere una visión normativa de carácter voluntarista para evaluar sus logros: lo que la izquierda debió haber sido y nunca fue; una izquierda que debió ser fuerte, pero resultó débil; una izquierda que debió haber privilegiado a ciertos actores sociales y no a otros. En una visión como esta, la izquierda siempre se percibe como si surgiera y se desarrollara desde afuera de los grupos sociales, en este caso, los trabajadores del café. Es más, si la misma cuestión de la debilidad de la "izquierda pacífica" se explica por la falta de arraigo social, entonces uno se puede preguntar: ¿quiénes componían la izquierda? ¿Qué sectores sociales se representaban en ella? ¿De qué clase social eran los miembros de la izquierda antes de que buscaran un arraigo social entre otros grupos sociales? ¿Qué significaba ser parte de las izquierdas como realidad social y política? ¿Cuáles fueron las otras formas de lucha -aquellas que no eran la rebelión armada- que se evocaban en el reclamo político por la combinación de todas las formas de lucha?

Esa visión de la izquierda es también construida a partir de comparaciones con el contexto latinoamericano en un sentido teleológico: su debilidad o fortaleza se establece en función de lo que ocurrió en Cuba o en Chile. Se asume que en esos países hubo un proceso unificado de apoyo popular homogéneo, auténtico, fuerte y coherente. En Colombia, en cambio, fue un desarrollo derivado e indirecto, y por tanto tardío, débil y fallido. Esta crítica no significa desconocer las diferencias en el desarrollo de las izquierdas en América Latina, pero es importante tener en cuenta que ciertos casos históricos no pueden tratarse simplemente como reglas universales de un análisis que se limita a evaluar un caso particular en contraste a la regla, pues este último siempre va a ser visto como un proceso fallido. Colombia no tuvo una Revolución cubana, y mucho menos eligió un presidente marxista con amplio apoyo popular, como fue el caso chileno. Pero no todo fue tan consistente en esos países. Así lo han mostrado estudios recientes. En Chile el apoyo popular a Salvador Allende no fue tan homogéneo como podría pensarse: llegó al poder con un voto dividido y dentro de la misma izquierda hubo propuestas a favor de la milicia popular para defender al presidente y su legitimidad popular ante un eventual golpe militar. En Cuba, a pesar del apoyo popular inicial, el proceso revolucionario durante los años 60 empezó a crear luchas internas por el alcance y, sobre todo, por el significado del cambio social en términos de género y raza.26

Lejos de considerar que las izquierdas son débiles a causa de sus rivalidades internas, estos estudios muestran la complejidad de sus luchas por el poder durante el siglo XX. Se trata de experimentos silenciados cuando su historia se reduce al fracaso, al producto de una debilidad estructural histórica, al desconocimiento ideológico y, en últimas, a la asociación entre insurgencia armada e izquierda. Bergquist reproduce la dicotomía según la cual la insurgencia armada es fuerte, perdurable, débil en ideología y, al parecer, sin proyecto político; mientras que la izquierda pacífica, en cambio, es históricamente fracasada, con ideología equivocada y, por tanto, con reducido arraigo social.

No comparto esta interpretación. Tampoco propongo invertir la dicotomía, y menos todavía elogiar una izquierda y reprobar otra. Prefiero distinguir tres procedimientos. El primero consiste en abandonar las me-tanarrativas de autenticidad de lo que las izquierdas debieron haber hecho -que, de nuevo, no significa en ningún momento renunciar a explicaciones estructurales o de larga duración-, pues allí se imaginan como entidades utópicas, rígidas, políticamente coherentes, con pretensiones homogéneas y propósitos muy claros. Tales narrativas se apoyan cómodamente en tramas bien conocidas con base en las cuales los estudiosos reducen las historias de la izquierda a categorías de éxito y fracaso. Es preferible, en cambio, una explicación histórica que privilegie la desorganización jerárquica propia de las historias de las izquierdas en Colombia en diferentes momentos históricos. En otros términos, que tenga en cuenta estructuras, ideologías, proyectos políticos, luchas por intereses económicos, prácticas cotidianas de resistencia, racionalidades y economías morales de gobierno, subjetividades de género, raza y clase. Propongo, entonces, un enfoque que historice las luchas por diferentes visiones del cambio social entre los distintos movimientos políticos y sociales -y su multiplicidad de actores- dentro de las izquierdas; luchas a través de las cuales se construyeron, impugnaron, disputaron, jerarquizaron y legitimaron posiciones hegemónicas de clase, visiones racistas de la sociedad, presentes violentos para futuros imaginados y jerarquías de género.

Con esta propuesta en mente, y como segundo procedimiento, se pueden historiar las experiencias de trabajadores, comunidades afrocolombianas, grupos indígenas, campesinos, ambientalistas, profesionales, intelectuales y activistas de derechos humanos. También hay que darse cuenta de la manera como todos ellos forjaron y cuestionaron las izquierdas y cómo estas a su vez los forjaron en la medida en que participaban en variadas protestas sociales. Es cuestión de percatarse de que gracias a las ideas de izquierda ciertos sujetos históricos redefinieron sus condiciones laborales, imaginaron una sociedad equitativa, cuestionaron la violencia estatal e impugnaron visiones excluyentes de sociedad.27 Estas ideas y proyectos de izquierda, sin embargo, crearon y reprodujeron formas de privilegio, exclusión y jerarquía. Ir más allá de la economía política del café permite percibir el impacto de las izquierdas en el crecimiento de los sindicatos de los sectores de servicios, en la producción más democrática de conocimiento en universidades y colegios, en su notoria incidencia en barrios y comunidades rurales, en sus novedosas propuestas educativas, en su decisiva participación en los procesos de paz, en "nuevos" movimientos sociales, en los discursos de respeto a los derechos humanos, entre otros. Las propuestas de las izquierdas, por ejemplo, han jugado un papel parcial pero importante en el reconocimiento de los derechos de las mujeres. Si bien algunos sectores de las izquierdas aún piensan el cambio social en términos heteronormativos y han consolidado un amplio repertorio de privilegios masculinos, un buen número de mujeres -redefiniendo lo que significa pertenecer a las izquierdas- han logrado que se incluya una definición menos jerárquica del género.28

El tercer procedimiento consiste en explicar por qué una visión particular -en este caso, la insurgencia armada- terminó por ser considerada como la expresión típica de la izquierda.29 ¿Por qué la insurgencia se convirtió en una posibilidad política? Según Bergquist no se debió exclusivamente a la represión de las élites. ¿Se debe concluir, entonces, que fue una decisión producto de la "euforia hemisférica" revolucionaria característica de los años 60 y 70? ¿Un error político de juventud? ¿Un simple desconocimiento de las realidades del país como parece sugerir el texto que comento? En el caso de las faro, ¿fue apenas una equivocación del Partido Comunista promover la combinación de todas las formas de lucha y de los actores sociales que acogieron esta decisión? Es aquí donde el texto en cuestión es algo contradictorio. Una de las explicaciones que ofrece Bergquist podría ser vista como una interpretación de por qué ciertos actores históricos apoyaron la combinación de la todas las formas de lucha. Si, como dice el autor, el bipartidismo monopolizó durante siglo y medio el proceso electoral con cierto apoyo popular entre los trabajadores del café o pequeños propietarios, ¿por qué para otros grupos sociales la vía armada no podría parecer políticamente atractiva para cuestionar tal orden político?

Me es imposible responder a estos interrogantes en este corto escrito, pero no hay duda de que el ascenso de la insurgencia como método de cambio social tiene que ver con eventos transnacionales, la expansión del negocio de drogas ilícitas, diferentes formas de violencia estatal, la para-militarización de la sociedad, proyectos políticos conservadores dentro de las mismas izquierdas, la represión de las élites como respuesta a proyectos democráticos que formularon diferentes sectores sociales y una amplia deslegitimidad social en la esfera pública. Estas razones deberían motivarnos a reflexionar con más calma sobre el arraigo social tanto de las izquierdas en general, como de la insurgencia armada en particular. Pero si se concluye que una carece de arraigo social importante y la otra no tiene proyecto político "autentico", cuesta trabajo comprender por qué algunos grupos sociales campesinos, trabajadores, profesionales y profesorales participaron y prestaron apoyo a la insurgencia armada. Preguntar e intentar responder por el respaldo popular, así fuese frágil, indeciso, fluido y en muchos casos forzado, suele confundirse de inmediato con un apoyo a la violencia o con el elogio de la izquierda armada. Es una especie de chantaje discursivo y político: no se debe preguntar a menos que se compartan los métodos de lucha y las ideologías. Así que no se trata de estar de acuerdo con la combinación de todas las formas de lucha, sino de historiar las condiciones estructurales, ideológicas y subjetivas que explican las decisiones de hacer parte de la lucha armada o de apoyarla en diferentes coyunturas. Si no fue solamente la represión de las élites, ¿cuáles fueron las circunstancias históricas y discursivas que llevaron a ciertos actores históricos a que se unieran o apoyaran grupos insurgentes? ¿Cuáles fueron los proyectos políticos y las propuestas de cambio social que tales actores sociales imaginaron al tomar esa decisión política? ¿Cuáles fueron las experiencias políticas que llevaron a que muchos se desencantaran con la decisión de apoyar o participar en la lucha armada? En la percibida superioridad del presente -pues desde el presente supuestamente sabemos más- las respuestas a estos interrogantes parecen obvias, pero por lo que deduzco de una investigación etnográfica que he venido haciendo, la decisión fue cambiante, resultado de variadas condiciones históricas tales como los programas de desarrollo en los años 60, la consolidación de un modelo neoliberal de sociedad desde los años 70 y 80, así como de complejas subjetividades de clase y género que acompañaron estos procesos históricos.30

Coincido con Bergquist en la conveniencia de poner en duda la visión romántica de la izquierda que glorifica un pasado fundacional de héroes y villanos,31 pero la comprensión del papel de las izquierdas -en plural- no se puede reducir a los términos de fracaso, derrota o debilidad, y mucho menos a un solo elemento estructural -la economía cafetera- por importante que haya sido. Conviene investigar otros aspectos estructurales que marcaron diferentes economías políticas en el país. También es importante indagar por las racionalidades que condujeron a varios actores sociales a encontrar en las izquierdas una inspiración para la acción social y política; examinar los significados que se encuentran detrás de sus exigencias, los ideales por los que lucharon, los proyectos políticos que defendieron y discutieron; e investigar el sinnúmero de protestas sociales en las que participaron con el propósito de lograr un cambio social. En fin, es necesario preguntarse por las condiciones históricas, estructurales, discursivas y subjetivas que llevaron a que muchos actores sociales se desencantaran políticamente con ciertas propuestas de izquierda, así como deconstruir las múltiples formas de privilegio que las izquierdas reprodujeron cuando intentaban materializar un cambio social.

De la derrota electoral del "sí" en el plebiscito de octubre de 2016 no debe concluirse una manifiesta debilidad histórica de la izquierda, ni un necesario final político de sus proyectos. Conviene evitar recaer en una cómoda visión teleológica o de sentido común en términos gramscianos. Por una parte, en esa percepción se da por sentado de antemano el "fracaso" de la izquierda, con lo cual la violencia, las jerarquías, las desigualdades y el poder mismo se trasladan al pasado; y por otra, se conciben el presente y el futuro -la llamada era del posconflicto- como momentos de una sociedad estable, pacífica, democrática, homogénea, uniforme, sin conflictos, sin disidencias, sin izquierda... Dicho de otro modo: como una sociedad feliz. Esta teleología explicativa reproduce un sentido común, silencia la crítica, simplifica las relaciones de poder y deslegitima la disidencia.

Respaldar el acuerdo entre las faro y el gobierno de ninguna manera implica renunciar a las luchas sociales y confrontar el modelo neoliberal, para lo cual las izquierdas son un referente imprescindible. Se puede estar seguro de que muchos de quienes votaron "sí" -desde aquellos que continúan luchando en contra de la regionalización de la riqueza en lugares como el Chocó, hasta maestros de todo el país que protestan por una visión pública de educación- buscaban una nueva respuesta a sus dificultades como sujetos históricos en un contexto neoliberal. Es decir, tanto en su apoyo a las negociaciones entre el gobierno y los grupos armados, como en sus luchas sociales, estos actores intentan redefinir el sentido y el significado de vivir en paz. Esto quiere decir que no deberíamos limitarnos a entronar el triunfo del "no" como la manifestación de la inutilidad de las izquierdas en la sociedad, sino intentar historiar las definiciones de paz -y sus proyectos de sociedad- que han entrado en disputa en un contexto global de inequidades económicas.

Los movimientos sociales liderados por las izquierdas, las ideologías propuestas y las subjetividades que han contribuido a identificar son esfuerzos innegables en el camino para construir una sociedad justa, en contravía a lo que se espera del neoliberalismo. Por esta misma razón, tales empeños no son un simple llamado nostálgico en defensa de un pasado revolucionario que nunca fue. Nuestra invitación consiste, pues, en producir narrativas de las izquierdas más contradictorias, más heterogéneas, lo cual supone reconocer que a la vez que se puso en duda el statu quo, se reprodujeron jerarquías y discursos de exclusión de género, raza y clase. Se trata de narrativas que incorporen historias trágicas, porque un amplio repertorio de formas de violencia jugó un papel relevante, y también historias incompletas, porque las demandas de cambio social solo se materializaron parcialmente. Estas historias no nos deben motivar a hacer un retorno teleológico -incluso melancólico- a un pasado utópico e imaginar cómo deberíamos haber tomado ciertas decisiones políticas, sino más bien, a través de la crítica del pasado, ayudarnos a pensar nuevos lenguajes disidentes y nuevas posibilidades de acción política en una sociedad definida por la explotación y la dominación. De esta manera, se evitaría caer, como diría Estanislao Zuleta, en países de Cucaña.

OBRAS CITADAS

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* Estoy muy agradecido con los evaluadores anónimos, quienes suministraron sugerencias valiosas que sin duda mejoraron el texto. También quiero expresar mi gratitud con Mauricio Archila Neira, quien comentó críticamente versiones preliminares de lo que aquí se dice. Otro tanto le debo a Abel Ignacio López Forero por sus juiciosas y útiles sugerencias en la edición del texto.

Cómo citar este artículo A. Ricardo López, "De debilidades, fracasos y paradojas. Notas para pensar las historias de las izquierdas. Comentarios a propósito del artículo de Charles Bergquist", Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura 45.1 (2018): 291-312.

1 Estanislao Zuleta, "Elogio de la dificultad", Elogio de la dificultad y otros ensayos (Bogotá: Planeta, 2015) 13-14; Estanislao Zuleta, "Estado y Sociedad", Colombia: violencia, democracia y derechos humanos (Bogotá: Planeta, 2015) 34.

2 Charles Bergquist, "La izquierda colombiana: un pasado paradójico, ¿un futuro promisorio?", Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura 44.2 (2017): 275.

3 Bergquist, "La izquierda" 296.

4 Michel-Rolph Trouillot, Silencing the Past: Power and the Production of History (Boston: Beacon Press, 1995) 26.

5 Trouillot 6.

6 Entre muchos otros, ver: Carlos Caballero Argáez, Mónica Pachón Buitrago y Eduardo Posada Carbó, eds. Cincuenta años del regreso a la democracia: nuevas miradas a la relevancia histórica del Frente Nacional (Bogotá: Universidad de los Andes, 2012); Eduardo Posada Carbó, La nación soñada: violencia, liberalismo y democracia en Colombia (Bogotá: Grupo Editorial Norma, 2006); Isidro Vanegas Useche, Todas son iguales: estudios sobre la democracia en Colombia (Bogotá: Universidad Externado de Colombia, 2011).

7 John Beverly, Latinamericanism after 9/11 (Durham: Duke University Press, 2011) 95-109.

8Bergquist, "La izquierda" 267.

9Bergquist, "La izquierda" 282.

10Bergquist, "La izquierda" 275.

11Bergquist, Labor in Latin America: Comparative Essays on Chile, Argentina, Venezuela and Colombia (Stanford: Stanford University Press, 1986) 274-375.

12James Sanders, Contentious Republicans: Popular Politics, Race, and Class in Nineteenth-Century Colombia (Durham: Duke University Press, 2004).

13 Bergquist, “La izquierda” 277.

14Ver también su texto: The Vanguard of the Atlantic World: Creating Modernity, Nation, and Democracy in Nineteenth-Century Latin America (Durham: Duke University Press, 2014); Marixa Lasso, Mitos de armonía racial. Raza y republicanismo durante la era de la revolucin, Colombia 1795-1831 (Bogotá: Universidad de los Andes / Banco de la República, 2013).

15 Jason McGraw, The Work of Recognition: Caribbean Colombia and the Postemancipation Struggle for Citizenship (Chapel Hill: The University of North Carolina Press, 2014).

16 Es importante mencionar que los estudios históricos sobre el siglo xix continúan afirmando que las ideas socialistas y anarquistas tuvieron una influencia reducida y superficial. Tales argumentos parten de una evaluación topológica —la búsqueda de una definición auténtica de la izquierda y sus manifestaciones institucionales de acuerdo con la ciencia política—, e ignoran que la misma visión de izquierda —desde la noción de republicanismo popular hasta las visiones anarquistas— estaba en constante pugna. Ver: Sanders, Contentious Republicans 1-18.

17Bergquist, “La izquierda” 279.

18Bergquist, “La izquierda” 280.

19 Bergquist, “La izquierda” 279.

20 Bergquist, “La izquierda” 289.

21 Bergquist, “La izquierda” 293. Destacado en el original.

22 Bergquist, “La izquierda” 293.

23 Oscar Iván Calvo y Mayra Parra Salazar, Medellín (rojo) 1968: protesta social, secularización y vida urbana en las jornadas de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Bogotá: Planeta, 2012).

24 Marco Palacios, Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875 -1994 (Bogotá: Grupo Editorial Norma, 2008); Carmen Elisa Flórez, La transición demográfica en Colombia (Bogotá: Tercer Mundo Editores, 2000).

25 Desde diferentes perspectivas existen ya bastantes trabajos que explican estos cambios históricos. Algunos ejemplos son: Mauricio Archila Neira, Idas y venidas. Vueltas y revueltas. Protestas sociales en Colombia, 1958-1990 (Bogotá: cinep, 2005); Renán Vega Cantor, Gente muy rebelde: protesta popular y modernización capitalista en Colombia, 1909-1929 (Bogotá: Ediciones Pensamiento Crítico, 2002); Ricardo Sánchez, ¡Huelga!: luchas de la clase trabajadora en Colombia, 1975-1981 (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2009); Leopoldo Múnera, Rupturas y continuidades: poder y movimiento popular en Colombia, 1968-1988 (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1998); Edwin Cruz, Caminando la palabra. Movilizaciones sociales en Colombia (2010-2016) (Bogotá: Desde Abajo, 2017).

26 Patricio Guzmán, La batalla de Chile, la lucha de un pueblo sin armas (New York: Icarus Films Home Video, 2009); Heidi Tinsman, Mujeres y hombres en la reforma agraria chilena: la politica de género, sexualidad y trabajo (Santiago: lmo, 2009); Lillian Guerra, Visions of Power in Cuba: Revolution, Redemption, and Resistance, 1959-1971 (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2014); Alejandro de la Fuente, A Nation for All: Race, Inequality, and Politics in Twentieth-Century Cuba (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2011); Devyn Spence Benson, Antiracism in Cuba: The Unfinished Revolution (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2016).

27 Como ejemplos, ver: Soraya Maite Yie Garzón, Del patrón-Estado al Estado-Patrón. La agencia campesina en las narrativas de la reforma agraria en Nariño (Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana / Universidad Nacional de Colombia, 2015); Alcira Aguilera Morales, Subjetividades políticas en movimiento(s). La defensa de la universidad pública en Colombia y México (Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional, 2013); Luis Van Isschot, The Social Origins of Human Rights: Protesting Political Violence in Colombia’s Oil Capital, 1919-2010 (Madison: University of Wisconsin Press, 2015); Juan Pablo Aranguren Romero, Cuerpos al límite: tortura, subjetividad y memoria en Colombia (1977-1982) (Bogotá: Universidad de los Andes, 2016).

28 Diana Gómez, Dinámicas del movimiento feminista bogotano: historias de cuarto, salón y calle, historias de vida (1970-1991) (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2011); María Emma Wills, Inclusión sin representación: la irrupción política de las mujeres en Colombia (1970-2000) (Bogotá: Grupo Editorial Norma, 2007).

29 Buenos ejemplos son: Carlos Iván Degregori Caso, Qué difícil es ser Dios: ideología y violencia política en Sendero Luminoso (Lima: El Zorro de Abajo Ediciones, 1990); Mario Aguilera Peña, Contrapoder y justicia guerrillera: fragmentación política y orden insurgente en Colombia 1952-2003 (Bogotá: iepri, 2014). También ver el dossier del Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura 44.2 (2017): “Las izquierdas latinoamericanas desde la Revolución rusa hasta el presente”.

30 A. Ricardo López, Makers of Democracy: a Trasnational History of the Middle Classes in Bogotá (Durham: Duke University Press, en prensa). También ver el trabajo de Robert A. Karl, quien propone una lectura diferente de los primeros años del Frente Nacional y el surgimiento de las farc. Robert A. Karl, Forgotten Peace: Reform, Violence, and the Making of Contemporary Colombia (Berkeley: University of California Press, 2017).

31 Aquí hay que resaltar que, contrario a lo que Bergquist sugiere, algunos de los extensos y detallados estudios del Centro Nacional de Memoria Histórica —más allá de del reporte general ¡Basta Ya!— permiten pensar críticamente las historias de las izquierdas en su dimensión etnográfica y subjetiva. Me es imposible citar todos los textos, pero están disponibles en su página web: http:// www.centrodememoriahistorica.gov.co/informes.

Recebido: 25 de Julho de 2017; Aceito: 15 de Agosto de 2017

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