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vol.45 número1Soraya Maite Yie Garzón. Del patrón-Estado al Estado patrón. La agencia campesina en las narrativas de la Reforma Agraria en Nariño. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana / Universidad Nacional de Colombia, 2015. 311 páginas. DOI: 10.15446/ACHSC.V45N1.67572 índice de autoresíndice de assuntospesquisa de artigos
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Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura

versão impressa ISSN 0120-2456

Anu. colomb. hist. soc. cult. vol.45 no.1 Bogotá jan./jun. 2018

http://dx.doi.org/10.15446/achsc.v45n1.67573 

Reseñas

Diana Ojeda, Pablo Guerra, Camilo Aguirre y Henry Díaz. Caminos condenados. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana / Cohete Cómics, 2016. 86 páginas. DOI: 10.15446/ACHSC.V45N1.67573

SEBASTIÁN VARGAS ÁLVAREZ* 

* Universidad del Rosario, Colombia. sebastian.vargasa@urosario.edu.co

Los "caminos condenados", según los campesinos de Montes de María, son aquellos senderos que utilizaban cotidianamente para ir a las fuentes de agua, dirigirse a sus parcelas o visitar a otros integrantes de su comunidad, y que, desde hace algunos años, han venido siendo interrumpidos, cortados o cercados para privilegiar el negocio del monocultivo de palma aceitera y, en menor medida, de teca (una variedad de madera). Esta problemática es, precisamente, el punto de partida del libro Caminos condenados, publicado en coedición por la editorial de la Universidad Javeriana y Cohete Cómics. Se trata de una novela gráfica basada en la investigación "Paisajes del despojo en Montes de María", liderada por Diana Ojeda al interior del Centro de Estudios en Ecología Política y el Instituto Pensar de la Universidad Javeriana. El guión estuvo a cargo de Pablo Guerra, guionista, editor y crítico de cómics, mientras que los dibujos fueron obra de Camilo Aguirre y Henry Díaz, reconocidos historietistas, quienes han publicado sus propias novelas y participado en importantes revistas y antologías colombianas y latinoamericanas. Lo primero que merece resaltarse del libro es, en este sentido, su carácter colectivo e interdisciplinar. En el epílogo del libro, Diana Ojeda y Pablo Guerra explican que la obra busca reconstruir el problema del reciente acceso a los recursos naturales en Montes de María, que sería un buen ejemplo de las complejidades y contradicciones propias del posconflicto en algunas áreas rurales de Colombia: "Caminos condenados es una narrativa gráfica de lo que viene después del despojo violento y de la titularización, cuando se supone que ya la paz es un hecho para la región, pero la violencia sigue forjando los espacios de la cotidianidad" (p. 83).

La obra se divide en tres historias cortas en donde se narran, desde la perspectiva del campesino, situaciones como la reconfiguración de los espacios en función del monocultivo y en detrimento de los pobladores -por ejemplo, un recorrido que antes les tomaba veinte minutos ahora tarda tres horas-; la privatización y contaminación de los recursos hídricos; la carencia de tierras para la siembra individual y colectiva, y para construir centros de acopio y comercialización comunitarios, pues la mayoría ha sido apropiada por terceros y destinada a la palma; el abandono de los hombres de sus parcelas y cultivos por irse a trabajar como empleados en las plantaciones de palma; y, finalmente, ante el privilegio que le otorga el Estado a las multinacionales y al sector privado en los agro-negocios, y la imposibilidad de los habitantes originales de la región, desplazados durante el conflicto interno, de regresar a sus tierras. No obstante, el cómic también muestra los pequeños actos de resistencia de los pobladores de Montes de María ante estas situaciones: unión en organizaciones campesinas, derechos de petición como recurso jurídico, talleres de género y de parejas, construcción de colegios y casas, proyectos de apicultura, talleres de cartografía que imaginan otros territorios posibles. En todos estos escenarios y tácticas, las mujeres se destacan como protagonistas.

La primera historia, dibujada por Camilo Aguirre, sitúa al lector en el contexto de los cambios en la espacialidad de la región tras la desmovilización paramilitar de 2007 y la llegada del monocultivo, que ha dado paso a la "condenación" de los caminos. La segunda, dibujada por Henry Díaz, se titula "Un día con Lucía" y relata la experiencia de una investigadora que llega a Montes de María para indagar sobre los problemas que ha generado la introducción del monocultivo en ese lugar. "Yo quiero acompañarte a todas las cosas que haces en el día. Y que mientras tanto me cuentes sobre cómo ha cambiado todo en estos últimos años" (p. 83), le dice "la profe" a Lucía, una campesina afrodescendiente. La escucha del testimonio de Lucía, la observación etnográfica, la fotografía y el diario de campo aparecen en estas viñetas como las herramientas que hacen posible dar cuenta de los caminos condenados y las tácticas que utilizan los montemarianos para sortearlos día a día. Esta segunda parte, además, plantea una interesante reflexión sobre el lugar de los científicos sociales en problemas contemporáneos como el desplazamiento y el despojo de tierras.

En la tercera historia, "Taller de cartografía", también dibujada por Aguirre, los protagonistas son un grupo de campesinos que se reúnen y organizan en torno a un taller cartográfico, un ejercicio prospectivo en donde "la idea es hacer un mapa pero del futuro": "¿cómo les gustaría que fuera la región de aquí a algunos años?" (p. 83). Pensando en el bienestar de la comunidad, y sin poder evadir los recuerdos traumáticos del desplazamiento forzado, los participantes hablan de una troncal que conecte las diferentes parcelas; de redes de acueducto y electricidad; de escuelas y centros de salud; de un centro de acopio para la comercialización de los productos agrícolas, sin tener que venderles a intermediarios; y de la importancia de recuperar el cultivo de las especies nativas.

Al final del libro se incluye un epílogo en donde se expone un contexto histórico sobre el despojo de tierras y desplazamiento de campesinos en Montes de María producto de la violencia paramilitar, y sobre las iniciativas estatales de Pacificación y Consolidación que han permitido la expansión del monocultivo de palma aceitera y recursos maderables en la región. Así mismo, se ofrece una muy pertinente bibliografía relacionada con estos temas, que incluye la investigación en la que se basó el cómic. Todas las referencias están disponibles para su consulta en Internet.

Considero esta obra relevante, tanto por su contenido, como por su forma. Por un lado, me parece fuera de discusión el hecho de que el problema del despojo de tierras y el derecho de los desplazados a retornar a sus territorios y vivir allí con plenas garantías sociales y ambientales debe ser uno de los temas urgentes en la agenda de las ciencias sociales y humanidades, especialmente en un país que camina, no sin dificultades, hacia la construcción de la paz y la reconciliación. Es más, cuestionar las complejidades y contradicciones del llamado "posconflicto", como lo hace esta obra, es una de nuestras labores más necesarias en ese sentido. Por otro, me parece un acierto que se trate de una novela gráfica, en la medida en que este formato es capaz de interesar a un mayor y más heterogéneo conjunto de audiencias, a la vez que logra establecer puentes de comprensión y empatía mucho más difíciles de tender a partir de un texto académico: "la mirada de la región que ofrecen los globos y las viñetas permiten recrear una realidad que usualmente se representa como ajena y lejana, para traerla al plano de lo cotidiano, lo personal y lo privado" (pp. 83-84). La enseñanza de la historia y las ciencias sociales a nivel escolar y universitario sería uno de los ámbitos en donde la potencia de este tipo de narrativas se hace más evidente.

Ahora bien, no es la primera vez que las temáticas de la violencia, el desplazamiento o el despojo son tratadas en una novela gráfica en nuestro país. Por ejemplo, podemos mencionar trabajos como No soy de aquí, que aborda el problema del desplazamiento forzado desde la perspectiva de las víctimas, los victimarios y los niños; o Los Once, sobre la desaparición de los trabajadores de la cafetería del Palacio de Justicia durante la toma y retoma del mismo por parte del M-19 y el Ejército Nacional en noviembre de 1985. Y, a nivel internacional, es imprescindible la referencia a Maus, ganadora del premio Pulitzer en 1992, cuya temática principal es la persecución de los judíos europeos y su confinación en campos de exterminio durante la Segunda Guerra Mundial, así como la elaboración de la memoria de dichos acontecimientos por parte de las generaciones posteriores. No obstante, la especificidad de Caminos condenados radicaría en que se deriva de una exhaustiva investigación académica. Se trata de una ficcionalización de hechos reales basada en el trabajo de campo, las grabaciones, los talleres y recorridos realizados en la región por Diana Ojeda y su equipo. Es decir, no es solo una novela gráfica, también es un producto de investigación. De esta forma, se encuentra emparentada con El antagonista. Una historia de contrabando y color, novela gráfica sobre el contrabando en Mompox y el río Magdalena durante la primera parte del siglo xix, resultado de la investigación histórica de Muriel Laurent, adaptada por Rubén Egea y dibujada por Alberto Vega.

La novela gráfica aquí reseñada, en conclusión, es un híbrido, un "diálogo entre la academia y la narrativa gráfica", que obedece a la toma de conciencia de que "el conocimiento generado dentro de las universidades necesita nuevas formas de expresarse y de pensarse a sí mismo" (p. 83). Me parece que esta toma de conciencia -y su concreción en un producto como una novela gráfica-, es sumamente relevante y muy inspiradora para el trabajo que diariamente realizamos los historiadores y científicos sociales.

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