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vol.46 issue2Mario Aguilera, coord. Tomas y ataques guerrilleros (1965-2013). Bogotá: Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) / Universidad Nacional de Colombia, 2017. 495 páginas. author indexsubject indexarticles search
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Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura

Print version ISSN 0120-2456

Anu. colomb. hist. soc. cult. vol.46 no.2 Bogotá July/Dec. 2019

http://dx.doi.org/10.15446/achsc.v46n2.78230 

RESEÑAS

Renán Silva. Cuestiones disputadas. Ensayos sobre Marx, Freud, Foucault, Bourdieu y Bloch. Bogotá: Universidad de los Andes, 2016. 225 páginas.

ROCH LITTLE* 

* Universidad Nacional de Colombia rclittle@unal.edu.co

Lo primero que se puede decir de este libro es que su autor cumple a cabalidad con lo anunciado en el título. Son cuatro ensayos sobre cuatro grandes pensadores contemporáneos, los cuales pueden leerse de forma independiente y en el orden que se quiera. La razón por la cual Silva los asocia está claramente expresada en los primeros renglones: "se relacionan con mi trabajo académico como profesor y como investigador" (p. XI). Además, todos ellos pretenden responder a inquietudes respecto del "estatuto cambiante de las ciencias sociales y del análisis histórico" (énfasis del autor), como expresa al inicio del siguiente parágrafo. A primera vista, se podría pensar que nos encontramos ante otro libro sobre Karl Marx, Sigmund Freud, Michel Foucault, Pierre Bourdieu o Marc Bloch, pero el caso está lejos de ser este. En efecto, Silva aborda a los autores desde un ángulo diferente, examinando textos o escritos que se salen del mainstream, como por ejemplo la correspondencia de Freud y La extraña derrota de Bloch. Por otro lado, el historiador insiste reiterativamente en el hecho de que no los abordará como "especialista", lo que le permite un abordaje "no-ortodoxo" de sus escritos, sin ninguna pretensión de defender cualquier especie de purismo.

La unión de pensadores tan dispares no excluye la existencia de un denominador común, como lo muestran los objetivos del libro. Se resaltan principalmente cinco. Primero, Silva condena los usos dogmáticos y escolásticos de sus pensamientos; segundo, critica las ideas recibidas sobre los mismos; tercero, reprende la lectura de sus obras a través de comentaristas en detrimento de los textos originales; cuarto, reivindica un uso flexible de sus conceptos con fines investigativos (el abordaje no ortodoxo mencionado más arriba); y cinco, resalta aspectos poco conocidos, o francamente desconocidos, de su actividad intelectual. El resultado es que estos cinco ensayos apelan a géneros como la biografía intelectual, el análisis historiográfico, la historia de las ideas y la experiencia de toda una vida dedicada a la docencia y la investigación. Este último elemento no es para nada desdeñable, particularmente cuando el autor es un historiador de largo recorrido como Silva.

Las fuentes utilizadas son numerosas y variadas. En cuanto a las primarias, Silva apela a la lectura de las obras originales de los autores tratados (en la lengua en que fueron escritas, para el caso de Foucault, Bourdieu y Bloch). El análisis de estas lecturas se nutre de fuentes secundarias, tales como el trabajo de diferentes comentaristas, las cuales se utilizan como complementos o referencias.

El primer ensayo, y el más extenso, se titula "Marx como investigador" (pp. 1-71). Tiene la pretensión de abordar a este "gigante" del pensamiento más allá del ideólogo y del activista político y, sobre todo, más allá de los usos "militantes" de su obra. En cambio, Silva quiere presentarnos a Marx bajo una faceta más "humilde", pero mucho más poderosa en términos intelectuales: la del "investigador". Ese es el Marx que merece ser rescatado, que continua siendo vigente y actual en múltiples aspectos. Es el modelo del investigador por excelencia, concienzudo e infatigable, un investigador que hasta los últimos días de su vida se dedicó a estudiar, analizar, comprender y escribir una obra voluminosa, aunque inconclusa, sobre la sociedad de su tiempo. Este último aspecto explicaría, según el autor del libro, la continuación lógica que existe entre los diferentes textos de la obra de Marx. Le interesaba ahondar cada vez más, darle cada vez más nitidez a los conceptos que sustentaron su sistema filosófico. Sin embargo, el resultado fueron textos progresivamente complejos y extensos, que a su vez apelaron a más investigación, y ello hasta llegar al El Capital, su obra inconclusa.

"Freud de vacaciones" (pp. 72-107), el segundo ensayo, constituye una especie de divertimento que se enfoca en un aspecto más bien "periférico" de la vida del padre del psicoanálisis: los viajes que realizó, entre otros, por Italia y Estados Unidos, una vez que alcanzó fama y credibilidad, además de independencia financiera, es decir, durante su madurez. Silva no pretende sumergir a su lector en las aguas del psicoanálisis o de la psicohistoria, sino más bien mostrarle un ejercicio investigativo situado entre la biografía y la historia de las ideas. Tiene un aspecto periférico, primero, porque su análisis se centra en su correspondencia. Silva utiliza esta fuente para mostrar una imagen mucho más casual de Freud, más allá de la austera imagen del "maestro" idealizada por sus discípulos. De nuevo, sale de los caminos ya andados de la investigación, para llevarnos a nuevos escenarios donde demuestra de forma ingeniosa el interés que tiene explorar nuevas fuentes, en este caso, el género epistolar. Esto le permite conocer no solo una persona, sino también su época. Igualmente, la narración de los viajes de Freud constituye un llamado a la recuperación de la práctica (germánica) del "vagabundeo", una parte integrante de la actividad intelectual. El lector advertido deduce con este último punto una crítica de Silva al investigador de escritorito y ratón de biblioteca.

El tercer ensayo tiene a Foucault como protagonista. Siempre con el espíritu de presentar pensadores desde una perspectiva poco ortodoxa, el ensayo se titula "Foucault en el archivo" (pp. 109-146). En este, Silva critica la tendencia cada vez más aguda, y cada vez más nociva, a compartimentar el conocimiento, para el caso, en relación con la separación entre estudios empíricos y teóricos. También critica la búsqueda del común denominador conceptual de las ciencias sociales, la supuesta "Gran Teoría". Así llega a Foucault, un pensador incomprendido por los historiadores, quienes lo vilipendiaron a diestra y siniestra por abordar temáticas históricas desde perspectivas que se salían de los cánones del género. Su miopía les impidió ver en él un historiador -un filósofo historiador-, quien defendió a capa y espada el principio de que la base de toda investigación se encuentra en el archivo. Eso sí, a partir de una definición mucho más flexible del archivo, con su corolario en los documentos, concebidos de manera diferente a como lo hacen los manuales de metodología histórica.

Con el título de "La viga en el ojo propio" (pp. 147-180), el cuarto ensayo está dedicado a los aportes de Bourdieu. Esta figura evangélica apela a la necesidad, según Silva, de mirar la academia y las Ciencias Sociales desde su propio interior, con el propósito de cuestionar idées reçues sobre la naturaleza ascendente y acumulativa del conocimiento. Bourdieu, en su opinión, ha sido un maestro cuyo pensamiento no ha sido suficientemente explotado por los historiadores. Antes de llegar a los trabajos del sociólogo francés, Silva introduce primero a Hirshmann, quien había llamado la atención sobre el hecho de que la academia no es siempre el templo "inmaculado" del saber, como solemos creer, y que en su interior pueden enfrentarse intereses muy terrenales. Bourdieu lleva esta reflexión mucho más lejos, con la introducción de la noción de autoanálisis, un principio a partir del cual la academia y sus miembros se miran críticamente a sí mismos. De esta manera, los investigadores sociales están en condición de comprender, primero, que ellos son partes integrantes y miembros activos de la sociedad que investigan, y segundo, que la comprensión de esta misma sociedad pasa por la comprensión de sí mismo.

Finalmente, el quinto y último ensayo, "El testimonio y el análisis histórico" (pp. 181-225), pone en escena al historiador Marc Bloch, cofundador de la Escuela de los Annales. El propósito es mostrar la refrescante vigencia que tiene, algo que se perdió de vista con su transformación en clásico de la historiografía. Conforme al espíritu de los ensayos anteriores, empieza su reflexión con la desacralización de la Apología para la historia. Reprocha entre otras cosas su elevación a nivel de "biblia" de la metodología histórica1 -recuerdo mis estudios de pregrado-, lo cual olvida que fue un manuscrito inconcluso, es decir, un texto que se quedó en borrador. Por otro lado, Silva recuerda la necesidad de seguir consultando obras "clásicas", como La sociedad feudal y Los reyes taumaturgos, a las cuales, lamentablemente, se accede cada vez más a través de comentaristas. Pero la razón de ser de este ensayo recae en la exploración de textos no tan conocidos de Bloch, los cuales poco se han consultado, por considerarse que se trata de escritos pertenecientes al género de las memorias. Se refiere a los Escritos de guerra y La extraña derrota, los cuales cuentan la experiencia de Bloch como combatiente en las dos guerras mundiales. Se trata de reflexiones sobre el valor del tiempo presente, de la memoria y del testimonio como objetos de estudio histórico, temas fácilmente descartados por parte de los historiadores académicos, en particular por los de fuerte talante "positivista". Estos textos recuerdan que el pasado no es solo lo que "fue",2 sino también lo que se pensaba que era, en relación con las supersticiones, los rumores y los chismes, es decir, con el mundo de las representaciones.

Los ensayos de Silva resultan de una gran utilidad como introducción a estos pensadores. Presentan su producción intelectual de forma panorámica, resaltando sus aportes y sus carencias, al mismo tiempo que su actualidad en la investigación, en el campo tanto de las Ciencias Sociales en general como de la historia en particular. Otra virtud de este libro es que le presenta, incluso al lectora más experto, escritos poco conocidos o desconocidos. Asimismo, las lecturas de estos autores en clave hermenéutica previenen a Silva de caer en la reverencia purista, dogmática, sectaria o escolástica, prácticas por desgracia muy extendidas entre los comentaristas, como él mismo lo subraya a lo largo y ancho de su libro. Además, estas lecturas personalizadas son el resultado de un análisis riguroso de carácter académico, como lo muestran las múltiples citas textuales y notas de pie de página. Esto da útiles orientaciones a los lectores interesados en profundizar en las diferentes temáticas abordadas.

En resumen, Silva nos ofrece con estos ensayos un texto didáctico, con una redacción fluida, llena de humor, ingenio e ironía. La insistencia que hace sobre lo inconcluso, impreciso, confuso y hasta estereotipado que encierra toda reflexión, empezando por la suya, lo protege de cierto modo de aspectos criticables que podría tener su libro. Tales aspectos son, por ejemplo, su postura hacia la posmodernidad. Esta es muy estereotipada, por lo cual se reproducen los clichés propios de la historiografía latinoamericana, en particular de la colombiana. Digo esto no sin reconocer los aportes que ha tenido en algunos debates, como lo hace en el capítulo sobre Bloch. Por otro lado está su crítica al positivismo dogmático en los estudios históricos, la cual resulta bastante borrosa. Parecería que positivismo e historicismo son sinónimos, cuando se trata de nociones distintas. Asimismo, si el historicismo se reclama de Ranke, este, à proprement parler, perteneció más bien al historismo [Historismus]. Esta falta de claridad le resta fuerza a sus argumentos sobre los aportes de Bloch a la renovación de los estudios históricos.

No debe olvidarse que en América Latina pasó con el historicismo lo mismo que con los autores que nos presentó Silva en sus Cuestiones disputadas: su apropiación fue a menudo dogmática, sectaria y escolástica, como la crítica hecha posteriormente por parte de la "nueva historia", dicho sea de paso. Es decir que, en este caso, el historicismo ha tomado rasgos de "ultrahistoricismo", cuyos partidarios, como los de la Restauración después de la Revolución francesa, resultaron más rankeanos que el propio Ranke o más historicistas que Langlois y Seignobos. Pero ese sería el tema de otro libro.

1Empezando por la primera edición en español, con la muy desafortunada traducción del título como Introducción a la historia (p. 184).

2Vale recordar la famosa afirmación de Apología para la historia en la cual la historia tiene la doble función de comprender el presente a través del pasado y el pasado a través del presente.

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