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Forma y Función

Print version ISSN 0120-338X

Forma funcion, Santaf, de Bogot, D.C. vol.22 no.22 Bogotá Jan./June 2009

 

HACIA UNA CONCEPTUALIZACIÓN
DEL LEGADO DEL TRADUCTOR

TOWARDS A CONCEPTUALIZATION
OF THE TRANSLATOR’S LEGACY

 

María Constanza Guzmán*
Ana Marcela Guzmán (Traducción)**
* mguzman@glendon.yorku.ca
** marcelamarcela@yahoo.com

Artículo de investigación recibido 09-09-08, artículo aceptado 20-04-09


Resumen

Este artículo se propone investigar el aporte de perspectivas traductológicas para el estudio de la figura del traductor y su legado. Se centra en enfoques teóricos contemporáneos, principalmente aquellos basados en perspectivas postestructuralistas, que consideran el papel del sujeto traductor como un aspecto crucial en la traducción y los estudios literarios, y proponen maneras interesantes de abordarlo. A lo largo del artículo se cuestionan nociones como la idea de un original sacralizado, la relación entre autoría y propiedad, el ideal del significado transparente, y la tensión entre la traducción y la escritura del "original". Se presta especial atención a la importancia de ubicar históricamente la práctica del traductor, reconocer su papel como agente visible, y conceptualizar la traducción como una forma de escritura que se desarrolla en medio de complejas interacciones y negociaciones.

Palabras clave: traductología, traductor, visibilidad del traductor, legado del traductor, ética del traductor.


Abstract

This article investigates ways of theorizing the figure of the translator and its legacy within translation studies. It focuses on contemporary theoretical approaches, largely drawn from poststructuralist perspectives, which find the question of the translating subject to be a crucial one for translation and literary studies and propose important ways to approach it. It interrogates notions such as the idea of the sacralized original, the relationship between authorship and property, the ideal of transparent meaning, and the tension between translation and original writing. Particular attention is given to the importance of historicizing the translator's practice, recognizing the translator as a visible agent, and conceptualizing translation as a form of writing that unfolds within complex interactions and negotiations.

Keywords: translation studies, translator, translator's visibility, translator's legacy, translator's ethics.


LAS PERSPECTIVAS QUE se han desarrollado en el campo de la traductología en los últimos años le han dado cada vez más importancia al papel que juega el traductor en la producción de textos y de conocimiento. Aunque la labor de algunos traductores prestigiosos es ampliamente reconocida, la influencia de sus obras y la complejidad de las circunstancias socio-culturales que rodean su práctica permanecen en gran medida inexploradas. A pesar de la existencia de trabajos teóricos que tratan la obra de traductores individuales, la mayoría de las investigaciones sobre historias de traductores están estructuradas de un modo anecdótico y descriptivo y son con frecuencia un registro de sus logros, o también a menudo, especialmente en el caso de artículos, discusiones sobre los errores de una traducción o decisiones desafortunadas. Sin embargo, un número considerable de investigaciones recientes en esta área de estudio se centran en la complejidad del papel y del legado del traductor1. El reconocimiento del lugar destacado de la presencia y la participación del traductor en la formación de las tradiciones e instituciones literarias nos lleva a plantear el interrogante de cómo conceptualizar al sujeto que traduce, es decir, cómo y en qué términos referirnos al traductor.

Este artículo está centrado en la pregunta teórica: ¿cómo hablar del traductor? Al inicio presento una visión panorámica de algunas concepciones tradicionales de la figura del traductor en la traductología, para después concentrarme en algunos enfoques teóricos contemporáneos, principalmente aquellos basados en perspectivas postestructuralistas, que consideran el papel del sujeto traductor como un aspecto crucial en la traducción y los estudios literarios, y proponen maneras interesantes de abordarlo. Mis preguntas cuestionan nociones como la idea de un original sacralizado, la relación entre autoría y propiedad, el ideal del significado transparente, y la tensión entre la traducción y la escritura del "original". Le presto especial atención a la importancia de ubicar históricamente la práctica del traductor, reconocer su papel como agente visible, y conceptualizar la traducción como una forma de escritura que se desarrolla en medio de complejas interacciones y negociaciones2.

Mi investigación está inspirada en teorías traductológicas contemporáneas que no siguen una lógica normativa ni buscan conceptualizar la traducción en términos de reglas o directrices. Teorías como aquellas fundamentadas en los estudios culturales y literarios, que llevaron al llamado "giro cultural"3 en la traductología, las cuales buscan formas de teorizar la traducción generando espacios de reflexión y la exploración de perspectivas dinámicas e interdisciplinarias de investigación crítica. Siguiendo el carácter no normativo de estas orientaciones teóricas, mi trabajo tiene como objetivo ir más allá de los estilos y las estrategias de traducción, del discurso limitado a los problemas de fidelidad a un texto original, a los logros e imposibilidades lingüísticas, para estudiar a los traductores como agentes sociales.

Históricamente, a medida que se genera un campo de estudio para la traducción y se busca que esta sea un área de investigación autónoma, la teoría de la traducción ha tratado al traductor como objeto de estudio de muchas maneras. Dependiendo del enfoque o perspectiva de estudio, los traductores se hallan realizando diferentes tareas, respondiendo a varias "misiones" y obedeciendo a distintas caracterizaciones. La imagen más ampliamente reconocida del traductor es aquella asociada con su ausencia e invisibilidad. Tradicionalmente, la traductología ha construido la imagen del traductor como un escriba, un copista, o como el mensajero neutro de un mensaje estable. Según esta óptica, los traductores y sus obras son secundarios, y su lugar respecto al autor del original y a la obra misma, subordinado. Estas concepciones predominantes del traductor, ampliamente aceptadas, sugieren un dilema teórico: si los traductores son invisibles, cualquier esfuerzo por estudiarlos será inevitablemente difícil de abordar. ¿Cómo se teoriza a un sujeto ausente? ¿Cómo hablar del traductor y ubicarlo en el centro de la investigación crítica? Considero que para estudiar al traductor como una presencia, es decir, como un sujeto, es necesario empezar por un cuestionamiento de las nociones de traducción que están en el centro de la presunta invisibilidad del traductor.

Por una parte, el traductor no ha sido considerado como un sujeto de estudio por la mayoría de teóricos de la traductología. La traducción se ha estudiado generalmente desde la perspectiva del estudio de las lenguas como sistemas que existen con el propósito de la comunicación neutra de mensajes. Por otra parte, cuando se menciona al traductor, se le ve a menudo como un medio para entender el proceso de traducción, es decir, lo que pasa entre dos textos claramente diferenciados, escritos en dos idiomas evidentemente singulares. La traductología ha estado estrechamente vinculada a la lingüística, y las aproximaciones a la traducción desde la lingüística han construido al traductor, principalmente, como el instrumento de las operaciones lingüísticas con las que se define la práctica de la traducción. Como resultado, la rama de la traductología, que se fundamenta en la lingüística como soporte teórico principal, se ha enfocado tradicionalmente en el traslado del significado, mientras que las problematizaciones sobre la noción misma de significado o sobre el sujeto que realiza dichas operaciones lingüísticas han quedado en un plano secundario.

Las percepciones acerca de la figura del traductor, propuestas por la traductología con orientación lingüística desde los años cuarenta y cincuenta, sugerían que el papel del traductor era resolver problemas y que trasladar significados era su tarea más claramente definida. Para teóricos como Georges Mounin, J. P. Vinay y J. Dalbernet, el principal objeto de la traductología era abordar la identidad entre el texto de partida y el de llegada, es decir, la equivalencia, de acuerdo con una definición del texto original en tanto entidad estable y acabada, cuyo significado ha de transferirse y conservarse en el texto traducido. Esta posibilidad de recuperación del significado presupone que la traducción es posible; es una visión empírica que concibe la lengua como comunicativa, más que constitutiva, del significado, con una función primordialmente referencial. La conceptualización de la traducción bajo esta mirada se planteó el objetivo principal de explicar "cómo" traducir para comunicar significados y cómo hacerlo bien. Como Lawrence Venuti (2000b) ha hecho notar, uno de los principales aportes de los enfoques lingüísticos fue permitirle a la traductología superar las nociones de imposibilidad y pérdida y centrarse en el problema de la traducibilidad a través del análisis de problemas específicos y la descripción de los métodos que los traductores desarrollan para resolverlos (p. 69).

Las ideas de lingüistas como Roman Jakobson, por ejemplo, contribuyeron a desafiar el "dogma de la imposibilidad". En su ensayo canónico "On Linguistic Aspects of Translation"4, Jakobson explica la traducción como un proceso de decodificación cuyo producto es la recodificación de un signo particular o un conjunto de signos. Otro teórico de la traducción, Eugene Nida, ha contribuido también a desafiar dicha noción desde una perspectiva lingüística. En su ensayo "Principles of Correspondence", Nida afirma que no puede haber ninguna traducción totalmente exacta y que el impacto total de una traducción puede estar "suficientemente cerca del original, pero no puede haber identidad en detalle" (p. 196)5. Nida cree que el proceso de traducción es más complejo que la decodificación y recodificación, y que la "traducción competente supone las operaciones lingüísticas de análisis, traslado y reestructuración" (p. 79). Jakobson considera que la traducción no debe evaluarse en términos de pérdida, traición o fracaso (p. 146), y ambos teóricos apoyan la idea de que todo se puede traducir, incluso los géneros tradicionalmente "intraducibles", como la poesía. Jakobson y Nida coinciden en abrir un espacio de posibilidad para la traducción más allá de la concepción tradicional de la imposibilidad. Muchos otros teóricos han estudiado la traducción desde esta perspectiva; la lingüística fue la primera disciplina en ofrecerle el rigor y la sistematicidad necesarios para convertir la traductología en una disciplina legítima. Sin embargo, los enfoques lingüísticos pasaron por alto el estudio de los traductores, ya que los veían simplemente como instrumentos para resolver problemas; han limitado su análisis a explicar los mecanismos que subyacen en la práctica de la traducción bajo el supuesto de una separación bien definida entre las lenguas, asumiendo una supuesta transparencia de los conceptos de lengua, traducción y diferencia.

Otros teóricos contemporáneos de la traducción que no pertenecen a esta escuela de pensamiento destacan el hecho de que, en ciertos ámbitos, la lingüística se percibe aún como la corriente principal que puede ofrecer la solución para ayudarle a la traductología a ganar un espacio académico e institucional. Rosemary Arrojo, por ejemplo, discute el hecho de que, arraigadas en la creencia de la equivalencia absoluta, las teorías lingüísticas prometen "un conjunto de datos supuestamente objetivos" que podrían aplicarse "sin tener en cuenta las peculiaridades, los intereses y las circunstancias de aquellos que están involucrados", con el fin de cumplir con un ideal científico, brindando a la traductología un "metadiscurso totalizador" (2005, p. 4). Al orientar la traducción hacia el traslado de un mensaje y al verla como puramente instrumental, estas teorías construyen a un traductor que, de ser competente, es un mediador neutro cuya misión es ser el mensajero fiel de un mensaje estable y acabado.

Otros enfoques en la traductología moderna, como aquellos que surgen de perspectivas filosóficas, le han ofrecido a la traducción un marco conceptual diferente al propuesto por la lingüística; por otra parte, estos enfoques generalmente le han prestado más atención al problema del "traductor", así como a su papel y misión. A menudo, los acercamientos filosóficos, así como los asociados a la crítica literaria, han estado más interesados en reconocer y explorar el carácter interpretativo de la traducción y han proporcionado un espacio para una reflexión sobre la traducción como un acto creativo y el traductor como un sujeto más visible. Uno de los textos más influyentes sobre traducción desde esta perspectiva es el ensayo fundacional de Walter Benjamin "La tarea del traductor"6. En sus escritos, Benjamin destaca la complejidad del estudio de la traducción, sobre todo si se emprende desde la perspectiva de las teorías de la lengua, y resalta su importancia cuando declara que "es necesario fundar el concepto de la traducción en el nivel más profundo de la teoría lingüística, ya que es tan importante y de tal envergadura que no puede tratarse como algo secundario o superfluo" (1996b, p. 72). En "La tarea del traductor" queda claramente establecido que, para Benjamin, una traducción es tanto una obra en sí misma como la completa realización de una obra original: "La historia de las grandes obras de arte comprende a su ascendencia, desde sus orígenes; a su creación en la época del artista; y al periodo de la prolongación, en un principio perpetua, de su vida, durante las generaciones posteriores" (p. 337). La traducción es la prolongación de la vida de la obra literaria y el medio a través del cual esta se inscribe en la historia.

Cuando Benjamin habla de "traducibilidad", no se refiere a equivalencia o correspondencia, porque él cree que la "traducibilidad" de una obra está determinada por su relevancia histórica. La traducción es el resultado necesario de la vida de la obra literaria y es pertinente para establecer el valor histórico de la obra; incluso puede ser su valor mismo. Como Antoine Berman7 (1992) comenta refiriéndose a "La tarea del traductor", la traducción para Benjamin es transformadora, y parte de su definición misma es también el impulso, el deseo de traducir, motivado por la obra que "pide la traducción como su destino propio" (p. 126).

El aporte del ensayo de Benjamin a la teoría traductológica es innegable, principalmente por su concepción de la traducción como un acto creativo; su perspectiva no parte de la noción o ideal de "fidelidad", en la que a menudo se hace hincapié en las discusiones sobre traducción. Para Benjamin, la tarea del traductor no es ser fiel en el sentido de permanecer cerca del texto original, sino el resultado necesario y esperado de la existencia de la obra, y la misión del traductor es su supervivencia. En la visión de Benjamin se reconoce la existencia del mismo y se concibe la traducción como una práctica que va más allá de la actividad mecánica de reproducir o copiar. Su trabajo es pertinente para entender el desarrollo de la traductología porque, además de ser un referente importante en el trabajo de muchos teóricos de la traducción hasta el día de hoy (es fundamental para el argumento de Steiner en After Babel, por ejemplo, y también para la crítica de Venuti), representa y a la vez cuestiona importantes nociones y posiciones teóricas tradicionales sobre la traducción. Por una parte, contribuye al reconocimiento de la traducción como transformación y resalta el hecho de que la traducción es indispensable para la prolongación de la vida de las obras, es decir, que constituye la condición para que puedan sobrevivir. Por otra parte, el texto de Benjamin ha sido criticado principalmente por el hecho de basarse en ciertas nociones tradicionales que han contribuido a mantener la traducción en un espacio cultural marginal. En el ensayo "Des tours de Babel", Jacques Derrida ofrece su lectura y sus comentarios del texto de Benjamin y cuestiona la concepción de la actividad del traductor como una "tarea":

Desde el título mismo, Benjamin sitúa el problema como una tarea, como el problema del traductor y no el de la traducción. Él nombra al sujeto de la traducción como un sujeto en deuda, obligado ya en la posición de heredero, como sobreviviente en una genealogía y a la vez como agente de supervivencia. La supervivencia de las obras, no de los autores. Quizás la supervivencia de los nombres y las firmas de los autores, no ya de los autores mismos. (p. 179)

Derrida interpreta acertadamente la "tarea" a la que se refiere Benjamin como un compromiso, y destaca el hecho de que Benjamin ve esta tarea como el deber del traductor; una misión y una deuda. Señala una implicación importante en la concepción de la traducción entendida como un "deber", y es que, según esta perspectiva, los traductores se perciben a sí mismos y son percibidos por otros como sujetos en deuda, cuya tarea es "restituir, compensar aquello que debió haber sido dado" (p. 176). Podríamos decir entonces que lo que Derrida ve como un problema es el hecho de que tanto el texto original como la misión de traducir sean una deuda por la que debe darse algo a cambio.

En términos de Benjamin, la traducción requiere transformación. Esta idea no es un tabú, porque el original es traducible si requiere una finalización y sobrevive al transformarse. Derrida ve que para Benjamin la traducción es creativa, porque "la deuda no supone la restitución de una copia o una buena imagen, una representación fiel del original; este original sobreviviente está en el proceso de transformación. El original se da al modificarse [...] está vivo y vive en su mutación" (p. 183). Sin embargo, a pesar de estas posibilidades de mutación y transformación en la visión que tiene Benjamin de la traducción, Derrida ve que la traducción permanece en un lugar secundario respecto al original, o más bien que este original permanece "lejano", es decir que continúa siendo sagrado. Derrida cree que esto es particularmente cierto con respecto a la noción de "lengua pura", porque para Benjamin la traducción también es posible porque existe la posibilidad de un lenguaje más allá de las lenguas, un verdadero lenguaje que puede superar su propio convencionalismo, una posibilidad de lenguaje como verdad que, para él, toma la forma de "un lenguaje puro en el que el significado y las letras ya no se disocian" (Derrida, 1985a, p. 203). La noción de Benjamin de "lenguaje" es universalizadora, ya que deja al traductor con la tarea, es decir el deber, de lograr la "reconciliación" de las lenguas con base en la promesa de un lenguaje más allá de la intraducibilidad de las lenguas: "La traducción nunca logra alcanzar, tocar, dar el paso hacia este reino. Algo permanece intocable, y en este sentido la reconciliación que la traducción ofrece no es más que algo prometido" (p. 191).

La crítica que plantea Derrida gira en torno a la ilusión de Benjamin de armonía lingüística, ya que, a pesar del hecho de que describe la traducción como necesaria y posible, al final de la operación el original permanece "intacto y virgen a pesar de la labor de traducción, por más eficiente y pertinente que sea" (p. 192); esta perspectiva sugiere una nostalgia por alcanzar una esencia "pura", algo "antes" de Babel. Según Derrida, aunque Benjamin cambia los roles tradicionales del original y la versión hasta cierto punto, conserva sin embargo su estricta dualidad, es decir, la dualidad entre lo traducido y lo que se va a traducir (p. 180), que le permite al original y al autor conservar su autoridad única e indebatible. De este modo el traductor continúa estando ausente o, en el mejor de los casos, en una posición ambigua. En su lectura, Derrida muestra las limitaciones del texto de Benjamin principalmente al anotar que, dejando la noción de origen intacta, Benjamin reproduce los fundamentos que hacen de la traducción algo derivativo y secundario.

No obstante, el texto de Benjamin ofrece numerosas lecturas y análisis relevantes, especialmente respecto a la importancia de la traducción en la inmortalización de las obras literarias y al énfasis de su naturaleza y capacidad transformadora; este ensayo también es una invitación contundente a sobrepasar los límites convencionales del lenguaje y adoptar e incluir lo extranjero. El hecho de que Derrida haya llevado a cabo una crítica justamente de este texto de Benjamin lo hace significativo; como él mismo explica, este texto constituye "un ejemplo singular, al mismo tiempo arquetípico y alegórico, que podría servir como una introducción a todos los problemas teóricos de la traducción" (p. 74). Él no analiza a Benjamin ni a su "tarea", sino, más bien, el discurso que su ensayo representa como teoría, la teorización en sí misma, con el fin de problematizar sus límites y posibilidades: "Ninguna teorización, mientras sea producida en un idioma, podrá dominar el acto babélico" (p. 74). Este reconocimiento nos recuerda claramente que cualquier afirmación sobre la traducción está vinculada con la producción, locus y circunstancia de la afirmación misma. Puesto que la teorización existe en la lengua y a través de ella, seguirá siendo particular; por lo tanto, no debe tomarse como una respuesta unívoca.

Las reflexiones filosóficas alrededor de los problemas de la traducción han constituido, para la traductología, uno de los espacios para pensar en el traductor como un sujeto presente y en la traducción como un proceso interpretativo y una forma de escritura (en comparación con el acto de copiar o transferir). Desde el "giro cultural" en la traductología, la investigación crítica ha reorientado su núcleo de atención de los textos y sus significados como asuntos aislados hacia el papel de la traducción en la cultura y del traductor como sujeto partícipe en complejos procesos de producción cultural. Ejemplos de esto son los aportes hechos a la traductología desde perspectivas postestructuralistas y desde los estudios culturales. La revisión de las nociones de originalidad y del estatus del autor como las que surgen del trabajo de pensadores como Foucault y Derrida, por ejemplo, son el fundamento de las ideas e iniciativas teóricas contemporáneas que buscan definir la traducción de modo que el traductor resulte visible y que un texto traducido se reconozca como una obra por sí misma.

Como explica Venuti (1995), el defensor más destacado de la importancia de la visibilidad del traductor, las implicaciones de las ideas de invisibilidad son complejas porque la ilusión de transparencia oculta las mediaciones entre la copia y el original con la ilusión de presencia del autor (p. 290). Siguiendo este argumento, Rosemary Arrojo (1997) afirma que si se espera encontrar la presencia consciente del autor en su escritura, y "si el original se considera el verdadero receptor de las intenciones y expresión de su creador, cualquier traducción será, por definición, de menor valor ya que necesariamente representará una forma de falsificación, siempre distante del original y su autor" (p. 21). Según esta autora, en cualquier cultura donde se equiparan la autoría literaria y la propiedad y se percibe la escritura como un sitio para la presencia consciente de quien la produce, la actividad del traductor siempre se asocia a una tarea secundaria, destinada al fracaso, y también a una imagen de indecencia y la transgresión (p. 21). Esta imagen contribuye a la percepción de las traducciones como copias ilegítimas o falsificaciones. Por consiguiente, sobre la base de dichas concepciones, la imagen del traductor se conceptualiza en esos mismos términos. Esta es una de las razones por las que se piensa en el traductor como un ser invisible o inexistente: porque además de la necesidad de que la traducción sea "imperceptible" en la escritura (una traducción no debe ser leída como tal; es un asunto de normas y gustos), los traductores mismos se esconden para evitar que los asocien con la forma de falsificación que la traducción representa. La propuesta de Arrojo de pensar en el autor como un elemento regulador8 y un "principio funcional" en el proceso de la producción de significado (p. 30) —en lugar de considerarlo una entidad sagrada portadora del significado esencial— podría servir para una comprensión de la traducción en los términos que Derrida propuso en The Ear of the Other, es decir, como "transformación regulada" de una lengua a otra, de un texto a otro (p. 20).

Es preciso que haya un fructífero reconocimiento teórico de las dinámicas de la diferencia en la traducción y de su naturaleza transformadora, de modo que no se la perciba como una reproducción neutra de los textos que sucede de manera independiente de las circunstancias del traductor. Los enfoques traductológicos que proponen alternativas radicales para repensar las nociones convencionales de originalidad, autoría literaria e interpretación, brindan alternativas para explorar las motivaciones que llevan al ocultamiento del sujeto traductor. En general, estos enfoques parten de la premisa común de que no es posible ni deseable tratar de alcanzar un origen puro ya que este sería unívoco y estaría más allá de cualquier perspectiva, y de que la interferencia, es decir, la escritura, es inevitable. Por consiguiente, si se concibe la traducción como un agente creativo, dejará de ser vista como una forma de falsificación, ya que la transformación es inherente al proceso.

Además de la creciente atención que se le ha prestado al traductor en los últimos años, se ha hecho énfasis en la importancia de estudiar la traducción como un acto intelectual y como una práctica legítima de producción textual, es decir, como una forma de escritura. Douglas Robinson (2001) comenta este punto al comparar a los autores con los traductores en términos de la práctica de la escritura que cada uno realiza. Sugiere que la traducción es una forma de escritura que, como tantas otras, tiene reglas, límites y posibilidades y aborda la cuestión del sujeto traductor destacando su trasfondo ideológico al plantear algunas preguntas:

¿Quién traduce? ¿Quién es el sujeto de la traducción? ¿Le es permitido al traductor ser un sujeto, tener subjetividad? ¿De ser así, qué fuerzas están activas dentro de él, y hasta qué punto se encauzan en él desde fuera? ¿Quién traduce/escribe? ¿Quién controla el acto de la escritura/traducción? ¿De quién es la voz que habla cuándo escribimos o traducimos? (pp. 3-4)

Robinson parte de la premisa de que la traducción es escritura y que el traductor es un escritor y, con base en esta idea, problematiza las concepciones y expectativas comunes que existen en torno a los traductores, en términos de lo que estos han de lograr al traducir la obra de un autor. Robinson se centra en la relación entre el traductor y el autor, en la imagen que los traductores tienen de sí mismos y en el conjunto de valores en que se basan las expectativas que se le imponen al traductor; sostiene que las nociones de fidelidad y de equivalencia ideal presuponen tal conexión entre el traductor y el autor, que del traductor se espera que sea prácticamente un "médium" con acceso al espíritu del autor y, por ende, capaz de saber exactamente lo que el autor quería decir. Dice: si un traductor afirmara que puede "invocar psíquicamente el espíritu de Homero para así saber exactamente lo que este autor quería decir en el idioma original", ¿cuál sería nuestra reacción ante tal afirmación? Probablemente la veríamos con sospecha o nos parecería graciosa (p. 7). Sin embargo, como él lo muestra, por más extraña y extravagante que pueda parecer la afirmación de que el escritor muerto pueda "inspirar" o "vigilar" el trabajo que realiza el traductor en el texto, o de que "la traducción sea un proyecto conjunto emprendido por el cuerpo del traductor y el espíritu del autor", resulta ser una idea bastante común.

Robinson plantea, a través de "reformulaciones post-racionalistas", una imagen que incita a pensar en la relación entre un autor en tanto ser imaginado y el traductor, un ser de la vida real, un cuerpo orgánico. Ilustra de manera sucinta el pensamiento o el deseo oculto de ser el intermediario o "médium" del autor, o de "invocar" su espíritu. Esta intención es latente tanto en las ideas comunes sobre lo que es la traducción, como en lo que los traductores consideran su objetivo último; en términos generales, los traductores afirman que "saben" o aspiran a "saber" (es decir, alcanzar una comprensión completa). Quizás es así como esta exigencia se convierte en condición previa de la traducción, ya que si no se garantiza (o al menos se promete) que la "mano invisible" del autor es la misma que escribe el texto, el traductor ha fallado. El argumento de que a la traducción es respaldada o "firmada" por el autor resulta ser particularmente persistente; pero, dado que el traductor no puede invocar el espíritu del autor, Robinson se pregunta: "¿A quién canaliza el traductor? ¿A cuáles 'espíritus', 'fantasmas' o 'demonios' invoca? ¿Cuál es el traductor cuando traduce? ¿[...] Qué tipo de médium se le permite ser al traductor o se pide, espera, o exige que sea?" (p. 7).

Robinson pone de relieve la subjetividad del traductor y la manera en que esta se manifiesta en las ideas que tienen los traductores de sí mismos, en cómo se perciben y representan a sí mismos. Ciertamente, las complicadas implicaciones de lo que Robinson llama la "subjetividad subordinada e instrumentalizada" (p. 7) que se espera del traductor resultan ser un elemento importante en la imagen que los traductores tienen sobre su papel en la producción de significado. Junto con la cuestión de la invisibilidad, este tipo de cuestionamiento (que resalta la relación entre la traducción, las expectativas que la rodean y la autoconsciencia del traductor mismo), así como la exploración de la "tarea" del traductor, pueden contribuir a una reflexión del papel del traductor en términos éticos.

El aporte de este tipo de enfoque traductológico contemporáneo ha sido ampliamente reconocido. Estas perspectivas se fundamentan en gran medida en el pensamiento postestructuralista que, como Venuti (1992) ha comentado, es esencial para elaborar una estrategia de traducción que reconozca nociones complejas pero inevitables en la traducción, como "el concepto del significado como pluralidad diferencial" (p. 12). Estas perspectivas nos confrontan con los conflictos y las contradicciones implícitas en la figura del traductor y que se encuentran presentes en la práctica de la traducción como una "tarea". A su turno, estos conflictos y contradicciones parecen estar en el fondo del carácter evasivo de la figura del traductor en las teorías de la textualidad. Pero, ¿por qué exactamente es importante la presencia que se le otorga al traductor, no solo a la "traducción"? Y ¿para qué sirve tratar al traductor como un sujeto creativo y no como un escriba fiel o como un mensajero?

Es preciso anotar que el cuestionamiento a la invisibilidad del traductor y la problematización de las concepciones sobre la traducción que definen su práctica, exclusivamente en términos de neutralidad y/o fracaso, no busca construir a un traductor sagrado ni anular los originales. Tampoco es un intento por sustituir del todo otras posiciones teóricas; más bien sirve para diversificar y extender los límites teóricos y para contextualizar las nociones idealizadas de los textos y de los sujetos, pues resalta la necesidad de reconocer que la traducción es por definición intercambio, que no es una empresa individual sino que ocurre entre espacios colectivos y al interior de los mismos. Umberto Eco (2003) ofrece un ejemplo interesante de este tipo de movimiento teórico: propone modificar la definición de Jakobson de "traducción propiamente dicha" o traducción interlingüística (entre lenguas) y agregarle la noción de "negociación". Aunque aprueba la definición de Jakobson, Eco cree que esta debería incluir elementos tales como el derecho (cuestiones de propiedad intelectual, por ejemplo), el comercio, y criterios institucionales y comerciales en general (p. 4). Con esta caracterización, Eco señala, de forma útil y explícita, que el traductor participa en un intercambio necesariamente colectivo, y que este acto debe llamarse "negociación" ya que nunca es desinteresado.

Reconocer al traductor como sujeto visible e histórico es de vital importancia no solo para que le sea concedido su justo lugar como profesional y agente institucional en la producción de la cultura, sino también para revelar las negociaciones reales y los distintos intereses que pueden estar en juego en el intercambio de la traducción. Esta es una de las maneras en que Venuti justifica la importancia de historizar las teorías y prácticas de la traducción. Él mismo se sitúa clara y explícitamente en su contexto espacio-temporal: su pensamiento está arraigado en la posición del traductor en la cultura angloamericana contemporánea.

Las perspectivas de Venuti sobre la traducción también presuponen que esta es mucho más compleja que lo conocido convencionalmente como "acto comunicativo". Según él, la traducción inscribe inevitablemente el texto original en los valores de la cultura receptora. Afirma que "La traducción como comunicación nunca está exenta de conflictos, ya que el traductor negocia las diferencias lingüísticas y culturales del texto extranjero reduciéndolas y brindando otro conjunto de diferencias, básicamente locales, tomadas de la lengua y la cultura receptoras para lograr que lo extranjero sea recibido" (2000b, p. 469). Venuti habla la mayoría de las veces del "traductor", en lugar de centrarse solamente en la "lengua" o en los "textos", ya que para él la traductología es inseparable del estudio del sujeto traductor. La posición de Venuti sobre la traducción ha proporcionado un espacio para asociar la traducción con actitudes y gestos que, según explica, están ineludiblemente regidos por lo ideológico y lo político. Al igual que Berman y otros teóricos especulativos9, resalta la dimensión ética, política e ideológica de la práctica de la traducción, cuyo producto terminado es un testimonio. Venuti prefiere particularmente las estrategias de traducción que desplazan los valores lingüísticos estándar y desafían el canon de la fluidez, para conservar el carácter extranjero del texto. Su definición de "extranjero" abarca tanto lo geográfico o lingüísticamente remoto, como aquello que es social o institucionalmente marginal. Siguiendo esta tendencia, propone ver la traducción como un espacio para desplazar la lengua y la literatura mediante estrategias que introduzcan variaciones a las formas privilegiadas y estandarizadas de la lengua (dialectos regionales o de un grupo determinado, jergas, arcaísmos, neologismos, entre otros), con el fin de encontrar y/o crear equivalencias de las formas extranjeras en la reescritura del texto de la traducción. Para Venuti, la traducción siempre es ideológica; el trabajo del traductor se ve condicionado por percepciones, gustos y normas públicas e institucionales, las cuales, a su vez, matizan las maneras de ver, leer y escribir del traductor, e influyen en el hecho de que una o varias comunidades reciban y consuman la versión del traductor, es decir, que la autoricen o que no lo hagan.

Las ideas de Venuti iluminan la reflexión traductológica, ya que llevan a pensar la traducción como una práctica que no es, ni puede percibirse, como producto, práctica ni objeto de consumo de sujetos ahistóricos, sino que debe estudiarse en relación con la comunidad o comunidades en las cuales se produce y circula. También nos llevan a pensar en las tensiones de poder inmersas en las relaciones entre las comunidades que interactúan en la traducción, para ver cómo estas comunidades no solo le asignan un significado a un texto traducido en espacios y momentos determinados, sino que también determinan su valor e incluso deciden su existencia. Venuti afirma también que el potencial de la traducción para abrir el lenguaje "local" y llevarlo a lugares y formas poco familiares o poco privilegiadas tiene una función ideológica. Una traducción marcada así por intereses locales podría llegar a ser un medio para cuestionar los valores locales existentes. En este sentido Venuti ve la traducción (en términos tanto de práctica y estrategias como de textos traducidos) como una utopía: tiene el potencial de crear comunidades imaginadas alrededor de aquello que se considera extranjero (2000b, p. 484). Además, como producto y miembro de una comunidad dada, el traductor también participa ayudando a desarrollar potenciales comunidades narrativas e interpretativas10.

Reconocer el potencial de la traducción en la creación de comunidades tiene importantes implicaciones, entre las cuales está la necesidad de abordar lo complejo de la idea y la consciencia que tienen los traductores de sí mismos; podemos ver, por ejemplo, cómo los traductores pueden decidir comprometerse activa y conscientemente en la exploración de este potencial. Pensar en estas capacidades también resulta pertinente para articular la dimensión ideológica de las decisiones que se toman en la traducción a todos los niveles; por ejemplo, la selección de una u otra estrategia de traducción puede tener el efecto de producir traducciones que establezcan una comprensión común entre los lectores locales y extranjeros, o puede tener el efecto opuesto y bloquear dicha comprensión.

El trabajo de un traductor con autoconsciencia puede basarse en este tipo de preguntas y reflexiones, las cuales también lo podrían regular. Venuti reconoce que, aunque él llama esta proyección de creación de comunidades "utópica", en realidad no lo es, ya que no está en contraposición con las realidades y circunstancias sociales que rodean la traducción: "La inscripción nunca puede llegar a ser tan abarcadora" o total con respecto a las colectividades locales como para que pueda crear una comunidad de interés sin jerarquía; "la asimetría entre las culturas locales y extranjeras persiste incluso cuando el contexto extranjero inscribe hasta cierto punto la traducción".

A pesar de que las ideas de Venuti son polémicas y a menudo rebatidas, su forma de concebir al traductor como sujeto histórico es un distanciamiento de las imágenes del traductor, idealizadas y a menudo poco realistas, en que se han basado las teorías tradicionales. Los enfoques críticos sobre la traducción que responden de una u otra manera al trabajo de Venuti sugieren formas posibles de "nombrar" al traductor; además, destacan la relevancia de la jerarquía socio-política de las lenguas, del papel del traductor como un agente activo que también es parte de las comunidades y sus interacciones, y de todas las variables e implicaciones tras lo que normalmente se ve como la simple toma de decisiones. Para llegar a una teoría sobre el traductor, estas ideas resaltan interrogantes como los formulados por Suzanne Jill Levine11 (1991), quien reflexiona acerca de lo que significa ser traductor en el contexto de "las complejidades formales y lingüísticas de la ficción del siglo veinte" (p. xii): "¿Cómo se determina que (cierta) literatura, o cierta obra, es digna de traducción? ¿Por qué? ¿Merecen o no nuestra atención los problemas relacionados con la traducción?" (p. xiv).

Como se planteó anteriormente, cuando se piensa en la autoconsciencia del traductor, en su conocimiento de sí mismo, en su subjetividad y en particular en su agencia histórica, la dimensión ética viene a ocupar un lugar central. Hablar de la agencia de los traductores conduce a articular una imagen del traductor como sujeto ético y a concebirlo en términos de las implicaciones sociales de la práctica de escritura que realiza, de los textos que produce y de los efectos que genera en y mediante su discurso12. En consecuencia, al ver a los traductores como productores de textos, su responsabilidad sobre la traducción/escritura resulta evidente. Si es cierto que los traductores no pueden escapar a su propia presencia e inevitablemente inscriben el texto en su propio ser, entonces también es cierto que, se les represente como visibles o invisibles, sus textos son el resultado de las concepciones de la lengua y de la traducción de acuerdo a las cuales actúan. Por consiguiente, los textos llevan consigo las ideologías que subyacen en dichas concepciones. ¿Es inconsciente el traductor de sus circunstancias? ¿Actúa con un objetivo o un propósito? ¿A qué reglas y estructuras se está adaptando? ¿Cuáles está cuestionando?

Es necesario definir a los traductores en términos de presencia, más que de ausencia, para poder encontrar maneras concretas de teorizarlos. Algunas de las redefiniciones de los conceptos que se han descrito en este artículo generan la posibilidad de investigar la traducción desde una perspectiva ética. Es preciso prestar más atención a la importancia de estudiar la naturaleza de la relación entre el autor y el traductor, las motivaciones y autoconsciencia del traductor, y las tensiones causadas por las asimetrías de poder que están en juego en el encuentro de la traducción. En ese contexto se hace posible y legítimo analizar, por ejemplo, el que ciertas traducciones hayan ejercido su influencia en determinadas normas particulares de la retórica y el gusto, o la manera en que las traducciones hayan afectado el canon literario en una época y lugar dados. Estas preguntas se hacen pertinentes si comprendemos que, por más contradictoria o vaga que parezca, la traducción es indudablemente un instrumento importante en la historia; esto resulta evidente, por ejemplo, en el papel que juega la traducción en las relaciones entre personas y comunidades, a menudo extremadamente desiguales y conflictivas, como es el caso de los contextos (post) coloniales. La traducción es un instrumento en las interacciones y compromisos de las personas. De ahí la importancia de estudiarla como un acto mediado y de poner al descubierto la presencia del traductor.

Michael Cronin (2003) propone dejar de ver la traducción como un objeto de estudio aislado, sobre el que debemos hablar en términos fácticos, como un paso necesario para redefinir las percepciones que se tienen sobre ella y para reconocerla como parte de nuestra experiencia cotidiana, de manera que enfrentemos el hecho de que la traducción afecta la vida de todos (p. 3). Si entendemos la traducción como "mediación", dice Cronin, y dado que la mediación, en tanto presencia no desinteresada, tiene profundas consecuencias en la dinámica local y global, entonces surge la presencia del traductor muy claramente, sobre todo si pensamos, como él lo sugiere, en términos de la política "global" contemporánea (p. 3). Para Cronin, la traducción es por definición la realización del contacto entre las lenguas, y en ese sentido está ligada a nuestra relación, determinada ideológicamente, con el espacio vital y con el mundo en general, lo que llama nuestro "sentido activo de ciudadanía global" (p. 6). Cronin relaciona la experiencia de traducción de un individuo con historias colectivas, y resalta la naturaleza correlativa de las relaciones temporales y espaciales del contacto de lenguas. Partiendo de su analogía de la experiencia de traducción con los intercambios de la vida cotidiana podemos decir que, si la traducción es (como un) diálogo, entonces tendrá los elementos de un diálogo "real": habrá malentendidos, silencios, interrupciones, negativas para entender, distorsiones, voces que se imponen sobre otras, etc. Así pues, la traducción puede llegar a ser un espacio adecuado para explorar a quién se invita o no a hablar, o incluso a quién se le permite tener voz. Esta perspectiva retoma las anteriores preguntas sobre las estructuras de poder y las tensiones como inherentes a la traducción y amplía el potencial crítico de la traductología ya que, como Rose afirma, la traducción muestra un vasto panorama de las realidades y las "oscilaciones" de la historia cultural y política; debe verse en su organicidad y como parte del continuo cultural (humano) (p. 24). Para Cronin,

[n]uestra imaginación narrativa, es decir, nuestra habilidad para imaginar cómo es ser alguien de otra lengua, otra cultura, otra comunidad u otro país, es en sí misma un mero producto de nuestra propia imaginación si no tenemos una manera de leer libros, ver obras, o mirar películas producidas por otros. En otras palabras, si la ciudadanía deja de definirse exclusivamente en términos de la nacionalidad o del estado-nación. (p. 5)

La relación entre la práctica de la traducción y el actual surgimiento de una imaginación narrativa global pone de manifiesto, una vez más, el papel de los traductores como seres éticos. Si asociamos la posición de Cronin (y la de Venuti) a la "tarea" del traductor para entender su responsabilidad o su "misión", vemos que surge una perspectiva sumamente diferente del tipo de "tarea" que plantea el ensayo de Benjamin. Así pues, la misión del traductor está determinada por el espacio y tiempo colectivo en el que vive e interactúa. En consecuencia, el traductor se define como uno de los agentes que actúan, de forma muy concreta, en la escritura y circulación de las narrativas que construyen la cultura de maneras muy concretas, que bien pueden llevar a que se permita la circulación de ciertas narrativas o a que, por el contrario, estas se oculten o bloqueen. En cualquier caso, la traducción nunca es ni puede ser inocente. Ya sea que se les perciba como una fuerza social "positiva" o "negativa", los traductores son juez y parte de lo social. Son participantes de la construcción de la imaginación narrativa de la que a su vez forman parte.


1 Algunas publicaciones recientes ofrecen una perspectiva más crítica e historiográfica acerca de la vida, obra y prácticas de traductores individuales (véase bibliografía).

2 Este artículo constituye parte del fundamento teórico de mi trabajo sobre el legado de los traductores de literatura latinoamericana al inglés. El núcleo de mi investigación ha sido el traductor estadounidense Gregory Rabassa, quien durante las últimas cinco décadas ha traducido más de cincuenta novelas latinoamericanas de la segunda mitad del siglo XX, entre las cuales figura Cien años de soledad. Incluí una versión abreviada de mi discusión sobre las teorías contemporáneas que aquí presento en el artículo "Gregory Rabassa: el rastro de un traductor visible" (véase bibliografía). El libro de mi autoría titulado Gregory Rabassa's Latin American Literature: A Translator's Visible Legacy aparecerá publicado próximamente por la editorial Bucknell University Press.

3 Término acuñado por Mary Snell-Hornby en la antología de ensayos Translation, History and Culture, que editaron Lefevere and Bassnett (1990), en la cual se planteó la necesidad de que la traductología examinara de manera más amplia cuestiones de contexto, historia y convenciones literarias (p. 11), y se presentó por primera vez esta iniciativa como un proyecto colectivo.

4 Este ensayo apareció publicado por primera vez en la colección On Translation, que editó Reuben Brower (1959).

5 A menos que se mencione lo contrario, en esta versión traducida del artículo incluimos nuestras propias traducciones de las citas textuales que aparecen en inglés en el original.

6 La versión original de este texto fue publicada originalmente como el prefacio a la traducción que hizo Benjamin de la obra Tableaux Parisiens de Baudelaire, en 1923. En este artículo menciono y cito una versión en español, "La tarea del traductor" (véase bibliografía).

7 La obra de Berman, en especial su libro The Experience of the Foreign: Culture and Translation in Romatic Germany, ha ejercido una influencia considerable en los enfoques que asocian la traducción literaria con nociones filosóficas.

8 Esta concepción está basada en la idea de Foucault del autor como una "función".

9 En la sección "Speculative Approaches", que aparece en el libro Routledge Encyclopedia of Translation Studies, Marilyn Gaddis Rose define los enfoques "especulativos" como aquellos que se caracterizan por su escepticismo con respecto al método científico, el cual constituye la base de la mayoría de teorías empírico-analíticas; estas teorías, que proceden según las técnicas de experimentación y validación, se encuentran a menudo asociadas con los enfoques lingüísticos de traducción como transferencia interlingüística (p. 238).

10 Según Stanley Fish (1980), una comunidad interpretativa es una entidad de construcción de significados en la cual los textos se producen en función de la interpretación. La comunidad "autoriza" un número finito de estrategias de interpretación y establece cómo se va a producir el texto. La comunidad tiene la autoridad de determinar los significados principales según los cuales se constituirá el modo normativo, público, o lo que llama Fish el modo "institucional de construir el sentido" (p. 320).

11 Levine comenta en particular el papel que desempeñan los traductores al inglés de literatura latinoamericana, como lo es ella misma.

12 Como ha planteado Arrojo (2005), la posición ética del traductor es a menudo conflictiva y se percibe con sospecha, en parte como consecuencia de las nociones idealizadas de equivalencia y autoría; los traductores son vistos como intermediarios inoportunos, quienes "aceptan practicar una actividad en la cual la excelencia se encuentra perversamente asociada a la invisibilidad" (p. 3).


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