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Forma y Función

Print version ISSN 0120-338X

Forma funcion, Santaf, de Bogot, D.C. vol.22 no.2 Bogotá July/Dec. 2009

 

PERFILES BIOGRÁFICOS

Carlos Patiño Roselli

Palabras de agradecimiento*


SEA LO PRIMERO expresarle mi profundo agradecimiento a nuestro director, don Jaime Posada, por haber tenido el gesto generoso de hacerle eco en el día de hoy al premio que me otorgó recientemente la Asociación Colombiana para el Avance de la Ciencia. Si bien me embargan serias dudas sobre el alcance de mis merecimientos para recibir tan honrosas distinciones, de todas formas, ante los hechos cumplidos, debo confesar que a los sentimientos de gratitud se agrega una honda satisfacción.

A manera de palabras de agradecimiento no voy a pronunciar alguna docta disertación filológica sino que quiero compartir con ustedes una serie de recuerdos y momentos de mi ya prolongada trayectoria personal.

Situémonos en la segunda mitad de los años cuarenta, época en la cual cursé estudios en el Instituto de Filosofía que acababa de crear la rectoría de Gerardo Molina en la Universidad Nacional de Colombia. La creación de este instituto (en 1946, creo) fue un hecho de la mayor importancia para la cultura colombiana, pues significó darle entrada al pensamiento contemporáneo en nuestra universidad mayor.

Lo anterior vale especialmente para el campo filosófico en donde las ideas de un Husserl o un Heidegger reemplazaron en las aulas las concepciones tradicionalistas que habían imperado en el país. Este viraje fundamental estuvo a cargo de profesores eminentes como Rafael Carrillo, Danilo Cruz Vélez, Cayetano Betancourt, Jaime Jaramillo Uribe y Luis Eduardo Nieto Arteta, entre otros. Además, Casimiro Eiger nos hablaba del salón literario de Madame de Sevigné en París, Howard Rochester nos introducía a Shakespeare y Julián Motta Salas a las lenguas clásicas. El plan de estudios era bastante abigarrado -filosofía, historia, pedagogía, introducción a la biología, lenguas clásicas, lenguas y literaturas modernas- pero todos esos conocimientos me fueron posteriormente útiles.

Por los mismos tiempos se decía que éramos un "país de poetas" y creo que estos tenían una mayor figuración y peso en la vida nacional de lo que ocurre en la actualidad. Estaban vivas las voces de nuestros vates máximos: Rafael Maya, Jorge Zalamea, León de Greiff.

El grupo de Piedra y Cielo inundaba el país de poesía con las producciones de Eduardo Carranza ("Ven, siéntate a mi lado, señorita vestida de cocuyos..."), Jorge Rojas o Arturo Camacho Ramírez. En el Café Asturias (y posteriormente en el Automático) se reunía diariamente un grupo de poetas a arreglar el mundo entre sorbo y sorbo de tinto. Allí estaban Aurelio Arturo ("En las noches profundas que subían de la hierba..."), Femando Charry Lara, que proveía siempre el apunte o comentario agudo e inclusive algo mordaz, Fernando Arbeláez, quien por un poema suyo se había ganado el epíteto de "El Caballero Gótico", Guillermo Payán Archer, que se sentaba y lanzaba: "¿qué dice hoy la prensa de nosotros?". En este círculo nos colábamos algunos versificadores más jóvenes, como Rogelio Echeverría, Eduardo Cote Lamus y el suscrito.

Teniendo en cuenta la extensión de nuestras publicaciones, se nos bautizó con el apropiado remoquete de "cuadernícolas". Uno de estos cuadernos fue el que bajo el nombre de La balanza produjimos en 1948 Álvaro Mutis y este servidor. Mutis ha sostenido siempre que la publicación de este opúsculo fue lo que en realidad desencadenó el 9 de Abril.

La obtención por mi parte de una beca para estudiar filosofía en París, a comienzos de los años cincuenta, fue un acontecimiento decisivo en mi vida. Por una parte, me posibilitó conocer directamente esa cultura europea con que muchos jóvenes colombianos soñábamos; por otra, fue el factor que me llevó a sustituir la literatura y la filosofía por el estudio del lenguaje como eje definitivo de mi actividad intelectual y académica.

En la Sorbona, pues, tomé cursos de Filología Románica, especialmente Francesa, que condujeron en 1952 a la obtención del diploma de Licencié es Lettres (versión libre). En esa universidad me impresionó el sistema pedagógico tan libre y distinto del que yo había experimentado en la Universidad Nacional: nada de llamar a lista, ni de llevar notas previas, ni de formularle preguntas al profesor. En auditorios colmados de estudiantes el docente, que obligatoriamente tenía tras de sí una notable trayectoria investigativa, disertaba sobre el tema pertinente -o sea, la hoy poco prestigiosa cátedra magistral en su mejor manifestación-.

En Francia, en esa época, el panorama del lenguaje estaba dominado por dos grandes personalidades: Emite Benveniste y Gustave Guillaume. En nuestro medio el primero es conocido especialmente por ser el autor de la célebre teoría de la enunciación, que establece la estructura básica del acto de comunicación. El segundo era el creador de una ambiciosa doctrina llamada "psychosystématique du langage", fenómeno algo extraño en la historia de la lingüística, puesto que se basaba en orientaciones que en esos tiempos eran antagónicas: la estructuralista y la psicológica.

El París de la posguerra que me tocó vivir entonces era probablemente más auténtico y más francés que el de estos tiempos globalizados. Actuaban todavía en la escena literaria grandes figuras como André Gide, Paul Mauriac, Jean Cocteau, Albert Camus, etc., lo mismo que Jean-Paul Sartre y Gabriel Marcel en la filosofía. También vivían todavía los grandes representantes de la canción popular como Edith Piaff o Charles Trenet.

La colonia colombiana incluía un selecto grupo de damas de la sociedad bogotana que se regían en todas sus actividades -salón de belleza, floristería, restaurante, boutique, etc.- por las pautas que diera allí doña Lorencita Villegas de Santos. El ex presidente Eduardo Santos asistía al curso del gran hispanista Marcel Bataillon en el Colegio de Francia.

Para continuar mis estudios filológicos pasé en 1952 a la Universidad Alemana de Munich. Alemania era por entonces la meca de la filología puesto que esta había nacido allí a comienzos del siglo XIX y había logrado un notable desarrollo. Por cierto que el estudio filológico se entendía a un nivel muy alto: como el examen crítico de textos, en especial del pasado, no por el valor que esta actividad tenga en sí misma, sino porque es el camino que conduce al conocimiento de la cultura de la respectiva nación, definida aquella por algunos como "idealidad concreta", fórmula de evidentes connotaciones hegelianas.

En la Universidad de Munich mi profesor más cercano fue Gerhard Rohlfs, uno de los romanistas más destacados de la época y de quien traduje el Manual de Filología Hispánica que fue publicado aquí por el Instituto Caro y Cuervo. Bajo su dirección comencé a elaborar un trabajo de doctorado que por diversas circunstancias no tuvo culminación.

De regreso a Colombia en 1957, Ramón de Zubiría me llamó a la Universidad de los Andes a dirigir el Departamento de Castellano. Los Andes era todavía una institución en estado virginal y en ella actuaban, además de don Ramón, intelectuales de la talla de Andrés Holguín, Daniel y Jesús Arango, Abelardo Forero Benavides y Danilo Cruz Vélez.

Si en Europa adquirí una formación histórica por medio de la filología, esto lo complementé con los años de estudio en la Universidad de Michigan, en donde recibí el doctorado en 1965 con un trabajo titulado "Trie Development of Studies in Romance Syntax". Dicha universidad era entonces uno de los centros importantes de la lingüística descriptiva estadounidense. Como se sabe, esta disciplina se propone desarrollar procedimientos de análisis de las lenguas, haciendo abstracción de los aspectos históricos.

En Michigan había actuado Robert Lado, famoso por su modelo de análisis contrastivo de los idiomas, y en mi época la luminaria era Kenneth Pike, creador de la teoría analítica llamada "tagmémica", la cual fue aplicada aquí en Colombia en la mayoría de los trabajos etnolingüísticos de los miembros del Instituto Lingüístico de Verano.

En 1966 fui llamado por el rector José Félix Patiño a la Universidad Nacional a dirigir el Departamento de Filología e Idiomas, que formaba parte de la nueva organización general de dicho claustro. Desde entonces, en la Nacional mi interés personal y mi actividad intelectual y académica se han dirigido al estudio de los idiomas étnicos del país, o sea, de los vernáculos indígenas y afrocolombianos.

Por lo que toca a los primeros me complace haber participado en las tareas que condujeron a la publicación, por parte del Instituto Caro y Cuervo, de la magna obra Las lenguas indígenas de Colombia, una visión descriptiva; en cuanto a los idiomas afrocolombianos -el isleño del archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina y el palenquero en las cercanías de Cartagena-, entre otros trabajos, de especial significación fue para mí la publicación conjunta con la inolvidable Nina de Friedemann de la obra Lengua y sociedad en el Palenque de San Basilio (1983).

En la actualidad, dentro de la misma actitud de atención al patrimonio lingüístico del país, en la Academia Colombiana de la Lengua, estamos impulsando, con los colegas de la Comisión de Lingüística y el apoyo de las directivas, un amplio proyecto que cuenta con la colaboración de muchas personas e instituciones y que quiere captar tanto la realidad lingüística del país, con todos sus componentes y facetas, como también la trayectoria de los estudios pertinentes.

Muchas gracias a todos por su compañía en esta mañana, para mí memorable.

* Palabras pronunciadas por el profesor Carlos Patiño Roselli ante la Academia Colombiana de la Lengua el 9 de diciembre del 2009, en Bogotá, y como agradecimiento a la Asociación Colombiana para el Avance de la Ciencia al conferirle el Premio Nacional al Mérito Científico, en la modalidad de Vida y Obra.


Diciembre 9 del 2009.

CARLOS PATIÑO ROSSELLI

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