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Forma y Función

versión impresa ISSN 0120-338X

Forma funcion, Santaf, de Bogot, D.C. v.24 n.1 Bogotá ene./jun. 2011

 

GEOGRAFÍA, LINGÜÍSTICA Y GEOLINGÜÍSTICA.
UNA PROPUESTA PARA COMPRENDER EL CONTACTO DIALECTAL

GEOGRAPHY, LINGUISTICS, AND GEOLINGUISTICS:
A PROPOSAL FOR THE UNDERSTANDING OF DIALECT CONTACT

Gloria Andrea Córdoba Henao
Instituto Caro y Cuervo, Colombia
gacordobah@gmail.com

Artículo de revisión. Recibido 04-03-2011, aceptado 20-05-2011


Resumen

Este artículo presenta un recorrido general por los planteamientos teóricos y metodológicos que articulan los estudios del lenguaje y la geografía, con el propósito de hacer una propuesta que vincule el concepto de territorio desde la geografía humana y los estudios del lenguaje desde una perspectiva sociolingüística.

Palabras clave: geografía, geolingüística, lingüística, sociolingüística, territorio.


Abstract

The article carries out a general review of the theoretical and methodological proposals that link language studies and geography, in order to suggest a connection between the concept of territory, from the perspective of human geography, and language studies, from that of sociolinguistics.

Keywords: geography, geolinguistics, linguistics, sociolinguistics, territory.


1. Lingüística, cultura y sociolingüística

Los estudios del leguaje en su contexto cultural surgen a finales del siglo XIX. Del mismo modo que la cultura, la arqueología y la biología, los estudios del lenguaje toman relevancia en las ciencias humanas. De la mano de Powell (1834-1902), citado en Duranti (2003), algunos investigadores norteamericanos impulsaron el estudio de las lenguas indígenas de Norteamérica con el objetivo de reconstruir las relaciones genéticas de las tribus que las hablaban. Franz Boas (2008), quien hacía parte de este grupo, se mostró escéptico frente a una relación directa entre cultura y lengua. Sin embargo, fomentó el trabajo de campo y la recolección de datos, que hasta entonces solo se limitaba a listas de vocabularios, y despertó en otros investigadores, como Edward Sapir y Alfred Kroeber, el espíritu por describir de manera detallada diversos aspectos lingüísticos de los grupos a los que se acercaban.

A comienzos del siglo XX, la lingüística alcanzó de la mano de Leonard Bloomfield un carácter de sistema autónomo que debía ser capaz de contar con estrategias de análisis más elaboradas y específicas para su abordaje. Fue así como las indagaciones de tipo fonético, fonológico y morfológico se enfatizaron en la preparación de los investigadores, en su mayoría antropólogos. Durante la década de los cincuenta el término lingüística antropológica se incluyó de manera popular como evidencia del énfasis que algunos investigadores hacían en los estudios de la lengua sobre la antropología (Sapir era uno de ellos). Así surge la idea de crear un capital humano que estuviera en condiciones de responder a dichos aspectos de la ciencia, y se involucra la lengua como una unidad de análisis cultural.

Durante la década de los sesenta, Joseph Greenberg en su libro Anthropological Linguistics: An Introduction (1968), citado en Duranti (2003), presenta la inclusión de los estudios del análisis lingüístico a la antropología. No obstante, el trabajo de Greenberg era compartir una idea de cultura como lengua, que no entendía que el hacer análisis lingüístico significaba hacer antropología.

En la actualidad, el postulado más importante de la etapa de los estudios entre lenguaje y cultura es la fascinación que manifestaron algunos investigadores como Edward Sapir y Benjamin Worf por la descripción precisa de los patrones gramaticales de las lenguas no indoeuropeas, que habían sido la preocupación de los filólogos durante varias décadas. La relatividad lingüística, como se denominó esa etapa, suscitó debates importantes sobre los estudios de las lenguas, que entendían a la lengua como un sistema reflejo que era capaz de referenciar las condiciones sociofísicas y culturales de los grupos hablantes.

A comienzos de la década de los sesenta, Uriel Weinreich ya había despertado en sus estudiantes la idea de una disciplina que explicara el lenguaje en su contexto social, pues para él era inconcebible que los estudios del lenguaje estuvieran apartados de la disciplina. Es así como Marvin Herzog y William Labov, sus discípulos, impulsan los estudios de la sociolingüística, mientras que John Gumperz y Dell Hymes se encargan de desarrollar los trabajos de la etnografía de la comunicación. Para entonces, los conceptos como variación y competencia comunicativa ya se oponían con fuerza a los postulados de la gramática generativa chomskiana.

La sociolingüística se instauró como cualquier tipo de investigación; su interés central era la relación entre sociedad y el uso específico de su lengua o lenguas. De acuerdo con esto, Trudgill (1978) presenta tres grupos en los que se pueden enmarcar las investigaciones de sociedad y lengua: uno en el cual los objetivos se inclinan hacia lo sociológico y sociocientífico, como la etnometodología y los estudios de la interacción conversacional; otro, en el que los objetivos están tanto en los componentes sociológicos como lingüísticos, como los trabajos explicativos sobre el análisis discursivo y la etnografía del habla (Hymes, 1974); y por último, los estudios con fines trazados enteramente sobre lo lingüístico, como los de la variación y el cambio lingüístico.

Al respecto, William Labov (1983) plantea en su libro Sociolinguistic Patterns que no debería existir una disyunción entre la sociolingüística y la sociología del lenguaje, dado que el "lenguaje es una forma de comportamiento social". Este postulado contrasta con el que presenta Joshua Fishman (1968), quien plantea que la sociología del lenguaje permite abarcar y estudiar a la sociedad de una forma más amplia, mientras que ve al lenguaje solo como una conducta propia que debe ser considerada en última instancia. Labov no traza una inseparabilidad de los dominios del lenguaje y de la interacción social, ya que considera las formas del lenguaje como indicadoras de la diferenciación social o de estereotipos. Las formas lingüísticas de variación propias del cambio deben entonces ser capaces de reflejar los mecanismos sociales de estratificación, valoración y actitudes que subyacen en el uso de la lengua.

De ahí que William Labov desarrollara una importante imaginación espacial, al reconocer no solo una dimensión de despliegue espacial en un mapa, sino a partir de la construcción de las bases desde la lingüística para comprender aspectos de la espacialidad social de los seres humanos, como la territorialidad del lenguaje. Labov, en una preocupación fascinante por las formas de valoración y de prestigio social en la lengua, en sociedades altamente estratificadas, muestra en sus estudios la posibilidad de integrar la dimensión espacial entendida como una relación social dentro de las prácticas sociales y las formas de comportamiento social, entre las cuales está la lengua.

De acuerdo con esto, Carmen Silva-Corvalán (2001) desarrolla sus estudios en la sociolingüística y la pragmática, y presenta a la sociolingüística como una "disciplina interdependiente, con una metodología propia, que estudia la lengua en su contexto social y se preocupa en esencia de explicar la variabilidad lingüística de su interrelación con factores sociales y del papel que esta desempeña en los procesos de cambio lingüístico". Esto sugiere que los objetivos que intente buscar la investigación, la precisión disciplinar y el método o técnica que se adopte para desarrollarla, definen si se trata de estudios sociológicos del lenguaje, etnografía del habla o sociolingüística.

Hasta aquí, las perspectivas estaban inclinadas a estudiar, por un lado, las culturas, y por otro, las sociedades. Para los llamados etnógrafos de la comunicación, el papel de la descripción de los diferentes contextos cruzados por la lengua era su interés primordial, porque es allí donde precisamente el habla (como actuación), y no solo la lengua, es el reflejo de muchos aspectos de la cultura. En este sentido, la sociedad, al igual que la cultura, debían ser comprendidas y explicadas a través de sus normas, valoraciones y transformaciones lingüísticas.

Es importante mencionar que las relaciones entre lenguaje, pensamiento y relativismo lingüístico fueron perdiendo relevancia en los estudios del lenguaje durante la década de los setenta. Revistas universitarias como Language and Society, en las que participaban Dell Hymes, William Labov y Allen Grimshaw (sociólogo amigo de Labov), abrieron paso a nuevos enfoques de los estudios de lenguaje como la lingüística cognitiva -estudio de prototipos o la lingüística de la relevancia- y otros trabajos enfocados en la contextualización de las lenguas, o el auge del análisis discursivo. Así, la lengua empieza a ser entendida como un dominio culturalmente organizado y organizador de cultura, cuyo objetivo era el de observar la interacción y correlación entre hablantes y actividades.

Durante las décadas de los ochenta y noventa se produjo una especie de renacimiento del constructivismo social que fue más allá de los paradigmas de los años sesenta, ya que intentó explicar el rol de las lenguas en la constitución de encuentros o conflictos sociales a través de una especie de sociología del lenguaje. La relación entre lengua y espacio empezó a tomar fuerza no solo en sus relaciones indexicales, sino en la existencia de unos prerrequisitos espaciales necesarios para la interacción verbal y el reconocimiento lingüístico, del modo en el que los cuerpos humanos son usados en la conformación de identidades jerárquicas u opuestas (Duranti, 2003).

En ese sentido, se puede concluir que los estudios de la lingüística han pasado de ser, en un primer estadio, la interpretación antropológica descriptiva de las culturas a través de los análisis gramaticales, como el relativismo lingüístico, transformándose en formas de correlación e interacción social, vistas y explicadas por los hablantes a partir del contacto y la variación, a ser en la actualidad una generación de estudios del lenguaje inclinados al entendimiento del poder ejercido por el lenguaje.

El análisis del discurso, la sociología del lenguaje, la implementación de políticas lingüísticas y la inclusión del lenguaje en escenarios de interpretación ideológica han servido para orientar la investigación sobre el lenguaje, a través del uso de prácticas lingüísticas para documentar y analizar la reproducción y transformación de los grupos humanos en diferentes espacios y tiempos. Es gracias a esto que nace la pregunta: ¿cómo los estudios del espacio se han relacionado y desarrollado con los estudios del lenguaje y la cultura?

2. Geografía, cultura y nueva geografía cultural

Los estudios sobre la movilidad espacial de la población pueden servirnos para determinar dónde, cómo y por qué se desplazan las lenguas, y, más concretamente, la difusión de los cambios lingüísticos y las innovaciones tanto en el espacio como en el tiempo (Hernández Campoy, 2002, p. 122).

Podríamos decir que para la geografía el concepto de cultura es uno de los más complejos e importantes de los estudios de las ciencias sociales. Esto se puede suponer a partir de la crítica que realiza esta disciplina a la idea de que la cultura es algo aparte de la naturaleza. Sin embargo, dentro de la geografía misma, el reconocimiento de cultura y naturaleza como algo íntimamente relacionado fue un resultado reciente. En el pasado, la geografía daba un concepto de cultura un tanto remoto y general, que a la luz de nuestro tiempo desentonaría, por ejemplo, con los estudios culturales.

En un principio, la geografía desarrolló algo denominado determinismo ambiental, que mostraba cómo la naturaleza y sus factores dominaban a los seres humanos y modelaban su forma de vida y desarrollo social, lo cual terminó justificando la existencia del subdesarrollo. Esto se hizo al mostrar las ventajas naturales, pero en especial climáticas, de Europa y Norteamérica, en comparación con el salvaje mundo tropical, poco apto para el desarrollo intelectual y sociocultural de su gente. A estas aseveraciones, semirracistas, por lo demás, reaccionó lo que se denominó la geografía cultural, que explicaba cómo las fuerzas naturales podían ser dominadas por las personas y moldeadas con versatilidad por la cultura para conformar paisajes culturales. La definición de dicho concepto la dio Carl Sauer (1925), como de muestra en el siguiente fragmento:

El paisaje cultural está formado por un paisaje natural y un grupo cultural, siendo la cultura el agente, el área natural el medio y el paisaje cultural el resultado. Bajo la influencia de una cultura dada, que se modifica a sí misma con el tiempo, el paisaje sufre un desarrollo, a lo largo de varias etapas y, probablemente, alcanza el fin de su ciclo de desarrollo. Con la introducción de una cultura diferente -es decir, extraña- comienza un rejuvenecimiento del paisaje cultural, se superpone un nuevo paisaje sobre los restos del anterior. (En Johnston & Smith, 2000)

Carl Sauer resaltó con mayor énfasis la actividad de la cultura como fuerza que modela las características de la superficie de la tierra (Fernández, 2006, p. 226). Sin embargo, los aspectos no visibles o intangibles de la cultura en la geografía cultural clásica no podían ser explicados. Así, la lengua u otros aspectos no físicos de la cultura no estaban incluidos. Por último, la propuesta de paisaje cultural fue reemplazada por el concepto de paisaje, de manera más general, lo cual tiene que ver con la concepción actual de cultura en geografía.

En este momento, la geografía comprende que toda actividad humana está dentro de la cultura y, por lo tanto, está abierta a interpretaciones variables, como también propone una nueva manera de entender la naturaleza. Esta variación conceptual data de la década de los setenta -junto con otras transformaciones en geografía-, como resultado del avance de una concepción crítica de la sociedad dentro de la disciplina y en el surgimiento de una nueva geografía cultural, en que la idea de cultura es entendida en el marco de las relaciones sociales de producción y desarrollo, y de una teoría social crítica de la sociedad (Ibíd.). Para Peter Jackson, citado por Fernández Christlieb (2006), "la nueva geografía cultural se interesó más en la cultura de grupos marginales que en las grandes civilizaciones, en las expresiones populares más que en la corriente de élite".

La nueva geografía cultural significó un replanteamiento que tomó en cuenta no solo las expresiones materiales de la cultura sobre un área dada, sino también el simbolismo que para los habitantes tenían algunos rasgos del paisaje. A partir del final de los años ochenta, los especialistas en geografía cultural se dedicaron a comprender el significado de lo representado por los individuos y el modo en que percibían y comprendían su ambiente (Ibíd.).

El llamado giro cultural de la geografía mostró la sintonía de los geógrafos con el giro lingüístico y el giro cultural en ciencias sociales, y terminó por articular los estudios culturales geográficos con un análisis crítico del discurso. Esto conllevó a prestar importante atención a la cultura como un proceso de autosignificación y de significación social. Hoy algunos geógrafos entienden el concepto de cultura como un texto que las personas están obligadas a interpretar etnográficamente a través de procesos de representación que son textuales o iconográficos1, donde todo paisaje considerado como signo cultural y cuya interpretación revela actitudes y procesos culturales. Finalmente, y en relación con la idea de contacto cultural, la geografía ha respondido al multiculturalismo de las sociedades urbanas contemporáneas y a los estudios de la identidad. Esta parte ha tenido mucho que ver con los procesos de globalización y de transferencia tecnológica de países ricos a países pobres.

En conclusión, vemos cómo la geografía pasó de ser una disciplina un tanto descriptiva, a la manera de una memorización de cosas, hechos y accidentes, para convertirse en una disciplina preocupada por temas como el poder, la cultura y la historia -Peet (1998), y Delgado y Mahecha (2003)-, de manera tal que los conceptos geográficos para estudiar la lengua también han cambiado, no son los mismos -Jackson (1999) y Reyes & Córdoba (2009)-.

3. Dialectología, geolingüística y territorio

Solamente cuando combinamos un entendimiento crítico sobre lo socio-espacial con
elementos de la lingüística en cualquier situación de contacto dialectal, podemos
aproximarnos a una apreciación completa de los hechos sociolingüísticos.

DAVID BRITAIN (1991, p. 258),
 en HERNÁNDEZ CAMPOY (1999).

Tradicionalmente se ha mantenido una carencia teórica y metodológica de los conceptos de espacio en relación con los estudios lingüísticos y sociolingüísticos, mientras que algunas disciplinas como la dialectología han conservado una relación con la geografía regional, en tanto que permiten generar descripciones del uso de la lengua a nivel de regiones (isoglosas).

El estrecho vínculo de la dialectología con la necesidad del uso de mapas se ha centrado en la dimensión diatópica de la lengua. La dialectología estudia las variaciones de una lengua según los lugares, y la geografía lingüística es uno de los métodos para espacializar y reconocer estas variaciones en cartografías y mapas. Según esto, en la lingüística, y en la elaboración de lo que se conoce como atlas lingüísticos, la dimensión espacial ha estado presente y ha sido reconocida para visualizar distribuciones espaciales. Además, la dialectología es entendida como aquella rama de la lingüística que se crea como reacción contra el estudio normatizado de las lenguas (Martinet, en Montes, 1995) y contra la tradición de los neogramáticos, con el fin de acercarse y estudiar las lenguas en sus verdaderos contextos de habla. A esto se suma la llegada de la industrialización a los países europeos, en donde los lingüistas empezaron a preocuparse por estudiar y describir las hablas populares, antes de que desaparecieran como consecuencia de dicho proceso.

Sin embargo, la manera de enfocar los estudios espaciales en la lingüística antes de los sesenta fue la de representar aspectos lingüísticos en escenarios regionales o desarrollar técnicas cuantitativas y estadísticas de recolección de información en mapas, lo cual ha dado lugar a lo que en conjunto conocemos como geografía lingüística2.

Así, los estudios regionales clásicos desarrollan una recolección de información en campo "presentando ello en cartas geográficas que permiten ver la distribución espacial de los hablares regionales, que se integran en el hablar común de una nación, facilitando la delimitación de zonas dialectales" (Instituto Caro y Cuervo, 2009).

Dichos estudios presentan, a menudo, una división regional previa que, sobre la base de identidades culturales muy cercanas a una caracterización regional del folclor, permiten la realización de muestreos dialectales, que para el caso del ALEC (Atlas Lingüístico-Etnográfico de Colombia) establecieron la recolección de información en 262 puntos del país, lo cual permitió el trazado de múltiples isoglosas.

No obstante, los más recientes avances teóricos y metodológicos en geografía evidencian una innovación crucial en conceptos de uso común como espacio, región y territorio, que por su transformación metodológica y conceptual, tienen un impacto en los estudios del lenguaje.

Es así, entonces, como surge

[...] un especial interés en la comparación que puede establecerse entre la forma tradicional de estudiar la variación espacial lingüística, y la manera en que la sociolingüística realiza estos mismos estudios espaciales, muy similares a los desarrollos de la geografía contemporánea. La dialectología tradicional toma en cuenta la variación existente entre regiones, en el marco de un concepto de región clásico, mientras que la sociolingüística, por otra parte, se aproxima al concepto actual de territorio. Esto da como resultado distintos análisis sobre las dinámicas espaciales de la lengua, el contacto cultural y el contacto lingüístico, además de generar diferentes cartografías y formas de representación espacial, a partir de las cuales se puede sostener que los resultados geográficos son diferentes [...] (Reyes & Córdoba, 2009, pp. 134-135)

Podría argumentarse, según el postulado de Hernández Campoy (2002), que pertenecen a algo denominado recientemente como geolingüística.

En su artículo, Reyes y Córdoba (2009) mencionan a este respecto:

En los estudios lingüísticos se ha presentado un cambio muy importante, la dialectología ya no es la misma del pasado porque las formas de espacializar fenómenos relacionados con la lengua son distintas; ahora el trabajo geográfico puede ser complementado y registrado con el uso cuantitativo y estadístico, los sistemas de posicionamiento global (GPS), motores de bases de datos espaciales y sistemas de información geográfica (SIG). Avances asociados a la adopción de tecnologías, cartografías técnicas y métodos cuantitativos que ya venían apoyando la investigación de la lengua en relación con la geografía. Sin embargo, la propuesta actual estriba en entender el espacio más allá de un contenedor regional de objetos lingüísticos o de datos cuantitativos y comprender de manera esencial los procesos y estructuras espaciales. La idea sería superar no solo una forma asocial de cuantificar el espacio, sino también una forma aespacial de cuantificar la sociedad [...] (p. 146)

La idea general sobre la geolingüística la sostiene Juan Manuel Hernández Campoy (1999) de la siguiente manera:

Área de estudios disciplinar relativamente reciente [...] que supone el estudio espacial del lenguaje en su contexto geográfico, además de social y cultural. Si la dialectología tradicional es eminentemente rural y la Sociolingüística Laboviana es eminentemente urbana, la geolingüística es una línea de investigación interdisciplinar sobre las características espaciales del lenguaje y cuya naturaleza se gesta en la influencia de tres áreas: la geografía lingüística (Dialectología Tradicional) la dialectología urbana (Sociolingüística Laboviana) y la geografía humana (Geografía). (Chambers & Trudgill, 1980. En Hernández Campoy, 1999, p. 71)

Lo que manifiestan autores como el recién citado es que la combinación de estas tres áreas permite un estudio espacial del lenguaje en su contexto geográfico, además de social y cultural. Para esto, Hernández Campoy (2002) propone hacer una cartografía de las redes sociales y las innovaciones lingüísticas, la cual atienda a la relación y el dinamismo existente entre los escenarios sociales, los espaciales y los procesos lingüísticos. No obstante, esta propuesta es la de abordar desde un punto vista geolingüístico el concepto clave de territorio, y es a este al que se hará referencia en relación con la sociolingüística y la producción del espacio.

El territorio debe entenderse como un espacio social construido históricamente a través de relaciones, prácticas sociales y actividades humanas, que puede enfocarse a través de tres características básicas recíprocas e interdependientes: poder, tradición y memoria. El territorio es histórico, cultural y político; expresa identidades, formas de apropiación del espacio y concurrencia de fuerzas. Al referirnos a territorio hablamos principalmente de relaciones sociales con un entorno determinado, de poderes ejercidos por diferentes actores sociales dentro y fuera de este y escala macro y micro y de expresiones formales e informales que surgen en un espacio concreto -grados de influencia o control- y lo delimitan, legitiman y diferencian. Las sociedades conforman territorios y los territorios conforman sociedades, al ser aquellos una condición básica de la existencia humana.

Entendido como el espacio social apropiado y delimitado por un actor social determinado, el territorio promueve un cierto grado de cohesión en su interior, establece relaciones con territorios vecinos mediante vínculos tensos o amistosos y construye identidad en los respectivos actores. Por lo tanto, en el interior de un gran territorio pueden existir diversos poderes -por ejemplo, pandillas, guerrillas, grupos campesinos, grupos indígenas, grandes propietarios, tribus urbanas, vendedores ambulantes, habitantes de calle, ganaderos, etc.- y, por consiguiente, crearse "fronteras" donde aquellos chocan entre sí. Por lo tanto, siguiendo a Montañez (2004), el concepto territorio no solo connota la idea de algo cerrado representable en un mapa sino también un sentido político de relaciones sociales que pueden expresarse como hegemonías o subordinaciones aceptadas, toleradas o soportadas por otros actores sociales y que, a veces, son un mecanismo para regular sus propias relaciones.

Este concepto de territorio nos lleva a un estudio del poder, concepto a partir del cual podemos establecer distintas cartografías de la lengua que capturen la variación social, lingüística y espacial del prestigio. El concepto de territorio que se presenta en este documento [sic] es el producto de la convergencia de las corrientes epistemológicas modernas, la cual alude a los discursos y vivencias en el marco de las prácticas y las relaciones sociales, permitiendo lo que la geografía contemporánea hace en el contexto de los estudios de la lengua: más que describir la distribución geográfica de los rasgos lingüísticos espacialmente distintivos, explicar dicha distribución. [...] 3

Labov ve sociedades interesadas y formas de diferenciación lingüística entre capas sociales que explican, desde el punto de vista de la lengua, el funcionamiento de rasgos sociales específicos de prestigio y distinción a través de las actitudes lingüísticas y valoraciones de los hablantes. [...] podemos establecer, por un lado, una relación muy importante entre los estudios geográficos contemporáneos, [...] y los estudios sociolingüísticos que propone, entre otros, Labov, y, por otro, la posibilidad de realizar análisis ya no solamente espaciales sino territoriales de la lengua y el habla. [...] (Reyes & Córdoba, 2009, pp. 151-152)


1 Descripción e interpretación de las imágenes visuales con el fin de revelar sus significados simbólicos. Los paisajes físicos como representados sobre el lienzo o cualquier otra superficie son considerados depósitos de significados culturales para algunos geógrafos como Woodward, Cosgrove y Daniels, mientras que para otros como Duncan son texto (ver Johnston, Gregory & Smith, 2000).

2 Se reconoce como fundador de la disciplina a Jules Gilliéron (1854-1926), director del Atlas Lingüístico de Francia, publicado en 1902.

3 Labov no traza una separación infranqueable entre los dominios del lenguaje y de la interacción social, ya que considera las formas del lenguaje como indicadoras de la diferenciación social o estereotipos. Las formas lingüísticas de variación propias del cambio deben entonces ser capaces de reflejar los mecanismos sociales de estratificación y valoración y las actitudes que subyacen al uso de la lengua. (Reyes & Córdoba, 2009, p. 152)


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