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Theologica Xaveriana

Print version ISSN 0120-3649

Theol. Xave. vol.68 no.186 Bogotá July/Dec. 2018

http://dx.doi.org/10.11144/javeriana.tx68-186.trhaei 

Artículos

Teología de la realidad histórica. Apropiación epistémica desde Ignacio Ellacuría*

Theology of Historical Reality. Epistemic Appropriation from Ignacio Ellacuría

0000-0002-4632-4700Juan Esteban Santamaría Rodríguez1  a 

1Corporación Universitaria Minuto de Dios, Colombia

Resumen

Este artículo propone una teología de la realidad histórica a la luz de los escritos teológicos de Ignacio Ellacuría y en diálogo con algunos autores que han apropiado su pensamiento. Para ello, considera como principio constitutivo el acto intelectivo-sentiente del creyente y su despliegue como criterio para la vivencia de la fe cristiana a partir de tres dimensiones conexas entre sí: “hacerse cargo” de la realidad, “cargar” con la realidad y “en­cargarse” de la realidad. Por tanto, esta teología señala la urgencia de una praxis histórico-salvífica del creyente, la Iglesia y la teología desde la pra­xis humana de los pueblos históricamente crucifica­dos cuyo fin sea la instauración del Reinado de Dios.

Palabras-clave: Realidad histórica; inteligencia sentiente; lugar teológico; praxis teologal; es­pi­ritualidad cristiana; Ignacio Ellacuría

Abstract

This article proposes a theo­lo­gy of historical reality in light of Ignacio Ellacuría’s theological writings and in dialogue with some authors who have appropriated his thought. For this purpose, it is considered as a constitutive principle the intellective-sentient act of the believer, and its unfolding as a criterion for the experience of the Christian faith from three interrelated dimensions: “taking charge” of reality, “carrying” reality and “be in charge” of reality. Therefore, this theology points out the urgency of a historical-salvific praxis of the believer, the Church, and theology from the human praxis of the historically crucified peoples whose purpose is the establishment of the Kingdom of God.

Key words: Historic reality; sentient intelligence; theological place; theologal praxis; Christian spirituality; Ignacio Ellacuría

INTRODUCCIÓN

La teología de Ignacio Ellacuría ha sido abordada en distintos contextos sociales, eclesiales y académicos1; así mismo, ha sido analizada a la luz de algunos categoriales teológicos que definen la columna vertebral de sus escritos y reflexiones2.

Por lo anterior resulta oportuno señalar cómo los aportes de Ellacuría a la reflexión teológica latinoamericana han sido apropiados e interpretados como desafío para la praxis eclesial y teológica, pues su dinamismo está estrictamente relacionado con su experiencia histórica en el contexto de violencia que afrontó durante la década de los años 80, en El Salvador3. Su martirio es prueba de lo anterior y está asociado a la relevancia e impacto de su papel como mediador para la búsqueda de la paz entre el gobierno salvadoreño y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, FMNL, en el contexto de la guerra civil que vivía por entonces ese país.

Los aportes y reflexiones que Ellacuría ha dejado plasmados en sus escritos teológicos hoy se presentan como carta de navegación para la praxis eclesial y teológica latinoamericana, debido a su principio constitutivo: la realidad histórica. Ella está condicionada, la mayoría de veces, por estructuras de violencia armada, sexual, simbólica, entre otras; estructuras políticas, sociales y económicas de empobrecimiento y explotación de los pueblos más desfavorecidos; e inclusive estructuras religiosas y eclesiales que alienan el seguimiento histórico de Jesús en fidelidad al Evangelio.

La reflexión aquí propuesta tiene por finalidad realizar un recorrido del quehacer teológico de Ignacio Ellacuría bajo la clave hermenéutica “teología de la realidad histórica”. Debido a su martirio, él no pudo elaborar un corpus teológico, como sí logró hacerlo con sus reflexiones filosóficas4. Los argumentos por desarrollar intentan una aproximación a esa propuesta sobre la base de algunos elementos estructurales de su pensamiento teológico identificados en sus escritos5 y mostrar cómo –por medio de ellos– resulta oportuno hacer apropiación de su propuesta teológica como dinamismo liberador de la teología y de la praxis eclesial en América Latina.

LA REALIDAD HISTÓRICA COMO “LUGAR TEOLÓGICO” DE LA REVELACIÓN DE DIOS

Para comprender la realidad histórica como “lugar teológico” de la revelación de Dios desde el legado de Ignacio Ellacuría es necesario tener presente que su pensamiento teológico se encuentra vinculado a la maduración de su obra filosófica, principalmente de influencia zubiriana6. De hecho, gracias a su concepción filosófica de la realidad histórica es posible apropiar la clave hermenéutica-liberadora que subyace a su filosofía, y por demás, a su teología, con los dinamismos práxicos e históricos que implica.

Héctor Samour expresa muy bien cómo la maduración del pensamiento filosófico de Ellacuría es clave fundamental para comprender su obra teológica. Es enfático en señalar que no se puede hacer una periodización de su filosofía de modo cronológico exclusivamente, y con ello describir su influjo en su teología de manera unívoca, pues al tenor de la influencia de la filosofía de Zubiri, su apropiación intelectual y su proyección práxica en estos ámbitos (filosófico y teológico), así como en el campo político e inclusive educativo, ello supone rastrear también sus propios dinamismos intelectuales e históricos:

…pretender periodizar en un mismo esquema de desarrollo el pensamiento filosófico y el pensamiento teológico de Ellacuría, no es un procedimiento adecuado y puede llevar a distorsionar la interpretación de su evolución filosófica. Esto no significa afirmar que el desarrollo de su filosofía no influya en el de su teología o que no se dé una unidad real en todas las dimensiones de su quehacer intelectual, sino simplemente indicar que el análisis riguroso de la evolución de su pensamiento filosófico exige ceñirse a este ámbito específico, sin que esto obste para establecer en el análisis las relaciones y vinculaciones que mantiene con otros ámbitos y niveles de su actividad intelectual.7

Este preámbulo es afortunado con miras a la apropiación epistémica de una teología de la realidad histórica, pues señala el camino sobre el cual el concepto realidad histórica se desarrolla en relación con el quehacer intelectual y práxico de Ignacio Ellacuría; y de igual manera, ya que presupone las características de una hermenéutica teológica de la realidad que apropia sistémicamente un modo de hacer filosofía de la realidad bajo un criterio crítico, liberador, de desideologización y de desvelamiento de sus tensiones como estructuras de opresión del pueblo salvadoreño y latinoamericano.

Así las cosas, para Ignacio Ellacuría, la realidad histórica es el punto de partida y de llegada de su quehacer intelectual. Gracias a la influencia de la filosofía zubiriana es posible identificar en su legado que dicha realidad histórica es dinamismo procesual vinculado a la realidad biológica, personal, social e histórica que la integran, las cuales solo dependen del ser humano y su praxis histórica. De ello deriva una noción de realidad que asume un carácter procesual, dinámico y transformador; y una concepción de historia que supera su significado en cuanto descripción de hechos y contenidos. En sus palabras, Ellacuría lo define de la siguiente manera:

Así, por “realidad histórica” se entiende la totalidad de la realidad tal como se da unitariamente en su forma cualitativa más alta y esa forma específica de realidad es la historia, donde se nos da no solo la forma más alta de realidad sino el campo abierto de las máximas posibilidades de lo real. No la historia simplemente, sino la realidad histórica, lo cual significa que se toma lo histórico como ámbito de lo histórico más que como contenidos históricos y que en ese ámbito la pregunta es por su realidad, por lo que la realidad da de sí y se muestra en él.8

Este horizonte de comprensión expone el principio constitutivo desde el cual emergen la reflexión y la praxis teológica para Ignacio Ellacuría. Al atender una vez más su legado filosófico y teológico, puede inferirse que esta concepción de la realidad es emergente de su experiencia histórica, así como de su desarrollo intelectual, lo cual supone una implicación de su obra a la luz de su experiencia vital.

Si se profundiza un poco más en su apreciación de la realidad histórica, debe reconocerse que ella se caracteriza por ser una totalidad, que se presenta en su forma específica, es decir, como realidad que visibiliza las situaciones de opresión, empobrecimiento, exclusión y marginación a las cuales son sometidos los pueblos más vulnerables de nuestra historia. Esta realidad histórica asume su adjetivo como un aspecto determinante.

De ahí que –para Ellacuría– esta realidad no es una sucesión de hechos determinados (contenidos históricos); antes bien, es una sola, donde el ámbito de lo histórico es asumido en concordancia con eso que lo constituye: la realidad material, la realidad biológica, la realidad personal y la realidad social9.

En palabras de Sanginés, para Ignacio Ellacuría, la realidad histórica es el “reino de la libertad”10, definido por una realidad humana tradicionada y tradicionante, es decir, sucedida de un proceso integralmente constitutivo a consecuencia de la praxis humana (tradicionada), y de su constante posibilidad de realización en relación con su cultura y tradiciones (tradicionante)11. Tal apreciación de la realidad como histórica explicita su carácter biográfico y estructural, aspecto que permite apreciar la manera como está constituida por la praxis humana, y con ello, su transcurso12.

Dicho presupuesto –propio de la filosofía de Ignacio Ellacuría– es oportuno de cara a la apropiación de una teología de la realidad histórica a la luz del pensamiento teológico de este autor. Si esta realidad es una sola, cuyo transcurso está determinado por la praxis humana, el primer elemento a indagar se asocia a su reconocimiento como lugar teológico de la revelación de Dios a la luz de la experiencia de fe cristiana.

Y así como el carácter crítico, reflexivo y liberador de la obra filosófica de Ellacuría es criterio para hacer filosofía desde la realidad histórica del pueblo salvadoreño, en su situación de opresión y marginación más explícita13, su legado teológico tiene por criterio hermenéutico la apropiación de los signos de la presencia histórica de Dios y su interpelación desde la praxis humana de los sujetos que constituyen la realidad histórica, con sus sufrimientos, luchas y anhelos de justicia14. Su elemento particular es –con lo anterior– el dato experiencial (biográfico) de los sujetos, situado históricamente (estructural), y en ello, la clave hermenéutico-teológica que devela.

Los pobres de América Latina son lugar teológico en cuanto constituyen la máxima y escandalosa presencia profética y apocalíptica del Dios cristiano y, consiguientemente, el lugar privilegiado de la praxis y de la reflexión cristiana. Esto lo vemos y lo palpamos en la realidad histórica y en los procesos que vive América Latina, y lo reconfirmamos en la lectura que desde ese lugar hacemos de la palabra de Dios y de toda la historia de salvación15.

Esta apreciación de Ellacuría, a propósito de la realidad histórica de los pueblos empobrecidos de América Latina, es el punto de mira para abordar su teología, y con ello, apropiar una hermenéutica teológica en los términos expuestos. Al afirmar que los pobres, en su realidad histórica, son el lugar teológico que representa la máxima y escandalosa presencia de Dios, Ellacuría quiere hacer explícito el carácter teológico de la realidad histórica como consecuencia de unas estructuras concretas de opresión, marginación, empobrecimiento y exclusión que imperan en la sociedad latinoamericana y que interpelan la experiencia de fe de los creyentes y de la Iglesia en general.

De igual forma, establece cómo la naturaleza de este lugar teológico se comprueba en los procesos que América Latina vive y experimenta, al buscar liberarse de la indignidad, la deshumanización y la explotación humana, social y ecoambiental a las que son sometidos los pueblos históricamente crucificados16.

Ellacuría da un paso más de cara a esta hermenéutica teológica de la realidad histórica desde los pobres. Señala muy bien cómo este lugar teológico (la realidad histórica) es constatado a la luz de la Palabra y de la historia de salvación, pues representa el acontecer de Dios en y desde las vicisitudes, sufrimientos y luchas de liberación de su pueblo. Así las cosas, la realidad histórica –a nivel biográfico y estructural17– es la realidad de los sujetos en su condición de vulnerabilidad, opresión y lucha.

Así pues, al ser esa realidad histórica lugar teológico de la revelación histórica de Dios, exige a los cristianos, a la Iglesia y a la teología una experiencia de contemplación del Cristo crucificado18. Y concomitantemente interpela su vivencia de fe, así como su praxis eclesial y teológica, en virtud del significado que adquiere la praxis humana de los pueblos crucificados que buscan caminos de dignificación y humanización.

La praxis de fe, eclesial y teológica –al tenor de la reflexión de Ellacuría– debe contemplar y apropiar la presencia profética y apocalíptica de Dios desde el pueblo que es históricamente crucificado, debido a las estructuras de dominación y pecado determinadas por unos pocos19. Esto significa que el lugar teológico, al ser lugar profético que anuncia la revelación de Dios desde el sufrimiento humano como resultado de estas estructuras de opresión, es también un lugar apocalíptico que deja entrever la forma en la cual opera la revelación de Dios desde la praxis humana de estos pueblos crucificados, y sobre todo, lo que deviene a modo de interpelación para la Iglesia y la teología.

A la luz de lo anterior es posible apreciar cómo Ellacuría señala la manera en que la realidad histórica se constituye lugar de salvación, al entender por salvación la posibilidad de liberación y transformación de la realidad histórica desde los pobres, desde sus luchas y acciones históricas de resistencia y transformación.

Por lo que toca a los cristianos, en un horizonte último de reconciliación y de esperanza, aun dentro del proceso histórico, los pobres como lugar teológico y político nos sitúan en actitud conflictiva y dialéctica, aunque mediata y posterior, ante el poder opresivo y represivo, que responde con la persecución, en definitiva y de hecho, por causa de los pobres, entendida como causa del Reino, y por causa del Reino, entendida como causa de los pobres.20

Para Ignacio Ellacuría es determinante señalar cómo la razón de ser del lugar teológico tiene consecuencias directas para los cristianos. El lugar de opresión y marginación no solo instaura una actitud conflictiva y dialéctica en el creyente, y por demás, en la Iglesia y en la teología respecto de las estructuras de opresión que vulneran la dignidad humana de nuestros pueblos. Este lugar también posiciona con determinación el significado de ser cristiano a nivel práxico: la persecución por la instauración y realización del Reinado de Dios. Su realización es una praxis histórica y de fe de la Iglesia en resistencia con quienes han sido despojados de su dignidad. No es una práctica que inmoviliza al pobre, sino una que se vincula a las luchas, sufrimientos y esperanzas de quienes reclaman justicia según el anhelo de las bienaventuranzas proclamadas por Jesús (Mt 5,1-12)21:

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. […]. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. (Mt 5,6.9-11)

De Aquino hace eco de esta apreciación de Ellacuría para reiterar la urgencia que tiene la teología para asumir un carácter práxico22: porque si –para Ellacuría– el lugar teológico es también dinamismo que interpela la vivencia de la fe en Jesús y su praxis de seguimiento23, y por demás, es el lugar más propicio para “hacer teología cristiana”24, es porque en su base histórica la experiencia de fe es interpelada por una situación explícita de dolor, marginación y opresión.

Esta apreciación es determinante de cara a la configuración de una teología de la realidad histórica, pues en ello quiere constatarse cómo una hermenéutica del acontecer histórico de Dios está sustentada en una experiencia de fe confrontada desde ella misma (realidad tradicionante) y en la posibilidad transformativa que allí emerge, en cuanto praxis eclesial y teológica en concordancia con la praxis histórica de liberación de las víctimas de nuestro tiempo (realidad tradicionada).

Gracias a esto deriva el interés de Lee por hacer énfasis en el constante proceso de actualización teológica como respuesta práxica a la realidad. Al acudir al legado teológico de Ellacuría, demuestra que dicha actualización teológica debe dinamizar su quehacer hermenéutico con el interés de transformar el significado de la praxis eclesial y de fe a nivel sociológico, eclesiológico y soteriológico.

As this privileged locus, the poor and their reality disrupt complacency and force reevaluation of Christian theological themes. Ellacuría thus engages in a hermeneutics of the poor to understand their significance across a range of theological categories: socioeconomic, theologal, christological, soteriological, and ecclesiological.25

LA REALIDAD HISTÓRICA COMO “LUGAR TEOLOGAL” DE LA PRAXIS DE FE

La realidad histórica como “lugar teologal” de la praxis de fe, desde la reflexión de Ellacuría, sitúa la praxis teológica y eclesial a nivel político. Previamente fue enunciado cómo el lugar teológico es también “lugar político”, y con ello, el modo como posiciona al cristiano “en actitud conflictiva y dialéctica”26 frente a las estructuras de opresión que imperan en la sociedad. Estas apreciaciones de Ellacuría confrontan el significado de “ser creyente” y “ser Iglesia” hoy, pues sus exigencias a nivel evangélico y en fidelidad a la praxis histórica de Jesús llevan a una persecución por y como causa del Reinado de Dios desde la realidad de opresión de los pueblos, pero a su vez, desde su apuesta por su liberación y salvación.

El lugar político en el cual la revelación de Dios es histórica y real está delimitado por las vicisitudes que condicionan la vida humana. Ante esta situación, Ellacuría explicita la necesidad de una praxis de fe cuya finalidad sea la salvación histórica y metahistórica27 de la realidad desde la praxis de Jesús28. Esta praxis presenta –para el cristiano, la Iglesia y la teología– la responsabilidad de apropiar la realidad histórica en su totalidad (biológica, material, personal y social)29 con el interés de procurar su liberación integral.

La apelación a la liberación integral no puede constituir, por tanto, un olvido o una superación de la experiencia fundamental, que consiste, por un lado, en la vivencia de la injusticia social, económica y política como un mal que afecta a los desposeídos y oprimidos y que se constituye en un pecado negador de Dios y de la vida divina y, por el otro, en la liberación activa de ese pecado de injusticia como pascua en que se hace presente el Señor liberador. La liberación integral, como lo recuerda Puebla, precisamente por ser integral, no puede olvidar que debe ser superación de las estructuras de pecado y no solo de la intencionalidad pecaminosa.30

La praxis de fe a nivel eclesial y teológico –según los argumentos expuestos por Ellacuría– ha de tener dos finalidades concretas: la liberación de la intencionalidad pecaminosa y la superación de las estructuras de pecado que afectan la realidad histórica. De otro modo, esta praxis de fe no sería “pascual”, y mucho menos estaría asumiendo como propios los sufrimientos de los pueblos marginados y empobrecidos por las acciones de injusticia, opresión, violencia, indignidad y deshumanización a las cuales ellos son sometidos por acciones históricas determinadas.

La liberación integral de la realidad histórica bajo su significación como lugar teologal implica un paso hacia adelante ante las estructuras de pecado. No solo supone una contemplación del misterio que se revela en los padecimientos y sufrimientos humanos, ni la apropiación de la praxis humana de los sujetos en su apuesta por la liberación de su realidad histórica; implica, con lo anterior, la transformación del significado de “ser creyente” y “ser Iglesia” desde esta praxis humana.

Ello replantea el significado de la fe cristiana y del seguimiento de Jesús gracias a los “signos de nuestro tiempo”31, en los cuales la revelación de Dios es explícita y real, pero a su vez genera procesos de transformación de las estructuras de opresión en los cuales es promulgada la vida divina desde la dignificación de la vida humana.

La confrontación dialéctica de la realidad histórica –para el creyente, para la Iglesia y para la teología– deja entrever cómo su apropiación en cuanto lugar teológico y lugar político la significa como lugar teologal. Este carácter teologal es apropiado desde la interpelación del Dios revelado en la realidad que exige, en virtud del seguimiento histórico de Jesús, una praxis a nivel de su acción histórica con la finalidad explícita de posibilitar su liberación integral bajo el criterio que constituye la realización del Reinado de Dios32.

En esto consistiría el carácter teologal de todas las cosas y especialmente el carácter teologal del hombre y de la historia. No sería solo que Dios estuviera en todas las cosas, según el carácter de ellas, por esencia, presencia y potencia; sería que las cosas todas, cada una a su modo habrían sido plasmadas según la vida trinitaria y estarían referidas esencialmente a ella.33

La realidad histórica como lugar teologal señala el modo como el creyente, la Iglesia y la teología deben asumir su praxis de fe que, al ser histórica, ha de apostar por su trascendencia34, es decir, por ser una praxis que transforma las estructuras de opresión en realidades de liberación y salvación. La trascendencia de la praxis de fe a nivel eclesial y teológico debe orientarse como dinamismo que instaura el Reinado de Dios, lo significa como historia de salvación y hace de él una realidad de salvación desde la historia35.

Con lo anterior, la praxis de fe ha de constituirse en acción liberadora y salvadora de Dios asumida desde la praxis de Jesús que –en virtud de su seguimiento histórico– transforma la realidad histórica desde sus posibilidades humanas (realidad tradicionante-tradicionada) en solidaridad y resistencia con la praxis humana de los pueblos marginados de nuestro tiempo.

Ellacuría insiste en que la praxis de Jesús hacía explícita la realización del Reinado de Dios. De hecho, señala que esta es la causa por la cual lo asesinan36. Así las cosas, al señalar que la realidad histórica es lugar teologal de la praxis de fe (eclesial y teológica), lo que debe asumirse en cuanto apropiación de la “escandalosa presencia profética y apocalíptica de Dios”37 es el dinamismo transformador que esta realidad asume desde las posibilidades históricas de quienes la constituyen38.

Por ser la realidad histórica integralmente una sola es el sujeto quien la posibilita. En este sentido, la praxis de fe posicionada desde el seguimiento histórico de Jesús y la realización del Reino será la que dinamice la praxis del creyente, la Iglesia y la teología de su estrado contemplativo a su significación pascual.

La dimensión teologal del mundo creado, que no debe confundirse con la dimensión teológica, estribaría en esa presencia de la vida trinitaria, que es intrínseca a todas las cosas, pero que en el hombre puede aprehenderse como real y como principio de personalidad. De esta dimensión teologal hay estricta experiencia y a través de ella hay una estricta experiencia personal, social e histórica de Dios39.

El lugar teologal que representa la realidad histórica hace alusión a la constante presencia de la vida trinitaria en ella. Su apropiación como lugar teologal implica la configuración de la experiencia de fe del creyente y de la Iglesia desde la “aprehensión” del misterio trinitario y su constante develamiento en ella. Esto no presupone un subjetivismo en la experiencia de fe. Todo lo contrario: posibilita una experiencia social e histórica de Dios en relación con la experiencia personal, lo cual permite considerar que el dinamismo de la revelación de Dios emerge desde la experiencia histórica del creyente, y por demás, desde la comunidad eclesial en confrontación a los sufrimientos de los pueblos marginados y empobrecidos de América Latina y del mundo en general.

Ahora bien, si la realidad histórica es lugar teologal que configura la experiencia personal, social e histórica de Dios, para el creyente, la praxis de fe debe asumirse bajo los mismos criterios; y cuando Ellacuría señala cómo la acción de Dios por esencia, presencia y potencia es en todas las cosas –principalmente en el ser humano y en la realidad histórica– puntualiza cómo esta presencia trinitaria debe hacerse explícita a nivel de una praxis de fe (eclesial y teológica) encaminada hacia la salvación de la realidad histórica cuya finalidad sea la realización activa del Reinado de Dios.

Al designar la realidad como lugar teologal se está entendiendo como un quid, una realidad existencial con la cual la reflexión teológica se deja afectar, cuestionar, transformar, iluminar, realizar. En este caso, es un lugar donde conviven peligrosamente la esperanza y la desesperanza, la vida y la muerte; la justicia y la injusticia; la verdad y la mentira.40

TEOLOGÍA DE LA REALIDAD HISTÓRICA: APUESTA POR UNA SALVACIÓN DE LA HISTORIA

Apropiar la realidad histórica como lugar teológico, político y teologal da razón de un modo de aprehender el dinamismo revelador de Dios en y desde tal realidad; y a su vez, abre la posibilidad para actualizar la praxis de fe a nivel eclesial y teológico bajo un criterio histórico y desde sus posibilidades humanas41. Según esto, se afirma cómo la realidad histórica, al ser lugar de la revelación del misterio divino, se constituye también en “momento ideológico”42 de una hermenéutica teológica que ayudará a configurar la praxis de fe del creyente y de la Iglesia en cuanto dinamismo salvífico-histórico de la acción de Dios.

Una teología de la realidad histórica –sustentada desde un lugar en el que se hace apropiación del acontecer histórico de Dios y a partir del cual es posible actualizar la praxis de fe (eclesial y teológica)– señala una clave de interpretación para reconsiderar el “hacer teológico” como dinamismo constitutivo de esta praxis. Al respecto es pertinente traer a colación lo que Ellacuría afirma: “El establecer la teología como un momento de la praxis eclesial subraya que el hacer teología no es un hacer teórico autónomo, sino que es un elemento dentro de una estructura más amplia”43.

Así las cosas, si el hacer teológico está circunscrito a partir de la praxis eclesial, su punto de partida es la experiencia personal, social e histórica de Dios que se aprehende y apropia desde la realidad histórica. En tal sentido, el hacer teológico hace parte de esta estructura que sustenta la experiencia de fe que, articulada desde su momento ideológico, actualiza su praxis en cuanto praxis de salvación histórica.

Estos argumentos explicitan la intencionalidad teológica de Ellacuría, y con ello, la estructura mediante la cual reitera la necesidad de pensar teológicamente la realidad. Ahora bien, esta manera de pensar la realidad (hacer teológico), al no ser autónoma de la praxis eclesial sino elemento constitutivo, está configurada por tres dimensiones intrínsecamente conexas entre sí, que tienen como base el acto intelectivo-sentiente44 del creyente de cara a su realidad.

Primera dimensión: “hacerse cargo de la realidad”

“Hacerse cargo de la realidad” implica un acto de intelección sentiente de aquella por parte del ser humano. Al ser este un dinamismo del phylum humano 45 delimita la forma como la persona despliega su capacidad para hacer aprehensión de la realidad histórica desde las impresiones que ella le genera; y así mismo, para enfrentarla. El acto de intelección sentiente en Ellacuría está estrechamente ligado a la propuesta de Zubiri respecto de la capacidad intelectiva del ser humano desde el sentir biológico46 que, a su vez, asume un carácter personal, social e histórico de cara a una aprehensión por entero de la realidad histórica47.

Lassalle-Klein define este aspecto como “logification of intelligence48, el cual representa la capacidad de la intelección humana para aprehender la realidad, tanto impresiva como racionalmente. En este sentido, la intelección sentiente se presenta como el dinamismo biológico, material, personal y social del creyente a partir del cual despliega su capacidad para aprehender a nivel impresivo-intelectivo su realidad histórica de manera tal que pueda enfrentarse a ella en clave práxica desde su experiencia de fe.

el hacerse cargo de la realidad […] supone un estar en la realidad de las cosas –y no meramente un estar ante la idea de las cosas o en el sentido de ellas–, un estar “real” en la realidad de las cosas que, en su carácter activo de estar siendo, es todo lo contrario de un estar cósico e inerte e implica un estar entre ellas, a través de sus mediaciones materiales y activas…49

Según Ellacuría, hacerse cargo de la realidad significa situarse activamente en ella. Explicita que no es un “estar cósico e inerte”, en cuanto sujeto imparcial y ajeno a ella, sino “un estar en la realidad de las cosas y enfrentarse con ellas como realidad…”50. Esto mismo es función fundamental de la inteligencia humana.

Al aludir a la noción de realidad histórica como realidad estructural, el papel del creyente debe ser activo y crítico en ella con miras a aprehender intelectiva y sentientemente sus estructuras de opresión, marginación y exclusión. Con ello, logra entenderse cómo “esta función de criticidad que debe enfrentar la teología va encaminada a desvelar toda ideologización presente en la estructura social, en el cúmulo de objetivaciones y relaciones sociales”51.

De cara a una teología de la realidad histórica, el lugar teológico, político y teologal que representa la realidad histórica como escenario en el que se hace presente la vida trinitaria desde la praxis humana que apuesta por su dignificación y liberación, si bien trae salvación histórica y se configura como una historia de salvación52, determina el proceso de aprehensión intelectiva y sentiente de la realidad histórica para el creyente. Este aspecto favorece aquel posicionamiento crítico y activo frente al acto revelador de Dios a nivel personal, social e histórico a partir del cual la praxis de fe (eclesial y teológica) asume un valor histórico y salvífico de cara a la realización del reinado de Dios.

Segunda dimensión: “cargar con la realidad”

Frente al posicionamiento activo y crítico (intelectivo) que debe asumir el cristiano y la Iglesia respecto de la realidad histórica (hacerse cargo de la realidad), “cargar con la realidad” implica establecer un carácter ético frente a ella. De cara a la experiencia de Dios, o mejor, frente a la aprehensión de la vida trinitaria a nivel personal, social e histórico, esta dimensión supone asumir la realidad histórica bajo un principio de responsabilidad. De ser así, esta actitud definirá la praxis de fe (eclesial y teológica) bajo un criterio trascendente.

el cargar con la realidad […] señala el fundamental carácter ético de la inteligencia, que no se le ha dado al hombre para evadirse de sus compromisos reales, sino para cargar sobre sí con lo que son realmente las cosas y con lo que realmente exigen…53

Cargar con la realidad exige aprehender la realidad histórica a nivel intelectivo y sentiente, y significa establecer un compromiso con ella. Para Ellacuría, la realidad histórica además de ser constitutivamente una, también es escenario que se actualiza constantemente, en virtud de las posibilidades históricas de los sujetos. Dicho aspecto está estructurado desde lo que el autor señala como “realidad formal de la historia”54.

Según Ellacuría, la realidad formal se encuentra configurada por tres aspectos determinantes: la transmisión tradente, la actualización de posibilidades y el proceso creacional de capacidades55. Ellacuría es explícito al señalar que la realidad histórica es configurada por la praxis del sujeto, pues es este quien “transmite” una tradición en cuanto realidad y praxis tradicionada; así mismo, quien determina sus posibilidades históricas bajo un aspecto tradicionante y/o de realización; y finalmente, quien tiene la oportunidad de crear sus capacidades para transformar su transcurso.

Cargar con la realidad “señala el hecho de que la realidad no es algo extrínseco al hombre, respecto de la cual solo tuviera una función meramente contemplativa o interpretativa”56. En este sentido significa considerar las posibilidades históricas que tiene el creyente a partir de la aprehensión intelectiva y sentiente de la realidad histórica como lugar histórico del acontecer de Dios.

Una apreciación ética de la realidad histórica es clave fundamental para dar razón de una teología que se encarna y emerge desde la realidad. El acontecer histórico de Dios, según esto, no solo es dato revelado: es también actitud revelante que dinamiza la praxis de fe para definir sus posibilidades práxicas en virtud de la totalidad que representa la realidad histórica. Al ser así, “este momento ético […] pasa de comprender lo que ocurre a influir en los acontecimientos, hacer que la historia vaya, no hacia un abismo sino hacia la esperanza de realizar el Reinado de Dios”57.

Tercera dimensión: “Encargarse de la realidad”

Las dos dimensiones expuestas configuran procesualmente la tercera dimensión de una teología de la realidad histórica: “encargarse de la realidad”. Frente al acto de aprehensión intelectivo-sentiente y el posicionamiento ético del creyente hacia ella (realidad tradicionada), esta dimensión determina su capacidad para actualizar las posibilidades que tiene, con miras a la articulación de una praxis transformativa en su realidad histórica, a la luz de su experiencia de fe (realidad tradicionante).

Encargarse de la realidad supone establecer nuevas y mejores formas de estar en ella. El acto de apropiación de la realidad histórica y la actualización de sus distintas posibilidades son elementos estructurales que le permiten al creyente empoderarse de ella. En palabras de Ellacuría, esto se justifica de la siguiente manera: “Toda opción tiene un momento físico de apropiación. Y este momento físico de apropiación es lo que hace que la acción se constituya en suceso a diferencia de mero hecho”58.

Encargarse de la realidad es para el creyente un asunto que implica dinamizar la realidad histórica hacia su trascendencia: la realización del Reinado de Dios que se constituye en presencia activa de Dios en la historia y de la historia en Dios59. Ante la exigencia de vida trinitaria dada por la revelación histórica del Padre en los sufrimientos, luchas y anhelos de liberación de los pueblos históricamente crucificados, esta dimensión busca configurar una teología de igual índole que procure nuevas y mejores formas de estar en la realidad60.

el encargarse de la realidad [es] expresión que señala el carácter práxico de la inteligencia, que solo cumple con lo que es, incluso en su carácter de conocedora de la realidad y compresora de su sentido, cuando toma a su cargo un hacer real.61

Esta dimensión “señala el esencial carácter práxico del hombre y de la vida humana, y que se presenta éticamente como la necesidad de encargarse de la realidad para que sea lo que debe ser”62. Así mismo, implica un carácter práxico de la inteligencia frente a un hacer real que transforma las estructuras de opresión y marginación condicionantes de la realidad histórica de nuestros pueblos.

Ahora bien, para una teología de la realidad histórica, esta dimensión de la inteligencia humana es determinante, ya que dinamiza la praxis de fe a nivel eclesial y teológico en camino a la construcción y realización del Reinado de Dios ya que, al ser la realidad histórica, no solo lugar teológico y político sino también lugar teologal, debe articularse a una praxis que conoce y comprende el sentido de la realidad histórica buscando su liberación y transformación integral desde las posibilidades históricas de los sujetos que la integran.

Así pues, encargarse de la realidad implica apropiar el acto revelador de Dios desde una realidad histórica concreta, y establecer una praxis transformadora desde el seguimiento histórico de Jesús y el sentido práxico de su misión63. Con esto resulta pertinente apreciar cómo “la realidad histórica actúa como lugar de la praxis, ya que los elementos que configuran la realidad histórica son también configuradores y fundamentadores de la praxis, y por medio de ellos se posibilita la realización de la historia”64.

Las tres dimensiones propuestas que articulan una teología de la realidad histórica desde el hacer teológico en cuanto momento ideológico de la praxis eclesial configuran su carácter hermenéutico desde la aprehensión intelectiva y sentiente de la realidad por parte del creyente. Este hacer teológico –como bien lo expresó Ellacuría– no asume un carácter autónomo. El hacer teológico caracterizado a la luz de esta hermenéutica teológica señala la urgente necesidad para el creyente de estar “vertido”65 sobre la realidad histórica.

Así, este hacer teológico asume un carácter soteriológico por el cual “hacer teología cristiana”66 configura una praxis de fe que transforma la realidad histórica en resistencia y desde las posibilidades de los empobrecidos y victimizados de nuestro tiempo.

Esta hermenéutica teológica, si se asume el carácter de confrontación propio del lugar en el cual la revelación de Dios es activa y operante, tiene como finalidad una trascendencia histórica concreta: el Reinado de Dios. Su configuración exige de una praxis utópica y profética con las consecuencias estructurales e ideológicas que de allí emergen con miras hacia una liberación y salvación biológica, material, personal y social de la realidad67.

CARÁCTER TEÓRICO-PRÁXICO DE UNA TEOLOGÍA DE LA REALIDAD HISTÓRICA: “DEJARSE CARGAR POR LA REALIDAD”

Los argumentos desarrollados marcan una ruta a propósito de la apropiación epistémica de una teología de la realidad histórica desde el pensamiento teológico de Ignacio Ellacuría. Previamente fue señalado cómo la realidad histórica es lugar teológico, político y teologal de la presencia de Dios en y desde el sufrimiento de nuestros pueblos, pero a su vez, desde su praxis de resistencia, transformación y liberación de las estructuras de marginación y opresión que recaen sobre ellos.

También fue resaltado el modo como esta realidad histórica es momento ideológico que constituye el hacer teológico desde la apropiación intelectiva y sentiente de la realidad histórica, su posicionamiento ético y el develamiento de una praxis de fe en relación con esta praxis humana de liberación. Tales elementos permiten determinar su carácter teórico-práxico, pues –según Ellacuría– la realidad histórica como lugar de revelación es también “el lugar privilegiado de la praxis y de la reflexión cristiana”68.

El carácter teórico-práxico de esta teología se asume a la luz de la experiencia de fe del creyente. Tal experiencia, al emerger de la realidad histórica con sus características concretas –realidades de opresión, marginación, empobrecimiento, exclusión y violencia– exige para dicha hermenéutica teológica un momento ideológico que dinamice su praxis en respuesta a esa realidad.

La relación teoría-praxis está estrictamente unida al dato experiencial de los sujetos en virtud de su capacidad intelectiva y sentiente. De hecho, gracias a este momento ideológico cuyo sustento es intelectivo resulta palpable el carácter práxico de la inteligencia humana, a partir del cual es posible dar razón de la esperanza cristiana en términos de posibilidades históricas encaminadas hacia la justicia, la liberación y la salvación69.

Antonio González, a propósito del carácter práxico de la inteligencia humana, describe lo siguiente: “…the historicity constitutive of human intelligence has its fundamental foundation in the praxical character of intellection, or in more rigorous terms, in the structural unity of intellection with a sensing that is in itself—active”70.

Una teología de la realidad histórica que asume el carácter práxico de la intelección humana como dato constitutivo abre sus posibilidades históricas para configurar una praxis de fe desde la realidad histórica (realidad tradicionante), y con ello, una praxis teologal desde la capacidad intelectiva y sentiente del creyente71. En ello se reconoce la praxis como nota constitutiva de la teología de Ignacio Ellacuría, porque su finalidad es apropiar la realidad histórica en su totalidad, desde los sufrimientos y luchas de los pueblos históricamente crucificados como consecuencia de distintas acciones que así lo determinan72, con el interés de configurar una praxis histórico-salvífica que contribuya a su liberación integral.

De Aquino –apoyado en los planteamientos de Zubiri73– señala con precisión la relación que debe existir entre teoría y praxis74, a menos de incurrir en los dualismos que el pensamiento occidental ha determinado entre la capacidad de intelección y la sensibilidad. En este sentido, ante el interés de una praxis de fe histórico-salvífica cuyo momento final es la realización del Reinado de Dios, la relación “teoría-praxis” de esta hermenéutica teológica determina el modo a partir del cual dicha praxis de fe será dinamismo liberador y de transformación de la realidad histórica bajo un carácter teologal.

La teología está al servicio del Reinado de Dios y debe encontrar alguna forma de realizarlo. No está interesada solamente en inteligirlo, sino también en hacerlo realidad. Y ese interés condiciona y determina, de alguna manera, el propio proceso de intelección. En cuanto momento intelectivo de una praxis concreta (el Reinado de Dios), la teología está condicionada y orientada por los intereses inherentes a esa praxis (su realización histórica). No es una actividad neutra o des-interesada, ni se desarrolla de modo absolutamente objetivo: sus opciones teórico-conceptuales están íntimamente ligadas a sus intereses práxicos.75

La propuesta de una teología de la realidad histórica bajo este carácter teórico-práxico señalado por de Aquino –en directa relación a la propuesta de Ellacuría respecto de la constante realización del Reinado de Dios76– señala el sentido que debe tener la teología respecto de la praxis de fe a nivel eclesial y teológico. Así las cosas, será una teología que asume un carácter teologal en virtud de sus intereses (el Reinado de Dios) y sus posibilidades históricas de realización; pero, en atención a las dimensiones que constituyen esta teología (hacerse cargo de la realidad, cargar con la realidad, encargarse de la realidad), su carácter práxico implica en el creyente y en la Iglesia un posicionamiento crítico y activo de su experiencia de fe en constante interpelación con el dato revelado.

Lo anterior asume un carácter hermenéutico sustentado por el significado teológico, político y teologal de la realidad histórica. Para el creyente, por ser su praxis de fe expresión del carácter práxico de su inteligencia, en respuesta al dato que se revela en la realidad histórica, no le exige más que dejarse cargar por la realidad. Este aspecto es dimensión intencional de dicha teología, pues al ser ella en su totalidad (realidad biológica, material, personal y social) lugar de la revelación y acción histórico-salvífica de Dios, implica –para el creyente– una constante contemplación y aprehensión de su misterio que se revela77, de su carácter interpelante y su operatividad transformativa a nivel teológico, político y teologal desde las posibilidades de quienes la constituyen (realidad tradicionante).

Sobrino da cuenta de este modo de interpelación de la realidad cuando afirma: “Hacer teología es formalmente elevar a concepto teológico la realidad actual en lo que esta tiene de manifestación de Dios y de responder y corresponder en la fe a esta manifestación”78. En relación con los planteamientos teológicos de Ignacio Ellacuría, esta apreciación es cercana y guarda coherencia en cuanto a la implicación de la teología desde las distintas realidades de opresión, marginación y vulneración propias de nuestra realidad histórica.

Ahora bien, aun cuando ambos aspectos presentan claves hermenéuticas explícitas para hacer teología desde la realidad, es importante precisar que este es un aspecto ausente en la obra de Ellacuría debido a las vicisitudes históricas que cegaron su vida. Sobrino ha dado mayor desarrollo a esta hermenéutica teológica que sin duda alguna expone las características de una reflexión y praxis teológica desde la sacramentalidad79 de los signos históricos, su dinamismo profético y su transcurso apocalíptico.

Dejarse cargar por la realidad representa –a nivel teológico, político y teologal– su carácter sacramental. La realidad histórica por entero, en su estructura formal, es lugar de la manifestación de Dios (teofanía) y dinamismo de interpelación para una teología que se asume como reflexión creyente desde la historia y no desde los textos, como también reitera Sobrino80. De lo anterior no puede perderse de vista que Ellacuría y Sobrino mantienen una estrecha relación hermenéutico-teológica81. Gracias a ella, el giro de la teología en América Latina adquiere relevancia histórica y teologal; y a su vez, abre la posibilidad para configurar una experiencia y praxis de fe, eclesial y teológica desde y para la realidad.

Ahora bien –de acuerdo con el pensamiento teológico de Ignacio Ellacuría frente a este asunto–, la realidad histórica es la que, por sus condicionamientos estructurales, lleva al cristiano y a la teología a dar una respuesta histórica, transformadora y trascendente frente a las estructuras de crucifixión, opresión y victimización a las que son sometidos nuestros pueblos82.

Sobre la base de la estructura formal de la realidad, es ella la que abre las puertas para la creación de capacidades en el creyente por las que pueda hacerse explícita la trascendencia de su realidad histórica. De ahí que la praxis de fe se asume en su significación teologal, pues ante las estructuras de opresión y marginación y en interpelación con las luchas y sufrimientos de los pueblos en su condición de victimización y vulneración, solo tiene la posibilidad de dar razón de una praxis que salva y libera desde la realidad.

…la teoría teológica correcta es elemento esencial para que la praxis teologal sea la que debe ser, con lo cual se indica un círculo de determinación no necesariamente dialéctico, que va elevando progresivamente la riqueza del hacer teológico y la rectitud del hacer teologal.83

Dejarse cargar por la realidad exige en el creyente un discernimiento constante de los signos en los cuales se hace real la presencia teologal de Dios84. “La rectitud del hacer teologal” –en palabras de Ellacuría– “exige para esta hermenéutica teológica comprender el significado del acto revelador de Dios como “teopraxia”85, es decir, la acción salvífica de Dios en la historia desde la praxis humana, sus posibilidades y capacidades.

“La teopraxia es la manera como la revelación histórica de Dios exige una transformación de la realidad, principalmente a partir del despliegue de la inteligencia sentiente de la persona configurada desde su realidad divina”86. De hecho, la teopraxia, en cuanto teofanía de Dios en la praxis humana, remite al creyente hacia una praxis salvífico-histórica en concordancia con el dato revelado en los lugares teológicos de opresión; y a su vez, en los lugares teologales de salvación desde las posibilidades históricas de los sujetos.

La teología de la realidad histórica, al dejarse cargar por la realidad, está ligada al dinamismo revelador (salvífico) y humano de los pueblos que sufren los embates de las acciones históricas de opresión y marginación. Con lo anterior, el hacer teologal reitera la forma como la realidad histórica –al ser momento ideológico de esta hermenéutica– asume una praxis teologal bajo una intencionalidad propia: la liberación integral de la realidad y la instauración del Reinado de Dios a través de ella.

En tal perspectiva, dejarse cargar por la realidad es intencionalidad hermenéutica de esta teología, ya que la salvación que trae la praxis histórica de los pueblos en procura de su liberación y justicia es esa que configura la praxis y la reflexión teologales hacia la constitución de nuevas formas de realidad en resistencia con ellos.

La praxis teologal correcta no solo “permite” (C. Boff) un discurso teológico correspondiente solo “en lo que respecta al objeto teórico y en cuanto al estilo”, ni solo “en la medida en que los problemas (reales) de la praxis son asumidos por la teoría bajo la forma de cuestiones (teóricas)”, sino que “promueve” un discurso teológico no puramente formal y “potencia” teóricamente ese discurso desde el nivel de las aprehensiones primordiales que es el arranque y el final del inteligir humano.87

CONSIDERACIONES FINALES

La apropiación epistémica de una teología de la realidad histórica desde el pensamiento teológico de Ignacio Ellacuría pone sobre la mesa una discusión a nivel de método en la forma de hacer teología en la actualidad.

Al tomar en consideración los argumentos expuestos, el hacer teológico no puede desligarse de la experiencia personal, social e histórica de Dios del creyente y de la Iglesia. Su dato biográfico y estructural exige una relación de respectividad y de su modo de estar-en-el-mundo88 ante las estructuras de opresión, violencia y deshumanización que imperan en los contextos ecoambientales, sociales, políticos, históricos, religiosos y económicos latinoamericanos y del mundo.

La realidad histórica como lugar teológico, político y teologal de la presencia activa de Dios interpela la praxis de fe a nivel eclesial y teológico en cuanto al lugar desde el cual se sustenta. Puede inferirse que –en Ellacuría– la praxis es histórica, y con ello debe asumirse una historicidad de la praxis de fe a nivel humano que esté estrictamente ligada al lugar de interpelación teológica y revelación teologal. En este sentido, ante el posicionamiento conflictivo y dialéctico que generan los pueblos marginados y empobrecidos de nuestra historia, la praxis de fe debe hacer apropiación de esta realidad y, en concordancia con su estructura, posibilitar acciones históricas que procuren su liberación integral.

Las dimensiones que constituyen una teología de la realidad histórica (hacerse cargo de la realidad, cargar con la realidad y encargarse de la realidad) no pueden anclarse en una discusión de cuño teórico. En fidelidad con los argumentos propuestos por Ellacuría, son un momento ideológico que “potencia” el carácter práxico del inteligir humano desde una clave teológica y teologal, como consecuencia de una experiencia de fe situada en una realidad histórica concreta (realidad tradicionada-tradicionante).

Ahora bien, con miras a la puesta en marcha de una praxis histórica de fe a nivel eclesial y teológico, esta praxis debe asumir los mismos criterios, características e implicaciones de la praxis de Jesús.

Resulta oportuno señalar que la teología de la realidad histórica de por sí actualiza la forma de concebir el carácter teórico-práxico de la teología a la luz de la experiencia de fe del creyente. Si esta se sitúa en el mundo, el hacer teológico se posiciona como dinamismo que posibilita una praxis de fe de manera crítica y activa.

Infortunadamente, existe el riesgo latente de mantener separados ambos aspectos que dependen de un mismo dinamismo, que es el misterio de Dios que se revela y se hace revelante. Ante este riesgo, la propuesta de una teología de la realidad histórica señala la necesidad de que el creyente y la Iglesia actualicen su forma de estar-en-el-mundo, pues de ello dependen sus posibilidades históricas como argumento para una praxis histórica de fe; y así mismo, la creación de capacidades en camino hacia la transformación estructural de la realidad en solidaridad con la praxis de los pueblos históricamente crucificados.

El carácter teórico-práxico de esta propuesta, desde la intencionalidad teológica de dejarse cargar por la realidad, se hace transversal a las dimensiones que la constituyen, pues toda hermenéutica de Dios desde los empobrecidos y marginados de nuestra historia cuestiona el modo como la praxis de fe, a nivel eclesial y teológico, está afectada por la realidad misma, y también cómo se configura –a manera de espiritualidad que actualiza, posibilita y capacita– el modo de ser creyente y de ser Iglesia en este tiempo.

La espiritualidad cristiana, así entendida, es fundamentalmente un don de Dios Padre, que continúa el don fundamental de sí mismo que fue su Hijo encarnado. Pero el don mismo de Dios Padre nos dice dónde y cómo se recibe preferencialmente ese don. Se recibe en el mundo de los pobres en una praxis que responda eficazmente a la gran tarea de quitar el pecado del mundo, la muerte del mundo, para que el mundo y el hombre tengan más vida. […]. Esta es la gran práctica espiritual, esto es, la vida entera dedicada desde los pobres a que el pecado, negación del Espíritu de vida, desaparezca del mundo para que irrumpa en la historia el Reino de Dios, que es un Dios de vida.89

Ellacuría expresa un aspecto determinante al momento de hacer teología como elemento constitutivo de la praxis de fe: la apropiación de la revelación histórica de Dios en Jesucristo desde los pobres y marginados de nuestra historia. Por ser la realidad histórica estructuralmente una sola es importante traer a colación la existencia de una multiplicidad de realidades históricas en las que el modo como Dios se revela asume características diferentes en confrontación dialéctica a las estructuras de opresión que en ellas imperan.

Así las cosas, frente a la necesidad de configurar una espiritualidad que responda al hacer teológico y, concomitantemente, a la praxis de fe a nivel eclesial y teológico, Ellacuría explicita que dicha espiritualidad tiene un lugar muy concreto: la realidad histórica de los empobrecidos y marginados de nuestra historia.

Este aspecto confirma la urgente necesidad de mantener en “tensidad”90 la fe y la praxis cristianas, pues gracias a ello hay una auténtica apropiación del dato de Dios revelado en la historia desde el carácter práxico de la inteligencia humana (inteligencia sentiente), y una actualización de la praxis de fe en cuanto teopraxia, esto es, praxis salvífica de Dios desde la praxis humana e histórica91.

Es allí donde el don de la espiritualidad asume una connotación activa y crítica para el creyente, la Iglesia y la teología. Dicha espiritualidad está ceñida a la aprehensión intelectiva y sentiente de la realidad histórica y a la apropiación de su valor teológico y teologal, en virtud del dinamismo histórico de la revelación de Dios. Tal apreciación ayuda a superar la dicotomía de la espiritualidad como un acto de “dulcificación” de la fe en el Dios que salva92 y la lleva hacia su caracterización como aspecto estructural de la praxis teologal.

Este aspecto es el dato definitivo que caracteriza las dimensiones de una teología de la realidad histórica (hacerse cargo de la realidad, cargar con la realidad, encargarse de la realidad). Al ser un hacer teológico cuyo punto de partida y de llegada es la realidad histórica como lugar teológico, político y teologal de la revelación histórica de Dios, la espiritualidad cristiana debe ayudar a configurar la praxis de fe, a nivel eclesial y teológico, con miras a potenciar este hacer teológico en cuanto dinamismo que le permite al creyente y a la Iglesia asumir una praxis de fe bajo un criterio teologal.

Esta espiritualidad cristiana, (dejarse cargar por la realidad) señala el modo como el dinamismo intelectivo y sentiente del creyente no solo constata la afectación que le genera la realidad histórica sino también la articulación práxica de su capacidad intelectiva, con miras a la realización de una praxis transformativa de las estructuras e intencionalidades pecaminosas de la realidad histórica desde las luchas y acciones de liberación de los pueblos históricamente crucificados.

No sobra reiterar que, si bien esta praxis teologal explicita la historia de salvación y da cuenta de una salvación de la historia, su finalidad es la realización del Reinado de Dios en su plenitud teologal: la liberación integral de la realidad de las estructuras de opresión, y así mismo, la instauración del Espíritu de la vida desde la persona y el seguimiento histórico de Jesús, pues –según Ellacuría– en ello consiste la “praxis cristiana correcta”93.

La praxis histórica es una praxis real sobre la realidad, y este debe ser el criterio último que libere de toda posible mistificación: la mistificación de una espiritualización que no tiene en cuenta la materialidad de la realidad y la mistificación de una materialización que tampoco tiene en cuenta su dimensión trascendental. La consideración unitaria de todos los dinamismos que intervienen en la historia muestra a las claras la complejidad de la praxis histórica y los supuestos requeridos para que sea plenamente histórica.94

RECONOCIMIENTO

El presente artículo es producto de la monografía de Maestría titulada “La victimidad como lugar teológico. Apropiación para una teología de la realidad histórica desde la propuesta de Ignacio Ellacuría”, realizada en la Facultad de Teología, de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, en 2016, bajo la dirección de del profesor Daniel de Jesús Garavito Villarreal y con el constante acompañamiento del profesor Óscar Albeiro Arango Alzate.

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*Artículo de investigación.

1Ashley, Cardenal y Maier (eds.), La civilización de la pobreza. El legado de Ignacio Ellacuría para el mundo de hoy; Hernández y Cariño, El rector mártir. Los legados de Ignacio Ellacuría para encargarse de la realidad; Lee y Burke, Ignacio Ellacuría. Essays on History, Liberation and Salvation; Pittl, La realidad histórica del pueblo crucificado como lugar de la teología. Reflexiones sobre el lugar hermenéutico en el pensamiento de Ignacio Ellacuría; Alcantara, The Theological Contribution of Ignacio Ellacuría, S.J., to the Understanding of Violence; Lee, Bearing the Weight of Salvation. The Soteriology of Ignacio Ellacuría; Burke y Lasalle-Klein (eds.), Love that Produces Hope. The Thought of Ignacio Ellacuría; Lee, Transforming Realities: Christian Discipleship in the Soteriology of Ignacio Ellacuría; Burke, The Ground Beneath the Cross. The Theology of Ignacio Ellacuría.

2Santamaría, “La victimidad como ‘lugar teológico’. Apropiación teologal desde Ignacio Ellacuría”, 481-508; Arango, “Hermenéutica de la realidad histórica. Una inteligencia volcada sobre la realidad”, 197-221; Arango y Solano, “La espiritualidad en Ignacio Ellacuría”, 123-145; Arango, “Teología de la realidad histórica: recorrido por la propuesta metodológica de Ignacio Ellacuría”, 37-55; Sols, La teología histórica de Ignacio Ellacuría.

3Sols, La teología histórica de Ignacio Ellacuría, 66-72.

4Ellacuría, Filosofía de la realidad histórica.

5Ídem, Escritos teológicos IV; ídem, Escritos teológicos III; ídem, Escritos teológicos II; ídem, Escritos teológicos I.

6Samour, Voluntad de liberación. El pensamiento filosófico de Ignacio Ellacuría, 21-43.

7Ibíd., 23.

8Ellacuría, Filosofía de la realidad histórica, 39-40.

9Ibíd., 39.

10Sanginés, “La historia como camino a la dignidad. Ensayo sobre la filosofía de la historia en Ellacuría a veinte años de su asesinato”, 71-88.

11 Ibíd., 73-74.

12Ellacuría, Filosofía de la realidad histórica, 73.

13 Sols, La teología histórica de Ignacio Ellacuría, 29-30.

14Ellacuría, “Discernir ‘el signo” de los tiempos’ II, 133-134.

15Ídem, “Los pobres, ‘lugar teológico’ en América Latina” I, 148.

16 Ídem, “Pobres”, 185.

17Sanginés, “La historia como camino a la dignidad. Ensayo sobre la filosofía de la historia en Ellacuría a veinte años de su asesinato”, 74.

18Ellacuría, “Discernir ‘el signo’ de los tiempos”, 134.

19Ídem, “El pueblo crucificado. Ensayo de soteriología histórica”, 152-153.

20Ídem, “Los pobres ‘lugar teológico’ en América Latina”, 159.

21Ídem, “Las bienaventuranzas, carta fundacional de la Iglesia de los pobres”, 418.

22De Aquino, “El carácter práxico de la teología”, 61-79.

23Ellacuría, “Los pobres ‘lugar teológico’ en América Latina”, 150-151.

24Ibíd., 151.

25Lee, Bearing the Weight of Salvation. The Soteriology of Ignacio Ellacuría, 85-86.

26Ellacuría, “Los pobres ‘lugar teológico’ en América Latina”, 159.

27Ídem, “Dimensión política del mesianismo de Jesús”, 57.

28Ídem, “¿Por qué muere Jesús y por qué lo matan?”, 78.

29Ídem, Filosofía de la realidad histórica, 414-417.

30 Ídem, “En torno al concepto y a la idea de liberación”, 634.

31 Concilio Vaticano II, “Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual” 4 y 11.

32Ellacuría, “Teología moral fundamental”, 187.

33Ídem, “Historicidad de la salvación cristiana”, 579.

34Ibíd., 582.

35Ídem, “Fe y justicia”, 321.

36Ídem, “¿Por qué muere Jesús y por qué lo matan?”, 86-87.

37Ídem, “Los pobres, ‘lugar teológico’ en América Latina”, 148.

38Para Ellacuría, “la historia es entrega de realidad, de formas de estar en la realidad, pero como principio de posibilidades, las cuales paran a ser realidad por opción y pasan a incorporarse por apropiación”. Este dato es fundamental para comprender que la praxis humana y de fe es posibilidad constante de realización y transformación de la realidad histórica en la medida en que está abierta a la construcción de ella misma (Ellacuría, Filosofía de la realidad histórica, 420).

39Ídem, “Historicidad de la salvación cristiana”, 579.

40Arango, “Hermenéutica de la realidad histórica. Una inteligencia volcada sobre la realidad”, 211.

41A propósito del dinamismo de las posibilidades humanas, Ellacuría expone cuál es su estatuto fundamental sustentado sobre la libertad humana: “¿Qué se entiende por posibilidades? Posibilidades no es aquí aquello que no es imposible, ni siquiera aquello que es positivamente posible, sino aquello que posibilita. Y posibilitar consiste formalmente en dar un poder sin dar una necesidad fija y unidireccional de realización de ese poder. Aquí, el poder es optar. Las posibilidades no dan el poder para optar, pero sí dan el poder optar; el poder para optar es algo que el individuo humano trae consigo, pero para poder optar con ese poder de opción se requieren estrictas posibilidades posibilitantes. Esta distinción fundamental resuelve el problema del reconocimiento formal de la libertad, que no se apoya en la posibilitación real de las condiciones de esa libertad: si se tiene el poder para optar, pero no se puede optar, porque no se cuenta con posibilidades reales, se está negando la libertad humana, la libertad histórica” (Ellacuría, Filosofía de la realidad histórica, 411-412).

42 Ídem, “Los pobres ‘lugar teológico’ en América Latina”, 153.

43 Ídem, “La teología como momento ideológico de la praxis eclesial”, 167.

44Gracias a la herencia filosófica de Zubiri, en la obra filosófica y teológica de Ignacio Ellacuría es posible rastrear el concepto “inteligencia sentiente” como su principio constitutivo. Es claro que el sujeto es agente de la historia en virtud de sus posibilidades históricas; ahora bien, dichas posibilidades solo se hacen explícitas en la medida en que su estructura psico-orgánica hace apropiación sentiente (sensorial) e intelectiva (racional) de su realidad histórica en su totalidad (biológica, personal, social e histórica) (Ellacuría, Filosofía de la realidad histórica, 248-258).

45Ibíd., 98.

46Zubiri, Inteligencia sentiente.

47Ellacuría, Filosofía de la realidad histórica, 253.

48Lassalle-Klein, “Ignacio Ellacuría’s Debt to Xavier Zubiri: Critical Principles for Latin America Philosophy and Theology of Liberation”, 99.

49Ellacuría, “Hacia una fundamentación del método teológico latinoamericano”, 208.

50Samour, Voluntad de liberación. El pensamiento filosófico de Ignacio Ellacuría, 116.

51Arango, “Hermenéutica de la realidad histórica. Una inteligencia volcada sobre la realidad”, 213.

52Ellacuría, “La Iglesia de los pobres, sacramento histórico de liberación”, 480.

53Ídem, “Hacia una fundamentación del método teológico latinoamericano”, 208.

54Ídem, Filosofía de la realidad histórica, 387-482.

55Ibíd., 387; 406; 421.

56Samour, Voluntad de liberación. El pensamiento filosófico de Ignacio Ellacuría, 117.

57Arango, “Hermenéutica de la realidad histórica. Una inteligencia volcada sobre la realidad”, 214.

58Ellacuría, Filosofía de la realidad histórica, 414.

59Ídem, “Recuperar el Reino de Dios: desmundanización e historización de la Iglesia”, 315.

60 Ídem, Filosofía de la realidad histórica, 389; 414-416; 435-439.

61Ídem, “Hacia una fundamentación del método teológico latinoamericano”, 208.

62Samour, Voluntad de liberación. El pensamiento filosófico de Ignacio Ellacuría, 117.

63Ellacuría, “La Iglesia que nace del pueblo por el Espíritu”, 315.

64Arango, “Hermenéutica de la realidad histórica. Una inteligencia volcada sobre la realidad”, 215.

65Ellacuría, Filosofía de la realidad histórica, 60.

66 Ídem, “Los pobres “lugar teológico” de América Latina”, 151.

67Ídem, “Utopía y profetismo desde América Latina. Un ensayo concreto de soteriología histórica”, 238-239.

68Ídem, “Los pobres ‘lugar teológico’ en América Latina”, 148.

69Ídem, “Fe y justicia”, 369.

70González, “Assesing the Philosophical Achievment of Ignacio Ellacuría”, 82.

71Zubiri, Inteligencia sentiente, 84.

72Ellacuría, “El pueblo crucificado. Ensayo de soteriología histórica”, 152.

73Zubiri, Inteligencia sentiente.

74De Aquino, “El carácter práxico de la teología”, 62.

75Ibíd., 75-76.

76Ellacuría, “Recuperar el reino de Dios: desmundanización e historización de la Iglesia”, 314.

77Ídem, “Fe y justicia”, 367.

78Sobrino, “Hacer teología en América Latina”, 143.

79Ídem, “El Jesús histórico nos llama al discipulado en América Latina y el Caribe”, 153-156; ídem, “Teología desde la realidad”, 140-156.

80Ídem, “Hacer teología en América Latina”, 143.

81Ídem, “Bajar de la cruz a los pobres. Cristología de la liberación”, 86.

82Santamaría, “El pueblo de Dios crucificado. Una lectura a la victimidad en el conflicto armado colombiano”, 261-268.

83Ellacuría, “Relación teoría y praxis en la teología de la liberación”, 237.

84 Ídem, “Fe y justicia”, 324.

85Ídem, “Historicidad de la salvación cristiana”, 552.

86Santamaría, “Teología de la realidad histórica. La revelación de Dios como mayéutica histórica”, 180.

87Ellacuría, “Relación teoría y praxis en la teología de la liberación”, 236-237.

88Ídem, Filosofía de la realidad histórica, 270.

89Ellacuría, “Espiritualidad”, 53.

90Ídem, Filosofía de la realidad histórica.

91Ídem, “Historicidad de la salvación cristiana”, 556.

92Ídem, “El pueblo crucificado. Ensayo de soteriología histórica”, 140.

93Ídem, “Los pobres ‘lugar teológico’ en América Latina”, 153.

94 Ídem, Filosofía de la realidad histórica, 472.

Recibido: 10 de Noviembre de 2017; Aprobado: 22 de Febrero de 2018

aAutor de correspondencia. Correo electrónico: juanessantrax87@gmail.com

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