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Revista Facultad Nacional de Salud Pública

versão impressa ISSN 0120-386X

Rev. Fac. Nac. Salud Pública vol.37 no.3 Medellín set./dez. 2019

http://dx.doi.org/10.17533/udea.rfnsp.v37n3a01 

Editorial

Editorial

Jesús Ernesto Ochoa1 

1ProfesorFacultad Nacional de Salud Pública, Universidad de Antioquia. Colombia. Miembro Comité Editorial/Científico

Christopher Hitchens (1949, Portsmouth, Reino Unido - 2011, Houston, Texas, Estados Unidos), en su hermoso libro Cartas a un joven disidente escribió:

[…] Mi querido X: Así…, más bien me halagas e incomodas cuando pides mi consejo sobre hasta que punto se puede vivir una vida radical y “discrepante”. El halago está en la sugerencia de que yo pudiera ser un “modelo” para alguien, cuando por definición una sola existencia no puede ofrecer una pauta (y, si es vivida en disconformidad, no debe suponerse, en todo caso que haya que emularla). La incomodidad reside en el mismo título que propones. Es extraño, pero sigue siendo cierto que nuestro lenguaje y cultura no contienen una palabra apropiada para tu aspiración. El noble título de “disidente” hay que ganarlo en vez de reclamarlo; implica sacrificio y riesgo más que mero desacuerdo, y ha sido consagrado por muchos hombres ejemplares y valientes […] [1] (p.19).

En este número se le hace un homenaje a Alberto Aguirre (1926, Girardota, Colombia - 2012, Medellín, Colombia): abogado, editor, crítico de cine, periodista, fotógrafo, un “disidente ejemplar”. Ilustramos la portada de este número de la revista con una de sus fotografías, apoyados en los trabajos de su nieta, la periodista María Clara Calle [2,3].

La Revista de la Facultad Nacional de Salud Pública ha promovido, desde su fundación, la “conversación ilustrada sobre la salud” (el coloquio), como lo señaló el profesor Jorge Antonio Mejía en un editorial previo [4]. La revista reúne a la disidencia, a los debates, al pensamiento crítico y al oficial en salud pública, a la denuncia y a los distintos matices de la investigación epidemiológica. "Una perspectiva bienvenida, confío” señaló C Hitcthens en su conversación con “Mi querido X” que “Sin duda contribuye a impedir que el arte y la ciencia de la controversia muera entre nosotros" [1] (p.101).

Con el mismo sentido de la independencia de Alberto Aguirre, prestamos sus palabras para este editorial, con su artículo “No hay coloquio”, una radiografía lúcida de la realidad colombiana, publicado en la revista Cromos en el año 2001 [5].

Se publican, en este número, artículos como “Capacidad laboral de las personas mayores de 50 años, en proceso de reintegración”, “Medición de niveles de colinesterasas eritrocitarias en agricultores usuarios de plaguicidas”, “El frente discursivo biomédico, neoliberal y tradicional de la educación” y otros que soportan, a pesar de las dificultades, el coloquio sobre la salud pública y dan cuenta de un gran esfuerzo editorial.

No hay coloquio

Desde que somos un coloquio y podemos escucharnos los unos a los otros, mucho ha aprendido el hombre, muchas cosas celestes ha nombrado Holderlin

En Colombia hemos dejado de ser un coloquio y por eso perdemos lo celeste. Vivimos en la ciénaga del odio y del resentimiento, y nos corroe la desconfianza entre los unos y los otros; en ese clima turbio y tormentoso son inaudibles las palabras. Ni uno mismo oye las propias. Las palabras dejan de ser razones para convertirse en cantilenas. Se perdió aquella posibilidad eterna del hombre de encontrar cobijo en la palabra intercambiada; y con el cobijo, entendimiento; y con éste, la justicia. Vendría luego la paz. Como no hay palabra, no hay entendimiento. Y a falta de coloquio que tienda puentes, que encienda luces, que borre resentimientos, que disipe dudas y lime asperezas, no queda sino la guerra como ámbito para las relaciones. Por perder la palabra fuimos arrojados de los cielos hacia las tinieblas inferiores. No aprendemos al otro, lo ignoramos. En vez de voces, plomos. Y como no nos escuchamos los unos a los otros, la relación ineludible con los demás: se da sólo en la violencia. Porque el hombre no puede prescindir de relacionarse con los otros hombres, y si dicha relación no sé da en el mundo celeste, se da por fuerza en el mundo de los horrores. Se regresa así a los mundos primitivos aquellos que fueron borrados por el coloquio, en los cuales imperan la desconfianza y el resentimiento y la incomprensión y, finalmente, el odio. El odio que lleva a dar la muerte. Las relaciones entre los hombres no llevan a la construcción del mundo, sino a la extinción.

No se escucha al otro, pues si el otro disiente, deja de ser otro, esto es, deja de ser humano. Y, privándolo de su condición humana en mi fuero interior, es fácil matarlo. Ha sido éste el ardid moral que ha presidido todos los exterminios. Negando al otro, se le niega su identidad y su autonomía, y su derecho a pensar y a obrar de otro modo. Sólo se tolera al que está conforme conmigo, al que es idéntico a mí mismo, al que es una prolongación de mi propio yo.

Es pavorosa la intolerancia que reina en esta sociedad. Y de la intolerancia deriva la violencia. Ha sido abismada la razón. No se llegan a discutir las razones contrarias, pues ni siquiera se escuchan. No hay coloquio. No hay argumentos, ni argumentación. Sólo clamores, de vindicta. Cada uno repite, como autómata, sus razones, convertidas, por falta de contradicción, en letanías. Y las dice, no con el ánimo de convencer o conmover, sino para aplastar.

Se ha llegado al extremo de erigir en plataforma de acción política el odio y la aniquilación de los contrarios. Los seguidores ya no son partidarios sino cuadrilleros. No se aceptan contradictores, sino devotos. En la política se instala el renio de las rencillas.

Y a falta de contradicción -de coloquio que ponga frente a frente las razones, y las temple- se cae en el extremismo. En este clima instala su imperio el fanático. Ese, que como es incapaz de ver al otro, lo odia y tiende a extinguirlo. Nadie duda, porque nadie oye razones. Cada uno se parapeta en sus opiniones y rencores, y desde allí dispara, y allí se hace inaccesible. El corolario de un mundo sin coloquio es la muerte como ultima ratio. Razón final, razón tajante, razón definitiva, paradoja macabra, dado que la muerte niega la razón.

Incapaces de nombrar lo celeste, hemos sido arrojados del Paraíso.

Alberto Aguirre

Reproducido con autorización:

Alberto Aguirre. El arte de disentir: columnas. Medellín: Fondo Editorial Universidad EAFIT; 2014.

Referencias

1. Hitchens C. Cartas a un joven disidente. Anagrama; 2003. [ Links ]

2. Calle MC. Entre Alberto Aguirre y mi abuelo. Revista El Eafitense. [Internet]. 2014: 107. [Consultado el 18/09/2019] Disponible en:Disponible en:http://www.eafit.edu.co/medios/eleafitense/107/Paginas/entre-alberto-aguirre-y-mi-abuelo.aspx . [ Links ]

3. Calle MC. Alberto Aguirre. [Internet]. [Consultado el 18/07/2019] Disponible en:Disponible en:http://www.alberto-aguirre.com/ . [ Links ]

4. Mejía Escobar JA. Editorial. Memoriabilia. Rev. Fac. Nac. Salud Pública 2018;36(2). [ Links ]

5. Aguirre A, Hoyos M. No hay coloquio. En: Alberto Aguirre. El arte de disentir. Columnas: Fondo Editorial Universidad EAFIT; 2014:280-281. [ Links ]

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