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Universitas Humanística

Print version ISSN 0120-4807

univ.humanist.  no.64 Bogotá July/Dec. 2007

 

Cavilaciones sobre la esperanza: entre los intersticios de la antropología y la política1

Reflections About Hope: In the Space Between Anthropology and Politics

Cogitações sobre a esperança: entre os interstícios da antropologia e a política.

Mónica Godoy Ferro2

Programa de Antropología - Universidad Externado de Colombia monicagodoyf@yahoo.com

 


En octubre de 2006, durante las actividades de conmemoración de los 40 años del departamento de antropología de la Universidad Nacional de Colombia, un grupo de estudiantes me invitó –junto con otros egresados de distintas generaciones– a hablar de mi experiencia profesional. Este evento tuvo por objetivo reflexionar sobre nuestro papel en la antropología e intercambiar opiniones acerca de la ética del científico social en la actualidad. Ante ese auditorio mi intención fue, y también lo es ahora, encontrar, a través de la narración de mi trayectoria personal, experiencias similares que nos hermanaron como generación en los noventas y que aún continúan enmarcando nuestro quehacer.

En ese sentido, esta ponencia es una reflexión inacabada que parte desde la experiencia propia, entretejida a varias voces, con las vivencias de algunos colegas. Su objetivo es aportar una mirada crítica acerca de las actuales condiciones de trabajo de los y las investigadoras sociales en Colombia. Lejos de ser resultado de una investigación concienzuda –una de las tareas pendientes–, este texto debe ser considerado como una invitación para abrir un debate amplio sobre el impacto que tienen las nuevas lógicas del capital –visibles en las transformaciones del mundo laboral y en la guerra– en la creación de conocimiento desde las ciencias sociales. Para ello, echo mano de mi historia.

Yo pertenezco a esa generación que ingresó a la universidad con la caída del muro de Berlín y el estallido de la Unión Soviética. Encaramos el repliegue y la desesperanza que para algunos significaron estos hechos y crecimos intelectualmente con la avanzada de los nuevos paradigmas en las ciencias sociales.

En ese contexto, las expresiones de organización estudiantil eran débiles. Si bien el ingreso a la universidad pública nos dio la oportunidad de recibir formación profesional, algunos de nosotros no limitábamos a ello nuestras expectativas. Esperábamos encontrar espacios de participación en el movimiento estudiantil que llegó a nuestros oídos envuelto en historias de rebeldía de las décadas de los sesentas y setentas. Sin embargo, los primeros años de los noventas eran tiempos de incertidumbre y desconcierto.

Como sobrevivientes del naufragio de los sueños, un poco aturdidos por el derrumbe del ejemplo vivo del comunismo, algunos nos convertimos en miembros de organizaciones gremiales, culturales y colectivos de estudio, entre otros. Por lo general, nos reunimos en grupos pequeños –que a su vez generaban disidencias y éstas otras más– y enfrentamos muchas dificultades para lograr acuerdos. Con tamaña fragilidad organizativa, insistimos en la defensa del carácter público de la educación y en la necesidad de hacer ciencia para el pueblo. Un pueblo que –de manera frecuente– aparecía masificado, exógeno y sin rostro. Un pueblo dibujado en los discursos ideológicos o académicos y en la iconografía mural estudiantil, pero distante de la mayor parte de aquellos que estábamos en la universidad.

En el intento de zanjar dicho alejamiento, revivió el entusiasmo por los trabajos barriales y rurales que, para algunos de nosotros, riñeron con el ejercicio intelectual reticente del debate político que, por ese entonces, era ya una tendencia en auge. Durante los noventas –y creo que en buena parte de la historia del departamento de antropología de la U. Nacional– fue una excepción terminar la carrera en menos de diez años. Estábamos aprendiendo del mundo en un vaivén entre el adentro y el afuera de las mallas de la Ciudad Universitaria.

En el salón de clases la generación de los setentas fue nuestra maestra. Algunos de esos profesores asumieron que las discusiones sobre el compromiso político y la ética del científico social eran «viejos enfoques» o anquilosamientos del pensamiento que recordaban las preocupaciones panfletarias de los intelectuales de la izquierda, quienes se quedaron viviendo para siempre en los sesentas. Hubo un llamado generalizado a correr al feliz encuentro de la renovación, una renovación que en el campo científico prometió enfocar sus fuerzas para hacer de las ciencias sociales una fuente de conocimiento liberado de totalitarismos, en especial, de aquellos impuestos por los marxismos y otras teorías que pretendieron dar una explicación general de la realidad humana.

También fue este el tiempo de la fragmentación de esa realidad e incluso de su completa desaparición. Este hecho trajo consigo el reconocimiento de la derrota sufrida por la etnografía clásica intentando conocer «desde el punto de vista de los nativos» y nos dejó en la vía de la interpretación, la ficción cientificista y la performancia etnográfica. El trabajo de campo intensivo, que había sido la principal herramienta para generar conocimiento etnográfico y, además, era el rito iniciático antropológico más importante, cayó en desuso.

Durante los noventas, en las ciencias sociales tomaron fuerza los enfoques del «giro lingüístico», donde la cultura fue reinventada como texto, discurso y representación. Desde estas perspectivas, la etnografía quedó constreñida a una retórica disciplinar cercana a la ficción literaria, a través de la cual el investigador erige su experiencia en el trabajo de campo –a manera de testificación o autor-ización– como única fuente de su texto-etnografía. Ésta ya no con el interés de conocer otras gentes y culturas, sino con el peso insoslayable de la matriz cultural del etnógrafo que, en última instancia, sería la única que podría conocerse y describirse con propiedad por el contraste con «lo diferente», o mejor, con «los diferentes».

Ahora tengo la sensación de que este proceso de ensimismamiento de la etnografía significó un esfuerzo exigente de mantener vivo un corpus científico desvanecido en realidades inestables, fragmentadas e incomprensibles. Consecuencia del auge de la «metaetnografía», creo que, como generación, crecimos en un ambiente hipercrítico y apático, abocados a la especificidad cultural, a la antropología de pequeño alcance, en una marcada tendencia hacia la descripción de lo íntimo y lo más cercano. Sin duda, pienso que fue un intento de buscar seguridad en medio de la crisis de las certezas.

También en este tiempo se hicieron evidentes las contradicciones originadas por los cambios. Pululaban las culpas «mal repartidas» por tener como cuna disciplinar al imperialismo. Algunos docentes organizaron diversos seminarios, congresos y encuentros para charlar sobre el pensamiento y las ciencias sociales en Latinoamérica. Surgieron enfoques críticos que plantearon la necesidad de desprenderse de aquella matriz eurocéntrica y hegemónica, intentando ser «políticamente correctos» en un mundo que se hizo tan diverso como inasible.

A la vez pienso que se arraigó un cierto temor por no estar a tono con los vientos triunfalistas declarados por la nueva evolución del «estallido de la realidad». Para entonces, ser llamado marxista en público podría tomarse como un insulto que te ubicaba como un ser terco y «corto de vista» que no atinaba a ponerse a tono con las épocas actuales. Para algunos, hablar del ejercicio de una antropología comprometida en producir conocimiento para la transformación de las condiciones de vida de cientos de personas pobres en el mundo, fue considerado más una consigna militante que una preocupación realmente científica.

Este abandono masivo de los principios y las aspiraciones de las izquierdas tuvo como abanderados a algunos decididos militantes de años antes. Sin embargo, éste no fue un fenómeno local o nacional. A principios de los noventas, en Colombia, sintiendo el efecto de la tendencia mundial, se intensificó el abandono de la aspiración por hacer un ejercicio académico comprometido con las luchas sociales. Tendencia que sentimos en más de una ocasión nosotros, jóvenes y entusiastas que, sin experimentar aún el peso de la derrota, nos encontramos con la frustración y el pesimismo intelectual del mundo adulto. Esta nueva especie de escepticismo político-académico decía muy poco del mundo que estábamos descubriendo y que deseábamos transformar.

Asimismo, en este tiempo nos recordaron de nuevo la importancia del distanciamiento entre el investigador y sus informantes, algunas veces llamados de esta manera u otras como sujetos participantes de la investigación, beneficiarios, contrapartes, entre otros eufemismos más. Bajo una nueva forma de positivismo, la distancia y la actitud científica fueron análogas y se consideraron requisitos necesarios para la correcta aplicación del método etnográfico en el trabajo de campo. Otra vez, se negó la participación y la emoción del investigador, o bien, en una tendencia en apariencia antagónica pero en esencia similar, se sobredimensionó su papel haciéndole el dios creador-ficcionador de todo lo conocido. Por una parte, creo que con frecuencia se confundió la actitud reflexiva de extrañamiento frente a las prácticas sociales naturalizadas con la búsqueda de una impostura de objetividad desapasionada, y, por la otra, la subjetividad del investigador se convirtió en el único retazo de realidad comprensible.

Pero como todos no fuimos por idénticos caminos ni tampoco al mismo ritmo, algunos otros antropólogas y antropólogos no se resquebrajaron en la desesperanza y el autismo intelectual. Insistieron en la importancia de analizar la dimensión política que tiene todo proceso de producción de conocimiento antropológico; continuaron con la intención de develar el funcionamiento de diversos sistemas de sujeción, marginación, silenciamiento, explotación y dominación. No sólo con una intención descriptiva, sino al abrigo de una aspiración de transformación social.

Aquellos maestros y maestras nos despertaron el interés por conocer recorriendo territorios ajenos, por hacer trabajo de campo en contacto con los «otros», «los diferentes», así fuera un tanto difícil, por entablar diálogos y consensos con las comunidades involucradas, lo cual hizo cada vez más necesario precisar, junto con ellas, los objetivos académicos y los compromisos intelectuales y políticos adquiridos por el investigador. En mi opinión, estos tercos e insistentes docentes, con casi todos los vientos en contra suya, contribuyeron abiertamente a la formación de la sensibilidad política y humana del estudiantado.

Entre dos corrientes, entre la esperanza y la desolación, entre renovaciones y continuidades, nos movimos en los noventas. Para mí, aquella formación profesional se tradujo en una trayectoria polifacética y ambivalente. He trabajado como etnógrafa en zonas de agudos conflictos sociales y armados; la primera vez, contratada por una organización campesina recorrí el sur de Bolívar con el objetivo de elaborar un plan de desarrollo participativo en donde la intervención e inversión estatales respetaran las nociones de bienestar propias y las necesidades identificadas por los mismos pobladores de aquella región. Fueron dos años de trabajo de campo –con algunas pausas dictadas por la ejecución del proyecto– realizado a la manera clásica, «viviendo con ellos, entre ellos y como ellos». Tan entre ellos estaba que tuve que desplazarme forzosamente, junto con la mayor parte de la población, cuando incrementó la presión militar y paramilitar sobre la zona. Sin un fuerte apoyo institucional, sin recursos logísticos, en un contexto de fuerte estigmatización de las formas de organización campesina y de cualquier persona vinculada a ellas, los etnógrafos en terreno fuimos un poblador más amenazado por la guerra.

Los diarios de campo de aquella experiencia son una colección de impresiones y sensaciones profundas contadas a retazos, cuando el cansancio lo permitió. Escribí reflexiones sobre la guerra, descripciones hechas con furia por la impotencia, diatribas contra el Estado y las organizaciones internacionales que no lograban frenar la situación o no les interesaba hacerlo, peleas contra el militarismo y el guerrillerismo autoritario. Pero también en esos diarios quedaron escritos episodios de solidaridad en medio del peligro, narraciones detalladas sobre la capacidad de recreación de las sociedades que viven en medio de las dificultades generadas por la pobreza y las confrontaciones armadas.

En este contexto, como investigadora, me pregunté sobre el distanciamiento de la objetividad científica predicada por algunos desde las aulas. Comprendí que la indignación que produce la injusticia no necesariamente opaca la capacidad de ver y analizar las lógicas de las relaciones sociales; sólo me procuró un motor emocional que dialogó con la formación antropológica. Algunas veces tuvo mayor peso la primera y en otras la segunda. En ese sentido, sigo considerando necia la insistencia en incomunicar al investigador de sus creencias, de su sensibilidad, y en enajenarlo de su capacidad de acción política.

Volviendo a mi experiencia en el sur de Bolívar, los resultados formales del proceso de investigación, es decir, el texto del plan de desarrollo para la región, quedó en letra muerta. La población de la zona sufrió un proceso de destierro masivo y de repoblamiento. El compromiso del Estado de ejecutar dicho plan se remplazó por el impulso al cultivo agroindustrial de la palma aceitera. La economía campesina tradicional, amenazada ya por los cultivos de uso ilícito, quedó bajo el fuego modernizador estatal. Apareció de nuevo el viejo fantasma que apuró a los etnógrafos de principios del siglo XX a describir formas de vida que desaparecerían inevitablemente por la propagación de la industrialización. En este caso no estaban amenazadas sólo otras formas de nombrar, organizar y percibir el universo, sino que estaba comprometida la vida misma de los habitantes.

Con los planes de la más reciente inserción de territorios y gentes a la economía capitalista, llegaron también diversas organizaciones con el objetivo de intentar paliativos contra los efectos de la guerra y de ampliar la comprensión de los conflictos agrarios y sociales. El caso del sur de Bolívar presenta semejanzas con otros procesos vividos en Putumayo, Guaviare, Arauca, Chocó y otras zonas que pasaron de ser invisibles en la política social del Estado a convertirse en regiones cada vez más apetecidas para la inversión de capitales extranjeros y en escenarios para las acciones de recuperación militar e intervención humanitaria. En este contexto de ejecución del Plan Colombia y del Plan Patriota, los antropólogos de mi generación encontramos posibilidades de empleo en instituciones estatales o en organizaciones no gubernamentales. Un empleo, por lo general, inestable y de miope alcance académico y político. Este último punto merece una mayor atención.

Las organizaciones no gubernamentales financiadas por las agencias del sistema internacional de las Naciones Unidas, o bien, por gobiernos o oenegés internacionales –a primera vista preocupados por la situación de guerra en Colombia–, ocupan una parte significativa de los científicos sociales en el país. Sin embargo, las formas de trabajo propuestas por buena parte de estas organizaciones reproducen lógicas de dependencia económica y promueven la competencia desigual por los modestos recursos para ejecutar proyectos.

No es para nadie un secreto la enorme cantidad de capitales que se mueven a través de la ayuda internacional y sus muy discretos logros a la hora de alivianar las crisis humanitarias generadas por la guerra. Sumado a lo anterior, son evidentes los efectos en la burocratización de organizaciones de profesionales que se articularon para crear oenegés y comprometerse con la causa de «cualquier oprimido» –que con frecuencia era definido en concordancia con los intereses de moda en las agencias de financiación–, o los graves resultados que estas prácticas de subvención produjeron en las asociaciones populares o de base que se vieron abocadas a tener personería jurídica para competir en la asignación de recursos y entraron, casi obligadas, a la lógica de este mercado, intentando aprovechar lo que en principio se consideró como una oportunidad política.

En este contexto se produjo un giro interesante: los nuevos protagonistas de las luchas sociales ya no eran la gente, «las personas de a pie» que con acciones directas ejercían presión al Estado para obtener atención a sus demandas. Ahora, gracias a una especie de impostura, los funcionarios de las oenegés son quienes, seguramente con las mejores intenciones, se erigieron en voceros y representantes de los intereses de la sociedad civil. Esto no es invento nativo; las agencias internacionales están induciendo este tipo de cambio al cimentar su trabajo en la ideología y la ética liberal de los derechos humanos, supuestamente universales, haciendo invisibles a los causantes enriquecidos con la violencia y expresando una frágil posición ética en el asistencialismo humanitarista, en la realización de infinitas recomendaciones al Estado –casi todas incumplidas, valga recordar– y en la interposición de acciones jurídicas como las únicas herramientas de acción política posibles. Nuestro destino quedo en manos de abogados.

Si bien es innegable su papel importante en la atención de emergencia a las catástrofes de las guerras y en la denuncia sobre las violaciones a los derechos humanos, son menos públicos y han sido poco analizados los efectos negativos de esta impostura e intermediación, en tanto enajenan a las personas más afectadas por la reciente expansión del capitalismo de su capacidad de adelantar por sí mismos acciones políticas autodeterminadas y autónomas en el estrecho marco que dejan a sus ciudadanos los principios del estado-nación moderno y su «imperio de la ley». Aquí no me refiero precisamente a la violencia revolucionaria que, en nuestro caso, no ha demostrado capacidad suficiente de transformación social ni ha podido llevar a cabo su programa político de unidad con los sectores populares. Hablo de la movilización y protesta social, independientes de la aspiración por hacerse al poder del Estado, que surgen del descontento y la indignación por las condiciones de injusticia en la que vivimos y que propone un cambio urgente de las estructuras y las formas de vida generadas por el capitalismo.

Por lo general, en este contexto de oenegización, la investigación social quedó atada a la indagación sobre violaciones a los derechos humanos y reducida a un remedo vergonzoso. Allí la etnografía se limita a entrevistas elementales del cómo, cuándo y dónde, que con algún cinismo algunos llaman semi-estructuradas. Recopilación de testimonios, historias de vida –que en realidad son breves relatos fragmentados– y talleres son algunas de las técnicas más utilizadas.

Pensemos en un ejemplo típico, en un proyecto de tres meses. El trabajo de campo sería de un par de semanas en promedio y consistiría en «recoger los datos» como quien va con escoba y recogedor tras una información fáctica que está allí dentro de los informantes y que hay que procurar sacar con la mayor brevedad posible porque la financiación no da para más: hay que entregar el informe final y recibir el último desembolso que asegura la sobrevivencia de la organización y el sueldo del equipo de investigación.

Al cabo de los tres meses, la antropóloga está desempleada y en procura de encontrar otra oenegé que necesite de sus servicios técnicos. Su formación académica y política es subutilizada, incluso innecesaria o a veces incómoda; lo verdaderamente importante es la técnica, la mecánica. En esas condiciones, es muy difícil hacer investigación, pensar, deducir, conocer, comprender una sociedad. El ritmo de producción impuesto requiere sacar informes como galletas, que terminan repletos de lugares comunes y con fuertes falencias teóricas y metodológicas. Desde allí, la relación con la «comunidad investigada» no es una cuestión de voluntad o compromiso político del investigador, sino que se encuentra sujeta a condiciones objetivas determinadas por las transformaciones y readaptaciones del capitalismo que creó nuevas mercancías y abrió canales para su comercialización, flexibilizó la contratación laboral, impulsó los salarios integrales y definió intereses en la investigación e intervención social.

Gracias a lo anterior, una parte importante de los compañeros de mi generación nos vimos abocados a desarrollar dos o tres trabajos distintos de manera simultánea para obtener algún grado de seguridad económica que desaparece como polvo al vaivén de las políticas neoliberales de las agencias internacionales y sus movimientos contractuales. Podríamos pensar que éste es un proceso de proletarización acelerada del trabajo intelectual para la industria del conocimiento y los servicios.

Otra parte de los colegas –los menos, hay que decir– lograron costear un postgrado –en Colombia o de preferencia en el extranjero– que puede facilitar la continuación de una carrera académica en las universidades, pero no por ello están exentos de sobresaltos por una creciente escasez de recursos propios para la investigación y por vivir dependiendo de contratos semestre a semestre. Las universidades públicas y privadas entraron a la puja por la obtención de la financiación que haga «sostenibles» los procesos investigativos. El éxito en tamaña empresa depende en buena medida del lobby político, los contactos personales y el reconocimiento extendido con su consecuente autoridad científica.

Pienso que a los jóvenes antropólogos nos queda el desasosiego del trabajo en las oenegés o, bien, entrar en una relación como asistente de investigación o discípulo de un maestro reconocido a manera de padrino, hasta que tengamos la edad suficiente para hacer uso de nuestras propias clientelas. Es interesante observar los rasgos de pensamiento medieval, no en el sentido peyorativo sino descriptivo, de la permanencia del carácter discipular y jerárquico que contiene esta práctica de formación en el oficio.

Pese al estrecho y apesadumbrado panorama, por mi experiencia sé que existen otras posibilidades de hacer antropología en Colombia. La imaginación y la creatividad a la hora de la utilización de los recursos nos permitieron –junto con un grupo de compañeras feministas– desarrollar un trabajo de investigación de largo aliento en la Cárcel Nacional de Mujeres. Con un presupuesto inicial de seis meses cumplimos cuatro años. Asimismo, durante dos años, junto con el Comité de mujeres de Inzá, Cauca, desarrollamos un proceso de investigación etnográfica sobre el trabajo productivo y reproductivo de las mujeres campesinas que dio como resultado el fortalecimiento de las redes organizativas de base, el establecimiento de nuevos contactos con organizaciones autónomas y la movilización masiva de cerca de dos mil campesinas e indígenas en defensa de la tierra y de sus formas de trabajo y de vida. La autogestión, colaboración mutua y solidaridad se entretejen para intentar otros caminos para la vida y la práctica profesional.

Conozco otras experiencias como la nuestra de trabajo asociado vinculado por la empatía política y por las ganas de contribuir con el conocimiento a la transformación social, poniendo en cuestión las formas organizativas tradicionales de las izquierdas para reconocer, en la multiplicidad de experiencias populares, formas de conocimiento auténticas y válidas sobre lo propio: es en relación con ellas como vamos produciendo comprensión e interpretación antropológica.

Antes que una propuesta concluida, ésta es una ruta posible para aprender a comprender, escuchar y aceptar al otro que es, al fin de cuentas, el objetivo de la antropología. Aunque para algunos suene poco científico, riesgoso o atrasado, nosotros ya no consideramos la posibilidad de fracturar a la investigadora de la ciudadana, de la política, del sujeto sexuado, de la apasionada y de la humana. Aunque estas facetas se expresen de diferente manera no siempre coherente ni libre de contradicciones.

¿Cómo podemos extender esas experiencias marginales en la acción política y la investigación antropológica? Creo que es necesario construir una antropología autónoma, es decir, una práctica permanente de cuestionamiento frente al poder, sea económico, académico o de otro tipo. La autonomía significa libertad y autodeterminación. Para ello, es necesario recuperar la dimensión política del quehacer de la investigación social y asir nuevamente la agencia social para todo investigador. Enfrentar el unanimismo y la desesperanza es una tarea colectiva; ya que no puede lograrse de manera individual, entonces la discusión y el debate quedan propuestos.

 


1 Una primera versión de este texto fue leída  en la conmemoración de los 40 años del departamento de antropología de la Universidad Nacional de Colombia en octubre de 2006.

2 Antropologa de la Universidad Nacional de Colombia, candidata a maestra de historia de la Pontificia Universidad Javeriana. Docente del programa de Antropología de la Universidad Externado de Colombia.


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