SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 issue64Reflections About Hope: In the Space Between Anthropology and PoliticsThe Usaquén Cemetery - A Case Study about the Spacial Manifestations of Society's Hierarchical Order author indexsubject indexarticles search
Home Pagealphabetic serial listing  

Services on Demand

Article

Indicators

Related links

  • On index processCited by Google
  • Have no similar articlesSimilars in SciELO
  • On index processSimilars in Google

Share


Universitas Humanística

Print version ISSN 0120-4807

univ.humanist.  no.64 Bogotá July/Dec. 2007

 

Teoría social, métodos cualitativos y etnografía: el problema de la representación y reflexividad en las ciencias sociales1

Social Theory, Qualitative Methods and Ethnography: Representation and Reflexivity in Social Sciences

Teoria social, métodos qualitativos e etnografia: representação e reflexividade nas ciências sociais

Juan Pablo Vera Lugo2, Jefferson Jaramillo Marín3

Pontificia Universidad Javeriana (Colombia) veraj@javeriana.edu.co

Pontificia Universidad Javeriana (Colombia) jefferson.jaramillo@javeriana.edu.co

Recibido: 13 de marzo de 2007 Aceptado: 05 de septiembre de 2007

 


Resumen

El artículo contribuye a la discusión de la relación entre métodos cualitativos y teoría social en el marco de la crisis de la representación y la emergencia de la reflexividad. Se pasa revista al desarrollo de lo cualitativo en el siglo XX, las implicaciones de la teoría social en la posguerra, y el papel de las teorías críticas en el momento de dar respuesta a la crisis de sentido y representación. Se cierra el texto con una discusión sobre la necesidad de la reflexividad hoy en el oficio etnográfico.

Palabras clave de los autores: teoría social, métodos cualitativos, crisis de la representación, etnografía.

Palabras clave descriptores: investigación cualitativa, etnología, ciencias sociales.

 


Abstract

The article contributes to the discussion of the relation between qualitative methods and social theory, within the framework of the representativeness crisis and the emergence of reflexivity. The rise and development of the qualitative in the twentieth century, social theory implications in the postwar period, as well as the role played by critical theories in finding an answer to the crisis of sense and representation are the main issues reviewed by the authors. Finally, the article concludes with a discussion about the need for reflexivity within the ethnographic field.

Key words: social theory, qualitative methods, ethnography, representativeness crisis.

Key words authors: social Theory, Qualitative methods, Ethnography, Social Sciences.

 


Resumo

O artigo contribui na discussão da relação entre métodos quantitativos e teoria social no marco da crise da representatividade e emergência da reflexividade. Revisa-se a emergência e desenvolvimento do qualitativo no século XX, as implicações da teoria social depois do pós-guerra, e o papel das teorias críticas no momento de responder à crise de sentido e representação. Encerra-se o texto com uma discussão sobre a necessidade da reflexividade hoje no oficio etnográfico.

Palavras chave: teoria social, métodos qualitativos, crise de representação, etnografia.

 


Introducción

Antropólogos y sociólogos hacen uso de las metodologías cualitativas de manera similar en el momento de recoger información en contextos sociales específicos. Sin embargo, es reconocido como legítimo y casi una «verdad evidente» que hagan lecturas diferentes de los métodos, a la vez que produzcan con los datos diferentes cosas. El reconocimiento ha tenido lugar en parte por la diferencia histórica de las tradiciones disciplinares y, en otra, por los contextos sociales y campos en los que tradicionalmente se constituyen como disciplinas. No obstante, cada vez más antropólogos y sociólogos se han encontrado explorando los mismos contextos y problemas sociales, y cada vez más las disciplinas han dado cuenta de que construyen el mundo no desde una teoría o un método antropológico, o una teoría o un método sociológico, sino desde la teoría social, oscilando entre aproximaciones transdisciplinares o multidisciplinares e intentos multidimensionales (Alexander, 1995).

Esto ha sido evidente en la sociología contemporánea que se ha volcado al análisis cultural, interpretativo y hermenéutico, declarando «la crisis de lo social»; y en la antropología al declinar las pretensiones de elaboración de una gran teoría de la cultura y al hecho de la aceptación de los problemas hegemónicos y textuales de su conocimiento. Desde luego ello ha revertido en el uso compartido, convergente y dialógico de conceptos, teorías, técnicas y enfoques metodológicos que se enmarcan en nuevos modelos de verdad, método y representación que erosionan los grandes paradigmas, las tradiciones disciplinares y, especialmente, los cánones clásicos de hacer, pensar y escribir antropología y sociología. En este marco, queremos contribuir a la discusión sobre el sentido de los métodos cualitativos hoy para la ciencia social y otros campos, en medio de lo que algunos autores han llamado «crisis» de las ciencias sociales4.

Para llevar a cabo esta discusión realizaremos, en primer lugar, una exploración histórica sobre la relación entre métodos y enfoques cualitativos y la ciencia social. Posteriormente daremos cuenta de las trasformaciones sociales y culturales después de la Segunda Guerra Mundial y sus implicaciones en la teoría social, la crítica a la teoría de la modernización, la emergencia de las teorías críticas y las implicaciones en los métodos y enfoques de investigación cualitativa. Seguidamente mostraremos cómo estas transformaciones han generado tensiones teóricas y conceptuales, además de rupturas y encuentros en la ciencia social contemporánea, en particular en el momento de dar respuesta a la crisis de sentido y representación, así como a la emergencia de la reflexividad por la que atraviesa la teoría social, lo cualitativo y lo etnográfico.

1. Teoría social y métodos cualitativos: encuentros y desencuentros

Los métodos cualitativos tienen una larga historia de encuentros y desencuentros en la ciencia social. Precisamente en este apartado trataremos de introducir la discusión en torno a su construcción en distintos momentos históricos y contextos sociales. En tal sentido, debemos reconocer, siguiendo a Denzin y Lincoln (2000), siete momentos o hitos claves en la emergencia, desarrollo y posibles crisis de estos métodos. El primer momento obedece a lo que se ha llamado el período tradicional (clásico), que emerge tempranamente en el siglo XX y continúa hasta la Segunda Guerra Mundial. Este período se caracteriza por una antropología descriptiva con pretensiones de objetividad, donde se habla de un “otro” concebido como foráneo, exótico y extraño. El trabajo de Malinowski en Nueva Guinea y las Islas Trobiand entre los años 1914-1915 y 1917-1918 es la expresión sintética de este momento. En dicho contexto se concibe el trabajo de campo como un acto de descripción y organización de la caótica realidad social a través de la etnografía. A su vez, ésta se expresa en una labor juiciosa del etnógrafo que solitariamente recoge datos culturales, retorna a casa y produce una monografía-etnográfica sobre la cultura estudiada, etnografía que termina por convertirse en una arquitectónica cultural. Los trabajos de Malinowski, Boas, Radcliffe-Brown, Margared Mead y Evans-Pritchard son los ejemplos más característicos de este período. Aquello es reforzado además por la idea de que la antropología y el trabajo de campo son una misma cosa. Este es un período en el que la sociología ignora casi totalmente las metodologías y los abordajes cualitativos.

El segundo momento es definido por Denzin y Lincoln (2000) como “modernista”, caracterizado por la apertura y vanguardia de diversos enfoques y métodos cualitativos, sin desconocer los anteriores y otorgándoles el beneficio de inventario. Aunque se reconoce la experiencia de los trabajos canónicos del período clásico y las aproximaciones realistas a sociedades lejanas y el naturalismo de la observación, se considera que no basta un trabajo de campo única y exclusivamente concentrado en sociedades no occidentales. Desde la Chicago School, básicamente desde el primer departamento de sociología de Estados Unidos, el American Journal of Sociology y bajo la tutela de un grupo significativo de nuevos sociólogos, se comenzaron a desarrollar y utilizar nuevas técnicas de investigación como los llamados documentos personales, que desplegaron un particular énfasis en la historia de vida urbana y en la producción de textos bajo el manto de la simplicidad y el lenguaje de la gente común y corriente de la Chicago de los años veinte y cuarenta.

En este contexto aparecen historias de inmigrantes, criminales, delincuentes juveniles, guetos, gangsters, entre otros. Al menos en esta escuela norteamericana, la sociología llega a considerarse como ligada indefectiblemente a las metodologías cualitativas. Pero por importantes que fueran estos primeros estudios, el interés por lo cualitativo declinó en la sociología hacia 1940 y principios de 1950 con la prevalencia de grandes teorías sociales como la parsoniana, por entonces en boga en Harvard.

Ahora bien, desde la década de 1960 hasta bien entrados los años setenta resurge el empleo de los métodos cualitativos, especialmente en los ya clásicos trabajos de Goffman –como Asylums (1961)– o los de Becker –como Outsiders (1963)–; además aparecen variadas compilaciones de estudios cualitativos monográficos. Este período se expande durante la posguerra, más o menos hasta 1970, pero sus huellas siguen estando presentes aún en muchos trabajos. Confluyen aquí una formalización de las metodologías cualitativas con la continuidad del legado primario de Chicago, desde el interaccionismo simbólico de Blumer, Tylor y Bogdan; la etnometodología de Cicourel; la Grounded Theory de Glasser y Strauss; además de los estudios feministas. Comienzan a reforzarse nuevos temas y a ampliarse algunos de los nichos preferidos por los interaccionistas y etnometodólogos para hacer observación: la escuela, el hospital, el bar, el barrio marginal, la empresa, la cárcel. Es un momento de fermento y creatividad para la ciencia social aplicada, pero de difícil distinción disciplinar entre los trabajos producidos por sociólogos cualitativos y psicólogos sociales.

El tercer momento se configuró hacia 1970 y se extendería hasta 1983, época caracterizada por los planteamientos teóricos que bombardean desde afuera el estatuto epistemológico de lo cualitativo y que, aunque alimentan el debate sobre los lugares y los órdenes de discursos desde los cuales se habla de otros, también comienzan a cuestionar el carácter de los datos sociológicos. El impacto de las teorías constructivistas, el marxismo revisionista, la semiótica, el postestructuralismo, los estudios culturales, el deconstruccionismo y los estudios literarios, producen profundos cuestionamientos a la forma como funciona el conocimiento y el lugar de la verdad y el sujeto en la cultura. Si bien es un momento en que los sociólogos y antropólogos enfatizan en las enormes posibilidades del estudio de caso, en la necesidad de utilizar métodos históricos y los métodos biográficos, también ocurre la migración de las metodologías cualitativas hacia otros campos como la salud, la educación y el trabajo. Libros como La interpretación de las culturas (1968) de Clifford Geertz o Writing Culture: The Poetics and Politics of Ethnography (1986) de James Clifford, hacen parte de toda una tradición de pensamiento que marca la impronta de este período y produce el giro hacia la cultura y el lenguaje como fenómenos inherentes al estudio del hombre y la sociedad, reconstituyendo la mirada del antropólogo y el sociólogo al hacerla más susceptible a la lectura de problemas propios del lugar donde se ubica y se sitúa su oficio, el cual se encuentra inmerso en redes de significación que determinan y estructuran sus visiones particulares del mundo.

Un cuarto momento vendría asociado con la consolidación de la crisis de lo cualitativo a mediados de los años ochenta, llamada la «crisis de la representación», bien expuesta por antropólogos como Georges Marcus y James Clifford. Es el momento en que se buscan nuevos modelos de verdad, método y representación, ya que las normas clásicas de hacer antropología y de ser antropólogo se han erosionado. Es el momento en que se evalúa si la salida está en la forma de escribir y producir lo social desde la etnografía. El antropólogo ya no es simplemente un recolector de datos culturales, es un escritor que interpreta la realidad. No obstante, aquí la antropología –más que la sociología– abre el debate sobre el tema de la producción de significado de lo social, a pesar de que en Europa sociólogos como Pierre Bourdieu ya estaban colocando en perspectiva el asunto de la reflexividad en el trabajo de campo, así como las implicaciones que tiene teorizar y escribir sobre inmigrantes, artesanos, maestros, obreros o mujeres. Un buen ejemplo de ello lo constituye precisamente la investigación de Bourdieu y un grupo de intelectuales coordinados por él, consignada en La miseria del mundo (1993).

Un quinto momento deviene con la influencia del postmodernismo en las perspectivas cualitativas, donde se evidencia una triple crisis: a la crisis de la representación o de las formas textuales, ya esbozada, se suma la crisis de legitimación o de autoridad etnográfica y la crisis del autor o del punto de vista situado. Además de que el científico social se debate entre ser un hombre de ciencia y/o un «autor» de escritos, tiene ahora que afrontar el problema de si sus datos son válidos, generalizables y, por supuesto, confiables, además de responder constantemente la pregunta de si es posible efectuar el cambio social en el mundo cuando la sociedad está sólo en un texto y cuando el científico social es sólo un interprete. Es un momento en el que se pide a los científicos sociales más acción, más participación, más trabajo local, menos «metarrelato». Dadas las implicaciones de este momento en particular para nuestro artículo, será desarrollado más adelante.

Finalmente, el sexto y séptimo momentos se caracterizarían, a mediados de los años noventa, por ser períodos de apertura y de experimentación en lo social. Aquí las metodologías cualitativas ya no serán un terreno exclusivamente de antropólogos y sociólogos, sino también de escritores, pensadores e investigadores provenientes de diferentes disciplinas. Además hacen irrupción nuevas formas de lo etnográfico, como por ejemplo, la etnografía multisituada (Marcus, 1995), la etnografía de shock (Taussig, 1995), la etnografía colaborativa (Rappaport, 1998), así como espacios novedosos para hacer campo –desde el body tech hasta los raves o los centros de entrenamiento de boxing en los suburbios de Chicago .–, y se posicionan con cierta fuerza distintas tecnologías de representación visual, tal es el caso de la fotografía digital y el vídeo casero. Es un momento en el que las técnicas de registro cualitativo –dado que cualquier investigador puede acceder a los instrumentos técnicos de recolección– son consideradas un medio plural y heterodoxo de acceder y procesar la información proveniente de las distintas formas como se expresa la realidad contemporánea, más allá de los enfoques disciplinares de la sociología y la antropología.

2. Transformaciones de la teoría social tras la Segunda Guerra Mundial: dilemas disciplinares y metodológicos

No basta con pensar los distintos momentos de emergencia, consolidación, crisis y resurgimiento de lo cualitativo en el siglo XX, sin un esfuerzo por ver el asunto enmarcado en las transformaciones que sufre la ciencia social durante la segunda posguerra. Si la industrialización y el proceso de modernización económica y social del siglo XIX influyeron en la naciente ciencia social, la posguerra declaró la crisis de la teoría social modernista y, con ello, del positivismo sociológico. Precisamente en este apartado trataremos de ver cómo se expresa dicha crisis de la teoría, desde qué aristas y orillas epistemológicas se construye la crítica y qué dilemas epistemológicos y metodológicos plantea.

Como han mostrado Alexander (2000) y Wallerstein (2002), tras la segunda Guerra Mundial el mundo de lo social experimenta una serie de rupturas frente a lo que clásicamente había desencadenado la teoría de la modernización. Esta teoría sintetizaba la creencia de que tras el proceso de industrialización las instituciones modernas poco a poco desarrollarían las sociedades en donde tuviera lugar el proceso de implantación del desarrollo económico capitalista. Las nuevas sociedades devendrían individualistas, democráticas, capitalistas, seculares y estables, aspiraciones propias del proceso de desarrollo al que toda sociedad debería llegar gradual y adaptativamente hasta alcanzar un sistema ordenado y estable. Este paradigma inscrito y sintetizado en el esfuerzo funcionalista de Parsons, el gran teórico de la posguerra, se fundó sobre la idea de una ciencia social racional, empírica y científica. En palabras de Alexander (2000), esta ciencia social calaba muy bien con la teoría de la modernización que se concebía como un esfuerzo generalizado y abstracto tendiente a la transformación de un esquema categorial, específicamente histórico, en una teoría científica del desarrollo aplicable a una cultura que abarcara al mundo en su totalidad. A su vez, esta visión social de posguerra se inscribía dentro de un periodo de reorientación de la geopolítica global, donde los Estados Unidos, como grandes vencedores de la Segunda Guerra Mundial, constituían el estandarte de la modernidad recuperada, tras el oscurantismo europeo de entreguerras. De allí que la nueva teoría social modernista, según Wallerstein y Alexander, intentó dar cuenta de los idearios del modelo de desarrollo capitalista que Norteamérica pensaba llevar a cabo a través de diferentes esfuerzos.

Sin embargo, tanto el funcionalismo de Parsons como la teoría de la modernización y el positivismo sociológico, no previeron los procesos sociales y los cambios culturales que reconfiguraron el mundo de posguerra. Los movimientos sociales en Norteamérica y en Europa, los procesos migratorios a gran escala de población proveniente de las antiguas colonias, la exacerbación de las nacionalidades y de las identidades locales, la globalización económica, el desarrollo del capitalismo tardío y las crisis políticas internas en varios continentes, desbordaron los límites explicativos de la teoría de la modernización, en tanto la expansión del capitalismo, en lugar de generar orden y progreso universal, lo que estaba produciendo eran contradicciones, desigualdad y crisis institucionales, hechos a los cuales la teoría del desarrollo no podía dar respuesta.

En tal sentido, como lo expresa Alexander (2000), a partir de la posguerra, la crisis existencial que van a experimentar los científicos sociales que ya no encuentran explicado el mundo en la teoría de la modernización, va a estar asociada a los nuevos movimientos sociales que, progresivamente, se consideran como contrahegemónicos, es decir, a la búsqueda de la emancipación colectiva de las estructuras dominantes. Las distintas revoluciones campesinas a escala mundial, los movimientos nacionales negros y chicanos, las rebeliones indígenas, los movimientos juveniles, comienzan poco a poco a capturar la imaginación ideológica de los intelectuales y del funcionalismo reinante. La teoría de la modernización se hace trizas, apareciendo lo que Berman, en su popular libro Todo lo sólido se desvanece en el aire (1989), llamaría bellamente «modernismo en las calles»; proceso que, por lo demás, auguraba un momento de rebeldía radical contra el racionalismo extremo, estructural y determinista y, por supuesto, contra el individualismo capitalista.

Ahora bien, la crisis de la teoría de la modernización se manifiesta en las llamadas teorías del conflicto que contravienen los supuestos básicos del funcionalismo –no sólo el sociológico, sino también el antropológico y el jurídico–, pero también con claridad en las llamadas microsociologías, que se destacan a mediados de los años sesenta por su «carácter proteico, informe y negociado de la vida ordinaria» (Alexander, 2000) y, además, porque comienzan a desconfiar de esas grandes teorías que explicaban las estructuras sociales descuidando el horizonte hermenéutico de las acciones y significaciones humanas. Ambas, tanto las teorías del conflicto como las microsociologías, van a contribuir fuertemente a la erosión del núcleo ideológico, discursivo y mitológico de la teoría de la modernización.

No obstante, en este contexto de posguerra, la ciencia social se encuentra en un ambiente intelectual y político en tensión. En el escenario intelectual se lucha por un mundo diferente y mejor, orientado desde diversas teorías y enfoques metodológicos a deconstruir conceptos y categorías que hasta el momento las ciencias sociales habían presupuesto inmutables, como por ejemplo el desarrollo, la modernización, el progreso o la lucha de clases5. Ello, desde luego, focalizando la comprensión del papel de las instituciones en la vida cotidiana, los procesos de urbanización incontrolable, la cosmopolitización masiva, la migración y la exclusión social, entre otros asuntos. En el escenario político, por el contrario, se nota con mayor rigor la cooptación de la economía por las nuevas derechas, el desmonte del Estado de bienestar, el triunfo avasallador del capitalismo occidental bajo el ropaje de capitalismo global y una desconfianza suprema hacia los intelectuales y, en especial, hacia los científicos sociales.

A mediados de los años setenta, la ciencia social, consciente cada vez más de la complejidad, de la ruptura de las fronteras, de las cegueras disciplinares y de la instauración de formas más refinadas de dominio institucional, comienza a dar forma a desarrollos intelectuales que resistan, ya no sólo a la teoría de la modernización, sino también a su sedimentación y normalización en las estructuras sociales y económicas. Para algunos autores, este es el momento de emergencia de todo un programa teórico y de investigación conocido como postmodernismo; para unos, un movimiento intelectual novedoso y, para otros, una moda impuesta desde los escritorios de pensadores escépticos. Lo cierto es que movimiento o no, enfoque teórico o no, contribuyó decididamente a la eclosión de algunos de los autores y perspectivas críticas más relevantes y significativas para el pensamiento contemporáneo.

En tal sentido, frente a un contexto de exacerbación de la economía de consumo y colonización de los espacios y la vida privada, el postmodernismo replantea preguntas fundamentales sobre la naturaleza de la historia y la modernidad. Desde diferentes perspectivas, el postmodernismo en un sentido amplio fue capaz de articular una historia de las ideas y de las ciencias que diera cuenta del carácter contingente de la experiencia humana y sus instituciones. A su vez retoma problemas de la tradición y el pasado, para leer sin ingenuidad el presente: asumiendo críticamente la cuestión del sujeto como constructor de la historia, la de-construcción del proyecto moderno ilustrado como un proyecto universal, el capitalismo como única alternativa económica y el develamiento de lo que encubren las formas artísticas vigentes.

Fueron los intelectuales marxistas revisionistas y postmarxistas quienes articularon el postmodernismo como reacción al hecho de que el periodo del radicalismo heroico y colectivo contramodernista de los sesenta parecía estar diluyéndose (Alexander, 2000). En este contexto amplio –que deviene del postestructuralismo y sus consecuencias en la teoría social–, encontramos a pensadores como Jean François Lyotard, Pierre Bourdieu, Michel Foucault, David Harvey, Jacques Derrida, entre otros. Aunque el momento del postmodernismo como movimiento intelectual homogéneo no fue duradero y es difícil de definir si constituyó un punto de vista, una sensibilidad, un modo de pensar que absorbió la teoría social y los teóricos contemporáneos de manera decisiva. Su difuminación y consecuencias han sido significativas para toda una generación que ha visto consolidar salvajemente el capitalismo, la difusión de la industria cultural global y las comunicaciones, y el auge de políticas conservadoras tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York.

Los problemas planteados por dichos autores, que apelaron a nuevas formas de ver el mundo, así como la lectura crítica de los mecanismos de poder inscritos en las prácticas discursivas y las relaciones de poder asociadas a ellas, influyeron sin duda alguna en la ciencia social contemporánea, a la vez que plantearon temáticas que hoy en día nos ocupan. Uno de esos asuntos fue precisamente la puesta en cuestión de las formas de representación y legitimación del mundo social, es decir, cómo los antropólogos y sociólogos se las ingeniaban para dar cuenta de una realidad difusa, que se deshace a los ojos del observador y también del sujeto observado; una realidad que requiere ser penetrada hermenéuticamente y no a través de una ciencia experimental en busca de leyes (Geertz, 2000). Estos problemas se articulan, además, a marcos conceptuales no ortodoxos y a horizontes de significación que ya no son únicamente los del sujeto investigador. Una realidad que ya no necesita, como argumenta Bauman (1997), legisladores de la verdad, sino intérpretes de lo social que asuman reflexivamente la posición que ocupan en el mundo, pero también marcos, saberes y metodologías más heterodoxas, híbridas y plurales para conocerlo.

Ahora bien, esa puesta en escena de la crisis de la representación, compartamos o no el postmodernismo como tendencia, como enfoque o moda cultural, llevó a que la ciencia social, tanto desde la teoría como desde los métodos de investigación, repensara su relación con los objetos y tipos sociales que habían sido sus nichos de análisis clásicos; es decir, el Estado, la nación, la cultura, el sujeto social, las clases y luchas sociales, la estructura y la acción, y también la relación sujeto-objeto, la tensión entre el conocimiento universal y los saberes locales, la representatividad del conocimiento social y la validez, confiabilidad y compromiso del mismo para responder a los problemas de nuestro tiempo. No es extraño entonces que en dicho marco emergiera una nueva gramática de lo social, interesada en cuestiones postnacionales, postestatales, en la relación global-local, en las problemáticas de género, en las historias locales, en las distintas manifestaciones de los movimientos sociales, en las nuevas sociabilidades y en los procesos de individuación. Incluso, para algunos autores como Beck (2005; Beck et al, 1997) y Bauman (2006), la lectura de esta crisis de la representación habría que realizarla bajo el supuesto de la modernidad tardía y reflexiva, o mejor dicho, en clave cosmopolita, a partir de la autoconciencia, la reflexividad y el reconocimiento público mundial de las nuevas realidades. Mirada que, como dice Beck (2005), sugiere colocar entre paréntesis los pilares básicos y clásicos de la representación de la sociedad y la política. Por ejemplo, el convencimiento de que ambas sólo pueden existir si se organizan al modo del Estado nacional y de la modernidad sólida. Por supuesto, todos estos asuntos siguen planteado retos metodológicos y teóricos al posicionamiento de la teoría social frente a las realidades de los movimientos y minorías sociales, retos que se traducen en hacer una ciencia social crítica y empírica, ya no al servicio del Estado y de las formas de dominación sino en resistencia a ellas.

3. Teoría social y crisis de la representación

Como hemos anotado anteriormente, uno de los problemas teóricos que más preocupan a la ciencia social es el problema de la validez del conocimiento que produce y las preocupaciones metodológicas que genera en el marco de realidades sociales cambiantes con las que se enfrenta. En este apartado se realiza más ampliamente el ejercicio de articulación de las metodologías cualitativas con la teoría social contemporánea, en particular la discusión en torno a la representación del conocimiento y la producción del mismo. Para ello centraremos la atención en un periodo de la teoría social contemporánea denominado el giro lingüístico y su impacto. Revisamos con especial atención la incidencia de este giro en la etnografía –en tanto es útil como tema ejemplar– durante la crisis de la representación, especialmente lo que significa producirla y escribirla tras la alteración de los cánones científicos clásicos.

Es necesario resaltar, desde esa óptica, que cada vez más los antropólogos y sociólogos son concientes del papel que la crisis de la representación –aunque no la denominen así- juega en el proceso de investigación en relación con la generación de problemas de investigación en un mundo complejo, en la selección y construcción de contextos de indagación, y en la negociación con los sujetos sobre los cuales o con los cuales se trabaja. Además, aunque de manera poco conciente, para el «científico» dicha crisis plantea retos importantes en su oficio, en tanto que las recetas de investigación, las de manual escolar, se vuelven difusas en terreno y, al mismo tiempo, las técnicas de investigación cualitativa como la entrevista, la observación, las notas de campo resultan ser los únicos elementos comunes de indagación. Con esta crisis de la representación, el uso y ensamblaje de la información –recolección, clasificación y reordenamiento del mundo social– quedan atravesados por el investigador y su mediación.

3.1 Giro lingüístico y crisis de la representación en la teoría social

La crisis de la representación consiste en una nueva concepción de lo social, que se desplaza de la posibilidad de explicar causalmente los hechos sociales hacia una concepción que considera que el lenguaje –en todas sus manifestaciones: escritas, orales, corporales, etc.– forma y transforma el conocimiento que configura nuestra concepción sobre la realidad. Esta concepción da tránsito a la aparición de una nueva forma de nombrar el mundo y proporciona a la teoría social un nuevo cuerpo de conceptos y significados, una visión que «sustituye» conceptos tradicionales como estructura social, clase social y comportamiento, por el estudio de lo simbólico, el significado, las prácticas culturales, el lenguaje, el poder y la dominación (Hunt y Bonnell, 1999). Los efectos que produce el paso del paradigma explicativo al paradigma interpretativo en la ciencia social contemporánea, los vivirá con particular intensidad la antropología y, sin duda alguna, la etnografía como recurso textual y herramienta científica, pero, en general y como lo ha señalado Alexander (1995), toda la teoría social de la posguerra interesada por el giro interpretativo.

Ahora bien, al hablar del giro lingüístico nos referimos con Hunt y Bonnell (1999), primero, a un cuestionamiento al estatus de lo social; segundo, a los problemas generados por la descripción de la cultura como un sistema simbólico, lingüístico y representacional; tercero, al aparente colapso de los paradigmas explicativos de la ciencia social; cuarto, a los inevitables problemas epistemológicos y metodológicos planteados por lo anterior; y, por último, el replanteamiento de las disciplinas y la emergencia de estudios multidisciplinares, en lo que para algunos ha sido la emergencia de un periodo post-positivista o post-empirista, y para otros, más moderadamente, un período de reconvergencia (Alexander, 2000). Sobre este planteamiento perfilaremos la crisis generalizada en la teoría social durante este periodo caracterizada por la triple crisis: la crisis de legitimación –sobre el estatus de ciencia de la ciencia social–, la crisis de la representación y, en consecuencia, la crisis del autor o de la práctica.

Cada uno de estos elementos debe ser asociado a la multiplicidad de movimientos críticos que se condensan durante el periodo transcurrido entre 1970 y 1990. En dicho momento aparecen diferentes textos influyentes hoy en día –que parecen convertirse paradójicamente en el canon de la teoría social contemporánea–, potencializados por movimientos sociales como el feminismo y las teorías críticas del derecho, los estudios raciales, los estudios culturales y el postcolonialismo. Este amplio movimiento intelectual ha producido profundos cuestionamientos a las ciencias y a la cultura moderna. Al respecto Norman Denzin (2000) afirma:

Veo imposible referirme en términos genéricos a la cantidad de escuelas de pensamiento que tienen lugar en un mismo momento. Incluida la tradición neo-marxista de la teoría crítica; los escritos genealógicos de Foucault; el post-estructuralismo y deconstruccionismo de Derrida, Foucault y otros; el discurso posmodernista de Lyotard, Baudrillard y Jameson; el anti-funcionalismo o pospragmatismo de Rorty; el discurso posmodernista y post-estructuralista feminista; el marxismo crítico de los estudios culturales; el giro posmodernista e interpretativo en la teoría antropológica y la etnografía y algunos otros más. Se puede de manera amplia sintetizar este movimiento en algo como pos-estructural critical social science.6

En este contexto, influenciado por «la lectura norteamericana» de algunos autores y perspectivas (Cusset, 2005) emerge el problema de la representación como la crisis de las presunciones fundamentales del texto etnográfico. Principalmente el cuestionamiento de los grandes paradigmas y los sistemas narrativos pone en juego el carácter científico de las interpretaciones de los antropólogos sobre la cultura; se problematiza la idea de que la investigación etnográfica pueda capturar experiencias sociales de una manera objetiva y que dé cuenta del mundo social. También, y en consecuencia, se considera que la experiencia es construida por las percepciones sociales particulares de los autores, expresándose en el texto escrito por el investigador. Dicho de otra forma, la realidad social es creada por el autor (Denzin, 2000). El feminismo perfila esta idea de manera más nítida al construir un «punto de vista feminista».

En este cambio de sensibilidad el lenguaje es central, en tanto articula el camino entre el pensamiento y la cultura, entre el sujeto y la acción. Se ve en el lenguaje, si no la estructura del mundo, sí su capacidad creadora y transformadora. Este sistema de signos, pero también esta herramienta cultural, da sentido a la vida, genera campos de significado, se traduce en discursos y modela creencias y nociones sobre el mundo y sobre los otros. Pero ese lenguaje, si bien se objetiva en el discurso científico, religioso o médico (Berger y Luckman, 1991), termina por representar no sólo una estructura auto-contenida y auto-explicativa que da sentido al mundo social en sus propios términos, sino también una forma de resistir y transformar las estructuras. De allí que la ciencia social se enfrenta no sólo ante el giro lingüístico como un nuevo fenómeno comprensivo de la cultura, sino fundamentalmente ante un dispositivo que permite develar el poder como motor de la historia (Foucault, 1987, 1991) y las estructuras de dominación como marco de producción de la cultura.

Tras el giro lingüístico, la tarea de la ciencia social es develar las estructuras discursivas de la dominación y del poder donde quiera que aparezcan. Como agudamente Vidich y Lyman (2001) han señalado, se trata de resistir desde la ciencia y desde la escritura del científico a producir un conocimiento al servicio del Estado, los intereses hegemónicos y la fe ciega en la modernidad. En esta ruptura, situada en una toma de conciencia, a la etnografía se le cuestiona su valor como método y como técnica, pero igual se reconoce su capacidad narrativa y retórica. Una expresión significativa de esta posición la constituye el libro Writing Culture (1986) de James Clifford, para quien la etnografía es un género narrativo más. Sin embargo, más allá de esta lectura postmoderna, ciertos autores como Marcus y Fisher apuntan en el libro Anthropology as a Cultural Critique (1999) a pensar la etnografía en el contexto de estándares distintivos alrededor de los cuales se formó la disciplina, sin caer en el extremo de pensar que es única y exclusivamente un problema literario.

3.2 Etnografía y métodos etnográficos tras la crisis de la representación.

El asunto de la reflexividadEn un mundo cuestionado por la crisis de la representación y la emergencia de un momento de experimentación en la etnografía, algunos autores reaccionan al textualismo radical que pone en riesgo el trabajo empírico. Sin embargo, este cuestionamiento lejos de resolver el dilema entre el texto y la etnografía, resulta ser un estimulante reto para las nuevas generaciones, en tanto coloca en evidencia que no es posible defender una textualidad etnográfica, sin hacer una reflexión crítica sobre la posición del sujeto que produce el texto etnográfico, es decir, la de hombre blanco, clase media heterosexual. Si antes la autoridad etnográfica estaba concentrada en el sujeto investigador que lee al indígena, al marginado, al afrodescendiente, ahora el sujeto observado comienza a realizar un ejercicio etnográfico sobre sí mismo, a la vez que obliga al etnógrafo a problematizar su oficio, el lugar desde donde habla, desde donde escribe. En ese sentido, el referente de la etnografía se rompe, se cuestiona el punto de vista exclusivo del etnógrafo que habla de otro que no es él, emerge el punto de vista de la mujer, del latino, del homosexual, quienes narran y cuestionan sus propios contextos e incluso la forma como la etnografía clásica ha hablado de ellos.

En este contexto es significativa la emergencia de la reflexividad en el oficio del investigador. Dicha reflexividad es el proceso posicional mediante el cual el investigador reconoce que está histórica y geográficamente situado, que ocupa un espacio social determinado y determinante, afectado por los escenarios de producción, de recolección y de interpretación de la información. Un ejemplo de esta afectación se encuentra precisamente en la ruptura de los presupuestos clásicos que engloban la técnica y el método etnográfico.

Por ejemplo, generalmente cuando se habla de etnografía es muy común observar la confusión que hay entre hacer observación o trabajo de campo y etnografía. Se ha asumido que ir a mirar algo en alguna parte y tomar nota es hacer etnografía. No obstante es aquí donde podemos recomponer la idea de «campo» y su relación con el método etnográfico. El campo es donde tiene escena la práctica de observación. Es allí donde se condensa la experiencia y donde se actualiza y reactualiza constantemente el problema de investigación. Es el lugar donde están dispuestos los elementos que producen la visión etnográfica, que no es más que la eventualidad de unas realidades no evidentes que, a través de la interacción, el etnógrafo entra a visualizar. De modo que el campo no está allá a lo lejos –en esa visión que considera que entre más lejos, más atrás en el tiempo se encuentra el investigador–, sino que pertenece al campo una manera de pensar que posiciona y proyecta la visión del investigador. La reflexividad opera aquí en el proceso de construcción etnográfica más allá de un lugar físico.

El método etnográfico comienza así en la experiencia, pero se articula en la etnografía que, como su nombre lo indica, tiene que ver con la forma en que esa experiencia vivida es representada y se condensa en una forma textual y significativa, una escritura que produce descripciones sobre la vida de quien escribe y la de aquellos sobre quienes se escribe. La etnografía, en ese sentido, implica más que simple y llanamente ir a terreno; supone un asunto de montaje, de representación, de puntos de vista. Aquí vuelve de nuevo el problema de la producción del texto etnográfico, ya no como un ejercicio automático de traducción de la realidad, sino como un asunto reflexivo sobre el contexto de producción, fundamentalmente sobre la posición que ocupa el autor y el sujeto investigado en el espacio social. Al respecto es interesante anotar lo que dice Bourdieu (1998) alrededor de la entrevista en la historia de vida. Al ser el entrevistado objeto de un dispositivo como es la entrevista, éste rearticula su vida otorgándole un sentido coherente, una teleología, fundamentalmente construida sobre los derroteros del desarrollo de la misma entrevista, del cuestionario o guía temática, y de quien guía la conversación. Es así como el entrevistado construye el sentido de su vida y lo articula azarosamente para el otro, seleccionando y ordenando acontecimientos al servicio del entrevistador.

Tiene lugar aquí una doble tarea del investigador. En primer lugar, su enfrentamiento a que lo que dice el entrevistado está dicho en un contexto de producción particular, contingente y efímero, y con la versión que el entrevistado desea que se conozca, proceso enmarcado en lo que Bourdieu denomina la «ilusión biográfica», y en segundo lugar, la tensión intelectual a la que se enfrenta como etnógrafo, ya que al recomponer los elementos de la entrevista, recorta, olvida, agrega, sitúa a conveniencia, recompone una vida tal y como desea leerla e interpretarla y no necesariamente como ella podría ser. En palabras de Lahire, colega de Bourdieu, esto es evidente, en tanto «el trabajo interpretativo no interviene después de la batalla empírica, sino antes, durante y después de la producción de los “datos” que justamente nunca son dados sino que están constituidos como tales por una serie de actos interpretativos» (Lahire, 2006: 42). Es así como la calidad del trabajo de investigación del científico social residiría ante todo en la fineza y justeza de los actos interpretativos7.

Lo anterior ha de llevarnos entonces a considerar que en el proceso etnográfico, los datos recogidos, procesados y analizados, no pueden ser vistos más que como puntos de vista, aunque controlados por el intérprete, puestos en un tiempo - espacio, y que como tales el etnógrafo entra a recomponer y controlar, de modo que de cuenta de forma tremendamente imaginativa pero justa, tanto del modo como los atrapó como de la manera como los recompuso. Además, asumiendo, como dice Bourdieu, que el científico social «no puede re-producir el correspondiente a su objeto y constituirlo como tal al redituarlo en el espacio social, más que a partir de un punto de vista singular (y, en cierto sentido, muy privilegiado) donde hay que ubicarse para estar en condiciones de captar (mentalmente) todos los puntos de vista posibles» (Bourdieu, 1999).

Por lo pronto nos gustaría cerrar este texto diciendo que este momento experimental que se produce tras la crisis de la representación y que trae a escena el asunto de la escritura etnográfica, plantea también un reto enorme para la ciencia social hoy: asumir que existen muchas formas de recolectar información, hacer campo y realizar el montaje etnográfico. Igualmente que los escenarios son tan variados como los puntos de vista. Es así como puede desarrollarse un trabajo etnográfico a partir de un relato de viaje, de los miembros de una audiencia judicial, de la forma como se produce y se construye una decisión política o judicial en ámbitos institucionales (por ejemplo, la Corte Constitucional) y también del modo como operan en el día a día los funcionarios que atienden poblaciones vulnerables desde instituciones oficiales locales, las lógicas de atención que se construyen, así como las prácticas de resignificación de las poblaciones vulneradas frente a las decisiones institucionales que se producen.8

Se puede además hacer etnografía a partir de un buen número de entrevistas y observaciones, o incluso una etnografía de mi propia experiencia como sujeto que habla de otros y que escribe de otros - por ejemplo, la etnografía que hace Loic Wacquant (2006) de los clubes de entrenamiento boxístico en un barrio del guetto negro de Chicago y su incursión como boxeador amateur durante tres años - o etnografía no concentrada en los tradicionalmente subordinados, sino también en las elites sociales y académicas que producen conocimiento sobre asuntos cruciales (la inseguridad, la violencia homicida) y que inciden en la generación de política pública Lo importante de reconocer desde luego, que frente a este momento de apertura, es que la etnografía, desde el lugar que se haga o los espacios que privilegie, ya no sólo constituye una estrategia para dar cuenta del contexto y las lógicas de producción de otros o de sí mismos, sino también un recurso para generar opinión crítica sobre diversos problemas del mundo contemporáneo y, en lo posible, contribuir al cambio social o institucional. No obstante, la manera más singular de participar en el contexto de la opinión publica informada es encontrando los mecanismos textuales y comunicativos que permitan que el reconocimiento de las problemáticas de la sociedad que efectúan las ciencias sociales a través de sus indagaciones, se exprese en diferentes lenguajes y trasciendan la monografía académica clásica, logrando influenciar así sus lugares de origen y obteniendo un grado importante de circulación social.

A manera de epílogo: algo más sobre la reflexividad y el control de la interpretación

Para terminar queremos dar cuenta de una cuestión epistemológica que permite atenuar la tensión que plantea el dominio práctico de la etnografía con el saber que ella produce, es decir, entre el oficio del etnógrafo y la textualidad etnográfica. Para ello señalamos a manera de epílogo algunas ideas presentadas por Lahire (2006) que consideramos necesarias para perfilar la tensión entre la reflexividad, la interpretación y el montaje textual o visual de los datos y la realidad a la que el investigador está sujeto. Según este autor: quién interpreta corre el riesgo de sobreinterpretar descontroladamente la realidad. Se puede estar sobresolicitando a los datos, lo que estos no nos pueden decir, en ese sentido, pueden desbordarse generosamente los límites de lo que es legítimo enunciar.

En este proceso interpretativo es necesario entonces no olvidar «el desfase entre el ojo científico (las condiciones científicas de percepción del mundo social) y el ojo común (las condiciones comunes de percepción del mundo social ligadas a las formas de vida social). No se trata en ese sentido de contribuir a la separación de sujeto investigado – sujeto investigador, ni tampoco anular la posibilidad de la doble hermenéutica al estilo de lo que dicen Gadamer, Garfinkel o Giddens. De lo que se trata ante todo es de controlar el proceso interpretativo como parte del proceso de reflexividad. El investigador debe tener cuidado con no “proyectar” en la cabeza de aquellos cuyas prácticas estudia, la relación que él mismo mantiene, en su calidad de sujeto cognoscente, con el objeto de conocimiento» (Lahire, 2006: 52).

Finalmente, toda interpretación sociológica o antropológica es necesariamente un ir y venir, entre la tensión del sujeto con los datos y su relación con el contexto social observado. La reflexividad opera como mecanismo de control sobre los datos que se recogen, las condiciones de producción, la comparación de los datos recogidos con series de datos producidos por otros. Aquí radica la diferencia entre el trabajo etnográfico y diferentes formas de uso de los datos tras arduas jornadas de recolección de información.

 


1 El artículo hace parte de una serie de reflexiones compartidas por los autores a propósito del curso de Metodología Cualitativa orientado durante el primer semestre de 2007 para estudiantes de sociología y antropología de la Pontificia Universidad Javeriana.

2 Antropólogo y Master en Derecho por la Universidad de los Andes.

3 Sociólogo y Master en Filosofía Política por la Universidad del Valle

4 La «crisis» no constituye necesariamente un efecto negativo. La crisis ha planteado nuevos retos a las ciencias sociales y nuevas perspectivas.

5 Es posible encontrar estos desafíos intelectuales reflejados en la llamada «ciencia social comprometida», más específicamente, en la investigación acción participativa (IAP) que, en Colombia, durante dicho período, tuvo con Fals Borda uno de sus más eminentes representantes, pero por supuesto no el único. En este contexto, la ciencia social empezó adoptar lo que podríamos denominar una posición epistemológica crítica, entrando en tensión con el paradigma positivista la relación entre saber, ciencia y crítica, condensada en la ciencia politizada o en una ciencia al servicio de fines políticos.

6 Traducción nuestra del original en inglés.

7 Lahire amplía esta discusión anotando que «interpretar es siempre sobreinterpretar respecto de las interpretaciones (prácticas o reflexivas) habituales: decidir hilar la metáfora lo más lejos posible, privilegiar una dimensión de las realidades sociales o una escala particular de observación, implica volver ajeno a nuestros ojos, y a ojos de los sujetos investigados un mundo habitual a veces tan obvio que realmente ya no lo vemos» (2006: 45).

8 Estos ejemplos corresponden al trabajo de campo que los autores han llevado a cabo y donde los planteamientos y reflexiones sobre el problema de la representación de los datos ha sido fundamental para responder a los innumerables retos de la investigación cualitativa y etnográfica hoy en día.


Bibliografía

Alexander, J. 2000. Sociología cultural: formas de clasificación en las sociedades complejas. Barcelona, Anthropos.         [ Links ]

Alexander, J. 1995. Las teorías sociológicas desde la Segunda Guerra Mundial: análisis multidimensional. Barcelona, Gedisa.         [ Links ]

Bauman, Z. 1997. Intérpretes y Legisladores. Sobre la Modernidad, la Postmodernidad y los Intelectuales. Buenos Aires: Universidad Nacional de Quilmas.        [ Links ]

Bauman, Z. 2006. Vida Líquida. Barcelona: Paidós.         [ Links ]

Beck, U., A. Giddens y S. Lash. 1997. Modernización Reflexiva: política, tradición estética en el orden social moderno. Madrid: Alianza.         [ Links ]

Beck, U. 2005. La mirada cosmopolita o la guerra es la paz. Barcelona: Paidós.         [ Links ]

Berger, P. y Th. Luckman. 1978. La construcción social de la realidad. Buenos Aires: Amorrortu.         [ Links ]

Berman, M. 1989. Todo lo sólido se desvanece en el aire: la experiencia de la modernidad. México: Siglo XXI.         [ Links ]

Bourdieu, P. 1998. Razones Prácticas. Barcelona. Anagrama.        [ Links ]

Bourdieu, P (coord.). 1999. La Miseria del Mundo. Madrid: Akal.         [ Links ]

Clifford, J. 1986. Writing Culture: the poetics and politics of ethnography. Berkeley: University of California Press.         [ Links ]

Cusset, F. 2005. French Theory: Foucault, Derrida, Deleuze y Cía. y las mutaciones de la vida intelectual en los Estados Unidos. Barcelona: Melusina.         [ Links ]

Denzin, N. y Y. Lincoln (eds.). 2000. Handbook of qualitative research. Thousand Oaks: Sage.         [ Links ]

Foucault, M. 1991. El sujeto y el poder. Bogotá: Carpe Diem.        [ Links ]

Foucault, Ml. 1987. El orden del discurso. Barcelona: Tusquets.         [ Links ]

Geertz, C. 2000. La Interpretación de las Culturas. Barcelona: Gedisa         [ Links ]

Hart, Ch. 2000. Doing a Literature Search. A Comprehensive guide for the Social Sciences. London: Sage.        [ Links ]

Hunt, L. y V. Bonnel (eds.). 1999. Beyond the cultural turn, Berkeley: University of California Press.         [ Links ]

Lahire, B. 2006. El espíritu sociológico. Buenos Aires: Manantial        [ Links ]

Marcus, G. y M. Fisher. 1999. Anthropology as cultural critique an experimental moment in the human sciences. Chicago: University of Chicago.        [ Links ]

Marcus, G 1995 “Ethnography in/of the world System: The emergence of multi-sited Ethnography”. Annual Review of Anthropology 24 (1995):95-117.        [ Links ]

Rappaport, Joane ed. 1995 Retornando la mirada: una investigación colaborativa interetnica sobre el Cauca a la entrada del milenio. Popayán: Universidad del Cauca.         [ Links ]

Taussig, Michael. 1995. Un gigante en convulsiones: el mundo humano como sistema nervioso en emergencia permanente. Barcelona: Paidós.        [ Links ]

Vidich, A. J. y L. M. Stanford M. 2001. “Qualitative methods: their history: In History in sociology and anthropology” En: N. K. Denzin y Y. S. Lincoln (editores). 3-61. The American Tradition in qualitative research. Thousand Oaks: Sage.         [ Links ]

Wacquant, Löic. 2006. Entre las cuerdas. Cuadernos de un aprendiz de boxeador. México: Siglo XXI.         [ Links ]

Wallerstein, I. (coord.). 2003. Abrir las Ciencias Sociales. Informe de la Comisión Gulbenkian para la reestructuración de las ciencias sociales. México: Siglo XXI.        [ Links ]

Creative Commons License All the contents of this journal, except where otherwise noted, is licensed under a Creative Commons Attribution License