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Universitas Humanística

versão impressa ISSN 0120-4807

univ.humanist.  no.84 Bogotá jul./dez. 2017

https://doi.org/10.11144/javeriana.uh84.cnal 

Espacio abierto

“Que no cuenten con nuestra astucia”: lógicas neoliberales en la antropología colombiana1

“Que no cuenten con nuestra astucia”: Neoliberal logic in Colombian anthropology

“Que não contem com a nossa astúcia”: lógicas neoliberais na antropologia colombiana

Mónica Godoy Ferro2 

2 Antropóloga, Universidad Nacional de Colombia (Colombia). Maestra en Estudios de Género, El Colegio de México (México). Candidata a doctora en Estudios Interdisciplinares de Género, Universidad de Salamanca (España). Docente investigadora (Ibagué, Colombia). Universidad de Ibagué, Colombia monicagodoyf@yahoo.com


Resumen

Los cambios recientes en las políticas educativas en Colombia -impulsados desde el Estado y acordes con los estándares internacionales de medición de la calidad en la educación superior- han dado como resultado una crisis en la antropología y en otras ciencias sociales y humanas cuyos conocimientos han sido tratados como improductivos y prescindibles. La base neoliberal de las reformas a las universidades produjo diversos efectos en la formación de nuevos profesionales y en las dinámicas del mundo del trabajo, incluso de aquellos que se dedican a la investigación y la docencia universitaria. Este artículo pretende develar y discutir algunas lógicas que subyacen a dichas transformaciones.

Palabras clave: antropología; Colombia; políticas neoliberales; educación

Abstract

Recent changes in education policy in Colombia -promoted by the State and in accord with international standards for measuring quality in higher education- have produced a crisis in anthropology, the humanities and in other social sciences whose knowledge has come to be viewed as unproductive and superfluous. The neoliberal underpinnings of university reforms have had diverse effects on the training of new professionals and on the world of work, including for those dedicated to university teaching and research. This article aims to expose and argue against the logic behind these transformations.

Keywords: Anthropology; Colombia; neoliberal policies; education

Resumo

As últimas mudanças nas políticas educacionais na Colômbia -impulsionadas desde o Estado e de acordo com os padrões internacionais de medição da qualidade no ensino superior- resultaram em uma crise na antropologia e outras ciências sociais e humanas cujos conhecimentos foram tratados de improdutivos e prescindíveis. A base neoliberal das reformas às universidades produz diversos efeitos na formação de novos profissionais e nas dinâmicas no mundo do trabalho, mesmo de aqueles dedicados à pesquisa e docência universitária. Este artigo visa desvendar e discutir algumas lógicas subjacentes em tais transformações.

Palabras-chave: antropologia; Colômbia; políticas neoliberais; ensino

Hace 10 años, en el marco de las actividades de conmemoración de los 40 años del Departamento de Antropología de la Universidad Nacional de Colombia, un grupo de estudiantes me invitó a un conversatorio sobre el papel de la ética en la profesión y mi experiencia como egresada del programa. En ese entonces, el objetivo que me tracé fue poner en palabras concretas el malestar creciente que percibía -no solo en mí, sino en otros egresados- por la situación de precarización creciente del trabajo de investigación en ciencias sociales, en especial, de aquel que llamamos etnografía.1

En 2006 veíamos con preocupación que el mercado laboral se reducía y los ritmos de producción del conocimiento eran cada vez más dependientes de las necesidades de financiación de las ONG y de los requerimientos burocráticos de las instituciones del Estado. Ambos sectores requerían conocimientos exprés para adelantar intervención social, diseñar las políticas públicas y entender -de manera rápida y en resumen ejecutivo- conflictos sociales complejos. El trabajo de terreno prolongado -como se pensó en la antropología clásica y en otras corrientes críticas de su colonialismo- desaparecía en favor de las inmersiones rápidas, ckecklists, encuestas de opinión, entrevistas, grupos focales y otras técnicas enseñadas en las aulas por algunos docentes con verdadero entusiasmo y sin mayor reflexión teórica. En esos primeros años del cambio de siglo, la antropología cada vez más veloz ganaba espacios en la academia y en el mundo del trabajo. Vale preguntarse, ¿este trabajo tecnificado es o no antropología?

En ese entonces, también identificamos como un riesgo la oenegización de nuestros intereses en investigación social, la flexibilización laboral que afectaba a los recién egresados y la falta de financiación propia de las universidades públicas para adelantar procesos de indagación de mediano o largo plazo.2 Otra expresión de esa lógica de la inmediatez fue la forma de trabajo por consultorías que no superaban el término de ejecución de algunos pocos meses.

Estos cambios en las prácticas de la disciplina se basaron en una idea que asocia lo rápido a la eficiencia y esta última a la eficacia. Sobra decir que ninguno de estos relacionamientos surgió al azar; esta perspectiva emergió de unas políticas específicas de transformación de la educación superior -y del empleo- acordes con las nociones de la productividad neoliberal. En palabras del etnoecólogo mexicano Víctor M. Toledo (2016):

La investigación científica del siglo XX se fue gradualmente poniendo al servicio de la guerra y las corporaciones. El proceso de despliegue y maduración del aparato científico de los países se fue convirtiendo en un proceso de mercantilización del conocimiento. El capital corporativo en todas sus ramas no sólo generó ciencia para sus intereses, sino fue cooptando la investigación de universidades públicas y oficinas gubernamentales mediante el financiamiento de múltiples proyectos. En Estados Unidos, por ejemplo, el financiamiento corporativo para la ciencia y la innovación pasó de menos de 40 por ciento a 65 por ciento entre 1965 y 2006. La imagen idealizada de una ciencia al servicio de la humanidad, que por cierto es el dogma que enmarca la mayor parte de la llamada divulgación científica, se fue convirtiendo justamente en eso: una ficción alimentada por la falsa idea de que existe una sola ciencia, que es moralmente buena e ideológica y políticamente neutra. Hoy, en sólo las 10 mayores empresas fabricantes de armas laboran unos 100 mil científicos e ingenieros que usan sus conocimientos y destrezas para la destrucción. En contraste con los países industrializados, donde la ciencia realiza con eficacia su rol al servicio del capital, en los países en vías de serlo aún se mantienen islas o burbujas de ciencia al servicio de sus sociedades (en sus universidades y tecnológicos públicos). Sin embargo, conforme el capital corporativo se expande e incrementa su influencia, estos bastiones de pensamiento científico independiente van cayendo uno a uno y la tecnociencia termina dominando irremediablemente.

Han pasado 10 años desde esa primera lectura sobre el malestar causado por la creciente mercantilización; ahora, identifico una cierta ingenuidad en la manera en que entonces avizoraba el panorama que hoy es una realidad ya consolidada. En la actualidad, la disputa por los muy escasos recursos para investigación en ciencias sociales ha llevado a la implementación de un sistema perverso de medición de resultados, abanderado por Colciencias,3 cuyos criterios han profundizado, hasta el ridículo, el ritmo de producción de lo que se piensa como una maquila intelectual.4 Según el antropólogo y docente de la Universidad de Columbia, Claudio Lomnitz (2016):

La degradación de la vida académica tiene como síntoma el sometimiento abyecto del investigador al burócrata. El fenómeno ya afecta la capacidad de atraer mentes de primer calibre a la investigación. La publicación de libros y artículos intrascendentes ha llegado al punto de que, en lugar de sumar lectores, las editoriales universitarias y sus coeditores parecieran estar empeñadas en ahuyentarlos. Los académicos nos rasgamos las vestiduras por la falta de lectores, pero en lugar de que nuestras editoriales sean guías para el estudiante, publican por igual lo bueno, lo mediocre y lo malo, subsumado todo por una lógica de ganar “puntos” y “estímulos” que serán debidamente anotados y compensados. Por lo mismo, las revistas especializadas en su mayoría también carecen de personalidad. No representan tendencias, ni estilos ni generaciones. Igualan lo sorprendente con lo trivial. Son primero y ante todo institucionales.

Entonces, un docente universitario promedio, es decir, aquel que no ha logrado consolidar su prestigio académico tiene que demostrar que es productivo porque: a) dirige tesis, algunas veces de forma masiva, aunque rara vez tiene tiempo de leer y corregir detenidamente a sus estudiantes; b) publica varios artículos al año, de preferencia en revistas indexadas, aunque no tenga nada novedoso que compartir con sus colegas; c) asiste a múltiples eventos académicos para someterse al examen de sus pares, a pesar de que esos eventos suelen estar atestados de gente, de mesas, de simposios y, por lo regular, no existe un tiempo adecuado para preguntas o el debate de ideas; y, d) logra un buen número de citaciones de sus trabajos y, por ende, puede aspirar a figurar en los ranking de su área. Estos indicadores -entre otros- pretenden ser objetivos, es decir, medir mediante la cuantificación (o algoritmos) nuestras competencias y nuestra capacidad como docentes e investigadores. Ahora Colciencias resulta un estricto departamento de control de calidad, para valorar cualquier mercancía producto de la inmensa fábrica mundial del conocimiento.

La disputa por obtener una mejor clasificación en este sistema -donde la calidad de un docente se mide por indicadores cuantificables de producto-, puede definir el futuro de un grupo de investigación que, con décadas de trayectoria, no logró adecuarse a los requerimientos infinitos de comprobación implantados por Colciencias como mínimos normales, o bien, otros se quedan por fuera del ranking porque no logran comprender cómo funciona el laberinto burocrático para proporcionar todos los soportes requeridos.

En medio de este contexto y ritmo de producción, los investigadores han perdido cada vez más el control y la autonomía sobre sus trabajos, y tienen que dedicar una mayor cantidad de horas de su tiempo a actividades oficinescas para probar -con sus respectivos certificados y cuadros de Excel- su existencia “real” en el mundo académico. Toda esta pérdida de horas para razonar y pensar libremente -eso cuando el profesor o investigador es capaz de hacerlo- llega a puntos críticos cuando se avecina una renovación de registro calificado o un proceso de acreditación. Ahí sí que a pocos les queda tiempo de ocuparse de lo más importante en una universidad: el proceso de educación de los estudiantes. Con respecto a los efectos de estas reformas neoliberales en las universidades españolas, el grupo de investigadores Indocentia afirmó:

Las nuevas reglas del juego privilegian la investigación al tiempo que devalúan la docencia; una investigación sometida a las reglas que le permitan competir, una investigación que se pueda cuantificar y exhibir, una investigación obediente. En primer lugar, se lleva a cabo una redefinición del profesor como investigador en términos de prestigio y estatus. Frente a la docencia, la práctica investigadora es transformada en una inversión en el propio currículum que sí reporta beneficios subjetivos (valoración) y materiales (compensaciones retributivas). La docencia se define como carga, actividad que hay que soportar para poder llevar a cabo las actividades de investigación que son las que generan distinción y reconocimiento. (Fernández-Savater, 2016)

En contraste con la fuerza y agresividad de esta transformación hacia una ciencia cada vez más rápida y supuestamente eficiente, eficaz y productiva, la insatisfacción e indignación por la implantación de un sistema basado en los más explícitos criterios del capitalismo -libre competencia, individualismo, concentración de la financiación y publicación (es decir, de los medios de producción y difusión del conocimiento) y carencia de consideraciones ético-políticas-, parecen no ir a la misma velocidad. Todo en medio de un ambiente que propugna por la sobrevivencia de los más aptos y de los más astutos. Sin duda, el brutal salto a las lógicas del libre mercado del conocimiento nos deja a la mayoría de académicos muy mal parados.

He buscado varias veces en la plataforma del CVLAC5 dónde registrar las horas de lectura que hace un docente para educarse a sí mismo, para preparar clases o por el simple placer. Tampoco existe un indicador que cuantifique la labor de asesoría a los estudiantes, o bien, aquel que muestre la complejidad del acompañamiento a un tesista para que pueda asumir y terminar su primera investigación. Una tarea dispendiosa que puede ir desde reuniones formales, charlas con café y ejercicios amorosos de contención del pánico. Todo ese trabajo tan fino, tan arraigado a la escuela de ser “buenas personas” y “buenos docentes” ya no es considerado trabajo, ni productivo, ni necesario en las universidades-fábricas. En medio de ese contexto, es importante recordar que este cuidar de sí y de los demás sienta las bases para un mejor aprendizaje.

En estas universidades-fábricas, orientadas a la productividad, quienes menos importan son los estudiantes, excepto cuando se piensan en términos de los ingresos que generan por sus cada vez más costosas matrículas. Este creciente desconocimiento de una parte importante de la labor docente puede tener relación con el hecho de que cada vez más maestros dedican menos tiempo a sus estudiantes -o delegan tareas fundamentales a monitores o auxiliares-, porque piensan que atender las necesidades de los educandos no los reditúa en nada, no les otorga puntos y, por ende, no les significa más salario ni mayor prestigio. Es más, a algunos colegas les he escuchado, sin ninguna vergüenza, decir que son docentes de bajo perfil para evitar formar con calidad a quienes aseguran se convertirán en su futura competencia.

Los cambios en la valoración social de nuestro trabajo como académicos se presentan como políticas objetivas basadas en la estandarización y mejoramiento de la calidad de educación superior. Estos han sido implantados con criterios exógenos que comparten una base ideológica común: la calidad del desarrollo científico-académico se puede medir por el número de productos/mercancías elaboradas por un docente cada vez más controlado y proletarizado.

Bajo esta óptica, al profesor que “se duerme”, es decir, que se toma más tiempo para pensar y dar a conocer mediante la publicación, ideas interesantes y novedosas, se lo puede llevar por delante el arribista más cercano que está esperando su oportunidad para descollar. Por supuesto, la inestabilidad laboral juega a favor de esta competencia perversa que, además, facilita el abaratamiento de los salarios y la precarización de nuestras condiciones de trabajo y, por ende, aumenta el margen de ganancias de los dueños de las rentables fábricas educativas.

Al ser este ritmo tan inhumano -y con tres departamentos nuevos en Bogotá, de universidades privadas graduando antropólogos como si existiera una enorme demanda de ellos en el mercado laboral- se incrementa la posibilidad del desempleo intermitente de los egresados más jóvenes o el riesgo de que tengan que regalarse en trabajos gratuitos o a destajo en las más disímiles actividades empresariales que requieren “un antropólogo recién graduado, con contrato de prestación de servicios, para trabajar por un millón de pesos”.6

Ahora bien, toda organización de las relaciones sociales de producción crea unas formas específicas de relacionarnos, de comprender el mundo, de adaptarnos o de resistirnos a esa construcción eficientista y tecnocrática de realidad. La tiranía de los resultados observables produce cierto tipo de subjetividades donde ser astuto y éticamente flexible pareciera ser una cualidad. La carrera contra reloj tras el éxito académico encumbra a cierto tipo de personas: aquellas que mejor se adaptan a este ritmo tan veloz como superficial, los que producen más en el menor tiempo posible y, por ello, garantizan un mayor margen de ganancia. Estos personajes que ahora abundan en las aulas universitarias suelen tener “buenas” relaciones con sus superiores, es decir, no se muestran exigentes o demandantes de sus derechos y parecen ser gente agradable, proactiva y hasta servil. Para ser más precisa, los astutos son personas producidas con ambición y ganas de agradar a todos, en especial, a sus jefes y a cualquier representante del statu quo. Este “dechado de virtudes” sería lo que ahora podríamos pensar como un antropólogo preparado para triunfar en el mundo neoliberal.

En el titánico esfuerzo por convertirse en “alguien” vamos dejando por el camino la energía, la salud física y mental y, según he visto, una parte importante de la creatividad para pensar en libertad, lo cual sin duda es lo más grave. ¿Cómo razonar y criticar las lógicas expoliadoras de ecosistemas y gente cuando se depende para vivir de los recursos de las regalías de esas mismas actividades?, ¿cómo negarse a un trabajo como asistente social de una minera si por lo menos esta te ofrece un salario aceptable por unos cuantos meses?, ¿cómo hacer control de “la gestión del patrimonio” a través de entidades como el ICANH7 que cada vez tiene menos dientes, que está desfinanciada y presionada a seguir el paso de la antropología veloz por los requerimientos de los Ministerios y la ANLA8 cuya misión es facilitar el “progreso” del país?, o bien, ¿cómo vamos a esperar que un investigador vinculado a instituciones del Estado denuncie y exponga pública y libremente sus hallazgos cuando estos son inconvenientes a los intereses del establecimiento?

No digo que no existan profesionales librepensadores, por supuesto que sí, lo que señalo aquí es que la forma de organización del trabajo en la actualidad les deja cada vez menos espacio, los marginaliza y los estigmatiza como no productivos. Con lo anterior, también pretenden asfixiar el compromiso político, el conocimiento profundo y, en definitiva, disciplinar el ejercicio de la conciencia individual. Son políticas homogeneizantes de la humanidad.

Ya en este punto, si he logrado explicarme con claridad, sabrán que lejos de mejorar las condiciones en las cuales trabajamos hoy -y, pese a todo, producimos conocimientos- el escenario es mucho peor que el panorama más pesimista que nos imaginamos posible hace diez años. A lo que nos enfrentamos en la actualidad es a la acelerada pérdida de autonomía de pensamiento y a la creciente y agresiva alienación de nuestro trabajo y de nuestra misma existencia.

Algunos efectos de las lógicas neoliberales

Esta experiencia de alienación neoliberal viene aparejada con un recorte general en el disfrute de los derechos humanos y laborales, logros de los movimientos sociales obreros, populares y cívicos durante los siglos XIX y XX. La Constitución de la República de Colombia de 1991 reflejó los valores de la época al proponer un estado de derecho sobre una base económica y política neoliberal. Esto, a pesar de parecer contradictorio, logró implantar la idea compartida de tener -en el plano formal- muchos derechos, pero de carecer de medios eficaces para exigirlos, o bien, inculcó la noción de que los derechos dependen exclusivamente del nivel de ingresos y del repunte individual en la escala de éxito. La ciudadanía quedó reducida a lo que la Visa o la MasterCard sí pueden comprar.

En términos del reconocimiento de la diversidad cultural, ya varios investigadores señalaron que los derechos como minorías étnicas, no como naciones originarias y autónomas, creó cierto tipo de ciudadanías del multiculturalismo neoliberal en el que los grupos no occidentales, sus territorios y sus ciencias y corpus de conocimientos son vistos como un patrimonio nacional susceptible de ser mercantilizado.9 La mejor estrategia de integración (y desaparición) de los pueblos originarios resultó ser la exaltación y exotización de la diversidad biocultural acompañada de una creciente burocratización de los movimientos indígenas y de algunas de sus dirigencias.

Ahora bien, el reconocimiento constitucional como grupos étnicos de los pueblos afrodescendientes rurales de ciertas zonas del país no está exento de las mismas lógicas neoliberales. El artículo transitorio 55 y la consecuente Ley 70 de 1993 pretendieron reconocer el valor de las comunidades negras y sus aportes en la construcción de la nación multicultural y pluriétnica. Sin embargo, después de cerca de 25 años, esa inclusión como sujeto colectivo de derechos es una promesa incumplida en la experiencia concreta de vida de estos pueblos.

Una evidencia objetiva y medible de esta situación la vemos con la titulación colectiva de territorios para comunidades negras en el Pacífico. A pesar de las miles de hectáreas formalmente otorgadas a Consejos Comunitarios, estas sociedades han estado sometidas desde la década de 1990 a un agresivo proceso de desarraigo, despojo y confinamiento en medio de la perpetuación de las más indignas condiciones de vida.

Para 2014, el PNUD señaló que la región Pacífica (Chocó y Cauca, en particular), donde vive la mayor parte de los afrocolombianos del país, y el departamento de Córdoba tienen los índices de condiciones de pobreza rural más altos de Colombia, llegando al 60%. Los territorios de más alta pobreza son mayoritariamente poblados por indígenas y afrodescendientes (PNUD, 2014, p. 13). A su vez, Quibdó continúa siendo la capital con el índice de condiciones de vida más bajo del país.

En 2012, CODHES señaló que la situación de destierro en la región Pacífica era de magnitudes alarmantes: solo ese año la cifra alcanzó las 92 mil personas víctimas (CODHES, 2013). Según Human Rights Watch, la ciudad de Buenaventura, donde la población afro- colombiana es mayoritaria, presenta aún los más altos índices de desplazamiento forzado del país: en 2013 más de 33 mil habitantes abandonaron su hogar; y entre enero y noviembre de 2014 más de 22 mil (Human Rights Watch, 2015). En el Pacífico el cese al fuego unilateral, y luego bilateral, por el proceso de paz con las FARC, no tuvo un impacto significativo en la reducción de la violencia contra los pobladores.

¿Cómo podemos explicar la lógica que subyace a la simultaneidad de ambos procesos: por una parte, el reconocimiento constitucional de derechos étnicos y, por la otra, la intensificación del despojo de pueblos negros e indígenas que en el Pacífico se ha realizado con la participación directa o indirecta de las fuerzas armadas?, ¿qué relación tienen estas cuestiones políticas con las lógicas neoliberales de producción del conocimiento?

Aunque a primera vista, y como ya había señalado, parecen ser procesos opuestos, se trata más bien de caras contrapuestas de un proceso civilizatorio de modernización e integración a la sociedad occidentalizada mediante la fuerza -como cualquier historia de colonización- de ecosistemas y gentes otrora autónomas. Esta avanzada civilizatoria necesitó de la intensificación de la guerra y del discurso del multiculturalismo -sobre una organización productiva neoliberal- para llevarse a “buen” término. Algunos antropólogos, tal vez con las mejores intenciones, han colaborado entusiastas a impulsar el enfoque étnico, visto como una oportunidad política de reconocimiento de derechos de pueblos originarios, sin embargo, después de la Constitución han reconocido las enormes limitaciones para que esta sea una realidad (Arocha, 2000).

El reconocimiento de derechos, como minorías y como etnias, expresó un antiguo anhelo de visibilidad, democracia y justicia por parte de movimientos sociales, de algunos antropólogos y de los pueblos históricamente despreciados.10 Sin embargo, el contenido profundo de esas reivindicaciones fue traicionado con el arreglo y la compostura de los más astutos, quienes, por ejemplo, lograron que en la Constitución de 1991 se establecieran como propiedad de la nación los recursos del subsuelo.

Esta nación, mayoritariamente blanco-mestiza, sigue pensando que el muy acotado reconocimiento de los derechos étnicos de los pueblos indígenas y afrodescendientes es un gran privilegio o un premio inmerecido a gente incivilizada y perezosa, o bien, un palo en la rueda para las locomotoras del desarrollo nacional (obviamente, en esa idea de nación no hay espacio para gente negra, campesina ni indígena). Contra toda lógica, Laureano Gómez no termina de morir y sigue susurrándole al oído a gran parte de los colombianos.11

Ahora, no solo se trata de la propiedad del subsuelo. La alienación neoliberal también afectó la comprensión y el ejercicio de los derechos a la salud, la educación y el trabajo digno, por nombrar algunos. El carácter progresivo -pero vinculante- del Pacto de Derechos Económicos, Culturales y Sociales fue pasado a mejor vida a través de la idea de un Estado -disminuido en su función social pero creciente en su pie de fuerza militar- que juega como garante del acceso al derecho, pero no es responsable de su disfrute real. Esta fue la puerta por la que pasó la Ley 100 de 1993 y otras nefastas políticas similares.

En este contexto, cuando la seguridad de las inversiones extranjeras podría garantizarse en un futuro cercano -a través de los acuerdos de paz y el desarme progresivo de las guerrillas-, la guerra ya no les resulta tan rentable. Los sobrevivientes de las comunidades afrodescendientes e indígenas que resistieron a éxodos masivos, confinamiento y masacres podrán -a través del diligente trabajo de profesionales complacientes con los poderes corporativos- convertirse en asalariados precarizados en las industrias ecoturísticas o extractivas y volverse objeto de las mismas lógicas que minaron y acabaron con nuestra autonomía en el ejercicio de la antropología.

Esta avanzada de la más reciente apuesta colonizadora se puede observar en las modificaciones hechas a las políticas públicas de relación con las sociedades no occidentales. Por ejemplo, en la inauguración -el 31 de marzo de 2016- del Espacio Nacional de Consulta Previa para las Comunidades Negras, Afrocolombianas, Raizales y Palenqueras quedó claro que el objetivo profundo de esta instancia es asegurarle al Estado lo que la verdadera pluralidad cultural afrocolombiana no le había permitido: la aprobación y negociación exprés de consultas previas para terminar de encaminar “el progreso” neoliberal, por ende, antihumano del país.

El presidente Santos en su discurso de apertura de este Espacio dijo:

¿Y nos comprometimos a qué? A darle más recursos al campo, donde está concentrada la pobreza, a darles más recursos a los territorios que hoy tienen un atraso por virtud del conflicto; a darles más bienes públicos, más colegios, más hospitales, más carreteras a aquellas zonas del país que han estado, por virtud del conflicto y por virtud del atraso que tiene el campo colombiano, que han estado sumidas en el subdesarrollo. (Santos, 2016)12

Sabemos que el problema del país no es la guerra ni el “subdesarrollo”, más bien, estos son efectos de la pobreza y desigualdad social que, a su vez, son producto de las formas de acumulación de la riqueza y su concentración. Sin embargo, los gobiernos neoliberales insisten en disimular el problema de fondo con el argumento de centrar la atención en resolver el conflicto armado, porque la paz, desde un enfoque neoliberal, les permitirá optimizar el modelo económico y aumentar las ganancias de los sectores económico-políticos que se beneficiaron con la guerra.

Por lo anterior, podemos vislumbrar que en “tiempos de paz” se agudizará el despojo y el empobrecimiento de todos los demás ciudadanos que no hacen parte de esa sí minoría que ejerce este poder. Mientras, los astutos y éticamente flexibles están estudiando cómo hacerle la tranza a los acuerdos de paz para malbaratar los legítimos anhelos de tranquilidad de la gente en el país rural. Una de las peores estrategias sigue siendo el asesinato continuado de dirigentes campesinos.

Pienso que nos urge frenar esta andanada neoliberal, por una parte, señalando los efectos profundos de la imposición de la medición por productos para liberar(nos) y que la sociedad cuente con docentes e investigadores cada vez más críticos (aunque lentos para publicar), autónomos y librepensadores que, a su vez, formen estudiantes con menos deseos de agradar a los poderosos de turno. Por otro lado, tenemos la responsabilidad de develar en público las lógicas del desafío enorme que como sociedad nos espera en los años del posacuerdo -con las guerrillas, en especial-, para denunciar y frenar la desaparición de las múltiples culturas rurales y sus mundos.

También es nuestra tarea contribuir en los debates sobre una posible nueva constitución (o una reforma profunda de la actual), en los cuales deben analizarse críticamente los efectos sobre el ejercicio de los derechos en medio de una base neoliberal, y colaborar en la formulación de alternativas al reconocimiento del multiculturalismo -a través del concepto de etnias-, para ver alternativas encaminadas a adoptar un enfoque de estado-nación descolonizador que favorezca la autonomía de las naciones originarias. Imaginemos como posible un orden económico que busque un decrecimiento de las actividades extractivas al mínimo posible y la reorganización de la vida social bajo criterios éticos donde la astucia esté lejos de ser considerada una cualidad. Tal vez así, esta generación no tenga también que asistir a otra traición de sus legítimas reivindicaciones.

Referencias

Arocha, J. (2000). La inclusión de los afrocolombianos ¿meta inalcanzable? En Geografía Humana de Colombia. Los Afrocolombianos, Tomo VI. Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH). [ Links ]

CODHES. (2013). La crisis humanitaria en Colombia persiste. El Pacífico en disputa. Informe de desplazamiento forzado en 2012. Colombia. [ Links ]

Fernández-Savater, A. (2016, febrero 19). Disciplinar la investigación, devaluar la docencia: cuando la Universidad se vuelve empresa. El Diario. es [España]. [ Links ]

Fog, L. (2015, marzo 14). Grupos de Colciencias, un sistema agridulce. El Espectador. [ Links ]

Godoy Ferro, M. (2007). Cavilaciones sobre la esperanza: entre los intersticios de la antropología y la política. Universitas Humanística, 64, 227-236. [ Links ]

Gómez, L. (1928/1981). Interrogantes sobre el progreso en Colombia. Boletín Cultural y Bibliográfico, 18(01). Recuperado de https://publicaciones.banrepcultural.org/index.php/boletin_cultural/article/view/3537/3639Links ]

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Lomnitz, C. (2016, mayo 12). Curriculismo mágico. La Jornada [México]. [ Links ]

PNUD. (2014). Objetivos de desarrollo del milenio. Colombia. Recuperado de http://www.undp.org/Links ]

Restrepo, E. (Ed.). (2013). Estudios afrocolombianos hoy: aportes a un campo interdisciplinario. Popayán: Universidad del Cauca. [ Links ]

Santos, J. M. (2016). Discurso de la Primera Sesión del Espacio Nacional de Consulta Previa para las Comunidades Negras, Afrocolombianas, Raizales y Palenqueras. Recuperado de http://es.presidencia.gov.co/discursos/Links ]

Toledo, V. (2016, mayo 10). Ciencia, ética y ecología. La Jornada [México]. [ Links ]

1Este artículo de reflexión se elaboró a partir de la intervención en una de las actividades de conmemoración de los 50 años del Departamento de Antropología de la Universidad Nacional de Colombia.

Cómo citar este artículo

14Godoy Ferro, M. (2017). “Que no cuenten con nuestra astucia”: lógicas neoliberales en la antropología colombiana. Universitas Humanística, 84, 309-325. https://doi.org/10.11144/Javeriana.uh84.cnal

1 Para leer la intervención de 2006, véase Godoy Ferro (2007).

2 La cuestión de la desfinanciación de las universidades públicas se ha agravado.

3 Departamento Administrativo de Ciencia, Tecnología e Innovación.

4 Véanse las críticas que diversos académicos del país han presentado al sistema de medición; algunos grupos de investigación de varias universidades, así como grupos de investigación e investigadores a título personal decidieron, incluso, no presentarse a la reciente convocatoria. Según una nota de El Espectador, 123 grupos optaron por no presentarse a la convocatoria 693 (2015): “por estar en desacuerdo con los procedimientos de Colciencias y la burocracia que rodea el proceso. Si bien quedaron ‘reconocidos’ como grupo, no tienen interés en la categorización, ni claridad sobre los beneficios de medición” (Fog, 2015, marzo 14).

5 Currículum vitae virtual en la plataforma de Colciencias.

6 Aviso clasificado visto en convocatoria laboral reciente para una ONG.

7 Instituto Colombiano de Antropología e Historia.

8 Autoridad Nacional de Licencias Ambientales.

9 Véanse los planteamientos de Eduardo Restrepo y Peter Wade sobre el multiculturalismo neoliberal (Restrepo, 2013).

10 Lo cual es una de las raíces del problema, pero no voy a profundizar aquí en ello. Solo señalaré que coincido con perspectivas teóricas cuando afirman que no hay, bajo el concepto de minoría étnica, un real reconocimiento a la autonomía de estas naciones o pueblos, subsumidos bajo una organización de estado-nación moderna que mantiene vigentes los discursos y las prácticas sociales coloniales y racistas.

11Recordemos uno de los pasajes más elocuentes de este político conservador, quien en 1928 afirmó: “Nuestra Raza proviene de la mezcla de españoles, de indios y de negros. Los dos últimos caudales de herencia son estigmas de completa inferioridad. [...] El espíritu negro, rudimentario e informe, como que permanece en un estado de permanente infantilidad” (Gómez, 1928, p. 18).

12 Los énfasis en cursivas son míos.

Recibido: 12 de Diciembre de 2016; Aprobado: 15 de Febrero de 2017

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