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Revista Colombiana de Cardiología

Print version ISSN 0120-5633

Rev. Colom. Cardiol. vol.17 no.3 Bogota May/June 2010

 

Un pálpito del humanismo a la medicina

A heart of humanism into medicine

Jorge León Galindo MD., FACC.

Editor, Revista Colombiana de Cardiología.


La Medicina está viviendo en estos momentos una época difícil y necesita un «pálpito del humanismo», aunque no parece que un simple pálpito pueda curar su situación actual. Tal vez lo necesario sería una descarga eléctrica, una desfibrilación para volverla a su ritmo y a su filosofía.

Vale la pena preguntarse sobre el significado del humanismo. Hay varias definiciones y conceptos. Desde el punto de vista histórico el humanismo tuvo su origen en el renacimiento, en los siglos XIV y XV. Este movimiento puso al hombre como el centro del mundo. Más tarde vino el humanismo cristiano, el cual defiende una realización plena del hombre y de lo humano dentro de un marco de principios cristianos. En el humanismo según Jacques Maritain, el hombre aspira a obtener un bien común, mejorar la vida humana haciendo que los hombres vivan libres y puedan gozar de los frutos de la cultura y del espíritu. A que aprecie esa libertad y comprenda que debe existir la igualdad entre él y los demás en medio del respeto y la fraternidad. Exalta e integra al género humano a través de sus valores. Este movimiento renacentista propuso retomar la cultura greco-romana para restaurar los valores humanos. A comienzos del siglo XV el humanismo promovía la formación integral de las personas. No acepta el egoísmo ni el consumismo, como tampoco el narcisismo. Tiene sus cimientos en el arte, la cultura, el deporte, la política y las profesiones liberales, entre otros. Según el médico argentino Albert Meinetti en su libro «La Transformación de la Medicina,» el humanismo en la medicina se sustenta en las humanidades médicas, en la filosofía de la medicina y en la bioética.

Quiero plasmar en esta charla el concepto de humanismo no como el humanismo del conocimiento del arte, la cultura, del saber de la historia. Deseo dirigir mis ideas hacia conceptos del humanismo que involucra la libertad, la igualdad, el respeto, la fraternidad entre dos polos, o actores en la profesión médica, como lo son el paciente y el médico. Está en el Juramento Hipocrático el tener sensibilidad humana con un alto sentimiento de humildad, de misericordia y caridad. Este concepto es prioritario frente al conocimiento científico adquirido, a la experiencia en la aplicación de la técnica del procedimiento diagnóstico o terapéutico. Lo más importante en el acto médico es la confianza que el paciente deposita en su médico. Es el producto de la conciencia y la responsabilidad que el galeno ha puesto en este acto.

En forma anecdótica quiero recordar lo que el caballero de la triste figura Don Quijote de la Mancha le expresó a Sancho Panza, significando lo que es el humanismo para el pueblo español y que corresponde tal vez a un pensamiento popular. Le dice: «Repara hermano Sancho que nadie es más que otro si no hace más que otro». Pero, qué paradójico es el pensamiento humano cuando caemos en cuenta que el autor, Don Miguel de Cervantes Saavedra no trata con humanismo a su caballero andante. Al personaje producto de su imaginación e ingenio. Por eso ha sido criticado severamente por varios pensadores y escritores como Vladimir Nabokov y Henry de Montherlant quienes no le perdonaron al autor el no haber tenido compasión, sentido humanitario, ni haber escrito uno sola expresión contra los matones vulgares que se burlaban y perseguían sin tregua a nuestro vetusto héroe. No lo perdonaron por el trato casi sádico administrado a nuestro caballero a través de la obra. Gustave Flaubert recuerda que la falta de humanismo, de compasión, de la indiferencia, de la brutalidad de las bromas de Cervantes hacia su personaje, hace que odiemos al autor, pero nos adentra en lo profundo de la realidad de Don Quijote. Y es Don Miguel de Unamuno quien también sale en defensa de Don Quijote frente a los vejámenes de Cervantes y luego de escribir su libro «La Vida del Quijote y de Sancho Panza», denomina a Cervantes como una simple sombra y sale en defensa de Don Quijote al decir que si no fuera por su personaje, el autor prácticamente hubiera dejado de existir.

Y narra Simón Ledys: «Cuando Don Quijote yace a punto de morir, tristemente sanado por su espléndida ilusión, cuando finalmente ha desistido de su sueño, Sancho descubre que ha heredado la fe de «Su Merced», el haber adquirido tal como uno adquiere una enfermedad, a través del contagio que produce la fidelidad y el amor. Porque convirtió a Sancho, Don Quijote no va a morir jamás».

Estos bellos juicios literarios que le hacen estos pensadores a Cervantes por el trato que le otorgó a su personaje fantástico son testimonios de protesta ante un trato desigual, inhumano.

El médico debe tener conciencia del poder adquirido a través de su profesión y de la responsabilidad que tiene frente al enfermo. En la condición de enfermo el ser humano se encuentra en estado de indefensión frente a su médico. Pone su salud y su vida en manos del profesional. ¡Qué inmensa responsabilidad!. El ser humano doliente queda vulnerable ante el ataque muchas veces despiadado de una enfermedad. Allí es cuando pide ayuda e implora que lo traten con humanidad, caridad y respeto.

En este punto es interesante recordar las palabras del Emperador Adriano citadas por el Dr. Mario Mendoza Orozco en su escrito «Reflexiones sobre el Humanismo en Medicina» cuando cita a las «Memorias de Adriano» de Marguerite Yourcenar cuando el emperador sintió los síntomas de una insuficiencia cardiaca congestiva que más tarde lo condujera a la muerte, acude a su galeno y describe su reacción ante el acto médico: «...Es difícil seguir siendo Emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre...esta mañana pensé por primera vez en mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo a quien conozco más que a mi alma, no es más que un mostruo solapado que terminará por devorar a su amo...». El gran Emperador romano y el hombre más poderoso del mundo en la primera mitad del siglo II d.C., aficionado a la filosofía estoica y epicúrea, se sintió impotente, dependiente y humilde ante su médico. Confiaba, tenía que confiar en él para mantenerse con esperanza y energía para poder vivir y gobernar.

En la situación del Emperador Adriano al estar enfermo y frente a su médico, las vanidades terrenales se desvanecen. Muchos enfermos sienten que su cuerpo los ha traicionado, que no responde y tienen tanto un dolor físico como un dolor moral. Presienten un fin cercano y anhelan con la esperanza de la existencia de un más allá, lugar etéreo en donde permanecerá su alma, que es su ser. Vale la pena recordar el poema que este emperador escribió en su lecho de muerte:

«Pequeña alma errante
Huésped y amiga del cuerpo.
¿A donde morarás ahora
Pálida, rígida, desnuda
Incapaz de jugar como antes?...»

En estos momentos es cuando el hombre recuerda a Dios e implora su ayuda. Frente a la muerte el hombre se doblega, se da cuenta de su realidad, de lo pasajeros que somos en este mundo y de lo corta y frágil que es la vida; suplica que lo traten con humanidad.

Quiero referirme a un escrito del Padre Alfonso Llano S.J. publicado en el periódico El Tiempo en días pasados y que tituló: «¡Qué duro es morir!». Escribe el Padre: «El hombre se va dando cuenta de que empieza a morir, de que llega la hora de disminuir, desaparecer, no figurar, no contar para nada, ser marginado. Sencillamente, dramáticamente, morir. Empieza uno a disminuir no físicamente sino moralmente, realmente, angustiosamente, de que se le escapa la vida, día a día, minuto a minuto, sin poder detenerla, asirla, impedirle que se vaya llevando, a jirones, pedazos de vida...» y continúa: «Adiós, adiós, para siempre adiós. !Qué duro es morir!.... Este proceso es tanto más noble y fecundo, cuanto va acompañado de la conciencia, darse cuenta de la propia disminución y desaparición. Desde la fe, es agridulce esta experiencia de morir; lo digo por experiencia. Agria por la sensación de ir pasando a la nada, dulce, por ver crecer al que es infinitamente más grande que uno. Por eso exclamaba Teilhard con el Bautista: Conviene que Jesús crezca y que yo disminuya».

Desgarradoras palabras del Padre Llano, pero reales. El médico cada vez que asiste a la muerte de un paciente, medita acerca de su propia muerte, que vendrá inexorablemente. Al estar frente a un enfermo piensa en su propia enfermedad, presente o futura. !Lo debe hacer! Es obligatorio tener esa vivencia para comprender esta etapa del camino de la vida y entender que debe tratar con cariño y piedad a su paciente. Pedirle al Señor que al llegar su turno también lo trate con ese cariño, con piedad y con poco sufrimiento. Y si el sufrimiento es mayor, que tenga a un médico a su lado que sea capaz de darle soporte moral y que lo acompañe al final del camino y le alivie el sufrimiento.

Tristemente en este instante de la vida y de la historia de la medicina en Colombia y en casi todos los rincones del mundo, los médicos que creemos en la práctica médica ejercida con humanidad, con respeto, con misericordia y humildad, somos pocos. Somos como Don Quijote transitando por la ruta de los caballeros andantes en un mundo en el cual los caballeros andantes han desaparecido. Don Quijote tenía una ilusión y un sueño, el de ser caballero y salir en defensa de los débiles, de los afligidos como también en defensa de las bellas damas, como Doña Dulcinea del Toboso. La recompensa es intelectual y moral. Los médicos debemos salir como El Caballero de la Triste Figura, en defensa de los necesitados, de los que sufren, en pos de quitar el dolor y el sufrimiento que es nuestra verdadera misión en este mundo a veces irreal como el de Don Quijote, luchando contra los molinos de viento, contra gigantes y monstruos. Debemos salir a defender nuestra misión, defender el acto médico, acto basado en la confianza y la conciencia. Nuestras armas son elementales, simples, espontáneas, como la paciencia, la humildad, el disponer del tiempo para escuchar a nuestros pacientes y sus familias.

El fin principal de nuestra profesión no es el protagonismo y el reconocimiento que logremos ante la sociedad, ni los logros económicos, ni los científicos, ni los premios o galardones logrados por ellos, ni las cátedras en nuestras facultades de medicina, ni el sistema de salud vigente o futuro. El fin principal de nuestra profesión es el paciente... nuestro paciente. Es el personaje principal de nuestra obra, a él lo tenemos que ayudar en la situación en que se encuentre, lo debemos guiar, aliviar y ojalá en algunos casos curar. Más que ser su médico, debemos ser su amigo y confidente. Al lograr esta relación, el médico se sentirá pleno en su conciencia como profesional y con la satisfacción del deber cumplido.

Gran responsabilidad tenemos los médicos, especialmente quienes damos docencia en las facultades de medicina. Estas ideas y más que ideas sentimientos, debemos trasmitírselos y enseñárselos a nuestros alumnos. La mayor herencia que dejó mi padre a sus hijos fue el amor a su familia y a sus pacientes. Ejemplo que perdurará a través de las generaciones venideras de nuestras familias.

Para terminar quiero recordar las palabras sinceras expresadas por mi profesor y amigo en la Escuela de Medicina de la Universidad de Tulane, el Dr. George E. Burch, cardiólogo ilustre y ser humano incomparable, como también polémico en extremo dando siempre batallas en defensa de los pacientes. Luchador sin tregua contra la indiferencia de los médicos frente a los pacientes. Contraventor con quienes al paciente no le informan el diagnóstico, sino le comunican una sentencia fría en la cual le explican, o mejor, le entregan un veredicto muy bien sustentado con porcentajes y estadísticas. Le dan las posibilidades de sobrevivir o de morir, y hasta los días de vida que consideran le restan. Luego de haberle informado su veredicto con actitud prepotente, o mejor omnipotente, dan media vuelta y se alejan sintiéndose tranquilos por el deber cumplido sin haber notado ni percibido el dolor y la angustia que causaron. El Dr. Burch luchó contra esta actitud que fue dominante en muchas escuelas de medicina en los años setenta en los Estados Unidos. En ellas le daban mayor importancia a las nuevas tecnologías diagnósticas o terapéuticas, a los resultados de nuevas investigaciones, que al paciente. Estos colegas convirtieron a nuestro personaje central en un simple número, en un material de trabajo y de investigación en donde su importancia radica en la respuesta clínica positiva o negativa frente a una terapéutica dada ya sea un estudio abierto o ciego. En este pensamiento la importancia del paciente y el interés de estar en comunicación con él radica en no perderlo pues alteraría la base de datos de la investigación. O en la práctica médica cotidiana el enfermo simplemente es un caso clínico en quien se realizan numerosos exámenes para aclarar los síntomas olvidándose de su calidad de ser humano, de sus sentimientos y temores. El Dr. Burch en sus rondas diarias por el Charity Hospital o en las diferentes reuniones del Departamento insistía sobre este tema trasmitiéndonos sus ideas y enseñanzas.

La deshumanización de la medicina en nuestro país no solamente se le puede achacar al médico, también al ambiente en que debe trabajar, al sistema de salud actual que fomenta esta práctica impersonal y hasta irresponsable pues el galeno tiene muy poco tiempo para atender al paciente, para pensar y darse cuenta del entorno en que se encuentra. Tiene que llenar formularios requeridos por las empresas de la salud con los cuales éstas llevan el control de gastos y un control estricto de la forma como ejerce su profesión el médico. En resumen, el profesional gasta más tiempo llenando papeles que interrogando y examinando al paciente. Tal vez lo más grave ocurre que siendo la medicina una profesión esencialmente liberal, en la cual el médico debe tener plena libertad para orientar e investigar el caso y llegar a uno o varios diagnósticos, ordenarle con criterio científico exámenes paraclínicos, tener el diagnóstico y recetarle los medicamentos adecuados para la dolencia y patología de su paciente, no puede, se encuentra limitado en ordenar los exámenes que considera apropiados, al igual que tiene limitación en formular la medicación adecuada, porque el sistema no se lo permite.

Este sistema no puede funcionar correctamente pues fractura la esencia de la práctica médica que es el acto médico, la relación médico paciente. Según la terminología de nuestro Sistema de Salud, el paciente se convirtió en el usuario y el médico en el prestador del servicio. En otras palabras, el paciente es un elemento que utiliza el sistema y quien previamente paga por su atención, es quién trae recursos económicos al sistema, o sea ganancias. El médico es un prestador de un servicio a quien se le deben controlar los gastos del negocio para que sea rentable. El buen galeno en este lenguaje es el que gasta menos recursos económicos y trabaja mucho. La excelencia médica no se valora, no se premia, por lo contrario muchas veces se castiga. Esto es lo que a final de cuentas se ha convertido la salud en nuestro medio desde 1993 cuando el Estado se «libró» del problema de la salud en el país y se la entregó a unas empresas con ánimo de lucro para que la manejaran a su mejor parecer, que es el lucrativo. Estas teorías económicas en su lógica llevaron la práctica médica a la deshumanización. Se perdió la confianza del paciente hacia el médico y el médico no tiene el tiempo para hacer conciencia de su responsabilidad en el acto médico.

Esta actitud perdura en muchos ambientes médicos. Sin embargo, hay instituciones enfocadas en la defensa de los pacientes y hacen énfasis en los derechos de los pacientes y de los deberes de los médicos frente a ellos. Pensamos que no todo está perdido, por esto el Dr. Adolfo Vera nos ha invitado a participar en este Encuentro sobre el Humanismo y Medicina en la Historia de la Vida y al revisar el tema nuestro espíritu se llena de optimismo y de ganas de defender nuestra profesión a través de la defensa de nuestros pacientes por medio del trato humanitario hacia ellos. Mil gracias.

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