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Historia Crítica

versão impressa ISSN 0121-1617

hist.crit.  n.39 Bogotá set./dez. 2009

 

Meschkat, Klaus y José María Rojas, compiladores.Liquidando el pasado. La izquierda colombiana en los archivos de la Unión Soviética. Bogotá: FESCOL-Taurus, 2009, 845 pp.

César Torres Del Río
Doctor en Historia, Universidad de Brasilia, Brasil. Profesor Titular, Facultad de Ciencias Sociales, Departamento de Historia, Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, Colombia. ctorresd@javeriana.edu.co


Liquidando el pasado es un libro de batalla, como debe ser todo libro de historia. En especial cuando de experiencias heroicas de confrontación al Príncipe se trata. Klaus Meschkat y José María Rojas han publicado, desde ya, un texto clásico. La historia del movimiento obrero-artesanal y social de los años veinte y comienzos de los treinta vista a través de los archivos de la Unión Soviética nos ofrece una visión distinta de las actividades de los líderes y de las políticas programáticas del Partido Socialista Revolucionario; diferente también, y sobre todo estremecedor, es el panorama que se nos ofrece del surgimiento del Partido Comunista de Colombia (PCC), estalinista de los pies a la cabeza y dirigido desde Moscú con mano férrea por la Internacional Comunista.

La objetividad, enseñamos, es aquello que más se acerca a su objeto de estudio. Pues bien, los compiladores superan con creces tal postulado epistemológico. La selección de las fuentes, su ordenamiento temático y en especial su interpretación -la savia de la historia como dice Edward Carrdel contexto social y político de la época son muestra de un trabajo científico, paciente y profesional. Mejor aún, diremos que su interpretación del pasado les ha permitido una cuidadosa selección y ordenamiento de las fuentes. La verdad histórica, así trabajada, sale a la luz y se corrobora que, a pesar de la escuela posmoderna, ella, la verdad si se puede conocer.

Los once capítulos con que Meschkat y Rojas construyeron el libro corresponden a documentos históricos; son éstos los que nos hablan. La Introducción cumple la única y necesaria función de orientar al lector por los meandros de la historia, de aclarar uno que otro tópico -la aclaración de todos será tarea del historiador profesional- relativo a las intensas y agrias confrontaciones políticas entre los dirigentes del partido que se extinguía y aquellos que pasaban a ocupar los cargos claves del comunismo estalinista criollo. De esta Introducción surge con fuerza la tesis de que hubo una ruptura teórica, política y programática entre el socialismo revolucionario de los años veinte y el naciente partido "moscovita" de Guillermo Hernández Rodríguez, Gilberto Vieira y otros, lo que va en contravía de la difundida versión de los comunistas colombianos sobre la "reconstrucción leninista" del partido. Ni reconstrucción ni leninismo; lo que hubo fue destrucción estalinista pues de las fuentes surge otra realidad. Para señalar un caso, recordemos que en un dramático y escabroso documento de autocrítica fechado en Berlín en marzo de 1931 - y cuyo título es el mismo del libro que reseñamos- el propio Ignacio Torres Giraldo afirma que había que liquidar el pasado, ajustar cuentas con la acción política del Partido Socialista Revolucionario (PSR) pues ¡nada menos! era un "bloque oportunista y putchista" en el que predominaba la pequeña burguesía influida política y programáticamente por la burguesía; por el "putchismo" de Tomás Uribe Márquez, Torres Giraldo llega al absurdo de acusar como traidor a ese partido por su conducción de la huelga de las bananeras en 1928.

En el mismo sentido de la ruptura obran las actas del decisivo e histórico pleno ampliado del Comité Ejecutivo Nacional del PSR de julio de 1930, compiladas en el Capítulo VII del libro; recordemos que fue en esa reunión en la que el nombre del partido fue cambiado al de Partido Comunista de Colombia, sección de la Tercera Internacional. En la reunión participaron dirigentes probados como José Gonzalo Sánchez, líder indígena, y Tomás Uribe Márquez, secretario general del PSR, acusados especialmente por Guillermo Hernández Rodríguez (Guillén) -el cual pasaría a ocupar la secretaría del nuevo partido estalinista y quien posteriormente sería víctima de los mismos métodos impulsados por Gilberto Vieira, como se advierte en el capítulo relativo a "La caída de Guillén"-. Quienes conocen la historia de las luchas del movimiento obrero colombiano y lean ese capítulo seguramente tendrán el mismo sentimiento de ira y la misma sensación de angustia que tuvo el que esta reseña escribe. Ira, por el método utilizado para liquidar la dirigencia y la tradición de la movilización callejera y veredal: acusaciones falsas, incluidas imputaciones por manejos corruptos de dineros; maniobras políticas bajas, propias de los que no tienen argumentos; panificaciones en nombre del leninismo y de la Internacional Comunista acerca de la "línea política justa"; llamamientos a la "autocrítica revolucionaria" para poder construir un partido "proletario de combate", testimonios amañados de miembros directivos, etc. Y angustia, porque se evidencia la debilidad política y programática de los acusados; porque se aprecia su impotencia frente a la maquinaria ofcialista del estalinismo internacional; porque saltan a la vista sus errores políticos; porque desconocían la lucha política y programática internacional entre la fracción estalinista, organizadora de derrotas, y la Oposición de Izquierda, corriente dirigida por León Trotsky, en torno al Frente Único, a las alianzas tácticas, al régimen del partido, al curso económico dentro de la URSS, a la independencia política de clase, a la estrategia revolucionaria de toma del poder, al carácter de la capa burocrática nacida en el Estado soviético que ya comenzaba a instaurar la "dictadura sobre el proletariado", etc.

Pero también el lector del libro podrá constatar que de los documentos referidos surge la entereza personal y política de quienes estaban en el paredón soportando las descargas. Para solo citar a dos de sus más importantes protagonistas Tomás Uribe Márquez declaraba en el pleno ampliado -ese estrado judicial montado para asestar el golpe final- que "[...] me han convertido en el trapo sucio del Partido. Yo quiero que se establezca la verdad histórica [...]. No todo lo que dijo Guillén encuadra con la verdad. Se ha inspirado en mis mas ardientes calumniadores [...]. Yo seré mi fiscal, (y) ante todo declaro (que) soy un soldado de la Internacional Comunista" (p. 456); y José Gonzalo Sánchez reafirmaba estar de acuerdo con la obra política de Uribe Márquez y defendía al PSR en cuanto al trabajo con los indígenas haciendo, además, una crítica mortal a Quintín Lame cuando de éste dijo que "[...] no tiene nada que ver con nosotros [...] que no íbamos a una revolución burguesa, sino a nuestra revolución [...]. Quintín Lame estafa a los pobres indígenas [...]. (p. 483).

Ahora bien, hemos hablado de ruptura; ella no podría entenderse sin el contexto internacional. Me parece que, entre otros, el mérito del libro es el de haber sabido vincular los acontecimientos mundiales con los hechos sociopolíticos y económicos nacionales. Lastimosamente en Colombia las investigaciones científicas sobre historia política han privilegiado una visión nacional; una atenta mirada historiográfica lo puede comprobar. En cuanto al PSR, la Komintern y el Partido Comunista mucha tela hay que cortar, y Liquidando el pasado apenas si hace un certero y primer corte.

Lo primero que hay que poner de relieve es que tanto en Colombia como en Europa y Asia la actualidad de la revolución era un hecho, y las fuentes aportadas lo confirman, sin que con ello se quiera decir que en nuestro país estuvieran dadas todas las condiciones para que el acontecimiento se produjera, sobre todo si consideramos la debilidad del factor subjetivo. No obstante, la corriente estalinista deducía de aquella consideración la existencia de una situación revolucionaria (!) en Colombia, absurdo político que se aprecia en varias comunicaciones e informes redactados por Guillén -ya como Secretario General del PCC- para la Internacional Comunista. Un segundo aspecto para subrayar es el del carácter internacionalista y antiimperialista del PSR y de sus miembros; tanto la solidaridad con las luchas de trabajadores de América Latina, con Nicaragua por ejemplo al crear el Comité Sandinista "Manos fuera de Nicaragua" o con la lucha adelantada contra la United Fruit Company en la zona bananera, como el ingreso a la Komintern es prueba suficiente y confirma que Tomás Uribe Márquez, María Cano y José Gonzalo Sánchez ligaban la suerte de los trabajadores colombianos a la de los pueblos explotados del mundo; traidores no eran. El problema histórico, de hecho la tragedia histórica, reside en que en el momento en que el PSR era admitido ya Stalin y sus seguidores, tras la muerte de Lenin, tenían en sus manos buena parte del control político en la Internacional y en la Unión Soviética; ello hizo que los partidos miembros fueran sometidos a un fuerte control político desde Moscú para "reconstruir la línea política justa", control que mantenía por medio de los cuadros nacionales reeducados previamente (Guillén) o en formación dentro de la escuela estalinista (Gilberto Vieira, por ejemplo).

De otra parte, hechos históricos nacionales serán reinterpretados. La huelga de las bananeras, por ejemplo. Todo el primer capítulo "El socialismo revolucionario hasta la huelga de las bananeras" es de tal riqueza que llevará con seguridad a un replanteamiento sobre el período y a una revisión de los hechos que sosteníamos como verdades. No solo en cuanto a los dirigentes involucrados, Alberto Castrillón -quien aparece como intrigante, individualista y oportunista-, Raúl Eduardo Mahecha, Tomás Uribe o María Cano, sino en todo lo referido a la construcción del socialismo revolucionario en directa asociación con las luchas de los trabajadores: métodos organizativos, carácter del partido, alianzas y membrecía, tácticas políticas, etc.; al respecto, deberá continuar discutiéndose la participación de intelectuales liberales en el PSR, tipo Felipe Lleras Camargo o la de los generales decimonónicos, quienes ocupando cargos directivos no tenían vínculos directos con los trabajadores. Así mismo, la huelga de las bananeras se nos revela en otra dimensión; aparece en el contexto como una necesidad y una obligación y por eso haberse negado a dirigirla sí que hubiera equivalido a traición; no obstante, la evaluación que hizo la directiva del PSR, para entonces dominada por los estalinistas, está teñida de acusaciones personales y políticas a los promotores y líderes y cruzada por misivas de ida y de vuelta a la Internacional Comunista en especial por la denominada "Carta de Febrero". En este mismo nivel de reinterpretación, nos parece, estaría la preparación del levantamiento armado que fue aprobado y puesto en marcha por la dirección del PSR; los documentos del capítulo IV "Una insurrección fracasada y las vertientes antiputchistas" ofrecen una visión compleja, y polémica, sobre tal determinación para el año 1929. Según Rafael Baquero, el nuevo secretario general, putchistas fueron todos, desde Ignacio Torres Giraldo, Tomás Uribe y Julio Buriticá hasta María Cano y Raúl E. Mahecha; por eso había que impulsar la "autocrítica revolucionaria".

En fin, Liquidando el pasado abre las puertas al conocimiento científico y ofrece lecciones para los historiadores y para los políticos. A diferencia de su título, el pasado se nos muestra con vitalidad suficiente para nuestro presente y nuestro futuro. La crisis de la dirección política, nacional e internacional, y la necesidad de superarla, a diferencia del planteamiento anarquista, aparece en toda su magnitud en especial si evaluamos lo que en Colombia sucede hoy con la izquierda parlamentaria. Como afirma José María Rojas en su escrito introductorio, "Estamos [...] en los comienzos del rescate de una memoria histórica". Y la memoria es también un campo de batalla.

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