SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 issue39  suppl.1Historia de la vida privada en Colombia: 2 Vols. Bogotá: Taurus, 2009 [pp. ?].El pasado como Refugio y Esperanza. La Historia Eclesiástica y Civil de José María Groot (1800-1878): Bogotá: Instituto Caro y Cuervo - Universidad de los Andes, CESO [2009?] author indexsubject indexarticles search
Home Pagealphabetic serial listing  

Services on Demand

Article

Indicators

Related links

  • On index processCited by Google
  • Have no similar articlesSimilars in SciELO
  • On index processSimilars in Google

Share


Historia Crítica

Print version ISSN 0121-1617

hist.crit.  no.39 suppl.1 Bogotá Nov. 2009

 

Langebaek Rueda, Carl Henrik.
Los Herederos del Pasado. Indígenas y pensamiento criollo en Colombia y Venezuela, 2 Vols. Bogotá: Universidad de los Andes - Facultad de Ciencias Sociales - Departamento de Antropología - CESO, 2009, Tomo I: 394 pp.; Tomo II: 336 pp.

Martha Lux
Psicóloga con especialización en Psicología Clínica de la Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia. Magíster en Historia y estudiante del Doctorado en Historia de la misma universidad. Editora de la revista Historia Crítica del Departamento de Historia de la Universidad del los Andes. Miembro del grupo de investigación Historia Colonial (Categoría B en Colciencias).mlux@uniandes.edu.co.


Los dos tomos que dan cuenta del trabajo de Carl Langebaek son resultado de una larga investigación que tuvo como propósito entender las formas en que los criollos se han imaginado al indio y su pasado, y cómo a partir de esa idea, tanto colombianos como venezolanos se han representado a sí mismos y a los otros. La idea central que atraviesa todo el trabajo tiene que ver con la apropiación que el criollo ha hecho del indígena, que más que reflejar su realidad, evidencia la imagen idealizada que el criollo tiene sobre su propio pasado. En este sentido el autor se propuso demostrar que el criollo reiteradamente ha pensado su presente como un residuo del pasado, en donde la realidad y su representación no solamente no coinciden entre sí, sino que el pasado ha sido persistentemente manipulado como lección moralizadora desde el presente. Los resultados del trabajo del investigador Langebaek se reparten en dos volúmenes que contienen una introducción, tres grandes capítulos divididos por periodos y finalmente unas conclusiones. El primer capítulo abarca de la Conquista a la Independencia, el segundo presenta el siglo XIX, y el tercero el siglo XX y lo que el autor llama "el elogio de la diversidad". No obstante esta cronología, la presentación de la información no es necesariamente lineal, lo que permitió al autor organizar la evolución de los procesos que dan cuenta de la representación que el criollo ha hecho de sí mismo, situando oportunamente los elementos que le permitieron sustentar la hipótesis planteada.

Son varios los aspectos del trabajo Los Herederos del Pasado que merecen ser comentados y procederemos a referirnos a algunos de ellos. Como soporte teórico explicativo Langebaek utilizó la categoría de "civilización" que le permitió abordar los complejos y contradictorios discursos sobre el indio y su pasado. A su vez, construcciones sociales como la raza, permitieron por un lado situar el "salvaje" como un estado anterior a lo "civilizado", y por otro, encarnar un pensamiento utópico sobre la condición humana previa. Adicionalmente, al asumir el autor la civilización como proceso, le confirió vigencia hasta el siglo XXI (tomo I, p. 21). Las nociones de criollismo e indigenismo en toda su complejidad son consideradas por el investigador, que en su exploración revisó múltiples fuentes a fin de abarcar tendencias y representantes variados del pensamiento de sus épocas. Historias nacionales, prensa, pasquines, monedas, poesía y textos, permitieron mostrar la representación del pensamiento criollo sobre el "ellos" y el "nosotros", y lo que tiene que ver con la exclusión, que como dice el autor, no se ha producido sólo desde afuera, sino también desde adentro, por medio de discursos y prácticas excluyentes; para un contexto externo entre lo privado y lo público, y en un contexto interno, en los discursos de las elites sobre el pueblo. Langebaek en este sentido señala cómo la exclusión del "otro" no ocurre necesariamente por medio de prácticas abiertamente excluyentes, sino a partir de discursos positivos que no se corresponden con la realidad del indio, de su pasado y de su territorio (tomo I, p. 27).

Para lograr una muestra significativa de fuentes, Carl Langebaek consultó bibliotecas y archivos colombianos y españoles. En España, por ejemplo, investigó en el Jardín Botánico, el Palacio Real, los Museos de América y Nacional de Ciencias Naturales, el Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo del CSIC, la Universidad de Salamanca y el Archivo General de Indias. En Venezuela, a un nivel menor, trabajó a partir de archivos de universidades y de la colección Arcaya de la Biblioteca Nacional en Caracas. Otro aspecto relevante que no queremos pasar por alto es que el trabajo se publicó en dos tomos de lujo en gran formato, papel fino y abundancia de imágenes ilustrativas, pertinentes y adecuadamente ubicadas que hacen placentera la lectura, además de servir como fuentes de apoyo tanto para los entendidos como para los no especialistas. La información exhaustiva que ofrecen los libros y la riqueza de sus imágenes tiene a su vez la particularidad de servir al lector que desea realizar consultas puntuales.

En la Introducción el investigador señala que el indígena y su pasado "no han sido invisibles" (tomo I, p. 12), debido a que el criollo ha necesitado hacer una representación positiva del indio como parte del discurso valorativo sobre su identidad y su pasado. Igualmente nos muestra cómo las distintas lecturas que se hacen sobre el "otro", el indio, no son el resultado de una cuidadosa reflexión, sino que son producto de los intereses cambiantes de los criollos. Los resultados de las investigaciones de la historiadora Rebecca Earle1 van en el mismo sentido de lo propuesto por Carl Langebaek, cuando a partir de la revisión de discursos tanto coloniales como decimonónicos, de españoles y criollos, ha señalado cómo éstos más que describir la realidad de los pueblos prehispánicos han personificado al individuo de manera positiva y negativa, de acuerdo a las circunstancias. Lo anterior refleja el lugar asignado a los indígenas por las elites locales, que han preferido valorar de forma positiva el pasado de estos pueblos mientras desestiman el papel del indio contemporáneo, regularmente vistos como problemáticos para el Estado.

A su vez se ha recurrido a los aspectos positivos del indígena para resaltar lo propio como antítesis de lo extranjero, cuando lo foráneo se percibe como amenazante. De esta manera el indio recibe una valoración positiva, que sirve para distanciarse de contrincantes nacionales o extranjeros, y una negativa, excluyente de "pueblo", que se refiere principalmente al mestizo y al campesino, que por sus condiciones pueden ser considerados como una amenaza al orden establecido. En esta línea de ideas la historiadora Margarita Garrido2 ha mostrado cómo el pensamiento criollo ilustrado mantuvo una mirada ambigua del pueblo, de quienes necesitaban su apoyo legitimador, pero cuya "irracionalidad y emotividad" era considerada por los ilustrados contraria a su pensamiento. En este sentido el imaginario criollo, o el criollismo, ha necesitado tanto al indio "bueno" como al "malo". El criollismo en su formato colonial, en su versión republicana, y de los siglos XX en adelante han construido una tradición histórica de contextos cambiantes, que en ningún momento ha tenido como objetivo la igualdad.

En el capítulo I, titulado "De la Conquista a la Independencia", el autor señala cómo desde 1492 tanto europeos como americanos han entendido el Descubrimiento y la Conquista a partir de sus propios deseos, de sus propias doctrinas, tradiciones, y su propio mundo conocido. Muestra Langebaek que parte de la ambigüedad que presentaron los conquistadores al momento de referirse a las nuevas tierras se debió a que por un lado les convenía reclamar dominio sobre territorios considerados valiosos, al tiempo que exhibían sus méritos, pero por el otro no renunciaban a comprender el Nuevo Mundo a partir de la dicotomía civilización/barbarie (tomo I, p. 57). Si bien se reconoció que todas las sociedades indígenas no eran iguales -desde la perspectiva europea y siempre bajo los códigos del Viejo Mundo-, se establecieron distinciones que los llevaron a señalar que unas sociedades estaban más desarrolladas que otras, algunas escogiendo "formas superiores de comportamiento humano", mientras otras mantenían "los hábitos de la bestia", pero en su conjunto se trataba de un continente débil, en lo político y lo moral (tomo I, p. 118). A partir del siglo XVII y XVIII se pasa de la demonización del culto indígena y de sus artesanías a su conservación. Se deja de pensar en el indio como encarnación del paganismo y se establece "la razón" como parámetro de comparación y diferenciación. Con estos presupuestos lo que se les opusiera era considerado por ellos como un error.

El capítulo II introduce el siglo XIX y el tema de las razas, con la defensa que hace el criollo del indio, buscando soportar la posibilidad de civilización, teniendo como base las maravillosas riquezas naturales del país (tomo I, p. 222). Mientras buscaban confirmar en los antepasados muiscas los valores de la razón humana, la imagen del indio salvaje confirmaba lo perdido en pos de la civilización. Sobre la importancia de la tarea cristianizadora no se dudaba, pero en aras del espíritu nacionalista era necesario exaltar las bondades del pueblo muisca, la obediencia a sus jefes y su habilidad como agricultores y comerciantes. No obstante, una cosa era el pasado y otra el dilema de su presencia cuando se buscaba alcanzar el ideal de nación ilustrada. Para estos fines la mezcla de razas comenzó a formar parte de la ideología criolla de mediados de siglo XIX, como una opción que hiciera predominantes los atributos morales superiores de los blancos sobre la raza pura del indio. Sin embargo, había que defender el pasado indígena y su nivel de civilización, donde lo andino era lo civilizado, lo rústico correspondía a las tierras bajas y la degradación del indígena era el resultado de la Conquista (tomo I, pp. 280-288). La raza se convirtió en fuente de explicación del progreso o atraso, y se hizo inseparable de las características intelectuales y morales de los pueblos. Estas posiciones fueron dando paso hacia finales del siglo XIX a una perspectiva cultural para explicar la inferioridad del nativo (tomo I, p. 329). Los alemanes que estudiaron el pasado indígena desarrollaron la escuela del difusionismo y buscaron demostrar que la civilización era "el resultado de las mezclas, la difusión y la influencia del medio" (tomo I, p. 360). Lentamente se fueron abriendo camino posiciones que defendían que cada cultura tenía costumbres y creencias propias, dejando de lado la relación raza, medio ambiente y cultura, y la superioridad de unas sobre otras (tomo I, p. 382).

En relación al tercer capítulo, que abarca el siglo XX y que se titula "El siglo XX: de las razas al elogio de la diversidad", el autor señala que el tema de las razas fue central para que los criollos se imaginaran en relación a lo externo. Se desarrollaban argumentos a favor y en contra de los resultados de las mezclas raciales, pero el deseo colectivo era que prevalecieran las virtudes de cada una de ellas, se disminuyeran sus defectos y que la mezcla permitiera terminar con los prejuicios raciales y se impusiera la civilización (tomo II, p. 25). En ese contexto hace su aparición el sello de "raza latina".

Se revalúa la actitud criolla sobre la Conquista y se considera que los primeros pobladores habían ayudado a civilizar el suelo colombiano. Se establecen comparaciones con las razas sajonas del Norte y se revisa constantemente el efecto de las mezclas en los territorios nacionales, buscando encontrar su éxito o su decadencia. El indigenismo no obstante sus "múltiples defectos" podía ser un valioso factor contra la intromisión extranjera, los muiscas fueron entonces considerados como un pueblo heroico que desafortunadamente careció de un idioma como el español y de los preceptos cristianos (tomo II, p. 107). Las inmigraciones extranjeras generaban debates y temores y se debían considerar las condiciones étnicas y sociales e incluso las "estéticas" (tomo II, pp. 134-138). Hacia 1930 y desde diferentes perspectivas, todavía continuaba rondando la pregunta sobre las bondades o inconvenientes de la relación entre raza, naturaleza y cultura. Mientras el indio del pasado era el símbolo de una sociedad mejor, el del presente mostraba la perversidad del sistema capitalista y la opresión (tomo II, p. 205). A finales del siglo XX y principios del XXI aparecen las ideas de la multiculturalidad y el discurso de la diversidad donde la diferencia era la clave para la sobrevivencia (tomo II, p. 258). Así, el mestizaje -no como mezcla racial- como "síntesis de culturas" continuaría motivando y exaltando las pasiones.

Sin que de ninguna manera tengamos como propósito demeritar los indudables logros del trabajo, y el valioso análisis que logra Carl Langebaek de la representación que han hecho los criollos de los indígenas en los diferentes momentos históricos, es necesario señalar que nos hubiera gustado contar con unas conclusiones parciales, que debido a la extensión del trabajo y a la presentación de tan variada información, recogieran los aspectos principales y sirvieran de preámbulo para el siguiente capítulo -después de la profusión de pasajes minuciosos que describen la percepción sobre el indígena, América, la naturaleza y sus cambiantes representaciones, esenciales todas para establecer las conexiones que permitieron desarrollar las principales inquietudes planteadas-. Otro punto al que nos queremos referir es que, si bien el autor justifica el estudio del pensamiento criollo de Colombia y Venezuela -como una unidad caracterizada al no ser ni Mesoamérica ni Andes centrales-, aclarando que su conocimiento sobre Venezuela es aún fragmentado, sí extrañamos más información y análisis sobre el caso venezolano, y deseamos que en el futuro podamos contar con ideas más elaboradas sobre este criollismo.

Para concluir consideramos que las diversas referencias, de varios contextos y momentos históricos sobre las civilizaciones del Perú, México, Bolivia y Norteamérica -como lugares oportunos para la reflexión sobre el criollo-, enriquecen la lectura que no se circunscribe a la percepción de quienes han descrito las civilizaciones y vida cultural de los habitantes del territorio granadino, sino que a su vez se enmarcan en un debate más amplio sobre América, que ha influido en las apreciaciones ambiguas y cambiantes que se han hecho los criollos. El autor incluye un pasaje de una carta escrita por Bolívar en 1813, que reflexivamente expresa lo que a su entender podría ser el pensamiento indígena sobre los criollos: "[E]xtranjeros intrusos, que, aunque vengadores de su sangre, siempre son descendientes de los que aniquilaron su imperio" (tomo I, p. 207). Dice Carl Langebaek con sólidos argumentos que la lectura del indio y su pasado han pasado siempre por el filtro de las emociones, de forma que las discusiones sobre temas materiales han retornado una y otra vez al mundo de lo moral.

A la entrega de esta reseña nos enteramos que Carl Henrik Langebaek Rueda acaba de recibir de la Fundación Alejandro Ángel Escobar el más alto galardón científico que se otorga anualmente a las ciencias en Colombia, en la categoría Ciencias Sociales y Humanas, por el libro que reseñamos. Lo felicitamos por este reconocimiento e invitamos a los lectores a consultar este valioso trabajo.


Comentarios

1 Rebecca Earle, "Algunos pensamientos sobre el 'indio borracho' en el imaginario criollo", Revista de Estudios Sociales 29 (abril 2008): 18-27.

2 Margarita Garrido, "Convocando al pueblo, temiendo a la plebe", Historia y Espacio V: 14 (junio 1991): 79-97.

Creative Commons License All the contents of this journal, except where otherwise noted, is licensed under a Creative Commons Attribution License