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Historia Crítica

versão impressa ISSN 0121-1617

hist.crit.  no.69 Bogotá jul./set. 2018

http://dx.doi.org/10.7440/histcrit69.2018.02 

Dossier

Microhistoria e Historia Global*

Microhistory and Global History

Micro-história e história global

Giovanni Levi** 

** Profesor emérito de la Università Ca’ Foscari (Italia). Ha sido profesor de Historia Moderna y de Historia Económica en la Università degli Studi di Torino y en la Nome dell’ Università della Tuscia (Italia). Coordinador de algunos doctorados de Historia, en particular en la Universidad Pablo de Olavide (España). Profesor invitado en numerosas universidades de América Latina, Europa y Magreb. Colaborador en diferentes revistas internacionales, como también director (en compañía de otros académicos) de la colección Microstorie de Einaudi y de la revista Quaderni Storici. Su libro Herencia inmaterial ha tenido un papel fundacional en la Microhistoria en Italia y ha sido traducido a doce idiomas. Su trabajo ha tenido como perspectiva la historia social y los debates metodológicos sobre historiografía y las relaciones entre historia y ciencias sociales. levi@unive.it

Resumen:

Después de describir la situación política en la que nacieron la Microhistoria y la Historia Global, en este artículo se propone una definición amplia de ambos campos con el objetivo de establecer cuáles innovaciones metodológicas realizaron. Al mismo tiempo, el autor muestra una serie de renovadas perspectivas, que le permiten estudiar la influencia de estas corrientes y la relación que establecieron con otras ciencias sociales -además de la Historia y la Antropología-, y con el sentido político y científico del debate historiográfico actual. Con esto estudio se busca entonces esclarecer las incertidumbres del concepto de lo global.

Palabras-clave: Ciencias sociales; Microhistoria; Historia Global; Historia total

Abstract :

This article describes the political situation in which Microhistory and global history developed. It also proposes a broad definition of both fields in order to establish the methodological innovations derived from them. At the same time, the author presents a series of renewed perspectives, which enable the study of the influence of these trends and the relationships they established with other social sciences -besides History and Anthropology- and the political and scientific directions of the current historiographical debate. This study aims to clarify the uncertainties of the concept of the global.

Key words: Social Sciences; Microhistory; Global History; Total History

Resumo :

Após descrever a situação política na qual a micro-história e a história global nasceram, neste artigo, propõe-se uma definição ampla de ambos os campos com o objetivo de estabelecer quais inovações metodológicas realizaram. Ao mesmo tempo, o autor mostra uma série de renovadas perspectivas que lhe permitem estudar a influência dessas correntes e a relação que estabeleceram com outras ciências sociais -além da História e da Antropologia-, e com o sentido político e científico do debate historiográfico atual. Com este estudo, procura-se esclarecer as incertezas do conceito do global.

Palavras-Chave: ciências sociais; micro-história; história global; História total; ciências sociais.

Los años ochenta del siglo XX constituyen un momento crucial en la historia del mundo. El fin del bipolarismo y la crisis del sistema soviético fueron el comienzo de un nuevo ciclo histórico, que guarda relación no solamente con las circunstancias políticas y económicas, sino con toda la cultura e incluso con la historiografía. Fue un choque que empujó al mundo de una relativa estabilidad a un futuro de desequilibrios e incertidumbres, un mundo menos legible y menos previsible. La presencia de dos imperios fue sustituida por numerosos subimperialismos: Estados Unidos, Rusia, China, India, Alemania, Arabia Saudita, Turquía, Francia, Irán, etcétera. Un mundo en cierto modo más global, y también más fragmentado y diverso; en ciertos aspectos más conectado -en el que hechos muy simples y ciertos modelos han tenido eco en todo el mundo-, y en otros, por el contrario, más sordo por la multiplicación de nacionalismos, de conflictos políticos y religiosos, de guerras y masacres. Descubrir un mundo más conectado no puede hacernos olvidar que es un mundo al mismo tiempo más fragmentado y diverso.

Soy historiador y quiero hablar del trabajo de los historiadores, porque para los historiadores, en los últimos cuarenta años, este choque significó una confusa transformación de prácticas y de perspectivas. Si en los años ochenta, antes del trauma, la Microhistoria había mostrado una fuerte tendencia a la diversidad y la complejidad, la Historia Global en los años más recientes ha tomado el camino de una arqueología de las conexiones, de los cambios y de las influencias recíprocas a nivel mundial. La historiografía en particular ha vivido esta crisis de un modo especial y diferente a lo que ha ocurrido en otros campos de las ciencias humanas: no por casualidad, la Microhistoria era vecina de la antropología y de la literatura y veía con suspicacia las clasificaciones sociológicas; la Historia Global tiene en cuenta, por el contrario, la sociología histórica y sus amplias generalizaciones. Volveré sobre esto más adelante.

Pero no quiero hacer una contraposición entre Microhistoria e Historia Global porque piense que plantean preguntas distintas, sino porque proponen perspectivas diferentes como función científica de la historia y porque difieren por la identificación de cosas relevantes, por métodos y también por significados latamente políticos, y, sin embargo, tienen una estrecha y recíproca relación como dos hermanos en constante conflicto pero inseparables. La Microhistoria en realidad pone en el centro preguntas sobre el funcionamiento de la racionalidad humana que gobierna los comportamientos -y, en este sentido, colinda también con la literatura- y tiene la pretensión de contribuir a la creación y a la crítica de las ciencias humanas en general, en lugar de utilizarlas pasivamente.

Si queremos entender la Microhistoria, podemos decir que parte de una imagen de la historia como la ciencia de las preguntas generales, pero de las respuestas “locales”; es decir, no apunta a generalizar respuestas, sino que, a través de un hecho, un lugar, un documento, un acontecimiento -leídos gracias a una ampliación de escala en un microscopio-, quiere identificar preguntas que tienen un valor general, pero que dan lugar a un amplio espectro de respuestas diferentes. Se emplean, en fin, como método, modelos generativos, elaborados a partir del examen minucioso de una realidad para generar e identificar una pregunta relevante para muchas realidades y que permita y preserve sin embargo las muchas soluciones diversas de casos específicos.

Para aclarar lo anterior, daré ejemplos un poco paradójicos, extraídos de otros campos de las ciencias humanas: una obra musical no se identifica con la partitura sino con el conjunto de las ejecuciones correspondientes a esa partitura. Existen copias y ejecuciones distintas, que cuentan en cuanto son performances particulares1. O bien, el descubrimiento del complejo de Edipo, al que se llegó progresivamente por medio del análisis de sus pacientes, es decir que, por medio del examen de casos específicos que comprenden el propio autoanálisis, permitió a Freud identificar su importancia, así como afirmar su universalidad: “A todo nuevo llegado entre los hombres se le impone dominar el complejo de Edipo”2, pero “al analista le corresponde la tarea de determinar las diferentes posturas adoptadas por el sujeto en el reconocimiento y la resolución de su Edipo”3, porque cada uno carga las distintas consecuencias de su propio complejo de Edipo. Se trata de modelos generativos: el modelo es en realidad una pregunta general que produce formas diversas “que pueden ser explicadas si aceptamos que son el resultado acumulativo de determinado número de elecciones y decisiones de acciones creadas luego de procesos de interacción y reflejan las constricciones y los incentivos con base en los cuales las personas actúan según un proceso de elecciones y limitaciones en cada contexto específico”4. Es entonces tarea del historiador y del antropólogo examinar cada una de las formas concretas en su dinámica y complejidad. Digamos, en resumen, que no se desecha nada de lo general ni de lo específico.

La contraposición entonces entre global y local y entre lo colectivo y lo individual no tiene sentido porque la Microhistoria, aunque utiliza un lugar o una vicisitud individual o un suceso particular, los usa como eso que, reduciendo la escala de observación y concentrando la atención a través de un microscopio, identifica aspectos importantes invisibles a una mirada y a una lectura de grandes dimensiones. La Microhistoria, de hecho, nació como crítica de las generalizaciones simplificadoras e inmóviles del estructural funcionalismo, e incluso como crítica política de los automatismos sociales de las lecturas y de las conceptualizaciones sociológicas del tipo “la clase obrera es de izquierda”. ¿Qué es una clase, qué es un obrero, qué es la izquierda? Era necesario mirar adentro5.

Es quizás inevitable que, con el tiempo, se haya usado el término microhistoria de modo diferente, poniendo el énfasis sobre las cosas pequeñas, sobre lo local, o identificando la propuesta con cada variación de escala con la que se observaban los fenómenos. Pero se perdía así el aspecto innovador de un método que se proponía poner en evidencia eso que no aparecía sin un lente de aumento. No obstante, el mundo incierto de los últimos treinta años de alguna manera ha puesto en aprietos a los historiadores: la muerte de las grandes narraciones, en crisis el mundo de los Estados-nación, la caída de las Torres Gemelas, la prevalencia de las finanzas sobre la producción, la profundización de la desigualdad y la mirada de nuevos incontrolados centros “imperiales”, el relativismo postmoderno, los nuevos medios de comunicación que pueden crear bancos de datos gigantescos y que alejan a los historiadores de la relación directa con los archivos, el fin de la historia o el choque de civilizaciones han allanado confusamente la vía a los intentos de darle de nuevo vigencia al oficio de los historiadores. Se multiplicaron así las propuestas de nuevos campos o de nuevas perspectivas, pero -como lo ha subrayado Peter Burke6- sin verdaderas novedades metodológicas: la historia ambiental, la historia atlántica, la historia cultural, el giro lingüístico (linguistic turn), la historia de género, la historia de las emociones, la nueva concepción de la historia cultural, los estudios poscoloniales, con un progresivo debilitamiento de la historia social y de la historia de las ideas. Nuevos e importantes campos, pero no nuevos métodos.

La Historia Global nace en este período y tiene naturalmente un origen y unas exigencias del todo distintos a los de la Microhistoria. El cuadro político y cultural en que surge es la crisis de los Estados-nación, la crítica del eurocentrismo, el aumento de la desigualdad, la dimensión de las olas migratorias y de la movilidad de la población en general, la importancia de todas las realidades antes consideradas “sin historia”, la búsqueda arqueológica de las relaciones y de los intercambios que han hecho parte de una progresiva y ardua conexión que ha prefigurado el actual mundo globalizado. En realidad pone el acento en las convergencias y en las influencias recíprocas, en la permeabilidad y la debilidad de los límites, incluso cuando están rígidamente tutelados, más que en las consecuencias negativas a lo largo de los siglos de aprovechamiento colonial, de los intercambios desiguales, de la agresiva aniquilación de culturas y tradiciones. Sin embargo, poner en evidencia un mundo desde siempre conectado y cada vez más rico en relaciones es una importante propuesta para la historiografía de hoy. La historia no está hecha de unidades aisladas que se transforman autónomamente.

Pero superar el eurocentrismo no es tan simple: en general la Historia Global se ha desarrollado en Estados Unidos, en Inglaterra y en Europa con consecuencias paradójicas. Los países que criticaban el eurocentrismo eran países que habían tenido el máximo desarrollo, y la idea eurocéntrica por excelencia era su preeminencia en los últimos tres siglos. La pregunta frecuente fue: ¿por qué esta preeminencia? ¿Por qué otras regiones, que habían conocido grandes progresos en el pasado, el mundo musulmán o la China, por ejemplo, habían quedado rezagadas? Creo que es muy importante tener presente las consecuencias políticas de una idea precisa de una lectura global de la historia que al final termina con una exaltación de la superioridad política, económica y cultural de Occidente, y que en la mayoría de los casos tienen como tema la relación de Occidente con los demás. Tanto más si se tiene en cuenta que en los últimos años, esta idea de superioridad en sociedades que viven una crisis política y social ha tenido y seguirá teniendo fuertes consecuencias políticas y culturales. Es cierto que la Historia Global sugiere que las contribuciones de los otros han sido importantes para el desarrollo de Occidente con su ciencia, sus técnicas, su materia prima y la mano de obra esclava o libre que han aportado, pero la Historia Global se traduce precisamente en la exaltación de las áreas que han triunfado. Por supuesto, también los otros han tenido una historia que es justo e importante conocer, pero es una historia que agrega importantes detalles al triunfo del capitalismo occidental, con sus méritos y sus culpas, que sugiere sin embargo un teleologismo políticamente peligroso, esclarecido mejor con la presencia de la contribución de los demás.

Pero ¿cómo recuperar el valor de historias diferentes? No es una casualidad y no es positivo que los estudios poscoloniales hayan a menudo visto una adhesión acrítica a una visión exótica de todo aquello que no es Occidente por parte de aquellos que Subrahmanyam llama irónicamente los demi-savants postcoloniaux (“medio sabios poscoloniales”)7, como si fuese posible encontrar en la sociedad y en las culturas no occidentales el contrario absoluto de los caracteres de la modernidad occidental: el Grupo de Estudios Subalternos (Subaltern Studies), después de haber sugerido justamente provincializar a Europa, cayó luego en una exaltación improbable de la diferencia absoluta de la específica tradición india como extraña al capitalismo, una posición con justa razón criticada, dadas sus exageraciones, por ejemplo, por parte de Vivek Chibber en un libro muy convincente8. Al final, la lectura que pone en evidencia con excesivo énfasis los aspectos positivos de la globalización, así como la que solamente ve los aspectos negativos, no le hacen un bien a la historia.

Y luego está el centrismo euroestadounidense: estudiar a los otros y su historia es, claro, importante y noble, pero precisamente no significa abandonar la historia de Occidente sino integrarla en una serie significativa de conexiones y relaciones a menudo bastante olvidadas. Provincializar quiere decir integrar, más que contraponer, porque si no corremos el riesgo de olvidar que sabemos muy poco sobre la historia del capitalismo y de la democracia, tanto que muy a menudo se ha dado por descontada la legitimidad de imponer nuestra democracia, sin autocrítica sobre los límites y sobre el progresivo y frecuente viraje hacia el autoritarismo. ¿Es de verdad la gobernabilidad más importante que la representatividad, como se ha afirmado en las leyes electorales de muchos países europeos, o los pretendidos intereses nacionales cuentan más que el bien común de los ciudadanos?

Muchas características de la historia global no son del todo nuevas, naturalmente. Y esto ha creado la dificultad de dar una definición clara y ha propiciado una multiplicación de categorías diferentes de difícil determinación: geohistoria, big-history (“gran-historia”), historia transnacional, world history, historia conectada (connected history), historia cruzada (histoire croisée), glocal history, historia atlántica, entre otras. Esos que se definen a sí mismos como cultores de la Historia Global le han dado unas caracterizaciones diferentes, creando a menudo definiciones de negación: eso que la Historia Global no quiere ser o no debe hacer. La definición más amplia es aquella que rechaza el centrismo euroestadounidense, que cree superada una historiografía basada en el Estado-nación, que sugiere la idea de que se debe hacer una historia que no imagina que las transformaciones vienen generadas sólo de una dinámica interna, sino que todo debe verse como resultado también de complejos entrelazamientos relacionales externos al punto de observación, poniendo en el centro del interés los intercambios, los vínculos, los flujos.

Entonces, una superación de la historia comparada y de la historia transnacional, que tienden a descubrir elementos comunes y diferencias entre realidades de algún modo encerradas en sí mismas, y, al contrario, una visión distinta de los imperios y de los sistemas de áreas jerarquizadas de la economía-mundo, según el modelo de Immanuel Wallerstein, o los sistemas culturales en conflicto en el choque de civilizaciones según áreas religiosas o étnicas: todas estas lecturas son rechazadas justo por la parte más positiva de la Historia Global, que pone el énfasis en las complejas relaciones entre las situaciones conectadas que se modifican precisamente en esta mezcla de asimetrías, que se integran y se transforman estructuralmente a un nivel global. Un mundo de una manera u otra imprevisible, móvil, fluido, en continua transformación y sin embargo interconectado. Es evidente, entonces, que la Historia Global no quiere elaborar una historia universal, sino mostrar cómo la historia se desarrolla de modo complejo a través de influencias recíprocas, relaciones positivas o negativas, en las que no existe un centro que pueda ser aislado como único actor determinante, incluso en situaciones de jerarquización y de violencia, de superioridad económica y tecnológica, de visibilidad particularmente evidente.

Estas distinciones me parecen entonces las características de la Historia Global: al mismo tiempo sugerencias positivas y, sin embargo, en el fondo, objeto del trabajo de los historiadores desde hace mucho tiempo9. Y creo que nos debemos preguntar sobre las motivaciones de tanto ruido, de tanta atención. Y, al mismo tiempo, qué consecuencias negativas podría tener sobre la historiografía en general. Me parece, en suma, que el clamor en torno a esta perspectiva, el flujo de financiamientos y una atención continuamente estimulada implican a menudo un sentido político ambiguo y forzado de indagar.

Por supuesto, todo esto ha estimulado mucho la investigación sobre los otros marginados de la historia de los Estados-nación, aunque en estos últimos años, especialmente los países africanos y asiáticos, multiplican, en el fondo, en una polémica con el eurocentrismo, la historia nacional. Y es, por supuesto, una importante novedad muy positiva. Sin embargo, esos que hacen referencia a la Historia Global no parecen innovar verdaderamente o más aún producir una novedad cuantitativa más que cualitativa, y proponer formas de integración y creación de sistemas de modo más bien teleológico, confirmando imágenes de progreso, modernización e integración que sugieren quizás involuntariamente una necesidad costosa pero teleológicamente inevitable. Si intentamos hacer una clasificación, podemos encontrar estudios sobre el papel y la difusión de una materia prima o de un producto: el azúcar, el algodón, el maíz, el bacalao, la papa, el café, la seda, etcétera. Pero no se trata de una novedad, y la expresión “una historia global”, que encontramos en los últimos años, no aparecía antes en la presentación de estudios análogos.

Los estudios sobre los intercambios comerciales, la difusión de tecnologías, la influencia cultural a larga distancia, las relaciones pluridireccionales entre continentes, han renunciado sólo parcialmente al eurocentrismo. Los estudios que miden el encuentro cultural durante la época colonial, entre países imperialistas y pueblos colonizados, o el encuentro de religiones diferentes y su pacífica o conflictiva relación, tienen a sus espaldas una larga tradición. Quizás son más innovadores los estudios que narran los hechos de personas que se mueven en extensos espacios participando en distintas culturas, pero en el fondo pertenecen más a la Microhistoria, o al menos a la historia conectada (connected history), que a la Historia Global10. Pues, por supuesto, una Historia Global que cubra vastas dimensiones, formas culturales diversas, imágenes del mundo incompatibles, presenta obstáculos difíciles de superar; en los últimos, en primer lugar, los lingüísticos y los documentales, etcétera. Detengámonos un momento.

La cultura de los historiadores occidentales se basa en métodos de lectura y de aprovechamiento del material documental que tienen una larga tradición. Las fuentes mismas tienen modos de construcción y de conservación específicos. El sentido mismo de la historicidad y de la temporalidad ha tenido recorridos muy diferentes. Y una historia en la búsqueda de conexiones, de los intercambios y de las influencias debe ante todo afrontar el problema que suponen estas dificultades, no sólo culturales y lingüísticas, sino también documentales. Debe elaborar una documentación a menudo totalmente nueva que haga hablar igualmente culturas ricas en documentos escritos y culturas que conservan de modo distinto la memoria del pasado y que lo interpretan a partir de modelos diferentes. Me parece, de hecho, que lo que sugiere ante todo una perspectiva global es buscar dar la palabra a todas las partes que entran en conexión en el ámbito que el historiador quiere reconstruir. Eso que justamente en un libro importante Romain Bertrand ha llamado “L’histoire à parts égales” (“la historia a partes iguales”)11, una propuesta que sin embargo ha resultado muy difícil de llevar a cabo en el libro siguiente, Le long remords de la conquête12, en cuyo punto de vista y en la documentación portuguesa dejan en la sombra y en el silencio -“le silence des sorcières”, el silencio de las brujas-, como fantasmas, a los protagonistas filipinos y su punto de vista. Me parece entonces que se deben examinar al menos tres problemas apenas afrontados cuando se habla de Historia Global: el tiempo, el espacio, el documento (es decir, la definición misma de historia).

El espacio en la Historia Global es en general amplio, por el hecho evidente de que la relación y la conexión sugieren que no nos debemos concentrar en un punto, sino en una red de hechos, de lugares y de relaciones que iluminan las conexiones de alguna u otra forma significativas. Si intentamos confrontar casos de libros importantes que se declaran de Historia Global con otros casos que prescinden de esta definición, pero que corresponden mejor a una definición de Historia Global, parecerá claro al lector cuánta indeterminación hay todavía. Tomemos el libro de Sven Beckert Empire of Cotton. A Global History13, un libro muy importante y rico pero no metodológicamente innovador. Es además una historia in crescendo, a su manera narrativamente fascinante. ¿Pero es una historia global? El espacio tratado es ciertamente el mundo: todos nos vestimos de algodón. Pero el algodón es tratado un poco como en la historia tradicional, en la que eran los reyes los protagonistas de todo. Y así, el algodón se vuelve protagonista único, en primer lugar sin suficientes referentes a la interacción con otros sectores productivos. Claro, no se puede hablar de todo, pero la hiladora mecánica, por ejemplo, como lo ha demostrado Carlo Poni14, existía desde hace más de un siglo en las fábricas de seda cuando fue introducida por los algodoneros, y, por lo tanto, no es la genialidad de los inventores ingleses sino la capacidad de usarla y difundirla de los industriales del algodón lo que resulta importante, aunque contribuyeron a esta revolución importantes precursores y otros elementos, como la seda y la lana.

El algodón había encontrado un mercado nuevo: el de los pobres de los países cálidos y el de los países de millones de esclavos donde Inglaterra no permitía un desarrollo manufacturero local. Y los protagonistas de la Revolución Industrial, que en este libro parecen reducidos a los Estados, a los industriales y a su mano de obra, eran además la actividad minera del hierro y del carbón, y la difusión de las plantas leguminosas productoras de fertilizantes nitrogenados en las rotaciones agrícolas, y del maíz y de las papas que habían acrecentado los productos alimentarios; y, por lo tanto, la revolución agrícola que había liberado mano de obra y disminuido los precios de una producción abundante en géneros de subsistencia. Y estos son sólo ejemplos de los contextos útiles para comprender el papel del algodón. Me parece, de hecho, que es impropia y dictada por la moda la definición de “historia global” para una materia prima y un producto que tienen sin embargo una importancia mundial. Porque una historia global se construye justamente a partir de una lectura novedosa de conexiones entre tecnologías, personas, capitales, trabajadores, y no es evidente a priori como protagonista global sólo porque se expanda, como ocurre con el algodón, en un ámbito mundial.

Una propuesta que permanece en la memoria de la historiografía de los años pasados (Fernand Braudel, Nathan Wachtel, Denys Lombard), esa de la historia total, me parecería más significativa de una voluntad de leer las infinitas ramificaciones de causas y efectos; más útil para evitar la confusión entre globalización e Historia Global, pero también para imaginar la globalidad de los hechos históricos que estudiamos, en el sentido de buscar la máxima cantidad de elementos de las redes de conexiones y la máxima posibilidad de explicar las eventuales fracturas de una parte de esta red, y ver ahí en el tiempo la modificación: una historia total que, concentrada en un punto pequeño o grande, extrae al mismo tiempo los aspectos políticos, sociales, económicos y culturales. Y tomaré un ejemplo que me parece extraordinario, por cuanto ilumina el significado de una historia total: la obra de Nathan Wachtel.

Wachtel tiene una preocupación particular por el espacio. Al contrario del espacio elegido por la Historia Global, su espacio puede ser muy limitado pero descrito y estudiado microscópica y regresivamente, “une histoire régressive”, como el de los Urus en el altiplano boliviano15, o, por el contrario, puede ser el espacio dramáticamente dilatado de los movimientos de los judíos marranos de Portugal a São Paulo, en Brasil, y de São Paulo al sertão, en la infortunadamente a menudo vana búsqueda de lugares donde fuera posible sustraerse a la persecución inquisitorial. Los personajes biografiados en La foi du souvenir16 se mueven por Europa y más allá del Atlántico en una dramática y apurada huida, mientras que el mundo de los Urus, en lugar de favorecer los contactos entre pueblos vecinos, separa Chipaya y Moratos, por lo demás en relación de sujeción y aprovechamiento con los Aymara y con los colonizadores españoles. Una red compleja de conexiones y de violencia.

Que en torno a todo hecho histórico, a toda situación, esté todo el mundo es evidente, a menos que no se reduzca la Microhistoria a la historia local, aislada del contexto. Pero la lectura en el microscopio, con una amplificación de la escala de observación, es el modo por medio del cual los historiadores mantienen su contacto con la documentación y con los archivos, y así son capaces de formular lecturas y preguntas nuevas. Es semejante a esperar que si a un historiador le cae en la cabeza una manzana, a partir de este hecho podría llegar a la formulación de la ley de la gravedad. Justamente Sanjay Subrahmanyam observa que, “como todos los historiadores, yo estoy ligado a los lugares y a los espacios particulares y mi saber es resultado directo de una formación en la lectura de textos, de archivos y de imágenes […] La historia global no está destinada a sustituir la historia hecha a escala regional, nacional o continental, sino a complementarla”. Y añade: “no es posible escribir una historia global desde ninguna parte”17.

Pero también el tiempo, una específica concesión de la temporalidad histórica, que Wachtel define como “los cruzamientos de las dimensiones temporales” (les croisements des dimensions temporelles)18, es central, aunque la Historia Global se arriesga a menudo a insertarlo en un cuadro sincrónico no sólo de las situaciones involucradas en la red de relaciones estudiadas, sino también de las causas y de las interpretaciones que por el contrario tienen tiempos diferentes y, por lo tanto, sentidos diferentes que explican sus acciones y reacciones distintas. En dos sentidos: en primer lugar, el mismo tiempo cronológico tiene significados y velocidades diversos para los hombres, lo que determina así una causalidad distinta en la que se mezclan sucesos acaecidos en momentos diferentes que son la causa compleja de los presentes en los que los hombres viven: se podría hablar de la atemporalidad, como en los sueños, y en todo caso, de la cronología desordenada de estos que es relevante para influir en cada presente. Y, en segundo lugar, la plasticidad imprevisible de la memoria en el transcurrir del tiempo y de la memoria como arraigo mental, además de territorial, y como base de la ética de la responsabilidad de cada uno, o incluso de cada grupo: sus transformaciones y sus huellas que se pueden encontrar y que permiten volver a dar sentido a una narración del pasado múltiple, no lineal y no exclusivamente fáctica. Y, por esto, la relación entre documento escrito y huella residual en la realidad de hoy es de extraordinaria importancia en el trabajo de Wachtel y explica la ventaja de significados y de posibilidades vividas en el marranismo.

Es una refutación de la célebre afirmación de Sigmund Freud, que consideraba que sólo los analistas podían sacar a la luz las causas históricas expresadas en los fragmentos de recuerdos, las asociaciones y las activas manifestaciones del analizado:

“El trabajo de construcción [del analista] o, si se prefiere, de reconstrucción, revela una estrecha similitud con la del arqueólogo que desenterrará una ciudad destruida y enterrada o un antiguo edificio. Los dos trabajos serían en realidad idénticos, si no fuera porque el analista opera en mejores condiciones […] porque dispone también de un tipo de material que no tiene equivalente en las excavaciones arqueológicas; tal es, por ejemplo, el caso de la repetición de reacciones que tienen origen en épocas remotas […] Quien hace una excavación tiene que vérselas con objetos destruidos de los cuales sin duda grandes e importantes pedazos se perdieron […] Pero ocurre algo distinto con el objeto psíquico del cual el analista quiere hacer emerger la historia pasada […] Todo lo esencial se conserva, incluso aquel que parece completamente olvidado está todavía presente de alguna manera […] sólo que está enterrado, inaccesible para el individuo. Lograr traer a la luz por completo el material escondido es solamente un problema de técnica analítica”19.

Suena parecida, pero retocada, la descripción del trabajo de Nathan Wachtel: los residuos, completamente modificados, traen de nuevo a la luz una historia profunda aparentemente perdida a través de la observación en el microscopio de una documentación de muchos tipos, en la reconstrucción de una historia total.

¿Pero con qué documentación se trabaja en la Historia Global? Muy a menudo prevalecen los documentos de los archivos occidentales, ricos en noticias sobre el mundo de los otros, pero siempre leídas a través de una cultura y un punto de vista que no permiten verdaderamente hacer hablar al mismo nivel culturas diferentes. Por supuesto viajeros, misioneros, funcionarios civiles y militares de las potencias imperiales han hecho lecturas, que podríamos llamar etnológicas, del mundo que han encontrado. Sin embargo, por muchas razones, estamos lejos de una lectura “a partes iguales”. Claro, hay límites de conocimientos lingüísticos y de conocimientos culturales que sólo en casos extraordinarios pueden ser superados, como veremos un poco más adelante. Pero la misma formación profesional de los que cultivan la Historia Global produce inconscientes deformaciones y homologaciones impropias, que son uno de los puntos más discutidos, por ejemplo, por los autores del Grupo de Estudios Subalternos (Subaltern Studies) y de la historia postcolonial20.

Un punto de vista inteligente y equilibrado es la historia conectada de Sanjay Subrahmanyam, que subraya con fuerza la necesidad de mantener una relación estrecha con la documentación archivística de todas las áreas comprometidas en la investigación, buscando además una documentación específica producida por culturas diferentes, y que no nos debemos concentrar sólo en los últimos siglos para entender cómo las características del mundo asiático precolonial son fundamentales en sí mismas, y para interpretar la evolución subsiguiente. Es necesario, por lo tanto, darse cuenta de que los resultados de los conflictos entre los imperios colonizadores habían sido “influenciados por fuerzas y circunstancias locales”. En el caso del Imperio portugués en Asia, la transformación de los Estados asiáticos desde el punto de vista político y económico explica la crisis del papel portugués entre 1500 y 1700, junto al conflicto con holandeses e ingleses: “sin la Compañía de Jesús y la producción de oro y plata japonesa, la historia de los portugueses en Asia en el siglo XVI y XVII se habría escrito de un modo completamente distinto”21.

El libro de Velcheru Narayana Rao, David Shulman y Sanjay Subrahmanyam Textures of Time: Writing History in South India (1600-1800) da cuenta, con un indiscutible método microhistórico, de cómo tres sucesos fueron documentados y confrontados “por diferentes tipos de textos, algunos históricos y otros no”22. En este mismo libro, y también en otra parte, Subrahmanyam hace dos críticas implícitas a la Historia Global: la primera es la de haberse dedicado especialmente a los tres últimos siglos, cuando la preeminencia de Occidente se consolidó. Pero sobre todo que la historia de la India precolonial debe escribirse sabiendo que se encuentra en una cultura historiográfica y documental del todo distinta de la occidental. Es necesario entonces usar el concepto clave de texture, observar cómo una muestra de hechos es leída a través de distintos tipos de textos, “una serie de características de tejido, unas gramaticales, otras lexicales, otras incluso contextuales, más que puramente lingüísticas, ayudan al lector o al oyente a que su oído se familiarice con el texto y reconozca la verdadera intención”23.

Es necesario, en suma, escuchar con atención la texture de cada texto, las nociones de conexiones entre los hechos narrados, de causa y de temporalidad, para percibir el efecto que quieren producir siguiendo un abanico de criterios posibles, las nociones de causalidad que utilizan, los contextos en los que se inscribe la tarea historiográfica, los modelos temporales a veces concurrentes.

No es entonces una oposición entre longue durée o short past, como por el contrario sostienen Guldi y Armitage, que en todo caso no hacen una referencia explícita a la Historia Global24, porque los tiempos se confunden según los problemas que los historiadores están estudiando, y las causas de los hechos mezclan causas distantes o próximas, distancias temporales contradictorias y diversas.

Contraponiéndose a la perspectiva de Guldi y Armitage, por una parte, y a la Historia Global, por otra, siendo muy irónico con respecto a su indeterminación, incoherencia y banalidad, Patrick Boucheron repropone una histoire-monde (“historia-mundo”) sensible a las modificaciones del contexto en el tiempo, pero siguiendo una línea que parte de Michelet y, a través de Febvre y Braudel, arriba al mundo globalizado de hoy. Llega, entonces, con dos libros experimentales colectivos, a controvertir la ilusión de una historia del mundo como totalidad y, al contrario, a ver la historia-mundo como “todo un mundo de historias” no directamente interconectadas más allá de la imagen que el lector se hace25. En el primero, Histoire du monde au XVe siècle26, reúne hechos relevantes ocurridos en todo el mundo, evitando así la imagen de una longue durée coherente y teleológica, y mostrando la utilidad de un trabajo colectivo para afrontar una historia del mundo.

En el segundo, Histoire mondiale de la France27, le otorga legitimidad a una historia localizada, mostrando que eso que se debe refutar no es tanto la historia del Estado-nación, sino el concepto deletéreo de identidad que desemboca en la defensa de una cultura francesa definida a partir de un derecho a la diferencia y a la especificidad: la historia de Francia no debe ser la historia de una Francia siempre idéntica a sí misma, pero debe explicar cómo la historia de Francia se esclarece a través del mundo, a través de las diversidades que la componen y las relaciones que la condicionan y la modifican. Estas son obras colectivas en algún modo gobernadas sólo por la cronología y escritas por expertos en aspectos y hechos específicos, y especialmente expertos en diferentes fuentes y en diferentes lenguas, y no a través de bancos de datos neutros, como al contrario sugiere, como destino positivo de la historia en la nueva sociedad tecnológica, The History Manifesto28.

Pero Subrahmanyam, que ciertamente es un modelo extraordinario y difícilmente alcanzable, incluso por su asombroso conocimiento lingüístico y archivístico, se define sobre todo como un historiador de las conexiones entre sociedades diferentes, más que como cultivador de la Historia Global. Su preocupación consiste en indagar el carácter político y social complejo de las sociedades distintas de las de Europa antes de la llegada de los europeos, para comprender también su papel activo en el proceso de encuentro y en sus consecuencias. Por lo demás, resulta similar a lo que propone Serge Gruzinski para América Latina29. Y me parece que muy a menudo esta atención sutil a los archivos, las fuentes y los aspectos particulares de hechos concretos tiene un parentesco estrecho con la microhistoria y representa el verdadero progreso metodológico y cognoscitivo con respecto a las grandes relecturas a vuelo de pájaro de una Historia Global que a veces recorre grandes bases de datos y síntesis de búsquedas bibliográficas. No por casualidad, la connected history y la Microhistoria tienen muchos parentescos con la antropología, que no ha interesado a la Historia Global, más cercana a las síntesis simplificadoras de la sociología (Charles Tilly, Barrington Moore). Pero, para decirlo en las palabras del gran e irónico etnohistoriador John Murra, “con los sociólogos no somos ni amigos ni colegas”30.

Vemos entonces a cuáles conclusiones podemos llegar. En la base de esta discusión hay un tema que ha interesado a las ciencias sociales en general: el problema del papel de la racionalidad humana. Tomemos el ejemplo de la teoría económica: después de una progresiva elaboración de una ciencia económica fundada en la idea de una relativa uniformidad de los comportamientos basada en la utilidad, tras la posguerra, al problema de la dificultad de conservar esta uniformidad se dedicaron muchas investigaciones para intentar controlar la variabilidad de los comportamientos humanos. Por ejemplo, la función de consumo de Keynes -según la cual los gastos por consumo son principalmente determinados por la renta, aceptada comúnmente y contradicha por los hechos luego de la segunda posguerra mundial- es discutida por Duesenberry, que afirmaba que podemos así suponer que los gastos de consumo de las familias dependen de su renta, pero que, de hecho, la forma de estas relaciones está gobernada por las características de comportamiento de los individuos y por factores institucionales, como las leyes y las costumbres. Por esto, las relaciones que buscamos son inmutables respecto de todas las variables, a excepción de estos factores psicológicos o institucionales31. De cualquier manera, iba en una dirección opuesta a las lecturas globales para buscar reconstruir la teoría enfrentando las variables relaciones entre economía y psicología.

A esto lo siguieron cincuenta años de discusión sobre el problema de la racionalidad, su relación con la información (Herbert A. Simon), con la incertidumbre (L. J. Savage), con la racionalidad limitada (J. Elster), etcétera32. No quiero detenerme sobre esto sin decir que los historiadores han trabajado poco en una teoría de la racionalidad de los comportamientos, que por el contrario se ha convertido en un tema central de la economía (Sen, que pasa de la econometría a la filosofía moral; Tversky, Kahneman, psicólogo pero premio Nobel de Economía; Albert O. Hirschman, Richard H. Thaler, premio Nobel de 2017 por su contribución a la economía del comportamiento, etcétera), y también de los antropólogos e incluso de los sociólogos. Y era este uno de los temas de la microhistoria que implicaban un análisis de las decisiones, de las interacciones, de las influencias, de las negociaciones, de las estrategias, entre otros. Me parece que este retraso queda muy en evidencia en la Historia Global, lo que lleva a cierto determinismo en el que a veces elementos casuales, como la presencia de recursos naturales (minas de carbón o canales navegables), hacen prevalecer ciertas áreas del mundo sobre otras, como se puede constatar, por ejemplo, en uno de los libros más influyentes y ejemplares de la reciente historia comparada, e incluso de la Historia Global: la discusión de la “gran divergencia” en el libro basilar de Kenneth Pomeranz33.

Hay entonces mucha confusión alrededor de la Historia Global. Una óptima ayuda para orientarse en este debate es el libro de Sebastian Conrad What Is Global History?34, que se esfuerza por definirla en su especificidad, en contraste con las numerosas historias que se declaran globales. La bibliografía examinada es muy rica, pero la impresión final es de un profundo escepticismo por parte del autor, además de la esperanza que se deja de ver en la historia global en cualquier investigación, que utiliza la palabra como chambrana. La última frase del libro muestra la necesidad de salir de esta confusa moda: “La desaparición progresiva de la retórica de lo global terminará por anunciarnos, irónicamente, el triunfo de la historia global como paradigma”35.

Y mientras tanto hay un sustancial y cada vez más evidente acercamiento entre lo Global y la Microhistoria, como sostienen, por ejemplo, Francesca Trivellato o Romain Bertrand o John-Paul Ghobrial, y también, en el fondo, Wachtel y Subrahmanyam, los dos historiadores a los que se ha dedicado especial atención en este artículo. Pero como en todo lo que se refiere a la historiografía, siempre debemos preguntarnos por qué en este momento surgió esta perspectiva, por qué se desarrolla en los países que han creado una historiografía que celebraba el triunfo de Occidente y el progreso del mundo capitalista. Estamos, de hecho, en presencia de una autocrítica del eurocentrismo y de la historiografía de los Estados-nación, mientras en China, en India, en África, se están construyendo nuevas historias que se definen como globales, pero que están basadas en la centralidad y en la especificidad nacional, en la identificación de nuevos centros. Bienvenida sea la historia global, atenta al carácter global de lo micro y de lo macro, pero, espero, muy cautelosa con los contextos imperiales en los que nace la moda de lo global.

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Cómo citar: Levi, Giovanni. “Microhistoria e Historia Global”. Historia Crítica n.° 69 (2018): 21-35, https://doi.org/10.7440/histcrit69.2018.02

* Traducción del italiano elaborada por Fredy Javier Ordóñez, editor en Ediciones Milserifas. Filosofo de la Universidad de los Andes Colombia.

1Nelson Goodman, Languages of Art. An Approach to a Theory of Symbols (Indianápolis/Nueva York/Kansas City: The Bobbs-Merrill Company, 1968), 186-191.

2Sigmund Freud, “Nota aggiunta nel 1920”, en una edición posterior, el tercero de los Tre saggi sulla teoria sessuale (en alemán, Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, [1905]), en el parágrafo “La barriera contro l'incesto”, en Opere, vol. 4. 1900-1905 (Turín: Bollati Boringhieri, 1970), 531.

3“Complexe d’Oedipe”, en Vocabulaire de la Psychanalyse, editado por J. Laplanche y J.-B. Pontalis (París: Quadrige, 1998 [1967]), 80.

4Fredrik Barth, “Models of Social Organisation”, en Process and Form in Social Life. Selected Essay of Fredrik Barth, vol. I (Londres/Boston/Henley: Routledge & Kegan Paul, 1981), 32-47. El tema de los modelos generativos luego se retoma en ‘Models’ Reconsidered, 76-104.

5La referencia es sobre todo a Edward P. Thompson, The Making of the English Working Class (Londres: Victor Gollancz Ltd., 1963), y a Maurizio Gribaudi, Mondo operaio e mito operaio (Turín: Einaudi, 1987).

6 Peter Burke, What Is Cultural History? (Cambridge: Polity Press, 2004), 130-142.

7Sanjay Subrahmanyam, Nella prefazione all'edizione francese (París: Seuil, 2004), y de Velcheru Narayana Rao, David Shulman y Sanjay Subrahmanyam, Textures of Time: Writing History in South India 1600-1800 (Nueva York: Other Press, 2002).

8Vivek Chibber, Postcolonial Theory and the Specter of Capital (Nueva York/Londres: Verso, 2013). Después de este libro, muy crítico del Grupo de Estudios Subalternos (Subaltern Studies), hubo una confrontación a más voces editado por Rosie Warren, The Debate on Postcolonial Theory and the Specter of Capital (Londres/Nueva York: Verso, 2017). Como es natural entre aquellos que hacen parte del Grupo de Estudios Subalternos, sus posiciones no siempre coinciden, pero todos se refieren a las posiciones definidas en 1997 por Ranajit Guha, Dominance without Hegemony: History and Power in Colonial India (Cambridge: Harvard University Press, 1997), y por Dipesh Chakrabarty en Provincializing Europe (Princeton: Princeton University Press, 2000). Sin embargo, estas posiciones se han acentuado progresivamente, sobre todo en Dipesh Chakrabarty y Partha Chatterjee, hasta llegar a sugerir una impermeabilidad de la India al capitalismo que me parece lejana de la lectura gramsciana de Guha.

9Patrick Boucheron, “L’entretien du monde”, en Pour une histoire-monde, editado por Patrick Boucheron y Nicolas Delalande (París: PUF, 2013), 5-23.

10Ghobrial John-Paul A., “The Secret Life of Elias of Babylon and the Uses of Global Microhistory”. Past & Present 222 (2014): 51-93, https://doi.org/10.1093/pastj/gtt024; Francesca Trivellato, The Familiarity of Strangers. The Sephardic Diaspora, Livorno and Cross Cultural Trade in the Early Modern Period (Nueva Haven-Londres: Yale University Press, 2009), y Francesca Trivellato, “Is There a Future for Italian Microhistory in the Age of Global History?”. California Italian Studies 2, n.° 1 (2011): 1-26.

11Bertrand Romain, L’histoire à parts égales. Récits d’une rencontre Orient-Occident (XVIe-XVIIe siècle) (París: Seuil, 2011).

12Bertrand Romain, Le long remords de la conquête (París: Seuil, 2015).

13 Sven Beckert, Empire of Cotton. A Global History (Nueva York: Penguin Random House, 2014).

14Carlo Poni, La seta in Italia. Una grande industria prima della rivoluzione industriale (Bolonia: Il Mulino, 2009).

15Nathan Wachtel, Le retour des ancêtres. Les Indiens Urus de Bolivie XXe-XVIe sièecle. Essai d'histoire régressive (París: Gallimard, 1990).

16De Nathan Wachtel puede consultarse: La foi du souvenir. Labyrinthes marranes (París: Seuil, 2001); La logique des bûchers (París: Seuil, 2009); y Mémoires marranes (París : Seuil, 2011).

17Sanjay Subrahmanyam, Aux origines de l’histoire globale (París: Collège de France/Fayard, 2014), 62-63.

18Wachtel, Le retour, 20. También “Beiheft 6: History and the Concept of Time 1966”. History and Theory 6 (1996): 1-78, que reúne ensayos de Arnaldo Momigliano, Chester G. Starr, Elisabeth L. Eisenstein, Siegfried Kracauer y Jörn Rüsen, ed., Time and History. The Variety of Cultures (NuevaYork/Oxford: Berghahn Books, 2007).

19Sigmund Freud, “Costruzioni nell'analisi (Kostruktionen in der Analyse, 1937)”. Opere 11 (1979): 533-534.

20Vinayak Chaturvedi, ed., Mapping Subaltern Studies and the Postcolonial (Londres/Nueva York: Verso, 2000), y, especialmente, Velcheru Narayana Rao, David Shulman y Sanjay Subrahmanyam, Textures of Time: Writing History in South India 1600-1800 (Nueva York: Other Press, 2002).

21Sanjay Subrahmanyam, The Portuguese Empire in Asia, 1500-1700: A Political and Economic History (Londres/Nueva York: Longman, 1993), 362.

22Velcheru Narayana Rao, David Schulmann y Sanjay Subrahmanyan, Introduccion a Textures du temps. Ecrire l’Histoire en Inde (París: Seuil, 2004), 10.

23Textures du temps,10.

24 Jo Guldi y David Armitage, The History Manifesto (Cambridge: Cambridge University Press, 2014).

25 Boucheron, L’entretien, 23.

26 Patrick Boucheron, ed., Histoire du monde au XVe siècle (París: Fayard, 2012).

27 Patrick Boucheron, ed., Histoire mondiale de la France (París: Seuil, 2017).

28 Guldi y Armitage, The History, 7-13.

29 Serge Gruzinski, “Faire de l’histoire dans un monde globalisé”. Annales. Histoire, Sciences Sociales LXVI (2011/4): 1081-1091.

30Correspondencia personal (septiembre de 1989).

31James S. Duesenberry, Income, Employment, and Public Policy (Nueva York: W.W. Norton & Company, Inc., 1948), 54-81. Una consideración que luego dio pie a un amplio debate, y, según mi opinión, dio inicio a la posterior investigación de los economistas sobre el problema de la racionalidad humana.

32Sobre el debate siguiente, la introducción al volumen editado por Luis-André Gérard-Varet y Jean-Claude Passeron, Le Modèle et l'Enquȇte. Les usages du principe de rationalité dans les sciences sociales (París: l'EHESS, 1995), 9-33.

33 Kenneth Pomeranz, The Great Divergence. China, Europe and the Making of the Modern World Economy (Princeton: Princeton University Press, 2000).

34 Sebastian Conrad, What Is Global History? (Princeton: Princeton University Press, 2016).

35 Conrad, What Is, 209.

Recibido: 24 de Octubre de 2017; Aprobado: 16 de Diciembre de 2017

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