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Historia Crítica

Print version ISSN 0121-1617

hist.crit.  no.70 Bogotá Oct./Dec. 2018

http://dx.doi.org/10.7440/histcrit70.2018.01 

Dossier

El reto de las historias conectadas*

The Challenge of Connected Histories

O desafio das histórias conectadas

Carmen Bernand** 

**Profesora eméritadel Institut Universitaire de France. (Francia) Antropóloga egresada de la Universidad de Buenos Aires (Argentina) y doctora en Antropología por la l'Université Paris-Sorbonne (París IV, Francia). Entre sus publicaciones recientes se encuentran los libros: Genèse des musiques d’Amérique Latine. Passion, subversion et déraison (París: Ed. Fatard, 2013), Los indígenas y la construcción del Estado-nación. Argentina y México, 1810-1920. Historia y Antropología de un enfrentamiento (Buenos Aires: Ed. Prometeo, 2016) y La Montagne et son cœur. Itinéraires historiques et symboliques des peuples originaux des Amériques (París: Ed; Fayard) [en prensa]. carmen.bernand@orange.fr

Resumen:

El artículo presenta a los principales autores de la corriente “historias conectadas”, incluidas en la mundialización moderna y sus enfoques cualitativos, a partir de las fuentes documentales que brindan las “microhistorias”, que escapan a la rigidez de los modelos teóricos económicos y sociológicos, aunque sin excluirlos. La autora insiste en la importancia de la trata negrera y las conexiones entre todos sus actores, así como en la necesaria comprensión de los comportamientos no occidentales, reservada tradicionalmente a la antropología, a partir del estudio del colonialismo mercantil europeo frente a las naciones originarias de la costa noroeste de América del Norte (siglos XVIII-XIX).

Palabras-clave: globalización; comercio; eurocentrismo; occidentalización; potlatch; historias conectadas

Abstract:

This article presents the main authors of the “connected histories” school, a view of modern globalization and its qualitative approaches based on documentary sources which work with “micro-histories” which avoid the rigidity of economic and sociological theorists, without excluding them, however. The author insists on the importance of the Black slave trade and the connections among all of its actors, as well as the need to understand non-Western conducts, a subject traditionally limited to anthropology, on the basis of a study of the clash between European mercantile colonialism and the native nations of the northwest coast of North America (18th-19th centuries).

Key words: globalization; trade; Author; eurocentrism; potlatch; connected histories; Westernization

Resumo:

O artigo apresenta os principais autores da corrente “histórias conectadas” -incluídas na mundialização moderna e seus enfoques qualitativos- baseados nas fontes documentais que oferecem “micro-histórias”, que escapam da rigidez dos modelos teóricos econômicos e sociológicos, porém sem exclui-los. A autora insiste na importância do tráfico negreiro e das conexões entre todos os seus agentes, assim como na necessária compreensão dos comportamentos não ocidentais, reservada tradicionalmente à antropologia, a partir do estudo do colonialismo mercantil europeu frente às nações originárias da costa noroeste da América do Norte (séculos XVIII-XIX).

Palavras-Chave: comércio; globalização; eurocentrismo; ocidentalização; potlach; histórias conectadas

Introducción

Las conexiones entre diferentes pueblos existieron desde tiempos muy remotos, como lo atestiguan los numerosos documentos materiales, gráficos y literarios. En la tradición occidental grecolatina, Heródoto y Diodoro de Sicilia ampliaron sus conocimientos sobre el funcionamiento de las sociedades humanas, relevando los usos y costumbres de los egipcios, tan opuestos a los griegos. Arriano siguió la ruta de Alejandro y describió la India, las siete castas y la caza de elefantes. Generalmente falta la otra cara de esos encuentros, por no haber sido escritos, pero quizás cantados, o por haberse perdido, o simplemente porque los antiguos no tuvieron interés en buscarlos, por desdén hacia narrativas diferentes del canon helénico, escritas, por añadidura, en idiomas bárbaros. Afortunadamente hay excepciones, siendo una de las más ilustres la presencia de Alejandro, en el libro sagrado del Corán, bajo el nombre de “Dhou al Qarnaïn” como constructor del muro de bronce que contiene a las hordas de Gog y Magog1.

La primera mundialización moderna (entre el siglo XV y primera mitad del XVIII) fue ibérica, puesto que el descubrimiento y la colonización de América por los españoles, junto con la expansión portuguesa en África y Asia, conectaron, por primera vez en la historia, las cuatro partes del mundo, y se puede agregar la quinta, puesto que los españoles llegaron hasta las islas Salomón y el archipiélago de las Marquesas en el siglo XVI, en una nave cuyos marinos eran en su mayoría peruanos. Las crónicas que relatan esos acontecimientos ensalzan al testigo ocular, cuya experiencia personal lo hace más digno de fe que los cronistas oficiales. La perspectiva etnográfica se desarrolla justamente con la mundialización temprana, invocando para su legitimidad el argumento de la veracidad de la experiencia personal de los que “estuvieron y vieron con sus propios ojos” naciones y lugares desconocidos -incluso por los textos religiosos-, aunque la Providencia y la bondad divina no desaparecen completamente de la narración histórica, porque confirman, en el caso de los ibéricos, la dimensión milenarista de la empresa americana. Ese rasgo, que puede parecer “arcaico” a primera vista, está presente, entre otros, en las conexiones tempranas entre Oriente y Occidente, es decir, en un espacio comprendido entre el Tajo y el Ganges. El milenarismo, cristiano, judío o musulmán es uno de los grandes fenómenos que unificaron al mundo moderno, junto con las epidemias, la llegada de los metales americanos a Europa y a otras partes del mundo, permitiendo a los habitantes de diversas partes del globo, a pesar de su dispersión, concebir la existencia de acontecimientos similares producidos a nivel mundial2.

La historia de la concepción global del mundo habitado es imposible de desarrollar dentro de los límites de este artículo. Baste indicar que la historia globalizada no es sinónimo ni de historia universal -un género que floreció desde una época temprana en Europa- ni de historia comparada. Lo que la caracteriza es la adopción de perspectivas múltiples que relativizan la mirada occidental sobre el mundo. Probablemente uno de los libros fundadores del método global sea, como lo señala Sanjay Subrahmanyam, La Méditerranée et le monde méditerranéen à l’époque de Philippe II, de Fernand Braudel, una obra publicada en 1949 y reeditada y actualizada muchas veces3. En ese estudio, Braudel brindaba una visión global de la cuenca del Mediterráneo en el siglo XVI, gracias a la utilización de documentos ignorados o apenas mencionados, que se hallaban desperdigados en los numerosos archivos de los países del Mediterráneo. Esas fuentes le permitieron analizar un momento particular en la historia de los pueblos mediterráneos, el enfrentamiento entre cristianos y musulmanes otomanos, desde el punto de vista de los diferentes actores del proceso4. A partir de 1990, el término globalización, utilizado hasta entonces con cierta prudencia, invadió la producción historiográfica y sociológica.

1. Historias conectadas

Las historias conectadas tienen por objetivo relativizar la visión occidental y dominante de la historiografía. El concepto fue difundido por Subrahmanyam a fines de 1990. Para este historiador, nacido en India y especialista del mundo eurasiático de la modernidad temprana, ese rasgo no es, como se pensaba y como lo afirma todavía gran número de manuales escolares y de libros, un momento único en la historia de la humanidad, puesto que otras formas modernas, pero no occidentales, aparecen en Persia, India, China, y en el Imperio otomano. Subrahmanyam, que maneja documentos escritos en esas lenguas no europeas, insiste en el rol capital desempeñado por las “culturas de los viajes” (cultures of travel), que incluyen las redes comerciales y la circulación de viajeros, mensajeros, embajadores, médicos, peregrinos y visionarios, a través de las fronteras políticas y culturales de los inmensos espacios euroasiático y euroamericano5. El texto de Marcela Ternavasio publicado en este número ilustra esta temática.

Serge Gruzinski es quizás el autor que mejor ha analizado las conexiones americanas que surgen después de la Conquista, cuyos actores son caciques, mestizos y otros personajes, entre los cuales circulaban ideas y objetos. Gruzinski ve en lo que se llamó “aculturación” una incorporación de los pueblos indígenas a la occidentalización, operada por la evangelización. La cristianización de los pueblos originarios no supuso una adhesión rígida a la nueva religión. Lo esencial para la Iglesia fue ocupar una posición dominante. En las zonas urbanas, el ethos católico impregnó las prácticas culturales indígenas, aun cuando los nativos no renunciaran totalmente a sus antiguas creencias. Según el autor, aquella fue una “colonización del imaginario”. El interés del trabajo de Gruzinski reside en la combinación de fuentes primarias, sobre todo procedentes de los archivos romanos de las órdenes religiosas, a la luz de la historiografía y de la antropología, una disciplina indispensable para entender las reacciones indígenas. En otros ensayos posteriores, Gruzinski destacó el papel excepcional de mediación cultural desempeñado por las élites mestizas mexicanas. En todos sus ejemplos, el autor analiza las dos facetas del proceso: la europea (con sus variantes administrativas, religiosas, populares, científicas) y la indígena (la reacción de las élites no es la misma que la de los campesinos nativos de la época colonial)6. Con razón, Gruzinski afirma la necesidad de redefinir la historia y el lugar desde el cual se estudia al mundo.

La historiografía contemporánea no tiene la exclusividad de las historias “conectadas”. La antropología también aporta su contribución a la problemática. En 1996, el antropólogo James Clifford presenta una serie de estudios etnográficos novedosos enfocados en los desplazamientos y no en las raíces, garantía tradicional de autenticidad, como productos de la modernidad contemporánea7. Clifford cita un ejemplo significativo que ya había estudiado en su libro precedente, The Predicament of Culture, publicado en 1988. La demanda de reconocimiento de identidad tribal presentada en las últimas décadas del siglo XX por los indios Mashpee de Cape Cod (Massachusetts) fue desestimada por el tribunal, que invocó la dispersión geográfica del grupo y la falta de continuidad espacial desde la época colonial, una concepción estrecha de la identidad que no tiene nada que ver con las realidades históricas.

La movilidad generalizada de los pueblos -en particular, de la diáspora afroeuropea y afroamericana- aparece también como un rasgo central en el texto fundamental de Paul Gilroy, un autor difícil de situar dentro de las disciplinas académicas clásicas porque es a la vez especialista del mundo de la dispersión africana desde la época de la trata y gran conocedor de la literatura política y ficcional de los descendientes europeos y norteamericanos. Aquí se citaran brevemente dos ejemplos analizados con anchura por el autor: la novela Blake y sus personajes -originarios de distintas regiones del continente, escrita por Martin Robison Delany, un hombre de múltiples talentos nacido en Charleston en 1812 y primer oficial negro de Estados Unidos-, y la música “negra”, expresión primera de la cultura de origen, adaptada a las nuevas circunstancias de la deportación y de la dispersión8.

La metodología historiográfica no debe ser confundida con los procesos factuales9. Para que las conexiones a distintos niveles sean pertinentes para los historiadores, tienen que dejar huellas duraderas. La presencia de los vikingos en América, descrita en las sagas islandesas, no parece haber modificado la cultura de los pueblos algonquino e inuit que poblaban esas comarcas, aunque la posibilidad de consecuencias biológicas y epidemiológicas debidas a las bacterias importadas en la región de Terranova -por los hombres y los animales extranjeros- no debe ser excluida. Por el contrario, existieron conexiones más antiguas entre los pueblos originarios de América y Polinesia que no han dejado “documentos” escritos, pero sí testigos difícilmente refutables, ya sea vegetales, animales o materiales, como el camote o batata dulce, cierta especie de pollos, embarcaciones y piedras emblemáticas o tokis de la isla de Mocha, en la costa sur de Chile10.

Los contactos no siempre tuvieron efectos inmediatos ni duraderos. Por ejemplo, los relojes, máquinas para calcular la duración del tiempo inventadas en Europa, fueron introducidos progresivamente en otras partes del mundo para unificar y controlar de manera objetiva la jornada, las tareas y la duración del trabajo. En Pondicherry (India), un testimonio de fines del siglo XVIII comenta esa nueva invención europea, que deja perplejos a los astrólogos, y gracias a la cual “los brahmanes saben a qué hora precisa deben presentarse ante el rey Sriranga para recibir su limosna”11. En el Imperio otomano, los sultanes adoptaron rápidamente las técnicas europeas de ingeniería militar, pero hasta el siglo XIX se mostraron muy reticentes para integrar los relojes en los lugares públicos, porque pensaban que la autoridad de los muecines se vería disminuida12. En América, en cambio, los campanarios marcaron las jornadas desde el siglo XVI, pero es significativo que en 1973, los campesinos indígenas de los altos de Azogues (Ecuador), que visité como antropóloga, no aceptaban la unificación universal del tiempo y colocaban a las divinidades telúricas antiguas en los cerros donde no “alcanzaba” el sonido de la campana, es decir, en otro momento temporal.

Otro ejemplo bien conocido de globalización lenta fue el de la patata o papa (Solanum tuberosum), originada en el altiplano de los Andes, un alimento básico que puede ser conservado y alimentar una población humana importante. Juan de Castellanos la describió en 1537, bajo el nombre de “turma”. Nicolás Monardes cultivó papas andinas en su huerto de Sevilla hacia 1560. Tímidamente, ese modesto tubérculo que nos es tan familiar e indispensable fue introducido en la gastronomía cortesana europea, pero hubo que esperar el último tercio del siglo XVIII para que fuera aceptado como alimento corriente, gracias a Parmentier, que señaló su utilidad para contrarrestar la hambruna. Sin embargo, en Escocia, diez años después de su rehabilitación, todavía se la consideraba como un “fruto prohibido”, puesto que no estaba mencionada en la Biblia, y, por consiguiente, ese alimento fue rechazado13.

2. Después y antes de la primera modernidad

La primera globalización moderna no es la única que ilustra las diversas conexiones entre personas, mundos y culturas. El siglo XIX, con la expansión del capitalismo, impulsado por los nuevos imperialismos coloniales dominados por Inglaterra, se caracteriza por una globalización económica y cultural sin precedente14. Son varias las maneras de concebir la globalización, un proceso en el cual se inscriben las historias conectadas. Por ejemplo, puede ser enfocada a partir de la comunicación entre los pueblos, que se acelera con la invención de la imprenta y la fabricación del papel, hasta internet y las nuevas tecnologías. El hombre “conectado”, héroe de la publicidad y nuevo ideal de la humanidad, es a la vez el punto culminante de la historia conectada actual y, paradójicamente, por su individualismo exacerbado, su finitud. Otra perspectiva parte de la formación de los imperios, caracterizados por la consolidación de un poder central sobre un territorio continuo o discontinuo, generalmente resultante de la expansión militar, poblado por naciones pluriculturales caracterizadas por tradiciones y religiones diversas. Los circuitos mercantiles constituyen una vía privilegiada para analizar las interconexiones de las naciones. En el siglo XIX, la expansión mundial de la economía capitalista, correlativa a la emergencia de la nación, introduce una nueva manera de pensar el mundo. En 1848 -precisamente, un año agitado por las luchas obreras y campesinas en varias partes del mundo-, la difusión mundial del Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels explica, en términos comprensibles para todos los públicos, las características del capitalismo, como modo de producción dominante que prescinde de las fronteras nacionales15.

Sin embargo, los Estados-nación no pueden pensarse sin referencia al sistema mundial en el cual están incluidos. De hecho, la “nación”, como modelo político abstracto, también interesa a las historias conectadas16. El concepto político de nación, así como su aplicación, se originan también en América colonial. Esa ideología anticolonialista se expande por Europa: Grecia (bajo el yugo turco), Italia, Bélgica, Dinamarca, los países balcánicos, son ejemplos europeos ligados a una situación colonial, incluso España y Portugal, que sufrieron la ocupación de sus territorios respectivos por las tropas de Napoleón. El surgimiento de la nación en Gran Bretaña, Francia, Rusia o Alemania no siguió un mismo paso, pero desde el punto de vista global, lo importante es saber cuáles fueron las condiciones políticas, culturales y sociales -la episteme de Michel Foucault- que hicieron posible la introducción del modelo “nacional”, su ideología y sus representaciones mentales, en Europa, después de América, y más tarde en Asia.

En un pasado reciente, la apertura global de la historia contemporánea estaba puesta al servicio de la historia nacional. En Francia, y en la época en que las utilicé, las colonias de África del Norte, de África occidental y de Indochina eran descritas únicamente en función de los intereses de la metrópoli. En la actualidad, la globalización carece de poder político unificado, pero se sigue fundando en la extracción “colonial” de recursos17. El futuro incierto que señalaba Wallerstein en 2004 encuentra una magnífica ilustración en la huelga de los camioneros de mayo-junio de 2018 que paralizó Brasil. La comunicación de los huelguistas, de un país de dimensiones continentales, no pasó por la vía sindical sino por WhatsApp, demostrando ampliamente la importancia de las nuevas tecnologías de comunicación en los conflictos y en los contactos del siglo XXI18.

Se encuentra en todos esos ejemplos una ilustración de las vías de acceso a la globalización, un proceso en el cual se inscriben las historias conectadas. La comunicación, que se acelera con la invención de la imprenta y la fabricación del papel, hasta el internet y las nuevas tecnologías, como lo muestra el ejemplo de Brasil, así como, desde otra óptica, comercial y publicitaria, la emergencia del hombre “conectado” (smartphones y otras tecnologías actuales y en preparación) punto culminante donde convergen las conexiones más insospechadas hace aún pocos decenios, creando un individuo aprisionado en sus redes. La formación de los imperios -caracterizados por la consolidación de un poder central sobre un territorio continuo o discontinuo, generalmente resultante de la expansión militar, y poblado por naciones pluriculturales caracterizadas por tradiciones y religiones diversas- es para muchos historiadores el marco principal de las conexiones, así como los circuitos mercantiles del capitalismo moderno. Los textos de Fernando Jumar y de Laura Olivia Machuca Gallegos incluidos en este número de Historia Crítica muestran la constitución de espacios conectados que trascienden las fronteras tradicionales de los virreinatos o de las nuevas naciones del siglo XIX.

A pesar del interés que ha despertado el enfoque global y conectado, este no puede abarcar todo el campo historiográfico. Los hechos, sin los cuales no hay historia, no pueden ser explicados por una visión única, cuya validez depende de un período o de un espacio específico. ¿Qué grupos están particularmente influenciados por las conexiones a nivel intercontinental o mundial? Las élites, probablemente, aunque el ejemplo que se ha dado sobre la prohibición de los relojes en lugares públicos de Turquía indica lo contrario; el proletariado de la Revolución Industrial y también los trabajadores indígenas de las haciendas de henequén, en Yucatán, en el siglo XIX, o las poblaciones polinesias de la isla de Pascua, que contribuyeron en parte al desarrollo minero y vial del norte de Chile.

El período anterior a la conquista ibérica de América, llamado “prehispánico”, también está siendo conceptuado a partir de la historia global y las conexiones “arcaicas” entre naciones, grupos e individuos. Los intercambios entre los pueblos autóctonos han sido en parte reportados por los arqueólogos, y la imagen clásica de las áreas culturales separadas unas de otras ya no puede ser sostenida, a pesar de la presión ideológica que encierra su patrimonio dentro de las fronteras modernas de la nación. En el caso de los mayas, que tenían una escritura compleja, los hechos históricos con sus fechas precisas se confunden con la sucesión de las dinastías señoriales, cuyas proezas están grabadas en las estelas. En los libros de Chilam Balam, redactados en la época colonial y en caracteres alfabéticos, los elementos extranjeros o “globales” (la Conquista, la entrada de Alvarado, los corsarios ingleses, y otros acontecimientos) están integrados en la temporalidad cíclica19.

Alfredo López Austin y Leonardo López Luján, un antropólogo y un arqueólogo, respectivamente, han propuesto una explicación “conectada” y “global” de la homogeneización ideológica operada en Mesoamérica por la figura sacralizada de Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada. Esta se impone entre los diferentes pueblos y reinos de Mesoamérica, después de la caída de Teotihuacán, primera gran ciudad “conectada” de América. Las razones de su adopción por los diferentes pueblos y reinos que poblaban Mesoamérica después de la caída de Teotihuacán residen probablemente en sus atributos universales: demiurgo, dios del Viento, del Lucero del Alba, del crepúsculo, del planeta Venus, guerrero, inventor del calendario, del saber contenido en los libros sagrados... Si cada emanación de Quetzalcóatl recibió un nombre específico en cada región, su modelo iconográfico y su culto “unificaron” sociedades y espacios diferentes. Los dos investigadores mexicanos propusieron un nombre particular de la tradición maya para designar esa homogeneización temprana: el “horizonte Zuyuá”. El hecho de que esas conexiones fueran ante todo ideológicas corrige el modelo marxista aplicado mecánicamente a las sociedades premodernas, dando prioridad a las superestructuras sobre las infraestructuras20.

3. Eurocentrismo y occidentalización

Así como los objetos, bienes, ideas, circulan a distintos ritmos, los espacios poco distantes entre sí presentan diferencias importantes. Potosí, “crisol de América”, fue indudablemente el centro económico del mundo en los siglos XVI y XVII, y en su momento de auge albergó una población heterogénea de europeos, herejes, mestizos, africanos e indígenas de diversas comunidades. En esa ciudad minera, que era también un centro cultural animado, el dinero nivelaba las barreras estamentales. Sin embargo, a pocas leguas del casco urbano se extendía un inmenso “despoblado”, no porque estuviera vacío sino porque en él no existían pueblos organizados “à la española” y, por lo tanto, no imperaba el orden. En esa gran región, considerada como una “ladronera”, se cruzaban los caminos de los grupos indígenas, de los prófugos, de los negociantes mestizos, de los curas que habían colgado los hábitos, contrabandistas, entre otros, gentes que vivían según sus propias leyes21. Puertos importantes y “modernos” podían estar rodeados de montañeses reacios a esos modos de vida y esas prácticas económicas. Por otra parte, espacios pequeños pueden convertirse en núcleos conectados con macroespacios. En Puerto Viejo (Manta, Ecuador), principal puerto del Pacífico en el siglo XVI, contrariamente a lo que sucedía en los pueblos de la sierra, la moneda de Castilla circulaba y los indígenas del lugar preferían el real al tomín de oro, más difícil de utilizar en los intercambios. En 1967, un antropólogo injustamente olvidado, Gonzalo Aguirre Beltrán, forjó la noción de “región de refugio” para explicar el repliegue de comunidades campesinas en espacios alejados para escapar a la explotación agraria. Allí, en tierras a “trasmano” de la modernidad, los pueblos se aferraron a sus tradiciones seculares, consideradas como “reaccionarias” por las élites modernizantes. La coexistencia de la modernidad y el mercado con el neoarcaismo muestra que la mundialización capitalista no tiene la misma intensidad en todas partes.

A fines del siglo XX, los subaltern studies, una escuela surgida en India, impugnaron la visión eurocéntrica de la historia, así como la occidentalización impuesta como valor supremo al cual todas las sociedades tenían que acceder. La occidentalización implica la secularización de la sociedad, el “desencanto” del mundo, como lo afirmó a comienzos del siglo XX Max Weber, dando a ese tipo ideal un valor universal. Esta extensión está cada vez más cuestionada en nombre de una espiritualidad específica: el islam, el hinduismo como sola religión posible en India, el retorno a Confucio en la China contemporánea, las tradiciones seculares22. La democracia, forjada en los países europeos y en Estados Unidos, proclama también la igualdad de los sexos, aunque la realización concreta de ese ideal encuentra todavía serias dificultades fuera de Occidente23. Los conflictos de los últimos decenios muestran el rechazo de esas concepciones que resultan de un lento proceso histórico europeo. La historia global se presenta como una alternativa al eurocentrismo.

4. Placeres y adicciones del mundo globalizado

Bien conocido es el tema de las especias de las Molucas, un centro “internacional” de la primera modernidad, adonde acudían para sus contrataciones chinos, filipinos, malayos, portugueses, musulmanes de Borneo, holandeses e ingleses. Muchos productos vegetales facilitaron los intercambios entre reinos situados a grandes distancias, sobre todo cuando esas plantas, además de tener un efecto específico, poseían también cualidades terapéuticas, reales o supuestas. Los actores principales de esos contactos fueron médicos, herboristas, boticarios y naturalistas a partir del siglo XVI, en todo caso personas de estatus ambiguo, como las que se dedicaban a curar y a recolectar fármacos, pero que podían también dañar, por el poder que les conferían sus conocimientos. Tales personajes corresponden al perfil del “extranjero” descrito por Subrahmanyam: gentes de saber, que manejan distintas lenguas vernáculas, peregrinos sin familia, espías o agentes de algún señor poderoso. En todo caso, hombres sin identidad clara, ya que esta es ante todo la que les confiere la pertenencia a un grupo local, según la fórmula consagrada de “como es público y notorio”.

Las historias conectadas implican la sociabilidad; de ahí el interés que despiertan ciertos lugares específicos donde se consumen hojas o granos, tales como el tabaco, el té, el café y el chocolate, que circulan a un ritmo más rápido que el de las patatas o de los tomates, sin duda por los efectos estimulantes, placenteros y adictivos que tienen entre sus consumidores. En la segunda mitad del siglo XVII, el tabaco americano, bebido, inhalado, mascado o fumado en pipa (como lo consumían los chamanes indígenas), es ya un ingrediente corriente de la vida cotidiana de El Cairo, como también el café, procedente de la península arábiga, y servido en Egipto en establecimientos especiales, los Khavvékkan, lugares que facilitan la sociabilidad masculina y la difusión de informaciones y de rumores de todo tipo. En esos lugares circulan también distintos tipos de moneda, como, por ejemplo, los patacones de plata, típicos del Imperio hispanoamericano, que tendrán un uso corriente en el Río de la Plata hasta entrado el siglo XIX24. El café será introducido por los holandeses en Surinam, y de allí pasará exitosamente a Brasil (Grão-Pará y Maranhão); en 1780, la región de Bahía posee cafetales extensos.

Nicotiana tabacum, descrita por vez primera por André Thevet hacia 1555, y en 1571 por Nicolás Monardes, es sin duda la sustancia adictiva más común de la humanidad globalizada, sin duda porque se la considera desprovista de los efectos agresivos visibles y mal vistos del alcohol. El tabaco es un compañero inseparable de las negociaciones entre mercaderes de esclavos, una recompensa para atenuar la ansiedad de los deportados y un elemento indispensable para entrar en conversación. La pintura europea, sobre todo la holandesa del siglo XVII, ofrece muchos ejemplos de los usos sociales de esa planta que estimula y ata sutilmente al fumador a su consumo reiterado. En el mundo aristocrático, esas hojas exóticas fueron consideradas como “divinas”, un calificativo que se encuentra también en la literatura de la droga, desde la cocaína hasta los ácidos. Il tabacco fue el nombre de un ballet representado en Turín una sola vez, el 1 de marzo de 1650, ante los reyes de Saboya.

La función, inmortalizada por una serie de láminas, tuvo un gran impacto en las cortes europeas, que saludaron la adquisición (y la europeización) de un producto que gozaba de gran afición entre los nobles, los burgueses y las clases populares. El tema de la coreografía ilustra el entusiasmo que despertó entre los “civilizados” la planta de los “salvajes”. En la escena inicial, un coro de cuatro sacerdotes indios sacrifican al nuevo dios, el Petun (otro nombre del tabaco). Acto seguido se sucede una serie de parejas indígenas procedentes de distintas partes de América (Guayana, Recife, Bahía, Iguarazu y Cíbola), que ejecutan ante el público sus ofrendas danzantes. Después de los indios americanos, con sus emblemas distintivos y sus músicas, entran dos turcos de tez oscura, Memet y Alí, seguidos por la pareja africana Abdala y Mussa, por dos españoles, y por último, por dos borrachos polacos. La última escena consagra el triunfo de la planta americana, máximo don de los dioses: “No, el oro nada vale, ni los rubíes de Baco, sin el oscuro carbunclo del Tabaco”25 .

Un espectáculo parecido fue evocado en 1662 por Abraham Cowley, poeta y médico inglés, que enumera en verso las virtudes de la coca de los Incas en "A Legend of Coca". En una asamblea de dioses presidida por Venus, Baco ensalza los efectos del vino y ofrece una copa a una divinidad del Nuevo Mundo, la cual, ofendida por lo que considera un don de baja categoría, convoca a todas las plantas del continente, entre las que se destaca la más sencilla en apariencia, “campeona” que excita la alegría de Venus marcial, y que declara: “coca, no eres útil solamente a tu patria, porque te has convertido en una mercadería famosa [...] a causa de ti y gracias al comercio, el vasto mundo nos es conocido”26.

El consumo generalizado del alcohol como medio de acentuar la dependencia de la gente subalterna, pero también como liberación de la palabra contestataria proletaria, ha sido muy estudiado27. El tabaco, sin embargo, que ha gozado de la tolerancia de los poderes públicos hasta una época reciente, y que une en un consumo similar a los pueblos de las “cuatro partes del mundo”, merece retener la atención de los estudiosos de las conexiones, como vector de una sociabilidad indispensable para el establecimiento de vínculos comerciales, embajadas, contrataciones, facilitada por la ritualización y la adicción a esa planta “divina”, una mediación sin la cual el intercambio se transforma en hostilidad y ruptura violenta.

5. Conexiones africanas

Las historias conectadas, la occidentalización y el capitalismo no pueden entenderse sin la referencia obligada a la trata negrera del Atlántico. Esclavos existieron desde tiempos remotos en todas las sociedades antiguas, y se encuentran también en América prehispánica como parte de los productos que circulaban por las sendas de los mercaderes. Pero la amplitud de la trata negrera entre África, Medio Oriente, Europa y América, le confiere un lugar central en la mundialización moderna. Doce millones de personas, originarias de África, fueron deportadas a América durante trescientos años. Esos hechos de gran magnitud han dado lugar a una serie de estudios relativos al Atlántico (norte o sur) como espacio globalizado, aunque de hecho la trata es un fenómeno que va más allá de los límites oceánicos28. Olivier Pétré-Grenouilleau analiza el sistema de las tratas negreras en su totalidad, es decir, no sólo la organizada por las potencias occidentales, sino también la que caracteriza al mundo oriental en torno del océano Índico, además del comercio interafricano de seres humanos29. La circulación a través de las fronteras entre las naciones, y los conocimientos adquiridos con los distintos amos, hacen de los esclavos, sobre todo si viven en ciudades, unos agentes de la globalización. En América hispánica es relativamente frecuente la utilización de intermediarios serviles (criados y esclavos) para construir contactos comerciales con socios establecidos en regiones remotas. Los esclavos domésticos originarios de los distintos reinos coloniales españoles pueden también, en determinados casos, viajar a Europa para aprender un oficio. Un ejemplo es el que trata Luis Antonio Madrid Moraga en este número.

El caso más conocido de esclavos o libertos “globalizados” es el de Olaudah Equiano, deportado en América del Norte, un marino que, después de recorrer parte del mundo, es libertado, se instala en Londres y se vuelca a la causa abolicionista, según su propia narración30. Equiano, en sus años de esclavitud, pero también de hombre libre, circuló a través del Atlántico y del Mediterráneo, y pertenece a esos viajeros de la globalización temprana. Sin ser tan conocidos como Equiano, otros esclavos y libertos se movieron por los mundos coloniales y dejaron distintos testimonios escritos. Aunque existen muchos trabajos que analizan casos individuales, falta una síntesis que analice el rol desempeñado por la gente de condición servil en la circulación de técnicas e informaciones. No debemos olvidar que en América ibérica, gran parte de ellos fueron domésticos, es decir, vivían en contacto estrecho con sus amos, y, por la circulación callejera diaria, son receptores de diversos rumores e informaciones. La relación entre los esclavos y hombres libres de origen africano con la música religiosa y popular, y con el teatro, para sólo citar ese ejemplo, muestra el papel que desempeñan en la transmisión de estilos, gustos y contenidos31.

Los recorridos coloniales de esos individuos, muchas veces a través de distintas audiencias, e incluso virreinatos, muestran que la historia conectada puede y debe enriquecerse con los estudios de caso, utilizados por la microhistoria italiana. Para Subrahmanyam, la microhistoria obliga al historiador a ceñirse a los archivos para explorar los caminos concretos de la globalización, sin recurrir a modelos teóricos necesariamente reductores32. El magnífico y exhaustivo estudio de Marcus Rediker sobre la trata negrera se apoya en una base documental muy completa, que contiene -además de estadísticas demográficas y económicas actualizadas- numerosos relatos impresos, cartas y diarios personales de los actores de ese tráfico. Como la segunda parte del título de su libro lo subraya, se trata de una human history que se propone corregir “la violencia de la abstracción, que ha caracterizado los estudios sobre la esclavitud”. En más de 600 páginas, el autor logra hacer revivir lo que significó ser esclavo, traficante negrero inglés o africano, capitán de un navío dedicado a ese negocio o simple marinero. Rediker es indudablemente un historiador global, que muestra los efectos del tráfico no sólo en los países de origen, entre los Fantis y Ashantis, principales beneficiarios africanos de ese comercio, sino también en Liverpool, Londres, o en las islas del Caribe. Su narrativa se despliega en una polifonía de voces, las de todos los actores de esa tragedia, y la diversidad de los puntos de vista no oculta las líneas fundamentales de un proceso, que tiene también que ver con el surgimiento del proletariado en Inglaterra. El término mismo de huelga, en inglés strike, tiene un origen negrero y aparece por primera vez en el enfrentamiento que tuvo lugar en Liverpool, en 1775, entre marinos mal pagados y maltratados por sus superiores, y las fuerzas del orden que lograron contenerlos gracias al despliegue de una gran violencia. En aquella ocasión los marinos “golpearon” (struck) las velas y las bajaron para impedir la salida de la nave.

6. Un caso de conexiones múltiples: los archipiélagos de la costa noroeste de América del Norte (siglo XVIII hasta inicios del XX)

El caso de Alaska y de la costa noroeste de América del Norte ha sido poco citado por los especialistas de las historias conectadas, probablemente porque se trata de un lugar remoto, habitado principalmente por naciones indígenas, que adquirieron una celebridad justificada en la teoría antropológica. Aquí se acepta el reto de estudiarlo, ya que el tema mismo de este artículo implica la adopción de distintas perspectivas para enfocar los contactos entre distintos espacios y naciones. Los documentos sobre la región son variados y heterodoxos, pero nuestro propósito no es la exhaustividad, una meta imposible de alcanzar, sino la ilustración concreta de las ideas expuestas anteriormente, dentro de los límites razonables impuestos por Historia Crítica. El período elegido corresponde al inicio del colonialismo en un territorio caracterizado por la rudeza de la temperatura, de difícil acceso, sin riquezas aparentes, que se extiende desde el sur del archipiélago de Vancouver hasta más allá del estrecho de Bering, en una época en la cual ni Canadá ni Estados Unidos emergentes habían extendido su soberanía hasta el Pacífico. Eso no significa que individuos venidos del este o del sur, siguiendo viejas sendas antiguas, no hubiesen recorrido zonas cercanas. Esos “lanzados” -se utiliza indebidamente un término portugués muy sugerente- siempre existieron, por lo menos desde la ocupación temprana de América del Norte por los españoles, franceses e ingleses. Pero esos contactos fueron individuales y ocasionales, y, la mayoría de las veces, los extranjeros se diluyeron en la población nativa.

Los nativos de la costa noroeste de América del Norte, repartidos en distintas tribus, constituyen un conjunto emblemático para los antropólogos, debido a dos aspectos originales. El primero es la fuerte estratificación social de las tribus, un rasgo inusual en las sociedades pescadoras y cazadoras. La sobreabundancia del salmón y las técnicas locales de conservación mediante los procedimientos de salazón y de ahumado explicarían esa originalidad. La otra particularidad sociológica es la práctica del potlatch, una institución violenta que implica la destrucción voluntaria y ostentosa de las riquezas acumuladas en el transcurso de una ceremonia por los jefes, con el fin de humillar a los invitados menos ricos, “aplastarlos como una cesta” y obligarlos a devolver con creces lo que el anfitrión ha destruido. Cuando Franz Boas, el padre de la antropología moderna, visitó a los Kwakiutl en el filo del siglo XX, la legislación canadiense acababa de prohibir esa ceremonia dispendiosa, aunque los efectos de la ley se hicieron sentir más tarde. Uno de sus informantes recordaba que antiguamente el potlatch había sido la ocasión de evocar con solemnidad las hazañas guerreras de los jefes y de distribuir regalos a los invitados, pero esas prácticas habían desaparecido y “rivals fight with property only”. En esas fiestas de las postrimerías, los mecanismos del crédito y del endeudamiento, piezas esenciales del potlatch, habían reemplazado la guerra intertribal, prohibida en los primeros decenios del siglo XIX33.

Gracias al manejo de una documentación etnográfica rigurosa, Boas introdujo con éxito en las ciencias sociales el modelo de una ceremonia “precapitalista”, cuyas variantes fueron localizadas por otros investigadores en otras partes del mundo. En 1925, la consagración académica del potlatch como ilustración de una regla sociológica fundamental fue obra de Marcel Mauss. Esa fiesta constituyó el ejemplo extremo y paroxístico de los mecanismos de reciprocidad (obligación de dar, de recibir y de devolver), una modalidad de intercambio no económica que existió en las sociedades arcaicas de diversas partes del mundo y también en el Medioevo europeo34.

La historia conectada aplicada a la costa noroeste abre nuevas perspectivas. La isla de Nutka (futura Vancouver), poblada por tribus extrañas, cuyos tótems y esculturas de madera constituyen una de las formas más espectaculares del arte primitivo, fue además en el último tercio del siglo XVIII un lugar donde convergieron los grandes imperios de la época, creando un espacio transcontinental y marítimo dominado por los europeos -que abarcaba también Canton y gran parte del territorio de América del Norte-, conectado a su vez por las colonias inglesas, los nuevos Estados Unidos y el Virreinato de Nueva España. Los españoles fueron los primeros europeos en explorar ese litoral remoto, que se extendía al norte de Nueva España. Pero esas expediciones resultaban muy costosas, y los pocos recursos de ese país inhóspito y frío no compensaban los gastos. Los viajes se espaciaron y los españoles no volvieron a interesarse en esa zona hasta que, dos años antes de la independencia de Estados Unidos de América, la Corona española consideró de utilidad marcar con su presencia su soberanía en esos archipiélagos lejanos que prolongaban el Virreinato de Nueva España, para evitar las entradas subrepticias de sus rivales, principalmente los rusos35. Los españoles instalaron una pequeña colonia en Nutka, redescubierta por el piloto Juan Pérez, y mediante dádivas diversas ganaron la amistad de los caciques, que los retribuyeron con pieles de nutria. Pocos años más tarde arribó a esas costas el capitán James Cook, quien halló en Nutka un depósito de pieles de gran calidad y consideró (contrariamente a Juan Pérez) que ese comercio sería ventajoso para su nación36.

Después de haber despertado, por su cortesía y agudeza, la admiración de los españoles, y en particular de José Moziño, secretario del representante de la Corona, Bodega y Quadra, el capitán Cook suscitó inquietud. La Compañía de la Bahía de Hudson, fundada en Londres en 1670 con el fin de organizar la trata de las pieles, había tejido redes entre los “cazadores” franceses y los indígenas del centro y del oriente de América del Norte, eliminando a Francia de la competencia. A pesar del tiempo y del coste del trayecto interminable entre Nutka y Europa que implicaba el cruce del Atlántico y del estrecho de Magallanes, y la navegación hacia el norte a lo largo de la costa del Pacífico, las ganancias obtenidas con las pieles podían ser un negocio rentable. La Corona española no estaba en condiciones de financiar esa empresa.

Otras potencias estaban interesadas en la región, que consideraban como un verdadero no man’s land, a pesar de la densidad demográfica de las tribus que la habitaban. Francia había perdido las colonias de la Nouvelle-France y de la Luisiana, pero se volcó a la conquista comercial de la costa norte del Pacífico. François de La Pérouse reconoció el litoral desde Monterrey hasta Alaska, llegando hasta la bahía Lituya, habitada por los tlingit. Para el capitán, la misión de las fragatas La Boussole y LAstrolabe no se limitaba a la exploración científica, puesto que incluía una prospección del mercado de las pieles, cuyo precio estaba por las nubes en Canton, que tenía por entonces el monopolio de ese comercio37. La Pérouse criticaba la inercia de los españoles, cuyo único interés era político. La única ventaja que aquellos tenían era el conocimiento detallado de esas costas, gracias al relevamiento cartográfico que había efectuado Francisco Mourelle en 1774. Por esa razón, los españoles podían recorrer con pericia esos golfos y archipiélagos infinitos. Por vías secretas, los ingleses se procuraron una copia de la carta de Mourelle, la imprimieron y se lanzaron a la conquista de los nuevos mercados de la costa norte de América.

A todos esos intereses europeos, asiáticos y locales, suscitados por el comercio de pieles finas, se sumaron los de los americanos, una nación joven que desbordaba de la estrecha franja de su territorio inicial. Contrariamente a los ingleses, los americanos estaban eximidos del pago de la licencia comercial y tenían, como los españoles, intereses políticos territoriales. Además dominaban la “infraestructura” colonial, puesto que eran los únicos que podían abastecer con víveres y por vía terrestre a los europeos instalados en el litoral del Pacífico septentrional. Los americanos inundaron a las tribus con mercaderías modernas: instrumentos de acero, armas de fuego, mantas de lana y aguardiente.

En ese juego “global” participaron también los rusos zaristas desde una época relativamente temprana. En 1741, al término de una larga y penosa exploración de la costa siberiana, iniciada en 1720 desde San Petersburgo, en el marco del gran proyecto de apertura al mundo exterior de Pedro el Grande, el danés Vitus Bering, al servicio de la Armada Real zarista, junto con el comandante Alexis Chirikov, vieron por primera vez (desde su punto de vista, ya que los nativos lo surcaban desde tiempos inmemoriales) el famoso estrecho que separa Asia de América. Antes de establecerse en Alaska, los rusos empezaron por someter a los pescadores “salvajes” que poblaban el archipiélago de las Aleutianas. Desde Kodiak organizaron la trata de las nutrias de mar y lograron domar la resistencia tenaz de los isleños, reduciéndolos a la servidumbre. Ulteriormente, los rusos se instalaron en la isla Kayak, frente a la costa sur de Alaska. Se supone que en ese lugar perdido, unos marineros rusos, huyendo de los maltratos sufridos a bordo, desertaron y se refugiaron entre los indígenas. Sus descendientes se establecieron en la isla Príncipe de Gales, precisamente en Klawock, donde con el tiempo uno de esos mestizos se convertiría en un poderoso cacique. La ocupación de Kayak dio inicio a la colonización de Alaska, en 1788. Los tlingit, que estaban perfectamente informados de los maltratos sufridos por los pescadores de las Aleutianas, resistieron un tiempo a los rusos hasta que llegaron a un compromiso, sellado mediante un intercambio de regalos entre ambas partes. Las primeras colonias rusas fueron fundadas en 1794, y en 1799 fue construido un fortín en Sitka, sede de la Compañía ruso-americana, una empresa a la vez comercial y administrativa.

Pero los rusos necesitaban avanzar hacia el sur, por dos razones mayores. La primera era la extinción ineluctable de la fauna marina, provocada por la intensificación de la caza. Los nativos, que habían constatado el desastre, se negaban a cumplir con las cuotas impuestas por los nuevos ocupantes. La otra razón era la presencia de los rivales europeos y americanos, que trataban de establecer vínculos de amistad con los naturales, en detrimento de los rusos38. Los tlingit fueron armados por los ingleses y los americanos para luchar contra la colonia zarista, y el levantamiento de 1802 a 1810 que protagonizaron debilitó significativamente la posición de la Compañía ruso-americana y retrasó la colonización de Canadá por los ingleses39. Rusia podía difícilmente conservar una colonia tan lejana, que dependía de los americanos para su abastecimiento. Finalmente, en 1864, el zar vendió a Estados Unidos el archipiélago de los tlingit por la suma de un millón seiscientos mil dólares.

La isla de Nutka fue la manzana de la discordia de los europeos. En 1792, al término de una larga controversia entre Juan Francisco Bodega y Quadra, un criollo nacido en Lima, y el inglés George Vancouver, España cedió la colonia a Inglaterra. Los actores de esa negociación, de la cual los pueblos de la región fueron excluidos, no eran funcionarios al servicio de una monarquía imperial sino marinos, es decir, los agentes directos del desarrollo imperialista del siglo XIX. Ya en el curso de la primera mundialización moderna, los marinos habían desempeñado un papel fundamental en la apertura del mundo, que fue también el comienzo de la colonización europea. Sin ellos, la trata negrera del Atlántico hubiera sido imposible. Al final del siglo XVIII, los adelantos de la ingeniería naval y la medición rigurosa de las longitudes convierten a esos navegantes en expertos. No es este el lugar para desarrollar el tema de la repartición del mercado colonial entre las potencias occidentales, entre las cuales se encuentra Rusia. Bastará señalar que los actores de ese proceso son muy diferentes, como los documentos de la época lo indican: los rusos ortodoxos zaristas, para quienes la servidumbre era una costumbre secular; los ingleses, que vivían bajo un régimen de monarquía parlamentaria; los franceses ilustrados, divididos por el torbellino revolucionario, el terror y el primer imperio de Napoleón Bonaparte; los españoles, invadidos por el “desgano vital” ante el desmoronamiento del Imperio hispánico; y por último, los verdaderos ganadores, los norteamericanos, jóvenes y emprendedores, en pos de un territorio digno de la nueva nación. Divididos por las ideas políticas y por la religión, todos, aunque rivales, estaban unidos por el comercio y el provecho. El ejemplo de la costa noroeste muestra el entrelazamiento de las tres condiciones de la historia global: la comunicación, en este caso, la efectuada por las naves modernas de Europa, a la cual se suma la vía terrestre por los senderos abiertos por los indígenas y utilizados por individuos “free-lance” como los cazadores franceses, antes de la era del ferrocarril; el capitalismo, impulsado por el imperio más poderoso de la época, el británico, y las condiciones que hicieron posible la inserción indígena en esas redes: la importancia que la acumulación de riquezas tenía para los jefes de esas tribus.

Es importante retomar a los actores principales de esas conexiones mercantiles: las tribus nativas, sin cuya colaboración el comercio de las pieles y la travesía complicada de los laberintos de los archipiélagos hubieran sido imposibles. Estas sociedades, segmentadas en clanes y estamentos antes de la llegada de los extranjeros, eran difíciles de manejar para los europeos, acostumbrados a tratar con reinos centralizados. Los jefes y sus familias constituían las élites, pero el poder caciquil dependía de su capacidad guerrera y redistributiva; los hombres del común eran los más numerosos, pero la destreza, el valor y la adquisición de bienes podían ser factores de movilidad social. Por último, los esclavos o cautivos, los bastardos y los “pobres”, una categoría social que se refuerza con el incremento del comercio con los extranjeros, constituyen la clase más baja y dependiente. Según los documentos rusos, los jefes son “ricos”, visten mantos de pieles de marta, llevan sombrero y bastón de mando, y se desplazan en andas cargadas por sus esclavos40. La llegada de los comerciantes europeos y la afluencia de capitales no destruyeron el poder caciquil, sino que lo reforzaron, y los derechos personales de los jefes fueron materializados en la erección de postes totémicos, sobre todo hacia el final del siglo XIX. Entre los cautivos también hubo extranjeros, siendo el más conocido, porque escribió un diario en 1815, John Jewitt, sobreviviente de un naufragio que vivió tres años en Nutka, martillando objetos de cobre para fabricar placas ornamentales y ejecutando múltiples tareas, pero siempre alimentado mejor que en el navío inglés por un pueblo, “always eating to excess when they have it”41. Jewitt nota, entre muchas observaciones interesantes, que los caciques prostituyen a las mujeres más jóvenes con los extranjeros, para ganar un poco de dinero. A comienzos del siglo XIX, las tribus “conectadas” han adoptado y practicado la rapacidad acumulativa de los comerciantes foráneos, aunque conservan el derroche de comida, un bien que escapa a las lógicas mercantiles.

Otra transformación notable de la cultura indígena fue la del potlatch -descrita páginas atrás-, ceremonia tradicional que adquirió en pocos años la forma agonística documentada por Boas, debido a la afluencia de riqueza tras la llegada de los comerciantes extranjeros. El nombre de esa ceremonia es de origen chinook, un grupo indígena situado en el valle del río Columbia, dedicado a los trajines y a los intercambios, y cuya lengua se convirtió en dialecto “general”, facilitando así la comunicación de una infinidad de pueblos, separados por sus idiomas respectivos. En chinook, potlatch significa “dar un regalo”; a partir de 1862, ese nombre es adoptado en toda la región42. Anteriormente las descripciones concuerdan en líneas generales con la definición clásica de la ceremonia, cuyo objetivo principal parece haber sido la redistribución festiva de los excedentes de alimentos, con motivo de un nacimiento, de una boda o de una alianza. Cuando a mediados del siglo XIX fueron suprimidas las luchas intertribales, y con ellas, el medio para la obtención de cautivos, las tribus del litoral pudieron desplazarse fácilmente. La fundación de Fort Rupert, una sucursal moderna de la antigua Compañía de la Bahía de Hudson, en la isla de Vancouver, incrementó las reuniones festivas de los indígenas, y la violencia de la guerra se desplazó a esos encuentros. Antes del desembarco de los extranjeros, sólo los grandes jefes tenían derecho a convocar un potlatch, pero a mediados del XIX cualquier persona rica podía organizar la ceremonia43.

Para Moziño, que brinda una información muy detallada de las tribus de Nutka, todo empezó a cambiar en 1778. El capitán Cook ofreció a los nativos un poco de cobre, metal muy apreciado desde épocas remotas, pero difícil de obtener, ya que las minas se encontraban en una región extrema del Yukón, en el centro de Alaska. Gracias a esos presentes, Cook obtuvo pieles de nutria, y lo mismo sucedió con los marinos y marineros de la nave, que trocaron anzuelos, cuchillos y otros objetos de metal por los codiciados cueros. Para los naturales, esos trueques eran muy ventajosos, porque les permitieron capitalizar el cobre, una materia rara y valiosa, y desempeñar un papel destacado en el comercio con sus vecinos. Antes de la venida de los extranjeros, las piezas de cobre y los esclavos eran considerados presentes básicos. Posteriormente se añadieron a esos dones mantas confeccionadas industrialmente e, incluso, dinero. Los archivos rusos señalan el frenesí que se apoderaba de los nativos cuando celebraban esos convites. Después de haber comido y bebido ilimitadamente, alguno transportaba toda su fortuna hasta la playa, desgarraba sus mantos de piel, desperdigaba las perlas de sus collares y, en un último acceso de furia, mataba a sus esclavos. Para los rusos se trataba de un exceso de vanidad44.

Wrangell, el gobernador ruso, señaló en 1839 la importancia que habían adquirido esos metales para la consolidación de los rangos. Más aún, la abundancia de cobre llevó a los naturales a fabricar grandes placas en forma de hacha, los “Coppers”. Esos objetos, forjados casi exclusivamente con cobre producido industrialmente, y por lo tanto ausentes de los vestigios arqueológicos, se convirtieron en pocos años en dones indispensables de los últimos potlatch registrados por Boas. Lo interesante del caso es que la morfología y el labrado de esas hachas “modernas” eran tradicionales y reflejaban antiguos contactos entre los pueblos de la costa noroeste y Asia45. Los Coppers, convertidos hoy en obras de arte primitivo y, como tales, altamente cotizados en el mercado, condensan simbólicamente, para nosotros, las conexiones marítimas de esos pueblos, y para los interesados indígenas, convocados a un potlatch por un jefe prestigioso, el vencimiento ineluctable del plazo que les fue otorgado para pagar sus deudas con los intereses. Esto aparece claramente en la descripción muy detallada redactada en 1877 por un tlingit, llamado William Wells. Wells participó personalmente en ese potlatch cuando tenía apenas diez años, cosa que le produjo una impresión imperecedera. El último día, después de la comilona, la borrachera, las danzas, la música y los largos desafíos oratorios, el jefe hizo circular su “Copper”, de más de tres pies (91,4 centímetros) de altura y equivalente al precio de un esclavo, entre sus invitados, para que cada uno restregase su frente en la placa. Acto seguido, y con gran solemnidad, la pieza fue arrojada al mar desde una canoa46.

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* Este artículo resume, en parte, un curso de introducción dictado en noviembre de 2016 en École des Hautes Études en Sciences Sociales (Francia). En él se utilizan fuentes antropológicas, arqueológicas y autobiográficas como documentos históricos, manuscritos como el de José Moziño (1793) en su versión original y testimonios rusos recogidos y traducidos por Andrei Val’terovich Grinev sobre la implantación rusa en América (1747-1867) poco citados fuera de los especialistas de la región.

1Le Coran, traducido por Denise Masson (París: La Pléiade [n.° 190], 1967). En cualquier edición del texto sagrado de los musulmanes se hallará la referencia, citada según los criterios canónicos en el capítulo O Surah 18, versetos 83-98.

2Sanjay Subrahmanyam, “Du Tage au Gange au XVIe siècle: une conjoncture millénariste à l’échelle eurasiatique”. Annales. Histoire, Sciences Sociales (2001): 51-84. Por una ironía de la historia, ese texto precede por pocos meses la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York, organizada por Bin Laden.

3Fernand Braudel, La Méditerranée et le monde méditerranéen à l’époque de Philippe II (París: Armand Colin, 1949).

4Sanjay Subrahmanyam, Aux origines de l’histoire globale (París: Fayard-Collège de France, 2014), 20-21. Con razón, este autor recuerda la deuda intelectual que tiene con Denys Lombard, que aplicó el método de Braudel al archipiélago indonesio en Le carrefour javanais. Essai d’histoire globale (París: Ed. EHESS, 1990).

5Sanjay Subrahmanyam, “Connected Histories: Notes towards a Reconfiguration of Early Modern Eurasia”. Modern Asian Studies 31, n.° 3 (1997): 735-762. Ver también, para la figura del extranjero, del mismo autor: Comment être un étranger. Goa, Ispahan, Venise, XVIe-XVIIIe siècle (París: Alma, 2011).

6De Serge Gruzinski pueden consultarse: La colonisation de l’imaginaire (París: Gallimard, 1988); La guerre des images (París: Fayard, 1990); Les Quatre parties du monde. Histoire d’une mondialisation (París: La Martinière, 2004); Quelle heure est-il là-bas? Amérique et Islam à l’orée des Temps modernes (París: Ed. du Seuil, 2008).

7James Clifford, Routes. Travel and Translation in the Late Twentieth Century (Cambridge: Harvard University Press, 1997), 2-4.

8Paul Gilroy, The Black Atlantic. Modernity and Double-consciousness (Cambridge: Harvard University Press, 1993).

9Ver, por ejemplo, el excelente texto de Sebastian Conrad, What Is Global History? (Princeton: Princeton University Press, 2016).

10La complejidad creciente de las sociedades prehispánicas y su capacidad integradora han inspirado varios textos de arqueólogos, que hablan de “World Systems Arcaicos”. Una exposición reciente, acompañada de un excelente catálogo, Joanne Pillsbury, Timothy Potts y Kim N. Rochter, eds., Golden Kingdoms. Luxury Arts in the Ancient Americas (Los Ángeles: The J. Paul Getty Museum, 2017).

11Velcheru Rao Narayana, David Shulman y Sanjay Subrahmanyam, Textures du temps. Écrire l'histoire en Inde (París: Seuil 2004), 30.

12Bernard Lewis, The Emergence of Modern Turkey (Oxford: Oxford University Press, 1968); Gilles Veinstein, “A propos des transmissions interculturelles: l’empire Ottoman et l’Occident avant l’occidentalisation”. Cahiers de la Méditerranée (1983): 133-146.

13W. Golden Mortimer, History of Coca “the Divine Plant” of the Incas (Nueva York: Vail and Company, 1901), 11.

14Christopher Allan Bayly, The Birth of the Modern World, 1780-1914 (Oxford: Blackwell, 2004); sobre los yaquis ver la síntesis de los textos en Carmen Bernand, Los indígenas y la construcción del Estado-nación (Buenos Aires: Prometeo, 2016), 209-211 y 319-321.

15Sobre la bibliografía relativa a los imperios y a las conexiones coloniales se puede consultar la base de datos de Thiago Krause y Pedro Cardim, “Colonial Governance in the Atlantic World, Oxford Bibliographies”, Oxford Bibliographies, <http://www.oxfordbibliographies.com/view/document/obo-9780199730414/obo-9780199730414-0280.xml> donde el lector encontrará títulos, colección de documentos, fuentes primarias, viajeros, y “Asian parallels and connections”.

16Conrad, What Is Global?, 80-82, a partir de Benedict Anderson, Imagined Communities. Reflections on the Origin and Spread of Nationalism (Londres: Verso, 1983). La bibliografía para el siglo XIX es inmensa.

17Immanuel Wallerstein, “Development Challenges for the 21st Century” (conferencia dictada en Cornell University, 1 de octubre de 2004).

18Pedro Doria, “O Brasil paralelo no WhatsApp”, O Globo, consultado el 1 de junio de 2018 <https://oglobo.globo.com/economia/o-brasil-paralelo-no-whatsapp-22736961>, y “Economia”, O Globo, consultado el 1 de junio de 2018, <https://oglobo.globo.com>.

19Existen numerosas ediciones de los libros de Chilam Balam, tanto en inglés como en español, imposibles de citar aquí. Como el plural lo indica, son varias las versiones, que corresponden al lugar donde fueron redactadas. La más conocida, pero no la única, es la de Chumayel, Heaven Born Merida and Its Destiny. The Book of Chilam Balam of Chumayel, traducida y anotada por Munro S. Edmondson (Austin: University of Texas, 1986).

20Alfredo López Austin y Leonardo López Luján, “The Myth and Reality of Zuyuá: The Feathered Serpent and Mesoamerican Transformations from the Classic to the Post-classic”, en David Carrasco y Lindsay Jones, Mesoamerica’s Classic Heritage from Teotihuacan to the Aztecs (Boulder: University of Colorado, 2000), 21-86. Maurice Godelier ha desarrollado esa problemática en varias de sus obras. Se cita aquí: Les tribus dans l’Histoire et face aux États (París: CNRS éditions, 2010), un opúsculo estimulante en el cual el lector podrá apreciar la pertinencia de la “tribu” en el mundo contemporáneo del Medio Oriente (tribus de Irak y de Siria) y de Libia.

21Sobre la heterogeneidad social de Potosí, el prólogo de Lewis Hanke a la edición de la obra de Luis Capoche, Relación General de la Villa Imperial de Potosí (Madrid: Atlas, 1959), 5-68, sigue siendo una referencia.

22Pero una historiadora tan autorizada como Nancy Farriss ve en el catolicismo de los mayas yucatecos estudiados en sus numerosos trabajos, una forma de “westernization”. Ver por ejemplo Maya Society under Colonial Rule. The Collective Enterprise of Survival (Princeton: Princeton University Press, 1987).

23Respecto a ese tema, Dipesh Chakrabarty, Provincialiser l’Europe. La pensée postcoloniale et la différence historique (París: Ed. Amsterdam, 2009) [traducción del inglés, Princeton University Press, 2000], trata de la emergencia del sujeto en India, ilustrado por la “viuda”, siendo los primeros archivos sobre la cuestión una serie de obras de ficción.

24S. J. Père Antonius Gonzales, Le voyage en Égypte, 1665-1666 (El Cairo: Institut français d’archéologie orientale, 1977), 202-211.

25Philippe d’Aglié, Il tabacco, ballet, ballato in Torino (Turín: Biblioteca Nazionale Universitaria, 1973), ilustraciones reproducidas en facsímil, acompañadas de un texto de Jean Baudry con la traducción de los versos y estrofas del ballet.

26Mortimer, History of Coca, 26-27.

27En lo que respecta a la introducción de bebidas alcohólicas en América, citemos el libro de Peter C. Mancall, Deadly Medicine. Indians and Alcohol in Early America (Ithaca: Cornell University Press, 1995). Como es sabido, la fabricación local de aguardiente está vinculada con las plantaciones azucareras, cuya mano de obra es principalmente esclava. Sobre la “liberación de la palabra” mediante el alcohol, en los documentos del siglo XIX son frecuentes las referencias a las reuniones obreras.

28Eduardo França Paiva, “Por uma história cultural da escravidão, da presença africana e das mestiçagens”. Revista de História e Estudos Culturais 6, n.° 3 (2009): 1-24.

29Olivier Pétré-Grenouilleau, Les traites négrières. Essai d' histoire globale (París: Gallimard, 2004).

30Robert J. Allison, The Interesting Narrative of the Life of Olaudah Equiano, Written by Himself (Londres: Bedford/St Martins, 2007 [1789]), así como la excelente traducción y las notas de Celia Montolío, Narración de la vida de Olaudah Equiano, el Africano (Madrid: Ediciones Miraguano, 1999). Esta autobiografía, si bien presenta un gran interés, no es desde luego la única escrita por un exesclavo.

31Ver los importantes trabajos de Robert Stevenson sobre los “caminos” seguidos por la música ibérica en América; sobre el rol desempeñado por los descendientes de los africanos desde la época colonial hasta la construcción del Estado-nación, y los itinerarios de los músicos y partituras, ver: Carmen Bernand, Genèse des musiques de l’Amérique latine. Passion, subversion et déraison (París: Fayard, 2013), e “Identificaciones: músicas mestizas, músicas populares y contracultura en América (siglos XVI-XIX)”. Historia Crítica n.° 54 (2014): 21-48, https://doi.org/10.7440/histcrit54.2014.02

32Sanjay Subrahmanyam, Comment être un étranger. Se encuentra ese vínculo entre archivos, cuantificación y testimonios individuales en Marcus Rediker, The Slave Ship: A Human History (Nueva York: Viking Penguin, 2007).

33Franz Boas, Kwakiutl Ethnography (Chicago: Chicago University Press, 1966), cap. IV, 77-104.

34Marcel Mauss, “Essai sur le don. Forme et raison de l’échange dans les sociétés archaïques”, en L’Année Sociologique (París: Librairie Félix Alcan, 1925), 30-186.

35Luis Laorden Jiménez, Navegantes españoles en el océano Pacífico (Madrid: Taograf, 2014); es el estudio más completo hasta ahora.

36José Moziño, “Relación de las islas de Mazarredo”, en Noticias de Nutca por don José Moziño, botánico de la expedición de N.E. y la delimites al Norte de Californias, año de 1793, Beinecke Rare Book and Manuscript Library, <https://brbl-dl.library.yale.edu/vufind/Record/3447054>, f. 1.

37F. de La Pérouse, “Mémoire sur le commerce des peaux de loutre de mer”, 1786, en Voyage de La Pérouse autour du monde, t. IV (París: Imprimerie de la République, 1791), 140-153.

38Andréi Val’terovich Grinev, The Tlingit Indians in Russian America, 1747-1867, traducido al ruso por Richard L. Bland y Katerina Solovjova (Lincoln: University of Nebraska Press, 2005), 105 y ss. El autor incluyó cartas y otros documentos de la época en los anexos.

39Grinev, The Tlingit Indians, 275.

40Grinev, The Tlingit Indians, 59.

41John R. Jewitt, A Narrative of the Adventures and Sufferings (Middletown: Loomis and Richards, 1815), 49-51.

42Según Marie Mauzé, “Boas, les Kwagul et le potlatch. Éléments pour une réévaluation”. L’Homme, n.° 100 (1986): 21-63.

43Alan D. McMillan, Archaeological Investigations at Nootka Sound, Vancouver Island (Vancouver: University of British Columbia, 1969).

44Grinev, The Tlingit Indians, 303, según un documento de 1847, dirigido por D. Tebenkov al Consejo de la Compañía Ruso-Americana.

45H. Kory Cooper, “Copper and Social Complexity: Federica de Laguna’s Contribution to Our Understanding of the Role of Metals in Native American Alaskan Society”. Arctic Anthropology 43, n.° 2 (2006): 148-163.

46Esther Billman, “A Potlatch Feast at Sitka, Alaska”. Anthropological Papers of the University of Alaska 14, n.° 2 (1969): 55-64.

Recibido: 01 de Noviembre de 2017; Aprobado: 28 de Junio de 2018

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