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Análisis Político

versão impressa ISSN 0121-4705

anal.polit. v.19 n.57 Bogotá ago. 2006

 

Reseña

 

"Les mouvements indiens en Equateur.
Mobilisations protestataires et democratie"Julie Massal

Karthala,
Centre de Science Politique Comparative – IEP, Aix en Provence, 2005, 476 pp.

Por: Francisco Gutiérrez Sanín


La obra de Julie Massal sobre el Ecuador es producto de su tesis doctoral. Se trata de un importante aporte, relevante para los estudiosos de las transiciones democráticas, los especialistas en ese país y –pensando en eventuales lectores colombianos– para todos aquellos que van comprendiendo, a golpe de imprudencias gubernamentales y titulares de primera página, la necesidad de entender a nuestro vecino. Un vecino que en más de un sentido está en las antípodas. Mientras que la excepcionalidad colombiana consiste en la combinación de la estabilidad de sus macroestructuras republicanas y niveles altos de violencia, la ecuatoriana es simétricamente inversa: una gran maleabilidad institucional, sobresaltos, bruscas interrupciones de los períodos presidenciales, a relativamente bajo costo humano.

El esfuerzo analítico de la autora va orientado a comprender el papel del movimiento indígena en esa trayectoria sui generis. Para hacerlo, divide el libro en tres partes: una dedicada a la transición democrática, otra a la movilización social indígena, y la última a la participación política. A lo largo de la argumentación van precisándose varias de las ambigüedades de la situación ecuatoriana. Antes de 1978 había una exclusión étnica de facto, ya que los analfabetos (y la mayoría de los indígenas lo eran) no tenían derecho al voto. Más aún, había una dictadura militar. Ésta, sin embargo, se embarcó en varias reformas en gran escala, incluida una agraria (a la que la autora, según creo, regatea su importancia).Así, el advenimiento de la democracia significó una inclusión política en gran escala (concesión de plenos derechos ciudadanos a los analfabetos), junto con un anti-clímax social. De hecho, los resultados del período democrático en términos tanto de desarrollo como de equidad son decepcionantes. Así, el movimiento indígena se encuentra en una situación paradójica: es la democracia la que les permite organizarse y adquirir voz, pero es ella el blanco de sus críticas más duras.

Sin embargo, el movimiento indígena no puede verse como un bloque homogéneo, y la segunda parte del libro muestra cuidadosamente la razón. A través de un interesante diseño metodológico –combinando una descripción de las grandes fracturas del movimiento, sobre todo sierra-amazonas, y estudios de caso–, se examinan los procedimientos, las reinvindicaciones y la evolución de las organizaciones indígenas ecuatorianas. Las tres dimensiones son importantes, pero la que más me llamó la atención fue la tercera. El libro explica el complejo conjunto de factores que permitieron pasar a un discurso específicamente identitario y étnico –la “revitalización cultural”–, diferenciado de los otros movimientos sociales, lo que en cierta forma marca una ruptura entre las décadas de 1980 y de 1990.

Ese discurso y ese movimiento –que habían mostrado su enorme poder desde el “levantamiento nacional indígena” de junio de 1990– tenía necesariamente que desembocar en la arena directamente política, y no tardó en hacerlo. La politización de la protesta indígena fue más traumática de lo que muchos hubieran esperado, y culmina –en el libro– en la participación indígena del golpe de enero de 2000. Dicha participación formaliza la alianza entre el movimiento e importantes sectores del ejército, que la autora califica de “insólita”. Por mi parte, encuentro poco de insólito en esa confluencia. Es verdad que hubo una seria contradicción alrededor del problema del nacionalismo: el criterio central de orientación del ejército ecuatoriano, que los indígenas pusieron en cuestión –o al menos así lo consideró el gobierno de Rodrigo Borja– con su defensa de un Estado plurinacional. La otra cara de la moneda es la larga tradición reformista del ejército, que hunde sus raíces al menos en la década de 1920 con la “revolución juliana”, y que había sido ratificada durante la administración del general Rodríguez Lara. Desde finales de la década de 1980, la izquierda ecuatoriana había apoyado a oficiales díscolos, ya fuera en papel de candidatos o de insubordinados, y los indígenas no se habían quedado atrás. Mientras que el plurinacionalismo del movimiento era fácilmente asimilable, había en la puerta de la casa otras dos amenazas bien tangibles. Primero, el asunto irresuelto con el Perú que, como se sabe, degeneró en los años noventa en una breve confrontación bélica, y que refrendó las simpatías mutuas entre indígenas y soldados. Segundo, las reformas neoliberales emprendidas por sucesivos gobiernos ecuatorianos. En la medida en que ellas avanzaban en medio de un clima de caos y corrupción, confirmaban las peores sospechas de la cúpula militar sobre la dirigencia civil. En tanto tocaban intereses estratégicos del ejército –un gran propietario y productor con cientos de tentáculos– y aumentaban la injerencia de Estados Unidos, confrontaban directamente el estatuto del establecimiento militar y su instinto nacionalista. Es necesario agregar que en el movimiento indígena había voces que no casaban fácilmente con la democracia liberal. No es, pues, raro que indígenas y militares se encontraran, así fuera sólo por unas horas.

Les mouvements indiens en Equateur es un libro valioso. Apreciéla documentación cuidadosa, la gran cantidad de material empírico con la que se sustenta cada afirmación, el sentido de detalle, la capacidad de usar –e incluir en un solo formato argumental– evidencia cuantitativa y cualitativa. Esto último es particularmente difícil, y pocos pueden vanagloriarse de haberlo hecho y sobrevivido en el intento. Más rara aún es la combinación entre compromiso con la transformación social en América Latina, que la autora hace explícito sobre todo en el capítulo de conclusiones, y capacidad de tomar distancia. El texto tiene buenas dosis de corazón y razón, y muestra que no necesariamente se contradicen. Esto ya bastaría para recomendarlo.

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