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Análisis Político

Print version ISSN 0121-4705

anal.polit. vol.21 no.63 Bogotá May/Aug. 2008

 

La Sevicia En Las Masacres De La Guerra Colombiana

Saevitia In The Massacres Of The Colombian War

Andrés Fernando Suárez
Sociólogo de la Universidad Nacional de Colombia y Magíster en Estudios Políticos del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI).


RESUMEN
A partir de una descripción de las masacres en la región de Urabá entre 1988 y 2002, el presente texto formula como hipótesis que el desencadenamiento de la sevicia depende de factores como el espacio/tiempo de la guerra, las representaciones del enemigo, la asimetría militar y las carencias de explotación de lo político. Según el autor, las características de la sevicia en las masacres de las décadas recientes del conflicto colombiano van a marcar un contraste con el periodo de La Violencia (1946-1965), que refleja no sólo un cambio en la fenomenología del terror, sino en la naturaleza de la violencia política contemporánea.
Palabras Claves: Guerra, masacre, sevicia, enemigo, representaciones.


SUMMARY
Starting from a description of the massacres in the region of Urabá between 1988 and 2002, this text formulates as a hypothesis that the appearance of saevitia (excessive cruelty) depends on factors such as war space/time, representations of the enemy, military asymmetry and insuffi cient use of political approaches. According to the author, the characteristics of saevitia in the massacres during the recent decades in the Colombian confl ict contrasts with the period known as The Violence (1946-1965), which not only refl ects a change in the phenomenology of terror but in the nature of contemporary political violence.
Key words: war, massacre, saevitia (excessive cruelty), enemy, representations.


Las masacres se convirtieron en el centro de gravedad de los repertorios de acción de La Violencia (1946-1965) y de la guerra contemporánea en Colombia (década de los años ochenta, noventa e inicios de los años dos mil); sin embargo, el campo de investigación de las masacres en Colombia progresivamente convirtió a las masacres de La Violencia en el lente para ver las masacres de la guerra contemporánea, lo que derivó en un opacamiento de los contrastes y que se agotó en una diferencia de grado más no de naturaleza. Es decir, las masacres de La Violencia y las de la guerra contemporánea se analizaron de forma equívoca con la misma fenomenología del terror.

La preservación de las continuidades en el estudio de las masacres generó a la vez una naturalización de los actos de sevicia dentro de estos crímenes, que impidió pensarlas por fuera del guión de "matar, rematar y contramatar"1. Blair condensa muy bien la naturalización de la sevicia dentro de la masacre cuando señala que "la masacre es portadora de un grado excesivo de la violencia porque lleva consigo niveles de crueldad y de sufrimiento asociados a la mutilación y la manipulación de los cuerpos"2. Sin embargo, este debate no se agota en la bibliografía nacional sino que se extiende a referencias internacionales, entre las cuales se encuentra una perspectiva como la de Sofsky, que inscribe a la sevicia dentro de la esencia de la masacre, como parte de la libertad absoluta de la violencia y su dinámica universal3. Por su parte, Sémelin ha cuestionado la naturalización de la sevicia dentro de las masacres, sugiriendo que es posible matar a gran escala sin que sean necesarias las atrocidades4.

Este artículo busca probar que hay una desnaturalización de los actos de sevicia dentro de las masacres de la guerra contemporánea colombiana, que contrasta con las de La Violencia y que eso refleja un cambio no sólo en la fenomenología del terror, sino en la naturaleza de la violencia política contemporánea.

No se trata de descentrar la sevicia del campo de las masacres, sino de recentrarla en estos crímenes, resolviendo un cuestionamiento básico: ¿Bajo qué condiciones específicas opera la sevicia dentro de una masacre?

La hipótesis de este artículo se basa empíricamente en las masacres ocurridas en Urabá entre 1988 y 2002. ¿Por qué la región de Urabá? Porque es un caso regional extremo y un icono del terror dentro de la guerra contemporánea por sus masacres y su sevicia, no sólo de los paramilitares sino también de las guerrillas. ¿Por qué entre 1988 y 2002? Porque el año 1988 marca la incursión paramilitar a Urabá cuando el control territorial era guerrillero y eso define el nudo de la guerra, mientras que el año 2002 consolida las fronteras del control territorial ahora paramilitar luego del repliegue de la guerrilla y marca el desenlace de la guerra. La guerra se centra en las márgenes de territorio de Urabá hacia el sur en el Río Atrato y hacia el oriente en la Serranía de Abibé con una presión y represión permanente sobre las comunidades de paz asentadas en los dos territorios de frontera.

El artículo tiene cinco partes. La primera define los criterios metodológicos utilizados para crear la base de datos sobre masacres y sevicia en medio de la guerra en la región de Urabá entre 1988 y 2002. La segunda describe los principales hallazgos del análisis cuantitativo, identificando la proporción de masacres con sevicia, las frecuencias y variables contrastadas con los datos de las masacres sin sevicia. La tercera parte profundiza en las masacres con sevicia a partir de un enfoque más cualitativo, atento a las características del depositario de la sevicia, los procedimientos para su elección y sus etiquetas para nombrarlo por parte del victimario. La cuarta parte enuncia y desarrolla las hipótesis sobre la sevicia y las masacres a partir de una interpretación de los resultados obtenidos. Y la quinta propone una explicación acerca de los contrastes entre las masacres de la guerra contemporánea y las de La Violencia en relación con la sevicia.

CRITERIOS METODOLÓGICOS

Una masacre se define como el homicidio intencional de cuatro o más personas en estado de indefensión y en iguales circunstancias de modo, tiempo y lugar5, 6; mientras que la sevicia se define como la causación de daño más allá del necesario para matar7. Su operacionalización más habitual son las mutilaciones y las laceraciones del cuerpo, y se extiende hasta el número de heridas causadas y su distribución por áreas corporales. Son los protocolos de necropsia que hace la medicina forense los que permiten develar las dimensiones más crueles de la sevicia.

A partir de los conceptos básicos y su operacionalización, se procedió a crear una base de datos utilizando como fuente de información los casos reportados por el Boletín Informativo Justicia y Paz y la Revista Noche y Niebla. El Cinep y Justicia y Paz reportan dos fuentes de información para la recopilación de los casos reportados: a) artículos de prensa de más de veinte periódicos entre nacionales, regionales y locales, y b) reportes acopiados directamente por una red de colaboradores de las dos instituciones8. La confiabilidad de los casos reportados viene dada no sólo por la cobertura y las fuentes de información, sino por el acceso público que facilita su constatación. Los casos reportados incluyen la fecha, el lugar de ocurrencia, una memoria de los hechos, la identidad de las víctimas y el presunto responsable. ¿Es confiable la información sobre sevicia que se reporta en los casos de masacres registrados por el Cinep y Justicia y Paz? Hay por lo menos dos razones para afirmar que sí. En primer lugar, la naturaleza y las características de la sevicia no van a escapar a los medios de comunicación ni mucho menos a las ONG de derechos humanos, tanto por su significado en cuanto a la degradación del conflicto armado, como por la lógica del acontecimiento. En segundo lugar, los actores armados en los años ochenta y noventa no fueron permeables a la presión derivada de la internacionalización de la justicia y de la lucha contra el terrorismo, convirtiendo el terror en un recurso estratégico9 de los actores armados nacionales y permitiendo la difusión de las prácticas de violencia extrema en sus territorios de influencia.

A partir de los casos reportados por el Boletín Justicia y Paz y la Revista Noche y Niebla se creó la base de datos sobre masacres para Urabá entre 1988 y 2002. Sin embargo, el universo de las masacres está restringido a los casos vinculados a la guerra. Si bien es cierto que la fuente de información reporta hechos de violencia política, no se incluyen dentro de la base de datos aquellos casos con información insuficiente respecto a su vinculación con la guerra. Los criterios de inclusión de las masacres van desde la identidad de la víctima en función de su pertenencia a grupos o instituciones con un carácter político hasta la identidad de los grupos que perpetraron la acción, bien porque lo han reivindicado, se lo han atribuido y no lo han negado, o simplemente porque se colige su responsabilidad mediante indicios como el porte de armas largas o el uso de uniformes. Se excluyen los casos con información insuficiente porque las masacres no son exclusivas del repertorio de violencia de la guerra, sino que se extienden hasta la criminalidad organizada y la intolerancia social10. Se supone además que cuando hay una guerra se produce una segmentación del monopolio de violencia dentro de un territorio11, lo que vuelve más probable la irrupción de múltiples violencias.

La base de datos incorpora los casos reportados a partir de las siguientes variables: fecha y lugar del hecho; número, sexo, ocupación y pertenencia a grupos o instituciones de las víctimas fatales; presunto responsable, signos de sevicia por modalidad, número de víctimas por sevicia, uso de listas, presencia de encapuchados, perpetradores identificados, armas utilizadas y observaciones (cuando hay información relevante sobre las circunstancias del hecho).

LAS COORDENADAS DE LA SEVICIA DENTRO DE LAS MASACRES EN URABÁ

Urabá12 (1) tuvo 103 masacres vinculadas a la guerra entre 1988 y 2002, 13 de las cuales presentaron signos de sevicia. Esto sugiere que el peso relativo de la sevicia dentro de las masacres es relativamente bajo (12,6%) en relación con lo esperado para la percepción generalizada acerca de las continuidades con el periodo de La Violencia y las características de una "nueva" guerra.

Aunque la desnaturalización de la sevicia en las masacres de Urabá cambia, no suprime la fenomenología del terror, pues una baja frecuencia en la acción de rematar y contramatar (1 de cada 10) no elimina necesariamente una alta frecuencia en la acción de matar a gran escala. Así, las 103 masacres equivalen en promedio a un caso cada dos meses; y 697 víctimas representan en promedio siete víctimas por cada caso, lo que no es menor en cuanto a su escala si se tiene en cuenta que es un territorio integrado por 14 municipios y con una población cercana a los 370.000 mil habitantes13. Además, las masacres son perpetradas en unidades territoriales y focos poblacionales más restringidos como los barrios en los cascos urbanos, los caseríos, las veredas y las cabeceras corregimientales en las zonas rurales. La baja frecuencia de la sevicia dentro de la alta frecuencia de las masacres no mitiga, sino que por el contrario agrava el cuestionamiento moral a las masacres por su exceso en la explotación del estado de indefensión de las víctimas.

Volviendo a las características de las masacres con sevicia, es necesario identificar sus coordenadas en el espacio y el tiempo junto con su tipo de perpetrador.

La distribución espacial de las masacres con sevicia se caracterizó por su dispersión entre y dentro de las subregiones de Urabá, no sólo porque las diferencias entre subregiones fueron menores (5 en el norte, 3 en el eje bananero, 2 en el sur y el Atrato respectivamente, y 1 en el Darién chocoano) sino porque se observa una alta rotación entre las espacialidades dentro de las subregiones (la totalidad de las masacres con sevicia se registraron en seis municipios y once corregimientos diferentes, siendo los corregimientos de Currulao en Turbo y Puerto Lleras en Riosucio los únicos que registraron masacres repetitivas). Por su parte, la distribución temporal se caracterizó por su concentración en el subperíodo 1995-1997 (10), en contraste con el resto del periodo 1988-2002 (1 en 1993, 1 en 1994 y 1 en 2001). Y por último, la distribución por tipo de perpetrador observó un balance asimétrico entre los grupos paramilitares (10) y las guerrillas (3).

Lo que relevan las coordenadas de las masacres con sevicia es que se encuadran dentro de las coyunturas más críticas de la guerra, pues el subperiodo 1995-1997 corresponde a la coyuntura más crítica de la guerra en Urabá, no sólo porque marca el segundo despliegue ofensivo de los grupos paramilitares sobre la región, luego de la desmovilización parcial y el repliegue derivado de la desmovilización de la guerrilla del EPL en el año 1991, sino porque se entrecruza con el agravamiento de la guerra declarada por la guerrilla de las FARC y la disidencia del EPL contra la antigua guerrilla del EPL (ahora movimiento político Esperanza, Paz y Libertad) que deriva en la conformación de los Comandos Populares. Esta coyuntura es crítica no sólo por el nuevo nudo de la guerra que se forma sino porque va a condicionar el desenlace de la guerra en Urabá. Los demás años en los que se producen masacres con sevicia no se deslindan de las coyunturas críticas como los años 1993 y 1994, los cuales marcan la recomposición militar de la disidencia del EPL, tras su desmovilización en 1991, el despliegue ofensivo de la guerrilla de las FARC para copar los territorios de la antigua guerrilla del EPL y la guerra abierta que declara la guerrilla de las FARC y la disidencia del EPL contra la antigua guerrilla del EPL y su movimiento político Esperanza, Paz y Libertad. Por su parte, el balance asimétrico entre los grupos paramilitares y la guerrilla se acota en el tiempo y el espacio. La diferencia que se observa es que la acción guerrillera está más concentrada en el tiempo y el espacio que la acción paramilitar, pues la guerrilla perpetra las masacres con sevicia en el norte y el sur sólo entre 1995 y 1997. Los paramilitares lo hacen en las cinco subregiones de Urabá y además lo repiten por fuera del subperiodo 1995-1997 en los años 1993, 1994 y 2001. Esta diferenciación genera nuevos cuestionamientos necesarios para descifrar los factores necesarios y suficientes que intervienen en la configuración de la sevicia dentro de las masacres en medio de la guerra.

La información de las masacres con sevicia es necesaria pero no suficiente para la formulación de las hipótesis. Lo que se propone entonces es colocar a las masacres con sevicia en perspectiva con las masacres sin sevicia para ver si deriva o no información nueva y pertinente.

El menor número de masacres con sevicia en las subregiones contrasta con el universo de la totalidad de las masacres. Lo que se observa es que el peso relativo de las masacres con sevicia cambia en relación con la totalidad de las masacres para cada una de las subregiones. Así, mientras el Darién chocoano registra una relación 1 a 2 y el norte y el Atrato tienen una 1 a 3, el sur presenta una relación 1 a 10 y el eje bananero una 1 a 15. La singularidad del contraste estriba en que un peso relativo alto de las masacres con sevicia se da en las subregiones en las que se observa un menor número de masacres, y viceversa. Lo que se infiere entonces es que hay una relación inversamente proporcional entre la frecuencia de las masacres en el espacio y el recurso a la sevicia. Igualmente se observa una relación directamente proporcional entre la frecuencia de las masacres en el tiempo y el recurso a la sevicia (las coyunturas críticas de las masacres en Urabá entre 1995 y 1997 son las que registran el mayor peso relativo de las masacres con sevicia del periodo estudiado), pero hay excepciones como los años 1994 y 2001 en los cuales una baja frecuencia de las masacres va acompañada de una alta frecuencia de la sevicia.

A pesar de los hallazgos preliminares, lo que quizás es más relevante en cuanto a información nueva y pertinente es el encuadre cronológico y geográfico de las masacres con sevicia en relación con las masacres sin sevicia. Lo primero que se observa en cuanto a sus continuidades es que las masacres con sevicia son, o bien la primera y la única masacre que se registra en el espacio y el tiempo (no hay registro de masacres anteriores ni posteriores en el territorio donde se perpetra la masacre con sevicia en el norte y el sur), o bien es la primera de varias masacres que se reproducen en el tiempo y en el espacio (hay registro de masacres posteriores en un mismo territorio en el eje bananero y el sur pero que no van acompañadas de sevicia), o bien es la primera de varias masacres que se reproducen en el espacio pero que son intermitentes en el tiempo (hay registro de masacres repetitivas en un mismo territorio en el norte y el Atrato que si bien van acompañadas de sevicia son intermitentes en el tiempo). En contraste con lo anterior, lo más relevante en cuanto a las discontinuidades es que hay territorios en el eje bananero, con o sin masacres repetitivas, en los cuales no se registran masacres con sevicia. Será necesario entonces interpelar las continuidades y las discontinuidades en relación con la constitución de la sevicia dentro de las masacres en medio de la guerra.

Las masacres con sevicia registraron una relación 3:1 entre los grupos paramilitares y la guerrilla (10 de los grupos paramilitares y 3 de la guerrilla), y se observó que 1 de cada 5 masacres de los grupos paramilitares tuvieron sevicia frente a 1 de cada 10 en las de la guerrilla. El contraste adquiere mayor relevancia cuando se observa que la diferencia en el número de masacres perpetradas por los grupos paramilitares y la guerrilla es menor de lo esperado (57 de los grupos paramilitares y 37 de la guerrilla). Se debe interpelar no sólo por la diferencia entre la guerrilla y los grupos paramilitares, sino por el contraste entre las masacres con y sin sevicia en los grupos paramilitares.

A continuación se debe indagar por lo distintivo de las coordenadas en el espacio y el tiempo en las que se inscriben las masacres con o sin sevicia según tipo de perpetrador. Lo que se observa es que la masacre se produce cuando y donde el territorio está etiquetado como enemigo. Los grupos paramilitares incursionan en el norte de Urabá cuando el territorio está etiquetado como zona de influencia de la guerrilla del EPL y luego de la disidencia del EPL (corregimientos El Mellito, Pueblo Nuevo y Las Changas en Necoclí, y corregimiento Pueblo Bello en Turbo). Igual sucede con el eje bananero en relación con la guerrilla del EPL en los años ochenta y la guerrilla de las FARC en los años noventa (corregimientos Nueva Colonia y Currulao en Turbo, San José de Apartadó, Churidó y Comunas 1 y 2 de Apartadó, y corregimiento Zungo en Carepa). La etiqueta se extiende hacia el sur (casco urbano de Chigorodó y corregimientos de Belén de Bajirá y Pavarandó en Mutatá), el Atrato (corregimientos Jiguaminadó y Puerto Lleras en Riosucio) y el Darién chocoano (Acandí y Unguía), pero únicamente en relación con la guerrilla de las FARC. Las FARC incursionan en el norte cuando el territorio está etiquetado como zona de influencia de los grupos paramilitares (corregimientos Pueblo Bello y Altos de Mulatos en Turbo, Las Changas y El Mellito en Necoclí, y Santa Catalina en San Pedro de Urabá). Igual sucede con el eje bananero pero en relación con los Comandos Populares vinculados a la antigua guerrilla del EPL (corregimientos de Nueva Colonia, El Tres y Currulao en Turbo, corregimiento Churidó y comuna 2 en Apartadó, y corregimiento Zungo en Carepa).

La información derivada de la exterioridad de las masacres con y sin sevicia necesita complementariedad con la información relacionada con la interioridad de las masacres con y sin sevicia respecto a las características del depositario de la sevicia (sexo, edad, ocupación y militancia política), el mecanismo para su elección (selectivo o indiscriminado), las etiquetas para nombrarlo (combatiente, militante político o auxiliador) y el repertorio de la sevicia (cortes y mutilaciones).

La primera característica distintiva de las masacres con sevicia radica en su tendencia a la individualización que se refleja, no sólo en su inscripción en masacres pequeñas entre 4 y 6 víctimas (10 de las 13 masacres son pequeñas), sino en que las víctimas depositarias de la sevicia son sólo una parte de la totalidad de las víctimas de las masacres (8 de las 13 masacres no tienen como depositarios de la sevicia a la totalidad de sus víctimas).

La segunda característica distintiva de las masacres con sevicia estriba en que la mayoría de sus 85 víctimas son hombres (74 hombres y 11 mujeres), adultos (79 adultos, 3 adultos mayores y 3 menores de edad), campesinos (77 campesinos) y sin militancia política (72 víctimas sin militancia política y 13 con militancia política). Casi la totalidad de los militantes políticos pertenecían a la Unión Patriótica (12 de 13 víctimas). Lo distintivo de la militancia política es que su relación cambia entre las masacres con sevicia y la totalidad del universo de las masacres (1:4 en la totalidad de las masacres y 1:6 en las masacres con sevicia), lo que sugiere que el factor de riesgo por sevicia se reduce con la militancia política. Parece que se prefiere matar a gran escala a los militantes políticos antes que rematarlos y contramatarlos, lo que se confirma cuando se constata que la mayoría de las masacres grandes en Urabá tienen como víctimas a los militantes políticos (Masacre de Honduras y La Negra, 17 víctimas, militantes políticos del Frente Popular, año 1988- Masacre de La Chinita, 34 víctimas, militantes políticos de Esperanza, Paz y Libertad, año 1994- Masacre de Vereda Coquitos, 26 víctimas, militantes políticos del Frente Popular, año 1988- Masacre El Aracatazo, 18 víctimas, militantes políticos de la Unión Patriótica, año 1995- Masacre de Los Kunas y Bajo del Oso, 16 y 25 víctimas, militantes políticos de Esperanza, Paz y Libertad, año 1995). La cuestión se vuelve más crítica cuando se observa que 22 de las 28 masacres con militantes políticos se concentraron en el eje bananero y el sur, pero sólo una registró sevicia. La hipótesis que se enuncia y se desarrolla más adelante es que una etiqueta como la militancia política es portadora de un sentido que el perpetrador busca explotar para potenciar la eficacia simbólica del mensaje que desea transmitir y es por eso que se eleva la frecuencia de las etiquetas políticas en las grandes masacres. La sevicia aparece si las etiquetas con las que se nombra a las víctimas no son portadoras de un sentido unívoco y diferenciado que garantice la eficacia simbólica del mensaje que desea transmitir el perpetrador. La sevicia puede marcar una diferencia entre los combatientes y los auxiliadores y así separar los mensajes que el perpetrador desea transmitir, pues si su deseo con el combatiente es aniquilación y capitulación, con el auxiliador puede ser conversión y subordinación. Es posible que desde la racionalidad estratégica se opere una dosificación del terror en relación con los auxiliadores o colaboradores que se traduce en matar, pero sin rematar o mutilar, porque la finalidad es el control del territorio, que no puede disociarse radicalmente del control y subordinación de la población.

La tercera característica distintiva de las masacres con sevicia tiene que ver con la ausencia o no de indicios de selectividad. Lo primero que debe señalarse es que la información es sólo parcial, pues el registro de indicios de selectividad puede escapar a la descripción del hecho por su marginalidad en relación con la sevicia. Teniendo en cuenta lo anterior, se observó que 5 de las 13 masacres con sevicia registraron mecanismos de elección de las víctimas (porte de listas, perpetradores identificados, viviendas seleccionadas y presencia de encapuchados). Las masacres con sevicia que presentaron indicios de selectividad se concentraron en el norte (2), el Darién chocoano (1) y el Atrato (2). En perspectiva con las masacres sin sevicia (24 de 90), las masacres con sevicia no son necesariamente más selectivas. Incluso lo que se observa en los dos casos es que se impone una ausencia de indicios de selectividad (2 de cada 3).

La cuarta característica distintiva deriva del hecho de que, más que la presencia o ausencia de indicios de selectividad, lo decisivo es cómo se nombra y cómo se etiqueta a las víctimas para volverlas depositarias de la sevicia. Lo que se observa en las memorias de las masacres con o sin sevicia es que las víctimas son nombradas como auxiliadores, combatientes o militantes políticos. Hay una diversificación de las etiquetas que refleja una diferenciación de los tipos de vínculo con el enemigo.

A pesar de que la etiqueta como colaborador o auxiliador del enemigo es porosa, incorporando casi cualquier tipo de vínculo esporádico o no con el enemigo, a la vez que una militancia política se asume como parte constitutiva del enemigo, ninguna de las dos etiquetas es suficiente para convertir a la víctima en depositaria de la sevicia. Lo que se observa en las memorias es que quienes ordenan las masacres registran como depositarios de la sevicia a los combatientes. En una entrevista concedida al periódico El Tiempo en septiembre de 1997, Carlos Castaño presentó la masacre de Mapiripán como "el combate más grande que han tenido las autodefensas en su historia. Nunca habíamos dado de baja a 49 miembros de las FARC ni recuperado 47 fusiles"14. Luego, el propio Castaño indicó en una entrevista concedida a la Revista Cambio que no podía entender los cuestionamientos que se le hacían por los excesos en la masacre de Mapiripán, si las víctimas eran guerrilleros de las FARC.

La etiqueta de combatiente que se asignó a las víctimas depositarias de la sevicia en la masacre de Mapiripán por parte de los paramilitares no es nueva y coincide con su acusación universal de que sus víctimas son "guerrilleros vestido de civil" o "auxiliadores de la guerrilla". No se necesita que las víctimas sean combatientes y que haya información confiable que sirva de respaldo, lo que se necesita es que el victimario que ejecuta se represente a su víctima como un combatiente. Es por eso que el operador de la sevicia construye un estereotipo del combatiente enemigo sobre la victima que es depositaria del exceso a pesar de que la información sea o no suficiente y muchos menos si es o no confiable.

La presentación del combatiente como etiqueta de la víctima que es depositaria de la sevicia se puede constatar en aquellas situaciones en las cuales la ausencia de mecanismos de elección de la víctima es sustituida por la equivalencia de la víctima con el estereotipo del combatiente (hombre adulto, campesino y sin militancia política). El supuesto es que en una guerra irregular el combatiente se puede confundir con la población civil.

Y la quinta característica distintiva tiene que ver con el repertorio de las prácticas de sevicia. Lo que se observa es decapitación (9 de 13), degollamiento (3 de 13) y corte de franela, castración, incineración e incisión abdominal sin desviceración (1 de 13). Sólo 3 de las 13 masacres registraron dos prácticas de sevicia simultáneamente, una tuvo decapitación más corte de franela, otra registró decapitación más castración y la restante presentó degollamiento más incisión abdominal para desangrar a la víctima. No hay diferencia entre las subregiones ni entre los perpetradores en cuanto a la generalización de la decapitación como principal práctica de sevicia dentro de las masacres contemporáneas en Urabá.

Estas masacres se caracterizan entonces por una baja diversificación en el repertorio de las prácticas de sevicia en comparación con las masacres de La Violencia. Pero no es sólo eso. La sevicia contemporánea parece agotarse en la ruptura del cuerpo, mientras que la de La Violencia supera la ruptura del cuerpo para operar una recomposición del cuerpo a posteriori. Uribe15 indica que se invierte el orden corporal "colocando afuera lo que estaba adentro y arriba lo que estaba abajo". Sánchez16 va más allá y percibe en el nuevo orden corporal una manipulación deliberada del cuerpo para crear asociaciones que se conviertan en símbolos. Cortar la cabeza para luego reubicarla en el cuerpo mutilado genera una asociación que se transforma en un símbolo del cercenamiento del pensamiento del otro, castrar para luego reubicar los testículos en la boca marca la obstrucción de la palabra del otro, y extraer el feto del útero para luego reubicarlo en el vientre abierto simboliza la eliminación de la reproducción del otro. Si se reproduce la lógica del razonamiento de Sánchez, se puede afirmar que la desviceración es un símbolo muy potente porque fabrica una imagen del "enemigo sin extrañas", lo que en el lenguaje coloquial significa un enemigo malvado y desalmado. Y así sucesivamente se puede interpretar el corte de franela y el corte de corbata, cuya singularidad estriba en que ninguna parte del cuerpo que se mutila se disocia del cuerpo. La asociación parece ser entonces una ausencia generalizada dentro de la sevicia contemporánea y con ella se opera una supresión de los símbolos como parte de la desritualización de las masacres.

HIPÓTESIS SOBRE LA SEVICIA EN LAS MASACRES CONTEMPORÁNEAS

Las características de las masacres con sevicia se convierten en una base para enunciar las hipótesis que permitan descifrar ¿Bajo qué condiciones opera la sevicia dentro de las masacres en medio de la guerra?

Lo que se propone aquí es que la operacionalización de la sevicia dentro de las masacres depende de cinco factores: a) las coordenadas de tiempo y espacio en función de la libertad absoluta de la violencia, b) las representaciones del enemigo, c) la diversificación de las etiquetas del enemigo, d) la asimetría militar con el enemigo, y e) la ausencia de objetos de explotación de lo político más allá del sujeto.

LAS COORDENADAS DEL TIEMPO Y EL ESPACIO EN FUNCIÓN DE LA LIBERTAD ABSOLUTA DE LA VIOLENCIA

La finalidad de las masacres es explotar la vulnerabilidad del territorio del enemigo y prolongar su tiempo cuanto sea posible. Las coordenadas del espacio y el tiempo son condiciones necesarias para la configuración de la sevicia, ya que su configuración necesita prolongación del tiempo y bloqueo del espacio. Sofsky señala que la sevicia es una derivación de la libertad absoluta de la violencia. Pero ésta necesita un tiempo y un espacio para su despliegue sin interferencias. El espacio debe ser aislado o bloqueado para que no haya conocimiento de la anomalía y que el enemigo no pueda interrumpir el desarrollo del acontecimiento y minimizar la explotación de la vulnerabilidad de su territorio. El tiempo debe prolongarse para maximizar y diversificar la explotación de la vulnerabilidad. Sofsky señala que "la masacre quiere frenar el tiempo, prolongar la agonía y diversificar la violencia. Una muerte rápida pone fin a la masacre, de ahí la necesidad de inventar siempre nuevas atrocidades"17.

Lo que Sofsky registra como una característica universal de las masacres no sólo no lo es, sino que es apenas una particularidad como la de la sevicia dentro de las masacres. El caso de Urabá permite constatar que hay una diferenciación de las masacres según sus coordenadas en el tiempo y el espacio, y que éstas a su vez explican en parte la frecuencia de la sevicia en el norte, el Atrato y el Darién chocoano en contraste con el eje bananero y el sur.

Los contrastes entre el norte y el eje bananero no sólo son geográficos, sino demográficos y económicos. Eso incide en lo distintivo de las coordenadas en el tiempo y el espacio de las masacres con y sin sevicia. A comienzos de los años noventa, el norte contaba con la mitad de la población del eje bananero. Además, el norte registraba una alta dispersión de su población en zonas rurales que contrastaba con una alta concentración de población del eje bananero en cascos urbanos. Así mismo, la brecha entre el norte y el eje bananero se agravó aún más por una diferenciación en cuanto a su economía. Antes de su conversión económica hacia el latifundio ganadero, el norte registró una economía campesina con baja tecnificación basada en la explotación del minifundio y un bajo nivel de desarrollo económico. En contraste con lo anterior, el eje bananero tuvo una economía capitalista basada en la agricultura comercial de banano para exportación y un alto nivel de desarrollo económico. Las diferencias en lo económico son relevantes porque inciden en una integración no sólo territorial (infraestructura vial y de comunicaciones) sino social (redes de interdependencia derivadas de la división social del trabajo). La desintegración territorial favorece el aislamiento del espacio y la desintegración social la prolongación del tiempo, todo lo cual permite que no se detecten con prontitud las anomalías.

El norte reproduce características geográficas, demográficas y económicas favorables para la consumación de la sevicia que contrastan con el eje bananero. Lo que se observa en el norte se agrava aún más en el Atrato (baja población, alta dispersión rural, alta extensión territorial, eje vial marítimo y zona selvática), mientras que el sur se ubica en una mixtura entre las características del norte y el eje bananero (una parte de Chigorodó está integrada con el eje bananero y una parte de Mutatá colinda con el bajo Atrato).

En consonancia con lo anterior, se pueden identificar cuatro asociaciones en las coordenadas del espacio y el tiempo de las masacres registradas en Urabá, y su relación con la consumación o no de la sevicia.

El primer caso son las masacres perpetradas en los cascos urbanos en los cuales se registra una alta concentración de población. El hecho violento se materializa con una incursión de los perpetradores dentro del territorio mediante un ataque indiscriminado y un repliegue inmediato. No hay tiempo para el desarrollo de una secuencia interna entre la incursión y la finalización del acontecimiento. El espacio urbano con una alta concentración de población no puede bloquearse o aislarse, a la vez que el tiempo es restringido porque la anomalía es detectada con prontitud. Este tipo de masacres se registró mayoritariamente en los cascos urbanos del eje bananero (Apartadó, Carepa y los corregimientos Currulao y El Tres de Turbo) y el sur (Chigorodó). Se incluyen casos relevantes como las masacres de La Chinita en Apartadó (34 víctimas, 1994, FARC), El Aracatazo en Chigorodó (18 víctimas, 1995, Paramilitares) y El Golazo en Apartadó (10 víctimas, 1996, Paramilitares).

El segundo caso son las masacres perpetradas en las fincas bananeras o las vías comunales que interconectan a las fincas bananeras entre sí. El hecho violento se materializa mediante una incursión de los perpetradores a las fincas bananeras o una intercepción de los buses que transportan a los obreros y que luego son desviados a una finca o una vía comunal. El espacio puede ser bloqueado más no aislado, además de que el tiempo es restringido porque la anomalía se detecta con prontitud. La cuestión del bloqueo antes que el aislamiento deriva de una interconexión de las fincas bananeras, mientras que el tiempo restringido se basa en una anomalía prontamente detectada no sólo porque el bus no llegó a tiempo a la finca bananera sino porque la división social del trabajo dentro de un circuito económico de producción capitalista con vocación exportadora registra cualquier anomalía desde los retrasos y los incumplimientos. La parálisis de la producción generada por el tiempo de la masacre activa la anomalía. La totalidad de las masacres de este tipo se produjo en las fincas del eje bananero y sus casos más sobresalientes fueron las masacres de Bajo del Oso en Apartadó (25 víctimas, 1995, FARC), Los Kunas en Carepa (16 víctimas, 1995, FARC), Nueva Colonia y Currulao en Turbo (12 víctimas, 1993, Comandos Populares) y Osaka en Carepa (10 víctimas, 1996, FARC).

El tercer caso son las masacres perpetradas en las veredas ubicadas en zonas de economía campesina deprimida o áreas de colonización. El hecho violento se materializa mediante una incursión de los perpetradores a un espacio aislado y bloqueado que les garantiza una prolongación del tiempo. El espacio puede ser aislado y bloqueado porque está distante de los cascos urbanos o porque no hay infraestructura vial y de comunicaciones (o ésta es deficiente). Pero también puede ser bloqueado y aislado porque las viviendas en las veredas están separadas según la extensión de las fincas, lo que garantiza que una anomalía dentro de una finca no pueda ser detectada con facilidad en las demás. Hay dos alternativas de prolongación del tiempo dentro del espacio rural, una es agrupar a la totalidad de la población que habita la vereda en una escuela o un espacio comunitario, mientras que la otra es incursionar por separado en cada finca explotando la distancia entre las viviendas (que depende de la extensión de las fincas y de la localización de la vivienda dentro de la finca), lo que reduce las probabilidades de detectar con prontitud la anomalía. Este tipo de masacres se registró mayoritariamente en las veredas de los corregimientos San José de Apartadó en Apartadó, Santa Catalina en San Pedro de Urabá y Belén de Bajirá en Mutatá.

Y el cuarto caso son las masacres perpetradas en los cascos urbanos con una concentración de población baja (especialmente en las cabeceras de corregimientos de las zonas rurales) y que además se localizan en áreas campesinas deprimidas, pueblos ribereños de pescadores y zonas de colonización. El hecho violento se materializa mediante una incursión de los perpetradores que aprovechan el aislamiento del espacio y su fácil bloqueo, explotando además la prolongación del tiempo. Además de la distancia entre los cascos urbanos de los corregimientos y las cabeceras municipales, las deficiencias en la infraestructura vial facilitan el aislamiento y el bloqueo sin que haya mayor riesgo de que la anomalía sea detectada. La desintegración social y territorial generada por una economía campesina deprimida o una economía de subsistencia favorecen a una anomalía que se puede prolongar en el tiempo sin ser detectada. A la cuestión de la anomalía no detectada se agrega una oportunidad para la prolongación del tiempo que deriva del hecho de que la población esté concentrada y eso garantiza no sólo que haya espectadores sino que la masacre pueda inventarse y diversificar las atrocidades. Este tipo de masacres se registró en el norte y el Atrato. Los casos más sobresalientes incluyen las masacres de Pueblo Bello y Alto de Mulatos en Turbo (15 víctimas, 1996, FARC-Disidencia del EPL), Puerto Lleras en Riosucio (14 víctimas, 1997, Paramilitares) y Pavarandó en Mutatá (10 víctimas, 1997, Paramilitares).

Las coordenadas de tiempo y espacio del tercer y cuarto tipo garantizan la libertad absoluta de violencia que necesita la sevicia para su consumación. La prevalencia de las coordenadas del cuarto tipo en el norte y el Atrato permiten descifrar por qué su mayor proporción de sevicia en comparación con el eje bananero en donde hay prevalencia de las coordenadas del primer y segundo tipo. Sin embargo, ese contraste no parece suficiente como para agotar la operacionalización de la sevicia en las coordenadas del tiempo y el espacio. En primer lugar, las coordenadas en el espacio y el tiempo del tercer y cuarto tipo no cambian, pero la sevicia en sus masacres sí. Recuérdese que la masacre con sevicia se restringe a la primera cuando hay masacres repetitivas. En segundo lugar, las coordenadas en el espacio y el tiempo del segundo tipo no impiden la operacionalización de la sevicia, mucho menos cuando se piensa en la precaria sofisticación de las prácticas de sevicia que se han implementado. Lo anterior pone en evidencia que las oportunidades en sí mismas no hacen a un operador de sevicia y que es necesario explorar nuevas perspectivas.

LAS REPRESENTACIONES DEL ENEMIGO

No hay sevicia sin operador y eso supone penetrar en su interioridad para entenderlo. Lo primero que debe señalarse es el consenso dentro del acumulado investigativo de la sociología y la antropología acerca de que ser un operador de sevicia exige una conversión moral profunda18. El operador de sevicia debe suprimir la culpa. Maria Victoria Uribe19 propone que la conversión del operador de sevicia se basa en una representación de la víctima como animal. Si la víctima se convierte en animal desde las representaciones del victimario, la sevicia se vuelve entonces una réplica de los procedimientos y las técnicas que se despliegan en el sacrificio de los animales. La animalización de la víctima genera una indiferencia que es necesaria para eliminarla. Además de que se está centrando el animal y la indiferencia, los animales deben ser domésticos para que su sacrificio garantice su consumo simbólico y se asegure así su equivalencia con la figura del carnicero20.

A pesar de su consenso generalizado en Colombia, lo que se le interpela a la teoría de la animalización es la ausencia del enemigo dentro de las representaciones del victimario en relación con su víctima y la ausencia de hipótesis acerca de los mecanismos y los procesos que intervienen en la conversión del operador de sevicia.

Una de las características relevantes de las masacres con sevicia es que las víctimas son nombradas como enemigos antes que como animales. El hecho es relevante porque demuestra que la condición necesaria para la operacionalización de la sevicia no es la animalización o la deshumanización sino la enemistad absoluta. La víctima no es indiferente para el victimario sino que es la depositaria de su sentimiento de hostilidad y sobre la que se proyecta un odio profundo. La sevicia es animada entonces por las pasiones que genera el enemigo y no por la indiferencia. Sustituir la hostilidad por la indiferencia conduce a derogar el sentido del cual es portador la práctica de sevicia.

Sustituir un enemigo por un animal significa disolver la esencia del enemigo, cuando el animal es relevante no porque suprima el enemigo, sino porque lo prolonga. La alta prevalencia de la animalización en el genocidio tutsi (el que los hutus radicales nombraran a los tutsi como "cucarachas") permite constatar que la proyección del enemigo sobre el animal es lo que impulsa a la consumación de la sevicia y no la sustitución del uno por el otro. La prevalencia de la nominación del tutsi como "cucaracha" es una animalización que proyecta la enemistad absoluta del hutu radical derivada de su historia política contemporánea marcada por una discriminación racial fabricada por la colonización belga y que permitió a la minoría tutsi gobernar en contra de la mayoría hutu. La cucaracha simboliza a los tutsi como minoría si se tiene en cuenta que es un animal pequeño, pero a la vez proyecta una mayoría hutu porque es un animal que se puede extirpar fácilmente con un objeto de mayor peso. También prolonga la discriminación racial en la medida en que el color de la cucaracha refleja el color de piel que diferencia a los tutsi de los hutu (marrón en los tutsi y negro en los hutu). Y, por último, el contexto de guerra en el que se produce el genocidio tutsi con la expansión del Frente Patriótico Ruandés desde el norte, la prolongación de la guerra desde la descolonización de los años 60 sin que se haya podido exterminar a los tutsi y su crecimiento demográfico en la vecina Uganda, convierte a la cucaracha en un animal que connota una plaga con capacidad para reproducirse y esparcirse aún en situaciones críticas y adversas.

A la indiferencia que suprime la enemistad y el animal que reemplaza al enemigo, la teoría de la animalización de Maria Victoria Uribe agrega un acento en los animales domésticos cuyo sacrificio garantiza su consumo simbólico. Además de que no hay indicios de que las víctimas sean nombradas como animales dentro de las masacres con sevicia en Urabá, los animales domésticos no sólo se oponen a una repulsión que facilita la eliminación (cucarachas en el genocidio tutsi, ratas en el holocausto judío e insectos en las guerras contemporáneas de África) sino que se acerca a una empatía que obstaculiza su aniquilación porque el animal domestico en el imaginario del mundo campesino se vuelve parte del mundo de los hombres. La disyuntiva se resuelve cuando animales como el cerdo y la gallina son desprovistos de su carácter doméstico para remarcar su dimensión repulsiva (como en el caso del cerdo) o su carácter peyorativo (como en el caso de la gallina).

El límite de la teoría de la animalización estriba entonces en que convierte la sevicia, desde la representación del victimario, en una cuestión de procedimientos y técnicas análogas a las del sacrificio de animales que provoca una supresión de su sentido. La animalización está excesivamente centrada en la conversión de la víctima y su efecto en la supresión de la culpa del victimario. Por lo tanto, lo relevante es que el victimario convierta a la víctima en animal y permita la sevicia, haciendo de su materialización una derivación lógicamente necesaria que consiste en que sólo se puede matar como animal a quien anticipadamente haya sido designado como animal. A lo anterior debe añadirse que es necesario descentrar al victimario y recentrar a la víctima desde su representación como enemigo, ya que las pasiones como factores desencadenantes de la sevicia derivan de las representaciones del enemigo. Y es el enemigo antes que el animal el que da sentido a la consumación de la sevicia desde la interdependencia del victimario y la victima.

El giro en la teoría de la animalización centrando el enemigo no inválida la versión original, por el contrario, lo que procura es que se incorporen nuevas perspectivas. La cuestión es relevante porque la sevicia puede derivar no sólo del exceso de sentido sino de su supresión. Lo que permite entender bajo qué condiciones la sevicia se opera desde el exceso o desde la supresión de sentido son los mecanismos que intervienen en la fabricación del operador de sevicia.

Sémelin se acerca a los mecanismos que inciden en la fabricación de un operador de sevicia cuando establece una diferenciación entre quien ordena y quien ejecuta una masacre21. Pero va más allá. Sugiere que el que ordena incide directamente en la conversión de quien ejecuta, pero restringe su campo de acción a la garantía de impunidad total y la provisión de beneficios materiales. Es posible que la impunidad le permita a quien ejecuta librarse de la reprobación de otros, pero no necesariamente tramitar su culpa. Lo que se propone aquí para ir más allá de lo que sugiere Sémelin, es que el ordenador opera la conversión del ejecutor a través de la incidencia en sus emociones, así: a) explotando el odio del victimario que ha sido víctima, b) agravando el miedo hacia el enemigo y c) suprimiendo la empatía con el enemigo.

a) explotar el odio del victimario que ha sido víctima. En sus "divagaciones sobre la venganza, la justicia y la reconciliación"22, Orozco le devuelve a la guerra la centralidad del vengador (víctima que se convierte en victimario). Lo que es relevante del artículo en cuestión respecto a la fabricación del operador de sevicia son las representaciones que el victimario tiene de sí mismo y de su víctima como enemigo. Orozco sugiere que el victimario se representa a sí mismo como víctima-victimario-inocente, mientras que representa a su víctima como victimario-victima-culpable.

La cuestión es central porque evidencia que el victimario transfiere la culpa a la víctima23. Si es necesario interpelar si ser víctima es suficiente para convertirse en victimario, mucho más lo es cuestionar si ser victimario es suficiente para convertirse en operador de sevicia.

En el primer caso, Orozco afirma que la venganza deriva de la inoperancia del la justicia24, mientras que Kalyvas sugiere que ésta deriva de una baja probabilidad de retaliación25. Kalyvas sugiere incluso que las zonas grises entre victimarios y víctimas son mucho más densas cuando se piensa en las víctimas que se convierten en victimarios no como operadores de violencia sino como informantes o financiadores26. Lo que se propone aquí es que los vínculos con la criminalidad organizada pueden acelerar el paso desde víctima hacia victimario en medio de la guerra, lo que significa que la suspensión moral es anterior a la guerra y que ésta lo que hace es agravarla antes que crearla. La hipótesis es plausible si se tiene en cuenta el parentesco entre el narcotráfico y los paramilitares en Colombia. La ambigüedad del narcotráfico en relación con la sevicia es que puede desencadenarla pero a la vez regularla a partir de la interferencia de la racionalidad vinculada a la empresa económica. A pesar de lo anterior, la conversión de la víctima en victimario no se agota en las oportunidades, hay principios éticos y preceptos religiosos que intervienen para bloquear el tránsito.

En el segundo caso, lo que se propone aquí es que el victimario se vuelve operador de sevicia, no desde su calidad de víctima únicamente, sino desde cómo se convirtió en víctima. El cómo se mató condiciona si la venganza se agota en matar o se extiende a rematar y contramatar. Pero no es sólo eso. El acceso o no a los individuos que por su acción directa lo volvieron víctima es relevante.

Sobre el cómo, el odio agravado del victimario deriva de su experiencia traumática como víctima cuando carece de un cuerpo o cuando el cuerpo ha sido torturado o mutilado, todo lo cual no sólo impide, sino que obstaculiza la elaboración del duelo. Sobre el cuerpo ausente, su capacidad para agravar el dolor de la víctima consiste no sólo en lo incierto del desenlace (el limbo entre la vida y la muerte) sino en el tormento sobre los suplicios y los sufrimientos que pudo haber padecido la víctima (modalidades de tortura). Sobre el cuerpo torturado o mutilado, el dolor de la víctima se agrava por los suplicios y la barbarie de los que fue objeto la víctima. El repertorio de las experiencias traumáticas que están detrás de la víctima que se vuelve victimario no se agotan en el cuerpo ausente o el cuerpo torturado y mutilado, sino que se extienden hasta el número de las víctimas (exterminio de su entorno afectivo próximo) hasta las cargas emocionales que se depositaban en las victimas a pesar de que se les mate sin rematar ni contratar (esposa, hijos, padres y amigos). Las cargas emotivas del dolor y el odio se invierten para producir un vengador con capacidad de derogar los límites morales en el uso de la violencia, porque si algo distingue a un vengador es que su venganza esperada debe ser más brutal y más dolorosa que la experiencia traumática que lo convirtió en una víctima.

Sin embargo, la venganza necesita un depositario para realizarse. El depositario desde la perspectiva del vengador es el individuo responsable de su experiencia traumática como víctima. El vengador busca siempre a los individuos concretos porque su causa es personal, pero cuando no tiene acceso a los victimarios materiales, el límite de la venganza se vuelve difuso y opaco. La incapacidad de acceder a los individuos puede favorecer la desindividualización de la venganza y lo que hace entonces el vengador es transferir la culpa de un individuo hacia su grupo de pertenencia. El victimario nunca percibe a su víctima como un extraño sino como un enemigo. A pesar de que el operador de sevicia necesita listas, encapuchados o perpetradores identificados para la elección de las víctimas, lo que sugiere que no hay un conocimiento personal y directo con la víctima, lo que el operador de sevicia ve, no es un extraño sobre el que se pueda desplegar con libertad absoluta la violencia, sino a su victimario que es el depositario del odio. El don de la ubicuidad de la enemistad convierte una relación entre extraños en una relación entre enemigos y cambia la distancia por la cercanía emocional a través del odio y la hostilidad. Todo esto no excluye que la venganza pierda su límite aún si el vengador tiene acceso a los individuos concretos. Lo que hace el que ordena es persuadir a quien ejecuta de que la culpa no puede restringirse a quien accionó el arma, sino que debe extenderse hasta los que le colaboraron y los que le ordenaron. El papel de quien ordena es explotar el odio de quien ejecuta y lo hace no sólo recreando sino prolongando los alcances de su experiencia traumática. Es necesario aclarar que las emociones no siempre son anteriores a la guerra sino que derivan de su devenir, lo que significa que un victimario se puede representar a si mismo como víctima en el curso de la guerra y ser un portador de odio hacia el enemigo por los compañeros de armas que han caído dentro y fuera de combate. Sofsky señala que "el espíritu del sacrificio se ve acompañado por la compenetración con los camaradas" y que "cuanto mayor es el sufrimiento y la destrucción, más firme es la voluntad de seguir luchando, pues no puede ser que ninguno de los muchos muertos hayan caído en vano. Los vivos tienen que seguir luchando por los muertos propios"27.

A pesar de lo anterior, es probable que el portador del odio por haber sido víctima no sea el victimario-ejecutor sino el victimario-ordenador. Lo que se cuestiona entonces es cómo se fabrica un operador de sevicia si no hay un odio por explotar en el victimario-ejecutor. Si no hay un verdugo voluntario entonces hay que fabricarlo y el victimario-ordenador convierte entonces su odio en un medio para inventar los mecanismos que conduzcan a crear o a suprimir las emociones en el victimario-ejecutor.

b) agravar el miedo hacia el enemigo y c) suprimir la empatía con el enemigo. Los dos mecanismos son interdependientes y lo que los distingue es que derivan más del que ordena que de quien ejecuta. El miedo hacia el enemigo es producto de una representación mítica del enemigo que construye el que ordena la masacre desde su experiencia traumática como víctima y que se centra en su brutalidad y su barbarie sin vacilación. Lo que se le dice a un operador de sevicia es que si él vacila en la consumación de la sevicia, su enemigo no lo hará. Sin embargo, hay una contradicción que el ordenador debe resolver: ¿Cómo convierte la parálisis y la inacción derivada del miedo en un impulso y una acción? Las escuelas de descuartizamiento de las cuales se tuvo conocimiento en el marco de la Ley de Justicia y Paz podrían ayudar a entender cómo opera el mecanismo. Lo que hace entonces el ordenador para invertir la parálisis del miedo es enfrentar a los ejecutores ante una experiencia traumática como las escuelas de descuartizamiento para probar su capacidad para afrontar el miedo en una situación extrema. Lo que busca el ordenador con la inversión del miedo es que los ejecutores asimilen que aniquilar el enemigo con anticipación es una cuestión de supervivencia. El miedo a la muerte propia puede convertir la parálisis en acción. El mito del enemigo opera como una profecía que se cumple a sí misma, pues se va llenando de hechos cumplidos que lo único que hacen es validar cada vez más las representaciones del enemigo que se han construido. La inversión del miedo se conecta directamente con el mecanismo faltante vinculado a la supresión de la empatía con el enemigo. Lo que busca la escuela de descuartizamiento es que el entrenamiento derive en el desprecio por la vida y la indiferencia ante el sufrimiento28. Suprimir la empatía significa entonces que "no se tiene nada en común con el enemigo y es peligroso e irracional alimentar sentimientos humanos hacia él y aplicarles criterios éticos"29. A partir de los enunciados de Sofsky, la culpa que acompaña un rito de sacrificio como el descuartizamiento en el que los individuos además de que no hacen presencia voluntariamente sino que además no pueden eliminar la empatía con una víctima que es un extraño con el cual no tienen ningún vinculo emocional que sirva como razón para su aniquilación, se puede suprimir cuando el rito de violencia es grupal porque se "reparte en los hombros de todos, de modo que ninguno de ellos llega a sentirla. Al fundirse con el cuerpo colectivo de la violencia, cada cual se libera de su naturaleza individual"30. Todo esto significa que el operador de sevicia puede suprimir su culpa desde un repertorio de alternativas que va desde transferírsela a la víctima y socializarla entre los victimarios-ejecutores hasta transferírsela a los victimarios-ordenadores desde la obediencia a una orden.

La representación del enemigo puede ser necesaria pero no suficiente, pues nombrar a la víctima como enemigo no cambia, pero la sevicia dentro de las masacres sí. A pesar de ello, hay un hecho relevante dentro de las masacres con sevicia que puede servir para descifrar los factores detonantes que operan en la consumación de la sevicia. Las víctimas depositarias de la sevicia dentro de las masacres son sólo una parte y no la totalidad de las víctimas, lo que significa que hay descifrar lo que se esconde detrás de la individualización de la sevicia para ver cuando un enemigo se convierte en su depositario.

LA DIVERSIFICACIÓN DE LAS ETIQUETAS DEL ENEMIGO

No hay sevicia sin operador, pero tampoco sin depositario. Si la representación del enemigo no es suficiente, probablemente haya que diferenciar internamente dentro del universo del enemigo para ubicar las etiquetas con base en las cuales se opera la sevicia. Lo que se propone aquí es que hay una diversificación interna dentro de las etiquetas del enemigo entre combatiente, militante político y auxiliador, siendo el combatiente el depositario de la sevicia.

¿Cuál es la base para afirmar que la etiqueta de combatiente en la representación del enemigo es la que define a la víctima que es depositaria de la sevicia? En primer lugar, el estereotipo del combatiente derivado de las características de la víctima depositaria de la sevicia. En segundo lugar, el hecho de que los militantes políticos tuvieron una baja proporción dentro de las víctimas de la sevicia a pesar de su alta proporción dentro del universo total de las masacres. En tercer lugar, el hecho que las víctimas acusadas universalmente como auxiliadores no sean únicamente hombres sino mujeres, niños y ancianos, contrasta con el hecho de que la mayoría de los casos son los hombres que se acercan al estereotipo del combatiente los que se convierten en depositarios de la sevicia. A los militantes políticos, los auxiliadores y los combatientes se les mata por igual, pero es sólo a los combatientes o su estereotipo a los que se les remata y se les contramata.

La masacre con sevicia que es la primera de una secuencia de masacres sin sevicia puede derivar de la carencia de información que permita diferenciar las etiquetas del enemigo y es por eso que el estereotipo opera como un sustituto. Las masacres siguientes no van acompañadas con sevicia porque los victimarios pueden actuar como una fuerza de control territorial y eso garantiza que haya un acervo de información mínimo o necesario para diferenciar las etiquetas del enemigo. La ausencia de sevicia de las masacres posteriores puede validar la hipótesis de Gutiérrez y Barón acerca de la compartimentación del aparato militar de la guerrilla en relación con sus bases sociales y políticas. "El principal enemigo de los grupos paramilitares y el Estado es una guerrilla con un débil apoyo social pero con un aparato militar fuerte, así que la estrategia paramilitar estándar de quitarle el agua al pez permitió la expansión territorial, pero no debilitó el aparato militar (…) La guerrilla de las FARC no depende críticamente de su contacto con la población, no estamos frente a un pez (por lo menos frente a uno convencional) y puede vivir sin agua (o con muy poca agua)" 31 Por su parte, la sevicia en masacres repetitivas pero intermitentes en el tiempo se distinguen por el hecho de que reproducen la lógica de la masacre inaugural, lo que deriva del hecho de que los perpetradores actúan como una fuerza expedicionaria que no puede o no se propone convertirse en una fuerza de control territorial.

Lo que debe entonces resolverse con la diferenciación de las etiquetas del enemigo es por qué los combatientes se vuelven los depositarios de la sevicia y no los militantes políticos o los auxiliadores.

LA ASIMETRÍA MILITAR CON EL ENEMIGO

¿Por qué el combatiente se convierte en el depositario de la sevicia? Lo que se propone aquí es que el balance militar asimétrico entre los grupos paramilitares y la guerrilla, agravado por la inoperancia militar de los paramilitares, es lo que vuelve a la masacre el reverso del combate desde la perspectiva de los victimarios.

Si algo es distintivo del conflicto armado en Colombia es la simultaneidad entre la expansión territorial paramilitar y la expansión militar guerrillera desde la segunda mitad de los años noventa. ¿Cómo es posible que haya expansiones simultáneas? En primer lugar, Gutiérrez y Barón responden que la simultaneidad fue posible por la compartimentación y autonomía del aparato militar de la guerrilla en relación con sus bases sociales y políticas, así como por su capacidad bélica y su combatividad. La compartimentación permitió que el aparato militar quedara blindado frente a los efectos erosivos de la pérdida de una base social y política por la acción de los grupos paramilitares. En segundo lugar, la crisis del Estado permitió las expansiones simultáneas de los paramilitares en lo territorial y la guerrilla en lo militar. Lo distintivo de las expansiones simultáneas es que la expansión territorial de los paramilitares no significó necesariamente una derrota militar para la guerrilla. Restrepo, Spagat y Vargas sugieren incluso que los grupos paramilitares no sólo han sido militarmente inoperantes contra la guerrilla sino que cuando se deciden a confrontarla directamente la asimetría militar pone en riesgo la pervivencia de las simultaneidades (la expansión militar de la guerrilla puede erosionar la expansión territorial de los paramilitares)32.

El balance militar asimétrico conduce a que los paramilitares conviertan a la masacre en el reverso del combate. Lo que busca la masacre es colocar en estado de indefensión a un enemigo que por su superioridad y su capacidad militar no puede ser derrotado en combate. ¿Cuáles son los indicios para proponer que la masacre es el reverso del combate? En primer lugar, el uso de uniformes y el porte de armas largas puede ser una exageración en la explotación del estado de indefensión de las víctimas, pero lo que eso connota es una necesidad en el victimario por afirmar su identidad como combatiente en relación con la víctima. En segundo lugar, el ritual de de la masacre con el uso de listas y la formación de las víctimas en filas parece recrear en parte un orden militar desde las percepciones del victimario que además opera mentalmente una analogía entre la masacre y el fusilamiento. En tercer lugar, el silencio de las víctimas, derivado del estado de indefensión y la coacción brutal que acompaña a una masacre, es percibido por el victimario como sinónimo de la culpabilidad de las víctimas y la derrota del enemigo, "volviendo a la masacre el corolario de la victoria"33. En cuarto lugar, los paramilitares reportan las víctimas de sus masacres como "dados de baja", un término típico del argot militar para reseñar los muertos en combate.

Si es el combatiente y no el militante político el depositario de la sevicia desde la perspectiva del operador de violencia, lo que debe interpelarse entonces es cuál es el significado de lo político que está detrás de las características de la sevicia en las masacres contemporáneas. La cuestión se vuelve más crítica cuando se piensa que las masacres con sevicia se concentran en el norte y el Atrato más no en el eje bananero y el sur, lo que contrasta con una baja frecuencia de la sevicia en los focos de concentración de las masacres en Urabá y donde simultáneamente se concentran las víctimas que eran a su vez militantes políticos.

LA AUSENCIA DE OBJETOS DE EXPLOTACIÓN DE LO POLÍTICO MÁS ALLÁ DEL SUJETO

Si se compara el contexto político del norte y el Atrato con el eje bananero y el sur, se observa que la antigua guerrilla del EPL en el norte y la guerrilla de las FARC en el Atrato tuvieron más trabajo militar que político y social. En contraste con lo anterior, en el eje bananero y el sur la antigua guerrilla del EPL y la guerrilla de las FARC no sólo tuvieron más trabajo político y social que militar, sino que registraron éxito social y político en los años ochenta y parte de los noventa. Entre las guerrillas, el antiguo EPL registró más trabajo social que político por su acento contra-institucional (recuperadores de tierras en relación con el campesinado, organización sindical en relación con el obrero e invasiones urbanas en relación con los pobladores urbanos/ rechazo a la organización político-electoral que sólo se deroga parcialmente hacia finales de los años 80), mientras que las FARC tuvo más equilibrio entre el trabajo social y político por su acento sub-institucional (organización comunitaria, colonización dirigida y organización sindical/ si a la organización político-electoral con el Partido Comunista y la Unión Patriótica). El éxito social y político de las guerrillas de las FARC y el EPL en el eje bananero (luego movimiento político Esperanza, Paz y Libertad) sólo se extiende hacia el sur a través de la guerrilla de las FARC, pero no se replica ni en el norte (antigua guerrilla del EPL) ni en el Atrato (guerrilla de las FARC).

Además de los contrastes entre los contextos políticos, hay una diferencia más entre las subregiones que tiene que ver con el hecho de que la guerra regional no tiene protagonistas ni conflictos transversales. El norte, el sur y el Atrato tienen como protagonistas de la guerra a los grupos paramilitares y a la guerrilla (FARC en el sur y el Atrato/ disidencia del EPL y FARC en el norte), mientras que en el eje bananero los protagonistas de la guerra son inicialmente la guerrilla de las FARC y la antigua guerrilla del EPL (Esperanza, Paz y Libertad/ Comandos Populares) y luego se vinculan los grupos paramilitares.

El conflicto entre la guerrilla y los grupos paramilitares se desenvuelve en contextos subregionales con escaso trabajo social y político por parte de las guerrillas (tanto en el norte respecto a la expansión de los grupos paramilitares y de la guerrilla de las FARC, como en el Atrato respecto a la expansión de los grupos paramilitares) y su agotamiento en el trabajo militar. La excepción a la regla es la subregión del sur en donde las FARC tuvieron trabajo social y político simultáneo con el trabajo militar. En contraste con lo anterior, el conflicto entre la antigua guerrilla del EPL y la guerrilla de las FARC se desenvuelve en un contexto subregional con éxito social y político para ambas guerrillas y que además está atravesado por un ruptura ideológica (renuncia a la continuación de la lucha armada y ruptura con la lucha revolucionaria por parte de la guerrilla del EPL en el año 1991). Además de que hay un contexto altamente politizado, la ruptura ideológica agrava la sobrepolitización y paradójicamente permite la aparición de los grupos paramilitares que lo que hacen es explotar el conflicto entre la guerrilla de las FARC y la antigua guerrilla del EPL.

Los contrastes en los contextos políticos permiten entender el significado que tiene el hecho de que las víctimas sean nombradas como combatientes en el norte y el Atrato, así como militantes políticos en el eje bananero y el sur. La alta frecuencia de la víctima nombrada como combatiente convierte a la consumación de la sevicia en un signo de agotamiento o precarización de lo político restringido a lo militar dentro de contextos con escaso trabajo social y político como el norte y el Atrato. Por su parte, la alta frecuencia de la víctima nombrada como militante político convierte a la consumación de la sevicia en signo de profundización o extensión de lo político más allá de lo militar y más acá de lo ideológico. Sin embargo, la militancia política puede evitar y bloquear la sevicia siempre y cuando haya una configuración vinculante entre sujeto y objeto derivada de los discursos y de las prácticas ideológicamente marcadas. Esto significa que la sevicia depende en su configuración de si el sujeto se centra o se descentra respecto a los objetos circundantes como materialización de lo discursivo y lo ideológico.

La militancia política en el eje bananero no provocó un escalamiento de la sevicia porque el sujeto como víctima no tiene sentido sin los objetos circundantes, además de que la militancia era portadora en si misma de un significado político que era más eficiente en su explotación si se mataba a gran escala. La guerrilla de las FARC justificó las masacres de militantes políticos del movimiento Esperanza, Paz y Libertad (antigua guerrilla del EPL) con la acusación de traición a la causa revolucionaria. Lo que se denomina "traición a la causa revolucionaria" es lo que debe proyectar el hecho violento y eso no es posible si el sujeto no se descentra y si no se le da importancia a los objetos circundantes como contexto portador de sentido. El sujeto como víctima no refleja traición a la causa revolucionaria sino es porque el espacio y las víctimas de las masacres son el foco y la vanguardia revolucionaria dentro del comunismo (obrero-fabrica es equivalente a obrero bananero- finca). El obrero y la finca bananera reflejan una conexión sujeto-objeto para la causa revolucionaria y su alineamiento político con el movimiento Esperanza, Paz y Libertad (antigua guerrilla del EPL) denota traición. Por lo tanto, el sentido asignado a la práctica de violencia extrema se inscribe dentro de un rito de purificación que busca restituir la dignidad profanada del foco y la vanguardia revolucionaria. Sin embargo, la ausencia de la sevicia como ritualización no se agota en una conexión sujeto-objeto, sino que se extiende a una secuencia de ejecución y ordenamiento de los cuerpos que le brinda frecuencia a la acusación de traición.

Designar y nombrar a la víctima como traidor maximiza el vínculo social previo con el victimario y su escisión de su comunidad política, además de que transfiere la culpa a la propia víctima y la justifica. Una vez se designaba a las víctimas, éstas eran obligadas a formar una fila y luego arrodillarse dando la espalda a sus victimarios, concluyendo con la ejecución sucesiva de cada una preservando la formación. La centralidad que tiene la formación como signo de ritualización radica en que denota organización y disciplina, características que son próximas y cercanas a lo que significa una militancia política y que también establece una analogía con la organización de los ejércitos y el fusilamiento (a pesar de que la víctima no esté frente a su victimario en posición vertical).

Uno de los casos que permite entender por qué la prevalencia de la sevicia en el norte y el Atrato son signos de agotamiento o precarización de político y por qué la sevicia no se convirtió en el signo de profundización y extensión de lo político en el eje bananero, es su contrastación con la sevicia registrada durante las masacres del periodo de La Violencia.

Hay dos diferencias relevantes para entender por qué la sevicia del presente es agotamiento político y la sevicia del pasado su opuesto: a) el contexto político y b) el repertorio de las prácticas de sevicia.

En relación con el contexto político, La Violencia estaba atravesada por una polarización política alta y un conflicto ideológico con signos identitarios. Ser liberal o conservador era una etiqueta que siendo adquirida, porque se basaba en diferencias ideológicas, se había convertido en adscriptiva, razón por la cual no se podía renunciar a la militancia y se reprimía la conversión. En contraste con lo anterior, el norte y el Atrato se caracterizan por su creciente despolitización en relación con los protagonistas de la guerra, lo cual deriva de su acento militar y su ausencia de militancia social y política, constituyendo así etiquetas políticas adquiridas a las que se podía renunciar y que además no llevaba consigo una represión de la conversión por parte de los poderes emergentes. El militante político está en el centro de la sevicia en La Violencia, mientras que el combatiente lo está en el norte y el Atrato en Urabá.

Sobre el repertorio de las prácticas de sevicia, La Violencia se caracteriza por una sevicia con una alta diversificación que refleja no sólo la intensidad del conflicto ideológico y su enemistad absoluta derivada, sino la explotación de lo político desde la invención y la producción de símbolos y figuraciones en función de la alteración del cuerpo del enemigo (corte de corbata, corte de franela, corte de mica, corte de florero, decapitación, eventración, desviceración, descuartizamiento, castración y desviceración). En contraste con lo anterior, la sevicia contemporánea registrada en el Atrato y el norte de la región de Urabá se caracterizan por su baja diversificación (decapitación y degollamiento) y su deficiente producción de símbolos y figuraciones de lo político (la cabeza separada del cuerpo sin ningún reacomodamiento posterior impide la producción de un símbolo o una figuración en la medida en que no crea ningún vinculo o asociación). La sevicia en La Violencia se convierte en signo de ritualización, mientras que en el norte y el Atrato en el Urabá contemporáneo es signo de degradación.

Por su parte, hay dos diferencias relevantes para entender por qué el eje bananero no convirtió en sevicia su polarización política y su conflicto ideológico, mientras que La Violencia sí: a) la conexión entre el sujeto y los objetos circundantes, y b) la carencia de conversión desde lo ideológico hasta lo identitario en las etiquetas políticas fabricadas.

Cuando la ideología atraviesa la guerra, la sevicia tiende a centrarse en el sujeto por su vínculo con las ideas: el sujeto produce y reproduce las ideas. La fisonomía de la sevicia durante La Violencia genera símbolos y figuraciones que ponen su acento en la ruptura real y simbólica del cuerpo respecto a las ideas: el corte de franela, el corte de mica y las decapitaciones ponen su acento en la cabeza como cercenamiento del pensamiento del otro; mientras que el corte de corbata y la colocación de los testículos cercenados dentro de la boca ponen su acento en la obstrucción de la palabra del otro. En resumen, el énfasis en la cabeza y la boca afectan la producción de las ideas y su enunciación.

Pese a lo anterior, la ideología no se agota en el sujeto como agencia de producción y difusión de las ideas, sino que se descentra en objetos sobre los cuales se proyectan y se cosifican las ideas. El eje bananero evita la sevicia porque hay objetos que descentran el sujeto; o bien porque los objetos son una prolongación del sujeto, o bien porque los objetos se convierten en un contexto de sentido vinculante con las ideas del sujeto. Una acusación de traición a la causa revolucionaria proferida por una guerrilla comunista como la de las FARC en contra de la antigua guerrilla del EPL no puede entenderse si no se generan símbolos con una asociación sin interferencias entre el obrero, la finca bananera y el alineamiento político con la antigua guerrilla del EPL (hoy movimiento Esperanza, Paz y Libertad). El obrero y la finca bananera como vanguardia y foco revolucionario es lo que da sentido a la acusación de traición a la causa revolucionaria que se les asigna a los militantes políticos de Esperanza, Paz y Libertad. Igual sucede cuando el éxito social y político de la antigua guerrilla del EPL (poder sindical y control mayoritario de las fincas bananeras, acceso a la tierra de los campesinos mediante las recuperaciones de tierras y acceso a la vivienda urbana mediante las invasiones de obreros bananeros y pobladores urbanos), se convierte en el objetivo de las prácticas de violencia extrema que explotan el objeto y su asociación con el sujeto como proyección de lo ideológico. Derogar lo ideológico desde la disolución de los objetos sobre los cuales se proyecta o desde la ruptura del contexto que le da sentido, se convierte en una alternativa frente a la explotación de lo político meramente en el sujeto. En contraste con lo anterior, La Violencia se centró en el sujeto antes que en los objetos circundantes porque éstos últimos no proyectaban ni portaban sentido sobre lo liberal y lo conservador sin que eso fuera difuso. Lo anterior significa que las continuidades prácticas entre liberales y conservadores eran mayores que lo que proyectaban sus discontinuidades discursivas. Si la acusación conservadora de que los liberales eran ateos tuviese asidero práctico y discursivo, las masacres ejecutadas por los liberales contra los conservadores podrían haber explotado lo político desde su perpetración dentro de los templos. Sin embargo, lo liberal y lo conservador no se diferenciaba por lo religioso sino por el alineamiento institucional de la Iglesia Católica.

Y, por último, las etiquetas políticas de origen ideológico con las que se nombra a las victimas durante La Violencia se convirtieron en identitarias, ya que los liberales o los conservadores no podían renunciar a su alineamiento político y mucho menos cambiar a una etiqueta política opuesta sin ser objeto de represión o estigmatización a posteriori. En contraste con lo anterior, el eje bananero contemporáneo opera sobre etiquetas políticas de origen ideológico que sí cambian y que permiten renunciar a la militancia política y cambiarla por su opuesto. La guerra en el eje bananero hubiese cambiado su curso y su dinámica si después de las masacres perpetradas por la guerrilla de la FARC se hubiese disuadido a la militancia política de la antigua guerrilla del EPL de retornar a la lucha armada y a la causa revolucionaria. El hecho de que las masacres perpetradas por las FARC no hubiesen generado un replanteamiento sino una radicalización del antiguo EPL, es lo que explica que las masacres se hayan generalizado y que se hayan insertado dentro de una guerra de exterminio recíproco.

El tipo de etiqueta política condiciona la configuración de la sevicia porque el sujeto que crea y reproduce las ideas puede potencialmente replicar las dos funciones si se permite su renuncia a una etiqueta política y su cambio a la opuesta, mientras que si la renuncia o el cambio de etiqueta política están proscritos, la sevicia es desplegada para explotar lo político desde una espacialidad constitutiva del sujeto como es su cuerpo.


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1. Región conformada por los municipios de Arboletes, San Juan de Urabá, San Pedro de Urabá, Necoclí, Turbo, Apartadó, Carepa, Chigorodó, Mutatá, Murindó, Vigía del Fuerte, Riosucio, Ungía y Acandí. Según sus características sociales, económicas, políticas y culturales, Urabá se subdivide en cuatro subregiones, así: norte (Arboletes, San Juan de Urabá, San Pedro de Urabá, Necoclí y Norte de Turbo), eje bananero (Apartadó, Carepa y Sur de Turbo), sur (Chigorodó y Mutatá), atrato (Riosucio, Vigía del Fuerte y Murindó) y darien chocoano (Unguía y Acandí).


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