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Análisis Político

Print version ISSN 0121-4705

anal.polit. vol.27 no.80 Bogotá Jan./Apr. 2014

http://dx.doi.org/10.15446/anpol.v27n80.45621 

http://dx.doi.org/10.15446/anpol.v27n80.45621

RECONSTITUCIÓN DE LA ANTROPOLOGIA POLÍTICA. HETERONOMÍAS ENTRE LA CIENCIA POLÍTICA Y LA ANTROPOLOGÍA

RECONSTITUTION OF POLITICAL ANTHROPOLOGY. HETERONOMIES BETWEEN POLITICAL SCIENCE AND ANTHROPOLOGY

Felipe Cárdenas-Támara*

*Director del grupo de investigación Sociopolítica analítica, ambiente y análisis cultural. Antropólogo de la Universidad de Los Andes, Ph.D Bircham Univesity, Mcs en Desarrollo Rural, Universidad Javeriana. Agradezco al profesor y analista internacional Fernando Cvitanic por sus observaciones. Departamento de Ciencia Politica de la Universidad de La Sabana. Bogotá. Colombia. Email: felipe.cardenas@unisabana.edu.co

Fecha de recepción: 08/07/2013
Fecha de aprobación: 12/12/2013


RESUMEN

Me propongo desarrollar algunas reflexiones sobre el campo de estudio de la ciencia política, como antropólogo, en diálogo desde el horizonte intelectual fijado por Eric Voegelin y en relacionando críticamente las ideas sobre la ciencia política expresadas por los profesores Rodrigo Losada y Andrés Casas, en sus recientes publicaciones, y quienes representan una importante escuela de pensamiento en el estudio de los fenómenos políticos. El debate se plantea en términos del dialogo entre las visiones reduccionistas y los enfoques heurísticos. Se afirma la importancia de la categoría teórica de experiencia de orden como pauta que conecta a la antropología política y a la ciencia política; concepto que de ser apropiado, permitiría enriquecer el universo retórico-científico, en cuanto a la identificación de la complejidad del fenómeno político.

Palabras claves: Ciencia política, orden, Eric Voegelin, positivismo, antropología política, reduccionismo.

SUMMARY

As an anthropologist, I intend to develop some reflections over the field of study of political science, in dialogue with the intellectual horizon set by Eric Voegelin and in a critical relation with the ideas expressed about political science in the recent publications, of professors Andrés Casas and Rodrigo Losada, whom represent an important school of thought in the study of the political phenomena. The debate is framed in terms of dialogue between reductive visions and heuristic approaches. It is stated the importance of the theoretical category of experience of order as a connecting pattern between anthropology and political science and allowing them to enrich their rhetorical scientific universe in terms of identifying the complexity of the political phenomenon.

Key words: Political Science, order, Eric Voegelin, positivism, political anthropology, reductionism.


"Toda sociedad es el hombre escrito en grande". Platón.

INTRODUCCIÓN

El trabajo se refiere a la reconstitución y resignificación de la antropología política, y de sus vínculos de diálogo (heteronomía) con la ciencia política. Se aspira a enriquecer la función interpretativa de la realidad, de la indagación científica y de la formación ciudadana, destacando la importancia de la inclusión de las propiedades heurísticas, propias de la tradición filosófica clásica, que dieran nacimiento a la ciencia política en su primer momento fundacional (470 A.C), como también de los aportes de los enfoques ligados al estudio de la complejidad en el campo de las ciencias sociales, en sus muy diversas expresiones analíticas. El proceso de reflexión sobre el tema, se ha inspirado principalmente de la obra de Eric Voegelin en su libro La Nueva Ciencia de los Político (2006). La invitación es a asumir el proceso de investigación, y de formación política y ciudadana, como un proceso iluminativo y meditativo, que proporcione herramientas de descripción, interpretación y evaluación con alto poder heurístico, orientado a superar los reduccionismos científicos, como las equivocidades que se eclosionan en los discursos académicos dominantes en el campo de la ciencia política que hemos tenido la oportunidad de criticar (Cárdenas y Suárez 2010). Una ciencia objetiva de la política tiene que plantearse desde la introducción de principios que tengan la posibilidad de analizar los valores dominantes, como los enfoques hegemónicos de hacer política y de hacer ciencia política. Me anima el deseo de compartir el trabajo intelectual desarrollado a la luz de una rica noción en posibilidades analíticas interdisciplinarias y evaluativas, como es la noción de experiencia de orden. Esta categoría teórica puede enriquecer el universo del discurso científico de la ciencia política, como de otras disciplinas interesadas en el estudio lo político. La condición mental de la categoría en mención, de ser aceptada en la retórica del discurso de las disciplinas interesadas en el estudio del fenómeno político, pasaría a constituirse en un signo con capacidades para la indexación icónica de la realidad. En dicha perspectiva, el signo refiere condiciones de comunicación que enriquecen el sistema de producción discursivo de la ciencia política al permitirle a esta disciplina el asumir supuestos teóricos y resultados de investigación que enriquecen la discursividad de los modelos empírico-positivistas. Nos interesa enriquecer el potencial interpretativo de la ciencia política, desde ciertas consideraciones de la antropología. La complejidad de la producción discursiva del sentido de lo político y de los enfoques que lo estudian, busca desde un horizonte lógico y pragmático enriquecer la teoría política.

El documento presentará la noción de experiencia de orden formulada en la obra de Eric Voegelin, como la pauta que conecta el campo de estudio de la ciencia política y la antropología. La noción de experiencia de orden permite la ampliación del diálogo interdisciplinario, estableciendo vínculos informativos, comunicativos y sistémicos en lo referido a captar la complejidad de las realidades políticas en todas las sociedades humanas, ya sea en perspectiva diacrónica o sincrónica, desde las más simples a las más complejas. La noción de experiencia de orden permite diseñar programas de investigación dirigidos a identificar las condiciones de orden emergentes, tarea que se realiza en colaboración con las ciencias humanas, ciencias sociales y ciencias naturales. En ese sentido, la propuesta voegeliana de ciencia política es tanto normativa, como positiva, y se diferencia de los paradigmas empírico positivistas.

Se abordarán algunos de los principales elementos significativos de la categoría de experiencia de orden. Las preguntas de fondo, pensando en el eje investigativo y formativo que justifica el debate, son las siguientes: ¿Desde qué marco conceptual y teórico queremos estudiar y comprender lo político? ¿Son las categorías cientificistas, propias de algunos enfoques de las ciencias sociales, en tendencias que diversos autores —que mencionaré en el artículo— han considerado como superadas, los únicos contenidos que debemos asumir en el estudio de lo político? ¿Qué función cumple la ciencia política y la antropología política dicha tarea?

CONDICIONES ESPACIO TEMPORALES DE QUIEN ESCRIBE

Hace cinco años fui nombrado director del Departamento de Ciencia Política y Derechos Humanos de la Universidad de La Sabana (2007-2012). No era, ni soy, politólogo. Como es apenas natural, algunos miembros del departamento y del Instituto de Humanidades se incomodaron un poco con el nombramiento, pues consideraban que dicho cargo debería de estar en manos de un politólogo. Pienso que un antropólogo al frente de dicha unidad era una especie de "estigma" para algunos que pensaban representar la ortodoxia de la ciencia política o tenían en mente que lo político era un asunto ajeno a la antropología, en una lectura de la misma que en el imaginario social nos coloca a los antropólogos como estudiosos de los dinosaurios. Aclarando: los antropólogos nunca hemos estudiado dinosaurios, y resulta que sí hemos estudiado sistemas políticos, y la contribución de la disciplina, como lo reconocen politólogos como David Easton, ha sido importante para el calibramiento teórico y conceptual de la propia ciencia política (1959). Ahora, en toda la historia del departamento nunca había estado al frente del mismo un politólogo: siempre el cargo había estado en manos de abogados, condición que curiosamente nunca había sido cuestionada. Por aquellos días, en mis periódicas visitas a la biblioteca de la Universidad de La Sabana, me encontré, por acción de la serendipia, con un libro que sin lugar a dudas definiría un horizonte conceptual importante en mi vida. Se trata del libro La Nueva Ciencia de lo Político, escrito por un "tal" Eric Voegelin, figura totalmente desconocida por mí en aquellos días. Tengo que confesar que el libro captó mi interés inmediatamente y respondió muchos de los interrogantes que me hacía yo como antropólogo al frente de un Departamento de Ciencia Política y Derechos Humanos. Confieso que por respeto a la ciencia política quería leer los planteamientos de politólogos clásicos, para permearme de sus planteamientos y no condicionar con mi horizonte antropológico la configuración del departamento. En mi proceso de aprendizaje sobre la ciencia política, tomé la costumbre de hacerle a todo politólogo la pregunta sobre cuál era el objeto de estudio de la ciencia política. La respuesta en todos siempre era que la ciencia política estudia el poder, respuesta que refleja cierta ambieguedad teórica en el uso de las categorías científicas de la ciencia política, ya que, como se demostrará más adelante, las nociones de poder, fuerza, Estado y gobierno, categorías pretendidamente universales para la politología, están ausentes de la estructura de lo real de numerosas sociedades primitivas y sin Estado. Mi formación en una disciplina heurística como la antropología no podía aceptar satisfactoriamente esa definición canónica sobre el objeto de estudio de la ciencia política. Por un lado, me parecía que desconocía todos los aportes de la antropología política, cuando esta subdisciplina define la política como cultura, relacionando la política con otros rasgos importantes de la vida social, es decir, con otras respuestas culturales; por otro lado, sin desconocer la importancia de una teoría del poder para la ciencia política, lo que yo intuía en la respuesta de los politólogos era cierta preponderancia de la abstracción, sin referencia directa a las conformaciones socio-culturales en su referencia al poder, lo cual de cierta manera evidenciaba una total incomunicación con los planteamientos sobre el poder, de orden relacional y procesual de la propia antropología política (Kurtz 2001; McGlynn y Tuden 1991; Vincent 1990, 2002; Wolf 2002)1. Confieso que, como antropólogo respetuoso de los campos disciplinares, la respuesta me parecía un tanto vaga, sin contundencia y sin mucho sentido comprensivo de aplicación en lo local y en mi ejercicio como antropólogo "indígena" (usando el epíteto que el propio David Easton (1991) usara para referirse a la producción politológica que no es norteamericana), y por lo tanto interesado en el desarrollo teórico de lo político, pero con una clara intencionalidad en encontrar un sentido iluminativo a la luz de las necesidades de nuestros propios países "indígenas", necesidades que no son los de la ciencia política positivista norteamericana, sin desconocerle su enorme trabajo e inmensa cantidad de datos recogidos. Ya en manos de la erudición de Voegelin, me encontré con un autor, que precisamente nos brindaba una definición mucho más completa, rica, evocativa y desafiante sobre el objeto de estudio de la ciencia política. En lo personal, el encuentro me llenó de satisfacción, pues el enfoque de Voegelin me permitió vincular mis intereses heurísticos como antropólogo y ambientalista con las particularidades y los desafíos en el estudio de las singularidades de órdenes políticos y culturales que la obra de Voegelin permite hacer en lo relativo al estudio de las realidades políticas que no necesariamente se plasman desde la totalidad del sistema político, sino que incluso puede ser captada y analizada desde un texto literario, un ritual, el repertorio musical de una sociedad, o desde el análisis del discurso político del caudillo o los agentes presentes en el auditorio. Confieso que me encontré ante un planteamiento fundacional que me centró como antropólogo en la categoría de cultura, pero me puso a pensar en categorías de la ciencia política, es decir me invitó a superar el relativismo cultural metodológico propio de la antropología, así como a aspirar a ir más allá de la construcción de descripciones densas (Geertz 1996, 1998) de las ricas epistemologías de lo local (Bateson 1990, 1991). Es por ello que los conceptos vogelianos son iluminativos no solo para la ciencia política, sino para la antropología, así como para las ciencias sociales interesadas en el estudio de lo político desde cierta intencionalidad centrada en el reconocimiento de las tramas significativas, la identificación de normas y valores y en el potenciamiento de los grupos humanos con los que nos encontramos. La t eoría voegelinana no es la expresión simplemente de una teoría de la información sin referentes semánticos y semióticos. Por eso el planteamiento de Voegelin no es simplemente normativo. Tengo que decir que sin importar de qué disciplina o área de conocimiento vengan los conceptos o las categorías analíticas, en un verdadero diálogo interdisciplinar marcado por la seriedad y la capacidad del reconocimiento se debería tener la amplitud para reconocer la riqueza de ideas, enunciados, conceptos y categorías que, en este caso, como la de noción de orden, definitoria del campo de estudio de la ciencia política, vienen de una tradición de cuño filosófico clásico, que permite un diálogo con la diversidad cultural y social de la humanidad. Para mi sorpresa, el enfoque voegelino, prácticamente desconocido en el medio académico de los politólogos colombianos, captó mi interés académico e iluminó mucho de lo que yo mismo había realizado como antropólogo en el marco de diversos proyectos y publicaciones realizadas en un lapso de unos 20 años de vida académica. Ninguno de los politólogos que me visitaban conocía la obra de E. Voegelin. Yo, por mi parte, la empecé a estudiar asiduamente y, admirado por su capacidad de síntesis en relación con el estudio y comprensión de lo político, la propuse como una de las obras fundamentales para organizar muchos de los debates estériles que se vienen dando en el campo de las humanidades y las ciencias sociales desde hace años, debates que oscilan entre el positivismo más rampante y un post-modernismo que niega cualquier tipo de posibilidad de articulación científica para las ciencias sociales.

Hacia el año 2008, también empecé a estudiar un libro recientemente publicado por dos politólogos colombianos: los profesores Rodrigo Losada y Andrés Casas. Otro libro importante, cuya virtud principal radica en la síntesis clara y rigurosa que sus autores nos brindan de los principales enfoques de la ciencia política contemporánea. Ahora, para mi sorpresa, más allá del trabajo riguroso y exhaustivo con el que los autores analizaron y organizaron los principales enfoques de la ciencia política, donde incluso incluyen enfoques marcadamente antropológicos, hallé que sus aseveraciones personales, es decir, los planteamientos propios presentados en los capítulos 1, 2, 3 y las conclusiones del trabajo, no eran en mi opinión lo suficientemente contundentes. Ya llevaba dos años trabajando con Voegelin y, para mi sorpresa, más allá del rico universo de enfoques de la ciencia política enumerados por Casas y Losada, mi intuición fue que precisamente lo que le faltaba a la ciencia política en la presentación de ellos era una definición más rica del objeto de la ciencia política, no circunscrita al estudio de los repartos de recursos escasos o al estudio empírico del poder en la definición que ellos plantearían en su artículo aclaratorio (Casas y Losada 2011) a nuestro propio artículo (Cárdenas y Suárez 2010), donde expresan con mucho más vigor sus ideas en el plano de lo sintético. Con el apoyo de la politóloga y profesora Luisa Suárez escribimos un artículo extenso y con mucho trabajo en respuesta al libro de los profesores Casas y Losada, en donde manifestamos nuestras inquietudes y planteamos las propuestas, basadas en Voegelin (2006); el trabajo fue publicado por la revista Colombia Internacional (2010) de la Universidad de Los Andes, y en él argumentamos que el objeto de la ciencia política es la experiencia de orden de las sociedades humanas, en contraposición a la visión economicista distributiva planteada por los profesores Casas y Losada, la cual, a nuestro modo de ver, incluso no explicitaba lo suficiente, por lo menos en el libro, la riqueza de la base teórica que un autor tan reconocido como David Easton había planteado con respecto a los aportes de la ciencia política y su entendimiento del objeto de estudio centrado en sistemas políticos. Como se ve, si no sé explicita lo suficiente sobre la base del objeto de estudio de la ciencia política, incluso la definición de Easton puede aparecer como tautológica: la ciencia política estudia sistemas políticos. No hay potencia interpretativa en dicho enunciado, como sí hay potencia interpretativa, no tautológica, cuando se dice que la ciencia política estudia experiencias de orden. Basado en el propio David Easton, y con base en una publicación donde él corrige muchos de los planteamientos teóricos de la antropología política (1959), seguiré insistiendo en la importancia de definir como campo de estudio de la ciencia política, la noción de experiencia de orden. Esa experiencia de orden está atravesada y vinculada concomitantemente por las dimensiones de la fuerza y el poder. Pero dichas variables o factores, en vinculación con otros aspectos socio-culturales, sellan con un estilo propio emergente a la cultura o sociedad estudiada. En el siguiente número de la misma revista, los profesores Losada y Casas (2011) responden a nuestras críticas y aclaran bastante su posición personal y teórica sobre el objeto de estudio de la ciencia política en una respuesta que, a nuestro juicio, es sólida pero que sigue reproduciendo a-críticamente el argumento de que el objeto de estudio es el poder (p.151). Es más, en el artículo publicado hay cierta contradicción con respecto a lo que habían publicado en el libro, pues en éste habían reconocido cierta "enorme ambigüedad del concepto poder" al referirlo como objeto de estudio de la ciencia política (2008: 30). De manera contradictoria, en su artículo terminan afirmando algo que en el libro habían criticado (2011: 151). De todas maneras, pensamos que nuestros interrogantes y críticas les permitieron aclarar bastante su propia posición y brindarle al público una síntesis mucho mejor lograda de la que aparece en su libro. En el marco del debate académico y científico es importante reconocer los aportes o las buenas ideas, vengan de donde vengan, y que sirvan para iluminar nuestro quehacer científico. Nuestro artículo en ningún momento pretendió anular o descalificar la tipología de enfoques desarrollada o identificada por los profesores Rodrigo Losada y Andrés Casas, en un trabajo que siempre consideramos rico, riguroso y profundo y que desde luego desarrollan de manera muy precisa cuando ellos hacen una caracterización de cada uno de los enfoques teóricos que a su juicio estructuran hoy los campos teórico-prácticos de la ciencia política y de otras disciplinas interesadas en el estudio de lo político. Nuestro ejercicio de lectura, tanto de Voegelin como de los profesores Casas y Losada, sí tenía como intención, el que se pensara la ciencia política desde ciertas categorías analíticas, que a nuestro juicio enriquecen el marco teórico de los enfoques sociales contemporáneos, pero tampoco estábamos en la posición de imponer un criterio anti-relativista o anti-positivista. Sí pienso que es importante asumir el reto de pensar críticamente en las categorías vogelianas, incluso desde una perspectiva sistémica abierta a la complejidad (Luhmann, 1998).

En lo fundamental sigue el desafío planteado en términos de establecer puentes con el pensamiento voegelino, por lo tanto la invitación sigue abierta en el sentido de realizar una lectura crítica precisamente de lo que dejaron por fuera de su análisis, cuando escribieron en diálogo con sus lectores: "Advertimos que dejamos de lado el punto III y la sección final del artículo, debido a que no es nuestro interés discutir los planteamientos de la obra de Eric Voegelin, ni las propuestas de Cárdenas y Suárez a partir de dicho autor, ya que a nuestro juicio, constituyen una versión válida como aproximación normativa de la sociología política" (Casas y Losada 2011). El problema con ese "dejar de lado" es que, precisamente, dichas categorías vogelianas son centrales en la reconstitución del campo de estudio de la ciencia política en tanto disciplina interesada en el estudio de la experiencia de orden de las sociedades y culturas humanas; condición que no anula la rica vida de los enfoques identificados y sistematizados por Casas y Losada, pero que sí genera una categoría teórica, tanto simple como compleja, para darle mayor precisión heurística a la ciencia política y sus variados y ricos enfoques. La aproximación vogeliana es científica y filosófica y no solamente normativa. Cuando se habla de orden, se habla de significados y no solamente de elementos normativos o valorativos; es decir, se introduce un puente de diálogo con toda la vertiente interpretativa que está de moda en las ciencias sociales desde hace un par de años, tanto en sus versiones duras (Sorokin 1960) como en sus versiones blandas (Geertz 1996,1998). Además, la noción de experiencia abre un puente y canal de diálogo con corrientes psicológicas tanto existenciales, como psicoanalíticas, al establecer que la noción de experiencia permite desarrollar ciencias enfocadas a captar experiencias cercanas o distantes. Estas posiciones, ponderadas y contextuales, tienen amplias repercusiones metodológicas y teóricas para la ciencias sociales, tal como lo captó Clifford Geertz, cuando ve cómo los conceptos cercanos a la experiencia puedenayudarnos a sentir, ver, imaginar, etc. lo que los actores sociales viven. Nicolás Sánchez Dura, en la introducción al libro de Geertz, Los usos de la diversidad (1996), da cuenta de cómo los conceptos lejanos de la experiencia son los usados por especialistas para formular su tarea teórica, científica o filosófica (p. 28). Se podría seguir profundizando, pero con lo mencionado es suficiente para advertir que la noción de experiencia de orden, como campo de estudio de la ciencia política, le abre a esta misma disciplina, como a todas las ciencias sociales y humanas, la posibilidad de establecer canales de diálogo con el mundo empírico de las sociedades y culturas humanas, así como con las categorías teóricas de las más diversas disciplinas y coloca a la ciencia política en el primerísimo lugar de importancia disciplinar que ya había sido reconocido por Aristóteles hace dos mil cuatrocientos años.

LO POLÍTICO COMO HORIZONTE CULTURAL Y EXPERIENCIA DE ORDEN SOCIETARIA

En nuestro artículo en respuesta al libro de los profesores Casas y Losada, publicado en una revista de politólogos (Cárdenas y Suárez, 2010), se señalaron varios aspectos problemáticos derivados de los enfoques dominantes en la ciencia política y que habían sido presentados por los profesores Rodrigo Losada y Andrés Casas (2008). Nuestro artículo teórico se orientó en la identificación de los reduccionismos y de equívocos existentes en la conceptualización que se justifica por "estar a tono dentro de la corriente principal de la ciencia política contemporánea" (Losada y Casas 2008). Nuestro trabajo no analizó los macro-moldes que Losada y Casas agruparon para dar cuenta de los fenómenos políticos; de hecho, la identificación de dichos macro moldes por parte de los autores en mención, en un trabajo que comentamos como riguroso y del cual tenemos mucho que aprender, lo entendemos como el mayor aporte de dicha obra. En respuesta a dicho artículo, los profesores Rodrigo Losada y Andrés Casas hicieron unas importantes aclaraciones que les permitió clarificarse y que ubicaron sus palabras "en el marco de la utilidad de trabajar con reduccionismos plausibles" (Casas y Losada 2011). Casas y Losada justifican con base en Elster (2007), Evans (2005) y Riker (1990) la utilidad de los abordajes reduccionistas, en una lectura que, con base en autores que ellos consideran canónicos, no se expresa, según ellos, por una sobre-simplificación de la complejidad del fenómeno político2. Los propios autores, a quienes se criticó en su momento, encuadran su enfoque en el marco de una concepción distributiva de la ciencia política positiva, que parece dialogar con la economía y la psicología, principalmente, permitiéndoles afirmar un reduccionismo "...como procedimiento básico de todas las ciencias" (Casas y Losada 2011: 150-151). Por el contrario, en la propuesta voegeliana, el diálogo, dirigido a captar científicamente cómo es la estructura de una realidad política, implica "estar a tono" con los aportes permanentes de la sociología, la antropología, la arqueología, la metafísica, la historia, la etnología, la literatura, la ontología, la antropología filosófica, el derecho y la filosofía; los aportes de estas disciplinas, y su diálogo con ellas, le permitieron a Voegelin esbozar una teoría de la política, una filosofía de la historia, una teoría del simbolismo y una teoría de la conciencia; para Voegelin, ese es el marco teórico restaurativo de la ciencia política, y eje o camino básico para entender la complejidad de los fenómenos políticos. Como se aprecia, no es sólo la economía experimental —por muy científica que pretenda ser— ni los enfoques de la psicología conductista, los únicos apropiados para captar en todo su esplendor y en toda su complejidad el fenómeno político ¿Cómo excluir los datos de la historia, cuando el hombre existe en una sociedad política cuya existencia es histórica? Para esta constante, los modelos reduccionistas de la economía experimental y de la psicología conductista no son los apropiados. ¿Cómo excluir la indagación sobre las tramas de significados y símbolos en la existencia política de sociedades cuya existencia es tanto empírica, como meta-empírica, es decir, atravesada por realidades cuyas pautas culturales están marcadas por ordenamientos ontológicos, religiosos y mágicos.

En esos contextos investigativos, los métodos empírico-analíticos tienen serias limitaciones en su retórica interpretativa, ya que no pueden captar el sentido o semiosis de estructuras fundamentales de la experiencia humana. Ahora veo la necesidad de volver por los terrenos de la antropología política, no para negar —como hiciera David Easton en su trabajo titulado Political Anthropology y publicado en el año de 1959— la existencia de esta sub disciplina, sino para afinar mis propias categorías, así como para hacerle caer en cuenta a los politólogos que el énfasis positivista de la ciencia política norteamericana, incluso en cabeza de personajes como David Easton, les puede estar imposibilitado el entrar en contacto con un politólogo como Eric Voegelin, que tuvo la genialidad de proporcionarnos a todos los científicos sociales categorías teóricas de una riqueza incalculable en tanto proyección de metáforas e imágenes que pueden orientar el sentido de la investigación científica. De manera audaz y respetuosa, David Easton identifica una serie de problemas teóricos a subsanar por parte de la antropología política en el año de 1959 y hace unas importantes contribuciones desde la ciencia política hacia la antropología política. La ciencia política contemporánea tiene que clarificar en su enfoque positivo los elementos significativos que definen su objeto de estudio, pues muchas afirmaciones sobre el mismo son rígidas y estáticas. La anterior aseveración la han realizado muchos politólogos. Fred M. Frohock (1974: 380-381), en referencia tanto a los enfoques normativos como a los enfoques positivos, decía algo que a nuestro juicio sigue siendo aplicable para las dos tradiciones, reconociendo de partida que se han planteado como dos tradiciones de pensamiento político opuestas:

"But it can be demonstrated that the conceptualization of politics assumed in the empirical tradition is deficient, and one consequence of this deficiency is a violation of its own stated rules of neutrality. The other tradition in political thought, that maintaining a necessary fusion between description and evaluation in any adequate definition of politics, is demonstrably deficient as well, the deficiencies preventing a complete account of that experience we are warranted in calling political. A recognition of the deficiencies in both traditions, however, suggests the adequacy criteria for a satisfactory conceptualization of politics, an assertion which will be demonstrated in the course of this discussion".

¿No son necesarios los puentes de comunicación? ¿Son infranqueables las barreras entre estas tradiciones científicas opuestas? Incluso yo propondría no hablar de un objeto de estudio, sino de un campo de estudio o investigación. Esta redefinición colocaría de manera explicita la investigación de la ciencia política en un horizonte más relacional entre sus tradiciones de pensamiento propias y los posibles diálogos con otras tradiciones disciplinares interesadas en el estudio de lo político. Los aportes teóricos de Voegelin, particularmente su definición de lo político como un proceso o realidad mediada por una experiencia de orden que es tanto noética (autoreferencial) como heteroreferencial, enriquecen la definición desde luego operativa que autores como David Easton y los profesores Andrés Casas y Rodrigo Losada. Pero, en el fondo, yo pregunto, desde luego que reconociendo las importantes diferencias lexicográficas, marcos teóricos y orientaciones metodológicas presentes en las definiciones de los políticos proporcionadas por autores de renombre como Max Weber, John Austin, David Easton y toda la tradición investigativa de la antropología política, ¿si en el fondo sus diferentes indagaciones, más que estar centradas en el estudio del poder, por importante que sea este referente, no han estado dirigidas a captar la experiencia de orden en las sociedades de las que se han derivado sus observaciones y datos? Como ya he comentado, David Easton hizo una serie de afirmaciones sumamente importantes en relación con los resultados teóricos de la antropología política en su estudio de los asuntos políticos en sociedades no occidentales.

Quiero destacar una proposición teórica que, desde mi punto de vista, ha sido ignorada tanto en la antropología política como en la ciencia política contemporánea, y se fundamenta en lo afirmado por Easton cuando llama la atención hacia los antropólogos en el sentido de que estos han tomado como un hecho —en relación con sus estudios en sociedades sin Estado— que estas sociedades poseían sistemas políticos (Easton 1959: 235). Dice textualmente: "Podría haber sido natural a los antropólogos el asumir que las sociedades sin Estado debieran tener sistemas políticos, pero no hay ninguna razón inherente o inevitable del por qué esto debería ser así" (1959: 235). Es decir, estos grupos sociales no tienen un comportamiento como sistema político, son sistemas políticos contingentes. Esta apreciación de Easton es importante pues él reconoce que la noción de sistema político no es aplicable como categoría universal a todos los grupos humanos. ¿Qué nos queda entonces de lo político en estos grupos? A mi modo de ver, aceptando la observación de Easton, lo que nos queda es una experiencia de orden diferenciada. Es decir, el concepto de sistema político no es aplicable según los criterios teóricos de Easton en su visión sistémica puesto que estos grupos no funcionan desde el marco de "vinculaciones decisorias obligatorias" (binding decisiones ), que ha sido la definición de Easton para identificar y clasificar un sistema político. Tampoco son definibles estas experiencias de orden a la luz de otra variante definitoria de Easton de lo político como "asignación autoritaria de valores" (authoritative allocation of values) (Easton, 1953: 125-148). Como señala Ted Lewellen (2003: xi), es que, precisamente, el vicio de los antropólogos, señalado por Easton, lo que pone de manifiesto es que en las sociedades tradicionalmente trabajadas por estos, lo político no se puede aislar analíticamente de sus relaciones con los campos sociales del parentesco, la religión, los grupos asociativos de edad o sociedades secretas, ya que son precisamente las instituciones a través de las cuales el poder y la autoridad se manifiestan; en muchas sociedades y en sub-grupos políticos al interior de sociedades mayores, el "gobierno" o no existe o es irrelevante al nivel "local". Esta especificación hacia el campo de la política es quizás la mayor contribución de la antropología al estudio comparativo de lo político. Estos resultados son importantes pues les demuestra a los politólogos que en su campo "sagrado" de estudio, existen instituciones "no-políticas" o cuasi políticas, cuyas relaciones y funciones políticas pueden ser incluso más importantes que las instituciones formales, que si pensamos como políticas, condición presente incluso en gobiernos modernos como aquellos existentes en países como los Estados Unidos y la China.

Lo que estos grupos —fenómeno no captado por Easton— tienen es una experiencia cultural de orden político. Para no extenderme, voy a poner un ejemplo histórico real que expresa con fuerza el valor de la categoría heurística de experiencia de orden como campo de lo político. La evidencia antropológica nos recuerda que muchos grupos de cazadores y recolectores se negaban en el contacto con la civilización del blanco a volverse pueblos de agricultores. No es que no conocieran la agricultura: con toda seguridad habían tenido contacto con otros grupos indígenas que sí eran agricultores. Cuando daban sus razones para no convertirse en pueblos de agricultores decían: —No nos convertimos en agricultores, pues dejaríamos de soñar (en: Nerburn 2000). Un enunciado corto con enorme poder interpretativo. Estos grupos eran lo suficientemente inteligentes para saber que el cambio en su modo de producción implicaría un cambio existencial y cultural profundo, es decir, un cambio en su experiencia de orden, en un proceso no solamente material, sino de orden existencial profundo, donde todo su ser se veía implicado.

Easton corregiría a los antropólogos en el sentido de advertirles que no pueden pretender ver en éste tipo de sociedades sin Estado, sistemas políticos. En mi opinión, lo que es evidente en la naturaleza política de estos grupos es una experiencia de orden diferenciada y marcadamente a-evolucionista en algunos casos, para la cual el criterio definitorio de sistema político compartido por numerosos antropólogos, abogados y politólogos no es correcto. No todo en la realidad social de los grupos humanos a lo largo de la historia tiene las condiciones de ser visto como un sistema político. No lo dice Voegelin, lo dice uno de los politólogos más sistémicos en la tradición positivista de la ciencia política. Una afirmación de Easton, extremadamente sutil, que no invalida el hecho de que estas sociedades sin Estado no estuvieran exentas de conflictos y disputas para los cuales "podía surgir una estructura informal queenfrentara solamente esas situaciones" (Easton, 1959: 237). Y sigue aclarando Easton: "Tenemos aquí una ilustración de lo que llamamos sistemas políticos contingentes" (Easton, 1959:237). Las relaciones que antropólogos y politólogos ven como de naturaleza política, "son relaciones políticas entre los clanes que se activan para propósitos específicos y con respecto a objetivos y contingencias limitadas" (Easton, 1959: 237). Consecuentemente, en mi criterio, los sistemas políticos no son universales, lo universal es la experiencia de orden en todas las sociedades humanas. Una experiencia de orden diferenciada y que nos lleva a citar C. Lévi-Strauss en oposición a supuestos comportamientos económicos determinados por relaciones costo-beneficio de orden universal: "[…] la diversidad de culturas humanas es, de hecho, en el presente […] y también de derecho en el pasado, mucho más grande y más rica que todo lo que estamos destinados a conocer jamás". (1999).

La obra de Voegelin permite captar la singularidad de la tarea de las disciplinas interesadas en el estudio de lo político, en una condición de orden noética, cuyas formulaciones no necesariamente tienen que ser reconocida por sus actores, como lo comprueba el trabajo de investigación de M. Fortes y E.E. Evans-Pritchard titulado African Political Systems (1940). Los actores pueden dar por natural su ordenamiento político y no necesariamente tienen que tener un interés noético o científico en explicar las razones que dieron origen o están en la base de su experiencia de orden política. Pero lo que nosotros como investigadores no podemos olvidar ni subestimar es que antes que sistemas políticos estamos tratando con personas, en toda su complejidad, marcadas por temperamentos, rasgos miasmáticos-genéticos, que nos recuerdan que no estamos simplemente ante entes pasivos, sometidos en sus vidas a los dictámenes de la cultura, la geografía o el régimen político. Toda la obra James C. Scott (2009, 1998), uno de los politólogos más brillantes y creativos, en investigaciones realizadas en Asia, es muy clara en el sentido de afirmar que muchas de las categorías sobre la naturaleza del Estado y del comportamiento político de los individuos se equivocan estruendosamente, cuando se miran las estrategias de resistencia y el comportamiento que, durante siglos, grupos humanos considerados como primitivos y poco desarrollados han ejercicio como mecanismos de resistencia ante las políticas hegemónicas a las que se han enfrentado. Como el mismo Scott señala, estos elementos, que a mi modo de ver van más allá de un simple modelo de costo-beneficio, socavan las verdades de Hobbes, ya que durante siglos y de manera consciente, muchos pueblos se han resistido a desplazarse del estado de naturaleza al estado de Leviatán; por el contrario, muchas personas han querido volver al estado de naturaleza. Como lo revela la obra de Pierre Clastres (1978), la realidad histórica y cultural supera al modelo hobbesiano. "Desde sus orígenes", escribe Clastres, "nuestra cultura piensa el poder político en términos de relaciones jerárquicas y autoritarias de mando/obediencia. Toda forma, real o posible, de poderes es, en consecuencia, reductible a esta relación privilegiada que expresa a priori su esencia (Clastres,1978:16). Pero: "Si hay algo impensable para un amerindio es la idea de dar una orden o tener que obedecer, salvo en circunstancias particulares" (Clastres,1978:13). "El modelo del poder coercitivo no es entonces aceptado más que en circunstancias excepcionales, cuando el grupo debe afrontar una amenaza extrema...El poder normal, civil, basado no en la constricción sino en el consensum omnium, es así de naturaleza pacífica" (Clastres,1978: 27). También en la obra de E.E. Evans-Pritchard, The Nuer (1940), se describe una cultura en la que no se concibe la obediencia y donde mandar es una ofensa, nadie obedece a nadie. La función reguladora es una función colectiva.

Ahora, sobre los criterios distributivos de la política como eje central del estudio de la ciencia política, siguen siendo muy pertinentes las observaciones que Fred Frohock hiciera sobre las limitaciones del enfoque distributivo en lo relativo al estudio de los fenómenos políticos, incluso al interior de sistemas políticos plenamente conformados por la existencia del Estado y el gobierno (1974). Es decir, la vertiente en la que Casas y Losada (2010, 2011) inscriben la delimitación del fenómeno político, entendido como "la distribución terminante de valores a nivel de toda la sociedad", en el marco una relación costo-beneficio, es sumamente problemática; simplemente advierto la importancia de una sana duda y distancia con respecto a la calidad de los datos desde donde actualmente la economía del comportamiento, la neurociencia y la antropología analítica vienen "demostrando con éxito en sus estudios comparados en todo el mundo y con base en una supuesta diversidad cultural" (Casas y Losada 2011: 155) que no podemos descontextualizar de los procesos históricos de etnocidio por el que han atravesado muchas sociedades y culturas que hoy viven sometidas a procesos de estandarización cultural impuestos desde el horizonte monocultural de una civilización occidental devoradora de culturas y nichos ecológicos. Esa es una condición histórica y sociológica real que invalida muchos de los supuestos datos que, para Casas y Losada, son normales, llevándolos a entender: "Que esos repartos se realicen según el cálculo costo-beneficio..." (p.154). Esa universalidad, justificada con base en los trabajos de la economía experimental, la neurociencia y la antropología analítica, tiene que partir del hecho real de que muchas de las sociedades estudiadas actualmente están atravesadas por modelos culturales, sociales y políticos impuestos que distorsionan esas pautas universales en el comportamiento humano. Nuestra observación es compartida al interior de la propia ciencia política (Frohock, 1974). La paradoja es ¿cómo hacer inferencias del comportamiento político de los seres humanos, si la muestra en mis exámenes psicosociales esta completamente contaminada y no es representativa del stock cultural de la humanidad? ¿Cómo hacer un planteamiento objetivo sobre sistemas políticos, cuando mis datos se originaron dentro de una temporalidad histórica atravesada por procesos coloniales y post-coloniales, que llevan a economistas experimentales, antropólogos y politólogos a entrar en contacto en sus trabajos de campo con sociedades "primitivas", pre-industriales, campesinas, urbanas, pescadoras, que, en sus procesos de cambio y contacto civilizatorio, se apropiaron o les fueron impuestos valores, significados, categorías cognitivas, normas, gobiernos, dispositivos territoriales y costumbres que vician seriamente las encuestas, los modelos de juego y los cuestionarios levantados? Lo que tenemos es una pretendida normalidad distributiva de bienes materiales o no materiales, en lo referido a unos supuestos repartos según el cálculo costo-beneficio. Uno de los achaques de nuestras ciencias sociales, es pensar que los modelos matemáticos, así vengan de premios Nobel de economía, son suficientes para captar la estructura de la realidad política y social. Pensamos que, por el hecho de estar amparados en proposiciones físicas y matemáticas, automáticamente podemos generalizar con base en resultados operativos útiles en las ciencias naturales o físicas, condiciones aplicables en nuestra comprensión de la realidad de los hechos sociales y culturales.

ENTRE EL REDUCCIONISMO Y EL HEURISMO

Lo que los reduccionismos plausibles, mencionados por Casas y Losada, parecen olvidar es la dificultad de formular proposiciones universales, surgidas a partir de modelos reduccionistas, pues los físicos, trabajando con objetos mucho más sencillos que los sistemas sociales, saben que la determinación del espacio absoluto es imposible. Un aire de humildad epistemológica no le vendría mal a economistas, antropólogos analíticos y neurocientíficos. Las ciencias sociales no están midiendo simplemente objetos. Quienes creen medir objetos en sus construcciones analíticas tienen graves problemas de veracidad, incluso asumiendo la replicabilidad de la prueba y el rigor de la muestra experimental. Una realidad es un indígena en el siglo XVI o XVII, cuyos sueños determinaban su política, y otra cosa muy diferente trabajar con un "indígena", del siglo XX, sentándolo durante horas a jugar juegos económicos "simulados, mediados por "consentimientos informados", donde se les paga un sueldo "humanitario", proveniente del fondo de "investigaciones" de una universidad norteamericana, que quieren conocer el comportamiento económico de este indígena, cuya vida está inserta desde hace varías décadas en la economía de mercado. No podemos dejar de considerar que nuestro eco-nativo puede ser el derivado analítico de nuestras propias construcciones conceptuales en las ciencias sociales. Condición que nos advierte de los serios problemas interpretativos que nuestros modelos analíticos pueden estar teniendo en la caracterización de los actores sociales. Lo que los reduccionismos plausibles, como modelos para todas las ciencias, no pueden ignorar, en condiciones para las cuales la física nos ha dado una serie de referentes desde hace ya buen tiempo, es lo siguiente: i) La mecánica clásica post-newtoniana no puede conocer la posición absoluta de un objeto en el espacio (H. Poincare 1920: 95). ii) En la demarcación de posición hay arbitrariedad en las referencias elegidas. Medir significa tomar un metro y cruzar (andar) el espacio (a lo largo de una línea recta). Al hacerlo así suponemos que el metro no cambia de longitud durante el desplazamiento (Lecornu 1918; Maxwell 1882; Appel y Datheville 1924; Mach, 1902 en Sorokin, 1957:58-60)3.

La ciencia política voegelina, en concordancia con los planteamientos del sociólogo Pitirim Sorokin, lo que nos recuerda es que en el progreso de la ciencia hay una importante parte de pura intuición, deducción e inducción no-operativa y de sabiduría (Sorokin 1956: 60). La siguiente cita de Sorokin nos abre la mente para que estemos en guardia frente a los reduccionismos con pretensiones de universalidad para todas las ciencias, que pretenden medir cualidades no métricas ni mensurables, cuantificando fenómenos que no se pueden graduar y equivocándose lógica, matemática y empíricamente:

"Así pues, si el operativismo en las ciencias físicas es de aplicación y valor limitado, sus limitaciones son todavía mayores en las disciplinas psicológicas y sociales. Esto está confirmado, primero, por la extraña naturaleza de lo que los sociólogos y psicólogos operativistas pretenden que es su método operativo. Incluso los físicos operativistas se sorprenden de la extraña deformación del método operativo hecha por sus seguidores en los estudios psicosociales (pp. 66-67).

Desde los datos y resultados más recientes de metafísica experimental o quántica, se entiende que las explicaciones en la ciencia y en filosofía buscan ser inherentemente unificantes, de tal manera que se subsuman una multiplicidad de fenómenos bajo una unidad clasificadora (Cohen, R.S. et.al 1997; Moser, P.K. and Yandell, D. 2000). Los que proponen una teoría reduccionista plausible para todas las ciencias, deben de atenerse al riesgo de que puedan estar negando datos y verdades genuinas, tal como ya ha sido advertido en el campo de la física quántica (Barham 2002). Modelos extremadamente simplistas, producen explicaciones simplistas con poca potencia interpretativa. Al excluir verdades y datos genuinos, por acomodar la realidad a métodos que ignoran dimensiones válidas de la indagación científica, lo que se construye es una caricatura del fenómeno estudiado. El riesgo de la simplicidad teórica de orden positivista, naturalista y reduccionista radica en el desconocimiento que le otorgan a la dimensión normativa de toda ciencia, ya que se niega la naturaleza teleológica de todos los sistemas vivos (Barham, 2002). En palabras de James Barham, en sus recientes estudios sobre el monismo y el naturalismo en la física: "La organización teleológica de los seres vivos, establece una norma según la cual, a las acciones individuales se les puede asignar un valor, que podemos juzgar como bueno o malo; con correcto funcionamiento o mal funcionamiento. Estos son hechos perfectamente objetivos del mundo; de ninguna manera dependen de los observadores humanos. Si los seres humanos nunca hubieran existido, incontables miles de millones de otros seres vivos todavía habrían llevado a cabo sus objetivos teleológicos de la misma manera. Sin embargo, el naturalismo metafísico nos quiere hacer creer que la teleología es una especie de ilusión. En otras palabras, todas las ciencias de la vida, así como las ciencias sociales y las humanidades, están haciendo un uso constante de un principio que oficialmente no se quiere reconocer. Esta es una situación profundamente patológica, que no puede continuar para siempre" (Barham, 2002). Las indagaciones científicas que separan y excluyen, como si fueran campos separados, lo normativo, lo valorativo y lo significativo, al margen de las interacciones y experiencias de orden de los grupos humanos, son una expresión de la anomalía procedimental de la indagación científica naturalista.

Ahora, lo que una noción como la de experiencia de orden le permite a la ciencia política es ampliar su sentido dialogante e ir más allá de las inferencias que la economía o la psicología experimental le proporcionan a los métodos de la ciencia política. La epistemología de Eric Voegelin, que se podría considerar como el paradigma propio de la ciencia política dada su continuidad lexicográfica con los planteamientos de Platón y Aristóteles, le abre espacios de dialogo por la resonancia y coincidencia de algunos de sus planteamientos con autores sistémicos como Gregory Bateson (1958, 1988,1990, 1991, 1992), una de las figuras de la ciencia más importantes del siglo XX. Bateson considera la cultura fundamentada en epistemologías locales, es decir, experiencias de orden en la perspectiva voegeliana, que tienen que ser captadas, descritas, interpretadas...En ese sentido, el programa investigativo para la ciencia política, como para las ciencias sociales es inmenso.

La Nueva Ciencia de los Político, y prácticamente toda la obra escrita por Eric Voegelin (34 volúmenes), me permitió, en lo personal, establecer la pauta que conecta, para usar un concepto del antropólogo Gregory Bateson (1990), entre la ciencia política, la antropología y las ciencias sociales, en un diálogo con la tradición filosófica clásica de occidente. Me parece que dicha condición de puente epistemológico es extraordinaria y se debe a que precisamente la obra de Voegelin abre canales de comunicación que permiten trabajar con conceptos e ideas-fuerza muy poderosas, tanto para la indagación científica, como para el fomento de procesos de formación ciudadana que vayan más allá de lo meramente analítico y reduccionista. La noción de experiencia de orden, como campo de estudio de lo político, ha sido la pauta que conecta diversas epistemologías que abordan el estudio de lo político. En lo personal, dicha noción me ha permitido dialogar con la filosofía política, con las ciencias sociales y con la ciencia política, en una especie de conversación, que en mi experiencia como antropólogo y ambientalista he visto como necesaria para precisar el telos con el que queremos comprender y actuar en la realidad, en calidad de intelectuales, científicos y ciudadanos. He trabajado al interior de equipos positivistas, conozco lo mucho que se puede aprender de dichos enfoques, pero también he vivido en carne propia los riesgos de los enfoques positivistas y sistémicos, cuando estos enfoques desde planteamientos teóricos sumamente débiles terminan negando y prohibiendo el estudio y el reconocimiento de hechos simbólicos y religiosos como fenómenos a ser estudiados y comprendidos al interior de equipos de investigación muy sistémicos, cuyos "líderes", amparados en categorías materialistas culturales, restringieron toda posibilidad de estudio de esas realidades, no con base en argumentos, sino apoyados en la violencia académica y el juego sucio articulado a sus pretendidas categorías sistémicas.

RECAPITULACIÓN FINAL

En lo personal, el diálogo con la obra de Voegelin me ha permitido, usando una noción de Clifford Geertz (1996), ampliar mi discurso de lo humano, sin caer en reduccionismos ingenuos, como tampoco en una actitud omnicomprensiva de las totalidades al estilo hegeliano que parece ser criticada con razón por los profesores Casas y Losada (2011). No creo en mapas a escala 1:1. El mapa no es el territorio, pero, sí, ¡el mapa puede ser el territorio! Es decir, las paradojas y las contingencias existen en la investigación científica y que en su autoreferencia interpretativa aspira a la rigurosidad. La ciencia política de Voegelin, por su ascendencia platónica, es iluminativa y meditativa, condición que no le podemos pedir a una ciencia política exclusivamente positivista y analítica. La condición noética de la ciencia política, en diálogo con diversas disciplinas, expresa una serie de tesis no reducibles sobre la condición del hombre. Esto se puede ver incluso en los desarrollos disciplinares de la psicología humanista existencial.

Creo que con las reflexiones desarrolladas lo que se indica justamente es la importancia de problematizar supuestos universales en el comportamiento del ser humano: Estas constantes, comportamentales, basadas en una "metafísica" de "los repartos según el cálculo costo-beneficio", desconoce que las fuentes de motivación en la conducta y en los mecanismos cognitivos (en una referencia bastante fisiológica), se enfrentan a la diversidad cultural, expresada como la respuesta adaptativa —o inadaptativa— propia del hombre, y donde las determinaciones instintuales han sido sustituidas por determinaciones culturales, o sea por reglas, por normas, códigos de comunicación y de interacción que se expresan socialmente ¾principalmente mediantes lenguajes orales, escritos, mágicos, religiosos, científicos¾ y que están sujetas al error, la veracidad o la mentira. Justamente en ésta sustitución reside la singular libertad humana en su más algo nivel: la autodeterminación, la autoreferencia y la heteroreferencia. El hombre debe producir normas, pero puede producir normas diversas. No estamos "programados" como una maquina, que ante un estimulo o input siempre nos dará una output o respuesta específica. Verdad elemental, ignorada por la psicología conductista. La producción de normas, que se concretan en paisajes culturales o experiencias de orden diferenciadas, es la operación central, fundamental, de la sociedad humana. Cada grupo y subgrupo humano produce así modelos de conducta y correlativamente, sanciones para inducir a los miembros a conformarse a esos modelos. Consecuentemente, la producción de normas no es algo que se pueda mirar peyorativamente, pues ese es uno de los rasgos centrales de la constitución de toda sociedad humana.

En síntesis, la(s) determinación(es) cultural(es), define(n) la más alta expresión de la libertad del hombre. El sujeto, enfrentado al "poder" cultural de su sociedad, está permanentemente enfrentado a la asimetría entre las aspiraciones personales (auto-referencia) y los programas de la colectividad (hete-referencia); el individuo se enfrenta con mayor fuerza a las determinaciones de la sociedad y es mucho menor su capacidad de determinar el funcionamiento o las acciones de la sociedad. El grave problema con los análisis costo- beneficio es que asumimos que todo el mundo juega el mismo juego. La analogía del juego es muy poderosa como herramienta analítica, pero no hay un solo juego. Los modelos específicos de comportamiento humano son culturales. Esa es la evidencia científica de toda la antropología cultural. Los mecanismos cognitivos demostrados de racionalidad limitada, que citan los profesores Casas y Losada (2011: 154), en referencia a trabajos en ciencia política, neurociencia, economía del comportamiento y antropología analítica, no pueden olvidar que sobre una base genética, cognitiva, fisiológica y anatómica humana, los modelos específicos, ya sean políticos, culturales, ambientales, son taxativamente de orden cultural. Las reglas del juego representan la determinación cultural que fija el movimiento del jugador, cuya libertad está marcada como elección por un número de elecciones entre determinadas posibilidades que tampoco son infinitas. En el juego, existen límites naturales y culturales que delimitan el campo de lo posible y que determinan el comportamiento de los seres humanos. En el camino evolutivo de la "hominización", los seres humanos, en sus diversas experiencias de orden, han construido un "ambiente" que es más cultural que natural, más allá de la "artificialización" del mundo biofísico; el ambiente del ser humano está constituido por relaciones y redes con el mundo de entidades de todo orden (mitológicas, religiosas, económicas) que pasan necesariamente por la mediación simbólica. No todos los seres humanos, grupos sociales y culturales operan con las reglas del juego insertas en los supuestos comportamentales de las ciencias experimentales…


1. Las intuiciones personales, se constituyen en constatación si se tienen en cuenta los datos presentados en la obra clásica del antropólogo holandés Henri J.M. Claessen, Antropología política. Estudio de las comunidades políticas, México: Universidad Autónoma de México, 1979. Ténganse encuenta las siguientes obras ya clásicas que reafirman el sentido de la importancia de entender lo político como un fenómeno cultural: Balandier, G. Antropología política, Barcelona: Península, 1972; Barth, F. Political Leadership among Swat Pathans, Londres: Athlone, 1959; Fortes, M. Evans-Pritchard, E.E., (Eds), African Political Systems, Oxford: International African Institute, 1940.

2. Los autores mencionados son citados por Casas y Losada en su artículo: ¡Enhorabuena! Una breve aclaración a propósito de la discusión sobre el objeto de estudio de la ciencia política. Colombia Internacional, Bogotá: Universidad de Los Andes, 73, enero junio de 2011: 145-159.

3. Los autores en mención son citados por Pitirim Sorokin en el capítulo III de su libro:Achaques y manías de la sociología moderna y ciencias afines. Madrid: Aguilar, pp.58-60, 1957. Véase: H. Poincaré. 1920. La science et la méthode. París; L. Lecornu. 1918. La Mécanique. París; J.C Maxwell. 1882. Matter and Motion. Londres; P. Appel y S. Dautheville. 1924. Précis de mécanique rationnelle. París; E. Mach. 1902. The science of Mechanics. Chicago.


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