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Cuadernos de Economía

Print version ISSN 0121-4772

Cuad. Econ. vol.30 no.54 Bogotá Jan./June 2011

 

SOCIALISMO, CÁLCULO ECONÓMICO Y FUNCIÓN EMPRESARIAL

Adrián Ravier*

*Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid (URJC) y Profesor de Economía en la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín (UFM), Guatemala, E-mail: aravier@ufm.edu.

Esta reseña fue recibida el 31 de enero de 2011 y su publicación aprobada el 28 de febrero de 2011.


Así como Milton Friedman y la Escuela de Chicago han sido reconocidos en la historia del pensamiento económico por provocar una contra-revolución mostrando las falencias del keynesianismo, Ludwig von Mises, Friedrich Hayek y la Escuela Austríaca de Economía serán inmortales por haber mostrado a la profesión la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo, esto es, la tesis de que un sistema socialista implica ausencia del sistema de precios, lo que impide el cálculo económico, sin el cual no podríamos preservar una sociedad basada en una división del trabajo tan amplia como la nuestra.

Por supuesto que el socialismo, al igual que el keynesianismo, se renueva, pero su esencia, en todas sus nuevas formas, mantiene los mismos problemas que Ludwig von Mises detectó en 1920, y que al día de hoy siguen sin respuesta.

En este sentido, Jesús Huerta de Soto nos recuerda en su prefacio las palabras de Mark Blaug –uno de los tratadistas de mayor prestigio en la historia de las ideas–, cuando reconoció que “de forma lenta y extremadamente reacia he llegado a darme cuenta de que ellos (los teóricos de la Escuela Austriaca) están en lo cierto y de que todos los demás hemos estado equivocados” (Blaug y De Marchi, 1991, 508), afirmando además, al evaluar la aplicación del paradigma neoclásico con el fin de justificar la posibilidad del cálculo económico socialista, que es algo:

Tan ingenuo desde el punto de vista administrativo como para dar risa. Sólo aquellos emborrachados con el modelo de equilibrio estático perfectamente competitivo pueden haberse tragado semejante tontería. Yo mismo fui uno de los que se la tragó en mis años de estudiante en los 50 y ahora no hago sino maravillarme ante mi propia falta de agudeza (Mark Blaug y De Marchi, 1991, 508; Mark Blaug, 1993, 1570).

El lector tiene la posibilidad de comprender el debate entre estado versus mercado; socialistas versus capitalistas; los que ven al socialismo como un error intelectual y aquellos que creen que es posible su funcionamiento, a través de un solo libro: “Socialismo, cálculo económico y función empresarial” de Jesús Huerta de Soto. Esta obra fue escrita originalmente como tesis y permitió a su autor obtener el título de Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales en la Universidad Complutense de Madrid en 1992.

Publicadas cuatro ediciones en español (1992, 2001, 2005 y 2010) por Unión Editorial de España, ha sido también difundido en ruso y chino, y desde mayo de 2010, cuenta con una publicación simultánea en Inglaterra y Estados Unidos, por la prestigiosa editorial inglesa de economía Edward Elgar1. Esta edición cuenta además con el prólogo del prestigioso Peter J. Boettke, catedrático de la George Mason University, quien fuera destacado recientemente por el Wall Street Journal omo uno de los máximos referentes de la tradición austríaca y, en particular, del pensamiento de Hayek (Evans, 2010).

El libro se estructura en siete capítulos, comenzando con una introducción, donde el profesor Huerta de Soto repasa el fracaso histórico del socialismo, recordando la reciente caída del sistema en los países del Este de Europa y señalando el hecho como “un acontecimiento histórico de primera magnitud que, sin duda alguna, ha pillado de improviso a la mayor parte de los estudiosos de la Ciencia Económica” (Huerta de Soto, 2010, 21). Sorprende, sin embargo al autor, que

[L]ejos de manifestar un profundo malestar o desconcierto, siguen haciendo su ciencia como si nada hubiera sucedido. […] Nadie, o mejor dicho casi nadie, se ha planteado la posibilidad de que la esencia misma del problema radique en el método y en la forma de hacer economía que han venido preponderando en nuestra ciencia, precisamente a lo largo del mismo número de años que de manera aproximada y durante este siglo han pervivido los sistemas socialistas (Huerta de Soto, 2010, 22).

Es en este capítulo donde el autor señala la tesis central del trabajo, manifestando que el análisis económico en general, y el análisis económico del socialismo en particular, debieran incorporar el individualismo metodológico y la perspectiva subjetivista que, de acuerdo con Hayek, son imprescindibles para el desarrollo de nuestra ciencia, aunque ignorados por el enfoque predominante (Huerta de Soto, 2010, 24).

Es de destacar que el ataque metodológico general que tras la crisis de 2008 recibió el enfoque neoclásico, encuentra antecedentes muy tempranos en los teóricos de la Escuela Austríaca y en particular en esta obra de Huerta de Soto.

Lo dicho no es menor, en el sentido que el autor, así como la Escuela Austríaca en general, entienden el mercado y la competencia como procesos de coordinación que nada tienen que ver con la competencia perfecta, el equilibrio general o parcial y la información completa que se estudian en los manuales tradicionales de economía, en los cuales la función empresarial no tiene lugar.

Por el contrario, es tan importante el estudio de la acción humana y la función empresarial para Huerta de Soto, que destina todo el capítulo II a su exploración. Siguiendo a Mises –en su tratado de economía–, primero define la función empresarial en un sentido amplio: como a la acción humana misma, en el sentido de que cualquier persona actúa en un marco de incertidumbre para modificar el presente y conseguir sus objetivos en el futuro (Huerta de Soto, 2010, 41).

En un sentido más estricto, sin embargo, la función empresarial consiste

[E]n descubrir y apreciar (prehendo) las oportunidades de alcanzar algún fin o, si se prefiere, de lograr alguna ganancia o beneficio, que se presentan en el entorno, actuando en consecuencia para aprovecharlas. Israel Kirzner dice que el ejercicio de la empresarialidad implica una especial perspicacia (alertness), es decir un continuo estar alerta, que hace posible al ser humano descubrir y darse cuenta de lo que ocurre a su alrededor (Huerta de Soto, 2010, 51).

Esta misma función empresarial no tendría lugar en un mundo de conocimiento perfecto o equilibrio general. Esto es lo que enmarca toda la investigación del autor en un mundo real de desequilibrio2.

Contrariando la información perfecta de los modelos neoclásicos tradicionales y la información relevante de la más moderna escuela de expectativas racionales, en el capítulo II el autor repasa detenidamente las características que tienen la información y el conocimiento relevantes para el ejercicio de la función empresarial.

  • Es un conocimiento subjetivo de tipo práctico, no científico. No puede ser presentado de un modo formal, sino que el sujeto lo va adquiriendo o aprendiendo a través de la práctica.
  • Es un conocimiento privativo y disperso. El individuo posee tan sólo unos “átomos” o “bits” de la información que se genera y transmite globalmente a nivel social, pero que paradójicamente sólo él posee, es decir, sólo él conoce e interpreta de forma consciente. Por tanto, el conocimiento al que nos referimos no es algo que está dado, que se encuentre disponible para todo el mundo en algún medio material de almacenamiento de información, sino que sólo se encuentra diseminado en la mente de todos y cada uno de los actores que constituyen la humanidad.
  • Es un conocimiento tácito, no articulable. El actor sabe cómo hacer o efectuar determinadas acciones (know how), pero no sabe cuáles son los elementos o partes de lo que está haciendo, y si los mismos son ciertos o falsos (know that). Montar una bicicleta o jugar al golf son ejemplos típicos de que uno puede hacer ciertas cosas, aún cuando no pueda explicitar la habilidad de llevarlas a cabo.
  • Es un conocimiento que se crea ex nihilo, de la nada, precisamente mediante el ejercicio de la función empresarial. Esto habla del carácter creativo de la función empresarial, el cual se evidencia en los beneficios que, en cierto sentido, surgen de la nada y que se denominan beneficios empresariales puros. Basta que un individuo (C), se de cuenta de una situación de desajuste o descoordinación en el mercado, por ejemplo entre A y B, para que surja, de inmediato, la oportunidad de un beneficio empresarial puro.
  • Es un conocimiento transmisible. En su mayor parte esta transmisión se realiza de forma no consciente, a través de complejísimos procesos sociales, cuyo estudio, según los autores austriacos, constituye precisamente el objeto de investigación de la ciencia económica. Hayek postuló que el sistema de precios que surge de la interacción entre actores, es un desarrollo social que ha resultado de la evolución y no del diseño deliberado, y que permite detectar y transmitir la información económica que se encuentra dispersa y fragmentada entre miles y miles de individuos. En otros términos, son los precios los que traducen las valoraciones de los agentes en símbolos, que mediante el cálculo económico se convierten en una oportunidad de inversión (Hayek, 1945).
  • Es un conocimiento que lleva a la coordinación, al aprendizaje y a la competencia. En el desequilibrio entre A y B, y la intermediación de C, es fácil comprender que los agentes disfrutan de la división del trabajo, aprendiendo a actuar uno en función del otro, de forma coordinada. De hecho, el beneficio empresarial o ganancia es en un mercado libre un premio a aquel empresario que actúa correctamente en función de los desequilibrios que encuentra. Por el contrario, la pérdida empresarial es una señal de que la acción del empresario debe ser corregida, en la medida que los recursos invertidos en estos fallidos procesos de inversión se van redestinando a otras manos.
  • Ganancias y pérdidas son entonces señales –tanto como los precios o los tipos de interés–, que permiten alcanzar un proceso de coordinación a través del cual el mercado aprende a hacer el uso más eficiente de los recursos dentro de lo humanamente posible. La función empresarial, por su naturaleza, es además siempre competitiva, en el sentido de la rivalidad empresarial, ya que una vez que se descubre una determinada oportunidad de ganancia y el agente actúa para aprovecharla, ésta desaparece y ya no puede ser apreciada y aprovechada por otro.

En suma, Huerta de Soto concluye que la sociedad podría ser definida

[C]omo un proceso (es decir, una estructura dinámica) de tipo espontáneo, es decir, no diseñado conscientemente por nadie; muy complejo, pues está constituido por miles de millones de personas con una infinita variedad de objetivos, gustos, valoraciones y conocimientos prácticos; de interacciones humanas (que básicamente son relaciones de intercambio que en muchas ocasiones se plasman en precios monetarios y siempre se efectúan según unas normas, hábitos o pautas de conducta); movidas todas ellas por la fuerza de la función empresarial; que constantemente crea, descubre y transmite información, ajustando y coordinando de forma competitiva planes contradictorios de los individuos; y haciendo posible la vida en común de todos ellos con un número y una complejidad y riqueza de matices y elementos cada vez mayores (Huerta de Soto, 2010, 85).

Lo dicho anteriormente es necesario para comprender el capítulo III que corresponde al análisis del socialismo, que Huerta de Soto basa y fundamenta en el concepto de empresarialidad. Define al socialismo como “toda restricción o agresión institucional contra el libre ejercicio de la acción humana o función empresarial”, el que con independencia de su tipo o clase concreta3, surge como un intento deliberado de pretender mediante la coacción institucional (o mandatos) “mejorar” la sociedad, hacer más eficaz su desarrollo y funcionamiento, y lograr unos fines que se consideran “justos” (Huerta de Soto, 2010, 87).

Esto conduce a Huerta de Soto, siguiendo a Mises, a identificar el socialismo como un error intelectual, porque “no es teóricamente posible que el órgano encargado de ejercer la agresión institucional disponga de la información suficiente como para dar un contenido coordinador a sus mandatos” (Huerta de Soto, 2010, 95):

  • Por razones de capacidad; es imposible que el órgano de intervención asimile conscientemente el enorme volumen de información práctica diseminada en las mentes de los seres humanos.
  • Dado el carácter esencialmente intransferible al órgano central de la información que se necesita, por su naturaleza tácita no articulable.
  • No puede transmitirse la información que aún no ha sido descubierta o creada por los actores y que sólo surge como resultado del libre proceso de ejercicio de la función empresarial.
  • El ejercicio de la coacción impide que el proceso empresarial descubra y cree la información necesaria para coordinar la sociedad (Huerta de Soto, 2010, 100).

En este sentido, no importa si el órgano director está compuesto por un dictador o un caudillo; si proviene de una élite, de un grupo de científicos o intelectuales, de un departamento ministerial, de un conjunto de diputados elegidos democráticamente por el pueblo, o de cualquier combinación, más o menos compleja, de todos o algunos de estos elementos. Cualquiera de ellos carece de capacidades sobrehumanas o del don de la omnisciencia que sea capaz de asimilar, conocer e interpretar simultáneamente toda la información diseminada y privativa que se encuentra dispersa en la mente de todos los seres humanos que actúan en la sociedad, y que se va generando y creando ex novo continuamente.

Por otro lado, el órgano de coacción forzosamente deberá estar compuesto por seres humanos de carne y hueso con todas sus virtudes y también defectos que, como cualquier otro actor, tendrían fines personales que actuarán como incentivos para descubrir la información que sea relevante en función de sus intereses particulares4.

Por último, el órgano director se verá incapacitado para efectuar cálculo económico alguno, dado que independientemente de cuáles sean sus fines (aun cuando sean los más humanos y moralmente elevados), no podrá saber si los costes en los que incurre a la hora de perseguir dichos fines tienen un valor superior al que esta instancia atribuye subjetivamente (Huerta de Soto, 2010, 103).

Las consecuencias económicas del socialismo resultan obvias y se han contrastado empíricamente en los distintos países donde tales mandatos se aplicaron. En primer lugar, la falta de señales que en un sistema capitalista provienen del sistema de precios, de los tipos de interés o de las ganancias y las pérdidas, llevan a que las decisiones de inversión sean puramente arbitrarias, al verse impedidos de comparar los costes de oportunidades de los distintos cursos de acción posibles. Esto da lugar a la mala calidad de los bienes y servicios producidos; mala-inversión que muchas veces agrava los ciclos económicos; escasez de algunos recursos y excesos de algunos productos; desempleo; corrupción; economía informal u oculta; retraso social (económico, tecnológico y cultural) y hasta la prostitución de los conceptos tradicionales de ley y justicia (Huerta de Soto, 2010, 114-126).

El capítulo IV puede ser caracterizado como de historia del pensamiento, mostrando primero que el debate que hoy gobierna la filosofía política y la economía, no nace en 1922, sino que encuentra antecedentes en Grecia, en Roma, en autores pre-clásicos y clásicos, y también en autores más modernos comoWalter Bagehot, Wilfredo Pareto, Enrico Barone, Nicolas G. Pierson, Friedrich von Wieser y Max Weber, por citar sólo a aquellos que recibieron mayor atención.

Seguidas de estas referencias, el autor analiza la contribución esencial de Ludwig von Mises, indagando tanto en el libro de 1922, como en un artículo original de 1920, titulado “El cálculo económico en la comunidad socialista”. Este último reproduce la conferencia que Mises dictó, en 1919, ante la Sociedad Económica, como respuesta al libro de Otto Neurath (1919) publicado ese mismo año.

Como señala Friedrich Hayek en el prólogo que escribió en agosto de 1978 a El Socialismo, tras la Primera Guerra Mundial, el sistema socialista se presentaba para los jóvenes idealistas que regresaban de la guerra como una oportunidad para construir un mundo más racional y más justo. “Y entonces llegó este libro. Nuestras esperanzas se desvanecieron. El Socialismo nos decía que estábamos buscando nuestras mejoras en una dirección equivocada” (Mises, 1922, 15). Demás está decir que el Hayek de Camino de Servidumbre (1944) o La Fatal Arrogancia (1990), no hubiese existido sin este libro5.

Huerta de Soto continúa en el mismo capítulo IV estudiando el socialismo según Marx (1867), al que critica por la deficiente teoría del valor trabajo, por su consecuente teoría de la plusvalía, pero fundamentalmente por evitar tratar los aspectos concretos del socialismo del futuro, por considerarlo no científico. Para el autor, tal postura marxista ha sido utilizada de forma abusiva y sistemática para evitar la discusión teórica sobre las posibilidades reales de funcionamiento del socialismo.

Lo que sí reconoce Huerta de Soto en Marx es su capacidad para centrar sus estudios en los desequilibrios y desajustes que se dan en el mercado, encontrando incluso curiosas coincidencias con el análisis del proceso de mercado de los teóricos austriacos.

Huerta de Soto demuestra en última instancia, sobre la base de los aportes originales de Böhm Bawerk (1884) y Mises (1920 y 1922), que el socialismo de Marx es realmente utópico, al considerar que la anarquía de la producción capitalista, propia del orden espontáneo del mercado, sería finalmente sustituida por la “perfecta organización” que se supone resultado de la planificación central y que no requeriría del uso de precios monetarios, aspecto cuya deficiencia el lector de estas líneas sabrá identificar sobre lo dicho más arriba.

El capítulo concluye estudiando las primeras propuestas socialistas de solución al problema de cálculo económico y comenzando con el cálculo en especie (Huerta de Soto, 2010, 200). De hecho, la idea original de que el sistema socialista puede funcionar sin dinero se remonta a Marx (1867).

En efecto, en ese nirvana o modelo de equilibrio que Marx considera que puede y debe forzarse coactivamente por parte del órgano director, no hay necesidad de utilizar dinero, pues se supone que toda la información está dada y que no existe cambio alguno. Basta con que período tras período se produzcan los mismos bienes y servicios, y que éstos sean distribuidos de igual forma a los mismos individuos. Esta idea pasa de Marx a Engels, y de ahí a una serie de teóricos que, de manera más o menos explícita, consideran que el cálculo económico no habría de plantear problema alguno aunque no existiese el dinero (Huerta de Soto, 2010, 201).

Huerta de Soto también cita al propio teórico socialista Karl Kautsky quien ridiculizó esta idea y más tarde Neurath afirmaría que rápidamente conduciría al caos6.

Otra propuesta algo similar es la de llevar adelante el cálculo económico mediante las horas de trabajo, la que claramente se desprende de la errónea teoría del valor-trabajo de Marx (Huerta de Soto, 2010, 203). Brevemente enunciada, consiste en que el órgano director tome en cuenta las horas trabajadas por cada trabajador. Posteriormente, cada uno recibiría un determinado número de cupones en relación con las horas trabajadas, los que podría utilizar para obtener a cambio una predeterminada cantidad de bienes y servicios de consumo producidos. La distribución del producto social se efectuaría estableciendo un registro estadístico del número de horas de trabajo requeridas por la producción de cada bien y servicio, y asignando éstos a aquellos trabajadores que estuvieran dispuestos a entregar a cambio los correspondientes cupones representativos de las horas trabajadas por cada uno de ellos. De esta manera, cada hora de trabajo daría derecho a obtener el equivalente en bienes y servicios producidos durante la misma.

La crítica de Huerta de Soto, en la misma línea que aquella formulada por Mises a Otto Leichter en 1924, consistió en señalar que dichos cupones no son dinero y que no existen precios de mercado que reflejen las relaciones entre los intercambios voluntarios. Mises además señala otros dos problemas. El primero, en lo que refiere a los recursos de la naturaleza no reproducibles, como el carbón, a los que no se les puede imputar ningún número de horas de trabajo. El segundo, y el más importante, que la hora de trabajo no es una cantidad uniforme y homogénea. En efecto, no existe un “factor trabajo”, sino innumerables tipos, categorías y clases distintas de trabajo que, en ausencia de denominador común que constituyen los precios monetarios establecidos en el mercado para cada tipo de trabajo, no pueden ser sumadas o restadas dado su carácter esencialmente heterogéneo.

Por último, algunos socialistas enfrentaron la crítica de Mises con el cálculo económico en unidades de utilidad, propuesta que Huerta de Soto considera aun más absurda que las otras (Huerta de Soto, 2010, 206). Y es que la utilidad es un concepto estrictamente subjetivo, resultado de la apreciación realizada por cada individuo, y no cabe medirla, sino sólo compararlas ex ante con las que se derivan de diferentes cursos de acción a la hora de tomar una decisión.

Estas incipientes propuestas fueron seguidas por otras de carácter estático, lo que en la perspectiva de Huerta de Soto constituye un indebido desvío del debate, teniendo en cuenta que el propio Mises había reconocido en su crítica inicial que en un mundo estático el socialismo no planteaba problema alguno de cálculo económico. Esta segunda serie de propuestas es la que el autor considera en el capítulo V.

Comienza por considerar los argumentos de similitud formal, que al asumir dada o disponible toda la información y bajo modelos de equilibrio altamente formalizados, decidieron reducir el problema a un cálculo meramente algebraico o computacional, pero ignorando la esencia del problema: ¿cómo es posible que el órgano de planificación central obtenga la información relevante y práctica que necesita y que se encuentra diseminada en la mente de millones de agentes económicos? La aplicación del método matemático en la economía terminó por desviar a las mentes más brillantes hacia el tratamiento de problemas que poco tienen que ver con el mundo real.

Entre los autores que presentaron los argumentos de la similitud formal y que fueron considerados críticamente por Huerta de Soto, se encuentran: Friedrich von Wieser, Enrico Barone, Gustav Cassel y Erik Lindhal, quienes llevaron incluso a Joseph Schumpeter a considerar que la crítica de Mises ya tenía respuesta mucho antes de que fuera formulada en 1920. Claramente, el desvío implicó ignorar el problema en sí mismo (Huerta de Soto, 2010, 209-217).

Tras este desvío surgen diversos trabajos que apuntan a encontrar la “solución matemática” del problema de equilibrio, distinguiéndose los artículos seminales de Fred M. Taylor, H. D. Dickinson e incluso una cantidad de artículos de la literatura alemana, con autores como K. Tisch o H. Zassenhaus. En estos dos últimos casos se partía de los trabajos clásicos de Cassel y Walras (Huerta de Soto, 2010, 2019-226).

Como una variante de la “solución matemática” surge entonces “el método de prueba y error” (Huerta de Soto, 2010, 233), que pretende evitar la engorrosa necesidad de solucionar algebraicamente el complejísimo sistema de ecuaciones, y tomar como punto de partida las “soluciones de equilibrio” heredadas del sistema capitalista vigente con carácter previo a la introducción del socialismo. A partir de ahí sería preciso ir efectuando las modificaciones marginales que fuesen necesarias para “devolver” el sistema al equilibrio siempre que se verificasen cambios7.

La forma práctica de llevar a cabo este método consistiría en ordenar a los gerentes y responsables de los distintos sectores, industrias y empresas que continuamente transmitiesen al órgano central de planificación su conocimiento relativo a las distintas circunstancias de la producción en general y, en particular, a las diferentes combinaciones de factores productivos. Según la información que fuese recibiendo, el órgano central de planificación fijaría con carácter provisional o tentativo toda una serie de “precios”, que habrían de ser comunicados a los gerentes de las empresas para que éstos estimasen las cantidades que serían capaces de producir a dichos precios y actuasen en consecuencia. La actividad de los gerentes pondría de manifiesto la existencia de errores, que se plasmarían en escaseces (siempre que la demanda superara a la oferta) o excesos (cuando sucediera lo contrario) de producción. La escasez o el exceso de una determinada línea de la producción indicaría al órgano de planificación central que el precio establecido no era correcto y que, por tanto, habría de ser convenientemente modificado al alza o a la baja según correspondiese. Y así sucesivamente hasta que el tan buscado nuevo “equilibrio” fuera encontrado. En esto consiste, en breves palabras, el contenido del tan alabado método de “prueba y error” (Huerta de Soto, 2010, 235).

Seguido de ello, Huerta de Soto arremete con las críticas. Sólo por mencionar algunas, es teóricamente absurdo pensar que el sistema capitalista real pueda llegar a encontrarse en algún momento en una “situación de equilibrio”, que permita al socialismo posterior, heredar tal estructura de precios. Esto refleja una notable incomprensión con respecto al funcionamiento de una economía de mercado. Y es que los precios de mercado, en el sistema capitalista, son dinámicos, están en constante cambio, porque de hecho, son el fruto de las valoraciones de los distintos agentes, las cuales nunca permanecen constantes.

Por otro lado, no es admisible pensar que el traspaso del capitalismo al socialismo deje la estructura productiva inmóvil. Por el contrario, los cambios y distorsiones habrían de ser de tal magnitud en todos los campos económicos y áreas sociales, que se haría precisa una absoluta y completa reestructuración de todo el sistema de precios. En suma, aun suponiendo que tal estructura de precios de equilibrio exista, el traspaso de un sistema a otro, llevaría a un nuevo “equilibrio”, y sería imposible adaptar la estructura de precios previa al nuevo sistema.

Además, aunque se asumiera que los precios no cambian, será necesario que la función empresarial los interprete. Que haya escasez de un recurso en el mercado, puede llevar a su precio a subir, o bien, puede generar innovaciones que permitan reemplazar el recurso por otro menos escaso. Un nuevo problema para la propuesta, es que bajo el socialismo desaparece la dinámica función empresarial que bajo el capitalismo permite ajustar los cursos de acción a una nueva realidad.

Finalmente, el problema de la propuesta de “prueba y error” es que estos teóricos no comprendan la naturaleza de la función empresarial y las características del conocimiento y de la información relevante, que hacen posible su ejercicio en una economía de mercado. Sustituir el sistema capitalista por uno socialista, sólo puede llevar a la economía a un completo caos.

Posiblemente la propuesta más conocida y citada entre las efectuadas por los teóricos socialistas sea la “solución competitiva” de Oskar Lange. Lange contaba con sobradas credenciales académicas al estudiar en la London School of Economics, en Chicago, en Berkeley y, sobre todo, en Harvard, donde fue influenciado por Joseph Schumpeter, además de entrar en contacto y trabajar con los socialistas Alan y Paul Sweezy yWassily Leontief. A él dedica Huerta de Soto el capítulo VI del libro.

Si bien Huerta de Soto reconoce en Lange cuatro diferentes etapas de pensamiento, aquí se hará mención fundamentalmente a la “solución competitiva”8. Para este modelo incorporó y combinó una serie de elementos que ya habían sido propuestos, aunque de forma aislada, por otros teóricos socialistas: método de “prueba y error”, el establecimiento de precios en función de los costos marginales, las instrucciones del órgano central de planificación a los gerentes, entre otros.

El modelo de Lange, inspirado también en los alemanes Eduard Heimann (1922) y Karl Polanyi (1922 y 1924), explica cómo en un “sistema capitalista” el equilibrio se alcanza “teórica” y “prácticamente”, utilizando un proceso típicamente walrasiano y neoclásico.

El modelo asume que los precios de los bienes y servicios de consumo, así como los salarios, están determinados por el mercado, mientras que el órgano central de planificación fija, única y exclusivamente, los “precios” de los factores de producción.

Los precios de estos factores se establecen intuitiva o arbitrariamente, y en caso de que las cantidades demandadas y ofrecidas de los bienes producidos no coincidan, el precio es revisado o modificado por el órgano central de planificación, a través de un proceso de “prueba y error”, que se detiene en el momento en el que el precio final de equilibrio haya sido alcanzado por haberse igualado la oferta y la demanda.

El planteamiento de Lange pretende explicar que el órgano central puede suplantar el papel del mercado en lo que refiere a la asignación de los bienes de capital, y el sistema socialista puede, formalmente, alcanzar el equilibrio del modelo de “competencia perfecta”, a través del mismo procedimiento de “prueba y error” ideado por Walras para el “sistema competitivo” y que ya había propuesto Taylor (1929) como “solución” para el sistema socialista algunos años antes (Huerta de Soto, 2010, 315).

Lo dicho, lleva al autor a desarrollar una importante conclusión. Y es que esta propuesta de algún modo admite un reconocimiento implícito de la razón que asistía a Mises en su aportación original, lo que deja a los teóricos socialistas sin más remedio que refugiarse en una segunda y débil línea de defensa, construida precisamente sobre la base de los elementos esenciales de aquel sistema económico que tanto odiaban y deseaban destruir.

Esta línea de socialismo plantea “preservar el mercado”, e incluso tratan de demostrar que mercado y capitalismo son categorías históricas diferentes que no tienen por qué implicarse la una a la otra. En pocas palabras, afirman que el mercado sería una institución creada antes que el capitalismo.

Esto ha llevado a Fritz Machlup a manifestar que el éxito de Mises ha sido tan rotundo que hoy ya nadie duda en la profesión económica de la imposibilidad teórica y práctica de la planificación sin que exista un sistema de precios de tipo descentralizado (Machlup, 1984, 191). Y en la misma línea Hayek advierte que los jóvenes socialistas han abandonado la idea de que una economía de planificación central podría funcionar, inclinándose en cambio a argumentar que la competencia podría mantenerse aún cuando fuera abolida la propiedad privada de los medios de producción. Se abandona, así, la tradicional idea marxista según la cual la planificación no sólo es el extremo opuesto de la competencia, sino que tiene como principal finalidad el eliminarla, haciendo con ello posible el cumplimiento del verdadero “ideal” socialista (Hayek, 1935, 238; Hayek, 1940, 186).

Por lo demás, Huerta de Soto advierte numerosos problemas en la “solución competitiva” de Lange (1938), sobre lo cual esta reseña no puede profundizar, pero que se podrían sintetizar en:

1. La imposibilidad de elaborar la lista de bienes de capital, dada la ausencia de la función empresarial, el carácter subjetivo del capital y la propiedad privada de los medios de producción.

2. La confusión de Lange con respecto a los precios de mercado a los que se refería Mises, con unos precios paramétricos sólo existentes en un mundo estático y de equilibrio competitivo como el de Walras.

3. La inexistencia de verdaderos precios libres para los bienes y servicios de consumo, o incluso para los salarios, dada la ausencia de mercados en los que se determinen.

4. La imposibilidad de cumplir con las reglas de Lange en un mundo real y dinámico. La primera de ellas, relativa a adoptar la combinación de factores que minimice los costos medios, y la segunda relacionada con producir el volumen para el cual se igualen precios y costes marginales.

5. La imposibilidad teórica del “método de prueba y error”.

6. La arbitraria fijación del tipo de interés, y con ello la ausencia de un verdadero mercado de capitales y, en particular, una bolsa de valores y títulos representativos de la propiedad de las empresas.

7. La ignorancia en cuanto al comportamiento típico de los organismos burocráticos9.

El debate que Lange mantuvo con Hayek hacia los últimos años de la década de 1930 y primeros de 1940, dejó una correspondencia en la que Lange reconocía que Hayek había planteado con éxito una serie de errores y problemas esenciales que su modelo, estrictamente estático, no era capaz de solucionar, pero que prometían en los próximos meses, escribir un artículo como respuesta. Lange no sólo no escribió jamás dicho artículo, sino que incluso se negó a hacer una revisión de su ensayo original sobre el socialismo de 1936-37 (ver Lange, 1936, 1937).

El giro fundamental proviene de un artículo de 1943, en el cual Lange defiende sólo la socialización de las industrias más importantes y estratégicas (dentro de las cuales incluye a los sectores bancario y de transportes), y manifiesta que la propiedad privada de los medios de producción deberían mantenerse, en todo caso, para las granjas, empresas artesanales, y pequeñas y medianas industrias, pues “ello permitiría mantener la flexibilidad y capacidad de adaptación que sólo la iniciativa privada con carácter exclusivo permite alcanzar” (Lange, 1943, 127).

El último capítulo del libro resume las consideraciones finales sobre las aportaciones de otros tres teóricos socialistas, como Durbin (1936), Dickinson (1939) y Lerner (1944), que continuando en la línea de Lange, intentaron desarrollar una solución de tipo competitivo para el problema del cálculo económico.

Más allá de la extensa sección que el autor ofrece sobre las contribuciones de Evan Frank Mottram Durbin, no se encuentran elementos que sean importantes destacar, a pesar de que se esperaba que este segmento pudiera agregar un nuevo capítulo al debate al estar familiarizado con el pensamiento austriaco de la época y distinguir entre su paradigma y el neoclásico-walrasiano.

No es muy diferente el caso de Henry Douglas Dickinson, cuyo trabajo fue valorado por Hayek en su artículo de 1940, pero el que contiene propuestas coincidentes con las señaladas por Lange, al que sólo cita en la bibliografía.

Dickinson señala que una de las ventajas del sistema socialista sería la de disminuir la típica incertidumbre que surge en el capitalismo como resultado de la interacción conjunta de múltiples órganos separados de decisión. De nuevo, no sólo ignora este autor el proceso espontáneo de coordinación social que ofrece el sistema capitalista a través del sistema de precios, sino que asume que el órgano central de planificación podría obtener la información necesaria para coordinar desde arriba la sociedad.

Lo más curioso es la ingenuidad de Dickinson al pensar que su sistema permitiría establecer, por primera vez en la historia de la humanidad, un “individualismo” y “libertad” verdaderamente efectivos, es decir, una especie de “socialismo libertario” de gran “atractivo intelectual” (Dickinson, 1939, 26).

Sin embargo, y dado el enorme poder que el órgano central de planificación habría de tener en el modelo de Dickinson, junto con su característica arbitrariedad, manipulación de la propaganda e imposibilidad de llevar a cabo el cálculo económico, su sistema socialista sería, como mínimo, un sistema muy autoritario, en el que la libertad individual se resentiría enormemente y serían nulas las posibilidades de que funcionase un sistema verdaderamente democrático (Huerta de Soto, 2010, 370).

Finalmente, la contribución de Abba Ptachya Lerner también repite los errores advertidos en años anteriores. En su artículo de 1944, The economics of control, menciona expresamente que la planificación total exigiría un conocimiento centralizado de lo que sucede en cada fábrica, de las modificaciones diarias que se producen en la oferta y en la demanda, así como de los cambios en el conocimiento técnico en todas las ramas de la producción, que no es concebible suponer que pudiera llegar a lograrse por un órgano central de planificación, por lo que no cabe, más remedio que recurrir al “mecanismo” de los precios. Sin embargo, a paso siguiente, asume que la información para resolver el problema está disponible. “Lerner fue el exponente más extremista a la hora de defender el modelo del equilibrio como fundamentación teórica para el socialismo”, afirma Huerta de Soto (2010, 372).

El aislamiento en el paradigma de la economía de bienestar es tan profundo, que Lerner incluso considera que las diferencias que se dan en el mundo real con respecto al modelo del equilibrio de ´competencia perfecta´ son un claro ‘defecto’ o ‘fallo’ del sistema capitalista (que el socialismo, al menos potencialmente, es capaz de corregir por la fuerza), más que un defecto del propio instrumental analítico del modelo (Huerta de Soto, 2010, 377).

Huerta de Soto concluye entonces que “ninguno de los teóricos socialistas fue capaz de responder satisfactoriamente al desarrollo planteado por Mises y Hayek” (Huerta de Soto, 2010, 410).

REFLEXIÓN FINAL

Jesús Huerta de Soto ha logrado demostrar en este libro una serie de elementos fundamentales para el análisis económico moderno:

1. Explicó de modo sintético cómo opera una economía de mercado, caracterizando a la función empresarial de un modo dinámico y señalando las particulares características que tienen la información y el conocimiento necesarios para guiar y coordinar los procesos de producción en modelos de desequilibrio (Cap. II).

2. Definió al socialismo como toda restricción o agresión a dicha función empresarial, lo que incluye a diferentes tipos y grados de socialismo, pero también al intervencionismo (Cap. III).

3. Demostró que el socialismo es un error intelectual, sobre la base de la aportación original de Mises, pero no desconoció las aportaciones complementarias de Hayek, a veces ignoradas (Cap. IV).

4. Presentó el debate entre los teóricos austriacos y los socialistas de forma exhaustiva, compilando con enorme responsabilidad una extensa literatura, dejando al lector con la demostración científica de que el planteamiento original de Mises de 1920 y 1922 permanece intacto, no habiendo teórico capaz de dar respuesta al desafío (Cap. IV, V, VI y VII).

5. Demostró que los argumentos de la “solución matemática” a dicho desafío han sido una indebida desviación al debate, logrando no sólo distraer a los teóricos socialistas del verdadero problema económico, sino y fundamentalmente, a la mayor parte de los economistas, sobre el entendimiento de los procesos de mercado y sobre el verdadero problema económico (Cap. V).

6. Puso en evidencia que en dicho debate, los propios socialistas han ido cambiando sus argumentos y han terminado por reconocer a veces implícita y otras veces explícitamente, la tesis de Mises, reduciendo la defensa a un “socialismo de mercado”, bastante diferente del "socialismo marxista" (Cap. VI y VII).

En definitiva, ha señalado que ante la crisis del paradigma neoclásico, lo que la ciencia necesita es una revolución basada en el individualismo y el subjetivismo metodológico para prácticamente todos los campos.

Las aportaciones de Mises y Hayek han demostrado la imposibilidad de practicar el socialismo, al mismo tiempo que advierten sobre el (ab)uso de las matemáticas en el campo de la economía.

El comentado exceso de Lerner en considerar las diferencias entre el mundo real y el “mundo de la competencia perfecta” como errores, fallos o defectos del mercado, es parte del modus operandi de la economía moderna. Así lo demuestra, por ejemplo, la vigente teoría de las “fallas de mercado”, que en lugar de considerar las asimetrías de la información como una característica del mercado, sostiene que el mercado ha fallado, y que corresponde al Estado intervenir para corregir tal cuestión (Krause, Zanotti, Ravier, 2007).

Queda como línea de investigación futura, explicar por qué tales fallas de mercado no lo son y que el Estado no puede obtener la información necesaria para corregir dichos fallos. Algunos dirán que Ronald Coase ya ofreció respuestas a las fallas de mercado con sus “soluciones institucionales”. Quizás un complemento a dichas investigaciones provenga de comparar la economía de la información de Joseph Stiglitz, con las características de la información y el conocimiento que el profesor Jesús Huerta de Soto resumió en el capítulo 2, sobre la base de las aportaciones originales de Mises, Hayek, Kizner y Lachmann, entre tantos otros autores.

Para cerrar, basta decir que este libro resume el por qué la Escuela Austríaca ha alcanzado un destacado lugar en la historia del pensamiento económico, no sólo por participar de la revolución marginal, sino por destruir teóricamente el socialismo. No importa qué nuevas caras tenga el socialismo en el futuro, los científicos sociales cuentan con herramientas para reconocerlo y enfrentarlo.

NOTAS AL PIE

1 El libro fue traducido también en francés, italiano, alemán y polaco, aunque estas versiones todavía se encuentran en proceso de publicación

2 Sobre este punto se recomienda la lectura de O´Driscoll y Rizzo (2009).

3 Al final del capítulo III el autor estudia en detalle los distintos tipos de socialismo, incluyendo el socialismo real o de las economías de tipo soviético, el socialismo democrático o socialdemocracia, el socialismo conservador o de derechas, la ingeniería social o socialismo cientista, el cristianosolidario, el sindicalista, entre otros.

4 Este elemento también ha sido esencial en las contribuciones de James M. Buchanan y el análisis económico de la política (Ravier, 2009).

5 En su biografía de Hayek, Peter Boettke explica que:

La mejor forma de comprender la vasta contribución de Hayek a la economía y al liberalismo clásico es verla a la luz del programa para el estudio de la cooperación social establecido por Mises. Mises, el gran constructor de sistemas, le proporcionó a Hayek el programa de investigación. Hayek se convirtió en el gran analista. El trabajo de su vida se comprende mejor como un esfuerzo por hacer explícito lo que Mises había dejado implícito, por reafirmar lo que Mises había esbozado y por responder los interrogantes que Mises había dejado sin respuesta. De Mises, Hayek dijo: ´No hay ningún otro hombre al que le deba más intelectualmente’. La conexión con Mises se hace más evidente en sus trabajos sobre los problemas del socialismo. Pero la originalidad de Hayek, derivada del análisis del socialismo, permean todo el cuerpo de su obra, desde de los ciclos de los negocios hasta el origen de la cooperación social (Boettke, 2005, 300).

6 “It is obvious that bookkepping in natura would soon lead to inextricable chaos” (citado en Hoff (1949) [1938]).

7 Esta propuesta también fue desarrollada por Joseph Schumpeter. Una respuesta a este tema puede revisarse en Ravier (2010).

8 Las tres propuestas que esta reseña no incluye repiten la esencia de los errores advertidos más arriba y carecen de importancia.

9 Aunque este aspecto sí fue reconocido por Lange, al señalar que “el peligro real del socialismo es el de la burocratización de la vida económica“ (Lange, 1938, 115-116).

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