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Cuadernos de Economía

Print version ISSN 0121-4772

Cuad. Econ. vol.35 no.69 Bogotá July/Dec. 2016

 

RESEÑA: SENIK, C. (2014): L'ÉCONOMIE DU BONHEUR. PARÍS: SEUIL.

Eguzki Urteaga a

a Profesor de Sociología en la Universidad del País Vasco.


La economista Claudia Senik acaba de publicar la obra L'économie du bonheur [La economía de la felicidad] en la editorial Seuil, cuya colección La République des Idées está codirigida por Pierre Rosanvallon e Ivan Jablonka. Conviene recordar que la autora es catedrática de Economía en la Universidad de París La Sorbona y en la Escuela de Economía de París, además de ser miembro del Instituto Universitario de Francia. Ha publicado numerosos artículos de referencia en revistas científicas de prestigio internacional tales como Journal of Economic Behavior and Organization, Oxford Review of Economic Policy, Review of Economics and Statistics, The Economic Journal y Journal of Comparative Economics. Es representante de la nueva generación de economistas galos, al igual que Thomas Piketty (2013), quienes debaten constantemente con los economistas anglosajones, dialogan con las demás ciencias sociales y compaginan reflexión teórica y trabajo empírico.

La presente obra se interesa por el vínculo existente entre crecimiento económico y sensación de felicidad. Como lo constata la propia autora: "La modernidad democrática ha convertido la felicidad [...] en un principio constitucional, casi en un deber" (Senik, 2014, p. 7). Con el transcurso del tiempo, y especialmente a lo largo de los últimos quince años, la felicidad y su medida se han convertido en objetos legítimos de las ciencias económicas. De hecho, la economía de la felicidad encuentra su origen en la Escuela de Leyde (situada en Holanda) durante los años setenta del pasado siglo y se ha desarrollado especialmente a partir de los años noventa, gracias a la preocupación creciente de los investigadores por esta cuestión y a la disponibilidad de series estadísticas. Desde hace varias décadas, se mide el nivel de felicidad subjetiva declarada por los individuos a través de grandes encuestas internacionales.

La mayoría de estos trabajos parten de una paradoja, conocida como "paradoja de Easterlin" (1974, 2005): a mediano y largo plazo, el crecimiento económico, incluso sostenido, no se traduce en un incremento de la felicidad de las personas. Esta paradoja se explica por el hecho de que la felicidad no depende del nivel de vida de cada individuo sino de la diferencia de su situación con respecto al de su grupo de referencia y de la rápida adaptación personal a sus nuevas condiciones. En otros términos, la comparación y la adaptación inciden negativamente en la felicidad.

Por una parte, Easterlin subraya que la felicidad de un individuo disminuye cuando su renta se aleja negativamente de la renta del grupo de referencia y viceversa. Igualmente, la sensación de frustración relativa depende de una autoevaluación de la persona que compara su situación con su evolución potencial encarnada por personas que formaron parte de su grupo de referencia en el pasado. En ese sentido, la satisfacción de un individuo depende del desfase existente entre sus realizaciones y aspiraciones. Por otra parte, las personas se adaptan constantemente, de modo que, una vez alcanzado un objetivo, se fijan nuevas metas.

Por el contrario, el proyecto y la anticipación mejoran el estado anímico. De hecho, "los neurólogos han puesto de manifiesto el gusto de los individuos por el progreso, sobre todo cuando es anticipado" (Senik, 2014, p. 59) y, por ello, las proyecciones y anticipaciones desempeñan un papel relevante en el bienestar y la felicidad. En cuanto a la renta, por ejemplo, los trabajadores muestran su preferencia por la progresión continua de sus ingresos, porque les confiere una sensación de evolución positiva. De manera análoga, la prosecución de objetivos ambiciosos constituye un factor favorable a la felicidad, ya que confiere una agenda personal, un sentido vital y una mayor autoestima a las personas involucradas.

De la misma forma, existen constancias en la felicidad vinculadas a la edad, el sexo, la situación profesional o la creencia religiosa. Así, la felicidad declarada decrece con la edad hasta alcanzar un mínimo a los 45 años y a partir de entonces, sube. Asimismo, "las mujeres se declaran más felices que los hombres" (Senik, 2014, p. 14) y los parados son sistemáticamente menos felices que las personas empleadas. De la misma forma, vivir en pareja, tener hijos, mantener relaciones sociales y ser miembro de una comunidad religiosa preserva de la infelicidad. En su obra clásica El suicidio, Durkheim (1965) ya demostró que el hecho de estar integrado socialmente protege del suicidio.

Basándose en estudios internacionales y longitudinales, Senik demuestra que, incluso durante los "gloriosos treinta años" (Fourastié, 1979) entre 1945 y 1975, el fuerte crecimiento económico no se tradujo en un aumento de la felicidad en países como Estados Unidos o Japón. No en vano, matiza esa conclusión general considerando una serie de variables:

1) La felicidad media por habitante es sensible a la coyuntura.

2) En cada país, los ricos se declaran más felices que los pobres.

3) Los habitantes de los países ricos se dicen, en promedio, más felices que los habitantes de los países en vía de desarrollo.

Considerando estos matices, algunos economistas han intentado determinar un umbral de satisfacción a partir del cual el crecimiento económico no surte efecto sobre la felicidad de las personas, pero sin éxito.

A su vez, otros investigadores han puesto de manifiesto mecanismos que contradicen el modelo explicativo propuesto por Easterlin. Por ejemplo, las anticipaciones están en el origen del "efecto señal" o "efecto túnel". Así, Hirschman y Rothschild (1973) sugieren que una persona puede sentir una satisfacción por el mero enriquecimiento de otra. Se habla de efecto túnel cuando, "en un contexto de incertidumbre y escasa visibilidad, la observación de la situación de otro individuo consta de un contenido informativo tan importante que domina la comparación y envidia" (Senik, 2014, p. 64). Ese efecto ha sido puesto de relieve durante los años de transición que atravesaron los países de Europa del Este, en la medida en que se trató de un periodo de gran incertidumbre y escasa visibilidad a propósito del futuro. En ese contexto, la felicidad declarada por los individuos aumentó al incrementarse la renta de su grupo profesional (Senik, 2004).

A la vez, Senik observa que existen diferencias no desdeñables en función de los países. Así, los países de América Latina y los nórdicos (Noruega, Suecia y Dinamarca) gozan de índices de felicidad superiores a su nivel de vida, mientras que los antiguos países de Europa del Este y Francia manifiestan índices inferiores. El caso del Hexágono es paradigmático, puesto que los ciudadanos galos sufren de un déficit de satisfacción vital. De hecho, los franceses se declaran menos felices que la media de los europeos y "el mero hecho de vivir en Francia reduce en 20% la probabilidad de declararse feliz" (Senik, 2014, p. 108). Varios autores, entre los cuales se hallan Algan y Cahuc (2007), han intentado explicar esa morosidad por la burocracia (Crozier, 1963), la escasa confianza en los actores privados, "el exceso de verticalidad jerárquica de la sociedad francesa y la ausencia de una cultura de cooperación informal" (Senik, 2014, pp. 111-112). Otros economistas inciden en la nostalgia de la "grandeza colonial" o la profunda contradicción existente entre la promesa de igualdad y el elitismo aristocrático que prioriza el éxito escolar (D'Iribarne, 1989).

En cualquier caso, la paradoja de Easterlin ha reactivado el debate sobre el decrecimiento. En efecto, el progreso económico no provoca ningún bienestar duradero y, además, es costoso en tiempo, esfuerzo y recursos materiales. En Estados Unidos, por ejemplo, la competencia generalizada entre individuos ha reducido el acceso al ocio y ha generado una presión fuente de ansiedad que explica por qué la felicidad no aumenta a pesar de un incremento del nivel de vida (Schorr, 1992).

Por lo tanto, se pregunta Senik, "¿no sería más razonable, e incluso saludable, renunciar al crecimiento, ralentizar el ritmo de nuestras vidas y de la producción de riqueza?" (2014, p. 82). Ese decrecimiento es reivindicado por movimientos ecologistas y organismos internacionales, como el Club de Roma, que "se alarman del agotamiento de los recursos naturales y el deterioro del medio ambiente como consecuencia de una producción industrial excesiva" (Senik, 2014, p. 82).

La paradoja de Easterlin cuestiona varios principios básicos del pensamiento económico, tales como la racionalidad del actor y su capacidad de anticipar las consecuencias de sus actos. Efectivamente, sugiere que "la hipótesis económica de racionalidad de los individuos no es realista, dado que los esfuerzos sobre los cuales se basa el crecimiento no parecen desembocar en una mejora del bienestar que constituía su objetivo" (Senik, 2014, p. 23). ¿Esto significa que las personas se equivocan sistemáticamente sobre las consecuencias de sus actos?

De la misma forma, la teoría de las perspectivas cuestiona el modelo de la economía neoclásica que pone en escena al agente autocentrado cuya satisfacción solamente depende del nivel de su propio consumo y ocio. Sustituye el modelo del individuo que maximiza su nivel de riqueza o bienestar por un individuo que busca incrementarlo comparativamente a un punto de referencia.

En resumidas cuentas, en L'économie du bonheur, Senik aborda de manera rigurosa una temática novedosa en ciencias económicas, al elaborar un aparato sólido en su metodología y referirse a encuestas cuantitativas contrastadas internacionalmente. A lo largo de la obra, el autor no duda en integrar las aportaciones de las humanidades en general y de la psicología en particular, con lo que renueva la teoría económica y diversifica su perspectiva. Senik encarna a una nueva generación de economistas franceses, tales como Thomas Piketty, Emmanuel Saez, Thomas Philippon o Esther Duflo, que gozan de reconocimiento internacional y han profundamente renovado las ciencias económicas al abandonar la matematización, modelización y abstracción excesiva, para hacer gala de un mayor empirismo y abordar temas problemáticos de la economía actual.

No en vano, y de cara a matizar esa valoración globalmente positiva, el lector termina la lectura de la obra habiendo realizado una revisión bibliográfica exhaustiva de la producción científica sobre el vínculo entre crecimiento económico y felicidad subjetiva, pero sin tener muy claro cuál es la tesis central defendida por la autora. Pero si las aportaciones de la psicología y neurobiología están plenamente integradas en el razonamiento, no sucede lo mismo en cuanto a los trabajos sociológicos y politológicos. Este tipo de estudios hubiese sido muy útil, por ejemplo, para comprender las diferencias existentes entre países. Senik se ve obligada, en el último capítulo del libro dedicado al caso francés, a referirse a la organización político-administrativa, la estructuración de las empresas, la historia nacional o el sistema educativo. En ese sentido, su perspectiva se fortalecería si fuese capaz de integrar tales contribuciones.

Senik reconoce en la introducción de su libro que la crítica más virulenta y poderosa a las declaraciones subjetivas sobre la felicidad provienen de Amartya Sen (1987), para quien la calidad de vida de una persona depende fundamentalmente de su autonomía y capacidades. Así, una persona pobre, que siempre ha vivido en la indigencia y está desprovista de cualquier posibilidad de cambiar su vida, puede acostumbrarse a su situación, resignarse a ella y declararse relativamente feliz. Pero no por ello la autora debate con Sen con el objetivo de demostrar la solidez metodológica y la fundamentación teórica de los estudios basados en la declaración subjetiva de felicidad.

En cualquier caso, L'économie du bonheur es una obra novedosa, rigurosa y estimulante, cuya lectura se antoja indispensable.


REFERENCIAS

[1] Algan, Y., & Cahuc, P. (2007). La société de défiance: comment le modèle social français s'autodétruit. París: ENS.

[2] Crozier, M. (1963). Le phénomène bureaucratique. París: Seuil.

[3] D'Iribarne, P. (1989). La logique de l'honneur. París: Seuil.

[4] Durkheim, E. (1965). El suicidio. Buenos Aires: Schapire.

[5] Easterlin, R. (1974). Does economic growth improve the human lot? En P. A. David & M. W. Reder, Nations and households in economic growth (pp. 89-125). Nueva York: Academic Press.

[6] Easterlin, R. (2005). Feeding the illusion of growth and happiness: A reply to Hagerty and Veenhoven. Social Indicators Research, 74(3), 429-443.

[7] Fourastié, J. (1979). Les Trente Glorieuses ou la révolution invisible de 1946 à 1975. París: Fayard.

[8] Hirschman, A., & Rothschild, M. (1973). The changing tolerance for income inequality in the course of economic development. Quarterly Journal of Economics, 87(4), 544-566.

[9] Piketty, T. (2013). Le capital au 21ème siècle. París: Seuil.

[10] Sen, A. (1987). Commodities and capabilities. Oxford: Oxford University Press.

[11] Senik, C. (2004). When information dominates comparison. Learning from Russian subjective panel data. Journal of Public Economics, 88(9-10), 2099-2133.

[12] Senik, C. (2014). L'économie du bonheur. París: Seuil.

[13] Schorr, J. (1992). The overworked American. The unexpected decline of leisure. Nueva York: Basic Books.


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